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Huesos de plata y corazón de cristal

Summary:

"En su pecho, su corazón acelerado batía cual alas de colibrí en pleno vuelo y todo lo que podía pensar honestamente, era que ésta era la persona que en otra vida sería su otra mitad."

Mientras busca a la persona a la que está destinado a amar, la más grande invención de Luo Binghe llega a él mediante un sueño y se materializa luego en la forma de un autómata de apariencia tan humana, que por momentos olvida que no es real.
Una reinterpretación del mito de Galatea y Pigmalión, con una ambientación Steampunk.

BingQiu Week 2021 Day 5: Steampunk AU

Notes:

Pigmalión era un rey que deseaba casarse, sin embargo, se negaba a hacerlo si no era con la mujer perfecta. Buscó y buscó pero nunca encontró, finalmente y frustrado se dedicó a hacer esculturas, una de ellas (Galatea), resultó tan hermosa y perfecta que Pigmalión se enamoró de ella. Era tal su amor por la estatua que Afrodita decidió intervenir, una noche Pigmalión soñó que la estatua cobraba vida y al despertar descubrió que en efecto había sido así. Galatea se convirtió en humana y enamorada de su creador se quedó con Pigmalión.

Work Text:

A comparación de otras grandes ciudades, Huayue era un pueblo relativamente pequeño ubicado al pie de la montaña Cang Qiong, la población no era escasa aunque tampoco abundaba y las personas tendían a conocerse unas a otras desde la infancia; es por ello que cuando un extraño joven decidió instalarse allí de repente, causó un gran revuelo. Al centro de la ciudad se edificó dentro de poco la enorme mansión; de madera y de cobre contaba con más de veinte habitaciones y ventanas, poseía un bonito jardín lleno de rosas, un establo para seis caballos y un carruaje estacionado bajo un toldo hecho de bambú, todo protegido tras un elegante barandal pintado en negro, en contraste con la casa que se había pintado de un blanco impoluto y de cuyo techo sobresalían enormes tubos dorados que durante todo el día escupían vapor.

El dueño de todo esto era nada menos que Luo Binghe, un joven de aspecto noble y bien parecido, al que solía vérsele vestido con nada más que finos chalecos en tonos granate y escarlata, elegantes sombreros de copa sobre los que se posaban sus gafas y un reloj siempre sujeto a su pantalón, un plateado bastón en mano y ocasionalmente guantes de cuero que le servían bien en su profesión. Luo Binghe se había vuelto inesperadamente rico debido a su talento a la hora de crear, considerado por sí mismo como un humilde artesano, era llamado por otros como un gran inventor.

Muchos habían presenciado por sí mismos las obras de las que aquellas manos eran capaces, bastaba con entrar a su taller, un gran salón ubicado al interior de la casa y al que pocos tenían acceso, para maravillarse con lo que había allí. Figurillas de metal y madera; había desde conejillos que brincaban uno tras otro por el suelo despidiendo vapor, mariposas mecánicas cuyos embragues mantenían el batir de las alas con fuerza, soldaditos de madera marchando al compás, e incluso extraños artilugios que parecían servir para preparar el té y limpiar el hogar.

Niños o adultos, sus artefactos que se destacaban por su calidad y extrañeza, asombraban a todos por igual. Se vendían a velocidades alarmantes y los ricos pagaban cuantiosas sumas de dinero en encargos hechos a pedido especial. Tal era su popularidad que la fortuna que pronto amasó bastó para darle una vida de lujos sin necesidad de volver a trabajar, sin embargo, disfrutaba de dar uso a su habilidad por lo que ocasionalmente aun confeccionaba diseños que compartía al público en exposiciones abiertas a cualquiera que deseara mirar.

Todo esto sumado a su encantadora actitud, hizo que naturalmente muchas jóvenes damas lo vieran como a un potencial marido. Desafortunadamente Luo Binghe jamás había mostrado la más leve inclinación por ninguna de ellas, ni hombres ni mujeres parecían llamar su atención. Había estado solo toda su vida y con frecuencia aseguraba que probablemente se mantendría así en el futuro cercano. La gente rumoreaba al respecto por supuesto, había quienes decían que el joven inventor había sido maldecido cuando era aún demasiado joven, culpa de una despechada bruja que no pudo soportar el rechazo, otros decían que era simplemente falto de cualquier atracción sexual.

