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Primera vez que damos amor

Chapter 7

Summary:

Yo no creí que fuera verdad ese rumor que cuando uno empezaba a subir un fanfic en Ao3 le pasaban cosas extrañas a los autores, pero si, efectivamente desde que empecé a publicar la universidad me ha dejado tan ocupada.

Les pido una disculpa por la demora, les juro que ya no demoraré tanto.

Muchas gracias por el apoyo, los kudos y sus lindos comentarios.

Chapter Text

Tweek quedó paralizado por un segundo. El chirrido constante de sus propios pensamientos, se apagó de golpe, reemplazado por el sonido del sollozo de Craig. Era un sonido pequeño, pero en esa habitación se sentía como un terremoto.

—Craig... —susurró Tweek. Sus manos buscaron instintivamente los botones de su camisa para darles tirones, pero se detuvo a mitad de camino.

Vio la espalda de Craig encorvada, esa armadura que siempre llevaba puesta se había hecho añicos frente a la jaula. Tweek se acercó con pasos inseguros, pero constantes. Se arrodilló al lado de Craig, ignorando el frío del suelo. 

—No te escondas —dijo Tweek, y su voz no tembló tanto como de costumbre. Estiró una mano y, con una delicadeza que no sabía que poseía, rodeó los hombros de Craig—. Estoy aquí. Gaaah... estoy aquí, cariño. 

La última palabra había temblado en su boca, pocas veces había tenido el coraje de llamar cariñosamente a su novio, pero decidió intentarlo con el pensamiento de que el pelinegro podría necesitar un poco más de amor en estos momentos.

Craig no se apartó. Al contrario, se dejó inclinar hacia el cuerpo de Tweek, escondiendo el rostro en el hueco de su cuello. Tweek sintió la humedad de las lágrimas de Craig contra su piel, y lejos de sentir asco, sintió una carga eléctrica de nerviosismo. Su cuerpo flaco era en ese momento el único refugio de la persona más fuerte que conoció.

Cuando Tweek lo rodeó con sus brazos, Craig experimentó una disonancia casi dolorosa. Siempre había sido él quien protegía a Tweek de los ruidos, de la gente, de sus propias crisis. Sentir el cuerpo de Tweek, tan delgado y vibrante de energía nerviosa, sosteniendo su peso, le provocó un vértigo insoportable.

¿Cómo puede ser él quien me sostiene ahora? , se preguntó, mientras escondía el rostro en el cuello de Tweek.

El olor de Tweek —esa mezcla de café amargo, detergente barato y vainilla— fue lo único que evitó que Craig se perdiera en el pánico. Por un segundo, la voz de Tweek resonó en su mente: "Puro hueso y nervios". Craig apretó los dientes. Si Tweek supiera que esos huesos eran lo único que evitaba que Craig se cayera al suelo. Si supiera que esos nervios eran la única fuente de calor en una habitación que se había vuelto un bloque de hielo.

—La gente dirá que solo es un cobayo, ¿verdad? —logró articular Craig con la voz rota—. Pero es... era lo único que siempre estaba ahí cuando todo lo demás era un caos.

He tenido a Stripe desde que todo esto empezó , pensó, y la imagen del pequeño cobayo royendo una lechuga en los días más solitarios de su infancia le tocaba el pecho. Stripe no juzgaba su silencio, ni su cinismo, ni su incapacidad para encajar en las expectativas de sus padres. Si Stripe moría, Craig sintió que el hilo que lo conectaba con su versión más pura —aquella que no necesitaba pretendiente que nada le importaba— se cortaría para siempre.

Tweek presionó el agarre. Sabía lo que era sentir un caos.

—Stripe sabe que lo quieres, Craig. Lo sabe —Tweek empezó a acariciar el cabello oscuro de su novio, tratando de calmar ese temblor que ahora le pertenece a ambos—. Vamos a... vamos a cuidarlo hasta el final, ¿sí? No tienes que hacerlo solo. Yo... yo puedo ser fuerte por los dos hoy.

