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Rating:
Archive Warning:
Category:
Fandom:
Relationships:
Characters:
Additional Tags:
Language:
Español
Series:
Part 21 of Romance a lo Puella✯Magic
Stats:
Published:
2026-09-29
Words:
3,543
Chapters:
1/1
Kudos:
8
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1
Hits:
105

La voluntad es relativa || Homura x Madoka

Summary:

Homura sabe que hay muchas cosas que no son fáciles, como luchar contra el destino, enfrentarse al universo entero, robar poderes a deidades y alterar los recuerdos de las personas;pero, lo verdaderamente difícil es resistirse a Kaname Madoka.

Todo lo que tenga que ver con ella siempre acabará rompiendo sus defensas... y vaya que es difícil ir contra sí misma y aguantar.
.
.
.
♡ Akemi Homura x Kaname Madoka ♡

☆ One Shot ☆

•••Disclaimer: Puella Magi✯Madoka Magica no me pertenece, es propiedad de Magica Quartet.

Advertencias:
*Semi AU
*Personalidades algo Ooc
*Contenido ligeramente subido de tono
*Parodia
*Algunas partes pueden carecer de sentido ;v
*Errores ortográficos

Work Text:

La voluntad es relativa

Homura x Madoka

 

—¡Aw, muchas gracias, Homura-chan! —exclamó Madoka, con ojitos brillantes, mientras tomaba y abrazaba el enorme conejo rosa de peluche que su novia acababa de regalarle—. ¡Es tan suave y lindo!

Homura se permitió disfrutar un momento de las lindas expresiones que hacía su adorable novia cuando estaba feliz; era un completo deleite mirarla cuando se encontraba de esa forma.

—Sabía que te gustaría —musitó la más alta, dejando ver una sonrisita complacida. Tomó asiento sobre el borde de la cama y, sin que su novia lo notara, se arrimó un poco para marcar distancia de ella—. Supe que era el ideal para ti solo con verlo; así que no lo pensé dos veces para conseguirlo y traértelo.

Madoka la miró con ternura y luego volvió a centrarse en su obsequio.

—¡Me encanta! —Madoka volvió a abrazar el enorme peluche.

Ese día, que era domingo, se encontraban en la habitación de Madoka.

Como acostumbraba a hacer casi todos los domingos, Homura iba a visitarla en horas de la tarde y, como ya se le había hecho rutina, le traía algún regalo. Madoka le había repetido en múltiples ocasiones que no tenía que hacerlo; sin embargo, Homura le repetía de la misma forma que eso era algo que le nacía y que seguiría haciéndolo todos los domingos que fuera a visitarla.

A veces eran golosinas, en otras se aparecía con accesorios y en muchas otras aparecía con peluches, entre otras cosas.

Satisfecha por haber abrazado y estrujado su nueva adquisición, Madoka se giró para mirar a Homura y, entrecerrando los ojos, le dedicó una mirada curiosa. Acababa de darse cuenta de algo y la más alta lo había notado al ver esa expresión que ya había aparecido en el rostro de la pelirosa en muchas otras circunstancias.

«Aquí viene», pensó Homura, preparándose para la duda de turno.

Madoka se levantó y colocó el enorme conejo rosa sobre un estante verde pastel que se hallaba cerca de la puerta. Luego, se acercó a Homura y tomó asiento junto a ella en el borde de la cama.

—Homura-chan —comenzó Madoka, ladeando la cabeza—, ahora que lo pienso, ¿cómo lo hiciste?

Homura arqueó una ceja ante la pregunta.

—¿Cómo hice qué?

—Lo del regalo —siguió Madoka, pensativa—. Es un conejo enorme y, según yo, no lo traías contigo cuando llegaste. De hecho, no tenías nada en las manos y tampoco creo que ese peluche haya podido entrar en tu bolso —se tomó la barbilla con la mano derecha.

Pese a que mantuvo su mejor y más rígida cara de póquer, justo en ese momento, Akemi Homura —actual diosa de ese nuevo mundo hecho para contener a Kaname Madoka— no pudo evitar sudar frío.

