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Universo 13/33

Summary:

Uno llevaba un par de años escondido de la mafia, en medio de la nada, llevando una vida solitaria y monótona.

El otro huía de la mafia hacía poco, sin ayuda de nadie a quien recurrir, solo y sin esperanzas de un futuro prometedor.

Lo bueno para ambos es que se encontraron.

___________________________

¡Éste es mi aporte para la Bruabba Week 2020!

Esperemos esté listo antes de la siguiente 😂

Notes:

¡Hola a todes!

Gracias, en primer lugar, por darle una oportunidad a mi historia y estar aquí leyendo esto 💖

Ésta historia contará con 7 capítulos, uno por cada día de la week, y serán usados todos los temas dados por cada día ¡Estoy haciendo un esfuerzo inhumano con ésto! ¡Es tan ambicioso! Así que es muy probable que no sea terminado para el final de la semana, sin embargo, su trama está pensada de principio a fin, sólo me hace falta terminar de escribir 😄

También debo mencionar que cada capítulo será narrado desde la perspectiva de Leone o de Bruno (especificaré al inicio de cada capítulo para que no se confundan).

Quiero agradecer, también, a mi bro, que sin él la mayoría de mis fics no existirían 🖤💜

(See the end of the work for more notes.)

Chapter 1: DIA 1: Universo alterno / Lluvia / Suspirar

Chapter Text

Pov Leone

 

La fría brisa mecía sus cabellos cuidadosamente alisados, azulinos, gracias a químicos que lograban maravillas, su mano derecha sostenía una lata de cerveza, mientras la izquierda lo anclaba al respaldo de la banca de parque sobre la que estaba sentado.

Era de madrugada, tan tarde y oscuro que ni siquiera podía pensar en una hora al azar. No, Leone no podía pensar.

Sólo podía beber.

Ésa noche en particular se había prometido que sólo bebería cerveza, sin embargo, estaba llegando al punto de embriaguez donde ya necesitaba algo que lo noqueara.

Se sentía horrible pelear consigo mismo por no querer cumplir una regla autoimpuesta. Pero ¿qué más podía esperar? Por algo estaba en esta situación otra vez, queriendo mandar su honor a la mierda.

Sacudió su cabeza para despejarse, luego bebió de la lata. Suspiró después del trago. El frío comenzaba a incomodarle.

Llevaba tanto tiempo existiendo sin motivos; desperdiciando oxígeno valioso.

Volvió a suspirar.

Sin saber por qué, recordó a su compañero caído. Había pasado tanto tiempo, tantos años desde que aquello había pasado. Pero ahí estaba, saliendo a flote después de casi una década.

Leone volvió a beber.

Después de haber pasado por su peor etapa con la bebida, a los veinte años, conoció las sustancias ilegales, llevándolo a una etapa aún más oscura en su vida. Las malas juntas y situaciones que el polvo blanco trajo a su vida fueron devastadoras y traumantes; iguales o mayores a los de la pérdida de un camarada en la fuerza. Había hecho cosas horribles, denigrantes y vergonzosas.

Absolutamente nada de lo que Abbacchio pudiera enorgullecerse. Había estado a un paso de caer en la mafia, no lo hizo, pero hizo toda clase de cosas dignas de un mafioso.

Luego de dejar esos asuntos huyó de Nápoles hacia Prato, al noroeste de Florencia, donde esperaba que nadie lo conociera.

Llevaba los últimos tres años ahí, escondido, siendo un simple humano que vive en una casa apartada de la ciudad, a la vuelta de la primera montaña que llevaba a la cadena montañosa; en medio de la nada.

Pero, a veces, habían noches como ésta, en las cuales dejaba a su yo ermitaño en las montañas y bajaba a la ciudad para consentir a su yo vanidoso. Por eso es que había arribado a la ciudad temprano por la mañana, había desayunado en un salón de té acogedor, luego había ido a un buen salón de belleza y se había decidido a tinturar su aburrida cabellera platinada, se había hecho las uñas y había conseguido ropa agradable para su gusto peculiar. 

Y ahora estaba aquí, en una plazuela ubicada en algún lugar de la ciudad; sólo recordando que su camioneta estaba estacionada a la vuelta del museo Tessuto.

