Actions

Work Header

Nadie como tú

Chapter Text

Tras perder dos horas recorriendo el centro comercial y gastarse más de la mitad de la paga en productos de higiene, Tsurugi regresó a casa y escondió las bolsas en la cocina. Sin darse un segundo de tregua, volvió al patio a reparar los daños. Los hierros habían quedado algo torcidos después de intentar enderezarlos y, aunque consiguió reforzar los troncos, sabía de sobra que se partirían al primer entrenamiento fuerte. Pero lo más duro fue tirar el bokken y otros utensilios rotos.

Mientras recogía los restos, frunció el ceño en una mueca de disgusto, maldiciéndose por lo estúpido que había sido al dejarse dominar por la rabia.

Agotado por el trabajo continuo, entró de vuelta a casa y cerró el *shoji del patio. Se quitó la camiseta empapada y se secó las perlas de sudor de la frente con el dorso de la mano. Al llegar a la cocina, se sirvió agua fría y vació un vaso tras otro. La nuez le subía y bajaba al compás de cada trago, mientras varias gotas se le escapaban por la comisura de los labios y rodaban por su pecho enrojecido por el calor.

Cuando quiso darse cuenta, se había bebido toda el agua de la jarra y se sentía tan pesado como un tonel.

Entonces escuchó unos pasos bajar por las escaleras. Esperaba ver a Maru, pero estaba tan tenso que la voz repentina de su hermana lo sobresaltó por la espalda:

—Por fin has vuelto, ¿dónde te habías metido? —Yuka reparó en lo sudado y rojo que estaba su hermano y entrecerró los ojos con suspicacia—. ¿Qué hacías en el patio? Recuerda que la doctora te dijo que nada de ejercicio fuerte. ¿Es que no sabes existir sin levantar pesas? —lo reprendió con dureza, plantándose en jarras con actitud desafiante.

Tsurugi se giró hacia ella. Llevaba el pelo húmedo de la ducha y ya se había puesto el pijama amarillo; al verla, se sorprendió de lo rápido que se le había pasado el tiempo.

—¿Eh? No, yo... —Intentó buscar una excusa, pero estaba demasiado cansado para pensar, y soltó lo primero que se le pasó por la cabeza, hastiado—: Solo estuve por ahí. ¿Y a ti qué te importa lo que haga?

Sonó más parco y hostil de lo que pretendía, pero mostrar un gramo de arrepentimiento delante de Yuka era como concederle una victoria aunque no estuvieran compitiendo. Aun así, decidió «disculparse» sin pedir perdón explícitamente, pues no quería que Maru lo escuchara discutir con su hermana —eso lo pondría triste—, y porque, en el fondo, sí quería retractarse.

—No quería decirlo así... —Se interrumpió al escuchar un golpe seco contra el mármol.

Era Yuka. Había chocado pesadamente contra la encimera, incapaz de sostener su propio peso. Estaba encorvada, con la respiración entrecortada y llevándose una mano a la cabeza como si la asaltara una migraña fulminante.

—¡Yuka! ¿Qué te ocurre? —exclamó, perdiendo todo rastro de hostilidad, asaltado por un pánico repentino.

Se precipitó hacia ella, pero Yuka lo frenó alzando la mano antes de que pudiera tocarla. Al tenerla tan cerca, notó lo inusualmente pálida que estaba, aunque la mueca de dolor de su rostro ya empezaba a suavizarse.

—Sí, estoy bien. Pasé demasiado tiempo en el agua caliente, por eso me he mareado un poco —se justificó, acompañando sus palabras de un vago aspaviento para restarle importancia al susto.

—... ¿Estás segura?

—Claro, tan segura como que tú no has estado entrenando a lo loco hoy —contraatacó con su habitual sarcasmo, forzando una sonrisa antes de darse la vuelta, aún aferrada al borde de la encimera.

Por un breve instante, Tsurugi se olvidó del susto inicial y se puso a la defensiva; pero, al ver a su hermana enfilar las escaleras y notar cierta fatiga en su semblante, el miedo volvió a atenazarle el pecho.

Sabía de sobra que Yuka era como él: terca e incapaz de admitir que necesitaba ayuda. Aunque ella hubiera insistido en que solo era un mareo por el calor, no podía sacudirse la sensación de que algo iba mal.

—Me voy a dormir ya —anunció con voz queda, aferrándose con fuerza a la barandilla.

Tsurugi arqueó una ceja, receloso, y comprobó la hora en su pulsera: las ocho y media. Bastante más temprano de lo que había pensado al verla con el pijama puesto. Aunque lo verdaderamente extraño era que Yuka se fuera a la cama sin cenar. Estaba casi seguro de que nadie había cocinado, pues no le había llegado ningún olor a comida mientras trabajaba en el patio.

—Es un poco temprano todavía, ¿has comido algo? —Inevitablemente, Maru acudió a su mente al pensar en comida, sobre todo porque se suponía que el simuriano debía estar cocinando—. Por cierto... ¿dónde está Maru?

Yuka se detuvo en el octavo escalón y suspiró, sonando más fastidiada que cansada.

