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La luz plateada de la luna entraba por la ventana, posada en lo alto, majestuosa e ignorante ante la tristeza de sus espectadores. Ignorante ante los ojos brillosos, rebosantes de lágrimas que nunca fueron liberadas, a pesar de que pendían de un hilo, a pesar de que su mayor anhelo era caer y caer y caer; ignorante ante los hombros caídos, los pasos arrastrados y las miradas furtivas hacia la distancia esperando algo que no se puede recuperar.
Oh, como a Gojō le gustaría ser la luna para así poder vivir en la ignorancia.
La oscuridad de la noche era una manta, solamente que esta parecía tener dientes, que en vez de dar confort te devoraban de a poco dentro de su abismo y te asfixiaba su melancolía.
En la atmósfera nocturna, cuando el mundo se dormía, y el ruido cesaba, ser Gojō se volvía un tanto más fácil. Donde la única espectadora de su penoso acto era la noche misma, donde quitarse la venda era menos abrumador, en la cual borrar la sonrisa de sus labios no lo hacía sentir como un completo farsante, ni derramar su corazón en su almohada en forma de gotas cristalinas no lo hacía sentir tan débil.
Siempre ha dicho que para ser chamán hay que estar un poco loco, sacrificar esa poca cordura para dedicar tu vida a esto. Gojō ha estado bien con eso, hizo las paces con esa idea, dándole poca importancia porque era el más poderoso de todos, su brújula moral se descompuso y su cordura se fue por el drenaje; ya que es imposible tener tanto poder a cambio de nada. Sin esperar algún tipo de sanción. Sea por algún tipo de equilibrio divino o esas mierdas, donde por más que te sostengas a algo, incluso algo pequeño, va a llegar el momento en el que debas soltarlo por un bien mayor. Soltarlo y ya, sin dudar.
De la misma manera en la que arrancas una curita de un tirón y finges que no te causó dolor.
Viendo la luna; esta noche no parecía ser diferente a las otras, o al menos eso quería creer.
Es una lástima que el reloj destrozado en la mesita de noche le susurrara lo contrario. Reloj que Gojō no ha sido capaz de ver por más de dos segundos.
Porqué qué hará, rogarle acaso al reloj para que traiga algo imposible de recuperar, algo que fue borrado de la existencia misma sin dejar siquiera retazos de lo que solía ser… Vamos, Gojō nunca ha creído en los milagros.
Aún así…
Se obliga a mirarlo cuando el brillo impropio de la luna se refleja en la superficie quebrajada del elegante reloj. Es lo único que le queda de él. Lo único que Yuuji pudo rescatar ese fatídico día.
¿Y no es irónico? Que siendo la persona más poderosa del mundo, nunca obtenga lo que quiere.
Perdió a tantas personas ese día —no está seguro si cuenta como perder si una de ellas ya estaba muerta—, y si no hubiera reaccionado a tiempo, casi se pierde a sí mismo.
Perderse así mismo, uh.
Gojō supone que se perdió momentáneamente, perdió el equilibrio, el mundo se detuvo abruptamente para él. Para él y ese impostor, que llevaba la sonrisa del hombre que un día tanto quiso pero que en ese momento estaba mal, tan mal, ese hombre frente a él, que un tiempo Gojō creyó conocer tanto como se conocía a sí mismo; era un completo desconocido disfrazado con los restos de Getō Suguru.
Y respirar nunca había sido tan difícil como en ese medio segundo en el que Satoru se permitió recordar el pasado. Sólo medio segundo y ya. Y en el medio segundo restante, Gojō vió como la luz se extinguió de esos ojos rasgados por segunda vez, y sus manos fueron teñidas por ese rojo carmesí por segunda vez.
Es ridículo, después de todo; Gojō Satoru perdió a Getō Suguru, mucho antes de su muerte.
Sólo que esta vez, y con las manos manchadas de sangre Gojō va a lanzar las cenizas grises al mar, para que dancen entre las olas y nadie más nunca pueda alcanzar su cuerpo para profanarlo.
