Chapter Text
Todo comenzó una mañana, cuando Wanderer se preparaba para ir a la Academia. Llevaba todo preparado para dar su primera lección del día. Por alguna razón (que comenzaba con B y terminaba con uer), terminó dando algunas clases en la Akademiya. Y aunque era una absoluta mierda y le fastidiaba oír las preguntas estúpidas de los asistentes, era una buena forma de hacer pasar rápido el día. Claramente seguía prefiriendo salir a misiones y desaparecer unas horas de la faz de la tierra para escribir sus poemas donde nadie iba a encontrarlos jamás, pero por fin comenzaba a acostumbrarse a este nuevo estilo de vida que la arconte dendro le estaba imponiendo.
El viajero venía regularmente de visita, incluso más de lo que a Wanderer le gustaría. Se quedaba unos días, lo seguía como un cachorro perdido por la ciudad y pasaban algo de tiempo de calidad juntos. No porque sintiera algo en particular por él, claro que no (¿cómo demonios iba a ser eso?), sino porque era tan patético que no podía dejarlo solo un momento sin pensar en que pudiera hacer una estupidez.
Esta vez, sin embargo, el viajero estuvo haciendo algunos recados en el desierto y como Wanderer estuvo ocupado en la Academia, no tuvieron muchas oportunidades para verse. Así que esta vez, esperaba llegar al fin de semana con paz y tranquilidad.
O al menos, eso pensaba. Hasta que el viajero apareció debajo de una piedra (o de dónde los dioses saben de dónde) y le preguntó si quería ir a Inazuma con él y Paimon.
Wanderer fue civilizado y lo mandó a la mierda antes de continuar tranquilamente su camino. O mejor eso pensó. Excepto porque después tuvo que escuchar una extensa reprimenda de Buer hablándole de las mil y una razones por las que ir a Inazuma con el viajero y su amiguita insoportable era una buena idea.
Así que ahí estaba, cruzado de brazos y con el excelente humor que le caracterizaba, viendo cómo el viajero le daba palmaditas a su compañera flotante que llevaba unos minutos vomitando por el borde del barco.
—Paimon no volverá a comer ostras… Blueeehhh…
—Estaban en una cubeta y tenían espuma, Paimon… —comentó el viajero, sin terminar de entender cómo era posible que Paimon fuera tan cabezona.
—Fue Hat Guy quien me dijo que eran ostras gratis.
Wanderer los miró en silencio, reprimiendo una sonrisa.
¿Oops?
Nah, en realidad, no sentía un solo gramo de culpa por lo que hizo.
No sería forzado a ir en un viaje contra su voluntad sin dar pelea primero.
—¿Es cierto, Hat Guy? —inquirió el viajero, con una ceja alzada.
Wanderer apartó la mirada, fingiendo estar ofendido.
—No intentes culparme de tus errores, enana. Tú eres la tragona que se comió la cubeta entera.
Paimon intentó quejarse, pero volvió a aferrarse a la barandilla para seguir vomitando.
—Blueeeehhh…
✧✧✧
Cuando llegaron al puerto de Inazuma, Paimon finalmente había dejado de sentirse mal, aunque seguía algo mareada. Wanderer aún la miraba de reojo con una pequeña sonrisa en los labios. El viajero intentaba reprenderlo, pero la situación también parecía divertirlo un poco.
—¡Paimon! —los llamó una voz conocida.
Era Thoma, saludándolos desde lejos con una sonrisa.
Fantástico, otra persona más que venía a fastidiarlos.
Wanderer se quedó cruzado de brazos, apartando la mirada mientras Thoma lo observaba con algo de curiosidad. No era de sorprender, después de todo, era una réplica de la Arconte Electro. No era algo que pudiera ocultar solo con desearlo.
Por eso no quería venir aquí en primer lugar.
No pisaba este lugar desde que obtuvo la gnosis electro. No le traía muy buenos recuerdos.
—¡Thoma! —Paimon se animó inmediatamente—. ¡Cuánto tiempo!
—Escuché que habían llegado y quise venir a saludar. ¿Qué los trae por aquí?
—Un encargo —respondió Aether—. Pero Paimon no se siente muy bien todavía...
Thoma ladeó la cabeza, algo preocupado.
—Oh no, ¿qué pasó?
—Comió ostras con espuma —dijo Wanderer con total seriedad.
Thoma parpadeó varias veces, tratando de no reír.
—Ya veo... eso debe haber sido... desagradable.
—¡Muy desagradable! —se quejó Paimon—. Paimon pasó dos días horribles en ese barco. ¡Dos días!
—Bueno… casualmente iba a preparar una sopa especial hoy. Es excelente para el malestar estomacal. ¿Por qué no vienes conmigo, Paimon? Puedes descansar en la residencia Kamisato mientras ellos se encargan del encargo.
Los ojos de Paimon comenzaron a brillar.
—¿Sopa? ¿De Thoma? ¡Claro que Paimon acepta!
—Pero—
—¡Viajero! Paimon estará bien. Ve a hacer tu trabajo. Además, Thoma hace la mejor comida. ¡Mucho mejor que estar encerrada en una posada aburrida!
—Pero si necesitas algo, o te sientes peor, o—
—La cuidaré bien —prometió él, dándole una palmada tranquilizadora en el hombro—. Pueden ir tranquilos. Además, la señorita Ayaka mencionó que quería saber de sus viajes, Paimon. Estoy seguro de que le encantará tenerte de visita.
—¿Ayaka también estará ahí? —preguntó emocionada—. ¡Entonces definitivamente Paimon va! ¡Puede contarle sobre todos los lugares increíbles que hemos visitado!
—Perfecto. Sígueme entonces.
Paimon se giró hacia Aether.
—No te preocupes tanto, viajero. Paimon es fuerte. Solo necesita comida rica y descanso. ¡Ve a completar el encargo y diviértete un poco!
Y con eso, se fue felizmente con Thoma, ya parloteando sobre todas las aventuras recientes.
Aether se quedó ahí parado, viéndola alejarse, entre preocupado y perdido.
—Vaya. Nunca creí que llegaría el día en que viera al héroe de Teyvat poner cara de cachorro abandonado —comentó Wanderer, divertido.
Aether suspiró y dejó caer los hombros antes de mirarlo con una sonrisa divertida.
—Eres un desgraciado.
Wanderer sonrió con suficiencia antes de comenzar a caminar.
—Vamos. Dijiste que el encargo estaba relacionado con el festival, ¿no? Mientras antes lo terminemos, antes podrás volver a molestar a tu mascota.
—Paimon no es mi mascota —protestó él, alcanzándolo.
—Como digas, viajero.
