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Baile de Primavera

Summary:

Es el 136 después de la conquista, es comienzo del otoño después de una primavera corta. Los siete reinos han gozado de cuatro años de relativa paz. El rey, Aegon III Targaryen, declaró fiesta el día de mayoría de edad de su esposa Jaehaera Targaryen y por ello, el castillo se sobreviene en una agitada semana de preparaciones, ya que deben agasajar a su reina de acuerdo a la importancia del acontecimiento. 

Jamás han tenido a una reina que cumpla la mayoría de edad, tampoco cuando pasó con el rey. Son niños, fueron niños mientras la guerra y luego la corona les arrebató la alegría y los sueños. Aegon realmente no cree que nada de eso complazca a su esposa, mucho menos a sí mismo, pero es algo que el Consejo ha insistido en que podría ayudar a la gente, sobre todo a los fieles que ven un poco descuidado el deber de su esposa con la fe. 

Día 16: Bailando

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Work Text:

Es el 136 después de la conquista, es comienzo del otoño después de una primavera corta. Los siete reinos han gozado de cuatro años de relativa paz. El rey, Aegon III Targaryen, declaró fiesta el día de mayoría de edad de su esposa Jaehaera Targaryen y por ello, el castillo se sobreviene en una agitada semana de preparaciones, ya que deben agasajar a su reina de acuerdo a la importancia del acontecimiento. 

Jamás han tenido a una reina que cumpla la mayoría de edad, tampoco cuando pasó con el rey. Son niños, fueron niños mientras la guerra y luego la corona les arrebató la alegría y los sueños. Aegon realmente no cree que nada de eso complazca a su esposa, mucho menos a sí mismo, pero es algo que el Consejo ha insistido en que podría ayudar a la gente, sobre todo a los fieles que ven un poco descuidado el deber de su esposa con la fe. 

¿La fe? ¿Qué hizo la fe sino dividir a su familia? 

―Aegon ―aunque más baja que él, la vida más tranquila después de la guerra ha permitido que su esposa sea una muchacha alta, de cutis perlado y figura estrecha. Carece de toda la voluptuosidad de la que hacen gala sus damas de compañía, sigue viéndose diminuta entre ellas. 

―Mi señora ―aunque comparten una hija, llevan el mismo apellido y duermen a escasas habitaciones de distancia, nunca sabe realmente cómo dirigirse a ella. 

Lo han interceptado en un pasillo, estaba por ir a revisar algunos asuntos sobre los granos guardados para el invierno en los silos reales, así que lleva ropa de montar y una capa gruesa para el viento. Ella, en cambio, lleva un vestido sencillo color burdeos, con una cofia de gasa blanca y guantes a juego, una capa verde se desliza detrás de ella. Las mujeres de su corte se mantienen un paso atrás, siempre respetuosas del lugar de la pequeña señora que las gobierna. 

―He escuchado que harás una fiesta en mi nombre ―ella no cree en las cortesías, ni en los tratos superficiales. Su rostro delata todo lo que Aegon ya sabía que ocurriría.

―Aunque lleva mi nombre, le aseguro, mi señora, que lo último que querría sería molestarla con un evento tan extravagante. Ha sido una idea del Consejo ―no es que la gente no sepa todo aquello, no es como que necesiten esconder su relación siempre directa. 

Ella lo mira un momento. Largo. Sus ojos púrpuras tan claros, pequeñas estrellas en un mar helado. Cuando yace con ella en la cama, le gusta mirarla entrecerrarlos, como si escondiera un tesoro de un mundo ambicioso. Quizá nadie más conozca a su esposa como él a la suya, nadie más convive con la causa y la solución de todas las angustias de su vida. 

―Elaena va a necesitar otra niñera ―hablar de su hija es más sencillo que hablar de ellos―. La que tiene ahora la hace llorar, no va quedarse quieta toda la noche si no estoy con ella. 

Asiente, porque sabe que es verdad. Su pequeña apenas cumplirá un año, pero sabe exactamente lo que quiere y cuando lo quiere, principalmente a su madre. La última vez que visitó la cama de su esposa, tuvo que salir de allí a la hora del lobo, pues la pequeña se negaba a dormir si él estaba cerca. Aunque debía sentirse de alguna manera agraviado, la sonrisa en la boca de Jaehaera al reírse de la actitud de la niña, le hizo feliz, lo suficiente para no pensar en sus peores sentimientos. 