Al final ni lo uno ni lo otro eran correctos, lo cierto era que Binghe anhelaba un amor más profundo que el que veía a menudo en otros, pero por más que había buscado a lo largo de su vida jamás había encontrado persona alguna que lograra acelerar su corazón de tal manera y que atrapara su mirada por completo. Se había jurado a sí mismo a una temprana edad, que jamás desposaría a nadie más que aquella persona que fuera perfecta para él, su destino esperado y su otra mitad; cuando contaba esto a otros a menudo se habían burlado de él por ser un romántico, por lo que eventualmente mantuvo este asunto en secreto y guardado en lo profundo de su corazón.

Y pese a los pocos resultados en su búsqueda, mantenía ferviente su esperanza, a menudo soñando despierto con encontrar a esta persona ideal y colmarle de todo el afecto que era capaz de brindar, imaginaba el cortejo que llevaría a cabo y la elegante boda que le seguiría. Solo existía un problema, ¿cómo encontrar a alguien que ni siquiera sabes cómo es? La belleza, que eventualmente se desvanecía al igual que el verde de las hojas hacía en otoño, no le importaba tanto como el alma que esperaba conocer. Falto de cariño en su huérfana niñez, codiciaba el cálido y tierno afecto que tan escaso era hoy en día.

 

 

Su deseo no vería cumplido hasta dentro de varios años, poniéndose en marcha durante una cálida noche de lo más inesperada.

El día que en el pueblo se celebró el festival de la cosecha, Luo Binghe acudió como era su costumbre, observó cómo se encendían faroles de aceite que eran colgados a las puertas de las casas, algunas de ellas llenas de personas que acudían a los bailes que se celebraban; otras residían a las afueras donde había puestos de comida de todo tipo e improvisados teatros callejeros con marionetas. Binghe pasó de largo todo, caminando con paso confiado y apoyándose de su elegante bastón de plata, no que le fuera necesario pero le había gustado el aire de gala que otorgaba, en camino a la montaña Cang Qiong, donde habían sido colocados los altares a los dioses.

Se contaba que en la antigüedad la tierra les había pertenecido, pero un día los dioses simplemente se hartaron de ella y de los humanos, por lo que se mudaron a aquella montaña sagrada para vivir en tranquilidad. A lo largo del año se hacían varias celebraciones para honrar y agradecer a los distintos dioses, ésta en particular se hacía en honor al dios de la cosecha y la buena fortuna, Qingyuan; al que los pobladores (Luo Binghe incluido) acudían en este día para rezarle y dejar ofrendas en su altar.

Aquella noche luego de presentar sus oraciones ante dicho altar, se encaminó de regreso al pueblo para disfrutar de la festividad, había pasado el último mes sin crear nada nuevo y esperaba encontrar allí una nueva fuente de inspiración; pero cuando estaba a punto de adentrarse en los puestos de comida lo notó. El ultimo altar en la fila, con apenas una lámpara de aceite encendida y unas naranjas demasiado maduras, era el altar que pertenecía al dios Qinghua; a menudo poco apreciado a diferencia de los demás. Al ver lo descuidado que se encontraba y recordando que en su niñez había llegado a robar los dulces dispuestos para aquel dios en su altar, se conmovió y decidió ayudarlo a mejorar.

Sus ofrendas ya habían sido dejadas para Qingyuan, por lo que no cargaba con gran cosa, pero acercó un cuenco con agua y compró algunas frutas frescas para dejar, también dejó como ofrenda la que había sido su última invención, un avión de juguete que se movía gracias al vapor. Qinghua era el dios de la creación, entre otras cosas, por lo que probablemente lo apreciaría. Dedicándole una última oración y pidiendo por algo de inspiración, se alejó despreocupado en camino al baile que se celebraba en la residencia de Gongy Xiao.

Y la fortuna le sonreiría antes de lo esperado, puesto que aquella noche llena de estrellas y luz de luna, un diosecillo travieso lo notó en medio de aquella ferviente multitud. Era el dios Qinghua, de la creación y la literatura, pero también de los espías y los estafadores. Este dios alegre, a menudo menospreciado incluso entre los suyos, no solía recibir ofrendas tan generosas, por lo que ver aquella de tan buen gusto inmediatamente llamó su atención.

