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En tu idioma | Wile E. Coyote x Correcaminos

Summary:

Wile E. Coyote creía que solo necesitaba encontrar un nuevo propósito después de 77 años persiguiendo al Correcaminos. Bugs quería olvidar a quien le había roto el corazón...
El Correcaminos no sabía hablar otro idioma que no fuera el de las aves. Y Lucas no entendía por qué estaba solo... Quizás ninguno de ellos sabía realmente lo que estaba buscando.

Wile E. Coyote x Correcaminos | Bugs x Lucas | Pequeña escena de Wile x Bugs
Ilustración portada de Wattpad: @_mpch33 en X

Notes:

Este fanfic está principalmente publicado en Wattpad! Por si quieren pasarse por ahí que se actualiza antes.

(See the end of the work for more notes.)

Chapter 1: Capítulo 1

Chapter Text

“Meep meep”.

El sonido de la carretera envuelta en llamas era el único que competía con aquel molesto sonido que se repetía una y otra vez en medio del desierto. Wile E. Coyote distinguió a lo lejos a su presa con sus grandes orejas y, esta vez, estaba preparado para atraparlo. La bomba contaba con un mecanismo bastante complejo que pasaba por debajo de la carretera hasta llegar detrás de una roca, donde él esperaba pacientemente al ave. El punto de detonación se encontraba justo debajo de una montaña de comida para aves que había colocado en medio de la calle.

“Meep meep”.

El sonido volvió a escucharse, esta vez mucho más cerca, seguido del chirrido de un auto frenando. El ave miró la comida durante unos segundos.

“Comida gratis”.

Y comió.

El coyote se preparó para detonar por sí mismo el mecanismo en caso de que este fallara y, en efecto, falló. El ave salió corriendo después de haberse comido todo, dejando a Wile con muy poco tiempo para reaccionar. Con un rápido movimiento, detonó el explosivo y una fuerte onda de choque lo empujó hacia atrás. La gran roca que lo estaba cubriendo cayó sobre él antes de que pudiera reaccionar, empujándolo directamente hacia el precipicio que, sin darse cuenta, estaba a solo dos metros de donde Wile había estado parado. El coyote miró al cielo y luego al suelo, como si por un instante intentara entender qué había ocurrido, antes de sucumbir finalmente ante la gravedad.

“Fiiuum… BOOM”.

Su silueta quedó marcada por tercera vez en el día sobre aquel suelo astilloso y seco. Permaneció unos segundos mirando hacia arriba, viendo cómo el cielo comenzaba a teñirse lentamente de morado. La noche estaba llegando. A lo lejos se escuchó aquel sonido inconfundible, acercándose a toda prisa. Con dificultad, Wile se levantó y apoyó las manos en los bordes del agujero que había dejado su cuerpo para poder salir.

Miró hacia arriba y lo vio. Con la lengua afuera, el Correcaminos ladeó la cabeza mientras observaba al coyote desde el borde del precipicio.

“¿Misma hora mañana?”, decía el cartel.

―¡Meep, meep!

El ave le sonrió, sacó la lengua y salió corriendo sin darle tiempo a responder. Wile sonrió de lado. Después de todo, al menos seguían teniendo sus pequeñas tradiciones.

Sacudió el polvo de su pelaje y guardó el cartel en su espalda. Miró hacia arriba nuevamente. El precipicio era enorme y le tomaría un buen rato escalarlo para llegar hasta su cueva. Suspiró con una mueca de cansancio, tronó los dedos y se lanzó hacia la pared. Escaló lo más rápido que podía, alternando una pata y una mano, luego otra pata y otra mano. Sus almohadillas ya comenzaban a dolerle, pero finalmente consiguió llegar a la cima.

Y tropezó.

Tuvo que subir nuevamente.

Cuando finalmente llegó a su cueva, buscó entre sus miles de archivadores una barra de proteína y se dejó caer en la comodidad de su sofá rojo frente al televisor. En la pantalla apareció Kevin en un nuevo caso contra Acme, esta vez representando a Porky, tal como había prometido. Ambos salían del juzgado juntos cuando fueron emboscados por una manada de reporteros. Kevin dio sus declaraciones asegurando que ganarían el caso. Cuando llegó el turno de Porky, pues… bueno, fue algo difícil. Probablemente se extendió unos quince minutos más de lo planeado. Una linda chica intentaba sacarle toda la información posible, cosa que el abogado intentaba evitar mientras trataba de mantener la situación bajo control. Kevin parecía cansado.