―Hablaré con Viserys ―decide―. Le pediré que traiga a la niñera de Aemon, es buena con los niños. 

La reina asiente. Hace una reverencia y luego da la vuelta. Las demás mujeres repiten el protocolo, yendo tras ella antes de que desaparezca en el siguiente pasillo. Solo la capa blanca de Ser Robert Darklyn le da al rey la seguridad de que su esposa está cuidada. 

Aegon pasa la tarde sobre el caballo, visitando los silos en compañía de varios campesinos, guardias reales y sus consejeros. Cada uno más empeñado que el anterior en hacerle consciente de los gastos que implica asumir la alimentación de parte del pueblo llano durante el invierno si mantenía abiertas las puertas de la ciudad. Aún así, después de ver llegar al mundo a su hija, el rey no puede dormir tranquilo imaginando a madres sin poder alimentar a sus hijos ni siquiera con harina; y dar alimento es más sencillo para él que aparecer en una multitud arrojando monedas o besando los pies de una estatua. 

Al regresar al castillo, pide la cena en sus aposentos. Realmente no le importa si alguien se indigna por no estar sentado en una mesa escuchando los chistes subidos de tono de alguno de los señores que siguen intentando vivir de su favor pese a que los ha echado sutilmente de allí. 

―Ma-má, ma-má ―la voz de su esposa puede escucharse a través de la puerta de la guardería. 

Al acercarse, la encuentra cargando a la pequeña princesa e intentando que hablé. Elaena la está mirando fijamente, antes de alzar un poco la cabeza y balbucear hacia donde él se encuentra. Su pequeña es una cosa regordeta, demandante y bellísima. Aegon no ama a nadie como ama a ese pequeño pedazo de sí mismo que nació de su esposa; también ama a Jaehaera, porque pese a estar asustada, hizo todo lo posible por traerla al mundo y le va a estar agradecido siempre de que fuese ella quien se acercará para consumar su matrimonio porque, de otra manera, no lo hubiese hecho nunca. 

―¿A quién encontraste? ―pregunta la reina― ¿Ese es papá? Di, pa-pá. 

―Da… da… da… ―los balbuceos de Elaena son divertidos, sus dedos llenos de baba y su ceño fruncido dan fe de su esfuerzo por intentar hablar. 

Entrando en la habitación, se da cuenta que no hay nadie más que Ser Robert y una de las niñeras. Ser Raynard Ruskyn, que lo acompaña hoy, se posiciona junto a la puerta. Los reyes nunca tienen privacidad realmente. 

―Hola, El ―saluda, poniendo su mano sobre el delgado cabello platino en la redonda cabeza―. ¿Cómo está la princesa heredera de este reino?

Sabe que a los demás no le gusta, que Jaehaera se estremece un poco. Pero, hasta que no tenga un hijo varón, El es la señora de Rocadragón y la Princesa de Desembarco del Rey. 

―Feliz ―contesta Jae, meciéndola―. Sus dientes van muy bien de crecimiento, ya recibe papillas sin tirar la mayoría y hoy intentó levantarse en sus propios pies. 

―¡Encantador! ―celebra, poniendo un beso en las mejillas regordetas―. Tenemos una princesa inteligente y fuerte. 

A Aegon le gusta ser más padre que rey. Si no hubiese ido hoy a los silos, hubiese encontrado la manera de quedarse allí con su hija, tal vez llevarla con Aegon y Aemon para jugar, sus sobrinos están felices con la compañía de otro bebé. 

La toma de manos de su esposa y la hace girar por la habitación, haciendo que salte y ría. 

―No la mesas tanto ―pide la reina―, debo hacer que coma y no lo hará si su estómago no está quieto. 

Asiente y la devuelve, porque se da cuenta que ha interrumpido algo. Jaehaera, a diferencia de otras nobles, ha decidido alimentar por su cuenta a la bebé, por el miedo que le provoca que usen a otra mujer para envenenar a su bebé después de las múltiples amenazas que han recibido desde la despedida de los regentes. Así, la ve sentarse con cuidado en un sofá bajo y descubrirse el pecho para guiar allí a la boca de la niña. Es un procedimiento natural, Elaena se prende de ella animosa, succionando con ganas, amasando el seno con sus pequeñas manitas. Aegon no sabe si debe dar la vuelta o irse, le parece que es algo que no debería ver, pues pertenece al cerrado mundo de las madres, a aquel lazo inquebrantable que hay entre quien da vida y quien llega a ella. 