—Así que yo no puedo meterme en tus asuntos, pero tú sí puedes someterme a tu interrogatorio de hermano mayor —le recriminó, asomándose por el balaustre con una mirada cargada de reproche—. Y Maru...

Dejó la frase colgando en el aire, saboreando el suspense en el que acababa de sumir a su hermano.

—Maru está solo en tu cuarto, esperándote desde hace rato. —Sin darle tiempo a reaccionar, le lanzó una última mirada desde arriba para asestar la estocada final—: No hagáis mucho ruido.

Tsurugi abrió los ojos de par en par, asaltado por una sacudida de pánico y expectación. El calor que le subió de golpe a las mejillas delató el impacto de semejante insinuación.

Le dio la espalda a los pasos lentos de su hermana y se obligó a esperar, escudándose en una frágil fachada de paciencia mientras concentraba toda su voluntad en unos puños que temblaban de urgencia. Levantó la vista hacia la ventana, perdiéndose en divagaciones donde la expectación daba vida a escenarios aún por ocurrir, hasta opacar su propia silueta nocturna reflejada en el cristal.

El clic de la puerta de Yuka al cerrarse fue el pistoletazo de salida, el comienzo de la verdadera carrera: sacó las bolsas de su escondite y enfiló las escaleras, midiendo cada pisada en un tenso silencio. Un esfuerzo inútil por aparentar tranquilidad, sobre todo teniendo en cuenta que ya no quedaba nadie para juzgar su prisa.

***

Tsurugi aspiró hondo. Al apretar los puños, el plástico de las bolsas crujió entre sus dedos con estrépito. Frente a él, el resquicio de la puerta entornada reclamaba su atención como un letrero de neón en la penumbra.

¿Qué le esperaba ahí dentro? El pasillo se había convertido en un callejón a oscuras, y la única salida era una habitación dominada por un ser extraño: su propio cuarto.

Posó la mano en el borde de la puerta. Intentó soltar el aire retenido en los pulmones y tragó saliva. Entró de golpe, haciendo añicos el silencio antes de que la presión del pecho terminara por asfixiarlo.

—Ya estoy...

La visión del alienígena lo dejó sin aire.

Maru estaba tumbado boca arriba sobre un futón. Abrazaba un gran cojín con las piernas cruzadas, pasando tranquilamente las páginas de un libro de texto de tercer grado.

—Aquí... —logró articular, soltando la palabra con voz queda y el pensamiento suspendido entre ideas sin destilar.

Al oírlo, la concentración de Maru se esfumó. Dejó a un lado el libro y levantó la vista; un brillo de alegría le iluminó los ojos esmeralda al reconocer la figura de Tsurugi.

—¡Tsurugi! —exclamó, dando un respingo en el sitio.

Dejó el libro sobre la torre de mangas y revistas que había amontonado y se incorporó hasta quedar sentado con las piernas cruzadas, abrazando el cojín contra el pecho.

Fue entonces cuando Tsurugi se fijó en su ropa: en lugar de su atuendo habitual, Maru llevaba una camiseta naranja de manga corta y unos pantalones piratas del mismo tono que, sin lugar a dudas, habían salido de su propio armario. Parecía una zanahoria gigante, pero eso no se lo diría en voz alta.

—Sí... sí. No alces la voz, Yuka está durmiendo... —balbuceó Tsurugi, cerrando la puerta a su espalda—. ¿Y esa ropa? —añadió.

Pondría la mano en el fuego, y no se quemaría, a que aquello había sido idea de su hermana.

«Menuda cara dura, darle mi ropa sin permiso», pensó Tsurugi. Dejó las bolsas en el suelo despacio y se agachó para sentarse en el tatami. «Aunque al menos Maru parece estar cómodo... quizás demasiado.»

—Ups... lo siento. —Maru se llevó las manos a la boca, preocupado—. Le dije que no hacía falta, pero insistió en que me resultaría más cómodo para hacer las tareas. Si quieres, te la devuelvo —murmuró con voz amortiguada, encogiéndose de hombros mientras hundía a medias el rostro en el mullido cojín.

—No, tranquilo —se apresuró a decir Tsurugi, restándole importancia con un aspaviento—. No me importa que uses mi ropa. Te queda... bien.

Contempló a Maru un segundo antes de desviar la vista hacia sus propias manos inquietas.

Apenas había diferencia de altura entre ambos, por lo que la ropa no le quedaba ni muy justa ni demasiado holgada. Sin embargo, Tsurugi no podía evitar sentirse contrariado: encontraba extrañamente coqueto ver a Maru con ropa humana de estar por casa, pero que fuera naranja zanahoria le resultaba tan gracioso que le costaba horrores disimular la sonrisa.

—Gracias, tu ropa es cómoda y... aireada —contestó Maru.

Aunque para él la ropa prestada era tan confortable como reveladora, seguía sintiéndose igual de desprotegido —casi desnudo— sin su atuendo habitual, el que afirmaba su posición de guerrero e inspector. Claro que, siendo ahora un empleado doméstico en casa de los Okkotsu, poco importaba su rango.

—Por cierto, ¿qué tienes ahí? —preguntó Maru, señalando las bolsas, apresurándose a cambiar de tema.

—Oh, pues...