Así estaba bien, sólo con saber a dónde debía regresar. Eso siempre había sido suficiente para él.

Volvió a beber, y la lata se vació, la volteó y dejó caer al suelo los últimos restos de líquido, levantó su pie derecho y lo estrelló contra el aluminio, compactando la lata y la dejó sobre la banca en la que había estado sentado; eventualmente alguna persona que vendiera el metal la recogería, hasta le había ahorrado el pisotón.

Se metió las manos a los bolsillos de su blazer verde limón y comenzó a caminar en busca de un lugar donde conseguir otra lata de cerveza. Al llegar a la entrada leyó en una placa "Giardini di via Carlo Marx".

Oh, no era un simple parque. Y no pudo importarle menos a Leone.

Encontró una pequeña tienda a unas calles, obteniendo un pack de seis latas.

Para el camino. Pensó.

Caminó aproximadamente una hora, dando pasos, volteando en esquinas y cruzando pasos peatonales. Hasta que encontró otra alma solitaria, pidió indicaciones y no tardó más de veinte minutos en llegar al museo, más cinco más para localizar su vehículo negro.

Cuando lo encontró ya no le quedaban latas con alcohol. Supuso que era suficiente, así que se metió al auto, reclinó su asiento y se dejó noquear por el alcohol.

Un fuerte golpe al vidrio de la puerta lo hizo despertar dando un salto, volteó a ver, encontrándose con un policía del otro lado, aprovechó de ver a su alrededor mientras tomaba la palanca de la ventana (estaba por amanecer) y la giraba con rapidez; sin mucha destreza, pues aún sentía el alcohol en su sistema.

—Buen día, oficial —saludó Leone lo más tranquilo que pudo—.

—Documentos —el hombre, que no debía ser mayor que él, frunció el ceño; Abbacchio le entregó su licencia y los papeles del auto—. En orden —hizo una pausa y le devolvió sus cosas—. Este no es un lugar donde pueda dormir, por favor, retírese.

—No hay problema.

El policía se retiró y continuó con lo que parecía su ruta de patrulla.

Leone suspiró, encendió el motor y sacó su existencia de ahí. Iría por víveres y volvería a su cabaña por uno o dos meses.

Llegó al supermercado más cercano y se estacionó a unas cuadras, era temprano y el maldito comercio no abriría hasta las nueve. Se recostó sobre su asiento, tal vez podría dormir otro rato… o podría ir por otra cerveza. No, esperaría a llegar a casa.

Optó por sacar un lápiz y una libreta de la guantera del auto; haría una lista con todo lo que necesitaría en casa. Suspiró, agradeciendo por haber ahorrado el dinero suficiente como para llegar a viejo y vivir una vida más o menos decente. A veces hasta se podía dar el gusto de derrochar.

Perdió el tiempo garabateando cosas en el papel hasta que pudo ver automóviles entrando en el estacionamiento del jodido súper. Encendió el motor y condujo con rapidez, pues no habían más vehículos en las calles, tampoco en la que iba a virar, no obstante, cuando viró, se topó de frente con una persona en medio del camino.

En momentos así agradecía por los reflejos que poseía, pues gracias a ellos logró detener la camioneta a tiempo, antes de arrollar al extraño y pasarle por arriba.

—¡¿Estás demente?! —gritó tras bajar su ventana rápidamente— ¡Estás con la puta luz roja, imbécil!

En cambio, el hombre pateó el parachoques descuidado de su camioneta.

—Deberías volver a tomar el curso de manejo, stronzo —el hombre de cabello negro y corte de mujer se acomodó una enorme mochila de campamento sobre su hombro derecho, para después seguir su camino y cruzar la calle—.

Leone continuó su camino hasta el condenado supermercado.

Estaba tan cabreado cuando llegó que se vió en la obligación de hacer una parada en la pequeña tabaquería que se encontraba al interior del lugar, comprando una cajetilla de cigarros. Con los años se había convertido en un fumador desesperado en momentos de ansiedad o frustración.

Débil, vicioso. Perfecto para alguien como él.

Intentó calmar sus nervios saliendo a fumar al estacionamiento, tardar cinco o diez minutos para fumar no lo mataría.