Los humanos siempre serían su creación favorita, pese a las quejas que sus hermanos en la montaña pudieran tener sobre ellos; la belleza de su albedrío y su capacidad de amar tan apasionadamente lo dejaban perplejo. Fue así que decidió ayudar a este solitario humano que había acudido en busca de su favor, y esa misma noche a sus sueños envió la imagen de lo que consideró sería su más grande creación, la voluntad misma de un dios inmortalizada para siempre, la fama y la riqueza serían inigualables y nadie que lo viera se atrevería jamás a dudar de su talento.

 

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Cuando Luo Binghe despertó aquella mañana, en su mente permanecía la encantadora imagen que había plagado sus sueños durante toda la noche y sintiendo que sus manos picaban por comenzar a trabajar, apenas y se dio tiempo para vestirse antes de correr hacia su taller para comenzar.

Durante cinco días y sus noches Binghe se encerró en su taller para trabajar, sin dormir o comer, no le importaba nada más. Sus sirvientes, que solían limpiar y cocinar por la mañanas e irse por las tardes, se preocuparon cuando día tras día encontraron los platillos intactos; intentaron llamar a la puerta con más bandejas de comida en mano, más la respuesta fue siempre la misma "La más bella de mis creaciones está por surgir, vete y déjame trabajar".

Al final dejaron de intentarlo y fuera de aquella casa, las personas comenzaron a hablar, con solo el vapor continuo que salía por los tubos de aquel techo como prueba, susurraban entre sí sobre la posible locura del artesano. Curiosos intentaron entrar a la casa bajo la excusa de comprar un nuevo artefacto o, aquellos que eran más audaces, para preguntar por la salud del joven señor del hogar. Todos fueron rechazados nada más llegar, puesto que los sirvientes que eran trabajadores leales reconocían a las arpías que anhelaban un buen chisme para contar.

Dentro de su taller Luo Binghe se mantenía siempre en movimiento, pieza tras pieza manipulada por sus hábiles manos, usó solo lo mejor de lo mejor. Delicadas varillas de acero inoxidable, láminas de bronce pulido, los engranajes hechos de plata, y tornillos y tuercas de un resistente hierro. Se mantenía despierto por pura fuerza de voluntad, demasiado exaltado para sentir fatiga siquiera, el hambre y la sed controladas por los brebajes contenidos en los tubos de ensayo que allí guardaba y que consumía cada cierta hora.

Trabajaba con rapidez, pero en sus movimientos había una delicadeza solo comparable al enhebrar de un hilo por el ojo de una aguja. Temía que la inspiración le abandonara antes de terminar y que aquel bello sueño del que nacía la figura frente a él se desvaneciera por completo en los confines de su memoria. Más aquello nunca ocurrió.

Y cuando la obra estuvo terminada al fin, casi temió haber cometido algún error, sin embargo, nada pudo prepararlo para lo que en verdad ocurrió; retirando la sábana con que había cubierto su creación, en un intento de contemplar el acabado final en su máximo esplendor, su mirada quedó atrapada inevitablemente y por completo, en su pecho su corazón acelerado batía cual alas de colibrí en pleno vuelo y todo lo que podía pensar honestamente era que ésta era la persona que en otra vida sería su otra mitad.

De rasgos delicados, pero una expresión suave, pese al modelado sobre el metal rígido, sus cincelados labios se curvaban en una ligera sonrisa y sus párpados ligeramente hacia abajo le otorgaban un aire de timidez innegable. Cada engrane del que hacía movible el mecanismo del cuerpo había sido cubierto por más metal, cincelado también hasta parecer un auténtico cuerpo humano y pintado al color de una auténtica piel pálida. Le había vestido con finas ropas de color verde menta y había peinado su cabello para quedar suelto en largos mechones cayendo en cascada por su espalda. Los ojos, que habían sido pintados con increíble precisión sobre esferas de cristal, eran negros como la noche y con tal sensación de profundidad que era imposible no perderse en ellos.

Fascinado por el hiperrealismo de su propia creación se apresuró a conseguir la llave que había dejado en su escritorio y una vez que la tuvo en sus manos fue a pararse tras la metálica figura. Abriendo un hueco en la ropa y revelando la espalda, insertó la llave dorada en su lugar y dio diez giros completos a la misma, dando así cuerda a la figura.

La reacción no se hizo esperar, con el sonido de engranes girando y del metal tintineando, la escultura se enderezó de golpe. Sus ojos se abrieron por completo al mundo y curiosos observaron, primero el lugar en que se encontraba y luego sus propias manos, que movía con movimientos mecánicos, antes de intentar dar sus primeros pasos. Era casi como si hubiera cobrado vida y poseyera consciencia propia, quizá (pensó Binghe) realmente la tenía.

