Work Text:
El inicio de su amistad había sido... inadvertido. A decir verdad, ni siquiera Armando recordaba con exactitud en qué momento pasaron de ser conocidos a ser propiamente amigos.
Quizá fue esa vez en la secundaria cuando Brian le invitó un Boing congelado en el receso.
— Brian, estás pendejo —Los grandes ojos azules lo miraron con confusión, ¿qué tenía que ver su capacidad intelectual con el Boing que le había regalado? —. ¿Cómo vas a creer que el boing de mango es el mejor de todos?
— Porque lo es, duh.
— No le sabes. El de manzana es mil veces mejor.
— The fuck you mean? El de manzana ni siquiera le hace competencia al de mango.
— Esa es la opinión máááás básica que he escuchado en este planeta. Creí que tenías mejores gustos.
Las duras críticas que emitía no impidieron que Armando comenzara a comer las gomitas que acompañaban su congelada de mango, plenamente concentrado en ello.
— Yo tengo buenos gustos, de qué hablas...
— Nadie a quien le guste más el Boing de mango que cualquier otro puede considerar que tiene buenos gustos.
Sentía la mirada del castaño sobre la propia y por eso se mantenía serio, escondiendo lo mejor que podía la sonrisa que se quería formar en su rostro.
— Está bien, Hormi, el Boing de manzana es mejor que el de mango. ¿Ya confías en mis gustos?
Sonrió con orgullo ante la victoria, con un rubor distinto al de siempre alcanzándole las mejillas. Le gustaba especialmente mucho que Brian buscara su aprobación, incluso cuando sólo estaban jugando.
— Tal vez.
Sintió algo extraño en el estómago al ver que su sonrisa era correspondida, ¿tan rápido le había hecho daño la comida de la cafetería?
...
O tal vez mucho antes, cuando se conocieron en un taller de jardinería terminando las clases.
Ninguno de los dos estaba ahí por gusto, pero si no querían reprobar, más les valía quedarse las tres horas que duraba ese pequeño infierno.
¿Que si era muy conveniente que el hijo de la directora fuera quien cobrara por impartir ese curso? Tal vez, pero si alguien lo notó, prefirieron no decir nada; sólo no querían repetir biología.
— Oye, pásame la tierra de allá —No conocer el nombre de sus compañeros le dificultaba mucho las cosas. Para su suerte, justo el chico de al lado sí llevaba el gafete con su credencial colgado del cuello —. Eh, ¿Armando?
Intentó de nuevo después de leer su nombre, logrando hacer que el aludido volteara.
El mayor por meses se quedó congelado en su lugar cuando sus ojos hicieron contacto. No tenía idea de por qué, pero parecía que toda la saliva de su boca se había ido a alguna parte que desconocía.
— ¿Me la pasas, por fa?
Insistió a la par que señalaba la bolsa que quería, suponiendo que no había sido escuchado la primera vez. El ojicafé recuperó la consciencia con esa nueva pregunta y le extendió lo que pedía, aprovechando para agregar:
— Dime Hormiga, nomás mi abuela me dice Armando.
— ¿Hormiga? —Curioseó, metiendo el contenido de la bolsa en su maceta.
— Larga historia.
— Pues nos quedan dos horas aquí, ¿es tiempo suficiente?
Y aunque jamás le había faltado gente que lo escuchara hablar hasta por los codos, tener la atención de ese güerito por lo que restó del taller se había sentido diferente.
...
O quizá había sido desde esa vez que Hormiga llevó a Brian al parque comunitario al que siempre iba para perder tiempo.
Si sus papás se enteraban de que se había saltado su clase de francés por estar ahí, probablemente lo matarían, pero si algo sabía Brian sobre Armando en el tiempo que llevaban de conocerse, era que podía confiarle secretos sin un sólo gramo de temor a que dejaran de serlo.
— ¿Jamás te habías subido a un camión?
— No, wey. ¿Tú sí?
— Obvio, cuando mis papás no pueden ir por mí me regreso solo.
— ¿Y eso no es como peligroso?
El más bajo se encogió de hombros, considerando su pregunta por algunos segundos.
— A lo mejor un poquito. Pero está divertido, ¿no?
