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No con las mejores palabras
Kyouko x Sayaka
Las cosas no estaban saliendo como a Kyouko le hubiera gustado.
Debido a la ocupada vida que llevaban todas, como adultas que ya eran, tenían que organizarse con antelación si querían reunirse en cualquier parte... y eso fue lo que hicieron.
En esa ocasión, le tocaba a Kyouko tener que hacer la «llamada» para que todas pudieran encontrarse y pasar un rato ameno, divertido y relajante en uno de los izakayas favoritos de la pelirroja. Esos momentos en los que estaban todas las integrantes del grupo en un mismo lugar, juntas y compartiendo, servían para relajarse un poco y desestresarse de toda la presión que la vida adulta podía poner encima de sus rígidos y doloridos hombros.
Se suponía que Homura, Madoka, Sayaka, Mami y Nagisa irían hasta el lugar para pasarla bien todas juntas; pero, al final, solo Kyouko y Sayaka pudieron llegar al sitio acordado.
Mami se excusó diciendo que tenía algo que hacer y que no tendría tiempo de asistir a la reunión.
Antes de que Sayaka arribara al sitio, Kyouko se encontraba sentada en la mesa que había reservado para el encuentro. Se acomodó mejor en el futón y le dio un sorbo al tarro de sake que había pedido para ir «calentando» mientras esperaba a las irresponsables buenas para nada que se hacían llamar sus amigas del alma.
Mientras comía algunos aperitivos, recibió la primera llamada de la noche, esa que marcaría la seguidilla que vendría después.
Se trataba de Nagisa, quien siempre había sido mala mintiendo. Le comunicó a Kyouko que, justamente, su teléfono, ese mismo por el que estaba haciendo la llamada, se hallaba dañado... supuestamente.
—Si tu teléfono está dañado, ¿cómo es que puedes llamarme entonces? —preguntó Kyouko, enarcando una ceja.
Hasta ella, que era lenta para muchas cosas, pudo darse cuenta de lo pobre que había sonado esa excusa por parte de la peliblanca.
Ante la certera pregunta de la pelirroja, Nagisa se quedó al otro lado de la línea en un penoso silencio durante casi cinco minutos. Kyouko casi podía escuchar sus pensamientos y, cuando estuvo a punto de decirle que no importaba y que no hacía falta que le diera más explicaciones, ocurrió algo gracias a lo cual entendió y conectó ciertos puntos.
Puntos que le hicieron ver qué era eso que Mami tenía que hacer, pues pudo escuchar la voz de la rubia al fondo de la llamada que efectuaba Nagisa en ese preciso momento.
—Creo que te descubrieron, Nagisa-chan —se escuchó decir a Mami, quien, según lo que acababa de dilucidar Kyouko, estaba en casa de la menor del grupo.
Por lo tanto, llegó a la conclusión de que eso que ambas tenían que hacer era algo que Kyouko no quería imaginar. Por supuesto, no podían haber elegido un mejor día para hacer alguna de esas cosas que el día en el que tenían que reunirse.
«¡Vaya pareja de irresponsables!», pensó, mientras masticaba algunas semillas de girasol con más fuerza de la debida.
—Está bien, está bien, Nagisa —dijo Kyouko, resignada—. Solo pásala bien y, la verdad, es que estoy orgullosa de que seas mala mintiendo. Eso quiere decir que Mami aún no termina de robarte la poca inocencia que te queda.
—¡Oye, escuché eso! —se escuchó gritar a la rubia desde algún punto de la casa de Nagisa.
—Entendido, Kyouko-san —respondió Nagisa—. Espero que la pases bien con Homura-san, Madoka-san y Sayaka-san.
—Sí, yo también lo espero —masculló Kyouko, no muy convencida, para después cortar la llamada.
Tenía el presentimiento de que esa no sería una reunión como las que habían tenido anteriormente.
Al final, sus temores no fueron del todo infundados. Homura y Madoka tampoco asistieron a la reunión y la pelinegra ni siquiera se molestó en ocultar el motivo por el cual no estaría presente.
—No iremos a la reunión, lo sentimos —comunicó Homura a través de la llamada que efectuaba a Kyouko—. Madoka y yo estaremos muy ocupadas aliviando el estrés acumulado de la semana.
—¡Homura-chan! —se quejó la más baja desde el otro lado, para después quitarle el celular a Homura y seguir ella con la llamada—. Lo siento mucho, Kyouko-chan. No había necesidad de que escucharas eso...