«Sabía que no tenía que hacerlo aparecer de la nada», pensó Homura, sintiendo cómo una gota de sudor le escurría por la sien, bajando lentamente y haciéndole cosquillas en el proceso.

—Entonces... —prosiguió Madoka, mirándola con fijeza—, si no lo traías encima ni guardado en alguna parte, ¿cómo pudiste sacarlo sin que nadie lo notara? Es decir, solo me fui un momento para traerte un vaso con agua y, cuando volví, ya lo tenías contigo. ¿Cómo lo hiciste, Homura-chan?

Homura le devolvió la mirada y, manteniendo la compostura, se enderezó en su lugar. No tuvo que pensar mucho en una respuesta; después de todo, había pasado por esa situación tantas veces que ya sabía lo que tenía que decir de antemano.

—Eso, Madoka, es un secreto —respondió al fin, con simpleza y sin esforzarse en pensar algo más satisfactorio para decirle.

La mencionada bufó mientras inflaba una mejilla.

—¿Otro secreto, Homura-chan?

—Así es —con una soberbia expresión, echó su largo cabello hacia atrás—. Me gustaría decirte cómo lo hice, Madoka, pero después acabarías decepcionada con la verdad. Es mejor que te quedes con la duda y el asombro, porque la verdad puede ser muy simple y aburrida.

—Pero...

—Además, ¿no dicen por ahí que los magos nunca deben revelar sus secretos?

Madoka suspiró en respuesta.

—Sí, sí, la magia, los trucos y todo eso —como en muchas otras ocasiones en las que se hallaba frente a algún evento inexplicable propiciado por su novia, Madoka dejó ver una expresión resignada—. Está bien, Homura-chan. No preguntaré más, supongo que algún día lo descubriré por mi cuenta...

—Espero que no lo hagas jamás —susurró Homura, repentinamente seria y más sombría que de costumbre.

—¿Eh?

—Nada —se incorporó de su sitio—. Bueno, creo que ya me voy...

—¿Tan pronto? —Madoka saltó de su lugar y se puso delante de ella—. ¡Solo han pasado veinte minutos desde que llegaste!

—¿Los contaste?

—Sí... lo hice —desvió la mirada—. ¿Algún problema con eso?

—Ninguno.

«¡Qué linda!», pensó Homura, mirándola embelesada. «Creo que no le diré que contó mal, porque, realmente, han pasado veinticinco minutos desde que llegué».

—Papá dijo hace rato que subiría a traer bocadillos y tú ya te vas —suspiró, apesadumbrada—. Ni siquiera esperaste a que te ofreciera algo de beber.

«No estés triste, Madoka. Lo hago porque me estoy poniendo a prueba; no es justo que siempre me deje llevar. Es decir, no es que no pueda aguantarme, solo que... pues, aunque sea un demonio, tengo una parte humana. Espera, ¿ser un demonio no es lo que me hace peor? ¡Aw, qué linda se ve Madoka hoy! Aunque siempre está linda, hoy se ve hermosa... y apetecible. ¡No, espera, eso no era lo que quería decir, digo, pensar!».

—¿Homura-chan? —Madoka se inclinó un poco hacia ella, despertándola del trance en el que había caído por admirar demasiado a su novia.

—¿Qué... qué pasa?

—Eso pregunto yo, solo te quedaste ahí... mirándome sin responder.

Ahora era el turno de Homura de enrojecer sin remedio.

—Lo siento, es que estás muy linda hoy... más de lo usual —mientras hablaba, Homura procuró mirar todo lo que había a su alrededor, menos a la chica que tenía frente a ella—. ¿Estuvo mal que lo hiciera?

—No... no estuvo mal —más avergonzada de lo que hubiera querido, Madoka solo atinó a jugar con sus manos mientras observaba el suelo con detenimiento—. Eso me hace feliz y... eh, también creo que te ves muy linda hoy.

Homura asintió y se quedaron en silencio, de pie una frente a la otra, sin saber qué decir.

