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No debería ser así
HomuMado (?)
Homura abrió la llave del lavamanos y se mojó las manos para después llevárselas a la cara. Estaba exhausta, aunque ni siquiera sabía por qué exactamente. Solo había ocurrido un pequeño «incidente», no debería sentirse tan abrumada.
Sin embargo, no podía evitar sentirse fuera de lugar.
Treinta minutos antes…
—¿Solo tengo que usar la ecuación de segundo grado para resolver este problema, Homura-chan? —preguntó Madoka, mirando el ejercicio que tenía ante ella.
—Así es. Luego, cuando tengas la variable «X» que estás buscando, que debería ser el valor positivo, lo sustituyes en la función y así puedes llegar al resultado que buscas —finalizó Homura, satisfecha de poder ayudar a su amada con el estudio.
Como Madoka estaba en segundo de preparatoria y Homura en tercero, esta última podía ayudar a su linda novia en las materias que se le hicieran más complicadas. Algunas, como Química, Matemáticas y Física, se le complicaban bastante a la menor.
Por suerte, Homura era casi una prodigio en lo que a estudios concernía, por lo que no se le hacía difícil ayudarla. Además, tal vez en clases Madoka no entendía mucho, pero cuando se trataba de Homura, ella parecía poner más atención; aunque también influía el hecho de que Homura tenía mucha paciencia y la quería lo suficiente como para tomarse el tiempo de idear explicaciones que su novia pudiera absorber con facilidad.
—Bueno, este ya es el último del temario —aclaró Madoka, soltando el lápiz que había estado usando y guardando la calculadora en su respectivo estuche—. Muchas gracias por ayudarme, Homura-chan. No sé qué habría podido hacer sin tu ayuda.
Homura sonrió con suficiencia mientras llevaba una mano a la cabeza de la pelirosa, lugar donde depositó suaves caricias que le sacaron leves murmullos de satisfacción.
—Siempre es un placer ayudar a mi linda novia —acarició un poco más la cabeza de su amada para después bajar la mano y apoyarla en una de sus mejillas, donde inició otras caricias usando el pulgar—. Sabes que puedes contar conmigo para lo que necesites.
Madoka la miró con fijeza y esbozó una sonrisa que a Homura se le hizo adorable. Esa chica, amable, linda y bondadosa, la traía loca.
—Voy por unas bebidas, ¿quieres algo en particular? —indagó Madoka, incorporándose de su sitio.
—A ti —respondió Homura, en automático.
—¿Eh?
—Qui-quiero decir, lo que sea está bien —Homura se rascó la mejilla mientras desviaba la mirada—. Sí, eh, tengo sed; pero estaré bien con la elección que hagas.
Madoka la miró con duda y, tras esbozar otra tímida sonrisa, caminó hacia la puerta y salió al pasillo.
Una vez sola, Homura pudo permitirse respirar con tranquilidad.
—Eso… eso estuvo cerca —suspiró—. Casi dejo ver mi objetivo de hoy.
Resulta que, ese día, aprovechando que estarían estudiando en casa de Madoka, Homura tenía como prioridad intentar llegar más lejos de lo habitual con su linda novia. Realmente, hacía un tiempo que tenía esa idea, pero no terminaba de animarse debido a que sentía que eso podría acabar con la inocencia de la menor o, en el peor de los casos, dejarle algún trauma.
Sí, Homura tenía a esa chica en un pedestal del cual no tenía pensado bajarla en ningún momento. Para ella, Madoka era el ser más puro e inocente del universo. No había nada que se le pudiera igualar; por ende, su prioridad era tratarla con mucho cuidado, cariño, amor y delicadeza.
Era por eso que, aunque la pobre Homura quería hacer cosas que, por lo general, había visto hacer a otras parejas —como Kyoko y Sayaka, por ejemplo, que no escatimaban en darse muestras de afecto muy… poco recatadas—, la imagen que se había construido de su novia no la dejaba avanzar en ello.
El solo pensar en el mero hecho de ponerle un dedo encima le causaba malestar, pero, a su vez, le urgía hacerle algo de lo que había imaginado tantas veces en los últimos días; así de contradictorios eran sus deseos en esos momentos.
—Si tan solo pudiera…
—Ya volví, Homura-chan —canturreó Madoka, entrando a la habitación con una bandeja entre las manos, sobre la cual podían verse dos vasos con sus bebidas correspondientes—. Espero que no me hayas extrañado mucho.