Al escuchar a Tweek decir que él "podía ser fuerte por los dos", algo pasó finalmente en el pecho de Craig. No fue un colapso de debilidad, sino de rendición. Por primera vez en su vida, Craig Tucker aceptó de verdad que no tenía que ser el soporte de carga de todo el mundo. Dejó de luchar contra la humedad en sus ojos y permitió que su frente descansara pesadamente contra el hombro de Tweek, reconociendo en silencio que la "fragilidad" de su novio era, en realidad, una resistencia mucho más feroz que su propia indiferencia fingida.

—He tenido un Stripe desde que todo esto empezó —susurró Craig—. Él estaba ahí cuando no sabía cómo hablarte. Él estaba ahí cuando Cartman nos obligaba a pelear. Si él se va... siento que se lleva la última parte de cuando las cosas eran simples.

Algo en el cerebro de Tweek hizo un "clic". Por primera vez, el ruido de sus propios miedos se apagó para dejar espacio al dolor de alguien más.

—Craig —dijo Tweek, acercándose con una calma que no sabía que poseía—. Mírame.

Craig levantó la vista y Tweek vio por primera vez una vulnerabilidad tan absoluta que le dolió el pecho. Tweek le acunó la cara con sus manos temblorosas.

—Sea lo que sea que pase, estaráé aquí—murmuró Tweek en su oído—. No voy a dejar que te desmorones solo.

La noche cayó sobre South Park con un frío metálico, pero dentro de la habitación de Craig, el aire estaba estancado. Habían movido la jaula de Stripe cerca de la cama, sobre la mesa de noche, para que Craig pudiera escuchar su respiración errática sin tener que levantarse. Pasaron horas en silencio. Tweek, quien usualmente no podía quedarse quieto cinco minutos, permaneció inmóvil, dejando que Craig escondiera el rostro en su hombro. Tweek acariciaba el cabello de Craig rítmicamente, el mismo gesto que Craig solía hacer con él.

—Craig... t-tienes que descansar un poco —susurró Tweek, jugueteando con el dobladillo de su camiseta—. Yo me quedo despierto. Puedo... ¡GAAAH! ¡Puedo vigilarlo! Sabe que no duermo mucho de todas las formas.

Craig no desvió la vista de Stripe, pero expandió su cuerpo deteniendo a Tweek cuando sintió que este se levantaba de su lado.

—No te vayas —pidió Craig. Su voz sonaba plana, agotada—. Solo... acuéstate conmigo. Por favor.

Tweek tragó saliva. El pánico le subió por la garganta. Estar bajo las sábanas significaba proximidad total. Significaba que Craig sentiría cada una de sus costillas, sus hombros puntiagudos, la falta de esa "suavidad" que Cartman decía que Craig buscaba. Con manos torpes, se quitó los zapatos y se deslizó bajo la manta pesada, manteniendo una distancia prudente.

Pero Craig no quería distanciarse.

Casi de inmediato, el pelinegro se dejó caer de lado, buscando el cuerpo de Tweek como un náufrago busca una balsa. Pasó un brazo pesado por la cintura de Tweek y escondió el rostro en su pecho, justo encima del corazón que latía a mil por hora.

—Tweek, estás demasiado lejos —murmuró Craig, tirando de él para pegarlo a su cuerpo.

—Es que... ¡GAAAH! Craig, soy muy... soy muy incómodo —soltó Tweek en un susurro desesperado, cerrando los ojos con fuerza—. Soy puro hueso, te vas a lastimar si te apoyas en mí. No soy... no soy como esas chicas de las revistas, no soy suave, soy todo nudos y...

Craig interrumpió su verborrea apretándolo más fuerte. No era un abrazo romántico de película; era un agarre de supervivencia.

—Cállate —dijo Craig, y aunque la palabra era brusca, el tono era de una ternura desgarradora—. Tú eres lo que me mantiene aquí, Tweek. Tu corazón va tan rápido que me recuerda que todavía hay algo vivo en esta habitación.

Craig movió la mano, trazando sin querer la línea de las costillas de Tweek a través de la fina tela de la camisa. Tweek se tensó, esperando el comentario de desprecio, el momento en que Craig se diera cuenta de que "no era suficiente". Pero Craig solo suspir, relajando los msculos de la cara por primera vez en todo el da.