—Es cierto, no la había —bufó Kyouko, masticando un pocky con expresión asqueada—. Pero bueno, qué más da. Espero que lo disfruten y dile a esa presumida que se puede meter su intento de excusa por donde mejor le quepa —escuchó a Madoka contener una risita y a Homura bufar de fondo—. Hay gente que no tiene con quién hacerlo, ¿saben? Pero bueno, como no soy una desgraciada como Homura, yo sí deseo, de todo corazón, que la pasen bien.
—Uh...
Kyouko no podía ver la cara de Madoka en ese momento, pero podría apostar la cantidad de dinero que fuera a que la pelirosa tenía un potente sonrojo cubriéndole el rostro.
—Ya corta la llamada, Madoka —se escuchó decir a Homura desde el otro lado. Bajo la calma de su voz podía percibirse una leve impaciencia—. Tenemos cosas que hacer.
—No tienes remedio, Homura-chan —suspiró Madoka—. Avísanos por si pasa cualquier cosa, Kyouko-chan.
—Sí, sí, lo que sea —Kyouko cortó la llamada y echó una mirada por la ventana que estaba a su derecha, la cual se hallaba abierta.
Una fresca brisa entró por ahí, refrescándole el rostro y haciendo ondear un poco su largo cabello.
Su mirada carmesí se clavó en el oscuro cielo, que se veía estrellado y carente de nubes. La luna, redonda y blanca como un plato de porcelana, le bañó el rostro con su brillo frío y pálido.
Suspiró nuevamente y dio un nuevo trago a su tarro, acabando con su contenido antes de colocarlo encima de la mesa. La única que no tenía planes era Sayaka, quien confirmó su asistencia cuando, unos minutos después de su llamada con Madoka, le envió un mensaje.
«Voy en camino», rezaba el mismo. Luego, otra notificación: «Espero que no te sientas mal por estar sola un ratito».
Tras leerlos, Kyouko dejó el celular a un lado y dejó salir una risa algo seca.
—Tch, de verdad que son una molestia —se meció en su sitio y pasó una mano por su cabello—. Jum, al menos ella sí vendrá —sonrió, sintiendo cómo su humor cambiaba—. No todo pueden ser malas noticias.
No era la primera vez que Kyouko y Sayaka se reunían, solo ellas dos, en alguna parte para consumir alguna comida o bebida; después de todo, habían sido amigas desde casi siempre y, en la actualidad, se llevaban bastante bien. Casi no daban la impresión de que, en otrora, tenían la manía de intentar matarse cada vez que se les presentaba la oportunidad.
Sin embargo, por algún motivo que Kyouko no comprendía, el ambiente se sentía diferente; había algo que la intranquilizaba, como si su instinto le dijera que algo importante estaba por pasar. Pero ¿qué podría pasarles?
Estaban las dos en un izakaya, comiendo takoyaki, bebiendo sake y hablando de los últimos incidentes de la semana. Ambas eran adultas, ambas eran libres y ambas eran ridículamente fuertes; el poder seguía estando presente después de todo ese tiempo.
Por supuesto, no eran más poderosas que Homura y Madoka, pero las dos sí que superaban a Mami y a Nagisa. Curiosamente, aunque el pasado de todas se vio marcado por esos curiosos acontecimientos de los que apenas se acordaba, al final, decidieron trabajar en cosas que no tuvieran que ver con ello.
Por ejemplo, Sayaka era maestra de escuela y Kyouko tenía su propia cafetería.
Alejando esos pensamientos aleatorios, Kyouko echó una rápida mirara a su alrededor; confirmando que en peligro no estaban. Tampoco parecía que fuera a ocurrir algo en el lugar, pues, para ser fin de semana, ese local se sentía más tranquilo y vacío de lo usual.
«Entonces, ¿qué es?», se preguntó, mientras se llevaba un takoyaki a la boca y lo masticaba en automático. «¿Por qué me siento de esta forma?».
—Kyouko, oye, Kyouko —Sayaka se inclinó sobre la mesa que compartían, acercándose a la pelirroja para después sacudir su mano frente a su rostro—. Oye, ¿me estás escuchando?
Sumida en sus pensamientos, Kyouko no respondió al momento, sino que, usando movimientos maquinados, se llevó el gran tarro de sake a la boca y bebió un largo trago.
