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Giorno nunca fue bueno para la cocina. Podía cocinar lo más básico y en caso de querer algo más elaborado, simplemente acudía a un restaurante. Sin embargo, la situación actual ameritaba darle uso a la estufa y a la sartén, además de demostrar la poca habilidad culinaria.
Con Mista tendido en la cama sufriendo por los síntomas de la gripa, significaba que Giorno quedaba a cargo de su cuidado. Además, Mista siempre lo cuidaba a la perfección en las pocas veces en que enfermaba. Debía y quería retribuir ese esfuerzo, porque si bien era su jefe, eso no significaba que Mista debiera de actuar como su médico personal.
Sus ojos recorrieron con calma las palabras plasmadas en la página del libro de recetas que encontró en un cajón de la cocineta. Rascó distraídamente la tapa dura del libro mientras analizaba el procedimiento de preparación del platillo.
Bien, no era algo tan difícil de hacer. Una simple sopa con verduras no podía convertirse en su enemiga mortal. Solo debía asegurarse de seguir las instrucciones al pie de la letra. Giorno dejó el libro sobre la mesa y procedió a buscar los ingredientes necesarios para iniciar su nueva labor. Tras unos mínimos errores, Giorno finalmente pudo constatar que la sopa estaba lista. Probó un poco y a su parecer no había quedado tan mal. Tomó un plato hondo y sirvió la porción adecuada para Mista.
A la espera de que enfriara un poco, Giorno se dedicó a preparar el acompañamiento para la sopa: pan tostado con queso ricotta untado.
La fuerte tos de Mista se escuchó hasta la cocina desde la habitación del segundo piso. La casa no era demasiado grande, pero la distancia entre la cocina y su habitación era considerable. Giorno sintió pena por los pulmones de Mista y así se apresuró en preparar un té de manzanilla con una cuchara de miel y jugo de limón.
Realmente esperaba que algo de esto ayudara en la recuperación de Mista. Nunca lo había visto tan enfermo y decaído, y aunque no lo expresara en voz alta, se sintió triste. Y muy molesto consigo mismo porque él lo había enviado a una misión en la que hubo agua helada incluída. La mezcla de un chapuzón frío y el clima invernal, simplemente desencadenó el estado actual de Mista.
Con el té humeante a un lado del plato de sopa, el pan tostado crujiente y la dosis de medicina, la bandeja quedó finalmente lista. Giorno respiró hondo y la levantó con ambas manos, ajustando el agarre hasta asegurarse de que el peso estuviera perfectamente equilibrado.
Salió de la cocina a pasos cortos y bien calculados para evitarse un accidente. Cada escalón hacia el segundo piso se sintió como una prueba; el tintineo de la cerámica y el ligero bamboleo del líquido lo obligaban a mantener la vista fija en la superficie de la charola.
Cruzó el pasillo en silencio, conteniendo casi el aliento para evitar cualquier movimiento brusco. Al llegar frente a la puerta de la habitación, hizo aparecer la mano de Gold Experience para girar la perilla y una vez abierta, empujó la madera suavemente con la punta del pie y entró.
Lo primero que hizo Giorno fue lanzar una mirada hacia la cama. Mista seguía con los ojos cerrados, soltando bocanadas de aire por la boca en un ritmo agitado debido a la severa congestión nasal.
En un calculado silencio, avanzó hasta la mesita desplegable que había estado usando desde que Mista cayó enfermo. Sobre ella reposaba una caja de pañuelos casi vacía y varios pañuelos usados tirados alrededor. Giorno rodó los ojos con una mezcla de afecto y resignación; con un toque sutil de sus dedos, transformó los papeles en mariposas que revolotearon directo hacia la papelera antes de volver a su estado original.
Orgulloso de su pequeña labor de limpieza, Giorno no se percató de que Mista comenzaba a entreabrir los ojos.
Con razón siempre termina la limpieza en un santiamén, pensó Mista con gracia al notar el truco.
Al girarse, Giorno se topó con la mirada somnolienta y la sonrisa cansada de Mista. Dio un leve respingo por la sorpresa, y Mista soltó una pequeña risa que rápidamente fue sofocada por un ataque de tos flemática. Reaccionando al instante, Giorno se apresuró a ayudarlo a enderezarse para evitar que se ahogara. Con la asistencia de su Stand colocó la almohada tras su espalda y, aplicando la fuerza necesaria, lo acomodó en posición vertical.
Cuando la tos por fin remitió, Mista pudo tomar una bocanada de aire con mayor calma.
