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Los genios estudian

Summary:

Wile E. Coyote se da cuenta que, a pesar de haber perseguido al correcaminos por tantos años, jamás lo ha estudiado específicamente. Como el genio que es, se dispone a hacerlo.

La información que encuentra no es exactamente lo que esperaba.

Notes:

¡Hola! Escribo fics hace casi veinte años y nunca pensé que uno sería del Coyote y el Correcaminos. Pero no pude evitar hacer algún aporte con todo el contenido increíble que están dando de esta ship. Espero que no apeste demasiado.
Este fic basa los hechos del correcaminos en un posteo de X, no me hago cargo de cuán fiables son jajaja.

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

Años y años persiguiendo al correcaminos. Más de lo que había dedicado a cualquier cosa. Noches sin dormir para idear con precisión el plan ideal (aunque fallara), fortunas invertidas en tecnología (aunque fallara), horas preparando la zona de desierto que necesitara para su próxima trampa (aunque fallara). Ningún fallo había detenido a Wile E. Coyote de su propósito. Ningún fallo lo haría. Porque Wile era, antes que cualquier otra cosa, un genio. Y los genios (incluso los que venían después de él en su lista: 5.Eisntein, 6.Newton, 7.Galileo, 8.Da Vinci) no se detenían por algunos cuantos fracasos. Insistían, volvían a planificar, se reinventaban, estudiaban…

Estudiar.

Wile estaba mirando el diagrama de la última trampa que había fallado cuando se mente llegó a esa palabra. No es como si no hubiese estudiado. Lo había hecho, y mucho. Había estudiado física, química, mecánica, construcción, ¡hasta arte para poder pintar las piedras como si fueran vías del camino! También sabía sobre primeros auxilios (para él mismo, claro), sobre bombas, motores, cacería, armas, disparos, cartelería, ¡Era, indiscutiblemente, la criatura más inteligente que habitaba en ese desierto!

Pero, curiosamente, había algo (o alguien) que nunca había estudiado. Y era fundamental para sus planes, la piedra filosofal que convertiría sus años de fracaso en un áureo éxito.

Al propio correcaminos.

Ya tenía conocimientos sobre su presa, y tal vez por eso mismo no había investigado más aún. Sabía que era un ave, lleno de deliciosa plumas azules que se agitaban al correr a la gran velocidad que lo caracterizaba. Como un ave, amaba las semillas de pájaro que Wile diariamente le ofrecía para atraerlo a sus trampas. También sabía que su comunicación tenía base en el sonido Beep, beep o Meep, meep, según quién lo oyera. Wile podía afirmar, por experiencia, que al correcaminos (al suyo al menos, o sea, a su presa específica) le encantaba tener la lengua afuera, en una expresión que podría llamarse adorable si no perteneciera a un ser endemoniado. Era una forma de decir, claro. A fin de cuentas, eran limitadas las ocasiones en las que el correcaminos había hecho algo a Wile que buscara dañarlo intencionalmente. En realidad se limitaba a sonreír con esa cara estúpida, a decir sus estúpidos Beep, beep (o meep, meep) y correr, correr, correr. Estos conocimientos, que Wile había recopilado durante tantos años dedicados al correcaminos, parecían haber sido suficientes.

Pero, ¿no era que los genios nunca decían “es suficiente”? ¿No continuaban toda su vida investigando, incluso luego de haber hecho algún descubrimiento emblemático? Wile se había quedado atrás sin darse cuenta. Había continuado estudiando muchísimo, pero nunca específicamente sobre su presa. Tal vez fuera hora, dado que se sentía ligeramente estancado. Algunos datos extra del correcaminos podían ser la clave para atraparlo. Por suerte, a Wile le encantaba leer y aprender, así que no sería un problema.