✧✧✧
El encargo del gremio de aventureros tenía relación con el famoso festival Tanabata Matsuri, conocido como Festival de las estrellas, una festividad muy famosa entre parejas y recién casados.
Wanderer lo conocía bastante bien, ya que ese fue el primer festival al que asistió junto con Raiden Ei cuando aún era solo Kunikuzushi, algo más que solo la marioneta desechada. Aún recordaba perfectamente la boda que se realizó aquel día y lo profundamente conmovido que quedó después de escuchar a la pareja leyendo sus votos. Y también, recordaba la primera mirada de decepción que recibió de su madre cuando vio las lágrimas de emoción acumuladas en sus ojos.
Y luego, fue desechado por sentir demasiado.
Je. Era irónico que justo fuera este tipo de festival. Podía haber sido cualquier otro, cualquier otro tipo de situación, pero… el destino tenía un humor bastante particular. ¿Quién hubiera imaginado que volvería a Inazuma a un festival nupcial después de haber borrado su existencia del mundo?
Podría haberse ido, claro que sí. No era su problema ayudar al viajero a lo que sea que necesitara hacer, pero…
Se fijó en el rubio desvergonzado que hablaba con Katherine, mucho más concentrado y serio de lo realmente debería estar en un ambiente como este.
Idiota.
Claramente necesitaba distraerse. ¿Por qué perdía el tiempo haciendo misiones para otro, si ni siquiera se tomaba el tiempo que necesitaba para descansar un día de su largo viaje?
Si lo dejaba solo, ¿no se pondría a hacer cosas estúpidas por personas estúpidas que no sabían hacer nada por sí mismas hasta la muerte, como siempre hacía?
Hmpf. No tenía de otra, ¿verdad? Alguien tenía que seguirlo para evitar que hiciera alguna estupidez.
En esta ocasión, debían ayudar a Misato, la dueña de una famosa tienda de kimonos nupciales. No estaba especificado el encargo, pero el viajero parecía muy entusiasmado al respecto, así que terminó aceptando la misión a pesar de no conocer todos los detalles.
Las calles estaban adornadas por lazos de tela roja y dorada que colgaban de un poste a otro. También podían ver farolillos de papel de diferentes colores que proyectaban luz sobre los caminos empedrados. A cada lado de las calles había vendedores con puestos donde colgaban tanzaku de colores pastel, unas tiras de papel donde la gente escribía sus deseos.
Había muchos olores familiares (y algo irritantes) a su alrededor. El incienso de sándalo, el aroma dulce de los taiyakis recién hechos… Aromas que no percibía desde hacía cientos de años, pero que recordaba perfectamente bien, como si el tiempo no hubiera pasado del todo. Y claro que no había pasado. Hacía unos años este lugar no era más que el patio de juegos diseñado por una mujer demasiado asustada de su propia mortalidad.
Pero quién era él para juzgar, ¿verdad?
Siguió observando a su alrededor mientras caminaba junto al viajero.
Al fondo, podía visualizarse también un escenario blanco decorado con diferentes tipos de flores, donde probablemente se llevarían a cabo las ceremonias nupciales.
Aether se quedó de pie un momento, mirando a la gran cantidad de parejas vestidas con atuendos tradicionales y bajó la mirada un momento, quizás, pensando en lo mucho que le hubiera gustado a su ruidosa compañera ese tipo de ambiente. A veces era ridículamente transparente. Y muy exasperante.
No sabía si quería ahorcarlo o lanzarle unos cuantos tomates para que dejara de verse como un idiota triste.
—¿Todavía te sientes culpable?
Él asintió.
—... Un poco.
Sí, lo imaginaba. Este idiota estaba acostumbrado a cargar con todo como si fuera su culpa.
—No va a ir a ningún lado. No mientras Thoma le prepare comida.
El viajero sonrió con tristeza.
—Lo sé, es solo que... bueno, Paimon ha estado conmigo desde que desperté. Es raro estar sin ella.
Wanderer lo miró de reojo.
—Pues acostúmbrate por unas horas —dijo, sonando mucho más comprensivo de lo que le hubiera gustado—. No va a desaparecer solo porque no la estás vigilando.
Aether alzó las cejas, bastante sorprendido.
—Supongo que tienes razón.
—Claro que tengo razón —se jactó, cruzándose de brazos—. Además, es su culpa por comer basura.
—¡Tú le dijiste que eran ostras gratis!
—Y ella fue lo suficientemente idiota para creerme. No es mi culpa que sea tan crédula.
—Te odio.
Wanderer sonrió de lado.
—Te lo recordaré cuando me digas que me amas.
Las mejillas de Aether se llenaron de rubor.
—¡Ahg, maldición! No puedo con esto...
El viajero aceleró el paso y Wanderer lo siguió con una sonrisa divertida por el resto del camino.
✧✧✧
Si pudiera escribir un poema ahora, seguramente sería algo como esto:
Ojos dorados,
hojas de otoño al viento.
¿Son tus ojos los que me miran,
o soy yo, quien no puede dejar de reflejarse en ellos?
Si pudiera escribir un poema en estos momentos, probablemente escribiría algo como eso. Quizás, porque ver a Aether le provocaba más cosas de las que era capaz de racionalizar en ese momento. O tal vez, porque pasar tiempo a su lado seguía disminuyendo poco a poco lo que le quedaba de coeficiente intelectual.
La verdad era que estaba a dos segundos de hacer algo estúpido, como quemar la tienda y saltar a algún acantilado para no tener que lidiar con esto.
Pero… ¿por qué?
Pues llegaron a la tienda de kimonos de boda sin mayor problema. Wanderer recorrió el lugar, mirando los kimonos lujosos (cuyos precios seguramente le sacarían los ojos de sus cuencas al viajero y su compañera) mientras Aether hablaba con la animada mujer a cargo.
La comisión era sencilla. La mujer necesitaba a un modelo joven de estatura promedio que pudiera permanecer quieto durante una hora mientras ella probaba diferentes telas y tomaba medidas. Lo que estaba bien, porque no era lo más desquiciado que les había tocado ver antes, pero… El problema surgió cuando la mujer se fijó detenidamente en Wanderer antes de sonreír como si hubiera tenido la idea de su vida. Y fue entonces que la situación se torció ligeramente, por no decir que se jodió por completo.
—¿Qué les parecería probarse los kimonos nupciales y hacerle propaganda a la tienda? Una pareja tan hermosa como ustedes sería perfecta.
—¿Qué…? —preguntó, sin saber si había oído bien.
—¡Nos encantaría ayudar! —interrumpió el viajero con esa sonrisa radiante.
—¡No…! —intentó decir, pero el viajero se acercó a cubrirle la boca.
