Chapter Text
El sol hacía mucho que se había ocultado entre las nubes oscuras que se apoderaron del cielo. El día es más frío de lo que en un inicio esperaba, mala suerte la suya, pues debido a las prisas termino saliendo esa mañana sin llevar un suéter.
O una sombrilla.
Al menos un impermeable.
Pero no, no tiene nada de eso y la situación empeora cuando unas pequeñas gotas de lluvia le caen sobre el rostro avisándole que su suerte en efecto puede empeorar y que, de hecho, lo hará.
Como si el mismísimo dios cristiano quisiese replicar el diluvio, una fuerte lluvia se desató de un momento a otro tomándolo no tanto por sorpresa sino más bien como un tipo de víctima de los cielos.
Ja.
«Esto no puede ser en serio y estando tan cerca del trabajo»
Refunfuña, totalmente frustrado por la situación y enojado consigo mismo porque su madre le recordó llevar una sombrilla esta mañana cuando estaban hablando antes de dejar el apartamento. Él le respondió que lo haría, pero la verdad es que no le gustaba cargarla porque el día no se veía tan mal en un inicio y ya iba demasiado tarde para su primera clase como para ponerse a buscarla, por lo que, fue más fácil mentir que hacer caso.
Ahora está completamente arrepentido y puede escuchar la voz de su madre diciéndole “te lo dije”.
Sigue caminando lo mejor que puede entre las pocas carpas de los comercios que le permiten cubrirse de la lluvia al menos por unos cuantos pasos, pero hay viento y no importa cuánto intente mantenerse bajo techo, de alguna u otra forma se termina mojando.
Sabe que al final todo fue un completo fracaso cuando divisa la luz fluorescente de la tienda de conveniencia y sus zapatos están tan empapados que perfectamente se siente como si caminara dentro de un charco.
Más resignado que animado, ingresa a la tienda cubriéndose finalmente de la lluvia. El timbre anuncia su llegada logrando que la persona de la caja se gire a él mientras camina directamente hacia la trastienda sin dar una mirada.
Buenas tardes, Hirose. Te ves terrible —y él no tiene que voltear para saber que la chica se está riendo de él, pues el tono burlón en su voz lo dice todo.
Yura —es todo lo que atina a decir porque, bueno, realmente no tiene ganas de decir mucho.
Está empapado, no hay una sola parte de su cuerpo que no escurra agua y sus zapatos perfectamente pueden servir como una pecera ahora mismo, por lo que lo más probable es que tenga que trabajar descalzo y estos no se sequen antes de irse.
Todo es un desastre, él mismo lo es en este instante, así que no, no está con el mejor humor ahora mismo.
Tira la mochila al suelo junto a los casilleros, sosteniéndose con dificultad sobre estos con una mano mientras con la otra lucha por quitarse los zapatos, mismos que ya se ven arruinados y bueno, definitivamente tendrá que lavarlos este fin de semana porque incluso él puede sentir vergüenza por el estado en el que están ahora.
Cuando estos han volado junto con los calcetines, se permite escurrirlos en una esquina en el suelo, misma que promete limpiar más tarde y si no lo hace, bueno, ¿qué más da? La luz amarilla de la habitación es lo suficientemente endeble
Lo bueno del almacén es que, además de servir como un pequeño cuarto de descanso, es que también es lo suficientemente cálido para no hacerle sentir que todavía está a la intemperie, por eso es por lo que, aunque todavía se encuentre escurriendo y, por lo tanto, mojando el piso, se permite un pequeño momento de disfrute en medio del lugar.
Escucha como Yura habla con un cliente en la caja, su voz es alta y estruendosa, demasiado animada para llevar 6 horas en turno. Ella le recuerda un poco a Takeuchi, lo que es bueno, pero a su vez agradece que estos dos jamás se han conocido porque dios sabe que nadie podría lidiar con ellos.
Con los zapatos boca abajo se permite observar de nuevo el lugar y hacer la nota mental de realizar el inventario que el señor Yoshida le había pedido ya hace dos semanas y el cual diligentemente estuvo aplazando porque bueno, no quiere tener que ponerse a bajar esas cajas, después sería un problema subirlas de nuevo a lo que Yura se burlaría.
A veces le gusta guardar un poco de dignidad, gracias.
No obstante, el destino no parece demasiado complaciente a sus deseos, pues la puerta se abre con un estruendo haciéndolo sobresaltar, una mata de cabello rubio reseco haciéndose notar antes que su dueña.
