Chapter Text
El bazar no era precisamente el lugar más emocionante del mundo. Las estanterías olían a polvo, el ventilador hacia un ruido que daba miedo, y siempre sonaba reguetón del antiguo, de ese que ya nadie ponía salvo tu tía haciéndose la "moderna". Pero a Fang le había tocado quedarse a cargo. Y lo peor no era el calor, ni el aburrimiento, ni el mosquito que parecía vivir dentro del fluorescente parpadeante, sino lo último que le dijo su madre antes de irse:
—如果有小偷來,警告。
(Si viene el ladrón, avisa)
—什麼小偷?
(¿Qué ladrón?)
—總是偷東西的人。他時不時地出現。我們不知道他是誰,但他確實會偷東西。尤其是寶可夢卡牌或食物。
(Uno que siempre se lleva algo. Aparece de vez en cuando. No sabemos quién es, pero roba. Sobre todo los cromos de Pokémon, o comida.)
Fang había soltado una risa seca, pensando que su madre estaba exagerando. Como siempre. Pero ahora que llevaba dos horas solo, sudando en la silla detrás del mostrador, con el Spotify gratis solo escuchando anuncios y el celebro derritiéndose al ritmo de Daddy Yankee versión karaoke, la idea del ladrón le parecía hasta entretenida.
[#]
—Nos hemos quedado sin pipas —dijo Maisie, aplastando con el dedo una cáscara en el banco.
—Nos hemos quedado sin dinero —añadió Buster, mirando a Brock con una ceja levantada.
—Tú tienes cinco euros.
—¡Que me los debe él desde hace dos semanas! — escupió Brock, ofendido—. Yo no pago por ratas.
—¿Rata? ¿Yo? ¡Si el otro día te salvé del viejo loco que te perseguía con una caña!
—Le robaste una galleta.
—¡Una! Era de chocolate.
Maisie chasqueó la lengua.
—¿Podemos dejar de pelear y resolver el tema importante? No tenemos pipas. Y yo necesito pipas. O mato a alguien.
Los tres se quedaron en silencio. El calor de la tarde los aplastaba contra el banco como insectos en una trampa. Finalmente, los ojos de ambos se clavaron en Buster.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
—Maisie... —Buster suplicó, teatral.
—Vas. A por. Las pipas.
Brock añadió con un tonito sabiondo:
—Supervivencia, ¿recuerdas?
Buster resopló. Se subió la cremallera de su chaqueta fina —"por si refresca" (por si hay que esconder algo)— y se levantó con resignación.
—Sí acabó detenido, vais los dos a visitarme.
—Sí acabas detenido, por robar pipas, no vamos a dejar de reírnos —le gritó Maisie, mientras se alejaba calle abajo rumbo al bazar.
[#]
El sonido de la campanita fue lo único que rompió el ambiente viciado del bazar. Desde la entrada, el sitio parecía tan muerto como siempre: productos mal colocados, posters descoloridos, y un aire que olía a humedad y nostalgia barata. Buster esperó ver a la señora del grito —la dueña con fama de arrancarte la cabeza si tocabas algo—, pero no.
En su lugar, había un chico.
Detrás del mostrador, sentado con una calma que no encajaba con el lugar, había alguien que definitivamente no era la señora gritona. Camiseta negra con un dragón fosforito, pantalón ancho, auriculares colgando del cuello, y móvil en mano. Se cruzaron la mirada un segundo. Luego el chico volvió a mirar su pantalla.
Buster parpadeó.
—¿Desde cuándo tiene un hijo la del bazar... y por qué está tan bueno? —murmuró para sí.
Trató de hacerse el natural, lo cual en Buster significaba caminar como si estuviera en medio de un videoclip. Se internó entre los pasillos buscando la zona de snacks, pero algo estaba mal.
—¿Dónde están las pipas...?
Los productos ya no estaban donde él recordaba. Habían cambiado todo. Las chocolatinas donde antes había papel higiénico. Las bebidas al fondo. Un caos.
Detrás de él, Fang lo observaba. No por sospecha. Más por aburrimiento... y porque, bueno, ese chico tenía pinta de hacer estupideces. De las interesantes.
Se levantó y empezó a seguirlo a cierta distancia.