—Vamos, Murasame… —Wanderer frunció el ceño al escucharlo decir su nombre—. Será divertido.
Lo estaban jodiendo, ¿verdad?
✧✧✧
Pues resulta que efectivamente, Aether permitió que fueran usados como maniquís de mala calidad para modelar como dos idiotas un conjunto nupcial ridículamente caro que los haría terminar en la cárcel si se arruinaba. (O si miraban demasiado al viajero).
El problema fue que la mujer estaba empecinada en que Wanderer usara el shiromuku, es decir, en que tomara el papel de la novia. Y él claramente no estaba dispuesto a usar un kimono blanco por nada en la vida.
—No pienso ponerme esto —protestó, con el ceño fruncido.
Aether le dedicó una sonrisa comprensiva, como si supiera más de lo que realmente le decía.
Hmpf. Idiota.
—¿Qué te parece si usas el negro esta vez? Yo puedo ser la novia.
Esperaba escuchar muchas cosas ese día. Excepto eso.
Sí. Aether tenía el cabello ridículamente largo y llevaba una trenza, y sí, era ridículamente amable, le gustaban los dulces y trataba de ayudar a todo el mundo. Era un estereotipo andante, pero Wanderer lo había visto detalladamente y lo conocía lo suficientemente bien como para saber que no había nada mínimamente femenino en él aparte de eso. Aun así… mentiría si dijera que no tenía alguna expectativa.
Mentiría si no dijera que se moría de ganas por verlo con el kimono nupcial. Aunque moriría antes de admitirlo primero.
Nadie podía enterarse de esto, jamás. O se los llevaría con él al otro lado.
Así fue como Wanderer fue arrastrado por la mujer detrás de un biombo para cambiarse. Cuando salió, llevaba un hakama negro con detalles de flores violetas bordadas en los hombros y mangas. El obi era de un gris oscuro que contrastaba con el resto del conjunto. Le habían peinado el cabello con más esmero del usual y aplicado un sutil maquillaje que acentuaba sus rasgos ya de por sí delicados.
Se sentía ridículo. Al menos, hasta que vio al viajero salir del otro biombo.
Aether llevaba un shiromuku tradicional decorado con flores rojas y doradas, y con un obi rojo con detalles dorados en la cintura. Sobre su cabello iba un velo traslúcido llamado tsunokakushi que habían recogido parcialmente con peinetas ornamentales.
Le habían maquillado las mejillas con un rosa pálido y delineado sus ojos con rojo, y sonreía tímidamente, como si estuviera avergonzado de sí mismo por esta situación.
Naturalmente, Wanderer se quedó congelado en su sitio, mirándolo sin saber cómo respirar.
—¿Me veo muy ridículo?
No supo qué decir. Solo lo miró con los ojos muy abiertos y un ligero rubor en las mejillas.
—¡Te ves encantador, viajero! —se apresuró la mujer orbitando a su alrededor, tomando fotografías con un daguerrotipo—. Si esto no atrae clientes, entonces nada lo hará.
Aether se acercó a él entonces, sin disimular que estaba viéndolo de pies a cabeza y deslizó sus dedos sobre la mejilla rosada de Wanderer.
—Te ves hermoso —murmuró el viajero, con los ojos brillantes.
Ahg, maldición.
—Me veo ridículo —comentó, apartando la mirada.
Aether se acercó un poco más, hasta que su frente quedó pegada a la suya. Wanderer inconscientemente apoyó sus manos en las caderas del viajero, pero no fue capaz de confrontar su mirada.
—Para nada —musitó—. No sabes lo que me haces sentir vestido así.
Sí, lo imaginaba. El viajero podía ser ridículamente transparente con lo que sentía. Por eso no quería mirarlo. Temía lo que se pudiera encontrar cuando lo hiciera.
Aether le acarició la mejilla un poco más antes de apartarse un poco. Entonces, dio una vuelta en su lugar, lo suficientemente lento como para mirarlo descaradamente de pies a cabeza y le dedicó una sonrisa traviesa.
Santa mierda.
—¿Te gusta?
Oh, maldita sea.
Quería tomarlo en sus brazos y llevárselo volando lejos, donde nadie más que él pudiera verlo. Quizás, incluso huir de la policía cuando la mujer los denunciara por robar el conjunto nupcial.
Maldición. Maldición. Maldición.
Lo odiaba todo. Se odiaba a sí mismo por tener esta clase de sentimientos. Y odiaba que Aether parecía saber a la perfección la clase de efecto que su simple existencia le provocaba.
¿Cómo era posible que no pudiera dejar de mirarlo? ¿Cómo era posible que ese bastardo se robara todos sus pensamientos con solo existir?
—Me alegra que te guste —dijo Aether, acercándose un poco—. Podríamos casarnos de verdad si me lo propones ahora.
La encargada rio, completamente encantada.
—¡Son una pareja adorable! —comentó, juntando las manos—. ¿Cuánto tiempo llevan juntos? ¿Piensan unir sus vidas hoy?
Wanderer abrió la boca, pero Aether se adelantó.
—Aún estamos conociéndonos —explicó con una sonrisa—. Hemos pasado mucho tiempo juntos, pero preferimos ir despacio.
Ella asintió varias veces, comprensiva.
—Qué sabios. El amor verdadero no tiene prisa —tomó las manos de Aether entre las suyas—. ¿Puedo pedirles un favor enorme? ¿Podrían usar estos conjuntos durante el festival? Estoy segura de que si alguien tan hermoso como ustedes es visto con esta vestimenta, ¡atraeremos muchísimos más clientes!
El alma de Wanderer abandonó su cuerpo por un momento.
¿Caminar por el festival con Aether vestido así…?
No. Absolutamente no.
O terminaría arrojándose del primer precipicio que viera. O matando a alguien si se atrevía a mirarlos demasiado.
Lo que ocurriera primero. Ya no le importaba nada.
—Por supuesto —respondió el viajero sin dudarlo—. Nos encantaría ayudar.
Nos encantaría, dijo. Como si Wanderer hubiera tenido voz en esto.
✧✧✧
Wanderer quería morir. Literalmente.
Llevaban solo unos minutos recorriendo las calles del festival, largos minutos caminando con la «hermosa novia» colgada de su brazo, como si no hubieran estado a punto de caerse minutos atrás cuando a Aether se le enredaron los pies en su kimono.
El viajero parecía divertirse, y se mantenía aferrado a su brazo como si supiera que de no hacerlo, Wanderer saldría huyendo. Él, por otro lado, lo miraba de vez en cuando por el rabillo del ojo, sin dejar de sorprenderse por lo mucho que le gustaba ver su rostro con un poco de maquillaje.
No era nada exagerado. Solo enfatizaba sus rasgos. Lo hacía ver… hermoso. Etéreo, casi.