—¡Hirose!
—¡Yura, aprende a tocar la puerta! —grita, más conmocionado porque maldita sea, ella es biológicamente incapaz de ser discreta de alguna forma.
La puerta estaba sin seguro.
—¿Por qué lo tendría si me viste entrar?
—¿Por qué no lo tendría si sabías que posiblemente entraría? —objeta, una mirada pícara se denota entre los ojos enmarcados de sombra azul y delineador—… o acaso tú querías que yo-
—No —interrumpe antes de que ella pueda seguir—. Ni siquiera lo pienses.
Ella sonríe, todos dientes blancos enmarcados por colorete fucsia sobre sus delgados labios y se pregunta como un color tan feo le puede quedar tan bien a ella. —Tsk, aburrido.
Yura entra al cuarto, la puerta todavía detrás de ella permitiéndoles observar si algún cliente ingresa a la tienda. Ella camina entre las cajas, sus brazos cargando algo mullido entre ellos.
Cuando ella finalmente ha llegado y él se permite observarla mejor, dándose cuenta de que ha logrado aplanar su cabello un poco más el día de hoy, ella vuelve a hablar, sus brazos extendiendo lo que aparentemente es ropa: —Ponte esto.
—¿Dónde la conseguiste?
—La dejo el señor Yoshida hace unas semanas y jamás volvió por ella.
—¿Y por qué no se la devolviste?
—No pregunto por ella, si no lo hace no la necesita, ¿no?
—Yura…
—No es como que me la hubiese llevado a casa o robado.
Bueno, eso es cierto.
Simplemente, la dejé aquí porque no sabes cuando vas a necesitar otra muda y bueno, es el día, ¿no?
Ella insiste acercando la ropa más a él, al ver que no la toma prácticamente la tira en sus brazos obligándolo a hacerlo. La tela es algo áspera, pero es cálida lo que es suficiente para tentarlo a usar la ropa de su jefe.
«Con este frío hasta la ropa de mi hermana parece buena opción»
Y no quiere indagar demasiado en ese pensamiento.
Con los pies descalzos sobre la fría baldosa y los pantalones comenzando a pesarle se ve tentado a la oferta de Yura.
—Si te enfermas por estar mojado entonces será peor.
—Tal vez tienes razón —acierta—, pero ¿qué pasa si viene de sorpresa y me ve con su ropa?
—El viejo es medio ciego y ni siquiera sabe dónde deja sus lentes la mitad del tiempo, no creo que se dé cuenta de eso.
Y ese es otro buen punto.
Con todos los argumentos a favor y poco deseoso de seguir en esta situación, finalmente accede. —Está bien, ya en un momento salgo.
Ella no dice mucho más, sonriendo triunfante mientras lo mira como si esperase algo y…
No.
—Yura, salte por favor.
—Tsk, así me pagas —incluso con ese comentario, ella parece más divertida que otra cosa, dándole un breve mordisco a su labret antes de salir del cuarto con las botas sonando a cada paso.
«Yura es realmente algo… tal vez debería comprarle algo de la tienda en agradecimiento»
El pensamiento se afianza en su mente cuando finalmente ha podido dejar toda su ropa escurriendo, permitiéndose ser cubierto por la cálida sensación de la ropa seca.
Deliberadamente, ignora su reflejo en donde se detalla como dicha camisa le queda lo suficientemente grande para parecer un vestido corto o como tiene que recoger parte de la bota del pantalón para evitar trapear el piso con ella.
La cosa con el señor Yoshida y con él, es que tienen una contextura ligeramente —demasiado— diferente. El hombre pese a su edad es alguien grande, lo suficiente para hacer dos de él, por lo que, verse en esas prendas ajenas le resulta un poco ridículo.
Pero calor es calor y a caballo regalado no se le mira el tallaje.
Ya con ropa ajena, se permite cambiar por las sandalias del trabajo, lo que, aunque no lo abriga, tampoco permite tener que enfrentar el frío del suelo con la planta de sus pies.
Al salir de la habitación, el mundo se vuelve a llenar de esa molesta luz blanca. Afuera, la lluvia se ha convertido en una tormenta, y puede sentirse agradecido consigo mismo por estar adentro.
—Te ves como un bobo —agrega Yura al verlo, demasiado contenta de ver como lucha para que el pantalón no se le caiga—. ¿Acaso no tienes un cinturón?
