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Archive Warning:
Category:
Fandom:
Relationship:
Characters:
Additional Tags:
Language:
Español
Series:
Part 2 of Fictober/Softober 2021
Stats:
Published:
2021-10-13
Words:
1,345
Chapters:
1/1
Comments:
3
Kudos:
24
Bookmarks:
1
Hits:
177

Únicos testigos

Summary:

Kageyama y Hinata se pierden por las calles de Tokio el día de antes de un partido amistoso contra el Nekoma y, en el proceso de búsqueda del camino de vuelta al hotel, descubren algo inesperado.

Notes:

¡Hola!

Este es el oneshot del día 13 del fictober: Florecer / Bloom. Lo primero que se me vino a la mente al leer el prompt fueron los cerezos en flor de Japón, así que eso os traigo, junto a dos idiotas en los que parece que también está floreciendo algo nuevo. ¡Espero que os guste!

Work Text:

El ajetreo de aquella ciudad los sorprendió. Miraban a todos lados aturdidos, sin saber exactamente en qué centrar su atención; los altos rascacielos, los escaparates de las tiendas, las luces que llenaban todo el lugar y los deslumbraba, demasiado quizá. Hinata tuvo que parpadear un par de veces mientras se adentraban por el céntrico barrio de Shibuya.

— Kageyama — Hinata tiró de la camiseta del mencionado, llamando su atención. — Creo que no es por aquí.

Tobio lo sabía. Sabía que se había perdido, pero bajo ningún concepto iba a darle la razón a aquel chico bajito que miraba con ojos casi asustados todo a su alrededor. Hinata se sentía, en ese momento, en un mundo de gigantes. La ciudad le parecía demasiado grande y apabullante. Estaba empezando a estresarse.

— Cállate, sé perfectamente cómo volver al hotel — Kageyama refunfuñó.

— Quizá deberíamos entrar a algún lado y pedir un teléfono para llamar a Daichi o a Sugawara, podrían venir a ayudarn… — Kageyama le lanzó una mirada fría que hizo que sus palabras se cortasen.

— He dicho que sé cómo volver.

Y no dijo más nada. Siguió andando, revolviéndose entre la gente que, de vez en cuando, chocaba contra él. Sin embargo, a cada paso que daba miraba a sus espaldas, solo para ver que esa cabellera naranja le seguía los pasos, no quería que nada le pasase… a fin de cuentas, el equipo no se podía quedar sin su señuelo estrella el día de antes de aquel partido amistoso contra el Nekoma. Por eso lo vigilaba tanto, no por cualquier otra razón extraña para Kageyama que hacía reír a Tsukki y a Yamaguchi cuando lo veían tan atento al bajito. Shoyo tampoco despegaba la vista de la espalda de Kageyama, no quería perderse, no quería verse perdido en aquella gran ciudad. Y, mucho menos, quería verse separado de Kageyama; así que, aunque le costaba, forzaba a sus piernas a seguir el ritmo que el más alto marcaba.

Tobio frenó sus pasos cuando el semáforo se puso en rojo y volvió a mirar cómo a su derecha se colocaba Shoyo. Un suspiro dejó sus labios. Pero cuando se encendió el verde del semáforo frente a él, el corazón casi se le sale del pecho. Toda la gente comenzó a avanzar y su pelo naranja se perdió entre la multitud.

Sus ojos se movieron por todos lados, pero no alcanzó a verlo hasta que no pasaron un par de minutos que observó a Shoyo saltando a unos cuantos metros de él. Kageyama no supo cuando ni por qué, pero sus piernas echaron a correr hacia él antes de que pudiese siquiera pensarlo.

— No te separes, imbécil — Su voz sonó dura, pero escondía un tono de preocupación que Shoyo no pasó por alto.

— No te quedes mirando las musarañas, estúpido.

Hinata puso un puchero enfadado en su rostro y Tobio suspiró con pesadez. El más alto agarró sin mucha fuerza la muñeca de Shoyo y tiró de él. El más bajo gruñó, forcejeando por soltarse del agarre de Tobio, lo que hizo que el menor le dedicase una mirada rápida.

— Estate quieto de una vez.

— No me cojas como si fuese un niño pequeño — Tobio apretó un poco el agarre en su muñeca y Shoyo frunció el ceño.

— Si no te comportases como tal no tendría que hacerlo — Shoyo iba a replicar, pero prefirió no hacerlo.

Estaba cansado. Le dolían los pies de andar y lo último que le apetecía en ese instante era pelear con Kageyama. En su mente se repetía la misma pregunta que se hacía cuando empezaban a discutir. ¿Siempre tenía que ser así? Hinata quería que la relación con Tobio fuese mejor. No sabía muy bien por qué era, pero a Hinata le molestaba sobremanera que la relación entre ambos fuese siempre un cúmulo de discusiones tontas. ¿Algún día hablarían como dos personas normales?