Frustrada, Sayaka le lanzó un takoyaki, estampándoselo en la frente.
La reacción fue inmediata.
—¡Wah! ¡¿Qué haces, tonta?! —gruñó Kyouko, quitándose el takoyaki de la cara.
—¿Qué hago? ¡Pues llamar tu atención, eso hago! —bufó Sayaka, haciendo un puchero.
—Ah, estaba pensando en el trabajo —se estiró un poco en su sitio y luego miró a Sayaka con una seriedad mortal—. No desperdicies la comida cuando yo esté presente —se llevó el takoyaki a la boca y lo masticó enérgicamente.
—Lo siento —masculló, dejando escapar un suspiro—. Estoy hablándote desde hace rato, pero no parecías estar escuchando.
—Es imposible que yo no te escuche —refutó Kyouko, endulzando la voz y guiñándole un ojo—. De seguro me distrajo tu linda cara, supongo que no puedo hacer nada al respecto.
Sayaka enarcó las cejas y suspiró ruidosamente, acciones que hicieron sonreír a la pelirroja.
—Ya vas a empezar con tus cosas —bufó, dándole un sorbo a su bebida—. Eres muy insistente.
—Y seguiré insistiendo lo que sea necesario —espetó Kyouko mientras comía lo último que le quedaba de takoyaki. Después, lanzó una mirada felina en dirección a la más alta—. Todo sea por conseguir lo que quiero.
Para nadie era un secreto —ni siquiera para la propia Sayaka— que a Kyouko le gustaba la única integrante de cabello azul del grupo; podría decirse que le había gustado desde siempre.
Sin embargo, no se había atrevido a coquetearle tan abiertamente o hacer algún movimiento unos años antes porque las cosas eran diferentes.
En un principio, ellas no se llevaban muy bien. Más que amigas, eran rivales que, apenas se presentaba la más mínima oportunidad, terminaban peleando hasta el cansancio. La mayoría creía que no se toleraban, pero, por parte de Kyouko, eso no era así.
Ella estaba locamente enamorada de Sayaka, pero no estaba tan loca —según ella— como para decírselo.
Aunque, más bien, según Madoka, a su amiga pelirroja lo que le faltaba era valor para aceptarlo y dar el primer paso. Mami decía que a Sayaka también le gustaba Kyouko, pero esas no eran más que meras teorías que no acababan de hacerse realidad.
Esas conjeturas perdieron peso con el paso de los años, sobre todo cuando se enteraron de que a Sayaka le gustaba un tal Kamijou, quien a Kyouko nunca le cayó bien.
Con el tiempo, Sayaka y ese chico empezaron a salir y Kyouko sintió aquello como un fuerte golpe a su ser.
Para no enloquecer de verdad, Kyouko tuvo que separarse un tiempo de Sayaka, distanciándose y convirtiéndose en una amiga más casual; todo eso con el fin de mentalizarse y aceptar que ya no tenía oportunidad, que tenía que dejarla ir.
Lo que sentía por la peliazul no desapareció, pero aceptó que debía mantenerse al margen; lo único que importaba era que ella fuera feliz.
Luego, en una época en la que intentaba arrancarse esos sentimientos con pensamientos como que su amiga ya estaba fuera de su alcance y que tenía que superarla, se enteró de que Sayaka y el violinista habían terminado su relación.
Aunque tal acontecimiento no fue lo mejor para Sayaka, para Kyouko fue como ver renacer la esperanza en todo su esplendor.
Ahora podría intentarlo de nuevo y tratar de hacer las cosas bien.
Ya no iba a fingir que Sayaka le desagradaba ni se comportaría mal con ella. No cometería de nuevo los errores que había cometido en el pasado. Su nueva persona era alguien que no estaba muy lejos de la antigua Kyouko, pero que ahora podía ir de frente hacia su objetivo sin ocultarse, dudar o rendirse.
Y fue gracias a esa resolución que, unos meses después del acontecimiento, Kyouko empezó a cortejar a Sayaka y, hasta ahora, aunque Sayaka no había terminado de ceder, Kyouko sabía que no le era indiferente.
Solo le tocaba seguir intentándolo y, en algún momento, ella sería suya.
—¿Y qué es lo que quieres, exactamente? —preguntó Sayaka, dándole otro sorbo a su bebida sin dejar de mirar a su amiga y pretendiente.