Si todas esas personas que los miraran supieran que debajo de esas telas de kimono tan hermosas no había un muchacho delgado y delicado, sino un guerrero fibroso y marcado… ¿se decepcionarían? Mejor si lo hacían. Así solo lo tenía todo para él.
Wanderer abrió los ojos de golpe y se mordió el interior de la boca.
Quiero llevarte lejos,
donde tus ojos se encuentren solo con los míos.
Quiero tomarte de la mano,
y fingir que no es el mejor regalo que me has dado.
Quiero que me toques,
porque eso es lo único que necesito para existir a tu lado.
No. ¿Qué mierda? ¿Acababa de pensar eso? No era posible. Se estaba volviendo loco… a este paso iba a terminar perdiendo la cabeza y matándolos a todos y fingiendo que nunca había vivido nada como esto.
Quizás…
—Lo siento —musitó el viajero, apretando suavemente su brazo, sacándolo de sus pensamientos—. Sé que no te gusta llamar la atención de esta manera.
No era como si importara realmente, porque olvidó todos los ojos posados sobre ambos desde el momento en que Aether se enlazó a su brazo.
Era ridículo, ¿no? En otros tiempos habría odiado completamente la idea de exponerse ante los ojos de los simios. Habría huido antes de que el viajero pudiera arrastrarlo… y ahora… Ni siquiera parecía preocuparle la cantidad insana de personas que los miraban con los ojos abiertos y expresiones maravilladas. Tampoco le molestaba el sonido de la música ni el ruido que provocaban todas esas personas. Era como si solo estuvieran ellos dos dentro de una burbuja que nadie más podía romper. Una que no quería deshacer por nada del mundo.
Solo tú y yo, flotando juntos en un mar de estrellas. Como si nada ni nadie pudiera hacernos daño.
¿Aether se sentiría así también?
—Estoy bien. No me importa —confesó, antes de percatarse de que lo había dicho.
Aether lo miró con esos enormes ojos dorados, ligeramente sorprendido, antes de sonreír.
Wanderer entrecerró los ojos, sintiendo algo incómodo en la boca del estómago, pero decidió ignorarlo.
—Entonces —dijo el viajero con tono juguetón—, ¿qué opinas? ¿Debería ser esta nuestra primera cita oficial?
—¿Cita? —Wanderer alzó una ceja—. ¿Quién dijo que esto es una cita?
—Estamos vestidos como novios, caminando juntos por un festival de matrimonios, tomados del brazo —enumeró Aether—. Si esto no es una cita, no sé qué es.
—Es un encargo.
—Puede ser ambas cosas.
Wanderer frunció el ceño y apartó la mirada, con las mejillas ligeramente rojas.
—Eres insoportable.
—Pero así me quieres, así que tienes que aguantarte.
Sí, maldición. No tenía cómo negarlo.
—Vamos, intentemos disfrutar de nuestra «no-cita». Puede que no tengamos oportunidad de volver a repetirla.
No dijo nada más. Solo se dejó arrastrar por ese estúpido entusiasta hacia el primer lugar que captó su atención.
✧✧✧
Aether tenía un talento ridículo para cualquier clase de juego. No importaba a cuál de ellos se acercaran, siempre terminaba ganando el mejor premio, lo que, naturalmente, hizo que se volvieran una pareja particularmente atractiva para el resto de los presentes, no solo por cómo se veían, sino porque aparte de competir como idiotas en cada juego por el que pasaban, era el novio (y no la novia) quien terminaba con una pila gigantesca de premios y peluches en el brazo.
Habían pasado por unos diez puestos de juegos cuando Wanderer se hartó de su mala suerte y decidió retar a Aether a un juego en el que sabía que tendría la ventaja.
No era como si estuviera perdiendo en realidad, sino que los dos estúpidos eran tan jodidamente competitivos, que el 8-9 se sentía como si estuvieran pisoteándole el orgullo. Sin contar que Aether siempre ganaba el premio más grande incluso cuando era la marioneta quien ganaba la partida.
Porque Wanderer jamás, absolutamente jamás, sería derrotado por ese viajero de pacotilla.
Me desafías,
de la misma forma en la que yo te desafío.
Me provocas,
de la misma forma en la que yo te provoco.
Pero lo que no sabes es que sin importar qué hagas,
sin importar cuánto me jacte,
en realidad, termino cayendo completamente a merced de tu sonrisa.
—¿Cómo dijiste que se llamaba? —preguntó «la novia» mirando con curiosidad el rifle en las manos de Wanderer. Sostenía la gran pila de regalos de Wanderer con diversión.
—Shateki —respondió, acomodándose el rifle al hombro para apuntar al blanco.
Básicamente estaban en un juego de tiro al blanco con rifles de corcho. Wanderer eligió este porque sabía que Aether no tenía experiencia con esta clase de juego ni con armas de fuego, y porque los blancos no eran fijos como en otros juegos, como el de lanzar el aro, sino que se movían tan rápido que era difícil fijarse en ellos si no tenías el ojo bien entrenado.
Wanderer respiró profundamente y se concentró. Tenía diez tiros, y once blancos, tenía que hacerlo bien. Hizo un gesto y entonces, el encargado del puesto encendió los blancos (que parecían onis ridículos) y estos comenzaron a moverse en diferentes patrones. Presionó el gatillo una vez, derribando a dos onis de una sola vez. Aether lo miró con asombro, y se acercó un poco más para ver mejor.
Pasó la segunda bala de corcho y volvió a apuntar. Derribó al tercero, al cuarto, al séptimo. Y luego salió un bonus, el oni más grande y bizarro protegiendo a los otros para evitar que pudiera derribarlos a todos. No bastaba una sola bala para hacerlo caer, así que Wanderer disparó lo que le quedaba apuntando a los sitios estratégicos para debilitarlo hasta que finalmente lo hizo caer, y con él, cayeron el resto de blancos que faltaban.
—Woahhh, eso fue increíble, Wanderer —exclamó Aether, muy sorprendido.
Una pequeña multitud se había reunido para verlos jugar (la misma llena de idiotas que los seguían desde que casi se apuñalaron en el segundo juego) y aplaudieron, muy sorprendidos por su técnica.
Y claro que lo estaban. Wanderer era un experto en este tipo de juegos. Quizás, porque en sus tiempos como Scaramouche disfrutaba dispararle a los blancos que le amarraba a los subordinados que lo sacaban de quicio. Pero nadie tenía que saber esto.
—Tu turno, viajero —repuso él, con una sonrisa suficiente—. Espero que no me decepciones.