Tobio tampoco dijo nada más y se sintió algo mal cuando vio por encima del hombro como el rostro de Shoyo se entristecía. No quería ser el culpable de ese gesto apagado en él. Su cabeza se llenó de mil cosas que podía decirle, pero no sabía cual de ellas era la mejor.

— Eh — su voz salió antes de que procesase algo en su cerebro — cambia esa cara de mustio que tienes.

— ¡Mira quien fue a hablar de caras mustias! — Hinata enarcó una ceja, pero su gesto cambió a uno sorprendido cuando escuchó la suave risa de Kageyama a pocos metros de él. — ¿¡Es un milagro y Tontoyama se está riendo?!

— Que no me llames así, idiota — aunque quería sonar enfadado, ese tono de voz escondía un tono de diversión que, sin quererlo, hizo que el corazón de Hinata saltase en su pecho.

— ¡Te llamaré como yo quiera! — Aquella discusión era diferente a las anteriores. Kageyama sonreía y seguía las bromas de Hinata haciéndolo reír a él también.

La conversación continuó algunos minutos más, cambiaron el tema al volley y al partido del día siguiente. Tobio escuchaba a Hinata hablar de cómo había extrañado a Kenma y coincidieron en la ilusión que tenían por enseñar la nueva técnica que habían estado ensayando cuando se quedaban después de los entrenamientos. Hinata se tranquilizó. También podía tener conversaciones “normales” con Tobio y eso le produjo una sensación agradable en el pecho.

—  Bueno… vas a reconocer ya que te has perdido, Tontoyama.

— ¿Vas a reconocer tú que eres malísimo jugando al volley? — Hinata juntó sus cejas, enfadado, pero a Tobio le pareció más un pequeño cachorrito que intentaba parecer amenazante. No pudo evitar soltar una pequeña risotada que llenó los oídos de Shoyo.

— Está bien, está bien — Tobio hablaba intentando recuperar el aire. — Nos hemos perdido.

— TE has perdido… yo te seguía a ti.

Tobio negó con la cabeza, divertido, y Shoyo sonrió. Quiso volver a hablar, pero su mirada se centró entonces en una vista preciosa ante sus ojos.

— Hala… — La voz de Hinata sacó de sus pensamientos a Tobio, que ya empezaba a cuestionarse por qué sentía más calentito su corazón ahora que compartía risas y bromas con Shoyo. Siguió los ojos marrones de Hinata y supo entonces lo que lo sorprendía.

Los cerezos en flor.

Shoyo fue entonces el que se movió, haciendo que Kageyama lo siguiese. Sus piernas avanzaban con prisa hasta el árbol más cercano. Las puntas de los dedos de Shoyo acariciaron los pétalos de la flor con tanta delicadeza y suavidad que parecía sacado de una escena de película. Y Kageyama sintió aquel gesto como si una ráfaga de viento fresco golpease su rostro y un remolino de emociones aturullase a su corazón.

Los ojos de Hinata observando la escena le parecieron tan brillantes como el skyline que se veía de fondo. Quizá hasta más. Shoyo no quiso decir nada, pero su corazón se aceleró un poco más de la cuenta cuando, al mirar a Tobio pudo ver un amago de sonrisa en su rostro. Tal vez el corazón del más bajo se hubiese alterado algo más si supiese que, la razón de esa sonrisa, era la emoción que él mismo desprendía y que parecía ser contagiosa.

— ¡¡No sabía que ya habían florecido, Kageyama!! — El pelinegro se encogió de hombros.

— Bueno, ya es marzo, así que es algo obvio — Kageyama hablaba casi de forma monótona, como si quisiese ocultar que él también estaba sorprendido porque los cerezos ya habían florecido en Tokio.

Era normal que ninguno de los dos lo supiese, aun quedaban algunas semanas para que los cerezos de Sendai florecieran, pero Kageyama prefirió hacerse el interesante. Shoyo enarcó una ceja mirándolo de reojo, aunque guardó silencio.

Tobio no supo en qué momento el agarre a la muñeca de Shoyo se había relajado y se había desplazado hasta la palma de la mano del mayor. Shoyo se sonrojó cuando, sacó toda su valentía, y se atrevió a entrelazar los dedos con los del otro. Ambos callaban, observando la escena, aunque por dentro miles de emociones estuviesen sacudiendo sus entrañas.

Los cerezos en flor y el skyline de Tokio fueron los únicos testigos de ese íntimo gesto entre ambos.

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