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Julián apagó la pava electrica antes de que el agua hirviera. Apoyó la pava sobre la mesada con un movimiento seco y acomodó la bombilla en el borde del mate de calabaza con la punta del dedo pulgar. Tenía los nudillos enrojecidos por el frío residual de la práctica y una camiseta térmica negra que le quedaba un talle más grande, con las mangas estiradas hasta taparle la mitad de las palmas.
En el sillón del living, Cristian miraba el techo blanco con los brazos cruzados detrás de la nuca. Todavía tenía puestas las medias grises de compresión del club y un short ancho que dejaba a la vista los moretones que acumulaba en las tibias, recuerdos habituales de los cruces durante el reducido de la mañana bajo la mirada del cuerpo técnico.
La pantalla del celular de Cristian vibró sobre la mesa ratona. Una vez, dos veces. Cristian bajó los ojos despacio, sin apuro, miró el remitente que brillaba sobre el vidrio templado y apretó la mandíbula hasta que los tendones del cuello se le marcaron. Dejó el aparato boca abajo de un manotazo y soltó el aire entre los dientes con un silbido caliente.
Julián cebó el primer amargo con paciencia, esperando que la yerba hinchara bien sobre el costado. Caminó descalzo por el piso flotante y le tendió el mate con la mano derecha.
—Tomá —dijo Julián en un susurro tranquilo, apoyándose contra el respaldo del sillón individual—. Está tibio seguro, no te va a quemar.
Cristian estiró el brazo derecho, agarró la calabaza y le dio un sorbo largo, ruidoso. Sus ojos, habitualmente encendidos con esa chispa que en la cancha hacía retroceder a cualquier delantero europeo, estaban apagados, opacos, cargados de un cansancio denso que nada tenía que ver con los doce kilómetros que corría cada fin de semana.
—Una cagada el día —soltó Cristian, devolviéndole el mate sin mirarlo a la cara—. Encima mañana a las nueve hay que estar clavados en el aeropuerto para fumarse doce horas durisimos en esos asientos del orto del avión. Me duele todo encima.
—Es el frío de acá —respondió Julián, acomodando la bombilla antes de volver a cebar—. En Buenos Aires todavía hace calor. Allá te aflojás en dos días.
Cristian dejó escapar una risa seca, áspera, que rebotó contra las paredes vacías del departamento.
—Sí, seguro. Llego a Ezeiza y me aflojo un montón. Me voy a curar de golpe apenas pise el pasto del predio, mirá qué tranquilidad me da pensar en estar allá.
Julián se quedó quieto porque conocía ese tono. Hacía meses que compartían vestuario todos los días en Madrid, compartiendo traslados en la camioneta, almuerzos después de las sesiones de gimnasio y tardes muertas en las que el silencio decía mucho más que cualquier conferencia de prensa obligatoria. Sabía perfectamente de quién era el mensaje que acababa de entrar al teléfono de Cristian, del mismo modo que Cristian sabía la razón exacta por la que Julián tenía las ojeras marcadas como sombras violetas y el teléfono propio guardado en el cajón de la cocina, apagado desde las dos de la madrugada.
El silencio se estiró entre los dos, espeso.
—¿Te escribió? —preguntó Julián finalmente, bajando la voz hasta convertirla en un hilo calmo.
Cristian clavó la vista en la punta de sus medias, negándose a mirar la pantalla apagada.
—Me mandó una foto de unos sahumerios que compró en una feria cerca del centro —murmuró Cristian, arrastrando las palabras con esa cadencia cordobesa pesada que se le volvía más cerrada cuando le pesaba el pecho—. Me dice que consiguió unos atados de ruda y romero para llevar a la concentración. Que le pidió al utilero que nos guarde la pieza de siempre, la del fondo, porque tiene mejor ventilación para quemar los cosos esos. Me puso que tiene ganas de tomar unos mates tranquilos apenas lleguemos. Con esa paz de mierda que tiene para decir las cosas, como si fuera lo más natural del planeta.
Julián le dio un sorbo corto al mate, mirando el vapor fino que subía hacia la campana de la cocina.
—Y bueno, Cuti. Sabés cómo es él. No tiene la culpa tampoco.