—A ti, obviamente —Kyouko se encogió de hombros y terminó su ración de sake—. Creí que eso estaba más que claro.
Sayaka la miró unos segundos y Kyouko le sostuvo la mirada, curiosa. No lo había mencionado, pero Sayaka parecía especialmente diferente esa noche. No reaccionaba a sus piropos como de costumbre y no ocultaba lo cómoda que se sentía en ese lugar.
Ni siquiera consiguió que se inmutara con lo que acababa de decirle. En lugar de fruncir el ceño, sonrojarse, desviar la mirada y decirle algún insulto juguetón o pasivo-agresivo, Sayaka solo se limitó a mirarla con fijeza, con calma, e incluso tenía una expresión que reflejaba entera seriedad.
La pregunta acerca de qué era lo que Kyouko quería realmente parecía tener una connotación más profunda; a medida que lo pensaba, fue percibiéndola con más seriedad. Pronto entendió que Sayaka le había hecho una pregunta real, sin juegos y sin intenciones ocultas.
—¿Estás segura de eso? —inquirió Sayaka, tan seria como nunca—. ¿Me quieres de verdad?
Kyouko no respondió al momento; solo pensó. Luego comprendió que estaba entrando en un terreno peligroso y que cualquier cosa que dijera podría dar un resultado positivo o negativo.
«Y yo que no soy la mejor con las palabras», pensó Kyouko, mirando los platos vacíos que tenía frente a ella.
No había una forma de escapar de aquella situación; no podía distraerla o distraerse. De pronto, el suave bullicio de aquel lugar pareció apagarse casi en su totalidad, el entorno pretendió esfumarse y la temperatura ascendió rápidamente, haciéndola sudar. Era como si las hubiesen lanzado de lleno en alguna clase de sauna.
Aunque no había pasado más de un minuto desde que se efectuara la pregunta, Kyouko lo sintió como si fuera una eternidad.
Era obvio que Sayaka cargaba con cierta herida en su ser que, para desgracia de la amante de las manzanas, parecía no estar presta a cicatrizar. Tendría que lidiar con eso; sentía que algo importante ocurriría. Dijera lo que dijera, ya fuera bueno o malo, habría un cambio de suma relevancia.
Pero ¿qué se suponía que tenía que decir? ¿Existían siquiera las palabras correctas para casos como esos?
«No las hay».
Esa frase resonó en su mente y fue suficiente para entender que ella no estaba haciendo lo que se supone que alguien como ella haría. ¿Tener que sobrepensar en lo que tenía que decir? ¿Aportar algo para aliviar el dolor de Sayaka y así poder estar con ella? Eso no era algo que Sakura Kyouko tendría que hacer.
Si Sayaka se estaba fijando en ella —o eso quería creer— no era precisamente porque fuera la mejor hablando o consolando, más bien se debía a su forma de ser. Entendió que tratar de decir algo ingenioso, que fuera buen consuelo o algo así no sería más que ir en contra de lo que era; una traición para sí misma... o algo así.
«Je, no tengo que complicarme la vida», pensó entonces, esbozando una suave sonrisa y dejando ver ese pequeño colmillo que tanto la caracterizaba sobresalir por debajo del labio superior.
—¿Sabes? Creo que todas nosotras, las seis de nuestro grupo, estamos conscientes de que yo no soy precisamente buena para esta clase de cosas —dijo Kyouko, rompiendo el silencio que se había establecido desde la última pregunta de Sayaka—. Soy poco femenina, malhablada, malhumorada y presta a hacer todo lo que sea incorrecto.
Metió la mano en uno de los bolsillos de la sudadera roja que llevaba y sacó una caja de pockys con sabor a matcha.
—Fíjate, estamos en un estúpido restaurante, un lugar donde se supone que hay mucha comida... ¡y traje una caja de pockys conmigo! —Sayaka arqueó una ceja al ver cómo Kyouko extraía una de esas alargadas golosinas y se la llevaba a la boca—. ¿Quién hace eso?
—¿Una maleducada, marginal e inadaptada persona?
Kyouko la fulminó con la mirada y Sayaka solo atinó a encogerse de hombros, con expresión divertida.
—Sayaka —musitó Kyouko, dejando salir un suave suspiro—, quiero decirte que... sería bueno que siguieras como maestra en esa escuela, porque como comediante no das la talla.