 

El problema había sido conseguir información del correcaminos. Por alguna razón no había casi material acerca del ave. Wile hipotetizó que debía corresponder se a la dificultad de estudiar una criatura que se movía velozmente todo el tiempo. Un círculo sin fin: poca información porque era difícil de atrapar, difícil de atrapar por poca información. Eso significaba un nuevo objetivo para Wile: ahora no sólo atraparía y comería al correcaminos, sino que además escribiría un libro con toda la información que había recopilado para ayudar a sus congéneres coyotes. Wile no sólo era un genio, era un alma noble.

Al fin logró conseguir al menos un folleto sobre los correcaminos. Era breve, con datos cuya fuente quizás fuese dudosa, pero Wile estaba dispuesto a darle una oportunidad. Ahora estaba completamente enfocado en estudiar al ave, a aprender sobre aquellos aspectos aunque aún desconocía. Todo era para poder atraparlo, claro. No por curiosidad o deseo de conocer más del enigmático pájaro azul de sonrisa enorme.

Se acomodó con el recién llegado folleto en la mano, dispuesto a prestar atención a cada palabra que allí encontrara. Enseguida encontró, luego de la información que ya conocía, un dato nuevo:

“Aunque algunas personas atraen a los Correcaminos para ayudar con las plagas, llega a ser peligroso por lo agresivos que son los correcaminos con pequeños mamíferos como perros, gatos y conejos”.

Wile largó una carcajada que resonó por toda la cueva. ¡Los correcaminos, peligrosos! ¡Qué chiste! Intentó imaginarse al correcaminos siendo agresivo con un gato, y por un momento creyó que moriría por falta de aire al reírse tanto. ¡Era tan gracioso! Completamente falso. Quien había escrito este folleto era un verdadero idiota. No sabía nada de nada sobre los verdaderos correcaminos. Seguramente lo había escrito alguien imaginando cómo serían, pues nadie que conociera al correcaminos que Wile cazaba pensaría que podría hacer algo así. Wile lanzó el folleto por allí, pues había sido una pérdida de tiempo intentar leerlo. Era obvio que no lo ayudaría en nada.

 

Pasaron un par de horas hasta que Wile E. Coyote tuvo que replantearse aquella risa.

El desierto continuaba arenoso y cálido como siempre. En el fondo a Wile le gustaba que fuera así. Le agradaba la estabilidad del hábitat que había escogido. Ya demasiadas sorpresas y aventuras tenía su propia vida como para además tener que estar atento a las inclemencias del clima. Estaba caminando, analizando otra vez su entorno, cuando notó que había algo extraño. Una presencia. Normalmente sólo él y el correcaminos sobresalían por sobre los pequeños animalitos que también recorrían el desierto. Pero ahora se trataba, evidentemente, de otro tipo de criatura. La sombra que proyectaba en la arena era la clave: una sombra más bien larga, sobre todo en la parte final de la silueta, que se dividía en dos. Un conejo. Wile sintió su mente prenderse a mil voltios por segundo. ¡Un conejo! ¡Qué delicia! Y mucho más fácil de atrapar que un correcaminos. Los conejos podían saltar y tener garras, pero no se comparaban a la majestuosidad del animal más veloz de la zona. Si Wile había estado cerca de atrapar al correcaminos (¡y había estado muy cerca, muchas veces, por supuesto!), atrapar a un conejo sería un juego de niños.

Wile se acercó sigilosamente, riéndose para sus adentros de la sencillez de la tarea, poca cosa para un genio como él. Sin embargo, no le diría que no a un manjar en esa zona tan inhóspita. Logró voltear la duna de arena que cubría al animal, permitiéndole ver sólo su sombra, y encontró que tenía razón. Un conejo, allí, en el desierto. Curioso, aunque Wile dedicaba su curiosidad sólo al correcaminos.

El correcaminos. Era como si Wile lo hubiese llamado con la mente. Porque el polvo del desierto se levantó de esa forma característica que sólo unas patas veloces como una sonda solar podían lograr. El coyote ya estaba más que acostumbrado, así que no le causó nada, pero el conejo no pudo evitar toser ante la sequedad repentina.