Al menos uno de ellos debía tener un entierro.
Ahora, con la luna de compañía, el croar de las ranas y el canto de las cigarras; se pregunta si tan sólo hubiese pasado más de un segundo reviviendo el pasado en ese momento, pero desecha esa idea al instante cuando su cabeza se repleta de imágenes de tonos grises, marcos de rubí y bermellón goteante, con una cacofonía de gritos desgarradores perpetuados como música de acompañamiento.
Sentado en la silla a un costado del ventanal como lo ha estado las últimas noches —¿semanas?— desde ese día, mira hacia la gran cama en el centro de la habitación que está ocupada por tres niños aterrorizados ante la crueldad del mundo.
Está bien, piensa, la compañía lo ayuda a no caer por completo en la locura.
Viéndolos ahora, dormir tan plácidamente como si hace unos días uno de ellos no escupiera su pena a través de sus lágrimas que corrían y corrían a rienda suelta por sus mejillas aniñadas. Gojō mentiría si dijera que la imagen no le causó una terrible tristeza que se alojó bajo su corazón, o en el lugar en el que un tiempo hubo uno.
Ese día Gojō Satoru perdió su corazón por segunda vez, sin embargo esta vez la culpa no fue del hombre de cabellos negros como la noche.
Volviendo a mirar el reloj recuerda cuando Yuuji llegó con el entre sus manos. Destrozado, con los ojos rojos e hinchados por el llanto —una envidia espesa se coló entre sus costillas cuando vió al chico expresarse con tanta libertad—. Nanami es… era lo más cercano a una figura paterna que el chico tuvo luego de perder a su abuelo . Donde por primera vez en un largo tiempo Yuuji fue la prioridad de alguien. Nanami siempre puso la vida de Yuuji antes que la suya, porque ese era su deber como adulto.
Gojō dejó que se desahogue, lo dejó dormir en su habitación cuando lo único que veía al cerrar los ojos era la muerte de Nanami una y otra vez, le dió un soporte porque a pesar de todo, Gojō Satoru no quiere seguir siendo un monstruo. Porque en el fondo, se siente culpable.
Una parte de Satoru quiere pensar que las lágrimas de Yuuji no eran sólo suyas, quizás el adolescente con el corazón del tamaño del mundo, también lloraba por él, lloraba en su lugar porque sabía que Gojō no podía hacerlo. No tiene tiempo para el llanto ni para el luto, no ahora que estos tres adolescentes lo necesitan más que a nadie. Porque luego de Yuuji llegaron los otros dos, con ojeras bajos sus ojos y la mirada perdida.
Son sólo niños. Era algo que Nanami le recordaba todo el tiempo, y ahora que no está, sólo le queda a él encargarse de que estos niños continúen siendo niños; aunque eso signifique dejar todo atrás y huir.
Algunos dirán que Gojō Satoru se ha ablandado con el tiempo, y si el antiguo Gojō, ese lleno de orgullo lo viese ahora, está seguro que se reiría en su cara por su sentimentalismo. Bueno.
Ese Gojō puede irse a la mierda.
Tiene un plan —no, no tiene un plan, pero se le ocurrirá algo, sólo necesita un poco de tiempo… solo un poco— si quiere que Yuuji, Nobara y Megumi tengan un poco de felicidad. Gojō ideara un plan para lograrlo.
Lo hará por Nanami, para que se enorgullezca donde sea que esté. Por ese Nanami que siempre dijo que los niños no debían hacer el trabajo de los adultos.
Un respiro tembloroso, un dolor punzante en su pecho y el mundo se vuelve un tanto borroso.