—Ya sé, boludo, ¿te pensás que no sé? —Cristian levantó el torso en el sillón, apoyó los codos sobre las rodillas y se refregó la cara con las palmas abiertas—. Ese es el problema, wacho. Me quiere como a un hermano. Me abraza, me jode, me cuenta todo y yo estoy al lado haciéndome la cabeza como un pelotudo. Cada día me cuesta más no clavarle un beso. Me siento un forro.
Cristian clavó la vista en el piso, masticando la bronca en silencio un segundo antes de soltar el aire.
—Y no me puedo cortar solo de la nada —siguió Cristian, con la voz más baja, áspera—. Vos sabés cómo es Lisandro. Es re sensible con esas cosas, re perseguido. Si le clavo el visto o le esquivo la mirada, el chabón se empieza a maquinar que hizo algo mal él, que estoy enojado por algo. No le puedo hacer eso, boludo. Pero si voy y me encierro con él en la pieza otra vez, me voy a terminar mandando una cagada. Tengo la cabeza quemada ya.
Julián escuchó sin interrumpirlo, apoyado contra la mesada. Tenía la bronca viva de lo que había pasado la medianoche anterior en esa misma cocina, dándole vueltas en la cabeza desde hacía horas. Caminó despacio hacia el ventanal y miró los techos mojados del barrio residencial de Madrid.
—Por lo menos Licha es bueno con vos —soltó Julián, con una calma glacial que contrastaba con la furia desordenada del defensor—. Por lo menos es un ser humano decente.
Cristian levantó la vista, descolocado por la frialdad en la voz del delantero.
—¿Qué pasó anoche, Ju? —preguntó Cristian, bajando el tono—. Pensé que estaban mejor después de lo que me contaste la semana pasada.
Julián soltó una exhalación corta, amarga, carente de cualquier atisbo de risa.
—Anoche me llamó a las dos y media desde Manchester. Estaba solo en la casa, escuchando cumbia vieja. Me empezó a hablar de las inferiores en River, de cuando compartíamos la pensión, de que extraña tomar mate en mi departamento. Me dijo que acá en Madrid yo estaba muy lejos, que sentía que nos estábamos enfriando. Me habló como si fuera a dar el paso, Cristian. Con esa voz suave que pone cuando se le caen las defensas.
Julián tragó el aire seco de la habitación, sintiendo el ardor de la humillación viva raspándole el pecho.
—Le respondí bien. Le dije que yo también lo extrañaba, que para mí las cosas no habían cambiado, que podíamos hablar tranquilos allá en Ezeiza. Me abrí como un estúpido. Le dije que estaba cansado de esperar señales que después borraba al otro día. ¿Y sabés qué hizo?
Cristian permaneció en silencio, observando la rigidez en la espalda de Julián.
—Entró en pánico, obviamente —continuó Julián, con la voz cortante como un vidrio roto—. Se puso agresivo, a la defensiva de un segundo al otro. Me dijo que yo estaba flasheando cualquiera, que no me equivoque con él, que él es un tipo normal, creyente y que no es ningún puto para que yo le ande tirando indirectas raras. Me gritó que me rescate, que si voy a ir mañana con esas actitudes de mierda mejor que ni me le acerque en el vestuario, porque él no se va a quemar por culpa de mis mambos raros.
Un golpe sordo retumbó en el living cuando Cristian estampó el puño cerrado contra la mesada ratona, haciendo temblar los posavasos de corcho y el termo de acero.
—Hijo de mil puta —gruñó Cristian, poniéndose de pie con los ojos inyectados en bronca—. Es un cagón de mierda. El tipo te calienta la cabeza durante meses, te busca cuando está solo y después te tira la culpa encima para tapar que es un maricón. Mirá que lo aprecio al pibe adentro de la cancha, pero afuera es un termo insoportable. No te deje basurear así por un wacho que no tiene los huevos de hacerse cargo de lo que siente.
—Me dejo porque soy un pelotudo —contestó Julián, dándose vuelta para mirarlo de frente—. Hace dos años que estamos en esta calesita, Cuti. Ni un beso nos dimos, viste, son todos toquecitos a escondidas, charlas de madrugada cuando está solo y después desaparece. De noche me tira indirectas y al otro día se persigna y me esquiva en el vestuario para caretearla de macho alfa.
