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Ajo en polvo

Summary:

Los ojos curiosos que en la mañana me escudriñaban, ahora estaban fijos en él. Pero tan pronto como lo observaron, desviaron la mirada.

Mi atención, no obstante, se quedó con el individuo mientras caminaba hacia una mesa del rincón. Al pasar por mi lugar, nuestros orbes chocaron. Un escalofrío recorrió mis vértebras cervicales y se instaló en mi cabeza. Sentí electricidad en la punta de mis dedos. Era el chico más hermoso que hubiese visto.

O

Edward Nashton y Bruce Wayne protagonizan su versión de un humano y un vampiro estúpidamente enamorados.

Notes:

Disclaimer: lxs personajes no me pertenecen (y la trama de Twilight tampoco, jeje).

Holii, aquí un Riddlebat Crepúsculo AU inspirado en el maravilloso fanart de ORIVA SAN porque su arte está bien hermosoooo alch y son una joya del fandom.

Advierto que es un crack fic, a veces se toma en serio, muchas otras veces no.

(See the end of the work for more notes.)

Chapter 1: Encuentro lejano del primer tipo

Chapter Text

[Precioso fanart de ORIVA SAN]

 

...

"Bienvenidos a Ciudad Gótica, tierra de todos". El letrero estaba oxidado, las palabras que en algún momento fueron blancas ahora eran color crema casi marrón y permanecían húmedas debido a la lluvia rutinaria. La estación de radio seguía apagada, por lo que la atmósfera con olor a pino artificial (o tal vez era la fragancia de los pinos reales de allá afuera) se llenó de cierto silencio incómodo. Aunque después de un viaje en carretera de más de una hora, la incomodidad se había transformado poco a poco en resignación.

Me reí ante el descaro —o ironía— de la gente al llamarle ciudad a un lugar que tan sólo llegaba a los 3 mil habitantes.

—Tres mil uno —dijo el Señor Nashton desde el asiento del conductor, notando la atención que le dediqué a dicho letrero y haciendo una obvia referencia hacia mi persona. Supuse que esa era su forma de darme la bienvenida—. Estoy seguro de que te encantará aquí. ¿Pueblo chico, infierno grande? No, no. Eso no pasa en Ciudad Gótica —agregó con una sonrisa bigotuda y una confianza respaldada (que no me creí del todo).

Yo sólo asentí. Por supuesto que tener un padre era mejor que no tener ninguno. Y que debería de estar agradecido por que me sacaran de aquella prisión disfrazada de orfanato. Pero, sin necesidad de ser un psíquico, ya sabía lo que me esperaba: una mesa en la cafetería reservada sólo para una persona. Las risas ocasionales cerca de la espalda, y una palabra vulgar dicha de frente por un bravucón incompetente. Así había sido desde que tenía memoria y un pueblo enterrado al fondo a la derecha del abismo no cambiaría eso.

Íbamos en la patrulla. Siempre me imaginé que cuando me subiera a una sería en la parte de atrás y no de copiloto. Las luces rojas y azules se mantenían sin funcionar, pero estaban ahí como un recordatorio de que no se trataba de un vehículo ordinario. Me tuve que tragar, un poco, todo mi rechazo a las fuerzas armadas porque por supuesto tenía que adoptarme un Oficial. Jefe de policía, ni más ni menos.

Él era amable, sin embargo. Las sonrisas que me dedicaban se veían falsas en la mayoría de las personas, pero no en él. No me despertaba la usual sospecha de alguien en uniforme. Detuvo el tráfico de la carretera para que una familia de patos cruzara. Y el 65% de sus bromas forzadas me hacían reír. No obstante, uno tenía que irse con cuidado, sólo un tonto bajaría el cuchillo ante la mínima demostración de decencia humana.

...

La casa era de dos pisos, color cerúleo con marfil y un arbusto medio secándose a la entrada. No era muy grande ni llamativa y por dentro su diseño era más bien modesto. La ausencia de ornamentos que uno esperaría encontrar en el hogar de un hombre promedio de mediana edad, divorciado.

El Señor Nashton me señaló cuál sería mi habitación y me ayudó con mi equipaje que consistía únicamente en una caja que alguna vez sirvió para transportar dulces y ahora contenía un par de zapatos y pantalones de mezclilla de segunda o tercera o cuarta mano.