 

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Lo que era admiración por tan perfecta obra de arte, pronto pasó a convertirse en un sentimiento más profundo y sincero; arraigado en lo más hondo su ser, enraizó en sus huesos y creció con alarmante velocidad hasta llenar cada hueco y correr a la par de cada latido pulsátil. Nada importaba ya, sus otros proyectos y trabajos abandonados antes de siquiera empezar, una y otra vez daba cuerda a aquella figura androide y fingía que poseía verdadera vida.

La mantuvo oculta en su taller, lejos de los ojos curiosos, los únicos momentos del día en que la abandonaba siendo las horas del baño, la comida y al dormir. Sus sirvientes miraban y callaban, preocupados por su comportamiento huraño, pero aliviados al ver que su apetito se había recuperado. Las ventas y encargos previos se vieron de igual forma cancelados y aunque esto no afectó en nada su estabilidad económica, la gente no pudo evitar rumorear.

Una tarde en particular, se encontró en necesidad de acudir al mercado del pueblo, se requería de reabastecer la alacena y la llave con que hacía moverse al autómata necesitaba ser ajustada. Así que envió a sus sirvientes por la comida y él mismo decidió acudir al pueblo para buscar las piezas que le permitirían ajustar la llave de su hombre mecánico.

Pidió se preparara el carruaje y tomando sus guantes de cabritilla negros, cerró con llave su taller al salir. El carruaje esperaba por él en la entrada, el chófer listo para partir; dos altos caballos bayos habían sido atados a la estructura y relinchaban emocionados ante la oportunidad de salir. Luo Binghe subió al carruaje y pidió al hombre partir; no pasó mucho tiempo antes de llegar al mercado del pueblo, donde el gentío se reunía y el lugar vibraba de vida.

Luo Binghe fue rápido en sus diligencias, comprando con prisas pero cuidando de conseguir materiales de calidad, estaba ansioso por regresar. La pieza que requería pronto fue conseguida, una delicada aguja de metal que le ayudaría a amoldar de mejor manera la llave de su hombre de metal y una vez pagada montó de nuevo el carruaje y pidió al chófer que se apresurara. No fue sino hasta que el mercado comenzó a quedar atrás y la plaza dio paso a las elegantes casas que se permitió a sí mismo disfrutar del paseo. Abrió las cortinas del carruaje y observó tranquilo el paisaje, más no pasó mucho hasta que una curiosa imagen llamó su atención.

Allí a una escasa distancia y en una de las tantas casas del pueblo, se celebraba por lo alto una boda. Una delgada muchacha de largos cabellos negros, los cuales habían sido sujetados en un moño alto con delicados pasadores de jade, era sostenida de la cintura por un hombre en traje rojo, que le miraba embelesado. Se movían al ritmo de la animada música que se tocaba a unos metros de allí y el vino rebosaba por todos lados mientras la gente reía y disfrutaba del cálido sol de aquel día.

Fueron solo unos minutos, pero el recuerdo perduraría en su memoria aún mucho después de alejarse del lugar.

 

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El ajuste a la llave fue sencillo y una vez terminado la probó dando cuerda a la figura androide una vez más; en ésta ocasión el deslizamiento siendo más suave, lo que lo dejó satisfecho. La figura avanzaba a paso ligero por el taller, mirando como si fuera la primera vez, dudaba que lo comprendiera del todo, pero le era fascinante observarlo descubrir el pequeño mundo de su taller una y otra vez.

Lo miró por horas sin cansarse de ello, hasta que la imagen que no había podido sacarse de la cabeza se hizo demasiado difícil de ignorar. Se encaminó al órgano al otro lado del taller, ese que había sido su primer trabajo; lo había modificado para que se tocara solo, únicamente podían interpretarse en él dos canciones, pero serían suficientes. Abrió el hornillo que le había instalado y prendió fuego al carbón que allí residía, por lo que pronto el vapor activó el mecanismo y comenzó a hacer sonar la música en el lugar.

