Chapter Text
“Estimado Rubén Doblas,
Tenemos el placer de informarle que ha sido admitido en el Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería.
En adjunto encontrará una lista de todos los libros y el equipo que necesitará. El año escolar empieza el 1 de septiembre. Esperamos su lechuza a más tardar el 31 de julio.
Muy cordialmente,
Minerva McGonagall
Subdirectora.”
1 de septiembre de 2001, 10:45 a.m.
Era la primera vez que Rubén veía a tantos niños en un mismo lugar; niños magos como él, portando enormes baúles y búhos enjaulados, abriéndose paso en la estación concurrida de trenes para abordar el que los llevaría al famoso colegio de magia y hechicería, a Hogwarts.
Sus ojos chispearon de alegría nada más con pensar en el nombre. Desde que había recibido la carta, su abuelo le había contado un sinfín de historias durante sus años de estudiante y él podía pensar en el tipo de aventuras que le aguardarían en el lugar que sería su casa durante los próximos siete años. Aunque le entristecía separarse de su familia por un tiempo, la verdad es que no había podido pegar pestaña durante toda la noche de la emoción que le causaba ir.
Su primo Carlos había fruncido el ceño tan pronto se había enterado de que no tenía que asistir al colegio muggle por otro año, pero él estaba que brincaba de la felicidad. Las materias de su escuela le parecían lamentables en comparación con la magia y el castillo inmenso. Había escuchado que incluso había fantasmas que rondaban por los pasillos del colegio.
Entre la multitud de personas, le llamó la atención un niño que recibía un beso en la mejilla por parte de su madre en contra de su voluntad, frunciendo los labios y desviando la mirada como si no quisiera estar allí. El muchacho se ruborizó cuando se encontró con su mirada, apartándose de sus padres de golpe antes de decirles algo y dirigirse a las puertas del tren sin mirar atrás.
—¿Nervioso por tu primer año? —La voz de su madre le hizo perder de vista al niño, girando la cabeza para sonreír a la mujer que lo miraba con ojos llorosos. Fingió estar bien, esbozando una sonrisa de cariño para él, pero su madre siempre había sido como un libro abierto: con solo una mirada, te hacías una idea de lo que pasaba por su cabeza.
—No, la verdad es que estoy bastante emocionado. Siempre hemos escuchado las historias del abuelo y del tío Arvid, y esta vez podré contar las mías. Os enviaré cartas para deciros todo y me aseguraré de que ni siquiera me eches de menos, mamá.
Su madre lo abrazó con su hermana pequeña en brazos, y él sintió las manos diminutas de su hermana tocando su pelo. Cuando se apartaron, notó que su madre volvía a sonreír y se pasaba la mano por debajo del ojo tan deprisa que si hubiera parpadeado dos veces se lo habría perdido. Las echaría mucho de menos. Estos últimos años habían sido en su mayoría los tres en las buenas y en las malas, había intentado cumplir el rol del hombre de la familia y proteger a las personas más importantes de su vida, pero temía que su madre se sintiera solitaria de ahora en adelante.
—Está complicado que no te eche de menos porque ya lo hago, pero igual esperaré esas cartas con ansias. Solo asegúrate de aprender mucho y evitar meterte en problemas, ¿de acuerdo, cariño?
Asintió y su madre depositó un beso sobre su cabeza antes de que escucharan al conductor del Expreso de Hogwarts anunciando que pronto partiría el tren. Rubén dejó salir una bocanada de aire y se preparó para el inicio de su nueva vida, despidiéndose con la mano de su familia antes de ingresar al tren y observar al resto de los estudiantes. Algunos estaban usando ya sus uniformes de Hogwarts; túnicas negras que protegían las camisas abotonadas blancas con corbata y los pantalones y faldas de gabardina. Su madre se había despertado temprano para planchar su camisa, también se había asegurado de guardarla en su baúl de forma que no se arrugara y le había enseñado cómo atarse la corbata negra correctamente. La idea de poder usar pronto una corbata con la temática de su casa, cualquiera que fuera, le provocaba una sensación de cosquilleo en la boca del estómago y le hacía desear estar en frente del conocido Sombrero Seleccionador.
Escuchó a unos chicos charlando sobre la casa a la que esperaban pertenecer y por un segundo consideró unirse a la conversación, pero por el rabillo del ojo descubrió que en uno de los compartimientos estaba el chaval de hace un rato y sin proponérselo, sus pies cobraron vida por sí mismos y se encontró en frente de la puerta que lo separaba del pasillo.
—¿Te importa si me uno a ti? —preguntó nada más abrir la puerta.
El tipo se volvió hacia él y levantó una ceja, lo que le hizo parecer un poco pijo y pretencioso. Sin embargo, su madre le enseñó a no juzgar a una persona a la primera —aunque técnicamente, esta era la segunda—, y el tipo también se encogió de hombros como si no le importara que le acompañara, así que entró y se sentó frente a él. El silencio que siguió fue un poco incómodo. Rubén consultó el reloj de su muñeca solo para matar el tiempo y vio cuando las manecillas dieron las 11, escuchando el silbato que indicaba la salida del tren.
A través de la ventana, distinguió los rostros de cientos de familiares despidiéndose de sus hijos y una sonrisa de satisfacción apareció en la suya al encontrar a su madre al otro lado del cristal, despidiéndose al igual que su hermana menor. Esta última parecía confundida, frunciendo el ceño mientras no perdía de vista los movimientos de su madre agitando su mano y luego los repetía. El sonido de los pistones se escuchó entonces en todo el andén y en cuestión de segundos, el tren comenzó a moverse, haciendo que Rubén se apretara la nariz contra la ventana y les repitiera que iba a enviar cartas a menudo. Ni siquiera sabía si habían podido oírle, pero eso no le impidió volver a sentarse con la sonrisa intacta mientras dejaban atrás la estación.
Sus ojos se posaron de nuevo en el chico que tenía delante, cuyo nombre ni siquiera conocía, y se dio cuenta de que ahora tenía un libro en las manos que parecía estar leyendo en silencio. Filtros y pociones mágicos. Rubén arqueó las cejas con incredulidad. El año escolar ni siquiera había arrancado y el chico ya estaba estudiando. ¿Acaso era un ratón de biblioteca? De todos modos, parecía provenir de una familia adinerada. Llevaba el pelo pulcramente peinado, salvo un par de mechones azabaches rebeldes que le caían sobre la frente, y el compartimento tenía un cierto olor a perfume caro que no se disipaba ni aunque abriera la ventana. Ni en un millón de años se pondría uno con aromas tan penetrantes como aquellos: jengibre, cítricos y, si se concentraba lo suficiente, podía reconocer también el olor a incienso. Perfume de chico pijo. Su impecable uniforme, en cambio, no tenía ni una sola rugosidad, la tela de la túnica parecía menos translúcida que la que le había comprado a Madame Malkin en el callejón Diagon, y su corbata estaba muy bien cuidada.