—Hablamos de esto en la tarde, Tweek —continuó Craig, con la voz cada vez más baja por el cansancio—. Quiero esto. Quiero sentir que estás aquí, aunque vibre, aunque pellizca. Eres lo único que es real ahora mismo. No me sueltes.

Tweek sintió cómo se le llenaban los ojos de lágrimas. Por primera vez, no eran lágrimas de terror, sino de una comprensión abrumadora. Craig no lo quería a pesar de sus nervios; lo quería con ellos. Lentamente, Tweek dejó de pelear contra su propio cuerpo. Rodeó la cabeza de Craig con sus brazos, permitiendo que sus dedos se enredaran en su cabello, y por esa noche, el "cable pelado" y el "chico de hielo" se convirtió en un solo nudo de resistencia contra el dolor que acechaba en la jaula de al lado.

 

— — — — —  

 

 

El amanecer en South Park siempre tiene un tono azulado y cruel, pero dentro de la habitación, la luz que se filtraba por las cortinas era de un gris estancado. Stripe siguió allí, luchando en silencio, y ese peso en el ambiente fue lo que finalmente rompió el último muro entre ellos.

Tweek sintió la mandíbula de Craig apoyada en su pecho. Podía contar cada una de sus propias costillas por la presión del brazo de Craig, y la autoconciencia lo estaba devorando. 

Craig levantó la cabeza. Sus ojos estaban inyectados en sangre, no solo por la falta de sueño, sino por el agotamiento emocional de quien ha pasado la noche velando una muerte inminente. Miró a Tweek, y por un segundo, la máscara de "chico rudo" desapareció por completo. 

Solo estaban ellos. Dos chicos rotos en una cama desordenada.

—Tweek —susurró Craig, su aliento olía a café frío ya ese cansancio amargo que se queda en la lengua—. Sé lo que estás pensando, cálmate. 

—¿Qué? Ahora puedes leer mentes — Craig lo miró sin expresión alguna, a lo qué el rubio río nervioso — Es que... ¡GAAAH! ¡No sé cómo hacerlo bien, Craig! —confesó Tweek, y sus labios temblaron, secos y agrietados por el tic de morderse—. No sé ser... lo que se supone que un novio es. Soy puro desastre.

Craig se quedó mirándolo, con los ojos fijos en los de Tweek, pero su mirada no era la de siempre. No era el Craig desafiando que le levantaba el dedo medio al mundo; Era un chico que se estaba ahogando en su propia habitación y acababa de encontrar una burbuja de aire.

—Tweek —susurró, y su voz se quebró justo en el medio de su nombre. Craig soltó un suspiro tembloroso y cerró los ojos, dejando que su frente cayera contra el hombro de Tweek.

—Por favor —murmuró Craig contra su piel. El sonido fue tan bajo que Tweek pensó que lo había imaginado—. Solo... por favor, bésame.

Tweek dejó de respirar. El "GAAAH" quedó atrapado en su garganta, seco.

—¿Qué? Pero... Craig, yo... mis labios están secos y... y estoy temblando, y no vas a querer…

Craig no respondió con palabras. Se inclinó, acortando la distancia con una lentitud que rozaba la tortura. Tweek sintió la anatomía de la duda recorriéndole la columna: el miedo al rechazo no como una idea, sino como una descarga eléctrica que le entumecía los dedos.

Cuando sus labios finalmente se tocaron, no hubo música de fondo ni chispas mágicas. Fue un choque de realidades. El sabor era real: el rastro del café negro que Tweek tomaba compulsivamente mezclado con la sal de las lágrimas que Craig había derramado horas antes. Fue un beso torpe, marcado por la secuencia de la piel y el roce de los dientes, un recordatorio de que no eran personajes de una historia romántica, sino seres de carne y hueso. Tweek sintió la aspereza de los labios de Craig y, por un instante, su cerebro gritó que debía alejarse antes de arruinarlo.

Pero Craig no se alejó. 

Al contrario, profundizó el contacto, llevando una mano a la nuca de Tweek para anclarlo. Lo que quedó fue un deseo físico genuino, una necesidad de pertenecer al otro que no tenía nada que ver con lo platónico. 