Wile recordó la promesa de ambos. Como amigos, habían prometido visitarse cuando quisieran. Como amigos… amigos. El coyote miró el techo de su cueva mientras sostenía la barra de proteína, que apenas tenía dos mordiscos. Recostado hacia atrás en el sofá, comenzó a pensar. Amigos, amigos… ¿cuántos amigos tenía? ¿Dos? ¿Tres? ¿Su primo Ralph contaba como uno? En setenta y siete años los había visto muy poco, a excepción de ese amigo. Ese amigo que no sabía que tenía durante setenta y siete años. Sí, el Correcaminos.

Habían pasado unos meses desde aquella escena en la corte. Había sido realmente profundo lo que esos “meep meep” habían llegado a provocar en su corazón. El Correcaminos realmente lo consideraba su amigo. Era extraño. Después de tantos años persiguiéndolo para comerlo, siendo su presa, soñando con cómo cocinarlo, cómo atraparlo, cómo matarlo… aquella molesta ave lo consideraba su amigo. Después de setenta y siete años de persecuciones, explosiones y trampas que casi siempre terminaban mal para él, resultaba bastante difícil procesar algo así.

Sonrió con ironía.

Pues era claro. Después de setenta y siete años juntos, conociéndose desde bebés, algo de cariño se tenían.

Recordó las palabras de su padre y la promesa que había hecho. ¿Debería tomarla por terminada? Muy en el fondo de sí mismo, sabía que era difícil atraparlo, casi imposible. Más aún ahora que Acme seguía sin tener buenos artefactos. Eso probablemente costaría unos años más para regularizarse. Una pequeña e incómoda sensación había aparecido de pronto. Se preguntaba a sí mismo qué hacer. Podía seguir como siempre, como durante todos estos últimos años, o podía hacer algo… nuevo.

―¿Tiene ganas de hacer algo nuevo?

¿Uh?

―¿Su vida ha dado un cambio drástico y ahora no sabe qué hacer?

Claro.

―¿Tuvo un rival por muchos años que estuvo persiguiendo para luego darse cuenta de que realmente lo consideraba un amigo y ahora está en una batalla mental para saber qué hacer, ya que no quiere atrapar a su nuevo amigo porque muy en el fondo le tiene cariño, pero se quedó sin un objetivo de vida y se siente vacío?

Okay. Demasiado específico. ¿Qué diablos?

―Pues el Café del Amor de Lola podría ser la respuesta a lo que buscas. ¡Ven a conocer chicas y haz que encontrar a tu media naranja sea tu nuevo objetivo de vid…!

De un salto, la televisión fue apagada y el control remoto rebotó contra la pantalla, luego contra el escritorio, después contra el sofá, el techo, el suelo y una estantería. En el camino quebró un jarrón, salió disparado de la cueva y dio dos rebotes más sobre el suelo antes de caer finalmente por el acantilado.

Wile sentía las orejas ardiendo. ¿Qué diablos? ¿Amor? ¿Media naranja? No era algo que Wile E. Coyote considerara de su interés. Ni que necesitara… creo. Ciertamente, él no era mucho de conocer chicas, ni de acercárseles en época de celo, ni de hablarles, ni de mirarlas, ni de… ni de nada. Sus ojos se abrieron lentamente al darse cuenta. Era verdad. Tantos años y nunca se había interesado en una chica, o al menos no por cuenta propia. Su vida siempre había estado basada en atrapar al Correcaminos. Incluso sus necesidades biológicas parecían ser menos importantes que su objetivo de vida.

Con cuidado, se sentó sobre el sofá, mirando al suelo y con los brazos apoyados sobre sus piernas. Quizás, solo quizás, si su objetivo de vida no se pudiera cumplir, conocer a alguien podría ser… podría ser su segunda opción. Quizás y solo quizás, se dijo a sí mismo, conocer a una Coyote…

―Hey, ¿qué hay de nuevo, viejo?

Del susto, Wile casi quedó enterrado en el techo de su cueva de un salto. Con nerviosismo se dio la vuelta y se encontró con él. La vieja presa que en algún momento intentó cazar. Con sus orejas largas, pelaje suave, cola pomposa y esa bocota que nunca parecía cerrarse.

“¿Qué haces tú aquí?”, escribió en el cartel.

―Vine a visitar a un viejo amigo.

El coyote rodó los ojos. No valía la pena.

Terminó su barra de proteína y tiró el plástico al piso. Bugs lo miró e hizo una mueca desagradable. Wile se le acercó y, frente a frente, puso el cartel tan cerca de Bugs que terminó dejando una mancha de crayón sobre su nariz rosada.