“Beep, beep” resonó en todo el desierto, y Wile había oído tantísimas veces ese sonido que podía distinguir a la perfección de qué tono estaba siendo usado. En este caso, por ejemplo, era claro que se trataba de un “beep, beep” de advertencia. ¿Advertencia de qué? El correcaminos lo utilizaba a veces cuando Wile estaba a punto de caer desde un precipicio, o algunos de sus inventos se habían vuelto contra él y estaban por derribarlo. Pero Wile no estaba en una situación peligrosa ahora, sólo estaba observando atentamente al conejo que estaba siendo rodeado por el correcaminos sin ningún ápice de juego en su movimiento o en su rostro…

¿Qué carajos?

Wile apenas podía procesar que el correcaminos que tanto había perseguido estaba ahora rodeando al conejo con una velocidad abrumadora. Las nubes de arena se alzaban como remolinos peligrosos, algo que el coyote jamás había contemplado. Ahora sí la arena comenzaba a molestar su vista, y sólo pudo intentar protegerse con el brazo. Mientras, resonaba cada tanto otro “beep, beep” con ese tono peculiar, ahora incluso más que de advertencia, y algún chirrido posiblemente del conejo. No duró mucho, como todo con el correcaminos. La arena de a poco regresó al suelo, y sólo una estela se mantuvo más tiempo. Wile no necesitó destaparse los ojos para reconocer que el correcaminos se había marchado. Sin embargo, sí se sorprendió cuando la arena mostró sólo más arena. El conejo…tampoco estaba.

Wile contempló el desierto unos minutos más antes de correr hacia la cueva para recuperar el folleto olvidado.

 

Aunque debía haber sido una coincidencia. Quizás ese día el correcaminos estaba de mal humor. Wile nunca lo había visto de mal humor, ahora que lo pensaba. Su correcaminos siempre estaba sonriendo brillantemente, con la lengua afuera incluso, en una imagen demasiado tierna para alguien que acababa de atacar a un conejo. De todas formas, el correcaminos no era tierno, como se corrigió enseguida el coyote.  Debía haber malentendido la escena, y el correcaminos debía haberse llevado al conejo a pasear con él. Si ese tonto siempre estaba paseando, así de despreocupado, como si el desierto fuese su campo de juego.

Pero ya había rescatado el folleto del suelo y no le haría ningún mal echarle otra hojeada. Estaba ligeramente intrigado, y nada que allí dijese haría que sus planes para atrapar al correcaminos fracasase. Así que lo agarró y leyó lo que continuaba;

“Los correcaminos son extremadamente territoriales, siempre cuidan su territorio y su forma de alejar a sus contrincantes es con sonidos fuertes, golpes y picoteos.”

Otra tontería, esta vez tan idiota que Wile ni siquiera sintió ganas de reír como antes, sino que bufó sonoramente, el ruido rebotando en toda su cueva. ¿A alguien le pagaban para escribir estas mentiras? ¡Hasta tenía ganas de demandarlos! ¿Cómo podían asegurar que los correcaminos cuidaban su territorio cuando el ave nunca había intentado echar a Wile? El coyote incluso pensaba que, a esta altura, era muy probable que hasta con su pequeño cerebro el pájaro azul supiese dónde estaba su cueva, y nunca se había acercado a ella. De hacerlo, le hubiese sido muy fácil atacar al coyote o destruir sus herramientas. Pero claramente al correcaminos no le interesaba. Entonces, era obvio que no era territorial. Compartía el desierto con Wile, su depredador.

