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STOP THE WEDDING!

Summary:

Pedri se prepara para casarse con Alejandra, pero comienza a sentirse inseguro sobre si esto es lo que de verdad quiere. La aparición de Ferran, su mejor amigo, después de bastante tiempo separados, despierta sentimientos y recuerdos que Pedri había intentado ignorar. Mientras se acerca la boda, tendrá que enfrentarse a sus dudas y miedos para tomar una decisión.

(Basado en la canción stop the wedding por Ashe)

Chapter 1: STOP THE WEDDING!

Chapter Text

20 de Junio del 2029

El día no podía haber amanecido mejor. Un clima cálido y agradable que anunciaba la llegada del verano, mientras los primeros rayos del sol se abrían paso lentamente entre las cortinas y se filtraban por la ventana de la habitación del hotel tiñendo el interior de una luz dorada. Afuera, las islas despertaban poco a poco bajo un cielo despejado, y la suave brisa marina parecía completar aquella mañana perfecta.

A las siete en punto, la alarma del teléfono sonó con un sonido que si se le preguntaba a Pedri, resultaba completamente molesto. Para su desgracia, como anfitrión de la boda junto con Alejandra, no había espacio para quedarse en la cama ni unos minutos más. Aquel día tenían una misión: recibir a todos los invitados y asegurarse de que cada detalle estuviera perfecto.
Al celebrarse la boda en Canarias, la tierra natal de Pedri, la mayoría de los invitados habían tenido que viajar en avión para poder acompañarlos en una fecha tan importante. Por eso, habían decidido que todos se alojarán en el hotel desde el día anterior. Así podrían recibirlos personalmente, compartir con ellos las primeras horas de aquella celebración y sobre todo, disfrutar juntos de la ilusión y felicidad que precedía al gran día.

La alarma se apagó de golpe, arrancándole a Pedri un suspiro de alivio. Con un ojo apenas abierto, alcanzó a distinguir a Alejandra moviéndose de un lado para otro por toda la habitación, rebuscando entre las maletas con una desesperación que, a esas horas, le parecía completamente innecesaria.

“Cuánta energía tienes para ser las siete de la mañana” murmuró Pedri, rompiendo el silencio con la voz todavía cargada de sueño. Hablar ya le parecía un esfuerzo considerable, ya que significaba admitir que estaba despierto.

“Por si no te has dado cuenta, hoy vamos a recibir a todo el mundo” respondió Alejandra sin siquiera girarse. “Tiene que estar todo perfecto y no encuentro los tacones que me iba a poner”.

Pedri abrió un poco más los ojos y la observó durante unos segundos mientras ella sacaba prendas y bolsas de una de las maletas y las dejaba a un lado. “Siempre puedes ponerte otros. Has traído como seis pares más”.

Alejandra se quedó quieta durante un segundo y lo miró con una expresión que dejaba bastante claro que aquella no era la respuesta que esperaba.“No son lo mismo”.

“Claro que no” murmuró junto con una sutil risa, dejando caer de nuevo la cabeza sobre la almohada.

Alejandra le lanzó una mirada de advertencia antes de volver a rebuscar entre las maletas. “Ríete todo lo que quieras. Cuando estemos a cinco minutos de salir y siga sin encontrarlos, no vengas a preguntarme por qué estoy de mal humor”.

“Jamás se me ocurriría”.

Otro resoplido fue toda la respuesta que recibió.

Pedri sonrió para sí mismo mientras finalmente se incorporaba de la cama. Después de desperezarse, cogió la ropa que había dejado preparada la noche anterior y se dirigió al baño para empezar a arreglarse. Detrás de él, Alejandra continuaba con su búsqueda como si de encontrar aquellos tacones dependiera el éxito de toda la boda

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El recibidor del hotel estaba a reventar.

Había gente por todas partes. Voces mezcladas unas con otras, risas, abrazos, camareros intentando abrirse paso entre la gente y un murmullo constante que parecía crecer a cada segundo. Pedri miró a su alrededor, completamente sobrepasado, preguntándose en qué momento habían invitado a tanta gente y sobre todo, cómo narices conocían a tantas personas.

Intentó mantener una conversación con los padres de Alejandra, asentía de vez en cuando y soltaba alguna respuesta cuando creía que correspondía, pero su atención estaba en cualquier otro sitio. Alejandra había desaparecido hacía ya un rato entre aquella marea de gente.

Aquella era su boda. Y aun así, por momentos tenía la extraña sensación de estar en medio de una celebración que no le pertenecía del todo.

Habían invitado a todo el mundo. Familia cercana, familia lejana, amigos, compañeros de trabajo, vecinos, gente del equipo... Alejandra había insistido en que tenía que ser una boda grande. Solo es una vez en la vida, lo había repetido tantas veces que al final él había terminado por rendirse.

Ahora, rodeado de cientos de caras, empezaba a entender por qué quizá no había sido una idea tan buena.

Miro hacia la entrada.

Nada.

Sus ojos recorrieron otra vez el recibidor, esta vez con más atención. Buscó entre los grupos, detrás de algunas personas, junto a los ascensores, cerca de la recepción.

Nada.

Ferran no estaba.

Pedri frunció ligeramente el ceño. Había recibido su confirmación. Sabía que iba a venir. Ferran no le había dicho que hubiese ningún problema ni había cancelado. En cualquier momento Ferran podía aparecer por aquella puerta.

En cualquier momento.

Pero cuanto más esperaba, más difícil le resultaba dejar de buscarlo.

Volvió a mirar hacia la entrada.

Nada.

El ruido a su alrededor comenzó a resultar todavía más insoportable. Las conversaciones, las risas, los saludos constantes… Todo parecía suceder demasiado cerca y demasiado rápido. Pedri intentaba seguir el hilo de lo que alguien le decía, pero apenas conseguía concentrarse.

Solo quería encontrar una cara conocida. Una que no tuviera que saludar por compromiso. Una persona con la que no necesitara pensar qué decir, cómo comportarse o cuánto tiempo debía quedarse hablando.

Ferran.

¿Por qué narices estaba tan nervioso? Sabía que iba a aparecer. Tenía que hacerlo.

Volvió a mirar.

La puerta se abrió y Pedri levantó la cabeza inmediatamente.

No era él.

La decepción fue tan rápida como absurda. Bajó la mirada y se pasó una mano por la nuca, intentando convencerse de que estaba exagerando. Quizá Ferran ya había llegado y simplemente no lo había visto. Quizá estaba arriba. Quizá se había quedado hablando con alguien.

O quizá…

“...Seguro que tienes muchos más invitados que recibir. Luego te veo, disfruta del día”. La voz de la madre de Alejandra consiguió sacarlo de sus pensamientos.

Pedri parpadeó y la miró, dándose cuenta de que no había escuchado prácticamente nada de lo que le había dicho.

“Sí, gracias” respondió automáticamente.

Ella le sonrió antes de alejarse.

Pedri volvió a quedarse solo entre la multitud y casi sin darse cuenta, sus ojos regresaron una vez más hacia la puerta.

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Pedri necesitaba aire.

Después de varios minutos intentando atender a todo el mundo, sonreír, saludar y mantener conversaciones que apenas conseguía seguir, aprovechó un momento de distracción para alejarse del recibidor. No quería desaparecer demasiado tiempo, pero necesitaba unos minutos lejos de aquella multitud.

Cruzó una de las puertas que daban hacia una zona más tranquila del hotel y dejó escapar un suspiro en cuanto el ruido comenzó a apagarse detrás de él. Allí todo parecía diferente. Apenas se escuchaban las voces lejanas de los invitados y, por primera vez desde que se había despertado, pudo quedarse quieto sin que nadie necesitara nada de él.

Se apoyó contra una de las paredes y cerró los ojos durante unos segundos.

“Menudo anfitrión estás hecho”.

Pedri abrió los ojos de golpe.

El conocía esa voz.

Se giró.

Ferran estaba apoyado en el marco de la puerta, observándolo con una sonrisa divertida.

Durante unos segundos, Pedri simplemente se quedó mirándolo, sus sistema nervioso había colapsado, no entendía si por la sorpresa o por el contexto de la situación.Había imaginado aquel momento más veces de las que estaba dispuesto a admitir. Desde que Ferran se había marchado a París hacía unos años, las cosas habían cambiado. Seguían hablando, seguían enviándose mensajes, seguían estando presentes en la vida del otro, tanto como amigos, como en las concentraciones de la selección y los campeonatos, pero no era lo mismo.

No tenerlo cerca siempre era distinto.

Y ahora estaba allí.

“¿Qué haces aquí?” preguntó Pedri finalmente.

Ferran levantó una ceja. “tu me has invitado, mas bien que haces tu aquí apartado de todo el mundo”

“Me estaba tomando un descanso.”

“¿De tu propia boda?”

“De la gente.”

Ferran soltó una pequeña risa y se acercó. “¿Tanta gente hay?”