La cara de Tsurugi se puso roja, pero no por la emoción que esperaba sentir al mostrarle las compras. Y es que, ahora que el estado de alarma había pasado, se daba cuenta de que la mayor parte de su dinero se había ido en arrebatos inducidos por una urgencia sin sentido.

Grrrrrrrr.

Tsurugi se quedó ojiplático ante el estruendo inesperado y cortante que brotó del estómago de Maru. No supo qué decir, salvo dar gracias a los dioses por aquel golpe de suerte con forma de hambre alienígena.

—Tengo que empezar a cocinar —anunció Maru, con el rostro completamente encendido, pero dispuesto a la acción.

Se levantó de un brinco y arrojó el cojín a un lado.

—¿Qué? No. Yuka está durmiendo, no puedes ponerte a trastear ahora en la cocina —lo frenó Tsurugi, imprimiendo firmeza al tono—. Mañana te enseñaremos a usar los utensilios, ¿vale?

Maru se dejó caer otra vez sobre el futón y apoyó las manos en las rodillas, quedándose igual de cabizbajo que aquella mañana en el salón, frustrado por la impotencia.

—La verdad es que yo también estoy muerto de hambre —confesó Tsurugi, ofreciéndole una sonrisa de medio lado para quitarle hierro al asunto—. Mira, he traído unos bentos y un par de cosas más.

Rebuscó entre las bolsas del supermercado y sacó una bandeja cuadrada y aplanada. Maru clavó los ojos en el recipiente con un hambre voraz, limpiándose disimuladamente la saliva de la comisura de los labios, y se lo quitó de las manos en cuanto Tsurugi se lo puso a su alcance.

—Muchas gracias —dijo Maru, inclinando la cabeza con cortesía. Al retirar la tapa de plástico transparente, el aroma a arroz caliente, salsa de soja y tamagoyaki dulce inundó el cuarto, haciéndole la boca agua.

***

—Hummm, estaba delicioso —se relamió Maru, limpiándose los restos de arroz con la lengua—. ¿Qué era ese rollito esponjoso?

—¿Eh? Creo que te refieres al tamagoyaki. Está hecho de huevo y soja —contestó Tsurugi con pereza, obligándose a levantarse para recoger la basura antes de que la modorra lo dejara tumbado en el suelo.

—No, Tsurugi. —Lo detuvo Maru, antes de que llegara a tocar el primer envoltorio de onigiri—. Deja que lo haga yo. Soy tu empleado doméstico, es mi deber.

—¿Eh? —Parpadeó Tsurugi—. No tienes por qué... —Cerró la boca antes de completar la frase. Por un momento se le había olvidado por completo el motivo de su estancia allí.

—¿Por qué no? —Se detuvo un momento y miró al humano, entristecido, antes de continuar recogiendo los envases vacíos.

—No, es decir, me parece bien que limpies... —Se rascó la nuca y perdió la mirada en una esquina del techo. Al bajar la vista y recorrer la estancia, se percató de algo tan evidente que le costaba creer que lo hubiera pasado por alto: su habitación estaba... limpia.

Los montes de ropa sucia habían desaparecido, los trastos ya no poblaban el suelo, el escritorio estaba ordenado y, lo más escandaloso: la cama tenía las sábanas cambiadas y perfectamente hechas.

Las mejillas de Tsurugi se tiñeron de carmín. El peso de la culpa lo golpeó al darse cuenta de que Maru había hecho todo ese trabajo a sus espaldas, sin esperar un gracias ni reconocimiento a cambio. Aquella frase de antes le resonó entonces en la mente: «Soy tu empleado doméstico, es mi deber». Sí, puede que ese fuera su deber ahora, pero tener a Maru haciendo tareas le resultaba profundamente injusto; sentía que se estaba aprovechando del desconocimiento de un extraño para tenerlo a su servicio.

El repentino crujido de un plástico lo sacó de su ensimismamiento. Al removerse, había rozado la bolsa con el logo de la droguería impreso. Ese sonido sacó a la luz una idea que había concebido al comprar todo aquello, pero que el sobrecogimiento casi había acabado por sepultar.

Levantó la bolsa por el asa y miró a Maru, con un brillo de pura confianza despuntándole en los ojos.

—¿Quieres darte un baño? —preguntó, con creciente ilusión por su propio plan.

—Ya me bañé —contestó el alienígena, como si tuviera la respuesta preparada antes incluso de escuchar la pregunta, terminando de cerrar la bolsa de la basura con un nudo.

—¿En serio? —Se sorprendió Tsurugi, sintiendo una punzada de decepción—. ¿Y estás... bien? —Le escrutó los brazos, preocupado por si tenía alguna mancha o erupción en la piel.

Una incógnita flotó sobre la cabeza de Maru. Observó a Tsurugi un momento con el ceño fruncido, notando un titubeo alarmante en sus ojos oscuros.

—No, no creo —negó Maru, examinándose los brazos, contagiado por la preocupación del humano—. ¿Por qué lo preguntas?

—No, por nada. —Lo calmó—. Será mejor que... me bañe yo —tartamudeó para salir del paso. Tsurugi se olió la axila. ¿Cómo no se había percatado antes del mal olor? Miró a Maru de soslayo, preguntándose si él lo habría notado. No, no era momento de amilanarse pensando en esas cosas.