—Muy bien —dejó la pila de peluches y premios a un lado y tomó la escopeta, arremangándose el kimono—. Pero tendrás que ayudarme, nunca he usado este tipo de arma antes.
El azabache suspiró.
Bien. Lo ayudaría con tal de que no se excusara de haber perdido por no saber hacerlo bien.
Wanderer se posicionó detrás de Aether, ayudándolo a calzarse la escopeta en el hombro. Se pegó un poco a su espalda y acercó sus labios a su oído para darle mejor las instrucciones.
—Tu ojo debe ir en la mirilla —explicó—. Pero no apuntes directamente al blanco, debes subir un poco más. De lo contrario, el corcho va a caer antes de que logre darle al blanco.
Aether no reaccionó.
—Oye, ¿estás escuchando?
Se fijó entonces en las orejas rojas del viajero y la sonrisa estúpida que tenía en el rostro, así como en los cuchicheos de los espectadores a sus espaldas.
¿Qué carajos?
—Esto es bastante sexy —repuso el viajero, divertido.
¿Sexy? ¿De qué demonios estaba…?
Ah.
Se percató de la posición en la que estaban. Wanderer peligrosamente pegado a la espalda… no, al cuerpo en general de Aether mientras posicionaba sus manos para enseñarle a disparar. Estaban tan cerca que incluso podía sentir el latido del corazón del viajero contra su pecho.
Vaya. ¿En qué momento se acercó tanto a él?
—Podríamos saltarnos la boda e ir directo a la luna de miel —bromeó—. Le pediremos disculpas después a la señora Misato.
El rostro de Wanderer se puso completamente rojo y se apartó rápidamente. La pequeña multitud comenzó a reír.
¡¿Cómo demonios se atrevía a insinuar semejante barbaridad…?! ¡Ahhhh…!
—Voy a matarte.
—Lo que te haga feliz, cariñito.
Mierda.
¿Este idiota no podía dejar de ser un insufrible solo por un momento?
Aether se posicionó adecuadamente, con una sonrisa aún más estúpida en el rostro y con una seguridad que lo hizo replantearse el siquiera haber pensado en ayudarlo. Entonces, el vendedor puso a funcionar los blancos.
Falló el primer tiro, ya que hizo justamente lo que Wanderer le dijo que no hiciera, apuntar directamente al blanco. Pero para el segundo, parecía tener unos diez años de experiencia disparando. Maldita sea, ¿por qué tenía que ser tan estúpidamente talentoso para todo? Quería meter su cabeza en el barro y dejarlo ahí un rato, hasta borrar esa patética sonrisa. Seguro que con eso lograba lo que quería, pero le daría excusas a Aether para declarar que él no era capaz de ganar sin hacer trampas.
Disparó el cuarto y botó tres a la vez. Para cuando apareció el oni ridículo, le quedaban suficientes tiros para derribarlo y Wanderer comenzó a pensar seriamente en destruir el juego. Excepto porque, claro, el viajero estornudó sin poder evitarlo justo cuando iba a hacer el último tiro. Y eso fue una jodida maravilla, porque significaba que Wanderer había ganado.
—Es una pena, viajero. Y yo que empezaba a creer que tenías talento —se burló, mientras el vendedor le entregaba un gato negro. Uno sospechosamente parecido a él.
Aether miró el peluche, ignorando completamente la provocación y lo sostuvo alto para comparar su rostro con el del «novio», genuinamente sorprendido.
—Oh. Creo que perder valió completamente la pena —comentó, completamente extasiado—. Es igual a ti.
Nononono. ¿Por qué se veía tan feliz, si acababa de perder? Estaban 9-9, debería querer aplastarlo en el próximo juego. ¿Por qué parecía disfrutarlo más que cuando ganaba?
—No seas imbécil. Es un puto gato de peluche.
—No sabría identificar cuál de los dos es el de verdad —siguió molestando, alternando la mirada entre los dos.
¿De qué demonios estaba hablando este idiota?
—¿Haa? ¿Me estás jodiendo? ¿Quieres que te golpee?
Aether sonrió de lado.
—No deberías ofrecerle golpes a tu futura esposa —le reprendió una anciana del público, mirándola con desaprobación.
Ugh. Lo que le faltaba, una acusación de violencia intrafamiliar.
—No se preocupe por mí, señora. Sé defenderme perfectamente de este gato gruñón —comentó, alzando el brazo con un puño al aire, y apoyando su otra mano sobre sus bíceps.
✧✧✧
Regalaron el resto de los premios a los niños y a algunas de las parejas que recorrían el festival, porque no les servía de nada estar cargando semejante cantidad de basura en sus brazos. Aether solo quiso conservar el gato negro de peluche y Wanderer se quedó con un pequeño peluche de pajarito amarillo con la excusa de que se veía tan estúpido como el viajero. Siguieron recorriendo el festival, esta vez alejados de los juegos, antes de que terminaran sacándole un ojo a alguien, y siguieron concentrados en promocionar la tienda de kimonos.
Esta vez, Aether no pudo apartar la mirada de un pequeño templo, donde había parejas reunidas escribiendo cosas sobre unas tiras de papel de colores.
Ah, eso. Sí, parecía ser algo que le llamaría la atención a él.
—¿Qué están haciendo, Wanderer? —preguntó, rodeando su brazo un poco más fuerte.
—Tanzaku.
—¿Ten-zucu?
Negó con la cabeza.
—Tan-zaku —corrigió—. Las personas escriben sus deseos en esos papeles de colores en el festival de Tanabata.
Aether lo miró con curiosidad.
—Oh, sabes mucho sobre esto.
Claro que lo hacía. Este festival era algo que nunca pudo olvidar, por más que lo quisiera.
—Nací aquí, ¿lo olvidas? —cuestionó, como si fuera obvio.
El viajero sonrió con tristeza.
—Jamás podría olvidarlo —musitó.
El pasado vuelve,
no importa cuántas veces,
intente ahuyentarlo.
Sus ojos violetas aún me persiguen,
y su rechazo sigue quemando,
aunque no me recuerda,
aunque para ella ya no existo.
Puede que nunca deje de doler del todo.
—Escribamos algo —propuso, con los ojos brillantes.
Wanderer lo miró por el rabillo del ojo, pensando en rechazarlo y llevarlo para otro lado, decirle que era algo estúpido y sin sentido, porque no existía nada que asegurara que se cumplirían sus deseos, pero… Quizás no era una mala idea después de todo.
—Bien. Pero si escribes algo estúpido, me iré.
—Hecho —asintió, divertido.
Compraron dos tiras de papel, uno azul pastel y uno amarillo pálido. Aether tomó el azul sin preguntarle y fue a escribir a un lado, donde Wanderer no pudiera espiarlo. La marioneta se quedó mirando unos segundos su papel, con el pincel suspendido a medio camino.