No, claro que no.
—Lo dejé en casa.
—Vas a tener que amarrar eso con una cuerda o algo.
—Ni se te ocurra.
—Es eso o que los pantalones se te caigan frente a los clientes.
—Podría permanecer sentado todo el turno.
—Lo dudo.
—¿Por qué? ¿Me acompañarás a cubrir también mi turno?
Yura ríe, una risa estruendosa y llamativa justo como ella. Niega con la cabeza, divertida, cuando sus ojos vuelven a él—. Ya quisieras. Me largaré apenas pase la tormenta.
—¿Entonces?
—Debes limpiar desde la entrada al pasillo tres porque dejaste empapado el lugar cuando entraste —sin previo aviso, un trapero es lanzado a sus brazos el cual apenas pudo atrapar antes de que le golpeara la cara—. De nada.
Le dedica una mirada de reproche que no hace logra más que ella le saque la lengua, recostándose nuevamente sobre la silla para leer su revista mientras él se retira a limpiar el desastre causado.
«Espero que la tormenta pase rápido.» Fue todo lo que pudo implorar esperando a que alguien o algo lo escuchara.
Jamás paso.
La cosa negativa de tomar el tren no es que le disguste tomar transporte público, sino que en días como este en donde su ropa está húmeda, no hay ventilación y es hora pico, el mero trayecto se le asemeja a la interpretación más dantesca de lo que es el infierno.
Solo fueron veinte minutos de pie, pero alguien lo piso y los olores corporales de los demás lo marean, por lo que, no pudo evitar sentir un inmenso alivio al llegar a su parada, dejando atrás la lata de sardinas en las que se vio obligado a viajar. La ropa todavía húmeda tampoco ayuda.
«Al final también me hubiese quedado con la del señor Yoshida» Sin embargo, es algo que sabe que no haría.
La cabeza le duele, puede sentir como retumba algo en el fondo de su mente, por lo que agradece la caminata hacia su casa. Tal vez ese sector de Ueno no sea el mejor, su propia madre le ha dicho un par de veces que no le termina gustar el lugar en las pocas ocasiones que ha viajado, no obstante, es lo mejor que pudo conseguir y tampoco está tan mal.
Hacía mucho había aprendido a matar cucarachas, estaba más que entrenado para vivir ahí.
«Incluso le saqué una a Nakamura una vez, je»
El recuerdo lo hace sonreír, aunque en ese momento fue un escenario más desastroso que otra cosa y muchos activamente decidieron mantenerse alejados de Nakamura el resto de la tarde mientras que a él evitaron darle la mano por el resto del día.
«Es verdad que fue un poco asqueroso, pero tampoco era como para que evitaran acercarse a Nakamura el resto del día… tampoco para que no tocaran lo que yo agarrara con las manos»
Los pies siguen su camino, con él demasiado concentrado en sus pensamientos. Las luces fluorescentes del comercio son lo suficientemente chirriantes para hacerle agachar la cabeza y puede escuchar como algunos niños gritan, intentando bajar algo que se ha quedado entre los cables de electricidad del poste.
Incluso con lo tonto del recuerdo, está algo feliz. Lo suficiente para ignorar los factores externos que en cualquier otro momento hubiese hallado molestos.
«Tuve que lavarme las manos ese día durante toda la jornada. Recuerdo que le iba a sugerir a Nakamura llegar al día siguiente con el cabello mojado para que todos viesen que sí se bañó, pero cuando fui a buscarlo ya no estaba por ninguna parte.»
Nakamura siempre huía.
Nakamura…
Ja.
El solo pensamiento del otro chico le genera algo en el estómago que no quiere terminar de pensar; algo un poco vicioso en lo que evita indagar demasiado, y más cuando toma en cuenta que Nakamura desapareció de la faz de la tierra después de mudarse a Tokio.
«Inútilmente, pensé que lo encontraría, pero simplemente hay que no pasan»
De pronto el mal humor que se supone, quedo atrás, volvió a hacerse presente.
Ugh.
Entre maldiciones y divagaciones, logra llegar a su apartamento. Siempre ha sido fácil darse cuenta, pues lo primero que se nota es el olor a comida seguido del bullicio del lugar.
Al levantar la mirada encuentra a la señora Aiko parada en el portón de entrada, la pequeña Yuna colgándose del hombro de su madre que sacude aire a una parrilla lo mejor que puede.
Huele bien.