“No te haces una idea”

“Y eso que Alejandra dijo que iba a ser algo íntimo”.

Pedri se rió por lo bajo.“ No me lo recuerdes”.

Durante un instante se quedaron en silencio, El silencio no siempre significaba algo malo, a veces es lo que hacía falta, algo cálido y reconfortante, siempre que se haga con una persona que los sepa apreciar de igual forma. La compañía era más que suficiente.

Pedri lo observó con más atención. Ferran parecía cansado por el viaje, pero tenía esa expresión tranquila que siempre conseguía transmitirle cierta calma.

“Pensaba que no habías llegado” dijo Pedri.

“Llegué hace un rato. He estado hablando con los demás”.

Pedri asintió. “Te estaba buscando”. Las palabras salieron antes de que pudiera pensarlas.

Ferran sonrió. “Ya me he dado cuenta”.

“¿De qué?” Pedri frunció el ceño.

“De que me estabas buscando”.

“No te estaba buscando”.

“Pedri”.

“¿Qué?”

“Acabas de admitir que me estabas buscando”. Respondió Ferran entre una pequeña risa

Pedri apartó la mirada, intentando esconder la sonrisa que empezaba a aparecerle. “Llevas demasiado tiempo fuera. Tanto tiempo con franceses te han vuelto insoportable”.

“Y tú sigues haciéndote el loco cuando no sabes qué decir”.

Pedri soltó una pequeña carcajada, pero la sonrisa desapareció poco a poco cuando volvió a mirarlo. “Te he echado de menos”.

Ferran no respondió inmediatamente.La expresión divertida de su rostro se suavizó y, durante unos segundos, simplemente lo observó. “Yo también” dijo finalmente.

Pedri asintió, como si aquello fuese suficiente.

Pero no lo era.

Porque durante todos aquellos meses había intentado convencerse de que no necesitaba tenerlo cerca. Que las llamadas, los mensajes y las visitas ocasionales eran suficientes. Que Ferran estaba haciendo su vida en París y él la suya allí.

Y, sin embargo, bastaba con tenerlo delante para darse cuenta de lo equivocadas que habían sido todas aquellas excusas.
Ferran dio un paso hacia él.

“Ven aquí”.

Pedri apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de que Ferran lo rodeara con los brazos.

El abrazo fue firme, cálido y mucho más largo de lo que ninguno de los dos habría admitido después. Pedri cerró los ojos y dejó caer por fin toda la tensión que llevaba acumulando desde primera hora de la mañana. Durante unos segundos no hubo boda, ni invitados, ni compromisos, ni París, ni la distancia.

Solo Ferran.

“Te he echado muchísimo de menos” murmuró Ferran en su oido.

Pedri sonrió contra su hombro. “Yo también”.

“¿Ves? No era tan difícil admitilo”.

“Cállate”.

Ferran soltó una risa y apretó un poco más el abrazo y Pedri le daba unas ligeras palmaditas en la espalda.

“¡Por fin te encuentro!”

La voz hizo que ambos se separaran.

Alejandra apareció al final del pasillo y se quedó quieta durante un instante.

Su mirada pasó de Pedri a Ferran y después volvió a Pedri.

No esperaba encontrarlos así.

Había supuesto que Pedri simplemente se había apartado para descansar, quizá incluso que estaría solo. Pero allí estaban los dos, abrazados, y por la expresión relajada de Pedri era evidente que llevaba bastante más que unos segundos disfrutando de aquel momento.

Alejandra parpadeó un par de veces antes de recomponer la sonrisa.
“Vaya…”

“Hola, Alejandra.” Ferran se giró hacia ella con una sutil sonrisa.

“Hola” respondió ella, todavía con una pequeña sonrisa. “Por fin apareces”.

“He llegado hace un rato”.

“Ya veo”.

Sus ojos volvieron a dirigirse por un segundo hacia Pedri. Había algo en aquella mirada que no terminaba de ser enfado. Ni siquiera eran celos propiamente dichos. Era más bien una pequeña punzada de sorpresa al descubrir de vuelta después de tanto tiempo que una parte de su prometido, de alguna manera, parecía pertenecer exclusivamente a Ferran.

Y quizá le molestaba un poquito que durante unos minutos hubiese conseguido apartarlo de todo lo demás.

“Llevo buscándote diez minutos” continuó Alejandra dirigiéndose a Pedri, tratando de sonar despreocupada. “Pensaba que te habías perdido”.

“Solo necesitaba descansar un poco” se apresuró a decir Pedri.

“Claro”. Alejandra sonrió, pero su mirada se detuvo un segundo más en Ferran.

“Bueno, por lo menos ya sé quién hace que descanses”.

Pedri la miró, captando el pequeño tono de reproche escondido en la broma. “Alejandra…”

Ella soltó una risita y levantó las manos. “Estoy bromeando”.

Ferran, completamente ajeno o fingiendo estarlo, sonrió.“¿Nos perdimos mucho?”

“Solo media boda” respondió ella en forma de broma.

Pedri negó con la cabeza, divertido, y se acercó a Alejandra para rodearla suavemente por la cintura.
“Vamos”.

Alejandra apoyó la cabeza un instante sobre su hombro, aunque antes de comenzar a caminar lanzó una última mirada hacia Ferran.

Una mirada breve.

Casi imperceptible.

Pero suficiente para dejar claro que, aunque no pensaba decir nada, acababa de recordar que la relación entre aquellos dos era bastante más intensa de lo que cualquiera pudiese tener con un mejor amigo.

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A las nueve de la noche, todos comenzaron a ocupar sus sitios en la terraza del hotel.

Después del caos de la entrada, aquella parte de la noche parecía mucho más tranquila. Las mesas estaban decoradas con pequeñas flores blancas y velas que iluminaban suavemente el espacio. Al fondo, el mar se perdía en la oscuridad y una ligera brisa hacía moverse las palmeras.

Pedri se sentó junto a Alejandra.

Por fin podía respirar.

Había pasado prácticamente toda la tarde recibiendo invitados, saludando a personas que no veía desde hacía años y tratando de acordarse de nombres que, en algunos casos, apenas recordaba.
Pero había una cosa que seguía rondándole la cabeza.

Ferran había llegado.

Y estaba allí.

Pedri levantó la mirada casi por instinto.

Lo encontró al otro lado de la terraza, sentado junto a algunos de sus amigos.

Ferran estaba hablando y riéndose.

Pedri sonrió sin darse cuenta.

“¿Qué?”

La voz de Alejandra hizo que apartara la mirada.

“Nada”.

“Llevas un rato mirando hacia allí”.

“¿Hacia dónde?”

Ella señaló discretamente con la cabeza.

Pedri siguió la dirección de su mirada.

Ferran.

“Estaba mirando a Dani”.

Alejandra arqueó una ceja.

“Dani está sentado a tu lado”.

Pedri miró a Dani.

Después volvió a mirar a Alejandra.

“Bueno”.

Ella soltó una pequeña risa.

“Eres malísimo”.

“¿En qué?”

“En mentir”.

Pedri negó con la cabeza, aunque terminó sonriendo.

“Déjame tranquilo”.

Alejandra apoyó una mano sobre su brazo.

“Estoy bromeando”.

“Ya”.

La cena comenzó poco después. Durante los primeros minutos, Pedri consiguió olvidarse de todo. Las conversaciones se mezclaban alrededor de la mesa, los camareros iban sirviendo los primeros platos y Gavi ya había comenzado a hacer bromas sobre la boda del día siguiente.

“Yo todavía estoy a tiempo de cancelar esto”, dijo Pedri.

Alejandra lo miró. “¿El qué?”

“La cena”.

“Ah”.

“Pensabas que iba a decir la boda”. añadió Gavi

“Yo también”. Agregó Dani

“Qué poca confianza tenéis en mí”.

La mesa volvió a llenarse de risas.

Pedri sonrió.

Aquello era lo que necesitaba. Estar con ellos, escuchar las bromas de siempre y olvidarse durante unas horas de todo lo que tenía que suceder al día siguiente.
Pero entonces volvió a escuchar aquella voz.

La de Ferran.

No distinguió lo que estaba diciendo, solo la reconoció entre todas las demás.

Y volvió a mirarlo.

Esta vez Ferran también levantó la cabeza.

Sus ojos se encontraron.

Pedri no apartó la mirada inmediatamente.

Durante unos segundos se quedaron así.

Ferran sonrió.

Pedri hizo lo mismo.

Después volvió a mirar su plato.

No sabía por qué aquel pequeño gesto le había provocado una sensación tan extraña.

Era Ferran.

Su mejor amigo.

No había nada raro en alegrarse de verlo después de tanto tiempo.

Nada raro en querer hablar con él.

Nada raro en buscarlo entre toda aquella gente.

Eso era normal.

Siempre lo había hecho.

¿Verdad?

