Work Text:
Koutaro salió aquel día lo suficientemente temprano como para que algunos rayos de sol aún despuntasen en el cielo y agradeció mentalmente poder disfrutar al menos de un poco del sol que aquel día le regalaba. El otoño era la estación preferida de Akaashi, aunque Bokuto no lograba entender por qué. El día se acababa antes, el frío empezaba a calar los huesos, la lluvia y las tormentas empezaban a llamar a la puerta con fuerza.
Koutaro era, por el contrario, una persona de verano. Le gustaba estar en la calle hasta tarde y que aún fuese de día. Le gustaba el sol que bronceaba su piel. Le gustaba que hiciese calor y poder ponerse sus camisetas de manga corta, quizá porque de esa manera podía hacer que Keiji lo mirase más de la cuenta (como si no se pasase el tiempo observándolo). Darse un baño en la playa más cercana a la ciudad… Una brisa helada cruzó su cuerpo despejando su mente, alejándolo de cálidos recuerdos de la estación pasada, y Koutaro se abrazó a sí mismo mientras esperaba que el semáforo se pusiera en verde.
De camino a casa pasó por aquella floristería que tanto le gustaba a Keiji. Koutaro solo dudó un instante antes de adentrarse en el lugar. El chico de detrás del mostrador lo miró con una brillante sonrisa. Koutaro le sonrió en respuesta y pensó por un momento que aquel lugar era el mejor para aquel chico. Sus brillantes cabellos naranjas brillaban tanto como las flores que le rodeaban.
— ¿Puedo ayudarle? — el chico se situó junto a Koutaro, mirándolo con interés. Koutaro asintió.
— Buscaba algunas flores para regalar a alguien importante — el florista sonrió y Bokuto sintió sus mejillas sonrojarse por un instante.
— Si busca una planta de temporada los crisantemos son los mejores — el chico le señaló unas flores coloridas que había a un lado del mostrador. — Sin embargo, mis favoritos siempre serán los girasoles.
Koutaro se giró para ver los grandes ramos que el chico le enseñó. Uno en especial llamó su atención. Los girasoles se complementaban con flores naranjas, amarillas y blancas. Ese ramo parecía gritar “Keiji” por cada flor. Koutaro sonrió con amplitud y miró de nuevo al dependiente que arreglaba un par de hojas de una flor cercana.
— Me llevaré ese — el florista asintió.
— Tiene un gusto excelente.
La siguiente parada fue esa pastelería en la que habían desayunado más de una vez cuando se acompañaban al trabajo o a alguna tarea por la mañana. Koutaro sabía que la favorita de Akaashi era la tarta de chocolate blanco. Compró un par de porciones y, para cuando retomó su camino a casa, el sol ya se había puesto por completo.
Las luces de la ciudad eran ahora las que iluminaban el camino y él solo podía pensar en las ganas que tenía de llegar a casa de una vez por todas, de tumbarse en el sofá para ver una película con Keiji, quizá pedir algo de comida a domicilio, contarse todo lo que habían hecho ese día, disfrutar de la tarta juntos y comerse a besos. Koutaro sonrió para sí mismo. Sí, tenía muchas ganas de llenar de besos y cariños a Akaashi.
El sonido de la puerta cerrándose ni siquiera sobresaltó a Keiji que se encontraba en la cocina. Koutaro avanzó por el pasillo del departamento hasta situarse en el umbral de la puerta y se dejó conquistar por la vista que tenía ante él.
El menor movía sus caderas al ritmo de una canción que sonaba en la radio mientras mezclaba los ingredientes necesarios en un bol con la intención de crear una masa. Bokuto aspiró con calma, olía a tomate casero y a especias mezcladas. Aquel día comerían pizza y Bokuto casi podía empezar a salivar solo de pensarlo. Las pizzas de Akaashi eran, sencillamente y a ojos del mayor, las mejores del mundo.
Keiji se giró para alcanzar algo de la estantería cuando sus ojos se encontraron con el dorado de los de Koutaro. Gritó sobresaltado, tapándose la boca con las manos, y luego dejó escapar una pequeña risa que Kou acompañó antes de acercarse hasta él y besar su frente.
— No te he escuchado entrar.
— No quería molestar tu bailecito — Keiji sintió sus mejillas arder y supo enseguida que se habían coloreado en un sonrojo. No lo ocultó y sonrió a Koutaro con sinceridad. Entonces su mirada se dirigió a las flores que el otro sostenía y una ceja se elevó de forma interrogante.
— ¿Kou?
— Quería sorprenderte y las vi en la floristería esa que tanto te gusta y al momento supe que debían ser para ti.
Akaashi miró con ojos brillantes a Koutaro y una oleada de calor llenó su corazón. Koutaro siempre conseguía tener ese efecto sobre Keiji; esos pequeños gestos, comprarle flores al terminar el trabajo, un mensaje de ánimo en los peores días, quedarse hasta las tantas acompañándolo solo para que no se quede solo mientras termina un trabajo que debe entregar, el ver la misma película una y otra vez solo porque es su favorita e incluso el escuchar la misma canción cada día cientos de veces solo porque “no he podido cantar mi parte favorita, Kou” y Bokuto sin rechistar, sonríe y le da al replay solo para que él pueda disfrutar de cada acorde, esos son los gestos que hicieron que el menor cayese rendido a los pies de Koutaro.
Akaashi capturó los labios de Koutaro entre los suyos con cariño y amor. Con el amor que sentían el uno por el otro.
— También he traído tarta — Koutaro habló contra los labios de Keiji, causándole una sonrisa al otro y un torbellino de besos cayó sobre el rostro de Bokuto que no pudo hacer más que reír al sentir los miles de besitos que Keiji le repartía por toda la cara.
— Dúchate, terminaré la pizza.
Al terminar, Keiji aún estaba en la cocina recogiendo todos los utensilios que había utilizado. La música seguía envolviendo el ambiente y el delicioso olor procedente de la cocina empezaba a inundar toda la estancia. Koutaro tarareó la canción que sonaba ahora en el altavoz y sonrió, acercándose a Akaashi por la espalda. Keiji también la tarareaba. Ambos la conocían de sobra.
Koutaro colocó sus manos en las caderas de Keiji y lo movió con dulzura y cuidado. Akaashi se meció en sus brazos, repartiendo suaves caricias en las manos del contrario. Allí, en aquella cocina, ambos bailaban como si el resto del mundo fuera de aquel apartamento no existiese. Keiji giró para mirar a Koutaro y Bokuto le sonrió con una calidez que le hizo estremecerse. Apoyó la mejilla en el pecho de Kou y siguió moviéndose mientras el mayor le acariciaba la espalda.
Se sonrieron cuando el horno pitó avisando de que la cena estaba lista y justo la canción llegaba a su final. Ambos se quedaron un momento perdiéndose en la mirada del otro. Fue esa canción la que sonó en aquella cafetería a la que fueron en su primera cita, hacía ya cinco otoños.
Koutaro no lo sabía, pero la estación favorita de Keiji siempre sería otoño porque fue cuando se enamoró perdidamente de él.