Julián dejó el mate sobre la mesa con firmeza. Sus ojos rasgados, habitualmente serenos y tímidos, brillaban con una llama oscura, herida y peligrosa.
—Se terminó —sentenció Julián, y la palabra cayó con el peso de una losa de hormigón en medio del living—. Me cansé de ser el secreto culpable de un tipo que me desprecia para salvar su imagen de potrero. No voy a Ezeiza a poner cara de pobrecito ni a esperar que se digne a mirarme con culpa. Me hinché las pelotas.
Cristian lo miró fijamente. Pocas veces había visto a Julián salir de ese molde de chico educado, casi angelical, que respetaba a rajatabla todas las normas del vestuario y agachaba la cabeza ante las cámaras. Esa versión de Julián, con el orgullo de pueblo encendido y la sangre fría de un cazador herido, le resultaba imponente.
—Está perfecto —asintió Cristian, cruzándose de brazos—. Mandalo a la mierda y que se curta solo con sus rosarios y sus miedos. Vos no le debés nada a nadie.
Julián se quedó apoyado contra la mesada, mirando el mate.
—Lo peor es que si voy a la concentración y me siento solo en una esquina, Enzo va a saber que me lastimó —dijo Julián, con la voz baja—. Va a ver que estoy con la sangre en el ojo, va a pensar que tiene el control de la situación y va a seguir jugando al gato y al ratón cada vez que se quede sin nadie alrededor.
Cristian levantó las cejas, bufando despacio.
—¿Y qué querés inventar, hermano? Es lo que nos tocó, remarla en dulce de leche como siempre.
Julián tardó unos segundos en responder. Se pasó la mano por la nuca, mirando hacia la ventana.
—Hagamos como que estamos saliendo nosotros.
Cristian se le quedó mirando con el mate en la mano. Por un momento no dijo nada, esperando el remate de la joda.
—¿Qué estás diciendo, culiado? —soltó Cristian, con una risa corta que se le borró enseguida—. ¿Te drogaste o algo?
—Hablo en serio, idiota —respondió Julián, mirándolo fijo—. Pensalo dos minutos antes de putearme.
—Se te saltaron algunos jugadores, Juli. ¿Cómo vamos a decir que salimos nosotros? ¿En la Selección? Nos van a colgar de las pelotas en el Obelisco.
—No hablo de salir en la tele ni de que se entere la prensa —aclaró Julián, sin levantar la voz—. Eso ni en pedo. Hablo de puertas adentro. Allá en el predio, entre nosotros y el grupo.
Cristian lo miraba sin terminar de entender por dónde venía la mano.
—No te sigo o vos estas delirando.
Julián dio un paso más, acercándose a la mesa.
—Pensalo un toque, Cuti, te da una salida limpia. Si llegamos a Ezeiza y pedimos pieza juntos porque estamos en algo, Licha no va a sospechar nada raro ni pensar que él hizo algo mal. Al contrario, Licha te quiere, se va a poner contento y todo. Te da aire para no estar todo el día pegado a él sufriendo al pedo. Podés respirar un poco, que es lo que querías.
Cristian se quedó callado. La lógica era implacable. Su mayor problema con Lisandro era provocarle una herida a su mejor amigo; si la distancia estaba justificada por estar con alguien, Lisandro jamás dudaría de la hermandad. Así podría ver si se le pasaba y podía volver a la normalidad con él.
—A mí me sirve para ponerle un freno —continuó Julián—. Enzo nunca tuvo los huevos de jugársela por mí, pero si me ve con vos, se le termina la joda. O se come la bronca en silencio y me deja de hinchar, o se rescata de una vez y deja de ser tan cagón. Y si no hace nada, al menos me entero de que nunca lo va a hacer y no me ilusiono más.
Cristian se pasó la mano por la pera. La idea sonaba completamente desquiciada, un delirio digno de una comedia, pero a medida que la repasaba en su cabeza encontraba una extraña y brutal eficacia. Era una jugada táctica pensada para cerrar líneas atrás, poner el cuerpo y salir de contraataque para defenderse de dos situaciones que los estaban consumiendo vivos.