Al terminar tomó un carro y se paseó vagamente por cada uno de los pasillos. La lista ayudó, pero el revisar todo lo que vendían ayudó para llevarse lo que se imaginó sería de utilidad.

Después de pagar y meter todo en el asiento trasero de la camioneta se dirigió a una farmacia que estaba cruzando la calle; necesitaba insumos médicos. Todos se sorprenden al notar la frecuencia con la que se necesitan.

Compró medicamentos de muchos tipos, vendas, gasas y apósitos también, alcohol, yodo, agua oxigenada, agujas, hilo para suturas, incluyendo también extras que le llamaron la atención. Su botiquín de primeros auxilios se lo agradecería.

Al terminar volvió a su Ford Lobo del 2004 y dejó las compras médicas a un lado de las provisiones.

¿Qué más podría hacerle falta? Su estómago gruñó en respuesta.

Si no recordaba mal, el día de ayer había cenado… alcohol. Y el hambre mezclado con los vestigios de embriaguez en su sistema no combinaban bien. Iría por el desayuno y regresaría a su morada.

Acudió a la primera cafetería que encontró. Pidió un café y un sandwich, comenzó con el café, bebiéndolo mientras miraba por la ventana a su izquierda. Después de darle la tercera mordida a su emparedado creyó ver una figura familiar a lo lejos, o, más bien, algo; recordaba esa mochila estúpidamente gigante. Era el tipo al que casi arrolla hace unas horas.

Chasqueó la lengua y lo miró con desdén desde la lejanía.

Que se joda.

De todas formas ¿Por qué alguien andaría por ahí, en medio de la ciudad, con semejante bolso en su espalda? No podía importarle menos a Abbacchio.

Después de comer dejó la paga junto con algo de propina sobre la mesa y se retiró en silencio, al meterse a su camioneta tomó un labial de una bolsa a los pies del asiento del copiloto, se miró en el espejo retrovisor y se untó la barra en los labios. Arregló unos mechones de cabello y limpió partes corrida del maquillaje que rodeaba sus ojos.

Ahora si, se sentía más o menos decente.

Echó a andar el motor y sacó el vehículo del estacionamiento, le dio unas monedas de propina al hombre que cuidaba los autos y le dio indicaciones durante la reversa. Se dirigió a su última parada, la estación de servicio.

Al llegar se bajó y cargó combustible, llenando a tope el estanque, pagó y se largó. No le tomó demasiado llegar a la carretera que lo llevaba al camino a casa, no obstante, al tomar la siguiente curva divisó a alguien caminando al costado del camino. Leone bajó la velocidad, no era normal ver viajeros a pie por la zona.

Al momento que la imponente camioneta negra de Abbacchio estuvo por pasar al lado de la persona, ésta se volteó y alzó su mano derecha, estaba pidiendo un aventón con el pulgar en alto.

Leone se detuvo más adelante, en la berma de emergencia, mientras veía a la persona correr por el espejo retrovisor, se inclinó sobre el asiento del copiloto y bajó el vidrio, aprovechó de ver el cielo espesamente cubierto de nubes oscuras; en cualquier momento comenzaría a llover.

—¡Gracias por detenerse! 

El extraño gritó desde afuera, y Leone lo único que vio fueron un par de enormes ojos azules, hermosos y brillantes, incrustados en un rostro angelical tallado a mano. Parpadeó boquiabierto cuando reaccionó y reconoció al hijo de puta de esa mañana.

Ambos se miraron asombrados, sin pronunciar una palabra.

Y comenzó a llover. Y Leone rompió el silencio.

—¿Necesitas ayuda? —logró fruncir el ceño al terminar la pregunta, intentando intimidar al tipo—

—Necesito un aventón a las montañas —Leone creyó que el sujeto se estaba mordiendo la lengua por la forma tan extraña en la que pronunció las palabras—. Lo más lejos de la ciudad.

—¿Estás huyendo de casa, chico rebelde? —Leone logró alzar una de sus cejas—

—Nada importante, voy de campamento —el tipo frunció el ceño—.

—¿Con este clima?

—¿Me llevas o no?

Abbacchio dudó un segundo, y se maldijo internamente por ser convencido por una cara bonita ¿Cuántos años tenía? ¿Dieciséis? Quitó el seguro centralizado y se desbloquearon todas las puertas, tomó las bolsas que estaban en el lugar del copiloto y las dejó con las otras en el asiento trasero.