—Sí, te vendrá bien —dijo Maru, rematando la frase con una sonrisa.

«¡Lo notó!», se horrorizó Tsurugi, encendiéndose como una cerilla.

Avergonzado, dejó la bolsa a un lado y se levantó, olvidándose por completo de coger una muda antes de salir. Puso una mano en el picaporte, pero la voz comedida del alien lo dejó paralizado.

—Tsurugi. —Maru señaló con timidez la bolsa que acababa de dejar en el suelo—. ¿Qué hay ahí? ¿Más comida?

El brillo inocente y curioso de los ojos de Maru fue la chispa que incendió el rostro del moreno. Preso de la angustia y el bochorno, Tsurugi replicó con un tono mucho más brusco de lo necesario:

—No es comida, y no toques nada hasta que yo vuelva.

Maru echó los hombros hacia atrás y entrelazó las manos con fuerza, pensando que había cometido algún error social que había enfurecido a Tsurugi. Aunque, en secreto, también sospechaba que el humano sufría cambios de humor sin un motivo lógico. En cualquier caso, decidió guardar silencio y quedarse quieto.

Sin mediar palabra, Tsurugi cerró la puerta de golpe y dejó al alien solo, encerrado con su curiosidad y sus dudas.

***

Tsurugi sumergió la cabeza en el agua. Aguantó la respiración. Uno, dos, tres...

«¿Qué me está pasando?» Sus pensamientos se concentraron en las burbujas de aire que escapaban de su rictus ahogado.

«¿Por qué me siento así? ¿Por qué no puedo ser sincero contigo? Maru...».

Sacó la cabeza de golpe, envuelto por el sonido de las cascadas que caían de sus mechones. El resoplido de su respiración era tan fuerte que le hacía arder el pecho a cada bocanada; eso, sumado al estruendoso palpitar de su corazón, logró ensordecer la intromisión de sus pensamientos. Había pensado que la soledad lo ayudaría a reflexionar, a ordenarse, a volver con entereza. Pero las dudas lo habían tragado como una ola, y ahora solo daba brazadas ciegas para que la corriente no lo arrastrara en medio de la tormenta.

Hastiado, porque no iba a conseguir respuestas por mucho que pensara, salió de la bañera. No sabía cuánto tiempo llevaba en el agua, pero le pareció más que suficiente.

Entró al *datsuijo y tomó su toalla. Se miró al espejo mientras se secaba el cuerpo y pensó, complacido, que no había perdido mucho músculo a pesar de los días postrado. Luego se frotó el pelo con la toalla para quitar el exceso de humedad antes de usar el secador. Al terminar, se pasó los dedos por el mentón y se acercó al cristal para examinar su imagen al detalle. Suspiró, decepcionado. Nada, ni rastro de pelusilla.

Ni siquiera estaba en edad de tener vello facial, pero desde que cumplió los diecisiete se miraba de vez en cuando con fijación, por si «llegaba» a ocurrir. Ahora que volvía a mirarse con esa inquietud, se preguntó si Maru necesitaría afeitarse, o si los machos simurianos podían llegar a tener barba.

«No... ¿En qué estoy pensando ahora?», se fustigó, dándose un manotazo en la cara. Estaba cansado de darle vueltas a todo y de hacerse preguntas sin respuesta, lo que solo hacía más patente lo cobarde que era delante de Maruru y lo incómodo que se sentía cerca de él.

Tomó una camiseta de la cesta de la ropa limpia. Entonces cayó en la cuenta: se le había olvidado coger una muda antes de entrar y, sin embargo, allí tenía ropa limpia esperándolo. ¿Acaso había sido Yuka? ¿O tal vez...?

Tsurugi chasqueó la lengua.

«Mierda... Ni siquiera he sido capaz de darle las gracias por limpiarme el cuarto.»

Apretó tanto los puños que acabó arrugando la tela de la camiseta. Se apresuró a terminar de vestirse y se calzó las zapatillas de andar por casa. Recorrió el pasillo con pasos pesados y llegó a la puerta, que seguía cerrada.

Preso de una enorme incertidumbre, dejó la mano suspendida en el aire antes de sentir el tacto frío del picaporte. Tragó saliva, apartó sus pensamientos con una sacudida de cabeza y descongeló la mano para abrir.

Al entrar, lo primero que captó fue un murmullo incisivo invadiendo cada rincón del cuarto: «Me da igual lo que haya dentro». Buscó a Maru con la mirada y lo encontró tumbado boca abajo, cuan largo era. Tenía los ojos muy abiertos, casi colorados por la sequedad, incapaz de despegarlos de la bolsa. Se mantenía a una distancia prudencial, pero estrujaba un cojín con tal fuerza que el relleno se agolpaba en los extremos, dejando las costuras a punto de ceder.

La intensidad con la que Maru escrutaba el plástico opaco le causó tal impresión a Tsurugi que llegó a sospechar que, si continuaba así, explotaría antes de adivinar lo que había dentro.

—Sí que eres curioso —interrumpió Tsurugi, cerrando la puerta tras de sí.