El órgano tocaba una pieza lenta, tan dulce que era parecida a una nana para dormir, el autómata al oírlo se sobresaltó, pronto sus ojos se abrieron, primero con sorpresa y luego con curiosidad, para ver a tan extraño artefacto funcionar. Luo Binghe lo tomó de la mano y le permitió saciar su curiosidad, con gentileza le guio al centro de la enorme habitación y allí posicionó las manos del autómata sobre sus hombros, sus propias manos colocándose en aquella cintura de metal. Y al ritmo de la pausada música ambos se movieron con cierta torpeza. Nada de la elegancia que había observado en aquel baile se aplicaría para describirlos en ese momento, pero de alguna manera se sentía igual de correcto.

Una canción y luego otra y una más, Binghe había comenzado a sentir que aquello era real, tan cierto como su vida misma, sintió que podría permanecer para siempre allí.

 

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Esta escena continuó repitiéndose por unos días, al compás de la tranquila música ambos se movían por todo taller. Una danza tranquila y fácil de seguir, en su corazón Binghe disfrutaba y soñaba con una eternidad así. Sin embargo, aquello no era normal, puesto que un hombre de piel y huesos no puede estar junto a otro que no es más que trozos de metal.

La parte que Luo Binghe más odiaba, era darle cuerda a aquella figura, porque era al abrir esas ropas y dejar al descubierto el interior que no podía fingir más, era cuando se veía obligado a ver ese abdomen que no podía pretender que aquello era real. Porque donde el metal del pecho aparentaba ser piel suave, al dar paso al abdomen éste no era más que engranes girando y tuercas sobresaliendo, una vista que había deseado poder ocultar de la misma forma en que cerraba sus ojos ante la verdad, pero que se vio obligado a mantener dado que allí se encontraba encajada la ranura en que la llave habría de insertarse para hacerle funcionar.

Y un día sin previo aviso a mitad del emotivo vals, el autómata se quedó quieto, un muñeco sin cuerda listo para colapsar; pues diez vueltas a la llave ya no eran suficientes para mantenerlo en movimiento por el largo tiempo que Binghe anhelaba verlo fingir vitalidad. Permanecieron así por un momento, sosteniéndose el uno al otro y entonces Binghe se alejó presuroso y deseoso de escapar de aquel lugar. No pudo fingir más entonces, aquella criatura metálica no estaba viva ni respiraba, era solo una máquina más.

 

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La próxima vez que acudió al pie de la montaña Cang Qiong, fue con una meta muy clara en mente. Luo Binghe no era un hombre que se rindiera con facilidad y ante la posibilidad de encontrar una completa la felicidad, estaba dispuesto a hacer lo que fuera necesario.

Acudió con una ofrenda aún más grande que la anterior, más lujosa y de mayor valor. Hizo las oraciones adecuadas y presentó los correspondientes respetos, fue solo hasta que terminó esta parte del rito que se atrevió a realizar su petición.

—Dios Qinghua, sé que fuiste tú quien me envió aquel sueño y quien guio mi mano aquellos días en que construí mi más bella creación. Agradezco tu bondad por ello y aunque ya has hecho mucho por este humilde mortal, debo pedirte algo más.

Miró ansioso la imagen a la que rogaba, los dioses eran criaturas caprichosas, tan volubles en su temperamento que tan fácilmente como podían favorecerte, podrían maldecirte sin piedad alguna.

—Este humilde artesano ha descubierto en su creación a la persona que está destinado a amar, no me di cuenta al inicio, de que a quien modelaba en aquellas piezas de metal era el rostro que mi corazón había puesto al objeto de mis afectos. Y así como tú amaste a tu creación yo amo a la mía, por lo que hoy te pido que me concedas este último deseo. Insufla vida en su pecho y da movimiento a su cuerpo, haz que el metal sea carne y huesos; y entonces podré amarlo para toda la eternidad.

Presentó sus últimos respetos y se alejó de allí. Con esperanza en su anhelante corazón y una cabeza llena de sueños.

 

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Esa noche no acudió a su taller, ansioso por dejar trabajar al dios al que acababa de hacer su petición, se fue temprano a la cama y soñó. Esa noche tras sus párpados se reprodujo una y otra vez la misma imagen, un hombre de metal que se volvía de carne y hueso, que sonreía cálidamente en su dirección, bailaba y hablaba, todo sin necesidad de una llave en su espalda girando para otorgarle vida.

Al despuntar el alba prácticamente saltó de su cama y corrió al taller, esperando ver su sueño cumplido, pero eso no sucedió. El metal permaneció siendo mental y la figura androide no cobró vida alguna. Sus manos se apretaron en puños a sus costados, había creído, por un momento realmente confiado y a cambio solo recibió amarga decepción. Frustrado y sin pensarlo mucho se acercó al autómata y lo cargó en brazos, a paso rápido lo llevó hasta el sótano de su hogar, allí le colocó sobre un pedestal que otrora sostuviera un esqueleto metálico, cuyo propósito era convertirse en un caballo de vapor.