Buster notó los pasos, se giró de golpe.
—¿Tú trabajas aquí?
—Sí. ¿Buscas algo?
—Pipas.
—Pasillo tle fondo delecha —soltó Fang, como quien responde en piloto automático.
—¿Perdona? —preguntó Buster, ladeando la cabeza.
—Tle fondo delecha. Vas, ya verás.
Fang se giró como si no hubiera dicho nada raro.
Buster se quedó quieto un momento. Sonrió, divertido.
—Este sitio está fatal —murmuró. Pero fue.
[#]
Las pipas estaban justo donde Fang dijo. Al fondo. A la derecha. Al coger una bolsa, Buster miró a un lado. Luego al otro. Nadie.
Click.
Un movimiento rápido. La bolsa desapareció dentro de la chaqueta. Pero no estaba solo.
Fang lo estaba viendo.
El corazón de Fang se disparó. ¡Es él! ¡El ladrón! ¡El ladrón real!
¿Qué hago? ¿Lo enfrento? ¿Llamo a la policía? ¿Le digo algo? ¿Y si me mata? ¿Y si... me gusta?
Se acercó con pasos tensos.
Buster lo notó enseguida. Se giró. Sonrisa fácil. Cero vergüenza.
—¿Todo bien?
Fang se detuvo en seco. Lo señaló.
—Te vi.
—¿El qué?
—Eso.
—¿Esto?
Se dio unos golpecitos sobre la chaqueta. Sonriente.
Fang frunció el ceño. El corazón le latía en las sienes. Lo había pillado, sí... ¿pero ahora qué? No tenía un plan. Solo el susto.
—Devuélvelo —murmuró.
—No tengo dinero.
—Pues no te lo lleves.
—¿Y si me lo llevo igual?
Fang abrió la boca para responder, pero se le ocurrió algo mejor: insultarlo. En su idioma.
—你這個沒皮沒臉的混蛋。
(Eres un sinvergüenza asqueroso.)
Buster alzó una ceja.
—Eso no me ha gustado, ¿eh?
Buster dio un paso al frente, como queriendo asustarlo. No para pegarle ni nada, solo para meterle un susto. Pero Fang no se echó atrás.
—¿Qué haces? —le soltó, con el ceño fruncido.
—¿Qué haces tú? ¿Me vas a perseguir por unas pipas?
—¡Estás robando!
—¡Y tú me estás espiando como un psicópata!
Y entonces pasó: los dos dieron un paso al mismo tiempo, uno para retroceder y el otro para avanzar, y como si la torpeza fuera parte del destino, Fang tropezó con una caja mal puesta detrás y cayó de frente. Buster intentó esquivarlo, pero no lo consiguió.
PUM.
Ambos rodaron por el suelo, entre paquetes de fideos instantáneos y cepillos de dientes de oferta. Al final, Fang quedó encima de Buster. Sus caras a pocos centímetros. El aire pesado. El ventilador zumbando como una abeja loca.
Fang parpadeó.
Buster también.
—¿Te vas a levantar? —murmuró Buster, con voz bajita.
Fang, rojo hasta las orejas, se incorporó de golpe. Buster se levantó también, sacudiéndose la chaqueta como si eso fuera a borrar lo que acababa de pasar.
—A la mierda las pipas... —murmuró, más para sí que otra cosa—. Que se jodan los negros estos.
Y se fue.
[#]
Maisie y Brock lo vieron venir desde lejos. Primero extrañados por la falta de entusiasmo. Luego directamente preocupados al ver que no traía nada en las manos.
—¿Y mis pipas? —soltó Maisie apenas estuvo cerca.
—¿Qué ha pasado ahora? —preguntó Brock, notando que Buster venía con las mejillas encendidas y la chaqueta torcida.
Buster se pasó una mano por la cara. Cerró los ojos. Respiró hondo.
—¿Queréis la historia larga o corta?
—Larga. Siempre —dijeron a la vez.
Y Buster se sentó en el banco, aún rojo, aún sin entender del todo qué le había pasado, y empezó a contar con todo detalle cómo había terminado en el suelo con el chico del bazar encima suyo, sin pipas, sin dignidad, y con una extraña sensación en el pecho que no sabía si era angustia... o algo peor.
