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A Rin no le gustaba estar encerrado. Necesitaba mantener ocupadas las manos y estirar los músculos; era un atleta profesional. Pero, no. Estaba allí encerrado, con ganas de lanzarse por la ventana.
Estúpido virus, estúpida pandemia, estúpida cuarentena. Estúpido él que se descuidó y dio positivo, y para colmo arrastró a Osamu con él en su desgracia.
Él estaba feliz practicando nuevas recetas y haciendo videollamadas con su hermano mientras Rin estaba a punto de cavar un túnel con una cuchara y escaparse.
Suspiró cansado por décima vez esa hora y pataleó en el sofá. No quería ver una serie, no quería ver ningún partido, no quería jugar videojuegos. Iba a morirse ahí, desparramado en el sillón sin moverse hasta fusionarse con él. O momificarse. Lo que pasara primero.
— ¿Qué pasa, Rin? ¿No está buena la película?— preguntó Osamu, entrando en la sala de estar con el teléfono en la mano.
— Samu, trae el cuchillo. Voy a acabar con esto de una buena vez.
— No, cariño, debe haber alguna otra opción.
— Ustedes me dan un asco—. Dijo la voz en el teléfono.
— Atsumu, muérete—. Le gritó Rin.
— Hola para ti también, Sunarin. ¿Cómo la llevas?
Rin hundió la cabeza en la almohada y ahogó un grito—. La lleva fantástico. Está siendo super productivo y se ha mantenido en completa calma—. Se burló Osamu.
Rin estaba calmado. Claro que sí. Podría comportarse mucho peor. Osamu lo descubriría en un par de días más. ¡Un par de días más! Todavía le faltaba sufrir allí. No lo lograría. No era tan fuerte.
— Rin, te estás ahogando en un mar de pensamientos negativos y miseria ¿no es así?— Osamu se sentó a su lado.
— Esto es muy duro. Ya no puedo más—. Se quejó.
— Somos asintomáticos. Somos afortunados. Unos días encerrado no te harán daño. Consigue algo que hacer: arma un rompecabezas.
— A ti te voy a romper la cabeza si vuelves a decir una barbaridad como esa.
Osamu levantó los brazos, en señal de rendición—. De acuerdo, de acuerdo. Estaré en la cocina. ¿Quieres algo?
— Algo dulce—. Lloriqueó como un niño mimado.
— Unas galletas, entonces.
Rin se acomodó en el sofá e intentó prestar atención a la película (de la que ya se había perdido más de la mitad). Estaba tan aburrido que comenzó a fijarse si a los que hacían de muertos se les movía el estómago.
Media hora fue lo que duró. Luego se aburrió y comenzó a merodear el departamento. Estaba a punto de contar los puntos que habían en el moteado tapiz de la cocina, quizás los productos del baño. Podría leer las etiquetas de los productos enlatados.
O podría ir por el cuchillo él mismo y finiquitar su idea original.
Estuvo paseándose de un lado al otro, se asomó a la cocina donde Osamu horneaba galletas mientras mandaba al diablo a Atsumu por FaceTime. No quiso interrumpir, así que se tiró en el suelo de la sala de forma dramática; si tuvieran un gato podría jugar con él. ¡Deberían conseguir un gato!
Se comió las galletas enfurruñado y Osamu maratoneó una novela turca demasiado dramática durante la noche, Rin se contó los poros de la cara y jugó con las cutículas de sus dedos antes de irse a la cama temprano, aburrido a más no poder.
Los días pasaban y él ya no tenía ganas ni de hacer berrinche. Solo estaba ahí en el piso, mirando el techo y fingiendo que las moscas que se paraban en él eran naves espaciales que venían a invadir la Tierra. Osamu se había dedicado por completo a la repostería: horneaba galletas navideñas (en junio), pasteles de chocolate, de queso, fresas con vainilla.