Tweek sintió el peso del cuerpo de Craig contra el suyo y, por primera vez, no se sintió "frágil". Se sintió necesario. 

Se separaron apenas unos milímetros, jadeando el mismo aire viciado.

—No eres un desastre —murmuró Craig contra sus labios, su voz recuperando una pizca de esa firmeza que lo caracterizaba—. Eres mi Tweek. Y no necesito nada más que esto.

El polvo flotaba en el aire, ajeno a la tormenta emocional que acababa de amainar sobre la cama. 

Tweek seguía abrazado a Craig, con los labios todavía entumecidos por el peso de ese beso desesperado, pero algo en el ambiente había cambiado.

O leve sonido del roce de las virutas de madera en la jaula se habia detenido.

Craig se tensó en los brazos de Tweek. No se movió, no se levantó; simplemente se quedó rígido, con la mirada fija en un punto inexistente de la pared. El silencio del alba era absoluto, pesado como el plomo.

—Craig... —susurró Tweek, y esta vez no hubo tics. Su voz salió limpia, cargada de una madurez que ni él mismo sabía que poseía.

Sintió cómo Craig soltaba un aire tembloroso, un suspiro que sonó una derrota final. El pelinegro cerró los ojos y apretó el puño contra la sábana. Tweek supo, sin necesidad de mirar la jaula, que Stripe se había ido. El testigo de sus miedos, el confidente de sus secretos, el pequeño ser que los había unido antes de que ellos supieran cómo unirse, ya no estaba.

Tweek se incorpora lentamente. Sus articulaciones protestaron por la mala postura de la noche, y sus costillas se marcaron bajo la camisa mientras se estiraba para alcanzar la mano de Craig.

—Quédate aquí —ordenó Tweek con suavidad.

Craig lo miró con una expresión de vacío que le partió el alma. El chico que ayer había intimidado a Cartman con un susurro letal, hoy parecía un niño pequeño perdido en una tormenta.

—Tengo que... tengo que sacarlo de ahí, Tweek. Mis padres van a... —empezó a decir Craig, tratando de levantarse con movimientos torpes.

-No. Yo lo hago —Tweek puso una mano firme sobre su pecho, obligándolo a recostarse de nuevo—. Tú descansa, Craig. Por una vez, solo... quédate ahí.

Tweek se levantó. Sus piernas, esos "huesos y nervios" que tanto le habían acomplejado horas antes, lo sostuvieron con una estabilidad asombrosa. Se acercó a la jaula con pasos silenciosos. Con una delicadeza infinita, retiró el cuerpo pequeño y frío de Stripe, envolviéndolo en una de las bufandas viejas de Craig que estaba sobre el escritorio.

No sentí el asco que esperaba, ni el pánico de "hacerlo mal". Solo sintió una profunda reverencia por lo que ese pequeño animal significaba para la persona que amaba.

Mientras limpiaba la jaula y acomodaba las cosas para que Craig no tuviera que enfrentarse a la visión del vacío de golpe, Tweek se dio cuenta de algo: la inseguridad sobre su cuerpo seguía ahí, pero ya no era el centro de su universo. Había algo mucho más importante que sus costillas marcadas o sus manos temblorosas. Estaba el hecho de que Craig lo necesitaba, y él era capaz de responder.

Tweek regresó a la cama y se sentó al lado de Craig, que se había tapado la cara con el brazo. Tweek empezó a acariciar su cabello, siguiendo el ritmo de la respiración entrecortada de su novio.

—Ya está —murmuró Tweek—. Ya está todo listo. Vamos a enterrarlo en el bosque, cerca de donde solemos ir a ver las estrellas. Donde nadie nos moleste.

Craig bajó el brazo, revelando unos ojos rojos y cansados. Extendió la mano y presionó con fuerza los dedos huesudos de Tweek.

—Gracias, Tweek. De verdad... gracias.

La mañana no se detuvo porque el mundo de Craig se hubiera congelado. El sonido del camión de la basura pasando por la calle y el grito lejano de la señora Mayor saludando a alguien recordaron a Tweek que la burbuja de la habitación estaba a punto de romperse. Craig seguía sentado en el borde de la cama, con la bufanda que envolvía a Stripe apretada contra su regazo. Sus hombros, usualmente anchos y rectos, estaban caídos. Parecía que si Tweek soplaba un poco, Craig se desintegraría en cenizas.