—Vale, ya basta de mirar todo el rato, tío. No puedo mantenerme concentrado así.
Rubén podría haber sentido incluso un poco de pena por eso, pero la verdad es que no la tenía. Había tenido su oportunidad de romper el hielo y no la iba a desperdiciar.
—¿Puedo preguntar por qué estás estudiando a pesar de que ni siquiera hemos llegado a Hogwarts?
—¿Y por qué eso sería un impedimento para adelantar algunas cosas?
—Pues porque seguro que tendremos mucho tiempo para estudiar en los próximos meses y tú te estás perdiendo los bonitos paisajes y la emoción de montar en el Expreso de Hogwarts por primera vez por tener la nariz enterrada en ese libro.
El chico enarcó una ceja, de nuevo, y cerró su libro con la mano izquierda, mirándolo como si esperara la cosa tan emocionante a la que se refería Rubén. Bufó cuando este se limitó a devolverle la mirada como un cervatillo cegado por las luces de un coche.
—Mm, me llamo Rubén, también de primer año. —Extendió la mano en su dirección.
—Samuel de Luque.
Se presentó con cierto aire de arrogancia, estrechando la mano y alzando la barbilla con una sonrisa que no era de alegría, sino de orgullo. Rubén se preguntó si era por su apellido y si era siquiera una razón para pavonearse de esa manera, pero tuvo que admitir que De Luque sonaba como un apellido de la hostia.
Estaba a punto de preguntarle si sabía en qué casa iba a estar solo para mantener la conversación, pero de repente la puerta del compartimento se abrió y un chico se sentó sin más al lado de Samuel, mascullando sobre la comida que le habían preparado los elfos de su casa y cómo las alubias blancas con salsa de tomate habían sido un verdadero error antes de reparar en su presencia.
—Veo que has hecho un nuevo amigo, Sam.
Sus ojos rasgados se hicieron aún más pequeños mientras reía de una manera un tanto peculiar, sus hombros temblaron con cada risa y su nariz se arrugó ligeramente. Rubén tendió la mano para presentarse por segunda vez. Su abuelo le había dicho que había conocido a sus amigos de toda la vida en su primer viaje en tren y así era como se formaban la mayoría de las amistades de Hogwarts, lo que le obligaba a esforzarse para causar una buena impresión. El chico esbozó una sonrisa que acentuó sus mejillas regordetas y le dio un apretón de manos, hablando con el mismo tono de voz pijo que Samuel, pero al menos no sonaba como si sus calzoncillos se retorcieran por dentro.
Samuel, que ni siquiera se molestó en contestar, volvió a abrir tranquilamente su libro.
—Hola, me llamo Guillermo Díaz, pero la gente suele decirme Willy. ¿Y tú eres?
—Rubén Doblas.
—¿Doblas? No me suena. ¿Tus padres fueron a Hogwarts?
Rubén dudó si fuera buena idea decir la verdad. Su abuelo le había advertido que, aunque se vivían nuevos tiempos en el mundo mágico, todavía había magos y brujas que miraban con cierto desprecio a personas como su madre. Su madre había nacido de padres magos, pero ella misma no era mágica. Por lo visto, eso era algo raro, y algunos se lo tomaban mal; lo consideraban una desgracia para la familia, hasta el punto de desterrarlos del árbol genealógico y hacer ver que ni siquiera existían, pero seguro que también había gente como su abuelo, quien siempre se había sentido orgulloso de su Beatrice y de las cosas que podía conseguir sin importar lo que fuera.
—Mi abuelo fue un estudiante de Hogwarts hace unas décadas.
—¿Y tú eres el siguiente descendiente en asistir a Hogwarts? —Willy pareció extrañado.
Rubén tuvo que evitar el impulso de morderse las uñas por el nerviosismo.
—Bueno, como vivimos unos años en Noruega, el resto fue al Instituto Durmstrang.
Vale, eso no era del todo mentira. Su tío sí que fue porque era lo más cercano al pueblo donde ellos vivían en Noruega. Se mudaron del país unos años después y luego tuvo que trasladarse a Hogwarts, pero decir que su tío fue allí sin mencionar a su madre podría despertar sospechas, aparte de que no tenían por qué conocer todos los detalles.
—¿Viviste en Noruega? Eso sí que es una pasada. Fui una vez con mi familia, una de las pocas veces que pude acompañarlos, y tuve la oportunidad de visitar la capital y también pasar un tiempo en Tromsø para admirar las auroras boreales. Mi madre dice que sin duda las creó un mago.
No supo qué responder a eso, así que se limitó a sonreír con cortesía.
—¿Sabes en qué casa vas a quedar? Estoy seguro de que Samuel y yo seremos seleccionados para Slytherin. Creo que es la casa ganadora y, sin duda, la más guay entre las cuatro, ¿no te parece?
Oyó a Samuel resoplar a su lado antes de pasar la página y proseguir con la lectura.
—Con esa forma de pensar tan infantil que tiene no me extrañaría que acabara en Hufflepuff —dijo sin siquiera levantar la vista—, o peor, en Gryffindor.
Rubén apretó los puños. Samuel estaba siendo bastante odioso, pero decidió dejarlo pasar y se conformó con respirar hondo; aunque un golpe en la cara le vendría de perlas.
—La mayor parte de mi familia resulta ser de Hufflepuff.
—Por supuesto que lo son.
—Bueno, si el requisito para estar en Hufflepuff es no ser un cabronazo, entonces me siento honrado. —Rubén ni siquiera pretendió disimular su disgusto—. Perdona, ¿te he hecho algo o qué te pasa?
Samuel se levantó con las cejas fruncidas y cerró su libro.
—Pues bien, apenas he podido pasar de la primera página debido a tus continuas pataletas y no sé cómo te las apañas, pero tienes una manera de sacarme de quicio... Como sea, voy al baño.
Se quedó a solas con Willy después de que el tipo caminara con pasos pesados y seguros hacia la puerta y la cerrara tras de sí con fuerza, entonces Willy se revolvió el pelo albino con timidez y volvió a soltar una de sus risas, solo que esta vez casi se escuchaba abochornado.
—No le hagas caso, normalmente no es tan brusco. Tuvo una discusión con sus padres y ahora cree que todo el mundo lo odia y él lo hace también. —Willy apoyó la cabeza en el respaldo del asiento y cerró los ojos un rato, lanzando un suspiro—. No le digas que te dije eso. De todos modos, no te cortes en decirle cuando esté actuando como un gilipollas.