Algo húmedo recorre lentamente su mejilla, se pregunta si habrá comenzado a llover, sino, ¿cómo explicarías las gotas que caen en el piso? Que corren por las grietas de la madera, compitiendo una con la otra para ver quién llega a la tierra primero y hace crecer un árbol. Gojō siente que de sus lágrimas podría nacer un bosque, tan grande y frondoso como su tristeza infinita. En el cual, tal vez su corazón sangrante corra, arrancando las hojas, cortando las flores con el filo de sus pedazos rotos, manchando los árboles con su llanto, y con su egoísmo dirá que si yo no puedo ser feliz tú tampoco.
Gojō lo entiende, lo comprende y miraría sin pestañear la escena lamentable desenvolverse frente a él, para luego unirse y romper la tierra bajo sus pies de forma irreparable.
Uno se pregunta si vivir con un corazón roto es realmente vivir. Un corazón roto que por el camino perdió pedazos que no podrán ser recuperados después en la caja de las cosas perdidas, entonces debes vivir así; porque el mundo no se detiene por nadie, menos por la insignificancia de un corazón incompleto.
Y ahora que se detiene, realmente se detiene a pensarlo, quizás Gojō llevaba cargando con ese vacío en dónde deberían ir los restos de su corazón, hace mucho tiempo, simplemente antes no quiso siquiera pensar en eso. Porque es Gojō Satoru, ¿no?. El chamán más poderoso no tenía tiempo para algo tan humano como sentir.
Tener un corazón roto, no todo el tiempo es algo malo; claro, siempre y cuando exista alguien dispuesto a montar, reparar y dejarte un trozo de su corazón mientras buscas las piezas perdidas en los callejones de la vida. Aún así, si Gojō no es capaz de tocarlo sin cortarse, ¿realmente será tan irresponsable como para permitir el paso a la casa sin techos ni ventanas que es su corazón? No, claro que no.
Una llamada, una voz suave e indiferente y un sabía que ibas a volver acompañado de una risa con sorna para cubrir su alegría burbujeante.
Mentiría si dijera que la vuelta de Nanami al colegio no le alegró.
A Gojō no le avergüenza decir que cuando Nanami volvió, se aferró a él, al igual que te aferras a ese respiro luego de pasar demasiado tiempo bajo el agua, como las olas brumosas se aferran a la gravedad de la luna para continuar existiendo.
Como Gojō Satoru se aferró a Nanami Kento. Al igual que un hombre se aferra al único trozo de tierra firme luego de un tsunami.
Entre copas y las luces doradas del bar, Gojō le pide que cuide a Itadori Yuuji. Recibe un no, tal como esperaba, pero Gojō es molesto, persistente y Nanami por alguna extraña razón no puede negarle las cosas por mucho tiempo.
Bueno, Gojō cree que es porque el corazón de Nanami era mucho más grande y puro que el suyo, Nanami que tuvo que madurar demasiado rápido, que el mundo de la hechicería le quitó muchas cosas, pero aún así el hombre tenía bondad, amor y compasión en su corazón —a pesar de negarlo todo el tiempo—, razón por la que Satoru sabía que él era la persona perfecta para cuidar de Yuuji.
El verlos interactuando sólo confirmó lo que ya sabía.
Era extraño mirarlos y sentir un poco de envidia, a la vez que un anhelo traicionero apretaba su pecho —traicionero y familiar—, causando que su corazón latiera por primera vez después de mucho tiempo, donde cada bombeo nuevo comenzó a ser por y para Nanami.
Un ceño fruncido, una risa molesta y el corazón esperanzado de Gojō.
Gojō se ha enamorado sólo una vez en su vida, y ya sabemos como terminó, ¿no?. Luego de eso las personas perdieron su valor, no se interesaba en ellas más que para pasar un buen rato, no eran más que una distracción que lograban hacer que Gojō se olvidara del mundo por unos cuantos minutos. Las personas para Gojō eran desechables.
Las personas habían perdido su valor, hasta que Nanami hizo latir el estropeado corazón de Gojō Satoru por segunda vez.