―Siéntate ―pide su esposa, mirando al sillón a su lado―. Le gusta que le hablen mientras come. 

Aegon también disfruta de las historias a esa hora, a veces llama a Gaemon para que lo acompañe y le ponga al día con los chismes del castillo y la corte. Su medio primo es experto en detallar todas las andanzas de los nobles sin ningún pelo en la lengua, algunos lo consideran lento o tonto, pero no lo es en absoliuto y eso le permite recolectar información de manera más cautelosa que todos los demás informantes. 

―Pues, hoy fui a los silos, quiero alimentar a otros niños como tú, El. Voy a mantener la ciudad abierta durante el invierno para que la gente pueda refugiarse… ―con temura, va contando todos los detalles, acariciando la cabeza platina de la bebé y viendo cómo, una vez satisfecha el hambre, se desliza a un sueño dulce. 

Jaehaera pone a la niña a dormir y se despide con una reverencia. Aegon no se atreve a decirle que tiene manchada la parte delantera del vestido. Ser Robin sí que lo hace, pone discretamente su capa sobre ella, diciendo que una reina no debería ir por ahí con tanto descuido, ella se ríe con el guardia y sale. Aegon se queda solo, pensando en cuántas veces ha deseado ser él quien pueda ser de verdad de ayuda para su reina. 

Come con Gaemon en su habitación, su primo sigue siendo tan divertido como siempre. Este le habla de los preparativos para el festejo y las ordenanzas que han hecho algunos de los miembros del consejo, incluído Viserys, quien cree que debería forzarse un poco más la convivencia de la reina con el pueblo. 

En cuestión de sus esposas, Aegon y Viserys nunca han podido ser cercanos. Aunque Larra Rogare es una mujer encantadora, obviamente es infeliz en Desembarco y, aunque no lo parezca, Jaehaera es feliz allí aunque no con el trono. Todos saben que las dos esposas reales preferirían hacer cualquier cosa menos estar en el palacio o tener algo que ver con el gobierno. Ambas se entienden, pero la diferencia de edad es insalvable, más cuando Larra parece empeñada en desentenderse de la lengua común o de las costumbres de Poniente. Viserys ha intentado por todos los medios que alguna de las dos dé el brazo a torcer, pero no ha podido. 

Cuando se va a dormir. Piensa en las dos salas que lo separan de su esposa, en lo sencillo que sería arrastrarse hasta allí, pero hasta él mismo sabe que es una insensatez. Ella lo recibiría, claro, porque es su deber, no porque lo desee a su lado. 

Deja que los días pasen en ese sinsabor claro de su propia destrucción calculada, esa espera eterna que no lo llevará a ningún lugar. Solo se ilumina brevemente con los encuentros esporádicos con su esposa, así como los ratos que pasa con la pequeña Elaena en la guardería. Aunque el consejo no ve con buenos ojos sus últimas decisiones de cara al pueblo llano, así como su cercanía con su única hija, ya hablan de un segundo embarazo.

―No es tan malo ―le dice Viserys, una tarde, mientras los niños juegan en uno de los jardines internos del palacio―. Aegon fue complicado, pero Aemon es mucho más sencillo sabiendo qué esperar. 

Su sobrino mayor ya está cerca de los tres años y el menor apenas cumplió uno, corre por el lugar persiguiendo a su hermano mayor entre risas y balbuceos. 

―El embarazo fue difícil para Jae. 

―Tampoco va a quedar embarazada si no visitas sus aposentos. 

Quiere rebatir eso, pero es imposible. Aegon tiene miedo de otro embarazo, tiene miedo de que Jaehaera lo odie si vuelve a pasar algo entre ellos, prefiere esperar a que ella lo desee que arriesgarse a su enfado, que no será una gran pelea, más bien un silencio largo e incómodo que lo hará desear huir del palacio. 

El día del baile, toda la corte está decorada para el evento. Se ha confeccionado un traje rojo para la reina, con una capa negra llenas de filigrana de oro con dragones en él, es impresionante, su falda enorme aleja a cualquiera a cinco pasos de distancia y el olor que desprenden los jazmines con los que han sujetado su corona son deliciosos. Aegon, en su luto perpetuo, la ve atravesar el salón con sus damas de compañía detrás, todas de verde y negro, como en un sueño. 