«Definitivamente no estoy hecha para esto», se reprochó Homura, haciendo todo lo posible para no sentirse como una tonta. «¿Qué clase de diosa no puede pasar tiempo con su novia de forma normal? ¡¿Por qué no puedo mirarla sin actuar como una rarita?! ¡¿Por qué no puedo simplemente sacar un tema de conversación?!».

Sintiéndose agobiada, Homura dejó de mirar a su alrededor y se centró en Madoka. De inmediato, sintió cómo algo empezaba a crecer en su interior.

El cabello rosa de Madoka, que había crecido bastante con el paso de los años y que ahora ataba en una cola de caballo que caía suavemente a lo largo de su espalda, se veía más brillante y suave al tacto que de costumbre. Se veía hermosa de esa forma.

Aprovechando que su novia no la miraba directamente, Homura la detalló con rapidez: la blusa verde con estampado de flores le quedaba muy bien y hacía juego con la falda de color blanco que, para su desgracia, llegaba hasta un poco más arriba de sus bonitas rodillas.

«Ojalá fuera más corta».

Subió la mirada y, gracias al escote en V de la blusa y al lacito que llevaba en medio, sus ojos no se apartaron de esa zona durante unos largos segundos. Luego, obligándose a continuar, siguió desplazando su purpúrea mirada hacia abajo.

Las medias, que llegaban hasta la mitad de las tersas pantorrillas, eran blancas y mostraban lindos diseños de anillos rosa pastel. Se aferraban a sus piernas con firmeza, pero, por lo que había visto Homura en todo ese tiempo, no la suficiente como para dejar alguna marca en su hermosa piel. Detalló sus pies, que eran más pequeños, delgados y delicados que los suyos, y terminó por cerrar los ojos.

Tras realizar ese rápido escaneo, guardar la información y asegurarse de no parecer más pervertida de lo que ya era, Homura asintió y dejó escapar un sonoro suspiro de satisfacción. Una nueva imagen de Madoka vistiendo una ropa diferente fue añadida a su palacio mental, lugar donde sería cuidadosamente colocada sobre un pedestal imaginario y reposaría allí junto a las otras cientos de imágenes que tenía en su colección.

Hacer todo ese proceso le tomó menos de un minuto; siempre lo hacía, al menos, cada vez que se encontraban: observar detalladamente a su novia, apreciar lo bella que era y la ropa que llevaba era uno de esos rituales de los que no se cansaría jamás.

Era una de sus actividades favoritas en todo el mundo. Llevaba años llevándola a cabo y, hasta el momento, Madoka no era consciente de su existencia.

Estaba a punto de decir algo cuando Madoka alzó la cara y la miró directamente. Parecía haber cierto aire determinado en su expresión.

—¿Madoka?

—Homura-chan, si tienes que irte, no te detendré; pero aún no te agradezco por el regalo que me acabas de hacer —Madoka dio un paso hacia ella y Homura, por inercia, retrocedió unos milímetros, sintiéndose algo intimidada—. Déjame darte un abrazo, ¿sí?

Homura abrió mucho los ojos, sintiéndose repentinamente angustiada; Madoka notó el cambio de inmediato y alzó ambas manos mientras esbozaba una sonrisita culpable.

—Sé lo que vas a decir —Madoka bajó las palmas—. Pero relájate, solo será un abrazo, eso es todo.

—Jum —entrecerró los ojos, mirándola con duda.

—¿Por qué me miras así? —Madoka entrelazó las manos detrás de la espalda y la miró con calculada inocencia—. ¿Crees que tengo intenciones ocultas o algo así?

—No...

—Entonces, ¿sí me darás mi abrazo? —insistió, con ojos tan brillantes que Homura tuvo que cerrar los suyos para no encandilarse.

—Ugh, Madoka...

—¿Sí?

Homura abrió los ojos nuevamente y, sin perder su estoica expresión, la miró con sospecha durante unos segundos. Luego suspiró, derrotada ante la adorable expresión que puso su novia en ese momento.

«Me arrepentiré de esto».