—Mis papás van a entrar en cualquier momento —susurró Craig, su voz era un hilo seco—. Van a decir que solo era un animal. Mi papá va a decir que me comprende otro y mi mamá va a querer limpiar la jaula con desinfectante para que no huela a... a esto.

Tweek sintió una punzada de rabia. Conocía esa eficiencia fría de los Tucker. Se levantó de la cama, ignorando el mareo por la falta de sueño y el exceso de café en su sistema.

—No van a entrar —dijo Tweek con una seguridad que lo sorprenderá hasta a él mismo—. Voy a bajar. Les diré que estamos durmiendo. Les diré que no molesten. ¡GAAAH! ¡Me pondré frente a la puerta si es necesario!

Craig levantó la vista, procesando la imagen de Tweek: despeinado, con la camisa mal abotonada y las ojeras marcadas, pero con los puños apretados. 

—Tweek, no tienes que…

—¡Sí tengo! —interrumpió Tweek, acercándose para tomar las manos de Craig—. Tú me sostuviste en el comedor. Tú me dijiste que mis huesos no te daban asco y me has ayudado todos estos años. Ahora déjame a mí ser el que dé la cara, ¿sí? Quédate aquí. Llora, grita o quédate en silencio, pero no dejes que ellos te vean así si no quieres.

Tweek bajó las escaleras tratando de que sus pasos no sonaran como una estampida. En la cocina, Thomas Tucker leía el periódico mientras Laura servía cereal. El ambiente era tan desesperantemente normal que a Tweek le dieron ganas de gritar.

—Oh, hola Tweek —dijo Laura con una sonrisa distraída—. ¿Craig ya se despertó? Tienen que ir a la escuela en veinte minutos.

Tweek se detuvo en el umbral. Sintió el sudor frío en su nuca, el tic en su ojo izquierdo empezó a saltar, pero recordó el peso del cuerpo de Craig sobre el suyo esa noche. Recordó el sabor del beso y la súplica de "por favor".

—Craig no se siente bien —soltó Tweek. Su voz no flaqueó—. Stripe murió anoche. No vamos a ir a la escuela hoy.

El silencio que siguió fue denso. Thomas bajó el periódico, frunciendo el ceño.

—Es solo un roedor, Tweek. Craig es un hombre, puede manejarlo. Dile que baje, llegaremos tarde al…

—No es solo un roedor —lo cortó Tweek, dando un paso hacia adelante. Sus manos temblaban, pero no se las escondió en los bolsillos. Las dejaron a la vista, mostrando su fragilidad y su fuerza al mismo tiempo—. Era su amigo. Y si ustedes entran ahora y le dicen que "solo es un animal", juro que... ¡GAAAH! Juro que no voy a dejar que lo vean en un buen tiempo. Él necesita espacio. Yo se lo voy a dar. Por favor, déjennos solos.

Thomas y Laura se miraron, desconcertados por la intensidad del chico que habitualmente se encogía ante su propia sombra. Había algo en los ojos de Tweek que no admitía discusión.

—Está bien, Tweek —murmuró Laura, dejando la caja de cereal—. Estaremos en el jardín si nos necesitamos.

Tweek no esperaba respuesta. Subió las escaleras de dos en dos y volvió a la habitación. Cerró la puerta con llave y se dejó caer contra ella, exhalando todo el aire que había estado reteniendo.

Craig lo miraba desde la cama. Había escuchado todo.

—Fuiste un idiota valiente —dijo Craig, con una sombra de sonrisa triste cruzando sus labios por una fracción de segundo.

—Soy tu idiota valiente —corrigió Tweek, caminando hacia él—. Ahora, vamos a preparar todo. Tenemos un funeral que organizar.

Craig extendió un brazo y empujó a Tweek hacia él, obligándolo a sentarse de nuevo en el colchón. Esta vez, el abrazo no fue de pánico; en la luz cruda de esa mañana, los dos sabían que lo que los unía era mucho más profundo que la piel.