Por un momento quiere pasar de largo, sin embargo, es imposible y si la mujer se da cuenta de que ha hecho esa grosería después se va a sentir mal.
No es como que la quiera hacer sentir mal, tampoco es que tenga mucha escapatoria porque en lo que pensaba qué hacer, la mujer capto su presencia, moviendo las manos con entusiasmo para hacerse notar.
Bueno, alguien como la señora Aiko es difícil de no notar.
—Hirose-chan —grita, entusiasmada como si no lo hubiese visto en mucho tiempo.
Aunque en realidad se vieron esa mañana cuando tomaron la misma ruta al jardín de Yuna
Pese a todo su cansancio y las ganas de llegar a su casa a dormir —cosa que, de hecho, no puede hacer porque tiene un maldito trabajo de farmacología que ni siquiera ha iniciado— se detiene a saludar al par de damas que están genuinamente felices de verlo.
Al acercarse hace una breve reverencia, el humo batido por la señora Aiko se extiende por el aire, pero al menos es un olor agradable. —Aiko-san, Yura-chan, ¿cómo se encuentran?
—Bien, querido —responde—. Trabajando, estoy agradecida de que la lluvia no durara tanto porque de lo contrario no hubiese sacado el puesto.
Tanto es relativo…
Ella sigue batiendo el aire, al mirar más detenidamente nota que es yakitori lo que está al fuego.
Su estómago gruñe.
—Pero no me quejo, por cierto, ¿cómo estuvo tu día?
—Un poco… —se señala a sí mismo. La mujer no dice mucho más, sino que frunce el ceño y comprende al instante. Sus mejillas regordetas hacen que sus ojos se vean más pequeños, haciéndola ver un poco entrañable.
—Entiendo. No siempre tenemos los mejores días.
Antes de decir algo más, unos pequeños brazos se aferran a su pierna haciéndole bajar la mirada. Yuna lo está abrazando y ya se le hacía extraño que esto no pasase.
—Hirose-san…
—Hola, pequeña —sonríe, la niña se suelta para volver a su asiento.
¿Ah?
—Estás mojado.
Ah, sí.
—¿Llevas todo el día así, Hirose?
—Parte de este —ella niega con desaprobación.
«Es un poco como tener a mi mamá en casa… a veces como a mi hermana»
—Te ves cansado.
—Lo estoy, pero todavía quedan cosas por hacer. La vida de adulto no es tan divertida —admite, a lo que Aiko le sonríe.
—No se pone mucho mejor —pese a sus palabras, el tono con el que lo dijo fue lo suficientemente alegre como para no tomarse esa obvia verdad tan en serio.
La señora Aiko no dice mucho más, concentrada en sus propias brochetas mientras él continúa parando, mirando a Yuna dibujar en la mesa junto a un cliente que no ha dicho palabra, demasiado concentrado en la comida.
Observa el cielo, si bien es oscuro, ya no hace frío, sino bochorno y su estado actual no mejora la situación.
«Es mejor que suba. Todavía debo bañarme y hacer algo de cena… ¿Ya hice la despensa?»
La respuesta fue fácil: no.
«Tendré que ver qué hay. También debo llamar a mi hermana, dijo que quería hablar algo conmigo y Takeuchi programo otra llamada antes de eso, aunque tengo otras cosas qué hacer y no he empezado con las tareas. Tal vez-»
—Hirose —su línea de pensamiento fue cortada por la voz de la señora Aiko, misma que lo mira con una ceja levantada mientras sostiene un paquete en sus manos.
—Perdóneme, ¿me dijo algo?
—Te dije que tomaras.
Le cuesta un par de segundos entender que la mujer le está largando una bolsa de papel, que al sostenerla quema un poco, pero al abrirla inunda su nariz con el aroma del yakitori.
«Huele delicioso»
—Señora Aiko, yo-
—No de nuevo —regaña—. Nunca te he dicho que me pagues, haces ya demasiado ayudándome con Yuna los domingos. Además, son solo dos brochetas, no es que sean gran cosa.
Pero él sabe que sí son gran cosa. Sí cuando representan unos cuantos yenes que le pueden servir para la casa, más cuando se es el único sustento de su familia.
A aprendido a reconocer el valor del dinero, entonces no, no es poca cosa e incluso si no lo fuese, sigue teniendo un valor demasiado grande para él.