—No se puede decir que no lo esté siendo, la verdad.
—Lo siento si te hace sentir incómodo. Podemos cambiar de compartimento, si quieres.
Rubén negó con la cabeza.
—Bah, no te preocupes. Me parece que es un viejito malhumorado atrapado en el cuerpo de un niño, pero no es del todo malo. Definitivamente, he conocido a personas peores que él.
Al cabo de unos minutos, Samuel volvió y los tres se mantuvieron en silencio. Rubén no tenía ganas de seguir charlando con Samuel, Willy no sabía qué conversación podía sacar para aliviar la tensión entre ellos, y Samuel se limitó a abrir su libro y empezar a leer otra página de este.
Rubén ni siquiera sabía qué tenía de especial ese puñetero libro.
Willy pareció estar agradecido cuando apareció una señora, que golpeó el cristal de la puerta con sus dedos arrugados antes de abrirla y revelar el montón de golosinas que llevaba en su carrito.
—¿Les apetece algo, queridos? —les preguntó con una sonrisa amable, con la espalda un poco encorvada y los dedos temblorosos, pero se notaba que la señora disfrutaba de su trabajo. Viendo la cantidad de dulces que había en ese carrito, a Rubén también le encantaría un trabajo así. Pudo ver artículos como: judías de todos los sabores de Bertie Bott, pasteles de caldera, ranas de chocolate, chicles de Drooble, babosas de gelatina, varitas de regaliz y empanadillas de calabaza.
En las ocasiones en que su abuelo les visitaba o se hospedaban en su casa un par de días durante las vacaciones, su abuelo le compraba todos los dulces que podía encontrar. Sus favoritos eran las ranas de chocolate. El sabor les recordaba ligeramente a las barritas de chocolate Freia que compraba cada vez que visitaban a su familia en Noruega.
—Dos empanadas de calabaza, por favor.
Samuel buscó en su bolsillo un par de monedas y pagó a la señora, dando el primer bocado a la empanada antes incluso de sentarse. La señora les preguntó si no querían nada más, Willy le explicó que su familia había hecho una celebración por su comienzo en Hogwarts y que por ahora estaba satisfecho, pero antes de que se fuera, Rubén se levantó y pidió una rana.
Primero se comió la cabeza para evitarle el sufrimiento y continuó con el resto del cuerpo. Sus manos estaban manchadas de chocolate, pero agarró el paquete en el que venía su rana y rezó para que esta vez le tocara una carta que no fuera de las habituales.
—¿Ruperto de Luque?
Rubén volvió a mirar la carta que tenía en la mano, limpió un poco la mancha de chocolate que había dejado en la descripción y luego levantó la vista, encontrándose con los ojos amatistas del chico que le miraban de nuevo con aire de superioridad.
—Supongo que te tocó mi padre —le comentó, su voz presuntuosa.
¿Su padre era un hombre famoso? Su cabeza estaba llena de preguntas que no estaba dispuesto a hacerle a Samuel. Si escuchaba su tono altanero un segundo más, no contendría el impulso de arremeter contra él y estaba seguro de que a Willy también le desagradaría que atacara a su amigo.
Se metió la carta en el bolsillo sin prestarle mucha atención y terminó de comer su rana de chocolate, lamentando no haber comprado más cuando pasó la señora del carrito. Era un auténtico goloso, a veces incluso guardaba chocolatinas y piruletas debajo de la cama para poder comerlas durante la noche sin que su madre se enterara; la mayoría de ellas no provenían del mundo mágico.
—Creo que ya hemos pasado los pueblos muggles. —Willy se asomó por la ventana, contemplando el campo cada vez más verde y despejado, y volvió a sentarse con la espalda recta al cabo de unos minutos, pasando los ojos por el vestuario de Rubén y señalándole con la barbilla—. Si no quieres cambiarte delante de nosotros, te sugiero que lo hagas antes de que estemos a punto de llegar. Mi prima Mary me dijo que los baños siempre estaban ocupados justo antes de llegar a Hogsmeade.
Rubén aprovechó para echar un vistazo al uniforme de Willy y dedujo que procedía de la misma tienda que el de Samuel, presumiblemente Twilfitt & Tattings, la tienda de ropa para la clase alta. Sin duda era otro bicho raro al que le gustaba trabajar con antelación en las cosas, de ahí que se cambiaran casi tres horas antes de llegar a su destino final.
—Estás gastando tu saliva con él, Willy. —Samuel cerró de nuevo su libro y esta vez lo dejó a un lado, reanudando la conversación con su amigo sin quitarle los ojos de encima. Rubén no se dejó intimidar lo más mínimo por sus ojos incisivos—. Ya ves, está demasiado ocupado disfrutando de las vistas y del viaje en tren. Ya tendrá suficiente tiempo para todo después, ¿verdad, Doblas?
A Rubén no se le escapó el tono sarcástico, apretó la mandíbula para no abalanzarse sobre el chico de una vez por todas y lanzarle un puñetazo que le dejara viendo estrellas. El único impedimento era su propia madre. Ella le había pedido que no se metiera en líos, sería ridículo que lo hiciera sin llegar siquiera al castillo, además, no había pasado mucho tiempo desde la última pelea en la que se había visto envuelto, pero no era su culpa, a veces los niños eran unos capullos y él no era de los que se quedaban de brazos cruzados.
—Llevamos un par de horas aquí y es la primera cosa sensata que me dices, De Luque.
Samuel resopló entre risas.
—Para tu cerebro del tamaño de un guisante, tal vez.
—Venga, ¿papi no te ha llevado al parque y por eso estás montando un numerito o es que eres un gilipollas por naturaleza? De veras que quiero saberlo.
Los ojos de Samuel le observaron con rabia y, por un segundo, le recordaron a los de su primo cada vez que le decía que su nariz era tan grande como la de un tucán, lo cual era un tema delicado para él. El chico se levantó de golpe, respirando con dificultad mientras su piel se enrojecía un poco, y nada más levantar el puño, Willy le agarró del brazo y se quedaron mirándose en esa posición, Rubén aún sentado en la silla mientras Samuel lo veía desde arriba con expresión de mosqueo.
Rubén sonrió, incorporándose del asiento y quedando a la misma altura que el moreno.
—Creo que es hora de ponerme el uniforme, compañeros.
Abrió la puerta y comenzó a caminar por el pasillo con actitud despreocupada. Las peleas con un ricachón del mundo mágico no eran nada frente a lo que tuvo que pasar en la escuela muggle. Los niños podían ser muy cabroncetes, sobre todo cuando tu madre iba sola a todas las reuniones del instituto y tenía que trabajar muy duro para dar de comer a sus dos hijos.