Homura dejó de pensar en eso que la aquejaba y se centró en su novia. Madoka se acercó al escritorio, lugar en el que habían estado estudiando durante las últimas dos horas, y colocó junto a ella un vaso con jugo de moras. Puso la bandeja a un lado y tomó asiento cerca de Homura; acto seguido, degustó la bebida que le tocaba: leche de fresa.
Mirando de reojo cómo su novia disfrutaba de su bebida, Homura hizo lo propio con la suya y, tras darle unos tres largos tragos, se la acabó por completo.
—Vaya, no mentías cuando dijiste que tenías sed, Homura-chan —rio Madoka, mirándola divertida.
Homura enrojeció ante el comentario.
—Bu-bueno, sabes que no me gusta mentirte, Madoka —Homura miró hacia otra dirección con las mejillas suavemente coloreadas. Su estoica expresión seguía allí, aunque se le complicaba mantener la calma—. Así que… pues, muchas gracias por el jugo. Estaba delicioso.
Madoka la miró en silencio y, sin perder su expresión divertida, procedió a terminarse lo que quedaba en su vaso. Mientras lo hacía, Homura, algo intranquila, seguía pensando en una forma de poder acabar con la contradicción de sus propios deseos.
Pensándolo con más detenimiento, desde que ellas iniciaran su relación —unos seis meses atrás—, los besos se habían convertido en algo frecuente. Pero, tras hacer memoria con más cuidado, Homura no encontró un solo momento en el que Madoka haya demostrado querer llegar más allá. Es más, en ningún momento siquiera profundizó alguno de esos contactos o tomó la iniciativa para colocar sus pequeñas manos en lugares que no fueran los hombros o la nuca de la más alta.
Ciertamente, si quería hacer algo e ir más allá, tendría que ser ella la que diera ese primer paso que tanto deseaba. Pero ¿de qué forma? ¿Qué debía hacer?
Estaba tan ensimismada pensando en eso, que no se dio cuenta de algunas cosas que sucedían a su alrededor; como, por ejemplo, que su novia ya se había terminado su respectiva bebida y que ahora la miraba con una fijeza inusual, como si quisiera decir o hacer algo, pero estuviera meditando mucho para hacerlo. Además, se veía inquieta.
Con cuidado, Madoka arrimó su silla hasta situarse muy cerca de Homura, que tenía su mirada purpúrea clavada en algún punto de la lisa superficie del escritorio de Madoka. Una pequeña vena se había inflamado en su frente y, tras verla, Madoka supo que estaba pensando en algo con mucho cuidado e intensidad.
Pero ella no quería seguir esperando, por lo que, tras respirar profundamente y esbozar una pequeña sonrisa que distaba mucho de las que ella solía poner, Madoka se acercó un poco más y, tras poner una mano en una de las mejillas de su novia —gracias a lo cual, Homura salió de sus pensamientos y la miró con expresión curiosa—, tiró de ella para tenerla lo más cerca posible y, acto seguido, juntar sus labios con los de Homura, iniciando un beso que descolocó a la más alta.
«Pero ¿qué rayos…?», pensó Homura, sintiendo cómo sus mejillas enrojecían y la cabeza le daba vueltas debido a la sorpresa.
Pero eso apenas empezaba.
Con una destreza que Homura no imaginaba que tenía, Madoka movió sus labios contra los suyos y, no conforme con eso, tras separarse durante unos pocos segundos, volvió al ataque. Esta vez atrapó el labio inferior de su novia y lo succionó con ganas mientras se apegaba a ella tanto como podía. Por supuesto, la tarea no era sencilla: al estar cada una sentada en su propia silla, no podían acercarse del todo sin levantarse primero.
—Ven, Homura-chan —Madoka se incorporó de su sitio con un extraño brillo en sus orbes rosados y una determinación que la mayor no había visto antes—. Vamos a la cama.
—¿Huh? —Homura intentó decir algo, pero Madoka la tomó de la mano y la arrastró con ella hacia la cama. La empujó en esa dirección, haciéndola caer sentada sobre el suave colchón, y se le abalanzó encima, tumbándola y aprisionándola contra la mullida y perfumada superficie.
—¿Ma-Madoka? —fue la única pregunta que pudo formular Homura antes de que la mencionada se apropiara de su boca una vez más, dándole a entender que no había espacio para palabras innecesarias.
Madoka la besaba con una intensidad que Homura nunca había experimentado. Saboreaba sus labios, los succionaba y mordía con ganas, todo eso mientras le acariciaba las mejillas y el cuello con sus manos suaves e intranquilas, las cuales fue bajando poco a poco.