Esta era la segunda vez que rellenaba uno. La primera vez fue en compañía de su madre, cuando aún era solo una marioneta que quería ser amada. Yae le había entregado un tanzaku de color violeta, y le guiñó un ojo.
Escribe un deseo secreto. Algo que no quieras que nadie más sepa, dijo en aquel entonces.
Kunikuzushi había escrito algo sencillo con las mejillas rojas y unos feos trazos temblorosos.
[Deseo que madre viva una vida larga y plena, llena de felicidad]
Wanderer apretó los labios.
Ingenuo, ¿no? Sus primeros deseos siempre fueron para ella. Ser amado, verla feliz, estar a su lado el resto de su vida… Porque esa era la dicha de un hijo, ¿no es así? Estaba seguro de que no había nadie que no deseara ser amado por sus padres, seguro de que no había nadie que no quisiera convertirse en un orgullo para ellos.
Pero… Había deseos imposibles, cosas que ni siquiera los dioses podían cumplir. Y no culpaba a Kunikuzushi por haber sido un ingenuo. Jamás podría culparlo por desear algo más que la indiferencia de la diosa que debió haberlo amado. Quizás, porque negarse a sí mismo, porque odiar a esa versión torpe y rota de sí mismo solo hacía que los recuerdos dolieran más de lo que deberían.
Pero… Eso era una parte del pasado. Ya no era Scaramouche, el que quería convertirse en Dios, tampoco Kunikuzushi, el que solo quería ser amado por Raiden Ei. Ahora solo era él. Wanderer, Hat Guy, cualquiera que fuera el nombre ridículo por el que quisieran llamarlo.
Ahora, solo era lluvia de otoño.
El nombre que tú me diste.
Tomó el pincel, pensando en un deseo. No algo estúpido que no pudiera ser cumplido, sino el algo que él pudiera cumplir con sus propias manos. O quizás, algo que alguien más pudiera hacer por él. No los Dioses, ni algún extraño que se atreviera a leer su deseo. Quizás, alguien como Aether.
Estoy aquí,
una vez más,
los recuerdos pesan,
pero ya no duelen más.
Porque esta vez, no estoy solo.
Estoy aquí, contigo.
Miró el papel con una sonrisa torcida.
Dime,
esta vez, solo esta vez,
¿puedo pedir que seas tú quien se quede a mi lado?
—Quinientos años, y esta es la primera vez que pides algo sincero para ti mismo —musitó, divertido.
Yae Miko se reiría si pudiera leerlo. Quizás, incluso le diría algo como «fufu, tardaste demasiado, ¿no te parece, pequeño Kuni?».
Y tendría que darle toda la razón. Tuvo que pasar por tanta mierda solo para poder llegar a este punto. Solo para poder pararse en el punto donde sus infortunios comenzaron y poder dejar ir el peso más grande de su corazón. Solo para poder mirar con otros ojos a la persona que lo hacía desear vivir en este mundo jodido un poco más.
Eres tan estúpido, Murasame.
Y aun así…
Click.
Wanderer parpadeó un momento, mirando con incredulidad al viajero, que sostenía el daguerrotipo con una expresión cómplice en el rostro.
—Oh.
—¿Oh? ¿Eso es todo lo que vas a decir, idiota? —cuestionó—. ¿Qué demonios acabas de hacer?
Sus mejillas se llenaron de rubor un momento.
—Te ves muy hermoso escribiendo, así que no pude evitarlo.
Lo miró con los ojos azules muy abiertos.
—¿Esa es tu excusa?
La «novia» se encogió de hombros.
—Lo siento, pero te ves muy sexy así. Me encanta verte escribir.
¿Otra vez usando ese término? No, un momento…
¿«Me encanta verte escribir»? ¿Eso significa que iba a tenderse a su lado cuando se escapaba de la sociedad solo porque le parecía sexy verlo escribir?
No jodas. Esa no podía ser la única razón, ¿verdad?
Wanderer dejó el pincel a un lado y se pasó la mano por el rostro.
Maldita sea.
—¿Por qué sigo perdiendo el tiempo contigo?
—Porque me amas. Mucho.
Suspiró. Siempre era lo mismo con él.
—¿Y bien? ¿Escribiste algo? —cambió de tema, antes de terminar de volverse loco.
Aether asintió varias veces, entregándole el papel. Estaba escrito en un idioma que no lograba leer, probablemente su idioma natal. Bien, porque Wanderer también escribió el suyo con un idioma que ese entrometido no podría leer.
—¿Qué hacemos con ellos ahora? ¿Quemarlos?
—No seas imbécil —lo reprendió—. Tenemos que amarrarlos en los árboles.
—Oh.
Rodó los ojos.
Pasaron la siguiente media hora buscando el lugar adecuado para colgar sus deseos, hasta que Aether se decidió por unas ramas ridículamente altas que no alcanzaban en condiciones normales. Wanderer pensó en activar su visión y volar para amarrarlas, pero lo tomó de la muñeca y negó, muy seriamente.
—Arruinarás la ropa —le recordó.
Sí, maldición. Había olvidado eso. Y estos kimonos eran tan ridículamente caros que terminarían siendo esclavos por el resto de su vida para pagarlos.
—Yo te subiré para que los amarres.
—Jódete. Esta solo es otra de tus estúpidas excusas para tocarme.
Aether se cruzó de brazos, fingiendo estar indignado.
—¿Cómo puedes pensar tan mal de mí? —protestó—. ¡Jamás haría algo como eso!
Sí, cómo no. Como si no lo conociera bien.
—Cállate. Yo te subiré, así no tocarás nada raro, bastardo.
Aether infló una mejilla e hizo un puchero, aún un poco molesto.
—Pero podemos quemar los papeles si todavía insistes.
—¡Lo haré! ¡Lo haré! —exclamó—. ¡No las quemes!
Así que ahí estaban, con Wanderer con la novia sentada al hombro, bien afianzado, con el hermoso kimono nupcial (aún impecable, de milagro) mientras se estiraba para atar los papeles en la rama que quería.
Aether frunció el ceño, ridículamente concentrado. Y soltó un suspiro de alivio cuando finalmente terminó de amarrarlo.
—¡Listo, puedes bajarme!
Lo regresó al suelo con cuidado y mantuvo sus manos sobre sus caderas un momento antes de soltarlo del todo.
—¡Buen trabajo, Murasame! Somos un gran equipo.
Wanderer desvió la mirada.
—Hmpf. No digas estupideces.
✧✧✧
La siguiente parada no estaba dentro de los planes de ninguno de los dos. O tal vez sí lo estuvo desde el inicio, solo que Wanderer no lo había considerado.