—Sube.

El extraño asintió y se quitó la mochila de un hombro, después de abrir la puerta entró en la cabina, cerró la puerta y suspiró pesadamente. Leone lo observó atentamente. Usaba un corte de pelo que creía era femenino, no obstante, a él le quedaba exorbitantemente bien.

—¿Hacia dónde dijiste que ibas? —preguntó después de su escrutiño rápido, devolviendo su vista al camino—

—Lo más entrado en la montaña que puedas… por favor —finalizó con la voz un par de decibeles más abajo, al mismo tiempo que se encogía de hombros—.

—¿Siquiera eres de por aquí? —Abbacchio estaba intrigado—

—No, no lo soy —Leone le dió una mirada rápida—. Pero me las arreglaré.

—Si tú lo dices…

El silencio que los siguió el resto del camino fue incómodo en un principio, pero con el avanzar de los minutos y el continuo movimiento de Leone al conducir, el ambiente pareció relajarse. El extraño bonito rompió la burbuja cuando Abbacchio salió de la carretera para meterse a un camino de tierra que estaba a la izquierda.

—¿Hacia dónde vas?

—Mi casa.

—¿Está entrado en la montaña? —la curiosidad se pintó en su voz—

—Acabo de recogerte a un lado de la carretera. No te diré dónde mierda está mi casa.

—Oh, es verdad… —Abbacchio le dio una mirada rápida; su rostro estaba sorprendido— Lo lamento, no quiero que pienses mal.

—Pateaste mi auto —lo fulminó con la mirada—.

—¡Casi me pasas tu auto por encima!

Touché.

Leone decidió bajar la velocidad lo suficiente como para que no se notara, aprovecharía el larguísimo camino a casa para sacar información del extraño, después de todo... si estaba huyendo o había hecho algo ilegal, no lo podría culpar. Él mismo estaba escondido de la puta mafia.

—Si, está bien entrada en las montañas —Abbacchio vio por el rabillo del ojo como el otro desviaba la mirada, luego suspiró— ¿Está todo bien?

—S-si, todo está bien —Leone notó que le temblaban las manos, echó una mirada rápida al camino, sólo un par de casas a la distancia; hizo la camioneta a un costado y se detuvo— ¿Qué sucede?

—No parece que estés bien —se recargó en el volante y lo miró; por un momento su mente divagó, recordando el arma que ocultaba en la puerta del piloto, útilmente a la mano en caso de cualquier mierda que pudiese pasar—. En serio ¿qué mierda hiciste para querer esconderte en medio de la nada?

El silencio sólo fue interrumpido por el sonido de la lluvia en el exterior y, probablemente, el sonido de los árboles siendo agitados por el viento.

—No puedo decirlo —dijo firmemente—.

—Está bien, pero cuídate ahí afuera.

—Si…

Leone volvió a conducir hasta que llegó a la última curva antes de llegar al sendero que lo lleva a casa, ahí se detuvo y apagó el motor.

—Esto es lo más lejos que puedo llevarte —Leone dijo algo abrumado. Le daba lástima dejar que un chico bonito se arriesgue así en la intemperie y con éste clima; pero definitivamente no lo está metiendo a su casa tampoco—.

—Está bien así, muchas gracias…

—Leone —le extendió su diestra a modo de saludo—.

—Bruno —correspondió el saludo y agitó ambas manos en un par de sacudidas, al alejar su mano tomó su equipaje y bajó de la camioneta, se cubrió la cabeza con la capucha se su chaqueta gris. Leone se acercó a bajar el vidrio de la puerta contraria—. Muchas gracias por el aventón, ha sido un placer.

Leone observó unos segundos la lluvia caer sobre el tipo, humedeciendo rápidamente la tela que lo abrigaba, también contempló como el otro se montaba la mochila en la espalda. Se mordió la lengua, demasiado para su gusto.

—¿Seguro que estarás bien? —preguntó desconfiado— He oído historias de gente que se pierde por aquí y nunca aparece.

—Gracias por la preocupación, pero yo no estoy perdido . Adiós, Leone.

Algo en aquella oración le causó escalofríos, y sintió más lástima por el niño bonito.