El ánimo con el que caminaba para adentarse al parque contagió al más alto, que lo seguía a paso apretado pues no quería perderse en un sitio que conocía tan poco. Armando notaba la ansiedad en los ojos azules y por razones que no estaba interesado en averiguar, su pecho se calentaba por el actuar de aquel; le parecía tierno, por más raro que fuera para él ver a un amigo de esa manera.
— ¿Tú nunca te has ido en transporte a tu casa?
— Creo que no hay transporte que me lleve a mi casa.
Alzó las cejas con sorpresa ante la declaración, comenzando a sacar sus conclusiones. O vivía muy lejos o vivía en un lugar demasiado exclusivo. Le dio un vistazo rápido a todo lo que componía a su amigo y concluyó que, en definitiva, se trataba de la segunda opción.
Los chicos de su colonia solían molestarlo por ser tan "fresilla", pero estaba seguro de que, si conocían a Brian, se darían cuenta de que no tenían ni idea de lo que era alguien fresa.
No era algo que le importara particularmente mucho, de cualquier manera. Disfrutaba de enseñarle cosas nuevas al güero; ver su sorpresa por la cotidianidad ajena le causaba risa, incluso si eran cosas que él también había descubierto hace poco gracias a sus amistades.
— ¿Entonces estás mucho aquí? —El más bajo asintió, adentrándose entre los arbustos mal cortados para llegar hacia los columpios.
— Cuando sé que puedo venir con alguien, sí —Volteó exclusivamente para sonreírle, sin saber con exactitud el porqué de su actuar. Sólo quería verlo.
Le hizo una seña con la mano para que siguiera caminando, y cuando estuvieron al lado de los columpios, ninguno de los dos dudó en aventar sus mochilas al pasto pisoteado para salir disparados hacia el juego.
Aunque aún no lo sabían, con el tiempo, ese se convertiría en el lugar especial de los dos.
...
Pero definitivamente ya eran amigos para cuando pasaron a la preparatoria, de eso estaba seguro.
Probablemente jamás iba a olvidar la primera vez que lo convenció de acompañarlo a una fiesta.
— ¡Yaaa, wey! A ti ni te gusta el pinche italiano, cabrón. A parte ya sabes francés, al rato se te van a cruzar los cables y no vas a hablar bien ninguno de los cuatro.
Agitó su hombro durante todo el tiempo que permaneció hablando, sacándole una ruidosa risa a Brian, quien no tardó en detener sus movimientos, ciñendo su agarre en los hombros de Hormiga para lograrlo.
— Hormi, bro, ya sé, pero sabes cómo son mis papás. La vez que me salté la puta clase de piano–
— Qué perra hueva me da tu vida, wey —Lo interrumpió, mirándolo con esa expresión que gritaba reto en todo su esplendor —. De saber que eras así, hubiera matado a tu pinche plantita el día que nos conocimos, chance un trauma te habría hecho más interesante.
La sonrisita malvada de Armando le dejaba en claro al güero que estaban jugando, que insistía tanto porque en verdad quería que lo acompañara.
Y Brian no sabía decir que no a eso.
...
Las cosas salieron distinto a como Armando lo había pensado.
El de ojos azules terminó más alcoholizado de lo que esperaba. En retrospectiva era obvio, Brian no era el tipo de persona que tomaba y Hormi ya había creado un poco más de resistencia al alcohol; servirle como si el güero fuera experimentado había sido su primer error.
Por fortuna, la situación había terminado únicamente con su amigo riéndose de todo, recargado en su hombro mientras ambos se mecían en los columpios del parque. Todo eso después de que los dos huyeran del lugar de la fiesta porque Brian había roto una vajilla entera, pero eran detalles menores.
¿Se arrepentía? No realmente.
Ninguno de los dos había llegado al punto de la inconsciencia, sólo estaban riéndose un poquito demasiado fuerte para estar en la vía pública a las tres de la mañana.
Ah, y Brian no había llegado a su casa, pero ese sería un problema del que se encargarían después del desayuno.
— Te lo juro que no sé cómo explicarlo, wey, pero neta está muy cabrón —Arrastró las palabras, haciendo su máximo esfuerzo para darse a entender.