Recorrían el resto del festival cuando les llegó el aroma de los diferentes puestos de comida distribuidos más allá. Aether frunció el ceño, justo cuando su estómago comenzó a sonar y se acarició el estómago.
—Tengo hambre —se quejó.
—Lo noté.
—¿Qué puedo comer sin arruinar el kimono?
—Solo agua.
—No seas bastardo.
Wanderer sonrió de lado.
—Vamos, te llevaré a comer algo que te gustará.
Así que ahí estaban, otra vez, con Aether peligrosamente cerca mirando cómo el cocinero vertía la mezcla de masa con pulpo en los moldes metálicos calientes.
—Nunca he comido takoyaki —comentó, demasiado interesado para su propio bien.
—Oh, ¿es su primera vez, señorita?
Aether no se molestó en corregir el malentendido. Claro que no. El bastardo estaba disfrutando demasiado de esto.
—Sí, no estoy muy familiarizado con la comida de Inazuma.
Probablemente porque la última vez que estuvo aquí, fue un fugitivo, ¿verdad, viajero?
—Entonces la primera orden va por mi cuenta, como regalo de bodas.
—No estamos casa… —intentó corregir.
—¡Muchas gracias! —interrumpió Aether, con una sonrisa gigante—. Mi prometido es muy afortunado, ¿no cree?
Wanderer lo fulminó con la mirada, pero no intentó decir nada más. No había forma de ganar contra él ahora, ¿verdad?
Terminaron con dos porciones de takoyaki (aunque Wanderer no planeaba comer nada) y se instalaron en un mirador en lo alto a comer. Aether pinchó la primera bolita frita con ojos brillantes y se la llevó a los labios, sin soplar primero.
—Espera a que se enfríe o te quemarás, idiota.
Aether lo ignoró y se metió el takoyaki a la boca de todas formas.
—Ayy…
Wanderer le acercó una servilleta y le limpió la boca.
—Te lo dije, ¿no? Eres un desastre.
Seguramente todos sus admiradores se decepcionarían si vieran a su todopoderoso y seguro viajero así, tomando agua después de haberse quemado la lengua con un takoyaki caliente.
Wanderer no estaba seguro de qué era lo que le atraía de este desastre en primer lugar. Quizás solo estaba bajo el efecto de las drogas cuando lo veía. Sí, seguramente era eso, ¿verdad?
Aether dejó a un lado el takoyaki mientras esperaba a que se enfriara y apoyó descaradamente su frente en el hombro de Wanderer. Él solo suspiró, sin fuerzas para apartarlo esta vez.
—¿Qué ocurre?
—Nada. Solo quiero descansar un poco.
—Vaya. No imaginé que solo esto sería suficiente para agotar al todopoderoso viajero.
Aether rio en voz baja.
—Es la primera vez que tengo una cita con alguien que me gusta tanto.
Wanderer apartó la mirada, sintiendo el rubor subiendo a sus mejillas.
—No es una cita —corrigió—. Pero… también es mi primera vez.
El rubio entrecerró los ojos.
—Se nota. Eres pésimo para ser caballeroso —se quejó—. Yo seré el novio la próxima vez.
—Tienes mucha confianza en ti mismo, bastardo —lo retó, con una sonrisa sarcástica—. ¿Qué te hace creer que habrá una segunda vez?
El rubio buscó su mano, y deslizó sus dedos entre los suyos.
—Porque te estás divirtiendo mucho —explicó, jugando con sus dedos—. Jamás te había escuchado reír y maldecir tanto.
—Estás alucinando.
Pero sí, por más que quisiera negarlo, sí, se divirtió. Mucho. Quizás demasiado. ¿Debería hacer algo malo para balancearlo?
No, probablemente arruinaría los kimonos. No quería pasar más tiempo del necesario con eso puesto.
—No creo. A menos que le pusieras algo a mi algodón de azúcar cuando empezamos.
Wanderer sonrió de lado.
—Tal vez sí, tal vez no. Quién sabe.
Aether se levantó ligeramente de su hombro, y rozó su mejilla con la nariz, con los ojos entrecerrados y las mejillas rojas.
—Oye, Murasame…
—¿Qué…?
Aether se movió rápidamente, acorralando a Wanderer de espaldas contra el mirador.
—¿Puedo besarte? Me muero de ganas de hacerlo.
El azabache desvió la mirada, con las mejillas más rojas.
No era la primera vez que se besaban. Lo hacían de vez en cuando, cuando él y el viajero se veían en Sumeru. No era algo que ocurriera siempre, no porque no les gustara hacerlo, sino porque a veces no era necesario intimar de esa forma. Y también porque Wanderer no sabía cómo seguir existiendo después de que se besaban, así que el viajero era cuidadoso. Probablemente porque podía tener reacciones algo intensas si no le avisaba que iba a hacerlo.
—No deberías preguntarme eso.
—¿Entonces puedo solo hacerlo? Estoy seguro de que me golpearías si no pregunto.
Lo golpearía de todos modos si se atrevía a intentarlo. Pero… ¿qué más daba?
Wanderer exhaló suavemente.
—Haz lo que quieras.
Aether sonrió de lado, y acercó su mano a su mejilla, deslizando su pulgar suavemente.
—¿Seguro?
—Hazlo antes de que me arrepienta de no golpearte.
Wanderer cerró los ojos entonces y se quedó esperando. Quizás, porque no soportaba la mirada intensa que Aether le daba cada vez que intentaban besarse. O tal vez, porque no quería que el viajero notara la anticipación reflejada en sus propios ojos azules.
No quería que supiera lo mucho que deseaba esto.
Sus manos temblaron cuando el viajero se acercó más a él, y se obligó a contener la respiración. Quería esto. Esta vez sí, estaba listo para aceptarlo.
El pulgar del rubio se deslizó por su mejilla. Wanderer tembló ligeramente.
Aether estaba cerca, tan jodidamente cerca… y cuando sus labios estuvieron a punto de rozarse…
Crack.
La barandilla de madera del mirador cedió bajo el peso de ambos, y terminaron cayendo cerro abajo, directamente a un riachuelo.
✧✧✧
Las estrellas brillan sobre nuestras cabezas,
el universo nos mira,
pero yo solo puedo verte a ti.
La primera reacción de ambos fue mirarse con los ojos muy abiertos.
—Los kimonos…
Aether tenía el kimono empapado de agua y de barro. Wanderer no estaba en mejor estado, pero al menos, el suyo era negro así que no estaba completamente arruinado. Aun así, la cagaron. La dueña iba a matarlos, o peor, a tenerlos trabajando como perros el resto de sus vidas.
—Mierda, estamos jodidos —musitó, sin salir de su asombro.