Y Satoru se sentía como un niño de primaria que no tenía idea del amor, que se encuentra por primera vez con el revoloteo como alas de mariposa bajo sus costillas, que lo confunde, y de repente dejarlas salir por medio de comentarios sarcásticos y risas molestas es la única manera de volver a respirar con normalidad.
Algunas veces Satoru miraba a Nanami cuando este no se daba cuenta. Gojō miraba a Nanami Kento esperando que este le devolviera la mirada.
Y si de algo estaba seguro; era que si existía alguien a quién Gojō pudiese darle los restos de su corazón sin miedo a perderlos para siempre, ese alguien era Nanami.
Si tan sólo Nanami le devolviera la mirada por más de dos segundos, Satoru podría haber envuelto su corazón en algodón dentro de una cajita, para asegurarse que sus bordes filosos no cortaran sus manos, para que su llanto no mojara su traje, ni su pena espesa como alquitrán, manchara sus zapatos.
De ese 31 de octubre, sólo recuerda pinceladas. Recuerda el enfrentamiento con Getō, ese medio segundo donde se quedó petrificado y de no ser porque su corazón bombeaba otro nombre... quizás Gojō no estaría aquí.
Gojō Satoru supo de la inmensidad de su amor cuando Nanami perdió la vida.
Luego del funeral… ¿Vale llamarlo funeral si el ataúd que iba bajando, se hallaba vacío?, y que se hace si no hay un cuerpo al cual llorarle. Que se hace si no pudo verlo por última vez, aunque sea… Gojō estaría conforme con verlo sólo una última vez, ya sea en sus sueños o en la mesa fría de la morgue.
No sabe que se hace si lo único que quedó de la persona que reparó tu corazón no es nada más que las memorias que se tienen de él, las fotografías tomadas por sorpresa, esa panadería favorita, una corbata amarilla con puntos y un reloj estropeado.
Qué puede hacer Gojō, si lo que ahora perdió, nunca fue suyo. Si Nanami nunca supo que en las tierras antes secas de su corazón, comenzaron a germinar flores de todos los colores, y siempre que llovía luego salía un arcoíris.
Nanami Kento y Getō Suguru eran muy diferentes, para Gojō lo único que compartían —lo más importante— era el amor que Satoru sentía por ellos.
Dicen que el primer amor pasa por accidente, no te das cuenta hasta que comienzas a ver el mundo a través de cristales de color rosa. Para Gojō caer por Suguru se sintió así, y luego cayó más profundo cuando ese amor se terminó porque ambos tenían visiones del mundo diferentes, y su amor quizás… quizás su amor nunca fue tan fuerte en primer lugar, quizás su amor era una de esas cosas que estaban destinadas a fallar, acabar y ser olvidadas.
Con Nanami, con Nanami fue diferente, porque caer por él fue sorpresivo, sin embargo continuar cayendo, fue una decisión consciente, Gojō Satoru eligió caer por el hombre de expresión seria, cabello arreglado y corazón bondadoso incluso cuando sabía que su amor podía no ser reciprocado. Gojō dejó que crecieran flores cuyos pétalos al ser acarreados por el viento susurraban el nombre de Nanami como una canción de amor. Querer a Nanami Kento, se sentía bien, tanto como estar frente a una chimenea mientras afuera se desataba una tormenta.
Fue una semana después del 31 de octubre, que Gojo puso un pie en el departamento de Nanami. Una semana después en la que impulsado por la rabia derribó la puerta y destruyó todo a su paso en un atisbo desesperado de encontrar un escape, porque pensó que si desordenaba lo suficiente Nanami aparecería mágicamente a llamarle la atención, a dirigirle esa mirada dura que por efímeros momentos Gojō alcanzaba a verla tornarse suave… y triste, la mirada de Nanami era tan melancólica cuando se quitaba los anteojos verdosos, en esos momentos del día cuando creía que Gojō no lo estaba mirando.