Se anudó la corbata tal y como le enseñó su madre y en seguida se echó un vistazo en el espejo, recogiendo el pelo a un lado a pesar de tenerlo relativamente corto. El pelo le crecía bastante rápido y era mejor mantenerlo corto ahora que iba a estar fuera de casa durante unos meses, o eso le había dicho su madre. A él no le importaba tener el pelo largo. Sería guay tenerlo como Kurt Cobain.
Al salir del servicio, se encontró con dos chavales que caminaban en su dirección y que también vestían el uniforme de primer año. Reconoció a uno de ellos nada más verlo. El tipo podía ser bajito, pero se aseguraba de que su presencia se notara, y Rubén incluso se planteaba que ni siquiera lo hacía a propósito, tan solo hablaba de forma aguda y tenía una forma de reírse aún más característica que la de Willy y, como era lógico, hacía girar las cabezas a su alrededor cada vez que consideraba que algo era de lo más gracioso.
—Eres el de la tienda de túnicas, ¿no?
El tipo ladeó la cabeza y, tras unos segundos, pareció recordarlo.
—Y tú eres el tío que hizo un lío con las capas de viaje.
—El mismo —respondió Rubén con una sonrisa descarada.
—Era Rubén, ¿cierto? Me alegro de verte de nuevo por aquí. Mi madre se quedó con las ganas de preguntarte si tu madre consiguió todo. Estaba angustiada por si se había explicado mal.
—Ni de coña, tu madre podría ser guía turística si quisiera.
Rubén se sintió fatal porque el chaval parecía tener la suficiente memoria como para retener su nombre, pero a él le estaba costando mucho. Para su suerte, el muchacho que estaba a su lado lo dijo en voz alta y le dedicó una sonrisa que parecía amistosa.
—¿Es un amigo tuyo, Alex? Encantado de conocerte, soy Luzu.
Luzu no hablaba como un niño pijo, pero aun así podía sentir que tenía una forma de hablar que demostraba que conocía palabras grandes y rebuscadas.
—Sí, nos conocimos hace unos meses en el callejón Diagon cuando comprábamos el material para el colegio. —Alex, en cambio, hablaba más como él, pero su abuelo le había contado que la familia Bravo era una de las más conocidas del mundo mágico. Al parecer, su padre trabajaba con su abuelo como auror, que era como un poli con magia y varitas—. ¿En qué compartimento estás? Podrías venir con nosotros.
—Estaba con unos pijos, uno de ellos parecía que alguien le había meado en los cereales.
Eso pareció hacerle gracia a los dos chicos, los cuales se echaron a reír casi hasta las lágrimas (luego se enteró de que no habían oído esa expresión nunca y les había pillado desprevenidos), y entonces Alex le dio una palmadita en la espalda, afirmando que podía unirse a ellos sin problemas. Los tres empezaron a hablar del tema del día mientras bajaban hacia su compartimento, que era la casa en la que pensaban estar, y Alex dijo que en realidad no le importaba cuál, pero Luzu se mantenía firme en ser parte del equipo de Quidditch de la casa Gryffindor.
—¿No ganó Ravenclaw la última copa?
Luzu pareció indiferente a la pregunta de Alex.
—Eso es porque los de Gryffindor no me tenían en su equipo, Alexbitas.
Rubén no pudo evitar reírse del apodo. Lo cierto era que le sentaba bien a Alex, que apenas le alcanzaba el hombro y parecía tan delgado, que Rubén llegó a preguntarse si realmente comía bien. Álex le hizo un gesto con el dedo, lo que hizo reír aún más a Rubén, pero luego llegaron a su destino y Luzu sacudió la cabeza con el fantasma de una sonrisa.
—Oye, no os burléis de mis apodos. A mí también se me podría ocurrir uno muy bueno para ti, Rubén. —Luzu se dio un golpecito en la barbilla, sin dejar de verlo con expresión pensativa, y al cabo de unos segundos toda su cara casi exclamaba eureka—. Tienes el pelo un poco rubio, pero no del todo, tienes un historial como gurú de travesuras y te llamas Rubén.
—Bueno, en teoría, no me llamo a mí mismo Rubén, otros lo…
—Así que necesitas un apodo que exprese todo eso, un apodo como... ¡Como Rabis!
—¿Rabis? —Rubén parecía desconcertado, pero Álex, frente a él, solo soltó la carcajada más sonora de la historia. Le pareció que sonaba como algo que se llamaría a un perro.
Con la llegada de los estudiantes a Hogsmeade (según Alex, el único pueblo de magos de Gran Bretaña), el guardabosques llamó a todos los de primer año después de salir del Expreso de Hogwarts y les explicó que navegarían por el lago hacia el castillo. Los barcos desembarcaban en un muelle bajo el castillo al que tuvieron que llegar tras caminar por un sendero estrecho, y, a decir verdad, al tenerlo delante de sus ojos, con un sinfín de ventanas brillando bajo la noche y torres y torrecillas, pudo comprobar que los libros y las historias de su abuelo no hacían justicia a lo grande y majestuoso que era el castillo realmente.
El guardabosques gritó para que eligieran una barca, no más de cuatro personas por cada una, así que se subió a una con Luzu y Alex y frunció el ceño cuando escuchó un bufido a su lado que le resultó muy familiar. Giró la cabeza y puso los ojos en blanco, pues sabía que la razón por la que le resultaba tan conocido era porque lo había escuchado con frecuencia durante unas horas en el tren. Samuel de Luque compartía su barco con su amigo, otro chico y una niña.
Rubén aborreció tener que subir un montón de escaleras, pero después de lo que parecieron horas, llegaron frente a una gran puerta de roble. Una anciana los recibió, conduciéndolos al interior del castillo antes de que se detuvieran en una pequeña habitación vacía fuera del vestíbulo y ella se dirigiera a ellos de improviso, dándose la vuelta para mirarlos con una expresión severa.
—Bienvenidos a Hogwarts —dijo la profesora—. El banquete con motivo del inicio del año escolar se celebrará en breve, pero antes de ocupar vuestros puestos en el Gran Comedor debéis ser seleccionados para vuestras casas. La Selección es una ceremonia muy importante porque…
Rubén dejó de prestar atención a lo que decía la señora, considerando más interesante el lugar en el que se encontraban. Había algunos cuadros que se podían mover, la mayoría de ellos de personas que no dejaban de observarlos y que le ponían un poco los pelos de punta, e incluso, si se concentraba de verdad, podía escuchar también muchas voces que provenían de otra habitación, quizás el llamado Gran Comedor. Pudo constatar que el castillo no era ni mucho menos de construcción reciente, tal vez un solo bloque de aquel lugar tenía cientos de años más que él, y si desde afuera parecía de lo más impactante, el interior era alucinante.