Algo en su pecho se mueve un poco, recordándole las ocasiones en que llegaba después de un partido y al llegar la casa encontraba sobre la mesa la cena que su hermana acababa de calentarle sabiendo que estaba pronto a llegar.
Entonces, no, no es poca cosa.
—Gracias, de verdad.
Hay una suavidad en su propia voz que ahora raramente escucha, pero hace sonreír a la mujer. —Ve a ducharte y después cómelos. Durarán calientes un rato más.
Da las gracias una vez más antes de despedirse y subir las escaleras hacia el quinto piso. Ignora la fea forma en la que resuena el metal de las gradas a cada paso e incluso el bombillo titilante del tercer piso no le irrita en este momento.
Le acaban de arreglar un poco el día.
Llegar a su apartamento se siente en parte, como una bendición. Pues puede que esté lejos de ser lindo, no obstante, está lo suficientemente alto para que el bullicio de abajo sea tan estruendoso como en los dos primeros pisos. Además, es agradable sentir el calor de su propio hogar.
Incluso cuando en momentos se sienta como una selva.
No pierde demasiado tiempo cuando se va al baño y logra tirar las prendas mojadas en el cesto de ropa sucia, sabe que se arrepentirá, pero eso será problema del Hirose del sábado. Por el momento, todo lo que quiere es sentirse limpio, así que tanta es su urgencia que no tarda más que un par de minutos en lavarse, lo suficiente para alcanzar a tomar su celular que ha comenzado a sonar.
El nombre de Takeuchi brilla en la pantalla, por un momento duda en contestarle y apagar el teléfono parece una oferta tentadora… si no fuese por el hecho de que después tendría que aguantar sus quejas.
Contesta.
—¡Hirose, creí que nunca ibas a contestar la llamada!
«Pues el diablo me estaba tentando…»
—Jamás te haría eso, menos cuando ya habíamos dicho que hablaríamos hoy —miente—, ¿cómo va todo?
—Un poco ocupado aquí en la tienda, ya sabes cómo son las cosas.
—Ya veo, te aburre la monotonía.
—Podrías decirlo, pero también es segura. Como sea, mi vida es poco interesante, por eso te llamo.
Bien, eso lo puede hacer reír.
—¿Me llamaste para que te cuente mi interesante vida?
—Y porque Mukai no quería contestar la llamada, pero sí, podrías decirlo.
—Dejando de lado que querías molestar a Mukai que está al otro lado del mundo —y en serio, qué desconsiderado—, es hasta sorprendente que quieras saber de mi interesante vida, aunque sabes que no hago más que trabajar y estudiar.
—Es Tokio, podría haber algo interesante, ¿no es así?
—¿Además de turistas haciendo carreritas y calles concurridas? No mucho,
—De seguro debes salir a algún lado.
—Karaokes hay también en casa, así como cafeterías.
—No puede ser todo lo que hagas.
«Dirías más bien para lo que me alcanza»
—Sabes que no tengo demasiado tiempo, Takeuchi. Entre la universidad y el trabajo hay días en que no me queda tiempo para tocar la cama más que un par de horas.
—Bueno, tienes una rutina pesada. Me alegra.
—¿Qué ni siquiera pueda dormir?
—No haber ido a la universidad —corrige—. Es mucho mejor administrar un negocio, después puedo complementar con algún otro estudio o algo.
—¿No será porque al final no pudiste entrar a una universidad?
Al otro lado de la pantalla, Takeuchi frunce el ceño como si estuviese dolido. La culpa le habría carcomido un poco de no ser por dos razones: primero, porque es Takeuchi; segundo, porque al instante suelta una risa, dejando claro que se lo ha tomado como la broma que era.
Bien.
—Eres un bastardo.
—Podría decirse.
—Por eso me alegra hablar contigo, Hirose. Tal vez a veces no tengas mucho que decir, pero sigues siendo divertido… a veces.
Y bueno, con eso fue suficiente para saber que responderle la llamada Takeuchi fue una buena idea.
Así al menos podría cenar mientras habla con alguien. A veces extraña ese tipo de cosas que dejo en casa.
Continúan la charla por un rato más, las brochetas de pollo todavía están calientes cuando las come y Takeuchi casi lo hace atragantar al soltar la tontería de que había vuelto a ver a Hamaoka rondando cerca de su calle.
—Por favor, ríndete, Takeuchi.
—¿Cómo puedes decir eso siendo mi amigo? No voy a dejar ir a la mujer de mi vida otra vez.