Pedri intentó concentrarse en la conversación que mantenía su madre.

No pudo.

De vez en cuando levantaba la mirada.

Ferran seguía allí.

A veces hablando.

A veces escuchando.

A veces simplemente mirando alrededor.

Y, cada vez que Pedri lo encontraba, sentía aquella pequeña presión en el pecho.

No era algo desagradable.

Ese era el problema.

Era demasiado agradable.

“¿Estás bien?”

Pedri volvió a mirar a Alejandra.

“Sí”.

“Estás muy callado”.

“Estoy cansado”.

“Eso ya me lo has dicho”.

Pedri sonrió.“Pues será verdad”.

Alejandra lo observó unos segundos.“ ¿Estás nervioso por mañana?”

Pedri bajó la mirada.

“Un poco”.

“Yo también”.

Ella tomó su mano debajo de la mesa, Pedri entrelazó los dedos con los suyos.

La quería.

Eso era lo que debía recordar.

La quería.

Y, sin embargo, unos segundos después, volvió a mirar hacia Ferran.

Esta vez no estaba allí.

Pedri frunció ligeramente el ceño.

Sin darse cuenta, comenzó a buscarlo entre las mesas.

Nada.

Miró hacia la entrada de la terraza.

Tampoco.

“¿A quién buscas?”

Pedri se giró.

Alejandra lo estaba mirando.

“A nadie”.

“Claro”.

“Habrá ido al baño o algo”.

Ella no respondió.

Pedri se quedó quieto.

Había dicho aquello demasiado rápido.

Y lo peor era que ni siquiera sabía por qué le importaba tanto dónde estaba Ferran.

Intentó volver a la conversación.

Unos minutos después, Ferran apareció de nuevo.

Venía hablando con Dani.

Pedri sintió alivio.

Un alivio tan inmediato que llegó a asustarlo.

¿Por qué? ¿Por qué necesitaba saber que estaba allí?

Pedri bajó la mirada.

Aquello no tenía sentido.

La cena continuó entre historias familiares, bromas y brindis improvisados. Poco a poco, el ambiente se fue relajando.
En un momento determinado, uno de los familiares de Pedri levantó la copa.

“Por los novios”.

Todos hicieron lo mismo.

Pedri tomó la suya.

Alejandra sonrió a su lado.

“Por nosotros”.

“Por nosotros”, repitió él.

Las copas chocaron.

Pedri bebió.

Y entonces miró hacia Ferran.

Ferran también tenía la copa levantada.

Durante un segundo, Pedri tuvo la sensación de que estaban brindando únicamente entre ellos.

Una tontería.

Una simple mirada.

Pero sintió algo que no supo nombrar.

Algo que no debería estar ahí.

Apartó los ojos.

La noche continuó.

Cuando llegaron los postres, algunos invitados comenzaron a levantarse para hablar con otras personas. Gavi se acercó a varias mesas y Dani terminó siguiéndolo. Alejandra se quedó hablando con unas amigas.

Pedri permaneció sentado.

Miró alrededor.

Ferran estaba de pie junto a la barandilla, hablando con alguien.

Pedri pensó en levantarse.

No lo hizo.

No sabía qué le diría.

¿Que lo había echado de menos?

Ya se lo había dicho aquella tarde.

¿Que estaba contento de que hubiera venido?

También era evidente.

Entonces, ¿qué quería realmente?

Pedri no encontró respuesta.

Se pasó una mano por la nuca y volvió a mirar hacia el mar.

“¿Te vas a quedar ahí toda la noche?”

Pedri levantó la cabeza.

Ferran estaba frente a él.

“No”.

“Llevas diez minutos mirando al vacío”.

“Estoy pensando”.

“Eso nunca acaba bien”.

Pedri soltó una pequeña risa.

“Cállate”.

Ferran sonrió.

“¿Todo bien?”

Pedri lo miró.

Durante un instante quiso decirle que no.

Que llevaba todo el día sintiéndose extraño.

Que desde que lo había visto aparecer por aquella puerta algo dentro de él se había calmado y, al mismo tiempo, se había complicado.

Pero no podía.

“Sí”.

Ferran asintió. “Vale”. Se quedó unos segundos más allí. “Luego hablamos”.

Pedri levantó ligeramente las cejas.

“¿Luego?”

“Si quieres”.

Pedri sonrió. “Sí”.

“Vale”.

Ferran volvió con los demás.

Pedri lo siguió con la mirada hasta que se perdió entre los invitados, y entonces comprendió algo que le hizo sentir un pequeño vacío en el estómago.

Había estado esperando que Ferran apareciera durante toda la tarde.

Había buscado su cara entre cientos de personas.

Había sentido alivio cuando lo encontró.

Y ahora estaba esperando volver a hablar con él.

Aquello era demasiado.

Demasiado para sentirse como una simple amistad.

Pedri cerró los ojos durante unos segundos.

No.

No quería pensar en eso.

No esa noche.

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La cena terminó mucho después de lo que Pedri había imaginado.

Entre brindis improvisados, conversaciones que se alargaban más de la cuenta y familiares empeñados en recordar anécdotas de cuando era pequeño, había pasado varias horas sin que apenas se diera cuenta. Cuando finalmente comenzaron a levantarse de la mesa, el hotel había quedado sumido en una tranquilidad completamente distinta a la de aquella mañana.

Pedri se despidió de algunos invitados y subió las escaleras con la intención de ir directamente a su habitación.

No llegó muy lejos.

Al pasar por uno de los salones, vio una de las puertas abiertas y distinguió una figura sentada junto al gran balcón del pasillo.

Ferran.

Pedri se detuvo. “¿Todavía despierto?”

Ferran levantó la mirada. “Podría preguntarte lo mismo”.

“Acabo de sobrevivir a una cena con toda mi familia junto a Gavi que aparecía solo para intentar emborracharme”.

“Entonces necesitas sentarte”. Dijo el chico más alto sin que se le escapase la risa.

Pedri sonrió y entró.

El balcón parecía desolado, lo cual acompañaba a la perfección a la noche que cubría la isla. Las luces lejanas de la costa se reflejaban sobre el mar y de vez en cuando, alguna ráfaga de viento hacía vibrar ligeramente las palmeras.

Pedri se sentó en el sofá frente a Ferran. “¿No tienes sueño?”

“Mucho”.

“Pues vete a dormir”.

“Tú tampoco estás durmiendo”.

Pedri apoyó la cabeza contra el respaldo. “No lo he intentado, pero de igual manera no creo que pueda”

Ferran lo observó unos segundos. "¿Por la boda?”

“Supongo" .Pedri soltó una risa breve.

“Mañana”.

“Mañana”.

La palabra quedó suspendida entre ambos.

Pedri había escuchado aquella palabra decenas de veces durante los últimos meses.

Mañana.

Mañana se casaba.

Mañana cambiaría su vida.

Mañana comenzaría una nueva etapa.

Todo el mundo parecía emocionado.

Todo el mundo excepto una pequeña parte de él que llevaba horas intentando ignorar.

“¿Sabes qué es lo peor?” dijo Pedri.

“¿Qué?”

“Que debería estar deseando que llegara mañana”.

Ferran no respondió.

“Todo el mundo me pregunta si estoy nervioso y yo digo que sí. Me preguntan si estoy feliz y digo que sí. Me preguntan si estoy preparado y digo que sí”. Pedri soltó una risa sin humor. “Llevo meses diciendo que sí”.

Ferran bajó la mirada. “¿Y qué te pasa por esa cabeza cuando estás solo?”

Pedri tardó en responder. “No sé.” Esa era la respuesta fácil, el problema es que en una situación como esa debía saberlo con toda la certeza del mundo.

“Sí sabes”.

El silencio se hizo más pesado.

Pedri miró hacia la ventana.

“Cuando estoy solo... no pienso en la boda”.

Ferran levantó ligeramente la cabeza.

“¿En qué piensas?”

Pedri no contestó. No quería decirlo.Porque si lo hacía, aquella pequeña duda dejaría de ser solo una duda.
“En nada”.

“Pedri.” Ferran soltó un suspiro.

“¿Qué quieres que diga?”

“La verdad”.

“La verdad es que estoy cansado”.

“No te estoy preguntando si estás cansado”.

Pedri se pasó una mano por la cara. “No sé qué me pasa”.

Ferran se quedó callado durante unos segundos.

“Creo que llevas demasiado tiempo intentando que todo sea perfecto”.

Pedri frunció el ceño. “¿Y qué tiene de malo?”

“Que quizá te has preocupado tanto por construir la vida perfecta que nunca te has parado a preguntarte si era la que querías”.

Aquello le hizo levantar la mirada.

“¿Y tú qué sabes de mi vida?”

Ferran no se ofendió. “Más de lo que crees”.

“Llevas años pasando la mayor parte del tiempo en París”.

“Precisamente”.

Pedri guardó silencio.