—Yo no sé ser delicado, wacho —advirtió Cristian, señalándose el pecho ancho—. En la cancha te bajo de una patada en la nuca y afuera soy un bruto bárbaro. Si nos ponemos a fingir que somos novios en frente de los pibes, nos van a sacar la ficha en dos minutos. Yo no sé poner caras de enamorado o actuar de nada.
—Nadie te pide que pongas caras de nada —se rió Julián, negando con la cabeza—. Les decimos que andamos en algo y listo, corta. Ni que tuviéramos que desfilar agarrados de la mano. Con que estés parado al lado mío ya va a funcionar solo.
—Pero algo de contacto tiene que haber, boludo —le retrucó Cristian, revoleándole un almohadón chico del sillón que Julián atajó en el aire con una mano—. Si decimos que estamos en algo no podemos parecer dos desconocidos a dos metros de distancia. Y vos sos medio delicadito. Si te llego a meter un bife cariñoso en la nuca como suelo hacer te pones re duro.
—Y... la verdad que sí —admitió Julián, apoyando el almohadón contra la mesada y sonriendo con picardía—. Vos me pegás un empujón o me tocás la espalda y yo me pongo tieso, pero bueno, no me pegues y listo.
—Bueno, te tocaré con cuidadito para no desarmar a la princesita —se burló Cristian—. Pero algo vamos a tener que inventar con eso igual.
Cristian bajó la mirada hacia la mesa ratona, dejando escapar una sonrisa amarga. Pensó en las próximas dos semanas encerrado en la concentración, en las noches de sahumerio con Lisandro hablándole con dulzura, la culpa carcomiéndole las tripas, el miedo constante a arruinar una hermandad sagrada con una mirada de más. Y después miró a Julián, al pibe que nunca rompía un plato, parado frente a él con la mandíbula apretada y la determinación de alguien dispuesto a prender fuego el tablero antes que dejarse pisotear de nuevo.
—¿Y qué pasa con Paredes y con De Paul? —preguntó Cristian, buscando los agujeros del plan—. Esos dos son pillos. Nos conocen desde hace años. Va, todos. Se van a dar cuenta al toque de que hay gato encerrado.
—Que pienses lo que quieran —dijo Julián encogiéndose de hombros—. Si preguntan, estamos juntos y punto. Nadie en ese vestuario se mete en la cama de los demás. Y si alguien abre la boca de más, vos tenés cara de loco suficiente como para hacer que miren para el costado.
Cristian soltó una carcajada ronca, genuina, que quebró por completo la tensión acumulada en la habitación.
—En eso tenés razón, culiado. Al primer gil que se haga el gracioso le tiro una plancha en la rodilla y listo.
Julián estiró el brazo derecho hacia adelante, con la palma abierta y los dedos firmes, ofreciendo un pacto formal en medio del living en penumbras.
—¿Cerramos trato entonces? Puertas adentro del predio. Dos semanas para cuidarnos la espalda y respirar un poco.
Cristian miró la mano extendida de Julián. Era una mano más chica que la suya, acostumbrada a firmar autógrafos con caligrafía prolija. Estiró su propia mano, llena de cicatrices y callos de gimnasio, y envolvió los dedos de Julián con un apretón firme, pesado y caliente que selló el acuerdo con la fuerza de un contrato de trinchera.
—Trato hecho, Araña —dijo Cristian, sosteniendo el apretón un segundo más de lo necesario—. Pero te aviso una sola cosa, eh.
—¿Qué cosa?
—Si me pongo en papel de novio protector, no me pidas que baje ningun cambio después. Si ese pelotudo de San Martín te llega a tirar una sola frase desubicada, lo saco del predio en una bolsa de consorcio. Avisado estás.
Julián sostuvo la mirada fiera del defensor sin retroceder un milímetro, sintiendo por primera vez en semanas que el peso asfixiante que llevaba en los hombros empezaba a volverse tolerable.
—Es exactamente lo que estaba esperando que dijeras —respondió Julián, y volvió a la mesada a calentar el agua para otra ronda de mates.