—Para empezar, ni siquiera hubo una primera.
Y es verdad, Hamaoka nunca le dio a Takeuchi una segunda mirada por más que este lo intentara. Durante un tiempo se cansó y comenzó a salir con otras chicas con la esperanza de que eso despertara celos en Hamaoka, pero jamás llego.
Hamaoka parecía más feliz con sus libros y amigas, no se acercaba demasiado a algunos chicos, aunque llego a tener una amistad con Nakamura hasta que este se marchó.
«Hamaoka también dejo de saber de él al igual que Masako. Ni siquiera Kawamura supo y eso que eran más cercanos»
—Hirose —llama nuevamente Takeuchi mirándolo con la ceja levantada. Puede ver la forma en que su ceño se frunce y por todos los cielos, realmente se parece a su padre con esa fea barba.
—¿Mn?
—Te quedaste en las nubes, de nuevo.
—Lo siento, Takeuchi. Es solo que estoy algo cansado, es todo.
Parte verdad y parte mentira, ¿cómo lo sabría?
Takeuchi no parece pensárselo demasiado, tomándose sus palabras como ciertas. —No te preocupes, creo que es mejor que te vayas a descansar.
—Todavía tengo que hacer unos trabajos de la universidad.
—¿Y después me preguntas por qué estoy tan feliz de no haber ido a la universidad? Tengo mis ocho horas de sueño, al menos.
Ese es un punto que definitivamente le puede dar.
—Solamente quiero saber, ¿vendrás en tus vacaciones?
—No lo creo, lo más probable es que me necesiten en la tienda.
—Oh, ¿ni siquiera por tu cumpleaños?
—Trabajo ese día.
—¿Entonces no harás nada?
—Mi hermana vendrá, lo más probable es que salgamos al día siguiente a hacer algo, ¿por qué la pregunta?
—Nada en particular, es solo que hace mucho no vienes por acá. Dirías que te extraño, pero solo quiero molestarte.
Ja, al menos lo intento. —Intentaré ir para las vacaciones de Navidad si todo sale bien.
—¿Lo prometes?
—No estoy seguro, pero haré el intento.
—Es suficiente para mí y cuando vengas, verás que tengo a Hamaoka colgada de mi brazo como mi novia.
«Ni aunque se lo pidieras a los mismísimos dioses»
—Eso lo veremos en diciembre, amigo.
—Verás que sí.
La cosa es que no puede decir nada más porque Takeuchi termina colgando la llamada antes de que pueda replicar.
—Inteligente de su parte, sabe que le llevaría la contraria.
Y con justa razón.
La cosa es que con el estómago lleno y la llamada con Takeuchi puede sentirse un poco más animado, mismo ánimo que baja cuando revisa su celular y encuentra un mensaje de su hermana disculpándose.
“Lo siento, Aiki. No puedo llamarte esta noche, hablaremos después. Te quiero”
No hay otro mensaje o siquiera alguna excusa. Incluso al responderle que esperara su llamada puede ver como solo recibe una verificación, lo que indica que Rin no está conectada en este momento.
Bien, eso le baja un poco más los ánimos, ya que si bien, la llamada de Takeuchi le ayudo a subir algo el ánimo la realidad es que, cuando esta se corta devolviéndolo a su propia realidad no puede evitar sentirse un poco deprimido.
El plato sucio sigue sobre la mesa junto al vaso de agua permitiéndose observar su entorno. Es un espacio reducido de paredes de un color verde oscuro con un viejo televisor de esos que tienen panza, pero que, increíblemente, sigue funcionando, por un momento se siente tentado a prenderlo y ver que puede encontrar, pero sabe que no hay mucho que rescatar de los programas de hoy en día.
También está el hecho de que nunca fue un gran fanático de la televisión. Es algo que tenía en común con Nakamura, podían ser un par de bichos raros que no entendían la sarta de referencias de los programas televisivos, aunque él siempre estuviese más acorde a las tendencias con Nakamura.
—¿Entonces qué te gusta hacer en tu tiempo libre si no ves televisión, Nakamura?
Esa pregunta se la había hecho Takeuchi una vez, nunca obtuvieron respuesta. A veces, todavía piensa en eso y en el gran enigma que, en varias ocasiones, represento Nakamura en su vida.
Uno que últimamente parece estar más presente que en otras ocasiones.
—Nakamura… eres un tonto.
Verbalizarlo se siente mejor que pensarlo. Debía darle las gracias a Yura por ese consejo.