Ferran se inclinó ligeramente hacia delante. “Estando lejos me di cuenta de algo, o de muchas cosas más bien”.

“¿Cómo que?”

“Como que cuando hablábamos nunca me contabas que estuvieras ilusionado con casarte”.Pedri abrió la boca, pero Ferran continuó. “Me contabas los detalles. El lugar. Los invitados. La fiesta. El traje. Lo que quería Alejandra. Lo que había organizado tu familia”. Hizo una pausa. “Pero nunca me dijiste cómo te sentías tú o que querías”.

Pedri sintió un nudo en el estómago.

“Porque no hay nada que contar”.

“Eso es precisamente lo que me preocupa”.

Pedri apartó la mirada.

“La quiero”.

“Lo sé”. Dijo Ferran, en un tono como quien ya se ha cansado de esperar algo que nunca se atrevió a pedir.

“Entonces no entiendo cuál es el problema”.

Ferran se quedó unos segundos en silencio antes de responder.
“Que querer a alguien no siempre significa querer la vida que has construido con esa persona”.

Pedri sintió que aquellas palabras le golpeaban directamente en el pecho.

Miró de nuevo hacia la ventana.

Las luces de la costa parecían lejanas.

“No puedes decirme eso la noche antes de mi boda”.

“Lo sé”.

“Entonces, ¿por qué lo haces?”

Ferran tragó saliva. “Porque eres mi mejor amigo”.

Pedri soltó una risa débil.

“Siempre utilizas esa excusa”.

“Porque es verdad”.

Ferran se levantó del sofá y caminó hasta la ventana.

“No quiero que mañana estés frente a todo el mundo pensando que tienes que hacerlo porque ya está todo preparado”.

Pedri lo observó desde su sitio.

“¿Y qué quieres que haga?”

Ferran se giró hacia él. “Quiero que, por una vez, hagas lo que tú quieras, no lo que debas hacer”.

Pedri se quedó inmóvil. “Esto es lo que quiero” dijo con una seguridad totalmente fingida, aun afectado por su comportamiento en la cena

Ferran lo miró durante un largo instante. “Entonces te voy a apoyar hasta el final”.

El silencio que siguió fue absoluto.

Pedri bajó la mirada hacia sus manos.

No quería pensar.

No esa noche.

No a unas horas de la boda.

Pero, por primera vez, ya no podía esconderse detrás de los preparativos, de las expectativas de su familia o de la idea de que todo estaba saliendo exactamente como debía.
Había algo dentro de él que llevaba demasiado tiempo intentando ignorar y quería poder seguir haciéndolo.

“Deberías irte a dormir” murmuró Pedri.

“Sí”. Ferran asintió. Se dirigió hacia la puerta, pero antes de salir se detuvo. “Pedri”.

Él levantó la mirada.

“¿Qué?”

Ferran dudó.

“No importa lo que pase mañana”.

Pedri lo observó en silencio.

“No tienes que fingir conmigo”.

Aquello le dolió de una manera que no supo explicar.

Ferran abrió la puerta.

“Buenas noches”.

“Buenas noches”.

La puerta se cerró. Pedri permaneció sentado.

Solo.

Durante varios minutos. Hasta que escuchó unos pasos acercándose por el pasillo y La puerta volvió a abrirse.

Era Alejandra.

“¿Qué haces aquí?”

Pedri levantó la mirada.

“Ni yo lo se”

Ella entró y se sentó a su lado.

“Pensaba que te había ido a la habitación”.

“No tengo sueño”.

Alejandra apoyó la cabeza sobre su hombro. “Mañana va a ser un día increíble”.

Pedri cerró los ojos.
“Sí”.

Ella sonrió. “¿Estás feliz?”

Pedri abrió los ojos.

La pregunta era exactamente la misma que Ferran le había hecho unas horas antes. Pero esta vez no respondió inmediatamente y ese pequeño silencio fue suficiente para que, por primera vez, Pedri entendiera que algo dentro de él había cambiado, pero no podía echar marcha atrás, esto era como debía ser. La vida que debía tener.

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La primera cosa que Pedri escuchó aquella mañana fue un golpe. La segunda, una carcajada. La tercera, la voz de Gavi.

“¡Despierta, novio!”

“No”. Pedri gruñó y se escondió todavía más debajo de las sábanas.

“Sí”.

“Cinco minutos”.

“Llevas diciendo cinco minutos desde hace diez”.

Algo cayó encima de la cama.

Pedri abrió un ojo y encontró una almohada sobre su cara. “Gavi”.

“Buenos días”.

Pedri apartó la almohada y lo miró con una expresión de absoluto cansancio. “Te odio”.

“Yo también te quiero”.

Desde el otro lado de la habitación, Dani soltó una carcajada. “Venga, Pedri. Levántate. Tenemos que prepararte”.

“No quiero”.

“¿No quieres casarte o no quieres levantarte?” preguntó Gavi.

Pedri se quedó callado. Solo fue un segundo pero fue suficiente para plantar la duda.

La sonrisa de Gavi desapareció ligeramente.

Dani lo miró desde donde estaba terminando de abrocharse la camisa.

Ferran, apoyado en el marco de la puerta, no dijo nada.

Pedri se dio cuenta demasiado tarde.

“No quiero levantarme” aclaró.

“Eso ya me gusta más” respondió Gavi, recuperando la sonrisa. “Por un momento pensé que nos habíamos quedado sin boda”.

Pedri soltó una risa corta.
“Qué gracioso”.

Gavi tiró de las sábanas. “Arriba”.

“¡No!”

“¡Pedri!”

“¡Déjame dormir!”

Dani terminó acercándose para ayudar a Gavi a quitarle las sábanas. “Son las ocho y media”.

“¿Las ocho y media?” Pedri se incorporó de golpe. “¿Por qué no me habéis despertado antes?”

“Llevamos quince minutos intentándolo”.

“Pues haberlo intentado más”.

“¿Más?” preguntó Gavi. “Te hemos tirado una almohada.”

“Eso no cuenta”.

“Pues la próxima vez si quieres te tiro a ti por la ventana”.

Pedri sonrió por primera vez.

Se dejó caer nuevamente contra el cabecero y se pasó ambas manos por la cara.

“Estoy muerto”.

“Es normal” dijo Dani. “Hoy te casas”.

Pedri dejó las manos quietas sobre su rostro.

Hoy te casas.

Aquellas tres palabras parecieron pesar mucho más de lo que deberían.

Ferran lo observó desde el otro lado de la habitación. “¿Has dormido algo?”

Pedri bajó las manos. “Sí”.

“¿Cuánto?”

“No sé”.

“Eso no es una cantidad”.

“Pues... poco”.

Ferran asintió.

“¿Qué?”

“Nada”.

Pedri negó con la cabeza sin saber que más hacer y finalmente salió de la cama.

Al ponerse de pie, miró hacia la ventana.

El cielo estaba completamente despejado.

La luz del sol llenaba la habitación y hacía que todo pareciera demasiado bonito.

Demasiado perfecto.

“Qué día “murmuró.

“El mejor de tu vida”. Dijo Gavi pasando un brazo por los hombros.

Pedri sonrió. “Sí”.

Ferran bajó la mirada. sin nada que decir, aceptando como debían ser las cosas.

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Una hora después, la habitación parecía haber sido tomada por completo por el caos.

Había ropa encima de una silla, en el suelo, cajas abiertas, zapatos por todas partes y tres teléfonos cargando en diferentes rincones.
Dani intentaba encontrar unos gemelos que estaba seguro de haber dejado sobre la mesa.

Gavi había decidido que podía ayudar y estaba consiguiendo exactamente lo contrario.

Ferran permanecía sentado en el borde de la cama mientras observaba a Pedri terminar de vestirse.

“¿La corbata o la pajarita?” preguntó Pedri.

“Corbata” respondieron los tres al mismo tiempo.

Pedri sonrió. “Vale.”

“La negra”. Añadió Dani.

“Sí”.

Pedri abrió el armario.

Durante unos segundos se quedó mirando todas las prendas perfectamente ordenadas.

“¿Dónde está?”

Gavi lo miró. “¿El qué?”

“La corbata”.

“¿No estaba con el traje?”

“No”.

Dani dejó de buscar sus gemelos. “¿Seguro?”

“Sí”.

Los cuatro comenzaron a buscar.

Después de varios minutos, Ferran abrió una de las bolsas que había sobre una silla.

“¿Esta?”

Pedri se giró.

“Sí”.

Ferran la tomó y se acercó.

“Ven”.

Pedri obedeció.

Ferran se colocó frente a él y comenzó a hacerle el nudo.

Sus dedos se movían con calma mientras Pedri permanecía completamente quieto.

“No sabía que sabías hacer esto tan bien” murmuró.

“Mi padre me enseñó con doce años”.

“Pues te sale mejor que a mí”.

“No es complicado”.

Pedri sonrió ligeramente.