— Qué gay, bro. ¿Sientes cosas en el corazón cuando me ves? Nah, mejor dime que te la jalas pensando en mí, es más romántico.
— Eres un pendejo —Se meció hacia un lado para empujar el columpio contrario, cuidando no hacerlo caer —. Tu mamá te va a pegar si te escucha hablando así, eh.
— Al chile yo sí te daba, wey.
El comentario lo agarró mal parado despúes de haber intentado cambiar el tema. Detuvo el movimiento de sus pies casi al instante.
Madres, hasta sintió que la peda se le había bajado un poquito.
— ¿Qué?
— ¿Por qué no? Estás bonito, me caes bien, le caes bien a mi papá, que creo que es lo más importante.
Armando tragó en seco. ¿Qué chingados? ¿Brian no era hetero?
Prefirió dejar pasar el tema y volvió a columpiarse, ahora como una forma de liberar la tensión que había comenzado a construirse dentro suyo.
Después de casi un minuto en silencio, el güero volvió a hablar.
— Mis papás me quieren regresar a Estados Unidos para la uni.
¿Brian tenía como meta de la noche causarle un infarto? Porque lo estaba logrando.
En otra situación probablemente se habría tragado el sentimiento y lo habría molestado por lo ridículamente privilegiado que sonaba quejarse por eso. Esa vez, sin embargo, la noticia se sintió como un putazo en la espalda que le movió cada uno de los huesos que tenía en el cuerpo, dejándolo casi inconsiente.
No había tenido tiempo de decir algo cuando su amigo ya estaba hablando de nuevo.
— No me quiero ir, Hormi. ¿Qué va a ser de ti sin mí? —Se confesó con una broma de por medio para sentirlo menos real, ajeno al caos en los pensamientos del mayor.
La cabeza del güero había comenzado a resbalarse por su hombro. El miedo y el cúmulo de emociones que había experimentado en un periodo tan corto de tiempo lo habían dejado aturdido, y sentir la presión por responder, así como la necesidad de evitar que la cabeza de su amigo cayera, hizo estragos en su ebrio cerebro, llevándolo a actuar de manera, cuanto menos, cuestionable.
Enredó sus dedos en los cabellos castaños y levantó su cabeza, atrayendo sin querer la mirada azulada. La cercanía de su posición anterior le jugó en contra y de manera atropellada siguió con su conversación.
— Pues más te vale ir encontrando una solución a eso, porque sí o sí nos vamos a la misma universidad, y yo no quiero dejar el país.
Una vez se aseguró de que la posición del más alto había mejorado, soltó su cabello y se levantó del columpio, alejándose a paso rápido.
— Apúrate que después de las cuatro mis papás se convierten en los tuyos, nos van a tablear por llegar tarde.
El castaño se quedó congelado en su lugar, atontado después de haber tenido esos ojotes tan cerca de su rostro, esa boca tan cerca de la suya y haber recibido una amenaza porque Armando tampoco quería dejarlo.
Esa fue la primera vez que Brian sintió el calor en el pecho del que tanto le hablaba Hormi... y empezó a sentir miedo por ello.
•
— Me voy a casar.
Fue automática la risa que escapó de la boca de Armando. Siguió caminando, suponiendo que era una de esas tonterías que el más chico acostumbraba a decir cuando se acababan los temas de conversación. Brian no avanzó. Cuando Hormi volteó a verlo, no esperó recibir una mirada tan seria de vuelta.
— ¿Cómo crees, wey? Si ni novia tienes.
Seguía pensando que era una broma. El güero levantó los hombros, sin una pizca de gracia en el rostro. Recién ahí comprendió la gravedad del asunto.
— No mames, ¿tus papás...? —Esa pregunta al aire fue suficiente para recibir un asentimiento como respuesta. Ellos le habían conseguido a alguien – ¿Y cómo te sientes?
Imaginaba lo que había pasado, pero en esa ocasión habían cruzado una línea. No era una de las pequeñas decisiones que sus papás acostumbraban a tomar por él, era un evento que cambiaría por completo el curso de su vida, y la sola idea asustaba al mayor.
No quería imaginar cómo se sentía Brian.
— Pues meh. Es el tipo de cosa que supuse que iba a pasar en algún punto, aunque tenía la esperanza de que no.