El autómata permaneció inmóvil una vez colocado allí, Binghe encendió una lámpara de aceite y lo miró por largos momentos en despedida; en su alma sintió como si el hombre mecánico frente al él le mirara en silenciosa acusación a su vez.

—No me vas así —le dijo con tristeza— he vivido de ilusiones todo este tiempo, imaginando una vida contigo que no sucederá.

El autómata por supuesto no dijo nada, simplemente permaneció allí. —Buena vida, mi maravillosa creación, prometo pensar en ti de vez en cuando.

Cuando Binghe hubo dicho esto, le dio la espalda y caminó hacia la salida, allí se detuvo para dar un último vistazo, un último resquicio de esperanza. Pero nada ocurrió, con un suspiro apagó la linterna y salió, la pesada puerta de madera cerrándose a sus espaldas. Una figura de plata, hierro y cobre quedándose atrás, una criatura olvidada y en espera de cubrirse del polvo y la suciedad. Nadie lo vería nunca, pero de aquel ojo de cristal templado, una única lágrima se deslizó con suavidad.

 

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Decepcionado y con el corazón herido, reabrió al mundo las puertas de su taller; retomó sus antiguos proyectos y las ventas se elevaron como la espuma de mar. Era hora de abandonar los sueños absurdos y volver a la realidad.

Su mansión se volvió un hervidero de gente, noche tras noche celebrando bailes y fiestas sin parar. Invitó a las jóvenes damas solteras y algunos caballeros casaderos por igual; anunció su deseo de encontrar un consorte y se obligó a sí mismo a hablar con cada nueva persona que llegó a su hogar. Se burló con crueldad de su ingenuo deseo de encontrar a la persona ideal. Que tonto había sido, pensó, al creer que estamos destinados a encontrar a nuestra otra mitad.

Bailó y bebió hasta el cansancio, sonriendo con educación a las jóvenes mujeres que intentaban sin éxito hacerle reír. Las madres vestían a sus hijas con los más extravagantes vestidos y ajustados corsés, recogían sus cabellos en elaborados peinados y lanzaban alabanzas discretas para hacer a sus hijas sobresalir de entre las demás. Los caballeros, en sus trajes finos y sombreros elegantes, jugaban a las cartas y compartían vinos caros a su lado.

No importaba. Ninguno, ni damas ni caballero alguno, lograron capturar su atención o hacer latir su corazón. Y con profunda tristeza es que continuó con su vida, extrañando y castigándose a sí mismo por no ser capaz de olvidar.

 

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Lo que Binghe no sabía era que su plegaria no había caído en oídos sordos. Shang Qinghua había oído sus ruegos y deseó poder ayudar, pero incluso si era un dios, solo tenía el poder de la creación y no de la vida.

Incluso en aquellos días cuando los humanos dieron su primer respiro, él había robado unas cuantas gotas de agua del Estanque helado de la vida y la juventud eterna, para insuflar vida en aquellos cuerpos vacíos que había modelado a partir de la cera.

Cuando la diosa Qingqi, de la vida y la belleza, se dio cuenta de la transgresión pidió su cabeza como retribución y fue solo gracias a la amabilidad de Qingyuan que salió bien librado de ella. Sin embargo, Qingqi había sido clara, otro error como ese no le sería perdonado y Qinghua sabía que ella podía ser tan rencorosa como hermosa era.

Así pues tuvo que armar un plan con cuidado, convenció a una de las náyades del estanque (las únicas además de Qingqi que tenían poder para usar el agua del estanque a voluntad), de que le regalara unas cuantas gotas. Y a cambio le llenó de historias del mundo humano, que tan poco mencionado era en la montaña de los dioses, quienes a excepción de Qinghua, poco o nulo amor les habían mostrado. La ninfa estaba embelesada con las historias y al saber que el agua era por razones que competen al corazón, de inmediato accedió.

Durante tres días ella le dio una gota del estanque helado y durante tres días Qinghua roció aquel líquido sobre el autómata que con tristeza ahora yacía abandonado. Una vez terminado su trabajo, solo quedaba esperar, tenía fe en su plan, puesto que aquellas aguas jamás podrían fallar.