Wile salió bufando de su cueva. Ya estaba por anochecer, y normalmente no saldría, pero necesitaba tomar aire fresco luego de leer esa sarta de tonterías. El correcaminos cuidando su territorio, qué hilarante. Si lo único que hacía esa ave era sonreír dulcemente, y sacar su divertida lengüita, y correr como si fuera la actividad más entretenida del mundo. Wile podía decir muchas cosas del correcaminos, sin embargo, ninguna estaba relacionada con rudeza o brutalidad. ¿Qué otra cosa decía ese estúpido folleto? Oh, cierto, algo de sonidos fuertes. Sí, era cierto que a veces los “beep, beep” sonaban demasiado agudos y molestaban un poco los sensibles oídos de Wile, sobre todo si poco antes había detonado alguna de sus bombas o dinamita. No obstante no eran sonidos fuertes, eran sonidos musicales, con una armonía según lo que el correcaminos quisiera decir que los hacía entrañables. Sí, no lo admitiría en voz alta, pero en las noches Wile extrañaba el “beep, beep” tan característico del correcaminos. Las pocas veces en las que lo había pensado conscientemente se convencía de que era porque ese sonido indicaba que su presa estaba cerca, y lo que extrañaba era tener una posibilidad de al fin atraparla. Sólo eso.

Mejor no pensar en ello, si no en el folleto. Golpes y picoteos. ¿Alguna vez lo había golpeado o picoteado el correcaminos? El coyote estaba casi seguro de que nunca había sucedido, a menos que fuese un efecto colateral de estar picoteando su comida (posiblemente dada por el propio Wile como parte de su trampa) muy cerca del coyote. Nunca como un ataque directo. Y eso que Wile sí lo había atacado, en numerosas ocasiones. ¡Estaba tratando de cazarlo todo el tiempo! Pero el correcaminos respondía con su lindo ruido, sus saltitos hiperactivos, y su carrera a velocidad. Algunas veces habían interactuado más, según lo necesitara la trampa de Wile, sin embargo el correcaminos participaba de apretar botones o bajar palancas o lo que tuviese que hacer sin violentarse. Sí, Wile se lastimaba todo el rato, pero era por mala suerte o, no quisiera admitirlo, algún error. Nunca por un ataque del correcaminos. Ese folleto era una bobada. Él más que nadie merecía la furia del correcaminos, pues intentaba cazarlo todos los días. Si el correcaminos nunca lo había atacado, no atacaría a nadie.

Un aullido lastimero interrumpió el usual silencio del desierto en la noche. Los instintos del coyote se activaron enseguida, y su cuerpo no tardó en llevarlo con seguridad hacia la fuente de aquel inusual sonido. Casi pegado al suelo para evitar ser visto, Wile se acercó hacia el lugar desde donde continuaban surgiendo ruidos lastimeros, tan lastimeros que por un momento el coyote sintió pena por la criatura que los estuviese haciendo. ¿Qué podría estar pasando en ese desierto normalmente tranquilo a excepción por sus intentos de atrapar al Correcaminos?

Wile contuvo el aire ante la escena que respondía a su pregunta.

Allí, bajo las estrellas que tantas veces lo habían acompañado en sus planes nocturnos, se encontraba el mismísimo correcaminos. La criatura alegre y curiosa que siempre tenía su tonta lengüita afuera y sonreía aún cuando Wile intentaba cazarlo. El ingenuo que caía en las trampas del coyote, aún cuando finalmente salía victorioso, muchas veces más por la mala suerte de Wile que por propia astucia del correcaminos.

Pero ahora parecía cualquier cosa menos ingenuo, curioso o alegre. Su pico siempre con esa sonrisa tan particular estaba atacando furiosamente al otro animal. Wile no podía ver bien, ¿era otro coyote? ¿u otra criatura? Tampoco le importaba demasiado. Sus ojos estaban fijos en el correcaminos; una de sus largas piernas enroscada alrededor del otro animal apretándolo con fuerza dolorosa, la otra firmemente en el suelo intensificando la prisión en la que se había convertido, la cresta de su cabeza completamente alienada y filosa, sus plumas erizadas, su pico intercambiando picotazos certeros y sonidos nada dulces.

El correcaminos estaba atacando.

La presa, la víctima, el cazado, el amenazado, el que huía. No. El correcaminos ya no era nada de eso. Como si alguien hubiese tocado un interruptor, se había convertido en todo lo contrario. Un depredador defendiendo su territorio con energía violenta, listo para destruir a quien hubiese osado irrumpir en su reino.