La mirada afligida de Armando acompañó el silencio que llenó los siguientes segundos. Le gustaría pensar que aún había algo por hacer, pero los antecedentes con los padres de Brian y la resignación del mismo hacían que sus predicciones apuntaran hacia el lado opuesto.
— Pero —Rompió la burbuja antes de que fuera más complicado, cambiando su semblante a uno más alegre —, si ellos escogieron con quién me caso, creo que yo tengo derecho de elegir quién va a ser el padrino, ¿no?
Le sorprendió ver esa sonrisa en los labios del ojiazul, ¿cómo podía actuar así en un momento como ese? Sonrió casi como reflejo, sin intenciones de tensar más la situación con sus preocupaciones.
— Obvio —Secundó con entusiasmo, imaginando lo que venía.
— Entonces, Hormi —Exageró el tono dramático de sus siguientes palabras y apoyó su rodilla derecha sobre el suelo, justo frente a Armando, extendiéndole su mano vacía —... ¿Quieres ser el padrino de mi boda?
Chasqueó la lengua al momento de empujar las manos del castaño, a mitad de una carcajada.
— Eres un mamón —Manoteó un poco más ante la sonrisa que se extendía en el rostro del menor, burlesco —. La respuesta siempre ha sido sí.
Colocó uno de sus pies frente al que su amigo tenía apoyado en el suelo, lo tomó de las muñecas y le ayudó a ponerse de pie.
No esperó ser abrazado con tanto sentimiento después de eso.
— Gracias, hermano —Susurró sobre su cabello, apretándolo brevemente antes de dejarlo libre.
Pero algo de ese apodo se sintió incorrecto en su pecho.
Caminaron hacia la salida del parque comunal para tomar el autobús. Quizá irían a casa de Armando para contarles a sus padres del matrimonio del más joven.
— Qué curioso, ¿no? —Pronunció Brian en algún punto de esa caminata, mirando hacia ningún punto en específico del pasto sobre el que caminaban.
— ¿Jorge?
— No, idiota —Golpeó el hombro de su amigo, ahogando la risa que le causó su mal chiste — Que esto fue lo más parecido que voy a hacer a una pedida de mano en toda mi vida.
•
Brian era una persona increíble.
No era algo que hubiese notado recientemente, todo lo contrario; estaba seguro de que esa era una de las principales razones por las que se habían vuelto amigos.
¿Y cómo no encariñarte con alguien como Brian? Siempre riendo, siempre jugando. No se le escapaba ni una oportunidad de molestarte, por más distraído que pareciera estar. Pero si estabas mal, él sería el primero en correr a verte, el primero en preguntarte qué pasa, qué necesitas, qué puede hacer.
Al menos con Hormiga, esa siempre había sido la dinámica.
Por eso le dolía tanto verlo así.
— No te hagas esto, wey —Puso una mano sobre su hombro, sobándolo en un intento de darle ánimos. Era la cuarta vez en un periodo de dos meses en la que lo veía así —. No te cases, podemos buscar otra solución.
Con la espalda encorvada, los codos sobre las rodillas y la cabeza entre las manos, Brian trató de ocultar lo obvio: no podía dejar de llorar.
— ¿Y que mis papás me odien?
— Sabes que no los necesitas para seguir.
—Es que no quiero alejarme de ellos —Sorbió su nariz antes de voltear a verlo —. Yo sé... Yo sé lo que opinas de ellos, pero yo los amo, Hormi. No me imagino una vida lejos de mi familia.
Los ojos cafés recorrieron el suelo del lugar antes de sentarse a un lado de su amigo, sin quitar la mano de donde la tenía.
— Eso no lo hace más sencillo, de cualquier forma.
Terminó por admitir con la voz rota, regresando la mirada a la alfombra bajo sus pies.
Afrontar el destino que le habían elegido estaba siendo más difícil de lo que imaginó, y era irónico que la razón de ello estuviera tratando de consolarlo.
•
Esa noche, en la privacidad que le brindaba su habitación, se permitió abrir la cajita de emociones que había estado guardando bajo llave dentro de su mente.
Con la mirada perdida en la inmensidad de su techo, pensó en todo lo que rodeaba a Brian desde que lo conoció.