Bruno se alejó rápidamente, y Leone condujo hasta llegar a él casi de inmediato.

—¡Si tienes algún problema sigue el siguiente camino a la derecha, hasta el final!

Leone se aseguró de que el otro lo escuchara y entendiera lo que dijo, y se fue, lo más tranquilo que pudo después de aquello. Viró a la derecha, tomando el sendero que le había indicado al otro, directo a casa.

Al llegar bajó de la camioneta sus compras lo más rápido que pudo, no quería que la lluvia estropeara los productos sensibles.

Al meterse dentro de su casa no quiso volver a salir, la lluvia era densa y la temperatura descendía rápidamente conforme el sol se escondía. Ese pensamiento lo hizo estremecerse, pero alejó el sentimiento y continuó en lo suyo.

Guardó todo, preparó un trozo de carne a la cacerola y coció una porción de fideos fettuccini; cenó entrada la noche, sin música (como era habitual para él), sólo escuchando el sonido de la lluvia golpear su pecho. Tardó mucho en comer, el nudo en su estómago no le dejaba espacio a los alimentos, pero el vino ayudó.

Hasta que cierto pensamiento desató el caos.

—No… —habló para sí— El no vendría hasta aquí solo a suicidarse —se humectó los labios— ¿Quién hace eso?

Soltó una risa nerviosa, mientras dejaba sus cubiertos a los costados del plato que contenía su comida, luego suspiró pesadamente.

—Si fuera así… sería una pena.

Recogió y lavó los platos, también su copa de vino, dejó los utensilios estilar en el secaplatos, tomó otra copa de la encimera con cristalería y se sirvió más vino.

Leone supo que sería una larga noche.

Sabía que era tarde porque había perdido la cuenta de la cantidad de veces que rellenó la copa, lo único que sabía con certeza es que aún no terminaba la primera botella. El sonido de la lluvia golpeando las tejas de su techo lo incitó a volver a beber, y vacío la copa.

De todo el tiempo que llevaba sentado en el sofá, no había podido dejar de pensar en Bruno, si es que de verdad era su nombre. Había divagado mucho, surfeado sobre olas de pensamientos, concluyendo que había pasado demasiado tiempo solo, aunque nunca pudo tener una relación más o menos decente en lo que llevaba de vida. Y cómo no; Leone era un repelente de personas andante, por culpa de su jodida personalidad.

Cuando el resto del contenido de la botella se vació en en su copa supo que era hora de meterse en la cama.

Siempre el final de la primera botella que bebía era el punto de quiebre. El resto de cada una de sus noches dependía de la decisión que tomara después de terminar la primera botella. Había descubierto ese patrón la primera vez que decidió detenerse después de terminar la primera botella del día. Toda una excentricidad.

Respiró hondamente y luego exhaló pesadamente. Era suficiente.

Se levantó del sillón y caminó a la cocina, donde dejó la copa y la botella vacía, apagó las luces del living-comedor y se dirigió a su cuarto. A estas alturas de la noche ya se había quitado el delgado abrigo verde limón, sólo vestía un suéter gris de cuello alto, sus pantalones color beige y sus calcetas oscuras; así sólo se limitó a dejarse caer sobre la cama. Con suerte el alcohol en su cuerpo no le haría sentir incomodidad por dormir así. Cerró sus ojos y se relajó para dormir.

Dos exhalaciones después la puerta principal de la casa comenzó a ser golpeada.

Abrió los ojos de golpe, casi asustado, luego se sentó sobre la cama. 

Más golpes.

Se levantó y casi corrió hasta la entrada, golpeó los interruptores de luz iluminando toda la casa y, justo antes de abrir la puerta, sujetó el hacha que escondía entre la pared junto a la entrada y el refrigerador. Entrecerró un poco los ojos y abrió lentamente la puerta, encontrando a un Bruno cubierto de heridas, sangre y barro; jodidamente demasiado barro.

—Oh, mierda —se le escapó— ¿estás bien?

—Creo que estoy mejor de lo que me veo… —la voz de Bruno era rasposa, probablemente por el frío— ¿Aún puedo pedir ayuda?

Y, jodido Dios, no hay manera en la que Leone pueda negarse.