Había una historia, que su madre le contaba de pequeño, del día en que su padre, el abuelo de Aegon, la declaró heredera de Rocadragón. Dijo que llevaba un vestido rojo, intenso, como las llamas de un dragón. Jaehaera se ve así, como una Targaryen, digna, bella, delicada. Una reina. La reina de Aegon. A su mayoría de edad, las mujeres se prepararían para buscar un esposo, hacer una vida, pero Jaehaera nació en un palacio como princesa y solo ha ascendido. Reina. Si ella pudiera reinar, Aegon la dejaría, solo por capricho, porque le encantaría escuchar a voz siempre cuidada regañar a alguno de los insolentes hombres de su concejo. 

Como es costumbre, los nobles se acercan a la reina para dejarle regalos: coronas, telas, joyería, algunos caballos, oro. Lord Corlys Velaryon, quien fuera artífice de su unión y ascensión al trono, envía a Alyn Velaryon con un navío llamado “Reina de Poniente” en su honor.  Viserys y Larra le regalan un velo de seda bordada tan fina, que el rostro que se vislumbra  detrás, parece simplemente pinntado de una capa de color verde. Jaehaera, sentada a los pies del trono, en su propia silla elevada, agradece a todos, sin parar de sonreír. Después de todo aquello, es su turno, se supone que es el rey, y esta es su esposa, y debería estar agradeciendo a los dioses por su existencia:

―La Colina de Visenya aún está vacía(1) ―dice, desde lo alto de su trono―. La reina podrá elegir que se construirá en ella y yo pagaré el precio. 

La corte estalla en aplausos, algunos gritan que el rey consiente demasiado a su reina, algunas mujeres empujan a sus maridos como pidiendo que sigan el ejemplo del rey. Aegon solo mira hacia su reina, que baja de si silla y lo mira, desde abajo, mientras hace una reverencia. Si no tuviera miedo de caer sobre alguna de las espadas del trono, bajaría de él corriendo para pedirle que no se arrodille, pues le parece poco y absurdo lo que le está dando. ¿No se supone que ella es también dueña de todo ese país que él gobierna? ¿No podría ella tomar lo que quiera de donde quiera porque es suyo, por sangre y matrimonio?  

Entonces se sirve la cena. Baja de su pedestal y se une a ella en la mesa. Capón, cerdo, uro, guindillas, algunas langostas y frutas de todas las partes del reino, incluidos melocotones en salsa y algunas cosas encurtidas que no reconoce bien. Come más bien poco, pincha las cosas que parecen deliciosas y las pone en el plato de su reina, aunque esta coma tan poco como él, sobre todo cuando hay tanta gente alrededor. 

―¿Ya te has llenado? ―preguntas. 

―Creo que sí… ―murmura, mirando el plato―. Es demasiada comida. 

Aegon no va a mencionar que algunos nobles van a vomitar parte de eso más tarde para seguir comiendo. Es una costumbre del sur que en la capital a veces es aceptada, pero que en el palacio se ve con malos ojos, nadie desperdiciaría una pieza de carne que podría alimentar mejor a un dragón. Dragones. No quiere pensar en ello ahora.

―Cuando bailes te vas a sentir mejor. ―sugiere.

―¿Bailar? ―ella lo mira con sus ojos aterrados―. Nunca he bailado en público. 

Va a corregirla, a decirle que eso no es cierto. Solo que no recuerda ninguna vez que él o ella lo hayan hecho en sus ocho años de reinado. Han habido fiestas, festivales, torneos, incluso duelos de arpistas, pero ellos no han tocado una pista. Al principio porque eran muy pequeños, habían demasiadas amenazas, después… después a él no le apetecía y a ella le daba miedo la gente; entonces, se embarazó y después vino su hija. Él bailó una vez con Rhaena, cuando ella anunció el nacimiento de su dragón. 

―No tienes que hacerlo si no quieres ―dice, poniendo su mano sobre la temblorosa y enjoyada mano de ella―. Eres la reina. 

Ella sonríe. Ese gesto pequeño, casi caprichoso, con el que parece desenredarse de las cosas del mundo.

―Claro, pero entonces pensarán que no estoy agradecida contigo por todo esto.

―Ni siquiera estás agradecida con esto, Jae. No quieres estar aquí y yo tampoco. Fue idea del concejo.

La mano de ella deja de temblar, sus ojos lo observan entre las capas de tul del velo que lleva hoy. Es demasiado bonita para que el mundo, o sobre todo su esposo, la vea en realidad. 