Todos los que le rodeaban parecían sentirse inquietos por la casa que les tocaría, aunque a él no le preocupaba, siempre y cuando no fuera la casa de Slytherin. Incluso si entraba en Slytherin, una parte de él le decía que la mayoría de ellos eran con toda certeza más agradable que el chico pijo. Es más, puede que más de la mitad de la población sea más simpática que él.
El Gran Comedor estaba sin lugar a duda a la altura del resto del castillo, iluminado por miles y miles de velas que flotaban en el aire por encima de cuatro grandes mesas, donde ya estaban sentados los demás estudiantes. En las mesas había platos, cubiertos y tazas de oro. En un estrado, en la cabecera del comedor, había otra gran mesa donde se sentaban los profesores. Caminaron entre el resto de los estudiantes hacia ella, y oyó a otro chico susurrar asombrado acerca del techo mientras caminaban, así que alzó la cabeza hacia arriba y se encontró con un techo de terciopelo negro salpicado de estrellas. ¿Estaba realmente al aire libre? No podía sentir la más mínima brisa, y dado que era otoño, eso no tenía ningún sentido.
Frente a ellos había un taburete y lo que parecía ser un sombrero muy viejo colocado encima. Estaba remendado y parecía haber visto días mejores; no sabía si olía mal, pero a todas luces parecía que sí. Y para su sorpresa, empezó a cantar de la nada.
Oh, podrás pensar que no soy bonito,
pero no juzgues por lo que ves.
Me comeré a mí mismo si puedes encontrar
un sombrero más inteligente que yo.
Puedes tener bombines negros,
sombreros altos y elegantes.
Pero yo soy el Sombrero Seleccionador de Hogwarts
y puedo superar a todos.
No hay nada escondido en tu cabeza
que el Sombrero Seleccionador no pueda ver.
Así que pruébame y te diré
dónde debes estar.
Puedes pertenecer a Gryffindor,
donde habitan los valientes.
Su osadía, temple y caballerosidad
ponen aparte a los de Gryffindor.
Puedes pertenecer a Hufflepuff
donde son justos y leales.
Esos perseverantes Hufflepuff
de verdad no temen el trabajo pesado.
O tal vez a la antigua sabiduría de Ravenclaw,
Si tienes una mente dispuesta,
porque los de inteligencia y erudición
siempre encontrarán allí a sus semejantes.
O tal vez en Slytherin
harás tus verdaderos amigos.
Esa gente astuta utiliza cualquier medio
para lograr sus fines.
¡Así que pruébame! ¡No tengas miedo!
¡Y no recibirás una bofetada!
Estás en buenas manos (aunque yo no las tenga).
Porque soy el Sombrero Pensante.
El profesor llamó a la primera persona, un chico con los pelos de punta que salió de la fila de los de primer año y se sentó en la silla con una sonrisa confiada. El sombrero gritó Gryffindor de repente sobre su cabeza, por lo que la mesa de la izquierda comenzó a vitorear y recibió al nuevo alumno con los brazos abiertos, notó que hasta la siempre seria profesora sonrió un poco.
—¡Bravo, Alejandro!
Su amigo pareció estar a punto de desmayarse al oír su nombre, mirando a todos como si se sintiera incómodo al ser observado por tanta gente, pero se dirigió al taburete tan rápido como pudo y se colocó el sombrero en el pelo a la espera del veredicto.
—Mm, un cerebro tan brillante, repleto de tantas preguntas e ideas maravillosas... Esta cabeza solo podría pertenecer a ¡RAVENCLAW!
Rubén no quiso separarse de su amigo y en cierto modo deseó acabar en esa casa también solo para no estar tan solo, pero no mucha gente parecía entrar en Ravenclaw.
Llamaron a Samuel y este se dirigió con pasos confiados al frente. Rubén se cruzó de brazos, suspirando cuando escuchó el murmullo de los demás alumnos asombrados al escuchar el apellido De Luque mientras el tipo se sentaba en el taburete con una sonrisa de regodeo.
—¡SLYTHERIN!
Por supuesto.
El turno de Willy llegó después y, como no podía ser de otra manera, fue a la misma casa que su idiota amigo, haciendo que la casa Slytherin lo celebrara a lo grande. Sin embargo, se dio cuenta de que lo celebraban de una manera más compuesta que la casa de Hufflepuff y Gryffindor.
—¡Doblas, Rubén!
Llegó a sentir de primera mano por qué Alex se había sentido tan incómodo cuando lo llamaron, porque tener una habitación entera con los ojos fijos en ti mientras caminabas sin duda era bastante aterrador. Se puso el Sombrero Seleccionador y casi agradeció que fuera lo suficientemente grande, pues le cubría un poco la cabeza hasta los ojos y le dificultaba ver algo más que eso. Y aunque ya había estado en numerosas cabezas, por lo menos comprobó que no olía mal.
—Esta es un poco difícil, ya veo. Pero para nada imposible, de seguro —dijo una voz en su oreja. Rubén pensó que, si no era en Ravenclaw, al menos podría estar en Gryffindor con Luzu—. ¿Gryffindor? Desde luego, hay talento para Gryffindor, veo la osadía y sí, oh, la voluntad de luchar por lo que es correcto. Pero entonces, ¿se ajustaría completamente a un corazón tan noble como el tuyo? Un alma modesta y desinteresada. Mediador por naturaleza. La aceptación es con toda seguridad algo que significa mucho para ti. Ahora no hay duda, ¡está claro que perteneces a HUFFLEPUFF!
Le saludaron muchas caras amigables, entre ellas la de un fantasma de un señor, que según uno de los alumnos de Hufflepuff, le dijo que lo conocían como el Fraile Gordo, y les sonrió a todos, dándoles la mano e intentando no pensar que ninguno de sus amigos estaba allí con él. Si tenía suerte, quizá Luzu acabaría yendo a Hufflepuff en lugar de a Gryffindor, pero se sentía egoísta solo de pensarlo.
Siguieron invitando a más estudiantes a acercarse a la parte delantera del Gran Salón, y Rubén se sintió aliviado de no tener que estar a la vista de todos. Casi se echó a reír cuando descubrió que el nombre completo de Luzu era en realidad Borja Luzuriaga. Acabó entrando en Gryffindor, tal y como quería, y verlo saltar y sonreír de par en par hacia la mesa de su nueva casa hizo que Rubén también esbozara una sonrisa.