Lo primero que hizo fue enviar a Bruno a darse un baño caliente y, mientras lo esperaba, preparó una porción de comida para él. Cuando el pelinegro salió del baño sólo vistiendo un pantalón corto que Abbacchio le había facilitado, se acercó a la mesa, Leone ya había apartado parte de la mesa para dejar los insumos médicos.

—Toma asiento —el peliazul le acercó un asiento sin respaldo—. Atenderé tus heridas y después podrás comer algo.

—No es necesario, puedo hacerlo yo —Leone lo fulminó con la mirada—. Bien… No he dicho nada.

—¿Me dirás qué pasó allá afuera? —tomó un trozo de algodón y lo humedeció con yodo y comenzó a limpiar los pequeños cortes y heridas en uno de sus brazos—

—Me caí.

Leone frunció el ceño.

—¿Estás jugando conmigo?

—¡No! —se encogió de hombros— Es verdad.

—Explícate.

—Después que nos separamos camine unas dos horas, subí una colina sin árboles —soltó un gemido cuando Leone comenzó a limpiar un corte particularmente grande—, y cuando llegué al bosque de la cima decidí acampar ahí, pero…

—¿Pero? —Leone se apartó y tomó una aguja de sutura casera que había preparado hace un tiempo— Quédate quieto, voy a coser.

—Nunca pude armar el maldito campamento —se quejó cuando la aguja penetró la piel—, la lluvia era demasiado densa… —hizo una pausa— Así que cuando noté que oscurecería pronto tomé todo y me marché, pero cuando quise pasar por esa maldita colina sin árboles —hizo otra pausa. Leone creyó que estaba avergonzado—. Tropecé con un charco de lodo y caí.

—Qué mala pata —Leone terminó de coser y, mierda, le había costado demasiado hacerlo bien, aún estaba algo ebrio—.

—Si…

El silencio que los siguió, mientras el peliazul continuaba atendiendo las heridas del otro, fue horriblemente denso; le picaba la lengua por preguntarle qué mierda lo había llevado a, técnicamente, ir a morir a las montañas. Leone pensaba en cómo sacarle información, pero el alcohol no ayudaba.

Tardó un buen rato en curar todas las heridas, eran bastantes, dejando así a un Bruno cubierto de parches.

—Listo —indicó—. Te traeré algo para que te abrigues, mientras, comienza a comer.

—Y-yo… gracias.

Leone hizo una mueca y se retiró a su cuarto, buscó en su clóset un pantalón deportivo de tela gruesa que guardaba para el invierno y un suéter de la misma tela, tomó sus propias pantuflas y regresó al comedor; el pelinegro había acabado con más de la mitad de su comida.

Y él lo miró.

Y fue por momentos así que Leone confirmaba que era un completo imbécil teniendo la edad que tuviera. Podía usar de excusa al alcohol, a veces lo hacía, pero esta vez cree que también hubiera llegado a esa conclusión estando sobrio.

¿Qué hombre, en la faz de la tierra, sería heterosexual usando ese corte de pelo?

Si. Leone era un subnormal con pensamientos imbéciles en el peor momento; mirando fijamente al hombre bonito.

Bruno rompió el contacto para continuar comiendo y, mierda, Leone necesitaba otro trago. Fue por otra botella.

—¿Quieres un poco de vino? —preguntó cuando comenzó a usar el sacacorchos—

—Si, por favor —se levantó, ya había terminado—. Iré a cambiarme —se levantó, tomó la ropa que Leone había dejado sobre una silla y se metió en el baño—.

Abbacchio sirvió dos copas con vino, el pelinegro no tardó. Al regresar recibió la copa de vino, dio las gracias y le dio un gran trago.

—¿Salud por el peor día de tu vida? —preguntó Leone elevando su copa, el otro lo miró con el ceño levemente fruncido— ¿No?

—Definitivamente he tenido peores —volvió a beber—. Pero éste no se queda atrás.

—¿Ahora si me cuentas tu historia?

Bruno lo miró, casi asustado, luego volteó  y vió directamente su copa, la empinó contra sus labios y la vació.

—¿Cuál es tu opinión sobre… la mafia? —preguntó mientras le acercaba la copa para pedir más; Leone la rellenó—

—La mafia… —dejó la copa sobre la mesa y luego apoyó su espalda contra el mueble del lavaplatos— Pues, son una jodida patada en el trasero.