Con el recuerdo fresco en mente y la charla con Takeuchi, se permite sentirse lo suficientemente nostálgico para escarbar en su cajón de cosas viejas.
No le toma mucho rescatarlo debajo de la cama y al hacerlo se da cuenta de que en serio, en serio tiene que dedicar una mañana completa a limpiar el departamento.
Él mismo es una persona nostálgica, melancólico lo llamo Oomori una vez y es de esas veces en que tuvo que darle la razón a su amigo, aunque usualmente la suele tener.
No es demasiado grande y sinceramente, tiene más polvo que cosas, pero abrirla es un pequeño viaje al pasado que se permite regodear, pues lo primero que lo saluda es el dije de un llavero de cangrejo que lleva años ahí guardado.
«Solamente ver esto ya me genera algo, es una mierda»
Aun así, lo deja sobre su cama con total delicadeza, permitiéndose apreciarlo un par de segundos más antes de volver a lo demás. Una cantidad de fotos lo saludan, con Takeuchi y Mukai, algunas con Oomori y con otros chicos. Incluso hay algo de Matsumara ahí suelto a lo que no le da una segunda mirada.
Hay fotos de sus amigos, de su último año y del viaje de finalización de curso. Puede ver a todos los chicos y se ve a sí mismo con una sonrisa grande y encantadora, la misma que a veces extraña su mamá.
No obstante, verse le hace darse cuenta de que, de hecho, siempre ha sido bueno mintiendo porque es la foto del día de su graduación y aunque estaba completamente feliz por ese suceso, también era el día en que se cumplían 8 meses que Nakamura se alejó de su vida para siempre.
Entonces, sí, estaba un poco triste ese día, aunque este en sí mismo fue un día excepcional con su padre llevándolos a cenar a un restaurante elegante y siendo avasallado por regalos de sus familiares más cercanos.
Se permite observar esa joven versión de él, tan feliz y llena de vida. Tan alegre de tantas cosas creyendo que Tokio sería la oportunidad de su vida, pues con su solicitud a la universidad aceptada sería como en las películas, ¿no? Con tantas oportunidades y una ciudad tan magnífica… qué tonto.
Si bien Tokio es maravilloso, sus sueños fueron aplastados por la realidad antes de que pudiesen siquiera despegar. Con el pago de una renta, material, comida y otros gastos a veces vivir era un poco difícil y está completamente agradecido que pese a todo su padre le siga transfiriendo dinero de forma mensual.
Se ve a sí mismo al espejo que tiene frente a su cama. Su cabello esta más largo y sabe que su madre lo regañara cuando lo vea, posiblemente le pedirá a su hermana que se lo corte así que no será mayor problema; la verdad es que sería más difícil explicar las grandes ojeras que se marcan bajo sus ojos o lo cansado de su aspecto.
Su rostro ha madurado con los años, es algo que se nota y aunque sigue teniendo una cara dulce o al menos eso dice la señora Aiko, al menos no esta tan destruido como otros.
«Takeuchi se ve peor»
Eso es suficiente para animarlo.
Es con eso que vuelve su atención a la caja, las fotos de su graduación han quedado atrás encontrándose entonces con cierto paquete que le entrego Takeuchi una vez.
—Nakamura es un desastre tomando fotos, solamente sales tú. No le pediré nunca más este tipo de favores.
Y bien, sí, eso fue cierto. De esa salida a Yokohama, casi todas las fotos que tomo Nakamura eran suyas, con Takeuchi saliendo recortada de varias de estas al igual que todas personas lo que es un error algo tonto, pero poco común en realidad.
Siempre ha pensado que lo hizo de esa manera para molestar a Takeuchi, total, fue algo desagradable cuando le tiro la cámara y le pidió —ordeno— ese favor, así que es una buena venganza si se lo piensa bien, algo extraña, pero efectiva.
Con eso sigue pasándolas y en algunas la calidad no es tan mala. Nakamura tampoco fue un horrible fotógrafo como alegaba Takeuchi.
Es entonces que, llega a una serie que siempre evita mirar demasiado y es en esa en la que se hicieron amigos con Nakamura con el atardecer sobre el mar.
La pregunta le sorprendió, pues estaba seguro de que ya eran amigos, pero con el tiempo comprendió que Nakamura es ese tipo de persona que necesita palabras de afirmación para poder tener claras ciertas cosas, así que, puede decir que ese día formo su amistad.