“Vete”.

―Hey, hey, hey. Salvé tu juicio con las pistas que te di, ¿y me pides que me vaya?

“Perdí el juicio”.

―Bueno, bueno. Salvé la carrera de tu amigo, ¿y me pides que me vaya? Me debes una, señor Coyote.

Bugs se cruzó de brazos con un puchero. Wile rodó los ojos, refunfuñando por lo bajo. De pronto, dos grandes maletas cayeron de debajo del abrigo del conejo. Parecían a punto de explotar. Wile las miró, luego miró a Bugs y después se fijó en los lentes contra el sol que llevaba puestos, en aquel sofá con el nombre de Bugs detrás del conejo, en la cama nueva que estaba en la esquina de su cueva, en el cepillo de dientes sobre la mesita de noche que Wile jamás había comprado y… Oh. Ya entendía.

“¡EN ESTA CUEVA NO SE ADMITEN PRESAS!”

―Gracias, viejo. Sabía que podía contar contigo. Y emm, ¿dónde dejo mis zanahorias? Oh, y no metas ruido antes de las 9 a. m. ni después de las 9 p. m. Debo tener mi sueño de belleza.

El conejo pasó por su lado sin siquiera leer el cartel, buscando la nevera para guardar sus zanahorias. Wile estaba rojo de furia. No lo creía. No podía estar sucediendo esto. ¡Los coyotes son solitarios!, gritó en sus adentros. No compartiría su cueva con una presa habladora como aquella.

Con furia, se dio una vuelta sobre sus pies y, dispuesto a tirársele encima al conejo que yacía plácidamente dormido en la cama, saltó. Sin embargo, el brazo de Bugs, señalando la hora en su reloj de mano, lo detuvo en el aire. Refunfuñando, se giró nuevamente y fue a recostarse a su sofá, esperando que pronto fueran las 9 a. m. para poder morderle el cuello a aquel intruso y molesto conejo orejón.

 

 

✧≫≫≫≫≫≫ ✧ ≫≫≫≫≫≫≫✧

 

 

Eran más de las 9 a. m. cuando Bugs despertó. Somnoliento, estiró los brazos y miró a su alrededor. Todo estaba caliente y muy soleado, pese a que la noche anterior la cueva había estado fría y completamente a oscuras. Bah, cosas del desierto, se dijo a sí mismo. Tiró el antifaz de noche y su gorro de dormir encima de la cama y caminó hacia detrás de unos archivadores de muchos metros de altura. El Coyote estaba ahí, sentado en su escritorio, dibujando sobre sus papeles de planos azules, vestido con una bata y lentes de científico. Parecía completamente concentrado en lo que hacía.

―Hey, amigo.

El coyote se paralizó. Luego dejó el lápiz y pasó una mano por su cara, estirándola toda mientras intentaba controlar su molestia. Había olvidado ese pequeño problema de la noche anterior.

―¿Por qué la cara larga, viejo… ―dijo el conejo, peinando sus orejas hacia atrás―, si acabas de verme a mí a primera hora del día?

“No soy tu amigo… y tengo nombre”, decía a ambos lados del cartel.

―Ah, claro. ¿Wi… Willy el Coyote?

“Wile E. Coyote”, señaló el nombre sobre el bolsillo de su bata.

―Estuve cerca ―dijo mientras mordía una zanahoria y se acercaba hasta el Coyote, quien yacía sobre su silla de escritorio con los brazos cruzados y una expresión de fastidio―. ¿Y qué hay de nuevo, viejo?

Wile lo ignoró, dando la vuelta en su silla para seguir con su plan malvado del día. Detrás de él, Bugs continuó hablándole, preguntando por su cueva, la buena ubicación que tenía, lo espaciosa que era, lo cómodo de su sofá, lo lindos que eran sus trajes, las grandes montañas de chatarra marca Acme que acumulaba y lo gracioso de su ropa interior. Cuando dijo lo último, Wile no pudo evitar lanzarle una dinamita que Bugs esquivó con facilidad, haciendo que terminara explotando su armario de ropa interior. Wile se desquició aún más.

Pasaron unos minutos más hasta que Bugs se le acercó nuevamente, preguntándole por qué no respondía a sus preguntas. El coyote lo ignoró, poniendo frente a su nariz un letrero que decía:

“Me quedan pocos letreros”.

En ese momento, Bugs recordó cómo, hacía ya unos años, ambos se habían conocido por primera vez. Fue un día en que salió de paseo al desierto después de una pelea con un viejo amigo e hizo una madriguera para pasar un tiempo ahí. En ese entonces, Wile le había dirigido la palabra más de una vez. Se preguntó por qué había cambiado ahora. Volvió a insistir con sus preguntas, incluso le preguntó por qué aún no lo había echado de su cueva.