“Para ti nada lo es”.

Ferran levantó la mirada.

Sus ojos se encontraron durante un instante.

Demasiado tiempo.

Pedri fue el primero en apartar la mirada.

“¿Está bien?”

“Sí.”

Ferran terminó de ajustar el nudo.

“Perfecto”.

Pedri se miró en el espejo.

Por un instante, todos desaparecieron de su alrededor.

Solo vio su reflejo.

El traje.

La corbata.

El hombre que parecía preparado para casarse.

Pero no se reconoció como tal.

Ferran lo vio quedarse quieto.

“Pedri”.

“¿Qué?”

“Nada”.

“¿Qué pasa?”

“Te has quedado mirando al espejo como si ese no fueses tu”.

Pedri soltó una pequeña risa.

“Estoy cansado”.

“Ya”

“De verdad”.

“Te creo”.

Pero no parecía creerle.

Gavi apareció detrás de ellos.

“Bueno Romeo, quedan menos de dos horas”.

Pedri cerró los ojos. “No me lo recuerdes”.

“¿Estás nervioso?”

“Un poco”.

“Es normal”.

Dani se acercó y le dio una palmada en el hombro. “Todos estaríamos nerviosos”.

Pedri asintió. “Sí”.

Gavi sonrió. “Además, cuando veas a Alejandra no te vas ha acordar que te preocupaba”.

Pedri se quedó inmóvil.

Ferran miró hacía la ventana.

“Sí” respondió Pedri después de unos segundos. “Seguro”.

Nadie añadió nada.

Hasta que Gavi decidió romper el silencio.

“Bueno, pues ya está. Problema solucionado”.

“Eso es todo lo que tenemos que hacer hoy. Llevarlo hasta el altar”. Dani sonrió.

“Y asegurarnos de que no salga corriendo”
.
Pedri soltó una carcajada.

“No me voy a escapar”.

“Eso dicen todos antes de casarse”. Gavi lo señaló.

Gavi”.

“¿Qué?”

“Cállate”.

Todos rieron.

Incluso Ferran.

Pero cuando la risa desapareció, Pedri volvió a mirar el espejo.

Y esta vez Ferran no apartó los ojos de él.

Porque aunque Pedri no quisiera admitirlo, había algo en su expresión que llevaba toda la mañana diciendo exactamente lo contrario de sus palabras.
Y Ferran lo sabía. Quizá demasiado bien, para su propio bien.

 

Unos minutos antes de bajar, los cuatro quedaron solos.

Pedri estaba junto a la puerta.

Gavi se acercó primero. “Bueno”. Lo abrazó con fuerza. ”Estoy orgulloso de ti, todos lo estamos”.

Pedri sonrió. “Gracias.”

Dani hizo lo mismo. “Disfruta el día”.

“Lo intentaré”.

Entonces solo quedó Ferran.

Pedri lo miró.

Durante unos segundos ninguno hizo nada.

“Ven aquí” murmuró Ferran.

Pedri se acercó.

Ferran lo abrazó.

Esta vez no fue como el día anterior.

Fue más breve.

Más contenido.

Como si ambos supieran que había cosas que no podían permitirse sentir aquella mañana.

Cuando se separaron, Ferran mantuvo una mano sobre su hombro.

“¿Estás seguro?”

Pedri tragó saliva.

La pregunta volvió a aparecer.

Como la noche anterior.

Como todas las veces que Ferran había intentado darle una salida sin obligarlo a utilizarla.

“Sí”.

Ferran asintió.

“Vale”.

Pedri abrió la puerta.

Al otro lado, esperaba el ruido de la ceremonia, los invitados, la música, su familia.

Su futura esposa.

Su nueva vida.

Pedri dio un paso.

Luego otro.

Y antes de abandonar completamente la habitación, miró hacia atrás.

Ferran seguía allí.

Mirándolo.

Pedri sonrió débilmente.

“Vamos”.

Ferran asintió.

“Vamos”.

Y los cuatro caminaron juntos hacia el altar.

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El camino hasta el altar parecía mucho más corto de lo que Pedri recordaba del día de prácticas. Quizás porque esta vez no había marcha atrás.

La música comenzó a sonar en cuanto las puertas se abrieron y durante unos segundo , Pedri fue incapaz de mirar hacia delante. como si mirar significase aceptar su destino.

Escuchó los primeros acordes de clocks, una canción perfecta, para un momento perfecto, o eso es lo que se había convencido que tenia que aparentar. El murmullo de los invitados se acopla a la perfección con la suave melodía. Todo sucedió exactamente como estaba previsto. Cada persona ocupaba su lugar, cada flor estaba donde debía, Cada detalle había sido preparado durante meses para que aquel momento fuese perfecto.

Y lo era.

El lugar parecía sacado de una postal de las diez mejores bodas del año.

Habían elegido una zona abierta del hotel, una frente al mar. Las sillas blancas estaban colocadas formando dos largas filas a ambos lados del pasillo central, decoradas con pequeñas flores blancas y rosa pastel, que hacían un contraste perfecto con las hojas verdes. Sobre ellos una estructura cubierta de flores blancas ensalzaban el altar, dejando que el azul del océano se extendiera detrás como parte de la propia ceremonia.

Los rayos de sol caían con suavidad sobre el lugar, un clima perfecto y ni una sola nube en el cielo. Hasta el tiempo les acompañaba.

Todo era exactamente como debía de ser.

Pedri respiró profundamente

“No mires atrás” murmuró Gavi a su lado en forma de ancla emocional.

Pedri dio por fin el primer paso.

Los invitados comenzaron a girarse hacia él. Primero reconoció algunas caras; Sus padres, familiares, amigos, compañeros de equipo. Personas que habían viajado durante horas, algunas desde otros países solo para estar allí.

Todos sonrieron.

Algunos levantan ligeramente sus teléfonos.

Otros lo observaban con ojos brillantes.

Pedri intentó devolver la sonrisa.

Lo hizo porque sabía que era lo que debía hacer, porque aquel era su dia, porque todo el mundo esperaba eso de él, porque no había otra opción.

El problema, es que el en el fondo sabía que si la había.

Cuando llegó al altar Gavi le dio una pequeña palmada en el hombro, después se dirigió a su lugar

Y Pedri se quedó solo.

Frente a todos. Esperando.

Las flores claras se movían suavemente con la brisa. El océano brillaba detrás del altar y el sol bañaba todo con una luz casi irreal.

Era precioso.

Y entonces la música cambió.

Pedri levantó la mirada.

Las puertas del fondo volvieron a abrirse.

Alejandra apareció.

El mundo pareció detenerse.

Estaba preciosa.

Por un momento, Pedri consiguió olvidar todo lo demás.

El vestido, Su sonrisa, El ramo entre sus manos, La forma en que respiraba profundamente antes de comenzar a caminar.

Ella también estaba nerviosa.

Pero estaba feliz.

Lo supo por la manera en que sus ojos brillaron cuando lo encontró al otro lado del pasillo.

Y entonces ella empezó a caminar hacia él.

Pedri sintió que algo se rompía dentro de su pecho.

Un paso.

Ella avanzó.

Otro.

Él sonrió, tenía que sonreír, esí es como debe ser

Otro.

Alejandra no apartaba los ojos de él.

Y Pedri pensó que quizá podía hacerlo.

Quizá podría llegar hasta el final de la boda.

Quizá aquella sensación no era más que miedo, nervios.

Porque todo el mundo tenía miedo antes de casarse.

¿No?

Otro paso.

Entonces, ¿por qué estás pensando en él?

Pedri apretó la mandíbula.

No.

No ahora.

No quería pensar en Ferran.

No quería.

Pero cuanto más intentaba expulsarlo de su cabeza, más presente estaba.

Una conversación.

Una mirada.

Una pregunta.

¿Estás seguro?

Pedri tragó saliva, no, no estaba nada seguro.

Alejandra seguía acercándose.

Y él comprendió algo que le aterrorizó.

No era que no quisiera a Alejandra.

Ese era el problema.

La quería.

Muchísimo.

Y precisamente por eso aquello estaba empezando a dolerle tanto.

Porque ella no merecía una mentira. No merecía un marido que tuviera que convencer a su propio corazón de estar allí. No merecía descubrirlo después.

Pero detenerlo ahora significaba destruirlo todo.

La boda.

Los planes.

Las familias.

Los meses de preparativos.

La vida que habían construido.

Y, sobre todo, a ella.

Alejandra estaba a pocos metros.

Pedri sintió que le faltaba el aire.

Dilo.

La palabra apareció dentro de su cabeza.

Habla ahora.

Podía hacerlo.

Solo tenía que hablar.

Podía pedir que pararan.

Podía decir que no estaba seguro.

Podía admitir que había algo que no había conseguido apagar.

Pero entonces vio la sonrisa de Alejandra.

Y se quedó callado.

Ella llegó finalmente al altar.