Rin los probaba todos. En las noches se levantaba y se los comía sin que Osamu se diera cuenta ¡se perderían de todos modos! Luego le daba dolor de estómago y pasaba buen rato sentado en el inodoro, ahí aprovechaba para leer las noticias y revisar Twitter. Un día posteó una foto vergonzosa de los gemelos cuando estaban en la secundaria y los volvió tendencia. Atsumu lo llamó para insultarlo, pero no contestó. Osamu fue quien recibió los insultos en su lugar.
— Rin, tengo tarta de fresa—. Le gritó Osamu desde la cocina.
Él se levantó del piso y corrió hasta allí. Osamu le puso la tarta enfrente. Rin tomó una probada con el dedo y cerró los ojos, gustoso.
— Está delicioso, Samu.
— Puedes llevarte una rebanada. Lo demás se lo enviaré a mamá y al idiota.
Rin sabía que se terminaría olvidando y se dañaría en el refrigerador. Por eso se los comía. Cortó su rebanada sin decir nada y se la metió entera a la boca. Osamu lo miró con desaprobación.
— Oye, no te lo comas así, te vas a ahogar.
Rin le mostró un pulgar arriba y salió de la cocina con la boca llena de tarta: sus moscas invadirían la Tierra y no podía perdérselo.
En definitiva, Osamu también estaba cansado de estar encerrado. Él no hacía berrinches ni amenazaba con saltar por la ventana ni mucho menos, pero horneaba como un loco y ahora también preparaba recetas occidentales que eran incomibles. Por supuesto, él no se lo diría, así que se los comía y fingía que estaba delicioso. Diez minutos después estaba en el baño de nuevo, llamó a su madre desde allí para preguntar cómo estaba su abuela.
Después de una de sus expediciones al baño y de haber revisado todas las tendencias en Twitter, se recostó en el marco de la puerta y vio a Osamu preparar algo parecido a unos tacos. No le estaban quedando muy bien, pero se los comería con una sonrisa. Se le quedó mirando, una sonrisa boba se le escapó.
— Entonces… ¿vas a besarme o te quedarás ahí parado?
Osamu lo miraba desde la cocina con una ceja levantada y una sonrisa juguetona. Ahora sí sonrió con ganas y se acercó a él, lo tomó de la cintura y le dio un beso corto en los labios y luego otro en la frente. Osamu le frunció el ceño.
— Un beso de verdad.
Sus deseos eran órdenes. Lo besó lento y perezosamente. Osamu sonrió al separarse—. Mucho mejor. ¿Te gustaba lo que veías?
— Siempre. Pero en realidad— dijo y comenzó a separarse— creo que te estás pasando con la cocina. Estás gastando nuestros suministros.
— Atsumu puede traernos más. ¿Acaso no te gusta lo que cocino?
Llegó la hora de la verdad—. Claro que no, todo lo que cocinas está a otro nivel—. De acuerdo, no tenía corazón para decírselo.
— ¿Entonces?
Rin jugueteó con la mesa y luego lo rodeó para quedar de a su espalda y abrazarlo por la cintura desde esa posición. Recostó su mentón en su cuello—. Creo que es tu manera de demostrar que estás abrumado. Y, por experiencia propia, debes alejarte de este ambiente.
— Pero me gusta cocinar.
— Pero necesitas hacer otra cosa. Veamos juntos esa novela turca tuya, prometo no dormirme.
— Siempre dices lo mismo y antes de medio capítulo ya estás roncando.
— Lucharé para no hacerlo—. Le hizo cosquillas en el estómago y Osamu se dobló de risa.
— ¡De acuerdo, de acuerdo! Dame un beso como modo de sellar la promesa.
Rin lo tomó de la barbilla y lo besó. Ambos sonrieron y Rin lo arrastró al sofá. Osamu puso la novela, se recostó sobre el estómago de Rin y él lo rodeó con los brazos.
Rin se durmió.
La cuarentena terminó antes de que se dieran cuenta y Rin casi salió volando al gimnasio y Osamu al restaurante. Anhelaban tanto su libertad.