—La mafia mató a mi padre… —bebió y tomó un respiro— Desde los doce años dediqué mi vida a ser una piedra en sus zapatos, pero todo se salió de control. Escapé antes que fueran por mí, llegué a Florencia buscando refugio con mi madre, pero ella tenía otra familia, hijos incluídos, y cuando le conté todo… me pidió, por piedad a mis hermanos pequeños, que buscara otro lugar a donde ir.

—¿Por qué viniste específicamente hasta acá?

—Tengo entendido que Passione sólo tiene influencias en las ciudades más desarrolladas —bebió, luego se sujetó la barbilla—. Aunque, pensándolo bien, tal vez sólo quería conocer; viví toda la vida junto al mar.

—¿Dijiste Passione? —Leone estaba sorprendido; qué pequeño era el mundo—

—Si... ¿Los conoces? —preguntó con curiosidad—

—Bueno, si, es el secreto a voces de toda Italia —Bruno lo miró—. También tuve problemas con ellos —se encogió de hombros y bebió de su copa—; nada que me enorgullezca realmente.

—¿Me estás tomando el pelo?

—¿Con qué propósito? —volvió a encogerse de hombros, luego balanceó la copa en su mano, agitando el vino— Estás siendo sincero; lo seré también. Así es como se hace ¿no?

—Supongo… —miró hacia otro lado—

—¿Qué piensas hacer? —Leone vació su copa con un último trago— ¿Volverás a ir a la montaña a morir o huirás hacia otro lado?

—Lo dices como si fuera demasiado fácil.

—Éste es un caso donde debes pensar rápido o te cortan el cuello.

La melena negra de Bruno bailó ante el brusco giro de la cabeza, miraba a Leone con los ojos abiertos.

—Ahora lo dices como si ya lo hubieras hecho.

—Bueno —dejó la copa en el lavaplatos y se cruzó de brazos— ¿por qué alguien de mi edad viviría en medio de la nada? —alzó una ceja, haciendo obvia la respuesta— Llevo tres años en esto, hasta ahora todo ha estado bien.

—¡Mientes! —exclamó— ¡Éstas cosas no pasan! No a mí, al menos…

—Oh, será mejor que lo creas, cariño —alzó su siniestra y hizo un gesto despreocupado con la mano—. Yo diría que tienes suerte.

—No sé si lo llamaría suerte… —le dió una mirada que Leone sintió de lo más extraña, parecía ilusión y horror en una sola mueca—

—Bueno… —caminó a la mesa y recogió los trastes que dejó el pelinegro al comer— Ya estás aquí —regresó al lavaplatos y amontonó todo—, y no te correré después de todo lo que pasaste. Quédate hasta que te sientas mejor, así podrás pensar qué hacer.

—Y-yo… no es necesario…

—¿Bromeas? —enarcó una ceja— Vete a la cama, tomaré el sofá.

—De ningún modo te correré de tu propia cama —frunció el ceño—, ya es demasiado.

—¿Te has visto en un espejo? —el otro se tensó— Descuida, mi generosidad tiene poca duración, aprovéchala.

No hubo respuesta. Él bajó la cabeza, miró al suelo y asintió.

Luego de eso Abbacchio lo llevó hasta su cuarto y le enseñó la cama, sacó del closet un par de mantas y se llevó una de las dos almohadas de la cama.

—Te despertaré mañana para el desayuno —dijo sujetando el pomo de la puerta, antes de cerrar—, pero no aseguro que sea temprano.

—Está bien —se enderezó y lo miró—. Muchas gracias por tu hospitalidad —hizo una leve reverencia—, de verdad.

—Oh, yo… —lo miró fijamente los ojos, y creyó que el alcohol le atacaba de nuevo el estómago— no es nada. Que descanses.

Cerró la puerta y se alejó a toda prisa, terminando en la cocina, ahí se dejó enrojecer a sus anchas, también dejó a su estómago revolotear y a su corazón latir con el patrón que deseara.

Demonios, es tan encantador ese Bruno.

—Por favor, Leone —se dijo en voz baja—, que ni se te ocurra enamorarte.