Con el atardecer a sus espaldas, con los vestigios de su arrebato frente a él, Gojō yace en medio de la habitación de Nanami. Dicha habitación aún acarrea el perfume amaderado y suave que Satoru tanto adora. En la mesita de noche aún está el vaso de agua medio vacío —o medio lleno, que importa. Que importa—, parecía normal, habitado; si ignorabas la fina capa de polvo que cubría la mayoría de los muebles, si hacías la vista gorda ante el correo acumulado en la entrada y la comida en mal estado en la nevera.
Ese día encontró entre los cajones de Nanami una libreta, que para cualquier otra persona podría pasar desapercibida, nada más que un simple montón de hojas, sin embargo, Gojō podía ver la energía residual de Nanami en el pequeño cuaderno.
La trajo consigo, la escondió en el fondo del velador y luego pretendió que la libreta no existía.
Días antes de perderlo, recuerda encontrarlo observando el cielo con el sol brillando potente en lo alto. Los rayos del sol iluminaban su rostro, su cabello rubio parecía estar hecho de oro, y sintió envidia de esa gran estrella en cielo, envidia porqué que la hace tan especial como para tener la atención plena de Nanami, que tiene que hacer Gojō para que Nanami lo mire con tanto afecto como mira al sol.
En este momento, sentado en la vieja silla; desearía ser la luna, para permanecer ignorante ante las desgracias del mundo; pero en ese momento quiso ser el sol, para acariciar con sus rayos el rostro de Nanami, para espantar con su calidez todo el frío que pudo sentir alguna vez, para que Nanami lo mire por más de dos segundos, para que Nanami lo mire con esa expresión rebosante de amor.
Una respiración atorada en su pecho, la luz de la luna, el canto de las cigarras y la libreta está en sus manos.
Pasa la mano, casi con reverencia para no alterar su estado, sobre las esquinas dobladas y por sus hojas amarillentas oxidadas por el tiempo.
Manos temblorosas abrieron la libreta, en la primera página estaba escrito en una caligrafía pulcra y elegante el nombre de su dueño, en la misma letra, tan delicada y prolija como Nanami, había citas de uno que otro libro que para Gojō no tenían sentido ni valor, pero para Nanami si. Quizás Nanami se cruzó con este montón de palabras que hicieron vibrar su corazón de alegría o apretar su pecho en angustia, quizás para Nanami tenían tanto sentido y valor que no pudo evitar plasmarlas en papel para no olvidar lo que sintió cuando se topó con ellas en primer lugar.
Y debería sentirse mal porque está violando su privacidad, leyendo algo tan íntimo como lo que hay en las amarillentas hojas, debería sentirse mal, pero Nanami no está, no está y Gojō desearía tomar a la muerte de la mano, lanzarla por un precipicio y burlarse de ella mientras cae.
En la última página no hay nada más que una fotografía. Era una simple fotografía, un poco desteñida por el transcurso de la vida. En ella se podía ver a Gojō en la playa, con el mar y el sol a sus espaldas, donde los rayos del sol crearon un halo a su alrededor.
Era él, ese día que llevaron a los chicos a la playa, ese día en el que se pusieron de acuerdo para pretender que vivían una vida normal. Era Satoru con el sol a sus espaldas y el cabello desordenado junto con una sonrisa que se le hacía tan ajena. No recuerda quién tomó la foto, pero está completamente seguro que no fue Nanami.
¿Y no es raro, acaso, que Nanami tenga en su posesión una fotografía de Gojō? Su corazón es traicionero, y ese atisbo de esperanza duele tanto como un golpe en el pecho, pero dime, de qué sirve ahora.
No sirve de nada porque Nanami no está, no está y asumirlo es igual que recibir un balde de agua fría sobre la cabeza.
Todo este tiempo Gojō se preguntó qué debía hacer para recibir la melancólica mirada de Nanami, todo este tiempo atrapado en ese constante bucle que es la incertidumbre. Todo este tiempo, y resulta que no tenía que hacer nada porque detrás de la fotografía… detrás de la fotografía estaba escrito en la caligrafía elegante y pulcra de Nanami:
Mi sol, Gojō Satoru.