Se colocó frente a él.

“Hola” susurró totalmente nerviosa.

Pedri soltó una pequeña risa nerviosa.

“Hola”.

Alejandra lo observó durante un segundo.

“Estás temblando”.

Pedri bajó la mirada hacia sus manos.

“Un poco”.

“Yo también”. Ella sonrió.

Entonces tomó su mano.

Pedri cerró los dedos alrededor de los suyos.

Era cálida.

Real.

Y eso debería haberlo tranquilizado.

Pero solo consiguió hacerle sentir más culpable.

“Estás preciosa” murmuró.

Alejandra sonrió.

“Tú tampoco estás nada mal”.

Pedri soltó una pequeña carcajada.

Durante un instante, todo pareció normal.

Como si no hubiera nada roto.

Como si no hubiera una pregunta escondida dentro de él que llevaba meses o incluso años creciendo.

Como si no hubiera alguien entre los invitados cuya presencia le estuviera haciendo imposible respirar.

La música terminó.

El oficiante se colocó frente a ellos.

Los invitados guardaron silencio.

Pedri miró a Alejandra.

Ella le apretó la mano.

“¿Estás bien?”

Él quiso decir que no.

Quiso decirle que tenía miedo.

Quiso decirle que había algo que necesitaba contarle.

Quiso decirle que no podía seguir adelante sin ser completamente honesto.

Pero la miró a los ojos.

Y mintió.

Como llevaba mintiendo desde antes de que empezase esta estúpida boda.

“Sí”.

El oficiante comenzó a hablar.

Pedri escuchó palabras sueltas.

Amor.

Futuro.

Compromiso.

Para siempre.

Cada una parecía golpearle directamente en el pecho.

Alejandra sonreía.

Pedri intentaba devolverle la sonrisa.

Pero cada vez le costaba más.

Porque había llegado el punto en el que fingir ya no era suficiente.

Su mente solo le decía que parase la boda.

El oficiante se volvió hacia Alejandra.

“Alejandra, ¿aceptas a Pedri como tu esposo y prometes compartir con él el resto de tu vida, acompañarlo en los buenos y malos momentos, respetarlo, cuidarlo y amarlo?”

Alejandra ni siquiera necesitó pensarlo. “Sí, quiero”.

Los invitados sonrieron.

Algunos se miraron emocionados.

Pedri cerró los ojos durante un segundo.

Ahora.

Ese era el momento.

Si iba a detenerlo, tenía que ser ahora.

Porque quedarse con Alejandra significaba vivir una mentira.

Una mentira estable. Tranquila. Duradera. Una de esas mentiras que, desde fuera, parecían una vida perfecta. Una vida sin preguntas incómodas, sin miradas de decepción, sin críticas. Una vida que todos entenderían y que nadie tendría motivos para cuestionar.

Bastaría con pronunciar el sí.

Unas palabras.

Dos segundos.

Y al despertar a la mañana siguiente, ya no sería más que su marido.

Su esposo. El hombre que había elegido a Alejandra. El hombre que había hecho lo correcto.

Durante mucho tiempo había creído que aquella era la vida que necesitaba. La estabilidad, la calma, una familia, alguien a su lado. Había confundido tantas veces necesitar con querer que había terminado creyéndose su propia mentira.

Pero ahora, con el traje puesto y las manos temblándole ligeramente, comprendía la diferencia.

No era la vida que quería.

Era la vida que se suponía que debía querer.

Y lo peor era que no estaría mintiéndole únicamente a Alejandra.

Le mentiría a su familia. A sus amigos. A sus compañeros. A todos aquellos que los miraban desde fuera y veían una historia de amor perfecta. Incluso a los fans, que celebrarían aquella boda como si supieran algo de lo que ocurría realmente dentro de ella.

Pero, sobre todo, se mentiría a sí mismo.

Y no sabía si podría soportarlo.

Porque al otro lado de aquella mentira estaba Ferran.

Ferran, que había estado allí mucho antes de que él tuviera el valor de preguntarse qué significaba realmente su presencia.
Ferran, que nunca había exigido nada.

Que siempre había sabido escuchar incluso cuando él no sabía qué decir. Que había sido cálido cuando el mundo se volvía frío, comprensivo cuando ni siquiera él mismo conseguía comprenderse. Que tenía esa forma casi dolorosa de poner la felicidad de los demás por delante de la suya, como si querer a alguien significara necesariamente renunciar a sí mismo.

Había estado en sus lesiones.

En sus peores días.

En sus silencios.

En sus derrotas.

Y también en aquellos momentos en los que él fingía estar bien.

Incluso cuando la distancia los separaba, Ferran encontraba la manera de seguir presente. En cada mensaje. En cada llamada. En cada pequeño gesto. En cada movimiento que él creía que nadie estaba observando.

Siempre había estado ahí.

Y él había pasado años llamándolo amistad porque era más fácil.

Porque decirse la verdad habría significado enfrentarse a todo aquello de lo que llevaba tanto tiempo huyendo.
Ahora ya no podía hacerlo.

No cuando Ferran estaba a metros de él en aquella misma sala, existiendo mientras él estaba a punto de casarse con otra persona.

No cuando bastaba pensar en él para sentir que el aire se le quedaba atrapado en los pulmones.

No cuando la idea de perderlo dolía más que la de perder cualquier otra cosa.

Si elegía a Alejandra, tendría la vida perfecta.

La vida que todos aprobarían.

La casa. La familia. La estabilidad. La tranquilidad de saber que nadie volvería a preguntarle quién era realmente.

Solo tendría que sacrificar una cosa.

A sí mismo, y eso era el equivalente a morir.

Y si elegía a Ferran, tendría que renunciar a todo aquello.

A la seguridad que tanto le había costado construir. A la aprobación de quienes quería. A la imagen que todos tenían de él. A la vida que, durante años, había considerado la única posible.

Pero conservaría algo que ni siquiera sabía cuánto necesitaba hasta imaginar su ausencia.

A Ferran.

Ella le sonreía.

Y él sintió que se le rompía algo por dentro.

Porque Alejandra no tenía la culpa.

No merecía convertirse en la víctima de una verdad que él había tardado demasiado en aceptar.

Y Ferran tampoco merecía seguir esperando por alguien que quizá nunca tendría el valor de elegirlo.

Miró a Alejandra.

Después cerró los ojos.

Y, por primera vez, no pensó en lo que podía perder si elegía a Ferran.

Pensó en lo que perdería si no lo hacía.

Y comprendió que podía pasar el resto de su vida siendo el marido perfecto de Alejandra.

Podía construir una casa, tener hijos, sonreír en fotografías y convencer al mundo entero de que era feliz.

Podía vivir así durante años.

Quizá incluso conseguiría engañarlos a todos.

A todos menos a él.

Porque cada noche, cuando estuviera a solas, sabría la verdad.

Que en algún momento, frente a un altar, había tenido la oportunidad de elegir la vida que realmente quería.
Y había tenido miedo.

El sacerdote volvió a hablar.

“Pedri”.

Abrió los ojos.

Alejandra lo miraba.

Confiaba en él.

El oficiante repitió la pregunta.

“¿Aceptas a Alejandra como tu esposa y prometes compartir con ella el resto de tu vida, acompañarla en los buenos y malos momentos, respetarla, cuidarla y amarla?

Silencio.

Todos esperaban su respuesta.

Alejandra también.

Podía escuchar su propia respiración.

Podía sentir los dedos de Alejandra entre los suyos.

Podía ver el mar detrás de ella.

Y entonces, inevitablemente, buscó entre los invitados.

Ferran.

Lo encontró.

Estaba allí.

Quieto.

A su lado, como padrino.

Sin sonreír.

Sin apartar la mirada.

No parecía querer convencerlo de nada.

Solo estaba ahí, Ofreciendo su apoyo.

Y eso fue lo que terminó de romperlo.

Porque Ferran no estaba pidiéndole que lo eligiera.

Le estaba dejando elegir.

Y él sintió que el corazón le golpeaba con tanta fuerza contra el pecho que parecía querer

escapar.

Solo había dos caminos.

Uno le ofrecía una vida perfecta.

El otro le ofrecía una vida incierta. Pero mientras miraba a la mujer que tenía delante, entendió por fin que una vida perfecta no servía de nada si tenía que pasarla muriendo por dentro.
Y la idea de vivir sin Ferran ya no le parecía un sacrificio.

Le parecía una condena.

Alejandra seguía esperando.

Una lágrima diminuta amenazaba con aparecer en uno de sus ojos, aunque todavía sonreía.

Y Pedri comprendió que había llegado demasiado lejos para seguir fingiendo.

No podía prometerle para siempre mientras una parte de él seguía mirando hacia otra persona.

No podía convertir aquella duda en una vida entera.

No podía decir que sí solamente porque decir que no iba a doler.

Quizá decir que no era precisamente lo que debía hacer.