El cojín casi explotó entre las manos de Maru, que dio un respingo con el cabello aún más erizado. Estaba tan absorto que ni siquiera lo había oído entrar.

—No, no iba a mirar. —Miró al humano, sobrecogido—. Me da igual lo que haya dentro —se defendió, esgrimiendo el mismo argumento que repetía como un mantra ante la tentación—. Lo... lo juro.

Tsurugi dejó escapar un suspiro, enternecido por las mejillas arreboladas del alienígena. Si Maru se veía capaz de engañarse a sí mismo con esa excusa, quizás él también podía dejar de esconder aquello que carecía de la importancia de un verdadero secreto.

—Pues, si no te importa, entonces no querrás ver lo que te he traído —lo tentó Tsurugi, con un toque de jocosidad arrogante.

El pánico se apoderó de Maru al creer ingenuamente que había logrado convencer al humano de que no tenía verdadero interés.

—No, por favor —suplicó Maru, con el miedo temblándole en los labios—. Espera, sí quiero verlo, Tsurugi. Enséñamelo...

Tsurugi sintió una sacudida, estremecido por el tono lastimero del alienígena. Un sudor frío le perlaba la frente.

—Jajaja, claro, claro... —Se rio un poco para calmar los nervios. Al darse cuenta de que estaba armando demasiado escándalo, disimuló con un carraspeo.

Agarró la bolsa y se la puso sobre el regazo al sentarse. Maru enderezó la espalda con distinción, en contraste con el manoseo nervioso del cojín entre sus manos y una mirada inquieta por el suspense de la revelación.

—Esto lo compré para ti —aclaró Tsurugi, divertido por la reacción tan poco disimulada de su huésped.

Un brillo de curiosidad iluminó los ojos de Maru, como flores abiertas en un campo esmeralda.

—¿En serio? —se entusiasmó, esbozando una tímida sonrisa.

Cada uno de los botes que Tsurugi colocó en fila era un nuevo estímulo para Maru, además de otra incógnita.

Maru cogió un champú que le llamó la atención precisamente porque en la etiqueta se veía a un bebé. Leyó el nombre de la marca y sus especificaciones.

—«Champú para bebés. Sin alcohol. Suave». —Una línea se le marcó en el entrecejo, y miró al humano buscando confirmación—. ¿Esto es para... mí?

Tsurugi le arrebató el champú de las manos. Su cara parecía un tomate recién lavado. Ya suponía que tendría que lidiar con preguntas así, pero, una vez más, la vergüenza ponía en duda su razonamiento.

—Pe-perdón —balbuceó el alien. Parpadeó varias veces con la mano vacía, tan perplejo como alarmado, asaltado por un sentimiento de decoro al pensar que pudiera estar despreciando por error las buenas intenciones del humano.

Tsurugi cuadró los hombros y carraspeó, adoptando una firmeza que sus palabras no sostenían.

—Sí... es para ti. —Le devolvió el bote—. Es champú para el pelo; estos son para la piel, y este, específicamente, para pieles sensibles. Ninguno lleva alcohol, componentes abrasivos ni olores fuertes, porque... no sabía si lo que yo uso te sentaría bien.

Tsurugi se rascó la nuca, rehuyendo la mirada de los ojos encantadores del alienígena, que asentía con efusión a cada palabra.

Maru no entendía mucho de lo que hablaba, pero le entusiasmaba. Y, aun a riesgo de parecer descortés, sintió la necesidad de preguntar:

—Muchas gracias, Tsurugi. Me gustan los champús. —Lo dijo feliz antes de soltar la gran cuestión—. ¿Y para qué sirven?

Tsurugi casi cae de espaldas, estupefacto.

—¿Cómo que no lo sabes? ¿No te acuerdas de cuando fuimos al onsen y nos enjabonamos antes de meternos en el agua caliente? Es lo mismo que la pastilla de jabón que usábamos, pero en líquido.

—Oh, ya me acuerdo —asintió Maru, avergonzado, con una pizca de desilusión bajo la superficie de la sonrisa—. Jabón líquido —repitió sin mucho convencimiento.

Los productos de higiene no le desencantaban, pero los tarros eran tan bonitos, tan coloridos y con aquellas siluetas de letras brillantes grabadas, que había llegado a pensar que formarían parte de alguna clase de colección de accesorios elegantes. Sin embargo, el jabón era, sin duda, más práctico que un simple adorno, y el envase tenía todo el glamur del que carecían los productos de higiene de su planeta. Maru tomó un bote de color crema con letras grandes y doradas, abrió el tapón, se lo acercó a la nariz y aspiró. No era la lavanda del suavizante que los humanos echaban a la ropa; era un aroma más suave, más dulce.

—Avena —leyó Maru, tocando la imagen de la espiga en la etiqueta. Le recordó a una planta de Simuria—. Me gusta este olor.

«Bien, le ha gustado. Y ese me costó carísimo, menos mal», celebró Tsurugi, conteniendo una lágrima.

Maru paseó la mirada por los distintos tarros, preguntándose cuál olería a continuación y tratando de identificar los que eran para el pelo. En Simuria usaban plantas para lavar el cabello, así que aquello le despertaba mucha curiosidad. De entre todos, un pequeño bote azul claro con un dispensador en el tapón le llamó bastante la atención.