—Está bien —abrió los brazos y los extendió hacia Madoka, quien le sonrió con ojitos ilusionados y satisfechos—. Ven aquí.

Madoka obedeció y se lanzó a abrazarla, apretándose contra ella y provocando que los sentidos de Homura se inundaran de su aura, de su presencia y de su esencia misma.

«Qué agradable». Sin dudar, envolvió a Madoka entre sus brazos.

Podía sentir la calidez que emanaba de ella; era un verdadero deleite percibir su cuerpo blando contra el suyo.

Pronto, a su nariz llegó el suave y exquisito aroma de su perfume mezclado con el olor de su champú. Afianzó el abrazo de forma inconsciente y, sumiéndose en la deliciosa sensación y atrapada por el calor del momento, Homura se inclinó un poco para aspirar ese rico aroma que tanto le encantaba.

Ese fue, muy probablemente, su mayor error del día, pues ella nunca tenía suficiente de Madoka; por eso, olerla solo un poco no bastaba, necesitaba más.

Cuando se trataba de deleitarse a costa de Madoka, no se saciaba con facilidad.

«Huele delicioso».

Además, ella también era muy sensible cuando estaban así; por ende, cualquier detalle de la pelirosa siempre terminaba por accionar alguna clase de interruptor en su interior que le hacía perder el control. Por supuesto, no ocurría inmediatamente; era algo progresivo, muy rápido, pero no instantáneo.

Su autocontrol se derrumbaba poco a poco, de forma gradual.

Hundió la nariz en el cabello rosa que tenía a disposición y aspiró con un poco más de fuerza, inundando sus fosas nasales y disfrutando el rico aroma a frutillas que desprendía. Tenía los ojos cerrados, pero podía ver claramente el escaneo de cuerpo completo que había llevado a cabo sobre Madoka hacía unos pocos minutos.

Esa imagen, los detalles en los que se había fijado, aunados a su linda y adorable expresión de felicidad cuando recibió el peluche y a aquella situación en sí, comenzaron a destrozar el control interno de Homura, ese del que tanto se había sentido orgullosa en otros tiempos.

«Madoka, Madoka, Madoka, Madoka...», sin ser del todo consciente de lo que hacía, se apegó más a ella e inhaló con más fuerza. «Madoka, tú...».

—¡Homura-chan!

La mencionada abrió los ojos, sintiéndose aturdida y acalorada. Al bajar la mirada, se encontró con los orbes magenta de Madoka, quien la veía con una expresión aterradoramente divertida.

—Madoka... —musitó Homura, aturdida; podía sentir un leve pánico intensificándose dentro de ella.

—Homura-chan, lo hiciste de nuevo~ —canturreó, desconcertándola.

—¿Qué... qué hice?

Madoka sonrió y Homura no pudo sentirse más tensa; era como si hubiese caído en alguna clase de trampa y, por más que lo pensara, no habría forma razonable de escapar.

—Me estabas oliendo de nuevo, Homura-chan.

Homura sintió como se le calentaba el rostro. Madoka le sostuvo la mirada y esbozó una sonrisita que le hizo entender que estaba en problemas.

—Lo siento, yo... yo te juro que no fue a propósito... —no pudo seguir hablando debido a que Madoka puso dos dedos sobre sus labios para detenerla.

—Espera, espera, Homura-chan. No dije que estaba molesta, de hecho, me hizo un poco feliz que lo hicieras esta vez.

Homura agrandó los ojos, atontada.

—Pero eso no te exime de que tenga que ponerte una penitencia.

—¿P-Por qué? Es decir, tenía tiempo que no lo hacía y, créeme, no lo haría en público...

—Lo mismo dijiste cuando prometiste no volver a hacerlo después de que me olieras cuando estábamos frente a mamá. —Madoka enrojeció mientras recordaba ese episodio—. Era la primera vez que te invitaba a cenar para conocerte y confirmar que eras la indicada...