La habitación estaba bien. Poseía lo básico y el Señor Nashton había dejado el espacio en blanco suficiente para que yo la "decorara" a mi gusto. Me prometió una ida al centro comercial, que podíamos ir a comprar pósters de mis bandas favoritas y libros de cualesquiera que fueran las cosas que disfrutara. E incluso el fin de semana podríamos nosotros mismos hacer unos muebles, mencionó, si es que la carpintería figuraba en mi lista de hobbies.

Y yo me sentí mal por un instante. ¿Qué había visto en mí, el Señor Nashton? ¿Por qué adoptar al escuálido de lentes que se la pasaba dibujando en sus ratos libres, resolviendo crucigramas y adivinanzas por gusto, un perdedor escondido debajo de una sudadera tres tallas más grande al que encerraban en el clóset porque sabían que no mostraría las garras ni se defendería? Yo no era la compañía ideal para un señor como él, que nunca le daba la espalda a una buena dosis de acción ni a una cerveza helada mientras veía el béisbol los domingos por la noche. Él estaría mejor adoptando a Jordan: musculoso, excelente cabello rubio, posiblemente un futuro brillante en el deporte si no fuera por el hecho de que, tú sabes, se quedó sin papás y fue a parar al mismo hoyo de los olvidados que nadie amaba. Donde los dientes se rompían y no nos visitaban ratones ni hadas. Allá los genios y fracasados, los bonitos y los feos, éramos todos iguales. Igual de miserables.

El Señor Nashton me dio mi espacio, me dijo que seguro debía de estar agotado por el largo trayecto (y agradecí que tuviera la educación de referirse a mi rostro ojeroso, apagado y demacrado como simple cansancio viajero). Pero amenazó con el día de mañana llevarme a conocer la ciudad.

Le di las gracias. Me pregunté en silencio si el manicomio sería el sitio turístico más visitado de este pueblecito donde parecía que todos los días era Halloween y sólo era famoso por su alta tasa de criminalidad. En serio, realicé mi investigación previa: los homicidios per cápita eran un 32% mayores que en el resto del país. Y si a los dueños del orfanato realmente les importaran los huérfanos tanto como juraban, tal vez hubieran dudado un poquito en dar en adopción a un adolescente que sería llevado al pueblo más inseguro de la nación.

Me recosté en una cama que no hizo ruido al dejarse caer. Observé el techo sin mancha alguna. Cuando lo único que escuché fueron pájaros a la lejanía, me di cuenta de lo que privacidad significaba.

Esa noche no pude dormir porque quizá mi canción de cuna era el bullicio de otros seres humanos llorando, teniendo pesadillas, o roncando mientras tenían pesadillas y mojaban el colchón.

...

El jueves el Señor Nashton demostró ser un hombre de palabra y me sacó de la casa. Nos topamos con un montón de gente, para mi desagrado. Empecé a hacerme la idea de cuál era mi papel a partir de ahora y la etiqueta que usaría hasta la muerte: ya no era el huérfano "antisocial", sino el muchacho afortunado que fue adoptado, lo cual era un poquito mejor, pero definitivamente no tanto como ser el hijo biológico de cualquiera. La condescendencia estaba presente en sus miradas y casi que felicitaban al Señor Nashton en mis narices. Lo veían como a un héroe y no supe si era por su condición de policía o por el asunto altruista del padre adoptivo.

Algo me hizo sentir menos desdichado y fue que el Señor Nashton también se hallaba incómodo. Lo percibí en su postura que se encogía ligeramente y en esa risa moribunda que no se comparaba en nada con la carcajada que soltaba con sus propios chistes malos.

El señor Nashton me escuchó hablando sobre el lanzamiento de World of Warcraft y se dio cuenta de su error con la carpintería. Trató de compensarlo regalándome una computadora (que era relativamente nueva, pero usada. Un compañero de trabajo adicto a las compras se la había vendido en lo que él llamó "una ganga'').

También me arrastró hasta una tienda departamental para que consiguiera algo más adecuado para el clima brumoso de Ciudad Gótica, incluyendo, desde luego, unas botas para la lluvia.

No estaba acostumbrado a recibir cosas, ni atención, ni cuidados. Por supuesto él tampoco estaba acostumbrado a tener un hijo. Ambos nos encontrábamos juntos en esta aventura a bordo de un viejo barco, sin siquiera saber navegar.

...

—Te presento a Jacob. Jacob, Edward.

—¿Qué tal? Bienvenido a Ciudad Gótica.