—¿Y ese para qué es? —preguntó, señalándolo; luego, leyendo la tipografía en voz alta, añadió—: «Jabón íntimo»... Hum, ¿íntimo?

El umbral de su vergüenza no soportó la presión. Su termómetro interno estalló y, al derramarse el color rojo, Tsurugi pasó del bochorno a una palidez quebrada por unas líneas de sombra.

Antes de que el pánico se apoderase del joven, Maru alargó la mano y cogió el bote para examinar la etiqueta con atención; descifró el contenido de las letras y resolvió sus dudas, lo que dio paso a una genuina alegría.

—Oh, ya entiendo: es para las partes íntimas, ¿verdad? Se me olvidó reponer el que tenía y estaba un poco preocupado porque casi no me quedaba —manifestó con una ilusión que al humano le pareció casi irreal—. Esto debe de ser lo que los humanos llaman coincidencia, ¿no? —Sus labios redibujaron una sonrisa tan tímida como satisfecha—. Muchas gracias, Tsurugi. Dime, ¿es para la parte femenina?

Tsurugi no contestó de inmediato, pues aún le costaba creerlo; no solo se había salvado de una conversación incómoda, ¡sino que además había acertado de pleno!

—Ah... es, es para ambas... —se le trabó la lengua.

—¿Para las dos? —Quedó asombrado—. Sí que es avanzado y próspero este país. Tenéis cosas para todo, y otras más especializadas.

—Ah, gracias —aceptó el elogio con la humildad de quien sabe que nada de eso dependía de él—. Pero en Simuria también existirán cosas parecidas.

—Sí, pero no es lo mismo. —Se encogió de hombros con la cabeza gacha—. En Simuria hacemos una mezcla de polvos a base de hierbas y piedras, envolvemos un puñado en un paño, lo sumergimos en agua limpia y frotamos las fibras para hacer espuma y lavarnos la piel en seco.

—¿En seco? —repitió Tsurugi con incredulidad—. ¿Y luego os bañáis?

Maru negó con la cabeza, con la confianza de vuelta al ver que Tsurugi preguntaba con verdadero interés.

—No. Luego quitamos los restos de espuma con otro paño mojado —explicó, levantando un dedo—. Dependiendo del sitio, el agua puede ser un bien muy difícil de conseguir, así que es raro que alguien se dé ese lujo. Pero, si tienes un río cerca, puedes bañarte en él.

—Comprendo. —Tsurugi lo analizó en silencio un momento—. ¿Sabes? Vuestra mezcla es muy parecida a lo que nosotros usamos para fabricar estos productos. Supongo que me preocupé demasiado por no saber qué usáis y compré de más. —Se sinceró casi sin pensarlo, mientras un ligero rubor le afloraba en las mejillas.

«Aunque al menos acerté en algo», se consoló Tsurugi.

—No te pasaste. —Maru acaparó todos los tarros en un ambicioso abrazo—. Me gustan todos, en serio; los voy a usar.

Tsurugi se puso más rojo que una tomatera a principios de octubre.

—Ah, pues... de nada. —Se rascó la cabeza, notando un ligero temblor en las manos al tensar los brazos, preguntándose por qué rayos Maru lo ponía tan nervioso ahora.

Maru guardó cinco champús en su bolsa de cuero y otros tres geles de baño, dejando fuera los que usaría durante su estancia en casa de los Okkotsu: el de avena natural, un champú para el pelo y el jabón íntimo. Estaba deseando que llegara mañana para bañarse y estrenarlo todo.

Tsurugi curvó los labios en una sutil sonrisa llena de orgullo. Entonces, distraído por la visión de Maru, miró por encima el contenido de otra compra...

La respiración se le detuvo y las pupilas se le dilataron de horror; quedó congelado, como el reloj de un hombre que cae inerte, marcando la hora exacta de su muerte. Pues acababa de condenar su reputación.

¿Cómo, cómo no se acordaba de haber traído eso?

Raudo como alma que lleva el diablo, Tsurugi escondió la bolsa detrás de la espalda. Por desgracia, el crujido del plástico delató sus movimientos. Maru, adelantándose a los prodigiosos reflejos del restringido celestial, notó algo raro; algo que le estaban ocultando.

—¿Qué es eso, Tsurugi? —Lo observó, tan curioso y confiado como un gato atraído por la novedad—. ¿Puedo verlo?

Tsurugi echó la espalda hacia atrás y sacudió la cabeza, escurriéndose bajo los hombros como una tortuga de orejas rojas que se oculta en su caparazón.

—No, esto... no es nada... —musitó, mientras dejaba la bolsa detrás de la espalda con sumo cuidado de no hacer más ruido.

Suspicaz, Maru observó cómo Tsurugi se secaba las manos en el pantalón, escudriñando las facciones de aquel humano envuelto en un rubor rojo brillante. Maru agachó la cabeza y decidió obviar lo evidente en favor del joven. Si el humano no quería mostrárselo, no insistiría; respetar sus decisiones era lo mínimo que podía hacer en correspondencia a toda la amabilidad y hospitalidad que estaba recibiendo.