Los dos mejores años de su vida los paso siendo amigo de Nakamura.
No hay mucho despues de eso más que alguna que otra fotografía de los grupos y en los que salen ellos dos juntos, siempre pegados uno al lado del otro con sus amigos reclamándole si acaso se había cansado de ellos y decidió reemplazarlo, teniéndoles que aclarar que no era así.
Aunque bueno, sí lo fue un poco.
La cosa con Nakamura es que le permitía relajarse y ser él mismo. Nunca lo forzó a decir más palabras de las que quería, dejándole actuar como quería e incluso los silencios juntos eran agradables, pues con ellos si se aburría, solo bastaba una pequeña pregunta de algo que le gustase a Nakamura para que el otro chico llenara la habitación de ruido, llenando el espacio con su voz.
Siempre tuvo una voz bonita, bastante agradable. Gustaba de escucharla y no puede preguntarse de qué forma sonará ahora.
«Creo que debe de tener unos veinticinco años. Me pregunto si estará trabajando»
Lo más seguro es que sí. Nakamura siempre fue inteligente incluso si no sobresalía mucho, le ayudo un par de veces a pasar biología y química, teniendo una paciencia que los demás profesores hubiesen querido.
Es lo suficientemente inteligente para haber terminado la carrera, incluso puede que obtuviese una beca. Muy diferente a él que ha tenido que recusar algunas materias, pues hay veces en que el semestre directamente quiere matarlo.
«Tal vez si tuviese la ayuda de Nakamura no hubiera tenido que pagar tantos supletorios»
A veces puede sentir envidia de Takeuchi, también le gustaría estresarse menos por la universidad.
Con eso en mente y la presión de los libros de texto llamándolo, guarda todo nuevamente bajo su cama dejando solo el llavero de pulpo encima de su mesa de noche. Ya no tiene la cadena, así que tendrá que buscarla y tenerlo a la vista le recordará eso.
Ya con todo terminado, se dirige hacia su propia pesadilla para ignorar la tristeza que le ha invadido esa noche.
Él es un idiota. No, un gran idiota. Mejor dicho, el idiota más grande que se ha visto alguna vez en la tierra.
Se quedó dormido en el sofá mientras estudiaba, por lo tanto, no ajusto la alarma y ahora está con el tiempo lo suficientemente contado para evitar que el profesor de salud global le cierre la puerta en la cara… otra vez.
La cosa es que, parece que cuando uno más está apresurado es cuando el mundo más parece ponerse en contra suya, pues poco le sirvieron las carreras hasta la calle y haber salido sin probar nada más que la pasta de dientes cuando se encuentra con un semáforo en rojo.
Uh, uh.
La gente se aglomera y él simplemente debe correr y llegar lo más rápido que puede, casi lo ha logrado cuando este se pone en verde y debe traspasar la avalancha de personas que lo rodean. No obstante, lleva casi veinte minutos corriendo desde su casa sin haber probado bocado, por lo que no está en su mejor condición.
La conformación de esto llega en forma de un choque múltiple, pues al tropezar se llevó a algunas personas con él al suelo las cuales seguramente lo están maldiciendo.
Él mismo lo hace.
Tiene la cara contra casi contra el suelo y está casi seguro de que debe tener algún raspón en las manos porque estas le arden. Alguien se queja a su lado y él mismo intenta recomponerse.
—Señora, ¿se encuentra bien?
Esa voz…
Hay algo familiar en esa voz.
—¡Muévete!
—Oye, quítate.
Cuando finalmente se ha recompuesto y busca con su mirada a alguien que pueda parecer tener esa tonalidad gruesa y joven, se encuentra solamente con el ceño fruncido de un par de personas mientras otras ya se han levantado y seguido con su camino.
El tráfico espera para pasar con el semáforo en verde, y hasta cierto punto están siendo pacientes con el accidente peatonal que él mismo causó, pero esto deja de importar por un segundo porque, ¿de quién era esa voz?
No puede reconocer a nadie cerca que pueda tenerla.
Lo que si encuentra es una pequeña cadena tirada cerca de él, tiene varios colores en plata y el dije de una O colgando en ella.
Bien, ¿qué?
—¡Muévete!
Una avalancha de claxon comenzó a sonar y no pudo hacer más que recomponerse lo mejor que pudo para continuar su camino con la cadena en manos y dándose cuenta de que, efectivamente, se las había raspado.