—Ah, gracias, Gio —murmuró con la voz totalmente congestionada, frunciendo el ceño con fastidio mientras suspiraba pesadamente. Empezaba a estar harto del dolor punzante en el pecho y de no poder respirar; definitivamente debió valorar más los días en que sus dos fosas nasales funcionaban— ¿Qué te trae por aquí? ¿Qué hora es?
Mista se sintió completamente desorientado. Las cortinas cerradas impedían que una sola pizca de luz natural se colara en la habitación, dejando como única iluminación el tono cálido de las lámparas anaranjadas en el buró, las cuales, con solo mirarlas, le devolvían las ganas de dormir.
Giorno pareció recordar de golpe el propósito de su visita y dio media vuelta para señalar la charola que había dejado sobre la mesita desplegable.
—Son las tres con veinte. Es la hora de la comida. Y de la medicina también —Giorno anunció. Acercó la mesa con extrema cautela hacia la cama y tomó el plato con la sopa entre sus manos— Estaba aterrado por hacer un desastre con la sopa y parecer un inútil... Pero pensándolo bien, perdiste el gusto, así que ni siquiera importa demasiado la comida. Aunque, ahora creo que una mala cocción sí puede afectarte...
Giorno siguió divagando. Y Mista simplemente lo dejó seguir porque verlo actuar de ese modo le causaba bastante ternura. La preocupación de Giorno hacia él era verdaderamente real hasta el punto de rozar lo perfeccionista.
—... ¿Debería haberme vestido de enfermero para hacerlo bien? Ugh. Olvídalo. Estoy siendo irracional.
Mista, con los ojos vidriosos y la temperatura corporal rozando los cuarenta y dos grados, soltó una risa ahogada. El resfriado le había quitado el sentido del gusto, pero no el sentido del humor.
—No digas eso, Gio —respondió con la voz gangosa— No querrás que me ponga más caliente de lo que ya estoy dándome esa imagen mental de ti con una faldita, usando tacones, medias de red y una camisa escotada y...
Un pequeño grupo de enredaderas emergió de la nada y se enroscó suavemente alrededor de su boca para callarlo. Mista observó a Giorno con sorpresa, encontrándose con unas mejillas teñidas de color carmesí. Vaya, qué gentileza hacia el enfermo en turno, pensó Mista, conteniendo la risa al notar el ligero ceño fruncido del rubio. Lo conocía demasiado bien como para saber que no estaba realmente enojado; simplemente era su reacción defensiva para cubrir la vergüenza.
En ese instante, el método de escape de Giorno fue la sopa. Hizo desaparecer las ramas y tomó la cuchara, meneando el caldo con parsimonia mientras soplaba suavemente sobre la superficie.
—¡Mista! Deja de fantasear con eso —murmuró Giorno sonrojado hasta las orejas, manteniendo la vista fija en la cuchara que acercó a Mista para no mirarlo a los ojos.
Mista abrió la boca sin protestar y aceptó la cucharada. La sopa pasó por su garganta dolorida con una reconfortante tibieza que disipó al instante la incomodidad por la tos. Aunque el resfriado le impedía apreciar los sabores con claridad, el gesto cuidadoso de Giorno y el ambiente cálido de la habitación hacían que supiera mejor que cualquier comida que haya probado antes.
—Disculpa, Giorno, solo intentaba bromear —murmuró Mista antes de recibir una segunda cucharada de sopa— ¡Ugh! Detesto no poder distinguir sabores. Apuesto a que sabe como el cielo.
Giorno rodó los ojos y disimuló una pequeña sonrisa al voltear para alcanzar el plato con el pan.
—Leí por internet que esto era un buen acompañamiento para la sopa. Come un poco.
Mista extendió la mano para sostener el pan, pero de inmediato obtuvo una negativa de Giorno, y él mismo se encargó de darle la comida en la boca como si se tratara de un niño. Era bastante claro que estaba enfermo, más no tenía problema con mover los brazos.
—Uh, Gio, yo también puedo comer solo, ¿sabes? Aprecio tu atención pero soy lo suficientemente capaz para usar mis manos.
—Las tienes sucias —Giorno dijo rápidamente y volvió a ofrecerle el pan— Y olvidé el gel antibacterial en la cocina. Pero por eso te estoy ayudando.
Mista dio la mordida sin deshacer el contacto visual. Y no iba a mentir. Esta faceta de Giorno le resultaba encantadora. Estaba tan acostumbrado a ser servicial con él, que recibir este tipo de tratos lo llenaba de satisfacción al saber que había alguien dispuesto en cuidarlo de la mejor forma posible.