El ojiazul siempre había estado a merced de sus padres, al menos desde que Armando lo conocía. Con los colegios a los que iba, con sus actividades extracurriculares, con sus amistades, con su tiempo libre. Había sido casi un milagro que los papás de aquel encontraran un lugar para el propio Armando en la vida de su hijo, porque de lo contrario, muy seguramente ellos tampoco habrían llegado a ser amigos.
La única vez que había visto al menor llevarle la contra a sus progenitores fue cuando tomó la decisión de no irse del país para estudiar la universidad. Al menos durante dos meses, ninguno de los dos le dirigió la palabra a su hijo, y el único contacto familiar al que tenía acceso eran sus hermanos.
Armando se había sentido tan, tan culpable esos meses, pues aunque Brian le había insistido en que había tomado esa decisión por él mismo, en el fondo sentía que lo había influenciado más de lo que debía.
Eventualmente las cosas regresaron a la normalidad, pero desde ese entonces, Brian no se había negado a prácticamente ninguna de las exigencias de sus padres. Si Hormiga lo había notado, prefirió no decir nada; se había prometido respetar lo que sea que le diera paz a su amigo, incluso si sentía que no eran las mejores decisiones. No podía volver a cargar con ese tipo de culpa una vez más.
Pero esa ocasión era diferente. No se trataba de cualquier cosa; un matrimonio era un cambio gigante que claramente Brian no quería hacer, y Hormi tenía la brutal necesidad de ayudarlo a salir de ello. Porque eran amigos, claro. Eran más que amigos; Hormi lo consideraba prácticamente un integrante más de su familia, una parte fundamental de su vida a la que no quería que le pasara algo malo de nuevo.
Y no era para menos, si el menor había estado para él en cada suceso importante de su vida; en cada logro, en cada derrota, en cada alegría, en cada uno de los momentos en los que se había planteado dejar de seguir, Brian siempre había estado a su lado.
Hermanos. Era eso, lo amaba como a un hermano, de ahí venían sus sentimientos. No podía dejar de repetirse que esa era su razón, pero últimamente reconocía que, quizá, se estaba mintiendo a sí mismo, y tal vez se había estado mintiendo durante años.
Cuando recordaba lo que sentía en el estómago al verlo, cuando pensaba en las veces que, por él, había hecho cosas que jamás haría por alguien más, ahí podía reconocer sus propias mentiras. Era inútil tratar de seguir engañándose cuando el sólo hecho de pensar en el castaño podía causarle escalofríos. Eso no lo sentiría con un amigo al que quería como a un hermano, jamás.
Con un suspiro se abrió paso a ser completamente honesto y puso sobre la mesa la posibilidad de estar enamorado de su mejor amigo.
Su estómago se sintió vacío ante la idea.
Estar enamorado de Brian no era, en esencia, su problema. El problema era saber que tenía el tiempo contado si es que quería hacer algo al respecto.
Si estaba en lo correcto, si de verdad estaba enamorado de Brian, ¿por qué había esperado tanto tiempo para darse cuenta?
Tenía lo evidente en su nariz y recién era capaz de verlo. Siempre había sido él, y ahora que lo sabía, no podía dejar que se lo arrebataran.
•
Llegó el día y, como era de esperarse, Armando había sido el primero en llegar a la habitación del novio.
Estaba tratando de actuar lo más normal que se le permitía, pero pudo leer el ambiente del lugar: nadie estaba realmente feliz por el evento.
La primera parte de la mañana la pasó entre caras largas de los más cercanos a los festejados y palabras de falsa amabilidad por parte de algunos de los invitados. Le tomó algunas horas terminar todos los encargos que le habían pedido y cuando fue libre no tardó en regresar con Brian, dudando de más antes de entrar a la habitación.
...
— ¿Cómo te sientes? —Murmuró imaginando la respuesta, obteniendo una muy sutil risa sin gracia por parte del menor.
— Es el día más feliz de mi vida, Hormi —Era claro el sarcasmo en esas palabras. Armando no necesitó más que eso para guardar silencio.
Se limitó a seguir acomodándole la solapa del traje, notando de reojo la mirada perdida de Brian en el reflejo del espejo.