Y quiere reír y llorar al mismo tiempo, quiere ir donde sea que esté el hombre que se llevó el último trozo de su corazón, quiere ir y gritar hasta que sus pulmones se agoten y sus cuerdas vocales sangren mientras la tierra tiembla y las nubes lloran; porque no es justo, no es justo, no es justo.
No es justo tener tanto poder si no se puede conseguir lo que el corazón más desea.
Una fotografía arrugada, lágrimas silenciosas y un hombre que nunca puede tener lo que quiere.
Se disculpará cuando vuelva a ver a Nanami por las gotas translúcidas que destiñeron aún más la fotografía, que caen y caen y caen, regocijándose en su libertad.
Es patético, eres patético, espetó una voz. Mientras la luna mira como el vaso que contiene las emociones de Satoru, se desborda. Como el agua atrapada en la represa, que apenas ve una grieta, escapa con todas sus fuerzas, dejando a los demás lidiar con el desastre que su libertad dejó. Gojō no tiene quien lidie con su desastre, no existe alguien que pueda volver a armar esa represa a su antiguo estado.
La luna borrosa, la fotografía en su regazo y el reloj en la mesita de noche.
El reloj es un peso sólido en sus manos, el reloj está frío al tacto, con su superficie rota, con algunos pedazos faltantes que aunque Gojō busque con frenesí, sabe que jamás podrán ser encontrados.
Nanami Kento y Gojō Satoru, estuvieron a una sola mirada de serlo todo. Quizá Nanami nunca dijo nada para no hacerle daño, porque sabía que si uno de los dos se iría primero; no sería Gojō.
Si Nanami le hubiese dado la opción de escoger entre tenerlo y perderlo a no tenerlo y perderlo, elegiría sin dudar estar con él, porque al menos sabría que Nanami fue feliz, que Gojō pudo contribuir a pintar su mundo con un poco más de colores; y si, dolería, dolería tanto perderlo —duele, tanto, tanto—; pero Gojō sabría lo que se siente ir a dormir y despertar con él a su lado, sería ruidoso a propósito tan solo para que Nanami lo calle con un beso, dejaría que con sus manos esconda sus fantasmas, y lo proteja de sus miedos; incluso si sabe que Gojō es el más fuerte de los dos. Y sabría que la envidia que sintió cuando vió a Nanami mirar el sol, no tenía sentido.
Tantos quizás y Nanami no le dió la opción de escoger, y ahora, con lo único que cuenta para seguir viviendo es con su imaginación que contiene infinitos.
Realmente desearía ser la luna para seguirlo hasta donde sea que esté, y ser el sol para que los ojos que cargan los montes y valles de Nanami, sean sólo suyos.
Nanami no está y Gojō se quedó solo, le arrebataron la única cosa constante en su vida, haciéndolo sentir igual que cuando se le quita un dulce a un niño sólo para ver cómo rompe en llanto; pero ¿vale llorar si ese dulce nunca fue de ese niño? Si lo tuvo frente a él todo el tiempo pero nunca llegó a sus manos, si decía su nombre como un rezo, esperando que si lo decía lo suficiente este caería voluntariamente en sus manos.
Nanami, Nanami, Nanam-
Se sobresalta cuando oye el timbre molesto que indicaba una llamada entrante. Sopesa la idea de dejarlo sonar, y que el ruido haga eco en las paredes.
Se pone de pie, ignorando su dolor, y suelta un quejido cuando sus piernas no le responden resultado a estar en la misma posición durante mucho tiempo.
No necesita caminar cuando puede teletransportarse donde está su celular; que está aproximadamente a diez pasos.