En un momento dado, mientras devoraba los labios de su pareja en un beso profundo, Homura intentó llevar sus manos a las caderas de la pelirosa, pero ella no se lo permitió.
—No, no, Homura-chan —dijo Madoka, con una sonrisa gatuna y la mirada opaca por el deseo—. Nada de tocar sin mi permiso.
Homura iba a protestar, pero entonces Madoka tomó las muñecas de su novia y las mantuvo fijas contra la cama. Sin intenciones de parar, prosiguió con lo suyo y, sin ocultar la urgencia que la embargaba, lamió y succionó el pálido cuello de Homura, centrándose en algunos puntos donde procuró dejar marcas visibles con toda la intención del mundo.
Homura gimió ante la acción; los sonidos que escapaban de su garganta eran suaves, profundos y ahogados, pues procuraba no hacer demasiado ruido. Sin embargo, en un momento dado, cuando Madoka mordisqueó la sensible piel de su clavícula por encima de la blusa, Homura cayó en la cuenta de que esa no era la forma en la que imaginaba que ocurriría todo aquello.
Es decir, se suponía que sería ella la que iría encima, era su deber darle placer a Madoka, su Madoka; de ella y de nadie más. Tampoco lo había planificado a detalle, pero, ¿desde cuándo su novia era tan asertiva?
La Madoka que conocía no era alguien que pudiera tomar la iniciativa para llevar a cabo semejante movimiento… o eso era lo que quería pensar. Por lo que había experimentado en los últimos minutos, la pelirosa parecía tener muchos deseos reprimidos. Al parecer, ella no era la única con intenciones de profundizar en lo concerniente al contacto físico.
Ya pensaría en eso después; lo primordial ahora era llevar a cabo las cosas de la forma correcta. Desde su perspectiva, el desarrollo de los acontecimientos se estaba ejecutando de manera errónea.
Ella era la que tenía que ir arriba, no al revés. ¿En qué momento dejó que su Madoka llegara tan lejos? ¡Eso no podía ser! Tenía que cambiar las tornas y debía hacerlo rápido, antes de que fuera demasiado tarde.
Intentó cambiar de posición, confiada en tener la fuerza suficiente para hacerlo. Sin embargo, grande fue su sorpresa cuando Madoka, leyendo sus intenciones, ejerció presión para evitar que Homura le diera la vuelta a la situación.
—¿Madoka…?
—Tranquila, Homura-chan —plantó un nuevo beso en los labios de su amada, quien no pudo hacer nada para resistirse a tan dulce contacto. Al separarse, miró a la pelinegra con una intensidad que casi la derrite—. Yo me encargaré de todo.
—No… no creo que… ¡hmph! —Homura fue callada nuevamente con un beso más intenso que el anterior. A su vez, las inquietas manos de la menor, tras liberar las muñecas de la más alta, se colaron por debajo de la blusa negra que vestía.
Homura jadeó al sentir las manos de su novia recorriendo su pálido abdomen de forma ascendente. Sabía cuál era el próximo objetivo de esas manos que no tenían planeado detenerse por nada del mundo.
—Homura-chan —susurró Madoka, dejando un camino de besos húmedos mientras bajaba nuevamente hacia el cuello de su pareja—. Eres demasiado linda, Homura-chan. Incluso ahora, cuando jadeas de esa forma, no dejas de lucir tan seria.
No aguantando más esa situación, Homura, haciendo acopio de la poca lucidez que le quedaba, hizo un gran esfuerzo y se quitó a Madoka de encima; empujándola, con sumo cuidado, hacia un lado.
—¿Homura-chan? —Madoka la miró con ojos curiosos y Homura pudo notar que estaba tan agitada como ella.
—Eh, yo… —Homura se incorporó rápidamente y se acomodó el cabello como pudo—. ¡Tengo que ir al baño!
—¿Eh? —Madoka, más confundida que nunca, solo pudo ver cómo Homura salía corriendo de la habitación sin siquiera mirar atrás.
Ahora mismo...
Homura cerró la llave del agua y se secó la cara con una toalla que estaba cerca. Luego, se miró en el espejo una vez más.
La imagen devuelta mostraba a una chica de mirada fría y calmada, de ojos cuyos colores oscilaban entre el púrpura y el rojo —un pequeño detalle debido a la influencia de sus poderes—, con el largo cabello negro prolijamente peinado cayendo por detrás de sus hombros. Notó, para su sorpresa, que había recuperado un poco el control sobre sí misma y que ahora podía intentar hacer las cosas como se suponía que debía hacerlas.