—¡No pude evitarlo! —bufó, haciendo todo lo posible por mantener la calma, sin mucho éxito—. ¡Estabas usando un nuevo perfume y te veías hermosa y... tú mamá no quería que me acercara a ti! —Homura suspiró y negó con la cabeza—. Tenía que aprovechar ese abrazo de despedida antes de irme a casa ese día...

—Lo sé, lo sé, pero eso no quita que lo hayas hecho y prometiste no hacerlo de nuevo. —se encogió de hombros—. De hecho, nos lo prometiste a las dos, a mi mamá y a mí.

El rostro de Homura perdió más color. Si antes ya era de tez pálida, ahora mismo se había hecho casi transparente.

—Dijiste que podía castigarte con lo que fuera si llegabas a romper tu promesa —insistió Madoka, hablando con más amabilidad que la de costumbre.

—Ugh —una oscura neblina rodeó a Homura, podía sentir el meloso reproche en la voz de su adorable pareja—. Creo... creo que tienes un punto...

Madoka sonrió y le tocó una mejilla con aire juguetón.

—Dame un beso, Homura-chan.

Homura alzó la cara y la miró como si estuviera loca.

—Madoka, no creo que eso sea una buena...

—Solo es un beso —poniendo su expresión más inocente, Madoka se apegó más a ella—. Solo uno y luego podrás irte —entornó los ojos y desvió la mirada—. ¿O prefieres que te pida otra cosa? ¿Algo más... difícil?

—¡Definitivamente no!

—Qué rápido respondiste —Madoka hizo un puchero—. ¿Te parezco tan poco atractiva?

—No, no, no dije eso... ugh —suspiró—. Está bien, linda.

«Esto se está complicando».

Homura la miró en silencio durante unos largos segundos. La rosácea mirada de Madoka se mantuvo tranquila y apremiante; no dejaba de verla con fijeza y esa bonita sonrisa que tanta presión ejercía sobre su alma no acababa de desaparecer.

«¿Por qué, por qué me haces esto, Madokita?», una pequeña Homura en su interior empezó a llorar. «Sabes que apenas puedo contenerme, lo sabes muy bien. Casi podría jurar que planeaste todo esto desde el momento en que me pediste un abrazo. ¡Juegas conmigo porque sabes que eres mi mayor debilidad!».

—¿Y bien? —Madoka se acercó más a ella, apoyando sus discretos pechos contra su cuerpo, que estaba cada vez más tenso—. ¿Quieres que cierre los ojos o lo hacemos así? Aunque, si no quieres ser tú la que lo haga, entonces yo podría besarte; no tengo ningún problema con eso.

Homura apretó los dientes al tiempo que su cuerpo comenzaba a vibrar.

—Dame... un minuto, Madoka —pidió, haciendo un enorme esfuerzo por mantenerse tranquila.

Madoka asintió, sin ocultar cuánto disfrutaba de aquella situación.

«Cálmate, Homura, tú eres mejor que esto. ¡Eres una diosa! ¡Eres quien tomó el control de este mundo y de aquellos basureitors que, por milenios, llevaron a cabo esa despreciable e injusta entropía!».

Respiró con lentitud; inhalaba y exhalaba, inhalaba y exhalaba; siempre procurando mantener sus pensamientos en orden... aunque no estaba obteniendo muchos resultados favorables.

Cuando sintió que estaba lista, decidió decir algo.

—Muy bien, creo que... —Sin embargo, Homura no pudo continuar porque, al enfocar de nuevo a la hermosa chica frente a ella, sintió cómo su escaso valor se iba al caño—. Olvídalo, espera un poco más.

Madoka asintió; en su rostro podía detallarse la paciencia de quien ha pasado por esa divertida situación unas cuantas veces.

«¡Tengo el control, tengo el control! ¡Es solo un beso, no debo perder los cabales por algo así! ¡Ya soy una chica de preparatoria... la más poderosa del jodido universo!».

El cuerpo de Homura se fue relajando mientras pasaban los segundos.

«Pasaste más de una década tratando de salvar a tu novia, siempre repitiendo el mismo estúpido mes centenares de veces, ¡sabes que eso no lo hace todo el mundo! ¡Tu voluntad es la de una deidad! ¡Si pudiste con eso, puedes con más... mucho más! ¡Esto no es nada!».