Aunque le rompiera el corazón.

Aunque rompiera el de todos.

Aunque después no quedara nada parecido a lo que habían planeado.

Pedri tomó aire.

El oficiante esperaba.

Alejandra esperaba.

Todos esperaban.

Y él finalmente entendió que, si no hablaba en aquel instante, tendría que guardar aquella verdad para siempre.

Porque la respuesta estaba entre hablar o morir.

Y él decidió hablar

“Yo…”

La palabra salió rota.

Alejandra dejó de sonreír.

Pedri la miró y, durante un segundo, pareció que iba a decir algo más. Cualquier cosa. Una explicación. Una disculpa. La verdad.

Pero no pudo.

El silencio se hizo insoportable.

Alguien entre los invitados dejó escapar un suspiro.

Su madre se llevó una mano a la boca.

Gavi permaneció inmóvil, mirándolo desde unos metros de distancia, como si tampoco terminara de comprender lo que estaba ocurriendo.

Alejandra seguía frente a él.

Esperando.

Y Pedri sintió que ya no podía respirar.

“Lo siento”. Esta vez apenas fue un susurro.

Alejandra parpadeó. “¿Qué…?”

Pedri soltó su mano, el gesto fue pequeño, casi insignificante, pero ambos supieron lo que significaba.

“Lo siento” repitió.

Y entonces retrocedió.

Un paso.

Otro.

Alguien entre los invitados murmuró su nombre.

Su madre se levantó parcialmente de su asiento.

Gavi lo miró con los ojos completamente abiertos.

Dani no parecía saber qué hacer.

Y Ferran…

Ferran seguía quieto.

Pero Pedri ya no podía mirar a nadie.

Necesitaba salir.

Necesitaba aire.

Necesitaba alejarse de aquel lugar antes de que las piernas dejaran de responderle.

Alejandra no lo siguió.

Solo lo miraba, completamente paralizada.

Pedri giró sobre sí mismo.

Y salió corriendo.

No caminó.

No intentó mantener la compostura.

Corrió.

Atravesó el pasillo mientras las sillas, las flores y los invitados pasaban a su alrededor convertidos en manchas borrosas.
Algunos se levantaron.

Otros comenzaron a murmurar.

Alguien pronunció su nombre.

“¡Pedri!”

No se detuvo.

Escuchó a Gavi decir algo detrás de él, pero tampoco consiguió distinguir las palabras.

Solo quería salir.

Salir de allí.

De aquella ceremonia.

De las miradas.

De las preguntas.

De la expresión rota de Alejandra que sabía que no iba a poder olvidar nunca.

Cuando cruzó las puertas del hotel, el aire le golpeó de lleno en la cara.

Siguió corriendo.

El traje comenzaba a pesarle.

La corbata le apretaba el cuello.

Se la arrancó de un tirón mientras avanzaba y la dejó caer al suelo.

Respiraba con dificultad.

Una vez.

Otra.

Pero no conseguía llenar los pulmones.

Se llevó una mano al pecho.

Había hecho lo correcto.

¿Verdad?

Entonces, ¿por qué sentía que acababa de destruir su vida y al mismo tiempo tenia una sensación de alivio?

Siguió avanzando sin saber hacia dónde.

No quería pensar.

No quería mirar atrás.

No quería saber qué estaba ocurriendo en aquel altar.

Solo necesitaba alejarse.

Pedri no escuchó la puerta abrirse detrás de él.

No escuchó los pasos que comenzaron a seguirlo.

No se dio cuenta de que alguien había decidido ir tras él.

Ferran.

Había tardado apenas unos segundos en reaccionar.

No había pensado en la boda.

Ni en los invitados.

Ni en lo que acababa de ocurrir.

Solo había visto a Pedri salir corriendo y había sentido que no podía dejarlo marcharse solo.

Ferran salió del hotel.

Lo vio a unos metros de distancia, caminando deprisa, casi tambaleándose.

No lo llamó.

Todavía no.

Simplemente comenzó a seguirlo.

Manteniendo cierta distancia.

Lo suficiente para que Pedri no supiera que estaba allí.

Lo suficiente para darle unos segundos.

Para dejarlo respirar.

Para asegurarse de que no estuviera solo.

Pedri continuó avanzando sin mirar atrás.

Sin saber que, por primera vez en toda aquella mañana, alguien había dejado de preguntarle qué si era lo que quería.

Ferran simplemente lo estaba siguiendo.

Y, aunque Pedri todavía no lo sabía, esta vez Ferran no pensaba dejarlo escapar.

Porque por primera vez en toda la mañana, Pedri no estaba huyendo de una boda.

Estaba huyendo de todo aquello que había intentado negar durante años.

Y Ferran, unos metros detrás, era la única persona que parecía entenderlo.

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Pedri no supo cuánto tiempo llevaba caminando, quizá habían sido cinco minutos, quizá veinte.

El hotel había quedado atrás hacía rato, pero todavía podía sentirlo pegado a la piel. Las voces. Las miradas. La música. El silencio después de su respuesta.

Y, sobre todo, la cara de Alejandra.

Se detuvo finalmente junto al paseo que bordeaba el mar, apoyó las manos sobre las rodillas e intentó recuperar el aire.

No podía.

Se llevó una mano al rostro. “mierda…” Cerró los ojos.

Había arruinado todo; La boda, los planes, la vida que había construido, a Alejandra, a su familia.

Todo.

Escuchó unos pasos detrás de él.

Pedri no se giró, no hacía falta para saber quién era “Vete”.

Los pasos se detuvieron.

Pedri reconoció el silencio antes incluso de escuchar su voz.

“No”.

Cerró los ojos con más fuerza.

“Ferrán, por favor” dijo Pedri en tono de súplica.

“No voy a irme”.

“Necesito estar solo”.

“Ya has estado solo demasiado tiempo.”

Pedri se giró.

Ferran estaba a unos metros, todavía llevaba el traje, solo que sin esa compostura perfecta, tenía la corbata ligeramente torcida, la respiración agitada por haberlo seguido corriendo y el pelo desordenado, la perfección en este contexto ya no importaba.

Se miraron y durante unos segundos ninguno dijo nada.

Pedri soltó una risa amarga. “¿Por qué has venido?”

Ferran lo miró como si la respuesta fuera demasiado evidente.

“Porque te he visto salir corriendo”.

“No tenías que hacerlo”.

“Sí tenía”.

“No”. Pedri negó con la cabeza. “No puedes seguir haciendo esto”.

“¿Qué estoy haciendo?”

“Estar ahí”.

Ferran frunció el ceño.

“¿Qué quieres que haga?”

“No lo sé”.Pedri se pasó ambas manos por el pelo. “No lo sé, Ferran. Ese es el problema. No sé nada”.

“Sí sabes”.

“¡No, no lo se!” La respuesta salió mucho más fuerte de lo que esperaba.

Pedri respiró profundamente. “No sé qué estoy haciendo. No sé qué acabo de hacer. No sé qué voy a decir cuando vuelva. No sé cómo voy a mirar a Alejandra después de esto”.

Ferran bajó la mirada. “Entonces no vuelvas todavía”.

“Qué fácil lo haces sonar”. Pedri soltó una risa rota.

“No he dicho que sea fácil”.

“He destrozado una boda”.

“Sí”.

Pedri lo miró, sorprendido por la sinceridad a lo que Ferran sostuvo su mirada.

“¿Quizás porque sabes que no debía de ser así?” Aunque era una pregunta, no había duda en la voz de Ferran.

“No digas eso”.

“Es verdad”.

“No sabes lo que estás diciendo”.

“Sí lo sé”. Ferran dio un paso hacia él. “Llevas meses intentando convencerte de que quieres esa vida”.

Pedri negó con la cabeza. “La quería”.

“No”.

“Sí”.

“Querías querela”.

Pedri se quedó callado y Ferran continuó. “Querías que fuera suficiente". Silencio. “Y no lo era”.

Pedri bajó la mirada. “La quiero”.

“Lo sé”.

“Muchísimo”.

“Lo sé”.

“Entonces, ¿por qué no puedo hacerlo?” La voz de Pedri se quebró.

Ferran tardó unos segundos en responder. “Porque querer a alguien no siempre significa que puedas construir una vida con esa persona”.

Pedri tragó saliva. “Eso suena muy bonito”.

“No intento que suene bonito" .Ferran se acercó un poco más. “Intento que entiendas que esto no es culpa de Alejandra”.

Pedri cerró los ojos. “Ya lo sé”.

“Y tampoco es culpa tuya”.

“Sí que lo es”.

“No”.

“He tenido meses o más bien años para darme cuenta”.

“Y has tenido años para tener miedo y estar confundido”.

Pedri abrió los ojos.

Ferran lo miraba directamente.

“Yo también he tenido miedo”.

Aquellas palabras lo hicieron quedarse quieto.

“¿De qué?”

“No me hagas hacerlo”.