—Vale —se conformó Maru, dejando escapar una nota grave de tristeza en la voz.

Tsurugi notó el peso de la melancolía del alien tirando de sus hombros hacia abajo. Tragó una bola de aire espeso que lo llenó de un vacío abrumador; ¿arrepentimiento, tal vez? Se quedó sopesándolo un momento, calibrando las posibilidades de éxito si llegaba a... ¡NO! ¡IMPOSIBLE!

«Pero ¿y si...?». Casi por descuido, miró de soslayo el rostro apagado de Maru, antes resplandeciente, y un puñal invisible se le clavó en el pecho.

Tsurugi se llevó la mano al corazón, atravesado por el aguijón de la angustia. En serio, ¿tanto malestar solo por la tonta congoja de un simuriano que no se atrevía a manifestar ninguna negativa, como promesa silenciosa de respeto y obediencia?

«Bueno, es probable que Maru necesite eso... Y no quiero volver a ese sitio a devolver estas cosas». Y así, antes de que pudiera darse cuenta, aquella feroz resistencia terminó desmoronándose bajo el peso de su propio autoconvencimiento.

Con un último impulso, zanjó el dilema con un gesto.

Maru retrocedió en un acto reflejo cuando el humano extendió los brazos de golpe y le plantó la bolsa delante de la cara, rozándole apenas la nariz.

Tsurugi permaneció quieto, temerosamente perplejo, con la cabeza hundida entre los hombros, como si una vergüenza ilógica lo soterrara hasta el punto de no poder sostenerle la mirada.

—Toma —ofreció Tsurugi, con un tono que sonaba casi a súplica—. De verdad lo compré para ti. Así que...

Una súbita esperanza se abrió como pétalos en flor en el extenso prado de los ojos del simuriano.

—¿En serio? Gracias, Tsurugi, no merezco tanto —respondió en un vano intento de sonar modesto.

Maru aceptó la bolsa con una sonrisa de oreja a oreja e hizo lo que tanto tiempo llevaba deseando: descubrir lo que había dentro.

En el interior encontró un puñado de paquetes y cajas de distintos tamaños. Había más de lo que parecía, y nada que pudiera reconocer. Sacó un paquete con forma de cubo y lo apretó un poco para palpar el interior. Lo que fuera que hubiese dentro era blando y elástico, pues recuperaba la forma casi al instante al aflojar la presión.

Empezó a darle vueltas al cubo y examinó con detenimiento cada lado, repleto de dibujos y letras sobre un fondo colorido con estampados de estrellas, mariposas y corazones. En una de las caras, justo en el centro, destacaba la silueta de una persona saltando bajo una bella tipografía grande que debía de ser el nombre de la marca.

Con máxima concentración, Maru descifró las letras en voz alta:

—«Normal, con alas», «cero fugas», «sin aromas artificiales»... —Ladeó la cabeza, sin comprender—. ¿Qué es esto, Tsurugi? ¿También es para el baño?

El rojo iridiscente de Tsurugi se tornó de un violeta enfermizo. Jamás los remordimientos lo habían pateado hasta el punto de dejarlo temblando.

—No, no, no. —Sacudió las manos—. No es eso... es...

En el infinito proceso de buscar desesperadamente un salvavidas, surgió una incipiente arruga en el entrecejo de Maru que se acentuaba con cada paquete: todos con envoltorio alegre y colores chillones, con algún que otro dibujo de una especie de gasa. Aunque, en otros, había ilustraciones de embudos raros o tapones alargados.

—«Gran absorción», y este pone tamaño medio, hum... —Se quedó pensando, intentando establecer una conexión entre los dibujos del producto y los reclamos del marketing—. Estoy algo confundido.

—No, eh... es para, bueno, ya sabes, solo tienes que leer las instrucciones...

Mientras Tsurugi daba bandazos dialécticos en su nefasto intento de explicar sin nombrar, una chispa de murr le reveló a Maru una idea.

—¡Oh! ¡Ya sé! Es un regalo —afirmó, tan emocionado que elevó el tono por descuido—. Tengo que abrirlo para saber lo que es, ¿verdad?

Ávido por desenvolver otro obsequio, Maru no esperó ni un instante más y arrancó el envoltorio. Pensó que sería igual de fácil de rasgar que el regalo anterior. Por desgracia para él, el dúctil material que lo envolvía se resistía a romperse con la facilidad del papel cuché. Pero, antes de que el plástico empezara a ceder, Tsurugi, con un impulso desesperado, le agarró la muñeca con un tacto más tosco que amable.

—No, mejor no lo hagas. Ahora no —consiguió articular Tsurugi con una voz que rozaba lo áspero.

—¿Por qué no? —Maru le dirigió una mirada tierna a los ojos ensombrecidos del humano, con la ilusión escapándosele de los labios.

«¿Qué pretende? ¿Manipularme?...». Pensar que Maru fuera consciente de lo que estaba provocando en él lo aterraba, pero no más que no encontrar una excusa favorable antes de que el alien empezara a olerse la tostada.

—Porque... porque, si se nos hace muy tarde, no podremos ver una película antes de irnos a dormir. —Tsurugi forzó una sonrisa; hasta su propia voz le resultó ajena y discordante.