“Tengo algo que hacer en 30 minutos”.

Pasado el tiempo, Wile salió de su hogar junto a una bolsa improvisada con un mantel, donde llevaba los explosivos, herramientas y tablones para sus planes del día. Bugs no dijo nada. Solo se quedó en la cueva, masticando una zanahoria y mirando su teléfono, que para su mala suerte estaba sin mensajes recientes.

Bugs se preguntaba a sí mismo si su mejor amigo le hablaría o siquiera notaría su ausencia. Había intentado distraerse desde que había llegado, molestando a Wile, revisando sus cosas y haciendo comentarios sobre cualquier cosa que encontraba en la cueva, pero ahora que estaba solo comenzaba a sentirse un poco diferente. Miró nuevamente la pantalla de su teléfono, esperando encontrar alguna notificación nueva, pero no había nada.

Cuando el sol se puso, como cualquier otro día desde que el juicio contra Acme sucedió, Wile estaba tirado en el piso después de haber caído de un acantilado. Miraba las estrellas y las nubes aparecer y desaparecer de a poco con el paso de los minutos. Mientras permanecía ahí, no podía dejar de pensar y preguntarse qué hacer. Poco a poco, desde aquel día, sus sentimientos al perseguir al Correcaminos habían cambiado. Algo era extraño, algo estaba fuera de lugar, pero no lograba descifrar qué era. Pese a ser un genio de oficio, algo estaba saliendo mal. De pronto, perseguir al Correcaminos ya no era tan divertido. Verlo escapar ya no era molesto como antes, sino que era algo… doloroso, quizás podría decirse. Algo en su pecho le molestaba. Quedarse solo después de la carrera del día era… incómodo.

Y no entendía el porqué de sus sentimientos.

Al llegar a casa, magullado y raspado, se sentó en el sofá a un lado de Bugs. Este comía una zanahoria mientras miraba la televisión. Ninguno dijo nada. Bugs no parecía feliz como de costumbre y el coyote tampoco parecía querer enojarse o perseguirlo. No tenía ánimos para nada.

Ambos solo veían la televisión con cansancio, pensando en cualquier otra cosa menos en los programas que pasaban delante de sus ojos. La cueva estaba tranquila, apenas acompañada por el sonido del televisor y el crujido ocasional de la zanahoria que Bugs mordía distraídamente. Ninguno parecía tener ganas de iniciar una conversación.

―¿Sientes que tus tardes son solitarias?

Dos pares de orejas de pronto pusieron atención a la voz que venía de la televisión.

―¿Acaso te sientes mal, incómodo o te resulta doloroso estar solo después de pasar todo el día peleando o correteando a tu mejor amigo y no entiendes el porqué?

Bugs y Wile miraron atentamente la pantalla.

―¡Aquí, en el Café del Amor de Lola… y Tina… puedes encontrar la respuesta a esos sentimientos! ¡Encontrar a tu media naranja podría ayudar a hacer tus tardes más felices! Contáctanos a…

El conejo sacó rápidamente una foto a los números que aparecían en la televisión, atrayendo la atención curiosa de Wile de inmediato. La cara del coyote era una mezcla de preguntas y confusión. Bugs guardó el teléfono y se quedó mirando la pantalla durante unos segundos más, como si realmente estuviera considerando aquella posibilidad.

―¿Qué pasa, viejo? ¿Acaso un joven guapo y soltero como yo no puede sentirse identificado con un anuncio para personas guapas, jóvenes y solitarias?

“Soltero sí. Joven y guapo, no”.

―Oh, vamos, mira mi cara ―dijo mientras pasaba una mano por encima de sus orejas con una sonrisa picarona. Wile lo miró con una ceja alzada y una mueca molesta―. Este cuerpo, y esta cola esponjosa. Cualquiera caería rendido ante mis encantos. Menos él…

Silencio. El conejo parecía no querer seguir con su discurso. Wile lo miró y se le acercó, buscando su mirada, como queriendo saber qué iba a decir. Sin embargo, Bugs no siguió hablando. Solo se limitó a textear rápidamente en su celular. Pronto, unas notificaciones sonaron y, seguido de eso, se escuchó el tono de una llamada.