Wile recordó automáticamente lo que había leído en ese tonto folleto sobre los correcaminos. Quizás no era tan tonto después de todo. A fin de cuentas, describía a la perfección la escena frente a él: un correcaminos defendiendo su territorio con golpes, picoteos  y sonidos fuertes. Por primera vez desde que se conocían (¡y eran muchísimos años!), sintió algo parecido a temor. El correcaminos jamás lo había dañado, y Wile había creído siempre que se debía a su ingenuidad (a veces rayando en estupidez) y cierta debilidad que compensaba con su velocidad. Ahora, Wile se daba cuenta que había estado muy, muy equivocado. Los gruñidos de dolor de la criatura que el correcaminos había cazado (¡Cazado! ¡El correcaminos! ¡Era tan hilarante!) le demostraban que tenía suerte de estar sano y salvo.

No quería ver más, ni ser atrapado por esa criatura veloz y evidentemente fuerte, así que de a poco se alejó silenciosamente hacia su cueva. Mientras caminaba por el desierto, e incluso cuando ya había llegado a su casa, no podía evitar hacerse numerosas preguntas sobre lo que había descubierto esa noche. Una pregunta rondaba por encima de las demás.

¿Por qué el correcaminos nunca le había hecho daño?

 

Necesitó una noche de descanso antes de buscar algunas respuestas. Sólo tenía ese folleto para iluminar un poco sus dudas, así que lo tomó y buscó qué continuaba luego del carácter territorial de los correcaminos. Lamentablemente, lo que continuaba no tenía nada que ver con por qué un correcaminos no atacaría a un coyote que intentaba cazarlo. En cambio, se leía:

“Los correcaminos son monógamos, el cortejo empieza con persecuciones a pie donde el macho le regala comida a su pareja”

¿Qué le importaba a Wile las relaciones amorosas de su némesis? Suspiró con hastío, aunque volvió a leerlo por mera curiosidad. Monógamos, okay. Casi tenía sentido, pues tampoco había tantísimos correcaminos como para ir cambiando de pareja. Cortejo de persecuciones a pie. Y sí, si los correcaminos sólo corrían. El macho le regala comida a su pareja. Bastante típico, muchas especies tenían que demostrar su capacidad de proveer a su pareja.

Pero a Wile no le interesaba todo esto. Nada, ni lo que había leído antes. Había sido una gran tontería. Nada que estuviese escrito allí lo había ayudado a atrapar al correcaminos. Volvería a lo clásico, sus planes y sus trampas. No necesitaba conocer más a su presa. Además, cada dato que encontraba era más perturbador que el anterior.

Wile terminó de preparar la trampa que utilizaría ese día. Había estado tan concentrado en su precisa colocación que había olvidado todo lo relativo al folleto y la información que había leído. Se acercó a la zona en la que necesitaba que el correcaminos se colocara para que la trampa funcionase, y depositó una buena cantidad de comida para que la criatura se detuviese allí el tiempo suficiente para que Wile pudiese activar la trampa. Se alejó con ansiedad y esperó unos momentos hasta que apareció la nube de tierra que indicaba que el correcaminos estaba cerca.

El correcaminos comió la comida, Wile activó la trampa, y los pies del ave se envolvieron en dos bloques de concreto (o al menos eso indicaba la caja de ACME). Mientras Wile reía emocionado, el correcaminos se miraba los pies con curiosidad. Fue entonces que, por un instante, el coyote recordó a ese mismo correcaminos atacando salvajemente a otro animal. Wile tragó con fuerza, dudoso por un momento de acercarse a una criatura que claramente podía herirlo con su pico o sus alas si se sentía amenazado. Sin embargo, si quería atraparlo de verdad, tenía que acercarse.

Caminó con sigilo, aunque era inútil. Años y años le habían servido al correcaminos para saber que esas trampas las colocaba el coyote. Wile respiró, juntando fuerzas sin detenerse. Sin embargo, cuando estuvo frente al correcaminos, él tenía su expresión típica: la sonrisa graciosa, la lengüita asomándose con ternura, las plumas de su cabeza ligeramente despeinadas por la velocidad pero sin estar erizadas, los ojos brillantes y expectantes. Como si esperara a ver qué haría Wile a continuación. Sin miedo, ni agresividad.