 

— — — — — 

 

El bosque de South Park siempre se sintió más denso y oscuro de lo que realmente era, pero esa tarde el frío parecía tener un propósito: respetar el silencio de los dos chicos que caminaban entre los pinos.

Craig cargaba la caja de madera que Tweek había ayudado a buscar en el garaje, mientras que Tweek llevaba una pequeña pala y un termo con café que apenas había tocado. Se detuvieron en un claro donde la luz del atardecer golpeaba los troncos con un tono cobrizo, un lugar que Stripe solía visitar dentro de su transportadora en los días de verano.

Tweek empezó a cavar. No dejó que Craig lo hiciera. Sus manos, antes famosas por no poder sostener una taza sin derramar el contenido, ahora se hundían en la tierra con una determinación feroz. Cada palada era un mensaje mudo: "Yo me encargo de lo sucio y de lo duro. Tú solo quédate ahí y respira".

Cuando el hueco fue lo suficientemente profundo, Craig se arrodillo. Sus movimientos erans, como si estuviera bajo el agua lento. Colocó la caja en el fondo y se quedó ahí, con las manos aún rozando la madera.

—No sé qué decir —susurró Craig. Sus ojos estaban fijos en la tierra—. Es estúpido. Es un cobayo, Tweek. El mundo sigue girando, la gente sigue siendo idiota, y yo estoy aquí llorando por algo que cabe en la palma de mi mano.

Tweek soltó la pala y se arrodilló a su lado, ignorando cómo el lodo manchaba sus pantalones. Se acercó tanto que sus hombros se rozaron.

—No es estúpido, Craig. ¡GAAAH! No dejes que la voz de tu papá sea capaz por ti ahora —Tweek buscó la mano de Craig y entrelazó sus dedos. Los nudillos de Tweek eran prominentes, su piel estaba pálida por el frío, pero su agarre era tierno—. Stripe era el único que no te pedía que fueras "el chico rudo". Con él podíamos ser solo Craig. Y eso... eso es lo más valioso del mundo.

Craig presionó la mano de Tweek. La anatomía de su conexión se sentía más real que nunca en ese claro del bosque; a Tweek le goteaba la nariz por el frío y Craig tenía restos de tierra en la mejilla, pero el deseo de consolarse era tan físico que dolía.

Craig giró la cabeza y miró a Tweek. Vio sus ojos grandes, siempre alerta, ahora fijos en él con una devoción que lo dejó sin aliento. Vio su cuerpo delgado, ese que Tweek pensaba que era "solo hueso", y se dio cuenta de que ese cuerpo era lo único que lo mantenía cuerdo.

—Tú también —dijo Craig con la voz rota—. Tú también deja que sea solo Craig.

Sin previo aviso, Craig se inclinó y buscó los labios de Tweek. Esta vez no hubo una súplica verbal, sino una necesidad silenciosa. El beso supo a tierra, a frío ya esa pena residual que se queda después de una pérdida. Pero también supo a una promesa, cuando las manos de Craig subieron por los brazos de Tweek, apretando sus bíceps delgados y sus hombros afilados, no hubo rastro de duda.

Craig recorrió con sus pulgares la mandíbula de Tweek, memorizando cada ángulo, cada "defecto" que Tweek odiaba, tratándolos como si fueran tesoros. Tweek soltó un suspiro largo, dejando que su cabeza descansara contra la de Craig mientras empezaban a cubrir la tumba con tierra y piedras pequeñas para protegerla.

—Todo estará bien, ¿verdad? —preguntó Tweek en un susurro cuando terminaron.

—Eso espero, cariño—respondió Craig, levantándose y ayudando a Tweek a ponerse de pie—. Ahora solo somos nosotros. 

Caminaron de regreso al pueblo compartiendo el termo de café, con los dedos entrelazados con tanta fuerza que parecía que nunca volverían a soltarse. El regreso a la casa de Craig después del funeral se sintió como entrar en un espacio que ya no les pertenecía al pueblo, sino solo a ellos dos. El silencio en la habitación, antes cargado de la agonía de Stripe, ahora era un lienzo en blanco.