El pequeño suspiro de Giorno lo sacó de su nube de pensamientos. Alzó una ceja y estando a punto de preguntar, Giorno se adelantó en decir.
—Déjate cuidar por esta vez, Mista. Las veces que yo he enfermado me cuidas como si fuera un rey, y ahora que tengo la posibilidad de tratarte sin infringir, quisiera que me lo permitieras. Y no pienses que lo hago para saldar la cuenta. Sabes perfectamente que lo hago porque... te quiero mucho.
Mista ya había escuchado esa misma frase con anterioridad al menos tres veces desde que se volvieron oficialmente novios, pero sin importar cuántas veces Giorno se lo dijera, siempre lo sentiría como si fuera la primera vez. El hormigueo en su pecho al saberse querido y amado por Giorno, superaba cualquier otra cosa que haya experimentado.
—También te quiero mucho, Gio —Mista suspiró como un adolescente enamorado y de nuevo sonrió— Joder. Necesito recuperarme rápido para besarte como por un día entero.
Giorno esta vez no ocultó su sonrisa ni el rubor que de nuevo coloreó sus mejillas. Extendió su mano libre para peinar el cabello enmarañado de Mista hacia atrás en un movimiento suave y sin que Mista lo viera venir, recibió un beso en la frente por parte de Gold Experience. Mista se quedó un segundo quieto, procesando el gesto de Giorno a través de su Stand.
—Bien. Te daré la medicina y luego puedes seguir comiendo. También te hice un té para la tos porque ese jarabe que te recetaron ni siquiera funcionó.
—Claro, claro —Mista balbuceó, todavía completamente atontado por el gesto. El roce cálido del Stand en su frente había dejado una sensación eléctrica en su piel, dejándolo sin palabras mientras permitía que Giorno continuara alimentándolo en la boca hasta dejar el plato vacío.
Entonces llegó el momento de medicarse. Sometido por la combinación de la fiebre y el afecto, tragó la dosis de medicina, además del té humeante sin protestar una sola vez. Cuando la taza estuvo vacía, Mista se dejó caer contra las almohadas, soltando un largo y dramático suspiro.
—Qué lástima que no pueda pedirte que te quedes a dormir a mi lado... —murmuró y observó a Giorno con pesadez desde la cama— Me muero por abrazarte, pero lo último que quiero es contagiarte esta gripa del demonio.
Giorno, que ya se encontraba recogiendo la mesa desplegable, solo se limitó a hacer un ligero gesto con los hombros, como un «ni modo, será en otra ocasión» cargado de resignación. Tomó la charola con los trastes sucios y le dedicó una última mirada antes de salir.
—Descansa, Mista.
Con un suspiro triste, Mista se acomodó de lado, dándole la espalda a la puerta y tratando de conciliar el sueño de una vez. Sin embargo, tras pasar apenas unos minutos sintió el colchón ceder suavemente a sus espaldas. Un peso extra se acomodó tras él, seguido por el roce de un brazo firme que rodeó su cintura y una ola de calor acogedor pegándose por completo a su espalda. Mista abrió los ojos de golpe y frunció el ceño con una mezcla de fingida molestia al notar la intención de Giorno.
—Gio, ¿qué tratas de hacer? Estás siendo irresponsable —regañó en un susurro, tratando de sonar firme— No tienes por qué cumplir con mis caprichos, vas a terminar enfermo...
—Estoy usando un cubrebocas. Ahora haz silencio para que podamos dormir —lo interrumpió Giorno, aferrándose con fuerza a la tela de la camisa de Mista. Su voz sonó amortiguada por la tela del cubrebocas, justo donde tenía la frente pegada contra el omóplato de Mista.
—¿Gio? —Mista susurró con la mirada sobre las cortinas de estampado floral. Al recibir el sonido afirmativo de Giorno, continuó— Creo que te verías mejor como una enfermera Joy, ¿sabes? Las de Pokemon, porque incluso parecen tener los mismos rulos en la frente y son agradables...
Entonces Giorno le dio un pellizco en el trasero, haciéndolo respingar. Sin poder evitarlo, a Mista se le escapó una ronca carcajada. Y sabía que a Giorno también le había divertido su hilarante comentario porque lo sintió sonreír contra su espalda. Dándole una tierna caricia sobre el brazo que lo rodeaba, Mista dejó de resistirse al sueño y se relajó contra la calidez del cuerpo de Giorno. Cerró los ojos, sujetó a ciegas la mano que descansaba sobre su pecho para entrelazar sus dedos, sosteniéndolos con firmeza y cariño mientras la calma del momento finalmente lo sumergía en un sueño profundo.