Suelta un bufido húmedo al imaginar la reacción de Nanami si estuviese aquí. Eres ridículo, Gojō-san. Diría con ese tono de voz que sólo usaba en presencia de Gojō, con el ceño fruncido acompañado con una expresión exasperada, mientras se aprieta el tabique de su nariz para armarse de paciencia.
Nanami, Nanami, Nanam-
—¿Gojō? —preguntaron del otro lado de la línea.
—¡Ah, Yaga! —contestó, aclarándose la garganta—. ¿A qué se debe esta llamada en medio de la madrugada? ¡No es que no la aprecie, de verdad!-
—Esto es serio, Gojō —interrumpió el monólogo del peliblanco.
Porqué otra razón lo llamaría si no lo fuera. ¿Para preguntarle qué tal está?. Bufó mentalmente, por favor.
—¡Claro! ¡Claro! Por favor, continúa —dijo haciendo un mohín con la mano.
Borrando la evidencia de la lluvia en su rostro, y sorbiendose la nariz con cautela, esperando que la persona al otro lado no se de cuenta de su lamentable estado.
Al menos los chicos no despertaron con el ruido del celular. Le alivia verlos dormir plácidamente, ninguno de ellos ha descansado lo suficiente estas últimas semanas. Donde esta ha sido por lejos la más estable que han tenido. Gojō va a asegurarse de que estén a salvo y vivan el resto de lo que queda de sus vidas con normalidad.
Como si fuese tan fácil, como si uno de ellos no tuviera una sentencia de muerte. Gojō podía ver la soga materializandose en el cuello de Yuuji cada día que ingería otro dedo de la maldición.
—… energía maldita descon- ¿estás escuchándome?
No, no lo estoy, y tampoco quiero oírte. Ni quiere ir a donde sea que lo envíen, ya no quiere esto, no quiere pretender que no es más que un arma. Gojō ya no quiere ser el más fuerte.
No quiere, no quiere, no quiere.
—… Uh ¡claro! —Un suspiro largo y sufrido se podía oír de la otra línea, seguido de palabras a las que Gojō no prestó atención. Probablemente eran insultos a su persona. Como sea.
Gojō se habría reído, si el suspiro largo y exasperado viniera de otros labios; para luego decir su nombre mientras alarga la “i”, sabiendo que del otro lado de la línea quizás el hombre niega con la cabeza ante su comportamiento infantil, niega la cabeza con una pequeña sonrisa porque Gojō ahora sabe...
—… Gojō, se que la pérdida de Nanami te afectó, y de verdad lo siento, pero ahora debe-
¿Qué sabes tú? ¿Acaso sabes cuánto Gojō lo adoraba? —lo adora— ¿Sabías acaso, que su corazón se fue con él ese día?... ¿Acaso sabías que Nanami lo amaba con la misma intensidad con la que el sol ilumina la tierra? No tienen idea, no saben nada.
—Goj-
—Envíame un mensaje con las especificaciones de la misión, estaré ahí en unos minutos —se apresuró a decir—. ¿Te parece? ¿Si? Sí, ¡un placer hablar contigo Yaga! ¡Adiós! —finalizó la llamada sin esperar respuesta del otro lado.
Siente el dolor de cabeza formándose, Gojō suelta un suspiro tembloroso y se pone la venda negra sobre sus ojos.
Esto, piensa, este corto momento de lamento es lo único que se va a permitir tener, porque la vida sigue incluso si uno desea que se detenga con todas sus fuerzas, porque Gojō y la muerte han caminado de forma paralela desde que tiene memoria, porque la muerte le llega a todos a su alrededor, menos a él.
La tormenta en sus ojos y la lluvia como lágrimas, va a formar los bosques más hermosos que el mundo haya visto, tan frondosos e inmensos como su pena.
Nanami, Nanami, Nanam-
La luz de la luna, el reloj quebrado y el llanto de un niño al que le arrebataron su dulce favorito.
Y su corazón late y grita y llora, ya que por segunda vez la razón de su existir fue arrebatada de sus manos.
Nanami, Nanami, Nanami.