Podría no ser una ciudad (se asemejaba más a un bosque que no se había dejado absorber del todo por la mancha urbana), pero definitivamente era gótica. Era gótica porque las nubes goteaban más de la cuenta y con sus lágrimas tallaban pinturas abstractas en los escaparates. Aquí el sol no salía por más que rezaran o lo obligaran. Los frondosos árboles, tan altos que por poco no alcanzaba a ver su cima, formaban catedrales naturales. La iglesia de la avenida principal se coloreaba entera de negro. Y, a pesar de contar con una familia, yo no podía dejar atrás la incesante asfixia de la soledad.

Aun así le sonreí. Él era un tipo agradable a simple vista. De estatura superior, moreno, vestía una camiseta deslavada con jeans rotos y su cabellera le llegaba casi hasta la cintura. Para mí eso lo convertía automáticamente en un chico genial. Vivía en una reserva ubicada en las afueras. Su padre y el Señor Nashton (que suponía que en algún momento de mi larga existencia comenzaría a referirme simplemente como papá, pero definitivamente no hoy) eran muy buenos amigos.

...

El Señor Nashton entendía la angustia adolescente y cómo cada día significaba un nuevo fin del mundo para nosotros, así que me preguntó si no me molestaba que fuera a llevarme a la escuela en patrulla. No tuve el corazón para decirle que prefería irme por mi cuenta. No porque me avergonzara de él, sino porque continuaba sintiéndome como una carga.

Se detuvo en la carretera frente al edificio, me deseó suerte (porque presentía que la necesitaría), y me aseguró que vendría por mí a la hora de la salida.

Me bajé del vehículo y me recibió una ligera lluvia con una neblina espesa. Por fortuna iba bien preparado con mi chaqueta estilo militar verde musgo y su capucha. Me giré hacia la patrulla una última vez sólo para comprobar que el Señor Nashton seguía ahí. Agitó su manó para despedirse (sonreía sin mostrar los dientes) y cuando me di la vuelta pude escuchar el motor arrancar.

Era el primer día del ciclo escolar, así que traté de mantenerme optimista, para variar. Me repetí que no sería el único chico nuevo y que lograría pasar desapercibido, lo suficientemente invisible como para no ser detectado por los bravucones.

Pero se me escapó un pequeño gran detalle: era Ciudad Gótica, lugar pintado de azul y verde donde el verano era tan sólo una leyenda y cuya población entera podrían meter en una lata de aceitunas y todavía sobraría espacio.

Lo que se traducía como que el montón de adolescentes ya se conocían de toda la vida: sus antepasados habían habitado en estas tierras y probablemente ellos también se dedicarían al negocio familiar, envejecerían, y serían sepultados en este mismo lugar, justo en el panteón que quedaba al oeste.

Llegar en el auto del Jefe de Policía tampoco ayudó a mantener un perfil bajo. Todos los pares de ojos estaban fijos en mí, ni siquiera disimulaban.

De repente sentí que una mano ficticia con garras me apretaba mi estómago con demasiada fuerza como si quisiera destruirlo y me invadieron unas ganas de vomitar. Un sujeto entró en escena, interrumpiendo mi escape a los sanitarios que ni siquiera sabía dónde quedaban.

Me enfoqué en él. Inhalé y exhalé, contando en mi mente hasta diez.

—Hola, tú debes de ser Edward.

—Sí, y tú debes de ser... Oh, espera, no te conozco. —Mi voz salió débil. No quise sonar grosero, simplemente las interacciones sociales no estaban en el área de fortalezas de mi análisis FODA.

—Oswald Cobblepot, un placer. —Me regaló una sonrisa que no supe si era adulterada, pero la encontré linda. Era un tipo más bajito que yo, con el cabello negro cayendo sobre su rostro del lado derecho y la cara llena de pecas.

Él se autoproclamó mi nuevo amigo/guía turístico del Instituto de Ciudad Gótica.

Las clases fueron interesantes. Yo pertenecía a la categoría de nerds a los que se les daban bien la mayoría de asignaturas siempre y cuando no requirieran de un esfuerzo físico. Aquí los grupos eran más pequeños que en mi anterior escuela, y el pueblo no destacaba por su nivel educativo, pero tampoco era tan malo.

A la hora del almuerzo Oswald me presentó con sus otros dos amigos: Selina y Arthur. Arthur contaba muchísimas bromas y Selina se encargaba de hacerle saber que no eran para nada graciosas.