Craig se sentó en el borde de la cama, mirando el rincón vacío donde solía estar la jaula. No lloraba, pero su mirada estaba perdida, como si estuviera reajustando su brújula interna. Tweek, por primera vez, no sintió la necesidad de llenar el silencio con café o con gritos. Se limitó a cerrar la puerta y caminar hacia él.

—Se siente... demasiado grande ahora, ¿no? —susurró Tweek, sentándose a su lado.

Craig lentamente.

—Es raro. Siento que debería estar escuchando el ruido de las virutas. Pero... —Craig giró la cabeza y miró a Tweek. Sus ojos bajaron por el cuello de la camisa de Tweek, deteniéndose en la clavícula que asomaba, pálida y marcada—. Pero estás tú. 

Tweek sintió un calor súbito recorriéndole el pecho. La anatomía de la intimidad en esa tarde no era un arrebato de pasión cinematográfica; Era una exploración lenta y cuidadosa. Craig estiró una mano y, con una reverencia que rosaba lo sagrado, desabotonó el primer botón de la camisa de Tweek.

Tweek se tensó por puro instinto. Sus hombros subieron, sus dedos buscaron algo que apretaron.

—Craig... ¡GAAAH! 

Craig se detuvo. No apartó la mano, sino que apoyó la palma abierta justo sobre el esternón de Tweek, sintiendo el latido frenético de su corazón.

—Tweek, mírame —ordenó Craig, con esa voz grave que siempre lograba anclarlo—. No quiero "suavidad". Si quisiera algo blando, me compraría un peluche. Quiero sentirte a ti. Quiero sentir tu cuerpo. 

Tweek tembló, pues su mente lo atacó con el comentario que escuchó en el baño, “ probablemente le da un ataque de pánico si Craig le pide una mamada”. ¿A eso se refería Craig con querer sentir su cuerpo? Definitivamente no se sentía listo. 

Craig deslizó la mano hacia el hombro de Tweek, delineando el hueso con el pulgar. Sus dedos se movían con una curiosidad genuina, como si estuviera mapeando un territorio nuevo y fascinante. No había juicio en su mirada, solo una aceptación absoluta que Tweek nunca había experimentado.

—Tus hombros son perfectos —continuó Craig, bajando la voz hasta convertirla en un secreto—. Tus costillas son lo que protege tu corazón, y ese corazón es lo único que me importa. No dejes que Cartman defina cómo te ves, Tweek. Porque yo te veo, y me encanta lo que veo.

Tweek soltó un suspiro tembloroso y, finalmente, dejó caer los hombros. Y con todo el miedo del mundo, se permitió ser tocado. Se permitió ser admirado. Porqué sabía que si sentía que era demasiado, solo era necesario decir “no” para que su novio parará. 

Craig se inclinó y comenzó a besar la base de su cuello, subiendo con una lentitud tortuosa hasta encontrar su mandíbula. El beso fue distinto al del bosque; No sabía a tierra ni a desesperación. Sabía un alivio. Sabía a una tarde de domingo donde no hay nada que hacer más que pertenecerse.

Se recostaron en la cama, entrelazando las piernas para darse cuenta de nada más que cariños reconfortantes. Tweek escondió el rostro en el pecho de Craig, escuchando su corazón, que ahora latía tan rápido como el suyo. 

—No te voy a soltar —susurró Craig, enredando sus dedos en el cabello rubio y rebelde de Tweek.

—No dejes que lo haga —respondió Tweek, cerrando los ojos y aceptando, por fin, que su cuerpo era el refugio que Craig siempre había estado buscando.

Notes:

Hola de nuevo, aquí su servidora, xim.
Traigo por aquí una nueva obra sobre el Creek, me emociona mucho comenzar algo nuevo cuando la primera que publiqué recibió tanto amor. En está exploraremos el cómo las nuevas experiencias afectan en los sentimientos de ambos adolescentes, quiero que sepan aunque si va a haber un acto sexual y menciones de este, trataré de ser lo más cuidadosa ya que se trata de menores de edad, pido mucha discreción y respeto.

Al contrario de mi obra anterior, está no la tengo completamente escrita, por lo que iré publicando a medida que termine de escribir, e intentaré que no sea mucho tiempo de espera.

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