 

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Una noche cuando el último de sus invitados hubo partido y Binghe ya se arreglaba para dormir, fue que escuchó el ruido del metal golpeando al suelo y preocupado porque un ladrón se hubiera infiltrado en su casa o que accidentalmente un invitado en su borrachera hubiera quedado atrapado, encendió una lámpara de aceite y salió con prisa para revisar.

Más los pasillos estaban solos, al igual que las habitaciones y las salas de estar; no fue sino hasta que oyó un segundo golpe que identificó el lugar de procedencia como el sótano de la mansión. Y recordando que allí reposaba su autómata querido, corrió para ahuyentar a cualquier intruso que lo pudiera mirar.

Un pánico pasajero lo inundó cuando al abrir la puerta del sótano no encontró al autómata sobre el pedestal. Y a punto estaba de salir para buscar el lugar por el que había escapado el presunto ladrón, cuando un atizador cayó al suelo y causó tal estruendo que atrajo su atención.

Allí parado junto a la varilla de hierro recién caída, se encontraba de espaldas un hombre sosteniéndose de la pared para evitar caer; cauteloso Luo Binghe se acercó a él, pero el hombre permaneció de espaldas. Poseía un largo cabello que parecía bastante despeinado, vestía un saco verde menta y unos pantalones negros que le quedaban un poco demasiado grandes en el largo, iba descalzo y no llevaba guantes ni sombrero alguno. Luo Binghe pensó que la ropa era inquietantemente familiar y le enfureció pensar que este ladrón había, no solo entrado a su casa y robado a su autómata, sino que además había tomado para sí las prendas con que había vestido a su adorado hombre de metal.

—Esta es propiedad privada, devuelve lo que tomaste y sal de aquí.

El hombre no respondió, pero lentamente se dio la vuelta para verlo y al hacerlo Binghe se sintió exhalar con brusquedad. Porque allí frente a él no era otro que su querida creación, su hombre metálico que respiraba y andaba. Superando su sorpresa inicial Luo Binghe corrió para sujetar aquel rostro entre sus manos y observó anonadado como el frío metal se había convertido en cálida piel, en las mejillas se apreciaba un ligero sonrojo y al tocar su cuello era posible sentir el agitado pulso correr allí. Binghe revisó su abdomen y notó con alegría que lo que antes había sido nada más que engranes y tuercas, ahora eran suave piel.

Aun sin creerlo del todo y temiendo que aquello fuera un sueño nada más, permaneció en silencio sujetando al hombre en sus brazos y disfrutando de un calor humano real. Pero éste tenía otros planes y alejándose un poco para mirarlo a los ojos, se encontró hablando por vez primera a alguien más.

—Éste se presenta, mi nombre, es Shen Yuan.

 

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Aquellos primeros días, Luo Binghe se negó a apartarse de Shen Yuan, temeroso de que desapareciera como en un sueño o de que regresara a su antigua forma de metal. Cuando quedó claro que esto no ocurriría, finalmente puso en marcha las cosas con las que siempre soñó que haría.

Cortejó a Shen Yuan con exquisita dulzura y le trató tal y como exigía la etiqueta, le llevó a bailes al pueblo y dieron largos paseos en carruaje por la gran plaza junto al mercado. Se conocieron el uno al otro, no como creador e invención, sino como dos almas que se encuentran por vez primera y reconocen en la otra a su otra mitad. Tres años más tarde, a nadie le sorprendió recibir la noticia de una boda; todos se preguntaban por el misterioso hombre que había llegado de la nada para capturar el corazón de su inventor; los rumores aseguraban que le había hechizado con su encanto y otros decían que era un viejo amor de la infancia que había vuelto para reavivar la relación.

Más nadie nunca supo la verdad, nadie excepto Binghe, quien agradeció al dios Qinghua construyendo para él el templo más hermoso que se pueda imaginar. No mucho después de esto, la casa quedó abandonada y el taller cerró, el vapor dejó de salir de aquellas tuberías doradas en el techo de la mansión, solo los ocasionales sirvientes podían ser vistos entrar cuando acudían para limpiar.

Luo Binghe se había marchado del pueblo, listo para vagar, acompañado de su esposo Shen Yuan (que no conocía del mundo más que aquel pequeño lugar), era su plan llevarlo a conocer el mundo y mostrarle las maravillas que se podían encontrar.

 

BingQiu Week 2021 Day 5