Inspiró profundamente una vez más y decidió salir al pasillo.
Realmente, en ese momento no tenía muchas ganas de hacer nada. Solo quería buscar a Madoka, despedirse de ella, probablemente darle un beso e irse por donde había venido. En otro momento, tal vez, intentaría ir nuevamente un poco más allá. Pero, por lo pronto, eso sería todo lo que haría.
Además, en el hipotético caso de que Madoka quisiera insistir una vez más, lo que tendría que hacer sería manipular su mente y sus emociones con sus poderes para hacerle olvidar lo que había estado a punto de ocurrir unos minutos atrás.
Como para dar énfasis a sus pensamientos, el pendiente que llevaba en su oreja izquierda despidió una suave luz púrpura y se apagó nuevamente.
«Como demonio, soy un asco», pensó Homura, que ya estaba de pie otra vez frente a la habitación de su novia. «Pensar que estuve a punto de ser pasiveada de esa forma… Increíble que haya perdido en esos temas, ¡y contra una diosa, precisamente!».
Inspiró una vez más para mantenerse neutral, tomó el pomo de la puerta y la abrió. «Inaudito».
Una vez dentro de la habitación, Homura notó que su novia no estaba en ella. El lugar de la cama donde la había dejado permanecía vacío. De hecho, la cama se veía en perfecto estado: las sábanas estaban lisas y extendidas, los peluches seguían en su lugar y las almohadas estaban dispuestas en el mismo orden que tenían cuando llegó a casa de Madoka más temprano.
«Seguro está en la cocina», pensó al ver que los vasos donde cada una había consumido su respectiva bebida ya no estaban en el escritorio, como tampoco estaba la bandeja sobre la cual los había traído.
Estuvo a punto de darse la vuelta cuando sintió cómo era empujada desde atrás y, al no estar preparada para algo así, perdió el equilibrio y cayó nuevamente sobre la cama, justo como lo había hecho hacía un rato, solo que en esta ocasión aterrizó boca abajo.
Tras el impacto, se giró para ver de quién se trataba: era Madoka, quien la miraba desde la puerta con una sonrisa que tenía de inocente lo que Kyoko tenía de delicada.
—¿Madoka…?
«Ella no estaba aquí cuando entré, tampoco escuché cuando se acercó y mucho menos sentí su presencia. ¿Qué está pasando aquí?».
Madoka no esperó a nada: se le lanzó encima sin ocultar las ganas que tenía de estar con ella. Homura, que ya estaba mentalizada para hacer lo que debía en caso de que su novia no atendiera a razones, intentó activar sus poderes para apaciguarla. El cristal púrpura en el pendiente de su oreja brilló con fuerza y la magia fluyó desde su ser hacia la chica que, sobre ella, intentaba continuar con lo que había dejado inconcluso.
La orden que aquella que se hacía llamar «demonio» había dado era corta y concisa: «Detente, Madoka».
Eso era todo lo que quería Homura, quien, en lugar de decirlo y apartarla con la voluntad que le faltaba, prefirió usar sus poderes para ahorrarse tener que decir o hacer algo que pudiera afectar a la chica que tenía ante ella… pero no funcionó.
«¡¿Huh?!».
Madoka atrapó sus labios con una voracidad mal contenida, iniciando un nuevo beso mucho más fogoso y salvaje que los anteriores; uno que dejaría a su novia sin aliento y que terminaría por derrumbar sus defensas.
«¿Por qué no funciona…?», se preguntó Homura, sintiendo cómo Madoka deslizaba su cálida y húmeda lengua en su cavidad bucal mientras manoseaba sus pechos por encima de la blusa que vestía. Además, la tenía inmovilizada contra la cama usando el peso de su cuerpo, apretándola contra el mullido colchón.
Homura lo intentó de nuevo. Concentró su energía, pensó en la orden y dejó escapar una nueva oleada de magia, pero el resultado fue el mismo. Pronto, debido a que Madoka había introducido las manos bajo su blusa y ahora mordisqueaba una vez más su cuello, dejó escapar un gemido que no pasó desapercibido para la menor.
—Eso es, Homura-chan —le susurró Madoka, mordisqueando su sensible oreja derecha, esa donde no estaba el pendiente—. Puedes gemir todo lo que quieras, deseo escucharte mientras disfrutas… no te contengas, por favor.