—Oh, vaya —Sayaka se cruzó de brazos—. Creí que estábamos hablando en serio.
—Bueno, tú empezaste.
Sayaka bufó y Kyouko, terminando de comer su pocky y guardando la caja en su bolsillo, le lanzó un coqueto guiño para después retomar su seria expresión de antes.
—Aunque no lo parezca, Sayaka, tu pregunta me puso a pensar y no precisamente en ti —hizo una pausa para tomar una servilleta y limpiarse la comisura de la boca—. Más bien, pensé en mí... pero no en lo que siento. De mis sentimientos estoy completamente segura. Sin embargo, como ya te dije, siendo como soy, solo diré que de mí no esperes algo como muchas palabras bonitas, discursos motivacionales o alguna de esas cosas que hace la gente blandengue —se encogió de hombros—. Creo que ya nos conocemos el tiempo suficiente como para que sepas que esas cosas no son precisamente mi estilo.
Sayaka asintió con lentitud sin dejar de prestarle atención.
Kyouko agradeció que su amiga la conociera lo suficiente como para comprender que no tenía que interrumpirla o decir algo más. Sabían lo que vendría después. Dejó salir un pesado suspiro y, tras tomar aire y limpiar algo del sudor que empezó a perlarle la frente, miró a Sayaka con toda la determinación y los sentimientos que había estado albergando por ella con todo su ser.
—Sayaka, claro que te quiero de verdad, ¿o crees que habría estado detrás de ti todo este tiempo solo porque sí? —ante la mirada que le dedicó Sayaka, cuyos ojos se habían ido cristalizando poco a poco, Kyouko extendió una mano por encima de la mesa. Ella hizo lo mismo y tomó la mano de Kyouko—. Por supuesto, aun con todo lo que dije, quiero que sepas que, cuando de verdad necesites un hombro para llorar, alguien que te escuche, te consuele o necesites que te trate bonito en tus momentos de vulnerabilidad, pues... sabes que siempre estaré disponible.
Sayaka asintió una vez más, expectante. Kyouko había hablado mucho más de lo que estaba acostumbrada esa noche; era obvio que le diría algo importante.
Kyouko respiró profundo y la miró a los ojos, afianzando el agarre en su mano.
—Sayaka...
—¿Sí?
—¿Tú quisieras...?
—¿S-Sí?
—¿Tu quisieras... dejar de hacerte la difícil y salir conmigo de una vez?
El rostro de Sayaka quedó en blanco frente a una sonriente Kyouko.
—¿Sayaka...?
Con su mano libre, la mencionada atinó a darle un coscorrón.
—Ouch.
—Tú sí que sabes cómo arruinar el momento, ¿eh?
—Te dije que las palabras no eran lo mío —bufó Kyouko, dejando ver una expresión adolorida.
—No pensé que sería tan literal —suspiró—. Y ya deja de poner esa cara, ni siquiera te golpeé tan fuerte.
—Ajám, si tú lo dices... —Se llevó la mano libre a la cabeza para sobar el sitio donde había recibido el impacto.
Sayaka reforzó el agarre en la mano de Kyouko y bajó la mirada al tiempo que un débil sonrojo teñía sus mejillas.
—Muy bien, Bakakyouko, te daré el honor de poder salir conmigo.
—Ahí vas, mira que nunca cambias —rio—. Todavía te crees tan importante...
—¡Una palabra más y me voy! —gruñó.
—Eso es chantaje...
—Kyouko —Sayaka frunció el ceño, amenazante—, estoy hablando en serio.
Kyouko la miró a los ojos y entendió que, ciertamente, no estaba mintiendo.
—Rayos, está bien, me callo entonces.
Sayaka esbozó una sonrisa malvada y se inclinó un poco más hacia ella.
—Sé agradecida, Bakakyouko.
—Sí, eh, gracias... creo —gruñó, desviando la mirada.
Ante la expresión de Kyouko, que oscilaba entre adolorida, molesta y enamorada, Sayaka dejó escapar una risita que acabó por convertirse en una genuina carcajada.
Sería mentira decir que Kyouko no disfrutó mirándola reír. Era muy gratificante poder apreciar una verdadera risa de su parte después de tanto tiempo, una expresión sincera de esa alma lastimada.
Era la primera, pero no sería la última; Sakura Kyouko se aseguraría de que así fuera.
Fin