El director, Merlon, saludó cordialmente a todos y procedió a desearles un buen comienzo de curso antes de sentarse de nuevo y disponerse a comer. Rubén frunció el ceño, habiendo jurado que no había comida en sus platos, pero se dio la vuelta y se sorprendió cuando notó que había todo tipo de manjar a la vista. Carne asada, pollo asado, chuletas de cerdo y de ternera, salchichas, tocino y filetes, patatas cocidas, asadas y fritas, pudín, guisantes, zanahorias, salsa de carne, de tomate y hasta bombones de menta, tantas cosas con las que Rubén atiborró su plato.
—¿Crees que podamos llevarnos algo a nuestros dormitorios?
Rubén miró al chico que tenía al lado y se mordió el labio para no volver a reírse, temiendo que saliera como algo grosero. No pudo contenerse cuando el tipo se manchó de salsa la comisura del labio y utilizó el dorso de la mano para limpiarla, sin darle mayor importancia al asunto una vez siguió comiendo el pedazo de carne que había en su plato.
—No estoy seguro, pero me encantaría coger todo de esta mesa fijo.
—Sin embargo, te sugiero que reserves hueco. He oído que el postre viene después.
Rubén se disponía a coger más comida, aunque su plato no parecía menos sobrecargado, pero el susurro conspirador del chico le hizo detenerse en seco. Asintió y lo miró con ojos agradecidos, tomando otro bocado de lo que ya tenía antes de limpiarse la mano en la túnica —quizá tampoco era la mejor solución para las manos sucias— y extenderle la mano.
—Soy Rubén. Si no me equivoco, tú eres Miguel Ángel, ¿no?
El chico se ajustó las gafas, que se le resbalaron un poco cuando bajó la cabeza para fijarse en su mano, y enseguida sonrió antes de estrecharle la mano con un apretón firme.
—Prefiero solo Mangel.
Mangel cogió una pata de pollo y Rubén se alegró de haberse topado con alguien de su casa que daba la impresión de ser majo. De todos modos, echó un vistazo fugaz a su izquierda solo para ver qué hacían los demás chicos y pilló a Luzu charlando de algo con mucho entusiasmo con sus nuevos compañeros de casa. A su derecha, Alex engullía su comida sin dejar de conversar con dos chicos y el fantasma de su casa. Y justo al otro extremo del comedor, estaba la mesa de Slytherin.
Rubén gruñó y dio un mordisco indignado a su patata.
Después de terminar con la cena, Merlon comentó otros temas que no le parecieron tan relevantes a Rubén, pues a estas alturas solo tenía ganas de acostarse en la más acogedora de las camas y esperar a que su estómago dejara de sentirse tan hinchado de comida.
Un prefecto procedió a indicarles el camino hacia su sala común, el lugar donde todos los alumnos de Hufflepuff compartían dormitorio y podían pasar su tiempo libre. Rubén se contentó con saber que estaba en un rincón a la derecha del pasillo de la cocina, y, según el joven que les enseñó el lugar, como estaba un piso por debajo del suelo y muy resguardado del resto del castillo, permitía a los estudiantes dormir con bastante facilidad. Encontraron la entrada oculta tras una pila de barriles, y el prefecto se aseguró de hacerles saber que era importante que no se equivocaran con la contraseña o, de lo contrario, se les rociaría con vinagre y se les impediría el acceso. El problema era que no se trataba de una contraseña como tal, sino que tenían que golpear el barril dos veces desde abajo, en medio de la segunda fila, al ritmo de «Helga Hufflepuff» para que la tapa se abriera. Rubén de verdad esperaba acordarse de todo eso.
El interior era redondo, rústico y de techo bajo; daba la impresión de estar soleado, aunque en la parte exterior del castillo ya era una noche de otoño, y las ventanas circulares que rodeaban el lugar ofrecían una vista de la hierba serpenteante y dientes de león. Había tantas plantas, que o bien colgaban del techo o bien se asentaban en los alféizares de las ventanas, las cuales le recordaban al patio trasero de su tía. Rubén reparó con complacencia en la presencia de algunos sofás y sillas acolchados, tapizados en amarillo y negro, que parecían más que acogedores, por lo que tomó nota mental de aplastar su trasero allí en el futuro.
El prefecto les informó de que se accedía a los dormitorios a través de puertas redondas en las paredes de la sala común. Los chicos se separaron entonces de las chicas, y Mangel silbó asombrado a su lado al ver un montón de pequeños túneles que salían de donde ellos estaban, y que llevaban a los dormitorios de cada estudiante. Rubén se metió en su cama en cuanto los encontraron, camas con dosel cubiertas con colchas de retazos que eran tan acogedoras como parecían. Los dormitorios estaban iluminados por cálidas lámparas de cobre, y de la pared colgaban calentadores de cama del mismo material, a lo mejor por si se les enfriaban los pies durante las noches. Se sorprendió al ver que su baúl y el de Mangel ya estaban allí también.
No fue una gran novedad que, después de un día tan fatigoso, se durmiera en cuanto su cabeza tocó la almohada.
2 de septiembre de 2001, 9:27 a.m.
Su primera clase no fue tan insoportable porque este año compartían la clase de Encantamientos con los Ravenclaw, lo que significaba que podía ir caminando al aula con Alex y aprovechar para presentarle a su nuevo amigo de Hufflepuff. Pareció hacer buenas migas con Mangel, al que se le quejó de que el sonido del viento silbando alrededor de las ventanas de la torre de Ravenclaw se consideraba relajante al ir a dormir, pero él era tan ligero de sueño que le irritaba hasta el punto de apenas poder conciliar el sueño. Solo podía esperar acostumbrarse con el paso del tiempo.
Para su desgracia, la última clase del día se compartía con la casa Slytherin, y no solo el lunes, sino también el martes y el miércoles. No tardó en aprender que la Historia de la Magia era tan aburrida como la historia de los muggles, y tener que compartir esa clase con Samuel de Luque la hacía aún más exasperante. El profesor era un fantasma, pero ni siquiera algo tan genial como eso hacía que la clase resultara un ápice más interesante. Y Samuel en Historia de la Magia no era tan pesado como en Pociones, alzando la mano a cada pregunta que hacía el profesor y acertando todas.
—Como se esperaba de un De Luque.
Rubén rodó los ojos al escuchar semejante frase del profesor, más aún cuando ladeó la cabeza y comprobó que Samuel tenía una sonrisa de suficiencia dibujada en sus labios.
No hicieron falta muchos días para que Samuel de Luque estuviera en boca de todo el mundo, incluso de los alumnos mayores. Y no solo su nombre, sino también el de su padre y todas las cosas buenas que había hecho por el mundo mágico.