―Aun así, se supone que debo desempeñar mi papel.

―Tu papel hoy es ser una cumpleañera caprichosa. Nada más.

La risa es baja, sincera, espontánea. Aegon quiere volver a escucharla. 

―Siempre pensé que llegado el momento, estaría aterrorizada de estar aquí contigo ―confiesa―. Gracias por ser tan bueno conmigo, Egg.

Nadie a parte de sus hermanos lo llama Egg, en realidad desde que cumplió su propia mayoría de edad, ellos tampoco lo hacen. Pero esta es la reina y le ha dicho que puede hacer lo que le plazca. 

―Eres mi reina, y mi familia. Es lo mínimo que puedo hacer por tí. 

Siguen hablando con algunos dignatarios, artistas y cortesanos que se acercan para charlar. Jaehaera no suelta su mano, Aegon no hace nada por reclamar sobre ello. Solo mantienen en silencio su acuerdo, rechazan las invitaciones a la pista, incluso las que vienen de personas más cercanas. Viserys promete que no dejará que nadie se acerca, Jae declina:

―Realmente estoy cansada, no quiero pisarte en medio de la pista y quedar como una tonta. 

Viserys, más jocoso, contesta: ―Eres la reina, solo van a mirar hacia otro lado.

A pesar de eso, no insiste, y se encarga de espantar a algunos otros cortesanos que se quieren acercar. El rey, por su parte, no se levanta si quiera, así que ninguna dama puede acceder a él. Les divierte más los espectáculos de magia y la compañía de teatro que representa para ellos la comedia de Florian y Jonquil, así como algunas historias de amor de Lys y el lejano Yi Ti. Todos aplauden, ríen. 

Cuanto más tiempo pasa, más borrachos hay en el lugar y más sube el volumen de la conversación, las risas y el alboroto. 

―Quiero bailar. ―dice Jaehaera, con una copa en la mano y el rubor de lícor en las mejillas. Aegon se levanta, si alguien ha de llevar a la reina a la pista, debe ser él. Aunque ha bebido, no fue en exceso y puede mantenerse en pie.― No. No aquí. No con todos viendo. 

―¿Entonces?

Ella se encoge de hombros. Él realmente no sabe qué hacer. Nunca se ha ido de un banquete tan temprano y ella es la anfitriona, así que si la roba será un hecho indecoroso, bochornoso, y mañana en la mañana estará lleno de preguntas indiscretas. Mira hacia la pista, a los comensales y bailarines. La gente está alegre, algunos incluso comienzan a medirse con otros en pequeñas rivalidades de bebida y comida, o de fuerza como hacen dos escuderos al fondo de la sala con un círculos de nobles al rededor apostando. 

No tienen que salir por la puerta principal. 

Tira de la mano de Jaehaera, arrastrando con ella con su enorme vestido para rodear el trono. El velo se enreda en una de las espadas afiladas, ella lo desata de su cabeza con gracia, riendo. Dos Guardias Reales salen tras ellos, el murmullo de la fiesta continua, sin que noten que el rey se ha escapado. Atraviesan la pequeña puerta que da hacia el pasillo exterior y salen por el lateral hacia los jardines y el bosque de los dioses. Desde allí, pueden escuchar la música y ver las demás torres del castillo casi a su nivel (2). 

Jaehaera sigue apretando su mano. Se está riendo. No tiene velo, se ha desprendido su corona y su cabello platino cae sobre el vestido rojo en ondas, enmarcando su rostro sonrojado y sonriente. Aegon nunca la he encontrado más bella. 

Ella tira de él, lo acerca y comienza a dar vueltas por el camino de piedra sin ningún ritmo. Se ríe con ella, aprovechando un giro para comenzar a llevar la marcha, es fácil conducirla, a pesar de que tienen prácticamente la misma altura y peso, pero ella es tan ligera, sus pies no se equivocan, sabe bailar. Aegon nunca había pensado en sí su esposa debía saber bailar o no, ahora lo ama, le llena el estómago y la cabeza de sensaciones divertidas. 

―Mi señora, me encuentro complacido de hacerla feliz en su cumpleaños.

Ella sonríe más, inclina la cabeza sobre su hombro. Están muy juntos, tanto como lo permite la falda enorme que lleva ella, con sus miles de apliques y adornos innecesarios. 

―Siempre soy feliz contigo, Aegon ―su voz es un escalofrío que le recorre la columna cuando el aliento de ella choca con su cuello―. Aunque fue espantoso como llegamos a casarnos, no podría haber elegido un mejor esposo.