El miedo que me había paralizado momentáneamente al poner un pie en el instituto se esfumó casi por completo y me permití sentirme contento dentro de mi lago de incomodidad. Al menos hasta ahora nadie me había insultado, eso ya era un logro. A la gente le intrigaba de modo superficial el hijo adoptivo del policía, incluso Oswald me tomó una fotografía para el periódico escolar y aunque usualmente le hubiese dicho que la borrara, traté de disfrutar de mis quince minutos de fama bien presagiados por Andy Warhol. No se trataba del mejor día de mi vida, pero estaba lejos de entrar en el top 5 de los peores.

Cuando Arthur relataba un chiste de toc toc (con un efecto de sonido bastante realista), la puerta de la cafetería, transparente y pulcra, se abrió y por un momento fue como si todos hubiesen cerrado la boca. Los ojos curiosos que en la mañana me escudriñaban, ahora estaban fijos en él. Pero tan pronto como lo observaron, desviaron la mirada.

Mi atención, no obstante, se quedó con el individuo mientras caminaba hacia una mesa del rincón. Al pasar por mi lugar, nuestros orbes chocaron. Un escalofrío recorrió mis vértebras cervicales y se instaló en mi cabeza. Sentí electricidad en la punta de mis dedos. Era el chico más hermoso que hubiese visto.

Él llevaba el nombre de la ciudad a otro nivel. Su cabello consistía en un rebelde remolino con la oscuridad de treinta noches juntas (posiblemente teñido), sus ojos eran más delineador y sombras que pestañas, se parecían a los de un panda excepto que los osos lucían adorables así y este sujeto más bien se esforzaba en mantener un aspecto intimidante. Su playera era rojo dinamita y tenía el logotipo de una de esas bandas alternativas que empezaban a ponerse de moda. A su pálida garganta la rodeaba un collar con púas.

Se sentó, solo (tal como yo imaginé que sería mi primer día de escuela). Ni siquiera comió nada. Permaneció con unos audífonos puestos, moviendo su cuerpo justo cuando el ritmo de lo que fuera que estuviese escuchando se volvía lo suficientemente potente, y manteniendo una cara de indiferencia que él sabía le quedaba bien. Porque era la clase de chico que se veía apuesto con todo.

El tipo brillaba bajo la enorme esfera de espejos en la discoteca de su propia soledad.

—¿Hola? Tierra llamando a Edward.

—¿Quién es él?

—¿Bruce Wayne? Olvídate de él, jamás sería amigo de unos bichos raros como nosotros —contestó Arthur. Algo en su tono (exageradamente divertido) me dijo que ya lo habían intentado. Y sonaba lógico, debido a que a pesar de que el tal Bruce Wayne también lucía como un bicho raro, entre fenómenos existían categorías: Podrías ser un tipo guapo y misterioso que no tenía amigos (por elección). O podías ser un fracasado al que nadie se acercaba (ni aunque quisieras).

Mis compañeros continuaron hablando, yo sentía una mirada sobre mi nuca (no la habitual pasajera de estudiantes chismosos a la que ya me había acostumbrado), sino algo más enérgico, que me puso los pelos de punta. No me atreví a buscar la fuente. Oswald y Arthur me hicieron un par de las típicas preguntas: ¿Cómo te has sentido? ¿Qué tan distinto era donde vivías? (aquí me limité a decir que "soleado", y me ahorré el "era como un maldito infierno"), hasta que el timbre sonó.

Mi clase siguiente era Biología, la Profesora me dio una rápida bienvenida y me indicó que tomara asiento en la única silla vacía, la cual era la tercera en la última fila, al lado de ni más ni menos que Bruce Wayne, quizás la primera persona que había logrado despertar la curiosidad del chico al que el resto de la escuela curioseaba. No pude descifrar exactamente qué, pero algo en ese tipo me atraía. Yo era un imán comprado como un souvenir barato y Bruce Wayne era el frigorífico de vanguardia.

Su rostro me advirtió que no estaba feliz de encontrarse conmigo. De acuerdo, de lo poco que había visto de él, no aparentaba estar feliz nunca, pero esta vez sentí su mirada (muerta y asesina al mismo tiempo) dedicada exclusivamente a mí. ¿O tal vez quería matarse él? No tenía la certeza, aunque en definitiva se encontraba en un estado cataclísmico de agonía del que nadie podía salvarlo.

—Hola —lo saludé de cualquier forma, sin importarme el aura de peligro que irradiaba, porque mi instinto de supervivencia era aproximadamente del 7% (mas nunca 0%, por lo cual mantuve mi vista fija en el escritorio de madera pulida). Estando cerca de él no podía mirar aquellos hipnóticos ojos negros, por más tentadores (y amenazantes) que me parecieran.

...