Se suponía que iba a ser un paseo inofensivo. ¿Por qué este tipo de cosas siempre pasaba cuando estaban juntos?
¿No podían pasar una hora en paz sin que algo estúpido sucediera?
—Pfff… —Aether se cubrió los labios, intentando contener su risa. Wanderer lo miró, sin saber qué hacer, antes de comenzar a reír también.
Esto era tan estúpido…
¿Cómo es posible que todo sea más divertido cuando estás a mi lado?
¿Cómo debería sentirme, cuando me miras con esos ojos brillantes, y esa hermosa sonrisa?
Como si este, justo este, fuera el lugar en el que quieres estar.
—A la mierda todo —fue lo único que dijo Aether, antes de impulsarse y derribarlo contra la orilla del riachuelo.
—¡Oye…! ¡¿Qué demonios crees que estás…?!
Sus labios se posaron sobre los del azabache antes de que pudiera entender lo que estaba sucediendo. Wanderer se tensó, completamente sorprendido y estiró los brazos, sin saber qué hacer con ellos, antes de aferrarse a los hombros del kimono mojado del viajero.
Aether entonces profundizó el beso, aprovechándose de su confusión y se acomodó mejor sobre su cuerpo, de modo que no quedara nada de espacio entre ellos.
—Te quiero, Murasame —musitó, separándose un poco.
Wanderer cerró los ojos y hundió los dedos en el cabello del viajero, tirando de él para que volviera a besarlo.
Las estrellas brillan sobre nuestras cabezas.
El universo nos mira,
pero yo solo puedo verte a tí.
✧✧✧
Regresaron a la tienda completamente empapados y cubiertos de barro. Algunas personas los miraban horrorizados, como si hubieran sido asaltados por oni en el bosque y solo estuvieran viendo sus cadáveres.
Aether lo llevaba de la mano y lo guiaba entre las multitudes, porque su mente estaba en modo cortocircuito y la velocidad de sus pensamientos se redujo después de haberse besado casi por una hora en el riachuelo. No le sorprendería descubrir que se le había fundido el cerebro tras todo eso. Y siendo sincero, ya poco le importaba. Solo quería regresar, ponerse sus ropas de siempre y esconder su cabeza dentro de un agujero. O simplemente llegar a un lugar privado y escribir en su cuaderno todos los poemas que formuló en su cabeza durante el día.
Si tuviera un corazón, estoy seguro de que latiría muy rápido cuando estamos juntos.
Porque… no existe nadie que me haga sentir una ínfima parte de lo que tú me haces sentir.
Aun así, no pienso perder ante ti.
La mujer, Misato, los vio llegar con los ojos muy abiertos, antes de comenzar a reír también. No solo eran un desastre, sino que se veían como dos niños que sabían que serían reprendidos por hacer travesuras. Y por si no fuera poco… Wanderer tenía el rostro lleno de lápiz labial rosado, con marcas de besos que no podían disimularse por más que quisiera.
—¿Se divirtieron? —preguntó ella.
Ambos se miraron en silencio, sin saber muy bien qué decir.
Sí, se divirtieron, mucho. A pesar de saber que ahora tendrían que pagar una fortuna por los hermosos kimonos nupciales que acababan de arruinar.
—Lo sentimos mucho, señora Misato —se adelantó el viajero, avergonzado.
—Oh, ¿lo dices por los kimonos? No se preocupen. Estos son baratos. Son los de muestra que se prueban los clientes.
¿Qué?
—No creían que los dejaría ir al festival con una tela tan cara, ¿verdad?
Aether soltó un largo suspiro de alivio. Y Wanderer se pasó una mano por el rostro, estresado.
Por supuesto que no, ¿verdad?
Hubiera sido muy estúpido confiar algo tan costoso a dos completos extraños, así que eso solo significaba que perdieron todas estas horas de sus vidas preocupándose por algo tan insignificante.
—Vamos, les tomaré una foto para que recuerden el festival.
Aether tiró de él para posar, y Wanderer solo pudo mirar la cámara con mala cara.
✧✧✧
La velada terminó con ellos en sus atuendos originales, con los cabellos asquerosos y con Wanderer aún con el rostro lleno de besos de lápiz labial rosado.
—¡Muchas gracias por todo! ¡Espero volver a verlos el próximo año! —fue lo último que les dijo Misato, agitando la mano, después de entregarles el pago acordado.
Regresaron a la residencia Kamisato a buscar a Paimon, tomados de las manos. El viajero llevaba una sonrisa estúpida y satisfecha en los labios. Wanderer, por otro lado, iba con el ceño fruncido y con los dedos crispados sobre los del rubio.
Quería matarse. O matar a alguien. Lo que ocurriera primero.
—No volveré a salir a ningún lado contigo —repuso, cruzándose de brazos.
Pero Aether no pudo responder, porque Paimon apareció volando, con un tazón gigante en las manos, seguida de Thoma y Ayaka, quienes los miraron con los ojos muy abiertos.
—AHH, ¡¿QUÉ LES PASÓ?! —cuestionó la albina, incapaz de creer lo que estaba viendo.
—Viajero, ¿se encuentran bien? —preguntó Thoma, conteniendo una risa.
Ayaka se cubrió la boca con ambas manos, con las mejillas ligeramente sonrosadas al notar las marcas de besos en el rostro y el cuello de Wanderer.
Claramente no, no estaban bien.
—No preguntes —respondió, cruzándose de brazos.
Aether sonrió de lado.
—Tuvimos una cita en el festival —confesó, divertido.
—¡¿Qué clase de cita termina con ustedes dos golpeados y llenos de barro?! —preguntó, horrorizada—. ¿Qué es eso que tiene Wanderer en la cara? ¿Lápiz labial?
Thoma tosió para disimular su risa. Ayaka los miró, sonriendo con ternura.
—Parece que fue una… cita memorable —comentó ella, divertida.
—Es todo. Me voy —dijo, incapaz de tolerar un minuto más. No toleraría otra humillación.
—¡Ah! ¡Wanderer, no te vayas!
Ignoró sus gritos y se internó en el bosque con las mejillas rojas, intentando reprimir una sonrisa.
Fue una no cita horrible. Probablemente la peor que tendrían. Pero… No cambiaría nada de esto. Ni una sola cosa.
Volví al lugar donde todo comenzó,
donde fui abandonado,
donde entendí que mi deseo jamás iba a hacerse realidad.
Pero…
Esta vez, no pedí un deseo imposible.
Porque tú, idiota entrometido, acabas de hacerlo realidad.
Pero nunca iba a saberlo, por supuesto. Porque prefería matarlo antes que confesar algo tan vergonzoso. De otro modo, no sería él, ¿verdad?