Wile se sintió tan sorprendido por la expresión serena y alegre del correcaminos en comparación a la criatura violenta que había visto que se quedó congelado un momento. Tiempo suficiente para que el correcaminos moviera los pies tan rápido que los bloques de cemento se quebraron, liberándolo. El correcaminos gritó “Beep, beep” con entusiasmo, no el ruido amenazante y enojado de la noche anterior. Antes que Wile pudiese atraparlo, el ave ya había echado a correr. Eso sacó al coyote de su ensoñación, quien decidió intentar seguirle el ritmo en una cacería a pie. Como siempre, no fue lo suficientemente rápido, y en cuanto se detuvo a retomar el aliento, el correcaminos se perdió en el horizonte, gritando “Beep, beep” una vez más, casi como si fuese un saludo.

Derrotado aunque no rendido, Wile regresó al lugar de la trampa para recoger todo. Fue mientras guardaba el resto de comida que su mente reaccionó. Comida. Provisión. A su pareja. Persecución a pie. Cortejo. Cortejo. Cortejo.

No.Podía.Ser.Posible.

Wile se quedó estupefacto, la comida sobrante aún en su mano, que temblaba involuntariamente. Allí parado, volvía a él la imagen del correcaminos sonriente y dispuesto, sin parecer vulnerable o amenazado. El correcaminos adorable y alegre y juguetón y travieso y quizás no tan ingenuo como Wile había creído siempre. El correcaminos que evidentemente podía ser sanguinario y violento pero que nunca lo había sido con su depredador. Si es que lo consideraba su depredador…

Negó con la cabeza, abrumado. Esto era todo un gran malentendido por información de fuente dudosa. Era cierto que el folleto había acertado en todo lo demás, pero debía estar equivocado en este aspecto. ¿Diría algo más? Aún le quedaba un fragmento por leer, ¡allí debía estar toda la explicación de este embrollo! Wile corrió a su cueva, olvidando la comida y los restos de trampa, pues necesitaba saber si su conclusión era correcta. A fin de cuentas, ¡era un genio! ¡No solía equivocarse! Llegó rápidamente a su casa, y el inquietante folleto lo esperaba burlonamente. Wile desaceleró el paso cuando vio el tonto trozo de papel que tanta confusión le había causado. Se suponía que iba a ayudarlo a entender a su presa… ¿Sería este otro fracaso? Pero Wile era, antes que cualquier otra cosa, un genio. Y los genios no se detenían por algunos cuantos fracasos. Ningún fallo había detenido a Wile E. Coyote de su propósito. Ningún fallo lo haría.

Agarró el folleto y leyó la última información que allí figuraba:

“La forma en la que un correcaminos acepta el cortejo es haciendo un característico sonido y dando pequeños saltos”.

Su alma cayó a sus pies. Se frotó los ojos con más fuerza de la necesaria antes de volver a leer:

“La forma en la que un correcaminos acepta el cortejo es haciendo un característico sonido y dando pequeños saltos”.

Su traicionera mente enseguida se llenó de imágenes del correcaminos con sus pequeños saltos, esos en los que hasta sus patas vibraban, como si estuviera emocionado. La criatura no hablaba, pero luego de tantos años Wile sabía distinguir cuando estaba genuinamente entusiasmado. Y sonido característico…esos “Beep, beep” precisos y exaltados.

Significaban que… ¿El correcaminos había aceptado su cortejo?

¿Qué cortejo?

Era todo tan tonto, y Wile era un genio, no debería andar resolviendo tonterías. No debería estar sintiendo su mundo tambalear por un estúpido folleto sobre estúpidos correcaminos y sus estúpidas costumbres y sus estúpidos cortejos. No quería seguir mirando ese papel así que quitó su mirada y la hizo vagar por su cueva. Había planos y esquemas pegados en una de las paredes, justo por encima de la mayoría de las herramientas y materiales que había utilizado últimamente para atrapar al correcaminos. Y entonces se dio cuenta que era demasiado.