Una opresión en el pecho lo hizo sentir como si la tensión del momento hubiera robado todo el aire de la habitación. Conocía bien los despistes del inspector de Simuria y su afán por los nuevos estímulos, pero sería un milagro disuadirlo distrayendo su atención sin que hiciera preguntas.

—¿Una película? —Maru oteó el paisaje oscurecido por la ventana, revisando los números luminosos que marcaban la hora en la pantalla del despertador—. ¿Vamos a ir al cine a estas horas? —inquirió, extrañado.

—No tenemos por qué salir. Podemos ver muchas películas en casa.

—Oh... bien. Pero ¿entonces por qué la gente va al cine? —Se inclinó Maru, prestando toda su atención a la inminente respuesta.

—Por la experiencia de verlas en pantalla grande. Los grandes lanzamientos se estrenan en cartelera; luego los puedes ver en streaming, o sea, en casa —razonó Tsurugi, rascándose la cabeza.

—No comprendo bien eso del estreno, pero entiendo que quieran ir al cine a ver una película en una pantalla tan grande y con tanto volumen; la experiencia fue increíble, me encantó ir al cine. —Levantó las manos con júbilo—. ¿Comeremos también palomitas?

—Eh... Las palomitas, mejor para la próxima vez. No es bueno irse a dormir con el estómago tan lleno.

Maru bajó los brazos, decaído. Pero, incluso sin palomitas, le fascinaba la idea de ver otra película junto a Tsurugi.

—Está bien —asintió Maru con una sonrisa—. Quiero ver una película en casa.

Tsurugi apretó el puño en señal de triunfo. ¡Sí! Lo había logrado... aunque no del todo, pues solo había pospuesto el problema encapsulándolo en una bolsa.

—¿Y qué clase de película quieres ver? —preguntó, mientras se levantaba para encender la multipantalla: un aparato que proyectaba imágenes en una pantalla holográfica e incluía una consola con varios puertos de entrada.

—Pues... quiero ver una sobre alienígenas. Me gustaría saber qué idea tienen los humanos de los extraterrestres, aunque sean historias ficticias, como dijiste. —Maru terminó de amarrar la bolsa, comprimiendo su paciencia en un corto suspiro. Ni modo, tendría que esperar hasta mañana para saber qué contenían las cajas.

—¿De aliens? —Una gota de sudor le resbaló por la sien a Tsurugi—. Bueno... eso depende un poco del género de cada película.

Ya sentado, Tsurugi encendió el aparato y activó la aplicación del mando. Entró en su cuenta de la plataforma de streaming y filtró las películas introduciendo una simple palabra en el buscador.

Maru se sentó a su lado con las piernas cruzadas y recuperó el cojín para acomodarse mejor. Recorrió con la mirada las portadas que aparecieron en la pantalla, y en la primera imagen encontró una sobriedad lúgubre que le llamó poderosamente la atención: fondo negro y la silueta a contraluz de un xenomorfo, con el título de Alien en grande.

—Quiero ver esa —señaló Maru con el dedo. En su razonamiento, si una película tenía por título Alien, era porque el tema central y los personajes debían de ser puramente alienígenas. No debería existir, básicamente, un largometraje más «alien» que ese.

Tsurugi entrecerró los ojos con la boca entreabierta, colgado en medio del dilema de argumentar por qué era mejor no empezar con el terror, o pulsar el botón de reproducir y ahorrarse la discusión.

—¿Seguro? —se atrevió a decir, esgrimiendo un tono circunspecto—. Es que esa película es de terror. O sea, está hecha para que el espectador sienta miedo y angustia.

—No te preocupes, soy un guerrero y ya he viajado por el espacio; incluso estoy aquí. Es imposible que me dé miedo —razonó Maru, con una seguridad que le marcó el tono con una nota de arrogancia.

Tsurugi vaciló un largo momento. Hacía años que no veía Alien: el octavo pasajero, y solo la había visto una vez, así que apenas se acordaba de la trama; pero sí de la apariencia perturbadora del xenomorfo. Y, aunque era bastante antigua, los efectos prácticos habían envejecido muy bien y la atmósfera de las escenas seguía siendo inquietante incluso en estos tiempos.

Pero esa noche, cansado como estaba de sobrepensarlo todo, con toda esa fatiga física y mental a cuestas desde el arranque de ira en el patio, decidió dejar de darle vueltas a la cabeza y relajarse un poco: apagar la mente viendo una película y quedarse dormido. No confiaba del todo en la entereza de Maru, pero, como él mismo había dicho, era un guerrero que había viajado por el espacio exterior; alguien valiente, capaz de mantener el temple en momentos adversos, ¿no?

—Está bien, pero te aviso de que la quitaré si veo que te entra el canguelo.

Le dio al botón de reproducir y apagó el cerebro.

Notes:

Gracias a que Gege no nos cuenta suficiente de simuria, he salido de mi escondite para para escribir otra locura más. POR FAVOR, NO TOMEN COMO CANON ALGUNAS DE LAS COSAS ESCRITAS ¡SOLO SOY UNA FAN EXPANDIENDO EL LORE DE SIMURIA SIN RESTAR LO QUE YA ES CANONICO! (creo)