Todos parecían tener buenas palabras sobre la familia De Luque, lo que solo le hizo refunfuñar y seguir apuñalando en silencio su comida durante la cena. La cosa empeoró cuando en una ocasión Alex, que por lo visto conocía a Willy desde su infancia y parecía encantado de haberse reencontrado con él, le invitó a comer con ellos y la gente se agrupó en torno a Samuel para interrogarle sobre su padre. Él no había oído hablar de Ruperto de Luque en toda su vida, pero debería haber adivinado que tener su propia tarjeta en las ranas de chocolates implicaba que, tal vez, era muy conocido en el mundo de los magos. Ni siquiera verificó por qué era tan conocido.
Se había hecho amigo de algunos de los fantasmas de Hogwarts, lo cual era bastante fácil porque había descubierto que a algunos de ellos les encantaba hablar, sobre todo del pasado, y le venía bien quedarse a escuchar cuando no prestaba mucha atención durante la clase de Historia de la Magia. Sobre todo, con el Fraile Gordo.
Era un fantasma de color blanco nacarado, regordete, bajito y con una leve transparencia; si se le miraba, se podía distinguir la columna de bloques que tenía detrás. De primeras, le recordaba a un monje, vestido con un hábito ajustado y un cinturón de cuerda, el cual por alguna razón también portaba una taza consigo la mayor parte de las veces que se lo encontraba en los pasillos.
El fantasma estaba hablando de una de sus historias en vida, algo sobre sus años en Hogwarts y una amiga que se llamaba Patricia; escuchó la mayor parte del relato, pero una duda seguía rondando su mente y no se apaciguaría a menos que encontrara más información al respecto. Echó un vistazo a su alrededor para asegurarse de que nadie estaba espiando antes de preguntarle.
—Fraile Gordo, ¿sabes algo acerca de Ruperto de Luque?
Dejó de hablar, sorprendido por la brusca intromisión, pero sonrió sin tapujos en cuestión de segundos y se aproximó flotando hacia él.
—¡Por supuesto! Uno de los mejores hechiceros de Hogwarts. Es una pena que no haya podido conversar a menudo con él, ya que pertenecía a la casa Slytherin y no prestaba mucha atención a los fantasmas del castillo. Lo suyo eran sin duda las criaturas mágicas.
—¿Criaturas mágicas? —Rubén inclinó la cabeza.
—Fundó la Sociedad Mágica para el Cuidado de Animales Fantásticos e incluso impartió durante unos años la clase de Cuidado de Criaturas Mágicas.
No sabía que esa clase existía ni estaba seguro del año en que la vería, pero decidió dejar de hablar del tema porque escuchó unos pasos que provenían de la derecha. Agradeció al fantasma su aclaración y decidió preguntarle algo más sobre su historia anterior para no parecer demasiado sospechoso, a lo que el fantasma retomó con gusto la historia y Rubén se sentó para escuchar mejor.
Saber por qué era conocido el padre de Samuel hizo que todo encajara, y por una fracción de segundo, entendió el bombo que había detrás del apellido De Luque. Proteger a los animales como su oficio y establecer toda una fundación con ese único fin era, sin duda, algo notable y digno de admiración. De seguro que en otro momento indagaría más a fondo sobre el tema.
De momento, se limitó a escuchar la historia de cómo su amiga había convertido sus pies en calabazas por accidente durante una noche de brujas.
21 de diciembre de 2001, 10:14 a.m.
Hogwarts recibió el invierno con dos metros de nieve y el lago congelado. La Navidad estaba a la vuelta de la esquina y también las vacaciones, lo que significaba que podría ver no solo a su madre y a su hermana, sino también a su abuelo. A su tío, un año más, se le hacía imposible acercarse a donde estaban, pero seguro que le enviaba saludos y, si tenía suerte, dulces y regalos de Noruega.
—Manda saludos a tu madre de mi parte —le dijo a Alex, dándole un abrazo antes de separarse por unas pocas semanas. Luego se volvió hacia Luzu y Mangel, dándoles también un fuerte abrazo con una sonrisa picaresca—. Y a vuestras madres también, que seguro que son supermajas.
—Hijo de puta, espero que tengas una feliz Navidad.
Luzu se rio y le revolvió el pelo solo para molestarlo.
—No causes demasiados estragos en nuestra ausencia y pasa una feliz Navidad, Rabis.
Estaba emocionado por ir a la casa de su abuelo un año más.
Tenía un patio trasero amplio que le permitía jugar a lo que quisiera, la cama que le daban para dormir era de lo más placentera y la casa siempre tenía un agradable olor a galletas recién horneadas. A su abuelo le parecía una barbaridad tener elfos domésticos, por lo que su familia solía preparar ellos mismos todas las cenas, incluida la de Navidad, la cual la mayoría de los años consistía en costillas de cordero con puré de patatas y colinabo. La mañana de Navidad, su madre le dejaba jugar con las videoconsolas de su abuelo durante todo el día sin más restricciones que la de la comida, y este año era el doble de emocionante porque el abuelo le había contado que había conseguido la GameCube, que aún no estaba disponible en Europa, en uno de sus viajes de trabajo.
Era agradable volver a sentir el cálido abrazo de su madre, más aún después de meses de pociones y encantos y aburridas clases de historia. Su hermana también parecía estar unos centímetros más alta que la última vez que la había visto, pero solo un poco, y según su madre, había aprendido la palabra «jugo de papaya» y sacar la lengua a extraños.
En algún momento recibió una carta de Alex, y se aseguró de hacerle saber a su mamá que la suya se mantenía preocupada por si se había explicado bien, a lo que su mamá le dijo que empacara algunas cosas para Alex una vez que regresara a la escuela como una forma de agradecimiento y que se asegurara de decirle que había hecho un trabajo excelente. También recibió una de Mangel, pero no decía mucho, salvo que el clima era agradable en su pueblo.
Su abuelo Magnus parecía desbordante de regocijo al saber que su nieto había entrado en Hufflepuff como el resto de su familia, y sonrió con orgullo, mostrando una mueca aún mayor cuando su abuelo pilló una cámara y decidió hacerle una foto con la bufanda de su casa.
—Te tengo un obsequio, pero no sé si puedo esperar hasta la noche para dártelo. ¿Qué dices?
Los ojos de Rubén brillaron con ansia ante la perspectiva de recibir algo, pegando brinquitos e instando a su abuelo a buscarlo sin demora mientras escuchaba la risa del anciano.