Años y años persiguiendo al correcaminos. Más de lo que había dedicado a cualquier cosa. Noches sin dormir para idear con precisión el plan ideal (aunque fallara), fortunas invertidas en tecnología (aunque fallara), horas preparando la zona de desierto que necesitara para su próxima trampa (aunque fallara). Ningún fallo había detenido a Wile E. Coyote de su propósito.

¿Y cuál era, realmente, su propósito?

Todo ese tiempo había creído que era cazar al correcaminos. Comerlo al fin y saborear cada una de sus partes. Cumplir con su rol de coyote. Triunfar como genio. ¿Era aquello lo suficientemente importante como para dedicarle tanto tiempo, energía, dinero, vida? Eso; toda una vida dedicada exclusivamente a una sola criatura.

“Los correcaminos son monógamos”.

Su mente parecía decidida a quebrar su cordura. O tal vez era su genialidad intentado descifrar el enigma. ¿Por qué dedicar una vida  a cazar una presa? Entonces, Wile recordó la otra pregunta que había rondado su cabeza en las últimas horas:

¿Por qué el correcaminos nunca le había hecho daño?

Era bastante claro ahora. Si Wile había podido contestar a esa pregunta, debía entonces poder responder a aquella referida a su propio comportamiento. Había conseguido ese folleto para estudiar al correcaminos, para poder comprenderlo mejor en pos de lograr cazarlo. Y, para bien o para mal, había funcionado, pues ahora sí que comprendía a la criatura más veloz del desierto. Más aún, tal vez…ahora se comprendía mejor a sí mismo.

Wile salió de la cueva.

Cuando llegó al lugar donde estaban los restos de su última trampa, no se sorprendió al encontrar la comida de pájaro intacta. Se rió un poco de sí mismo, porque ahora le parecía todo tan claro. Por supuesto que el correcaminos no iba a comer esa comida suelta, pues estaba esperando que le fuera ofrecida por…la criatura que lo cortejaba. Y cuyo cortejo había aceptado. Era todo demasiado nuevo para Wile, y, a la vez, increíblemente viejo.

Tomó la comida y avanzó algunos metros lejos de la trampa fallida. Depositó la comida con inusual suavidad en el camino. No tuvo que esperar casi nada –como si hubiese estado esperándolo- hasta que el correcaminos apareció frente a él. Sonriente, dulce, alegre, adorable. Una visión que, ahora entendía, sólo el coyote podía admirar realmente. El correcaminos lo miró por un momento, y Wile se preguntó si sabía todo lo que había ocurrido en su interior en las últimas horas. El pico amarillo se abrió y salió de él el típico “Beep, beep”, en una versión ligeramente más aguda que la usual. Las patas abandonaron el camino para estar en el aire, pues el correcaminos estaba dando pequeños saltos sin dejar de mirar a Wile. El coyote comprendió, entonces, que todas las otras veces se había perdido de este correcaminos dispuesto y emocionado por estar pensando en si su trampa funcionaría. ¿Hacía cuánto habría aceptado el correcaminos su “cortejo”? Wile no lo sabía, y en ese momento tampoco importaba. Porque ahora sí lo comprendía.

[¿Compañeros?]-alzó un cartel sintiendo sus mejillas sonrojándose.

Fue instantáneo. El “Beep, beep” agudo se volvió un continuo de “Beep”, y los saltos ya no eran pequeños, y en un instante Wile tenía al correcaminos encima suyo. Mientras abrazaba a su ¿nuevo? ¿Viejo? compañero, el coyote sintió el sabor del triunfo del verdadero genio. Ningún fracaso lo había detenido, y al fin había tenido éxito. Había atrapado al correcaminos.

A fin de cuentas, parte de ser un genio era insistir, estudiar, y reinventarse. Wile había hecho todas esas cosas.

 

 

 

Notes:

Espero que hayan disfrutado esta tonta historia <3