―¡Hola! ¡Oh, Dios mío, hola, nuevo cliente! ―era la voz chillona de una chica―. Bienvenido al Café del Amor de Lola y Tina. ¿Cómo te llamas? Espera, aquí sale. Emm, señor… Bunny, Bugs Bunny, ¿cierto? ¡Encantada de conocerte, soy Lola Bunny! ¡Te preguntarás por qué te llamo a esta hora y es que eres el primer cliente que nos llama desde que sacamos al aire el comercial, Dios mío, estoy tan… emocionada!

―Eh… gracias ―dijo Bugs, intentando procesar lo rápido que hablaba aquella chica al otro lado del teléfono, mientras la atenta y curiosa mirada del coyote lo observaba―. Quiero saber cómo es el proceso de las citas.

―Oh, claro, no hay problema, querido cliente. Las citas son, eh… ¿Tina? ―unos murmullos lejanos se pudieron escuchar a través del teléfono―. Mañana le haremos llegar una carta con los mejores candidatos según tus gustos y aficiones. Según lo que dice aquí, a usted le gusta la música clásica, las zanahorias y…

―¡Eh, espera, u-un momento…!

―¿Y los hombres?

Silencio absoluto.

Wile se rascó la oreja, pensando que había escuchado mal. Bugs, por su parte, sentía la cara tan caliente que podría haber encendido los explosivos de Wile y hecho estallar toda la cueva. Detrás de la otra línea de teléfono se podía escuchar a otra mujer regañando a Lola a gritos, mientras esta se disculpaba repetidamente.

―Lo lamento mucho. ¡Es la primera vez que nos toca un gay en nuestro café, nos esforzaremos mucho! ¡Bye, bye!

Sin duda, Bugs le pondría cero estrellas al local si tan solo se pudiera. Cansado y estresado, se acarició la sien con la mano para luego ponerse de pie e irse a dormir, sin antes voltear a ver a su roomie.

“No te juzgo”, decía.

―¿Ah, sí? ¡Pues qué bien, pero no te pregunté!

Y salió del sofá hacia su cuarto, golpeando el suelo cada dos pasos como un conejo enojado. Wile se rio. Era divertido y tampoco una sorpresa, pues ambos ya habían… se habían besado, es verdad. Bugs no tenía problema en hacer esas cosas con él las veces que se veían en tiempos de antaño. Wile se preguntó a sí mismo si aquella agencia de citas podría encontrarle rápido un amante a Bugs, preocupado por… que se fuera rápido de su cueva y lo dejara en paz. Sí.

Pero una pequeña espinita de duda se plantó en el coyote mientras miraba el comercial de la agencia pasar nuevamente por la televisión.

 

 

✧≫≫≫≫≫≫ ✧ ≫≫≫≫≫≫≫✧

 

 

Eran ya las 10 a. m. de un caluroso sábado. Bugs, en bata y con tubos para el pelo en sus orejas, salió a recoger el periódico fuera de la cueva de Wile. Mientras fumaba hierba de zanahoria en su pipa favorita, se puso a leer el periódico y las cartas que le llegaban a su viejo amigo. Deudas, pagos de dinero de indemnización de Acme, cartas de Kevin y la carta del Café del Amor de Lola y Tina. Bugs la abrió de inmediato, tirando hacia atrás todo lo demás, incluida su pipa.

Con entusiasmo, despedazó el sobre y desdobló la hoja. En primera plana, con un fondo de corazones y una musiquita romántica, salía su cara y la de… ¿Wile E. Coyote, con el #1 a su lado?

―¡¿Qué rayos?!

Pegó un grito tan fuerte que Wile pudo oírlo desde el acantilado del cual caía después de haber fallado en atrapar al Correcaminos esa mañana. En busca de más herramientas de trabajo, el coyote regresó a su cueva, también intrigado por el grito del conejo. Todavía tenía polvo sobre el pelaje y una pequeña rama clavada en la cola, pero su atención estaba completamente puesta en descubrir qué había provocado semejante grito.

Sus ojos recorrieron la cueva hasta detenerse en la carta, y luego se abrieron de sorpresa.

―¿Qué diablos haces tú ahí? ―le preguntó Bugs con molestia.

El coyote se tensó y miró hacia un lado, silbando como si no supiera de qué hablaba el conejo. Bugs insistió nuevamente, preguntando de dónde había salido aquella carta y por qué aparecía su cara junto a la del coyote. Wile intentó ignorarlo durante unos minutos, pero después de casi veinte minutos de insistencia, finalmente cedió y sacó su cartel.

“Me inscribí anoche”.

―Oh, tal parece que… ―Bugs soltó un suspiro fastidiado mientras volvía a mirar la carta― somos compatibles.