El propio ojicafé imaginó más de una vez ese día, cuando alguno de los dos se casara, pero la situación que estaban viviendo no era, ni de lejos, parecida a ninguno de los escenarios que creó.
Era evidente la tristeza que inundaba los ojos azules que apenas y habían hecho contacto con los cafés, como si buscara en el espejo las respuestas que no podía darse a sí mismo.
No se reconocía, ninguno de los dos lo hacía.
Al más grande de los dos le tomó mucho tiempo reunir el valor suficiente para pronunciar algo, con la valentía escapándosele por la garganta y arrastrando sus palabras con ella.
Miró al reloj de la habitación. Faltaban treinta minutos para que el show comenzara, y si su intención era hacer algo para impedirlo, el tiempo se le estaba acabando.
Tragó en seco y tuvo que llenar sus pulmones de aire más de tres veces para recuperar las palabras que había pensado sin descanso durante esa noche. El nerviosismo lo estaba matando, sentía que podía hiperventilar en ese instante, pero si no hacía algo, lo perdería todo. Lo perdería a él.
— Bri —Lo miró con detenimiento, sin quitar su mano del pecho del más alto. Obtuvo la atención de sus ojos favoritos, y por un segundo el aire volvió a abandonarlo —... Hay que escaparnos.
La mirada clara del castaño lo escaneó como si estuviera loco, y en poco volvió a posarse sobre el espejo.
— No estoy de humor.
— Brian, hablo en serio —Rompió el contacto con su cuerpo, manteniéndose cercano —. No tienes por qué hacer esto, nada que no te haga feliz; es injusto. No voy a soportar verte así de triste los siguientes treinta años de tu vida, y yo sé que puede sonarte como una locura, porque lo es, pero si lo aceptas, voy a ayudarte con eso. Porque te amo, porque me mata verte así de mal y porque me... gustas.
Se creó un silencio entre los dos. El mayor no se atrevió a dejar de verlo, como si pudiera desaparecer en cualquier instante.
— Repítelo.
La órden hizo eco en sus oídos, prolongándose en su mente hasta que fue capaz de contestar.
— Me gustas, no sé desde cuándo, tal vez desde siempre. Y lamento haberme tardado tanto en decirlo, pero estar enamorado de ti es tan inherente a mí que no pensé que algún día me quitarían la posibilidad de amarte como lo he hecho los últimos años.
El corazón de los dos retumbaba con violencia en sus oídos por palabras que Armando jamás pensó que serían pronunciadas, por palabras que Brian nunca pensó que viviría para escuchar.
Con delicadeza, el castaño lo tomó por la mejilla para levantar su mirada y alargó ese contacto casi por necesidad. Su estómago sentía remolinos haciendo desastres por todo su abdomen, su pecho y hasta invadir su garganta. Miró una vez más a los ojos cafés más bonitos que había visto, esos que siempre habían estado frente a él, tan atentos a los suyos, y decidió que tal vez esa era su última oportunidad para ser valiente antes de que las cosas cambiaran para siempre.
Rompió con los centímetros de distancia entre sus labios y lo besó, con el pecho apretado en una sensación confusa; se sentía tan bien y, a la vez, le dolía tanto.
Admiró los labios rojizos del que por años no había sido más que su mejor amigo, y no se pudo resistir a volver a besarlo. Una, y otra, y otra vez. Con dolor, con coraje, con tristeza, con cariño, ambos desahogando años de palabras no dichas.
Finalmente, en un beso más tranquilo, Brian notó la primera lágrima que resbalaba de la mejilla de su amigo.
Aún con ello, cuando se separaron, los ojos de Armando miraron a los azules con un brillo de ilusión. Tenía el corazón en las manos y se lo estaba entregando al castaño sin dudarlo ni un poco.
Se acercó nuevamente a sus labios, sin soltar su mejilla, y preparó un susurro que jamás estaría listo para pronunciar.
Sí, llévame, vámonos de aquí. Jamás he sido tan feliz como lo soy contigo.
Lamentablemente, por mucho que lo quisiera, habían decisiones que ni esa confesión podía cambiar.
Cómo le gustaría que las cosas fueran diferentes.
— Perdóname.