No se detienen. Giran, dan pasos rápidos sobre la piedra pulida del jardín. La aprieta por la cintura, hace una reverencia, la levanta por un momento para hacer que chille de emoción. Es más divertido que estar allí dentro. Ella es más divertida que toda la corte, todas las responsabilidades, todo lo que es este reino lleno de poco honorables hombres. No entenderá nunca porqué su madre y su tío se pelearon, ¿por qué? ¿Por el trono? Él lo entregaría todo para irse a vivir a Rocadragón con Jae, criar a El a la orilla del mar, no pensar en ninguno de los horrores que vivieron y que aun los persiguen, pese a todas las concesiones que ha hecho Aegon para mitigarlos. 

―Eres la mejor persona que conozco Jae ―confiesa, contra su cabello despeinado―. Si no fueras mi esposa, igual me habría enamorado de tí. 

Nunca han hablado de amor, solo de deberes. De la responsabilidad que hay en que los dos últimos vástagos de una familia enfrentada se queden juntos para la estabilidad de todos aquellos que ayudaron a destruirlos. Siempre ha pensado que si le dice que la quiere, la perderá como hizo con su madre y hermanos mayores. Pero ahora, ahogado en ella y con el alcohol recorriendo su cuerpo, no se puede mentir.

―Eres el rey, Aegon, no puedes amar a otra cosa que no sea tu trono ―dice sin pasión, aunque sus manos lo sujetan con fuerza por los hombros. Ella es fuerte aunque no lo parezca―. Soy buena siendo reina, también, no creo que alguien nos reproche por no serlo. 

Besa una de las manos blancas que lo mantienen fijo, besa el brazo sobre el encaje rojo y luego besa la mejilla ahora fría por el viento nocturno.  Ella es hermosa, recta, más fiel al reino que él. 

―Jae ―confiesa, apretando su rostro contra la garganta de ella―. Si pudiera quemar el reino solo para estar en paz contigo, lo haría. 

Ella lo aparta, su cara contrariada. 

―Aegon… se supone…

―Me importa una mierda ―reclama, tal vez más borracho de lo que pensó―. Te quiero, quiero a Elaena, quiero la biblioteca y el arte, pero detesto ese trono, la corona y a la corte… si… si no supiera que nos asesinarían al salir de aquí, huiría contigo. 

Por primera vez en su matrimonio, es ella quien lo besa. Jaehaera calla sus pensamientos más atroces, las imágenes más escalofriantes, con su boca de sabor a vino y su abrazo cálido. Su lengua baila con la de ella, en movimientos que le recuerdan más a lo que hicieron en su lecho nupcial que al inocente baile que compartieron antes. Es fascinante como ella parece colapsar entre sus brazos, amoldando su cuerpo al suyo, dejándose a su merced. El beso es cálido, fuerte, se prolonga más allá de lo que han experimentado antes. Saborea en ella todo lo que se le ofrece de manera tan grata. 

Cuando se separan, ella tiene la misma sonrisa torpe en el rostro que él.

―Ojalá realmente pudiéramos huir de aquí. 

Años después, cuando Daeron, su primer hijo varón, pregunta por qué le está entregando el trono sin haber muerto aún. Aegon le dirá qué le prometió a Jaehaera tener alguna vez una vida sin problemas. Elaena, que para entonces ya es madre de dos niños junto a su hermano, les dirá que encuentra eso muy romántico y que los visitará con sus nietos todo lo que pueda.

Notes:

1. Desembarco del Rey no es una ciudad plana, tiene tres colinas en ella. La colina de Aegon (donde se emplaza la Fortaleza Roja), la colina de Rahenys (Donde se encuentra Pozo Dragón) y la colina de Visenya (donde se construiría más adelante el Gran Septo de Baelor). Sí hubo un septo en el mismo lugar durante el reinado de Aegon I, pero considero que fue destruido igual que el septo que existía en la colina de Rhaenys, por Maegor, ya que ninguna fuente anterior o posterior vuelve a mencionar ningún septo en las colinas hasta que Baelor comienza con el suyo.
2. No recuerdo como es en la serie. Pero al estar en una colina, en los libros el salón del trono y los jardínes están en la parte más alta de la colina, lo que hace que a las torres como la de Maegor se acceda a ellas por pasos elevados, ya que quedan prácticamente a la misma altura.

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