“¿Hacer qué?”

“Decírtelo”.

“Dímelo”. Pedri lo miró fijamente.

Ferran negó con la cabeza. “No”.

“Ferran”.

“No”.

“Después de todo lo que ha pasado hoy, ¿de verdad vas a callarte?”

Ferran cerró los ojos.

Cuando volvió a abrirlos, parecía haber tomado una decisión.

“Te quiero”.

Pedri dejó de respirar.

No como en la boda, esta vez no hubo música, no hubo ruido, solo el mar detrás de ellos.

Ferran continuó antes de que pudiera reaccionar. “Te quiero desde hace mucho tiempo”.

Pedri tragó saliva.

“No…”

“Y no te lo digo para que me elijas”.

“Ferran…”

“No te lo digo porque hayas dejado a Alejandra. Ni porque crea que ahora tienes que estar conmigo”. Dio un paso hacia él. “Te lo digo porque estoy cansado de fingir que no pasa nada”.

“¿Por qué nunca me lo dijiste?” Pedri sintió que las lágrimas comenzaban a caer.

Ferran sonrió con tristeza. “Porque tú eras feliz y yo decidí alejarme”.

“No era feliz”.

“Yo creía que sí”.

“No”. Pedri negó con la cabeza. “No lo era”.

Ferran bajó la mirada.

“Entonces debí haberlo sabido”.

“No”. Pedri se acercó. “No tenías que saberlo”.

“¿Por qué?”

“Porque yo tampoco lo sabía”.

Ferran levantó los ojos.

Pedri respiró profundamente. “O más bien me hacía el loco”.

Ferran soltó una pequeña risa, acompañada del silencio.

“¿Cuándo te diste cuenta?” preguntó Ferran.

Pedri soltó una pequeña risa entre lágrimas.

“No lo sé”.

“Pedri”.

“Quizás de siempre y no lo quería admitir”.

Ferran se quedó inmóvil.

“Quizá fue aquella vez que me lesioné y te quedaste conmigo hasta que me dormí”.

Ferran bajó la mirada.

“O aquella noche que estaba fatal y apareciste sin que te llamara”.

Una lágrima recorrió el rostro de Pedri.

“O todas las veces que me pasó algo y lo primero que quería era contártelo”.

Ferran tragó saliva.

“Pero siempre encontraba una explicación o más bien una excusa”.

“¿Cuál?”

“Que eras mi mejor amigo”.

Ferran cerró los ojos.

“Y ahora sé que era una mentira”

Pedri dio otro paso.

“No era mentira”. Ferran lo miró. “Era solo una parte de la verdad”.

Aquello terminó de romper la distancia entre ellos.

Ferran respiró profundamente. “¿Y Alejandra?”

Pedri cerró los ojos.

“La quiero”.

“Lo sé”.

“Y eso hace que todo sea peor”.

“Lo sé”.

“No quería hacerle daño”.

“Lo sé”.

“Pero cuando estaba ahí delante…” Pedri abrió los ojos. “Solo podía pensar que si decía que sí, iba a pasarme el resto de mi vida preguntándome qué habría ocurrido si hubiera tenido el valor de decir que no”.

Ferran no respondió.

Pedri continuó. “Y entonces te vi”.

“¿En la boda?”

Asintió.

“Y entendí que no estaba huyendo de casarme”. Una pausa. “Estaba huyendo de la posibilidad de vivir una vida en la que tú no estabas de esa manera”.

Ferran apartó la mirada.

“No sabes lo que significa escuchar eso”.

“Creo que sí”.

“No”. Ferran negó con la cabeza. “Porque yo he pasado años intentando convencerme de que no tenía derecho a querer nada de ti”.

Pedri se acercó hasta quedar frente a él. “Nunca te he pedido que quisieras menos”.

“Pero nunca me dijiste que podía quererte”.

Pedri bajó la mirada. “Porque tenía miedo”.

“¿De qué?”

“De que si lo admitía, todo cambiaría. Que te alejaras”

Ferran sonrió débilmente. “Y ahora ha cambiado y sigo aquí”.

Pedri soltó una risa entre lágrimas. “Sí.

Miró hacia el hotel.

“He conseguido que cambie todo”.

Ferran siguió su mirada. “¿Te arrepientes?”

Pedri tardó en responder.

“De haberle hecho daño, sí”. Volvió a mirarlo. “De haber dicho que no…”

Negó con la cabeza.

“No”.

Ferran respiró profundamente. “Entonces no te arrepientas”.

Pedri lo miró durante unos segundos. “Tengo miedo”.

“Yo también”.

“No sé qué va a pasar”.

“Yo tampoco”.

“Puede que todo salga mal”.

“Puede”.

“Puede que después de esto ya no quede nada”.

Ferran sostuvo su mirada. “Entonces empezaremos desde ahí”.

Pedri sonrió por primera vez desde que había salido del hotel.

Una sonrisa pequeña.

Rota.

Pero real.

“Eres un idiota”.

Ferran soltó una risa. “Probablemente”.

Pedri bajó la mirada hacia sus manos. “Ferran”.

“¿Sí?”

“No quiero volver a mentirte, ni quiero volver a mentirme”.

Ferran sintió que se le quebraba la voz.

“Entonces no lo hagas”.

Pedri levantó la mirada.

“Te quiero”.

Esta vez no hubo dudas.

Ni miedo.

Ni excusas.

Solo esas dos palabras, dichas en voz baja, frente al mar, después de haber tardado años en encontrar el valor para pronunciarlas.

Ferran cerró los ojos un instante.

Cuando volvió a abrirlos, tenía lágrimas en los ojos.

“Yo también te quiero”.

Pedri sonrió.

Durante unos segundos se quedaron simplemente mirándose.

Sin esconderse.

Sin fingir.

Sin tener que encontrar una excusa.

Por primera vez, no había nadie entre ellos, ni una boda, ni una mentira, ni una vida que fingir.

Solo ellos.

Pedri se acercó lentamente. “Entonces, ¿qué hacemos?”

Ferran lo miró a los ojos. “No lo sé”.

“Genial”.Pedri soltó una pequeña risa entre lágrimas.

“Pero podemos averiguarlo”. Ferran sonrió.

Pedri bajó la mirada. “Tengo que volver”.

Ferran asintió. “Sí”.

“Tengo que hablar con Alejandra”.

“Sí”.

“Tengo que afrontar todo esto”.

“Sí”.

Pedri respiró profundamente. “Y después…” Se quedó callado.

Ferran esperó.

“Después no quiero que te vuelvas a ir”.

Ferran sintió que se le cerraba la garganta. “No lo haré”.

Pedri lo miró.” ¿Aunque todo se vuelva horrible?”

“Aunque todo se vuelva horrible”.

“¿Aunque me arrepienta?”

Ferran sonrió débilmente. “Entonces me lo dices”.

“¿Y si tengo miedo?”

“Tendrás miedo”.

“¿Y si no sé qué hacer?”

“Lo averiguamos, juntos”.

Pedri dejó escapar el aire que llevaba conteniendo quién sabía cuánto tiempo, Entonces dio el último paso que los separaba.

Ferran no se movió.

Pedri levantó una mano y la apoyó sobre su hombro.

“Te quiero, muchísimo...”

Ferran cerró los ojos.

Como si hubiera esperado esas palabras durante demasiado tiempo. Cuando volvió a abrirlos, tenía los ojos llenos de lágrimas.

“Yo también te quiero, más de lo que he querido a nadie nunca”.

No hubo beso.

Todavía no.

Solo se quedaron allí, frente al mar, sosteniéndose la mirada mientras el mundo que Pedri había construido se desmoronaba a sus espaldas.

Pero por primera vez, ninguno de los dos intentó detenerlo.

Porque quizá algunas cosas tenían que romperse para poder empezar de nuevo.

Pedri miró hacia el hotel.

Después volvió a mirar a Ferran.

Y entonces Ferran extendió la mano.

No para abrazarlo.

No para besarlo.

Simplemente para ofrecerle algo que llevaba años ofreciéndole sin que Pedri supiera verlo.

No una opción, sino la respuesta a todo lo que le faltaba.

Pedri miró aquella mano durante unos segundos.

Y finalmente la tomó.

Sus dedos se entrelazaron.

No sabían qué iba a ocurrir después.

No sabían cómo iban a explicar aquello.

No sabían qué quedaría de sus vidas cuando regresaran al hotel.

Pero por primera vez, ninguno de los dos estaba intentando escapar.

Y eso era suficiente.

“Vamos” dijo Pedri.

“¿A dónde?”

Pedri miró hacia el hotel.

“A enfrentarme a todo”.

Apretó un poco más su mano.

“Pero esta vez no quiero hacerlo solo”.

Ferran asintió.

“Nunca más”.

Y esta vez, cuando comenzaron a caminar de vuelta, Ferran no fue detrás de él.
Caminaron juntos.