«Pero ¿qué rayos…?».
—Te ves muy linda cuando tratas de controlarte, Homura-chan.
Homura no quiso pensar lo peor. Lo más probable era que sus poderes no quisieran funcionar debido a que se trataba de Madoka y, de forma inconsciente, eso la estaba limitando, ¿verdad?
Sí, eso debía ser.
Ella no quería pensar que, tal vez, la diosa que dormía en el interior de su novia podía estar interfiriendo con sus poderes porque, de ser así, eso quería decir que estaba en serios problemas ya que, para que la que la Ley de Ciclos estuviera interviniendo, debía estar despierta y consciente de lo que tenía que hacer para anular los poderes de Homura.
No, no debía pensar en eso; debía hallar soluciones y ya.
«La magia no funciona, entonces tendré que hacerlo a la antigua».
—Madoka… espera un momento… —Homura llevó sus manos a los hombros de su novia e intentó apartarla, pero, al igual que había sucedido más temprano, no pudo cumplir con lo propuesto ya que sus muñecas terminaron apoyadas y fijadas contra la cama.
Solo que, esta vez, no fue precisamente por las manos de Madoka.
—¿Eh? —Homura notó, con creciente horror, que sus muñecas estaban fijas a la cama debido a unos amarres hechos con una magia de energía rosada; una que reconoció más que bien—. ¿Madoka…?
—Lo siento, Homura-chan —Madoka se acomodó encima de ella, sentándose a horcajadas encima de su abdomen mientras, con una fuerza que iba más allá de lo normal, desgarraba la blusa de Homura con pasmosa facilidad usando sus propias manos—. Pero ya no podrás tenerme bajo tu control.
La mirada purpúrea de Homura se clavó en la de Madoka, que ya no era magenta, sino dorada. Su cabello rosa había crecido hasta llegar un poco más abajo de su espalda y sus característicos listones rojos fueron sustituidos por unos más gruesos y de color blanco.
—Me habría gustado mantenerlo en secreto más tiempo, ¡pero querías detenerme, Homura-chan! —bufó, haciendo un puchero ante la atónita mirada de su novia—. ¿Por qué no entiendes que te deseo? ¿No era esto lo que querías? ¡¿Por qué te empeñas tanto en huir?!
—Yo… —pronto, Homura descubrió que no se le ocurría algo para decir en aquellas circunstancias.
Estaba demasiado sorprendida y aturdida por lo que ocurría. Además, se sentía más débil, como si sus fuerzas estuvieran diluyéndose poco a poco. Las ganas de luchar la abandonaban y Madoka se sentía cada vez más pesada y se veía incluso más brillante.
—¿Qué me está pasando…?
—Tranquila, Homura-chan —Madoka posó sus manos en los pechos de la más alta, que aún estaban cubiertos por el sujetador negro que portaba, y los masajeó con firmeza.
Esa parte de la anatomía de Homura no se había desarrollado mucho pese al paso del tiempo; sin embargo, eso parecía no importarle a Madoka, quien miraba a su novia con anhelo, deseo y hasta adoración.
—Madoka, ¿acaso tú…?
—Sí, te quité una buena parte de tu magia y relajé tu cuerpo —sonrió con dulzura; una expresión que hizo estremecer a la pelinegra, y no precisamente en el buen sentido—. Así no podrás hacer nada para detenerme. —usando el dorso de su mano, se limpió con cuidado una pequeña gota de sangre que se deslizó por una de sus fosas nasales—. Ahora, si me disculpas…
Usando un mínimo de su poder, Madoka desintegró el sujetador de Homura, dejando esa zona totalmente expuesta. La mirada ambarina de la diosa se fijó en su pecho y lo detalló con incesante fijeza. Para Homura no pasó desapercibida la forma en que su novia tragó saliva ruidosamente ante semejante panorama.
Vaya, realmente tenía que desearla mucho para reaccionar así al ver esa parte de su cuerpo.
Enrojeciendo al instante, Homura intentó decir algo, pero Madoka, que ya no tenía intenciones de hablar, se inclinó sobre ella y empezó a saborear uno de sus pezones, sacándole un jadeo como respuesta a sus acciones.
Pronto, la habitación se llenó con los gemidos de Homura quien, retorciéndose en su sitio por las sensaciones que experimentaba y haciendo inútiles intentos por liberarse de sus ataduras, terminó azotada por olas y olas de placer. Todo eso cortesía de su novia, la linda y poderosa Kaname Madoka.
Fin