—Bien, aquí voy —susurró Homura, obteniendo una sonrisa complacida por parte de su novia.

Homura se inclinó hacia Madoka, al tiempo que ponía una mano en su mejilla y le daba tiernas caricias sobre la suave piel. La mirada embelesada por parte de la pelirosa la imbuyó de cierta confianza; se sentía bien darse cuenta de que su novia la miraba con la misma intensidad que ella le profesaba.

«Será rápido, no voy a perder el control. No voy a caer, tengo voluntad para mantener mi tranquilidad».

Madoka cerró los ojos y se puso de puntillas, intentando alcanzarla para hacer posible el contacto más rápido.

Para Homura, ver a su linda novia tan apurada se le antojó adorable.

«Amo a Madoka por lo que es, no solo por su cuerpo. No es momento de dejarme llevar por mis impulsos como otras veces». El equilibrio se estableció en su mente y una extraña calma se extendió por todo su ser. «Yo puedo controlarme, sé que puedo...».

Finalmente, sus labios ansiosos hicieron contacto con los de Madoka y... todo se acabó; podía sentirlo. Su calma, su voluntad, su confianza, su autocontrol en general; todo se esfumó como si nunca hubiera estado ahí.

«Ay, no...», pensó a medida que su cuerpo reaccionaba y un montón de pensamientos poco saludables emergían en su mente, superponiéndose uno sobre otro, cambiando, rotando y haciéndose más pesados; cada uno más intenso y caliente que el anterior. «Con lo que me costó mentalizarme... ¡su boca sabe a gloria!».

Percibió las manos de Madoka, más pequeñas que las suyas, apoyarse en sus hombros mientras su boca se acoplaba a la suya con facilidad, devolviéndole el beso con dulzura y entrega.

Saboreó el labio inferior y luego el superior, con calma, pero no por ello con menos intensidad. Luego, se separó de Madoka un momento, jadeante, y notó el sonrojo y la ansiedad en el rostro ajeno. Se veía tan vulnerable... y deliciosa.

—¿Homura-chan? —jadeó Madoka, dejando ver un tinte de súplica en su voz adorablemente aguda—. ¿Te... irás?

—No —la palabra salió más rápido de lo que habría esperado. Acarició una de sus mejillas y Madoka, en respuesta, ladeó la cara de forma adorable, demostrando lo a gusto que se sentía con ese mimo—. Ya no... y es por tu culpa.

Madoka abrió la boca para decir algo, pero sus palabras murieron cuando Homura volvió a besarla, esta vez con más intensidad.

«Esto es malo, yo... ¡Yo...!».

Se suponía que solo sería uno... o eso había querido creer. Dejándose llevar, tomó la delicada cintura de la pelirosa entre sus manos y se apegó a ella, empujándola con suavidad en dirección a la cama que había detrás.

—Homura-chan... —gimió Madoka cuando su espalda hizo contacto con el mullido colchón y su novia, que no estaba dispuesta a perder el tiempo, se posicionó sobre ella con la mirada oscurecida y una expresión que no dejaba espacio a negativa alguna—. Espera un poco... papá podría...

—Tranquila —musitó con voz serena y profunda, llevando sus manos a la verdosa tela de la blusa de Madoka y deshaciendo el nudo con habilidad. Tragó seco al vislumbrar el sujetador blanco, estampado con pequeños corazones rosas—, nadie nos va a molestar.

—¿Se-segura?

—Sí... —respondió, al tiempo que la pequeña gema de su pendiente desprendía una suave luz durante unos pocos milisegundos, provocando que el tiempo se detuviera para todo el mundo, exceptuando esa habitación en particular. Luego, se inclinó hacia ella y acarició sus rosados labios con el pulgar—. Tan segura como nunca.

Finalmente, volvió a besarla con voracidad, acabando con lo último que restaba de su ficticio autocontrol mientras acariciaba la suave, blanda y tentadora piel que tenía a su disposición.

Fin

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