—¡De todos modos, pronto cenaremos! —Sospechaba que su madre tenía oídos en todas partes, porque era imposible que los oyera desde la cocina. Su abuelo se giró para mirarle y le lanzó un travieso guiño, lo que le arrancó una ancha sonrisa mientras le seguía hacia el ático.
Le dijo que cerrara los ojos, así que obedeció, y después de lo que le pareció una eternidad, oyó la voz de su abuelo, indicándole que abriera los ojos de nuevo y diera un paso hacia delante. Así pudo ver mejor lo que el hombre tenía en sus manos: un tablero de ajedrez. Las piezas parecían estar hechas de cristal azul noche y transparente, que tenían un brillo precioso bajo la luz, y todo parecía tan majestuoso, que Rubén no estaba seguro de poder aceptarlo.
—Pensé que era hora de que tuvieras tu propio tablero de ajedrez.
Rubén lo tocó, cogió una pieza para detallarlo más de cerca y se quedó sin palabras.
—¿Puedo llevarlo a la escuela?
—Es tuyo, así que, si eso es lo que quieres hacer, por supuesto que puedes.
Rubén colocó el tablero de ajedrez en la mesa que su abuelo guardaba en el ático con la intención de jugar, y le lanzó una mirada decidida al hombre.
—¿Te apetece un partido, abuelo?
—Me encantaría, pero me temo que tengo que marcharme, Rubén. Quería darte el regalo ahora mismo porque no viviría conmigo mismo sabiendo que me perdí esa expresión en tu cara después de recibirlo, pero el deber me llama. —Debió percatarse de la expresión de tristeza de su rostro, porque le pellizcó las mejillas y le dio un golpecito en la punta de la nariz, haciéndole arrugar la cara con una mueca divertida—. Estaré aquí antes de que te des cuenta de que me he ido.
Rubén supo que era mentira, pero lo dejó pasar.
En general, la Navidad con su madre y su hermana fue igual de estupenda. Vieron algunas películas tumbados en el sofá y tanto él como su hermana recibieron más regalos, sobre todo dulces y un jersey que nada más verlo picaba. Lo usó de todas maneras porque su madre se lo había conseguido, pero su piel quedaría con toda seguridad cubierta de rojeces.
Su abuelo retornó en la noche del día siguiente, en Navidad, y había estado todo el día jugando con la GameCube en el salón, pero en cuanto se dio cuenta de que el hombre cruzaba el umbral de la entrada, se incorporó y empezó a contarle todo lo que había hecho.
—Hijo, sé que estás emocionado, pero puedes contárselo todo mañana —le interrumpió su madre, apoyando sus manos en sus hombros—. Ahora vete a dormir, por favor, que se hace tarde.
—Pero el abuelo acaba de llegar y no tengo sueño.
Su madre le repitió que subiera, que ella cuidaría de su abuelo, y eso le hizo echar otra mirada al anciano que tenía delante. Se veía cansado, tenía unas ojeras que parecían más marcadas ahora, y en su mejilla se apreciaba lo que parecía ser un pequeño corte. Rubén decidió que era prudente no hacer más preguntas, ya que lo más probable era que no recibiera respuesta alguna. Se planteó escuchar a escondidas la conversación, pero los párpados le comenzaron a pesar y el hecho de haber estado todo el día frente a la pantalla ahora le cobraba factura.
Con todo, no pudo contarle todo a su abuelo al día siguiente, porque apenas salió el sol, su madre fue a despertarlo y le dijo que empacara sus cosas. Rubén no entendía nada, pero entonces su madre le explicó que tenían que enviarlo de vuelta a Hogwarts lo antes posible porque había ocurrido una emergencia y no le apeteció elaborar más al respecto; solo le aseguró que nadie había resultado herido y que estaría más seguro en el castillo.
—¿Seguro de qué, mamá? —Rubén frunció el ceño y se quedó mirando a su madre, todavía con los ojos hinchados y su pelo siendo un gran lío, pero ella estaba demasiado ocupada ayudándole a meter sus cosas en el baúl sin detenerse un segundo a mirarlo a la cara—. ¿Viene alguien a por nosotros? ¿Por qué iba a venir alguien a por nosotros?
— Claro que no, cariño, es solo una expresión. Lo que quería decir es que tu abuelo tiene que viajar una vez más por motivos de trabajo y mi jefe acaba de llamarme y me ha echado la bronca de que tengo que trabajar mañana, así que debo volver lo más pronto posible a casa.
—¿Y qué pasa con Selma?
Su madre se detuvo para mirarle sin comprender por un segundo, cerrando a medias su baúl.
—¿Qué pasa con ella?
Rubén desplegó los brazos como si fuera bastante obvio, pero al ver que su madre seguía sin comprender a qué se refería, soltó un suspiro y le preguntó que quién la cuidaría. Su madre le dijo que llamaría a una canguro, pero Rubén ladeó la barbilla e intentó hinchar el pecho como hacía De Luque para parecer más grande de lo que realmente era.
—Yo podría cuidar de ella.
Su madre terminó de cerrar el baúl y lo examinó durante unos segundos, pero al corroborar que tenía una expresión de total seriedad, emitió una carcajada divertidísima.
—Cariño, ¿sabes en qué problema me metería si alguien se enterara de que estoy dejando a dos menores en una casa solos? Venga, estoy segura de que te lo vas a pasar pipa en Hogwarts.
Todo indicaba que no tenía muchas opciones. Su abuelo fue quien se tomó la molestia de llevarlo a Hogwarts, alegando que sería más rápido utilizar la red Floo, concretamente a la posada de las Tres Escobas, para llegar más rápido al castillo. Según su abuelo, había que tomar polvos Floo, brillantes, verdes y, por supuesto, mágicos, que conectaban las chimeneas de casi todos los hogares y edificios de magos. Su abuelo lo utilizaba sobre todo para llegar a su lugar de trabajo, pero de vez en cuando lo usaban para desplazarse con facilidad al callejón Diagon.
—¿Por qué no podemos usar la red Floo para entrar en Hogwarts?
Magnus Gundersen caminó junto a él a través de las verjas de la escuela, flanqueadas por dos columnas coronadas por estatuas de jabalíes alados, que estaban por un corto período de tiempo abiertas porque su familia ya había contactado con el director para notificarle de su visita.
—Esto se debe a que no es factible entrar o salir del colegio a través de los polvos Floo. Los encantamientos protectores de Hogwarts no lo permiten, pero sí se puede utilizar dentro del colegio.
Esto con toda seguridad supuso una primicia para Rubén, que miró a su abuelo como si le acabara de contar la información más suculenta que podía desvelar. Y eso era decir mucho, teniendo en cuenta la edad de su abuelo y que sin duda había vivido historias mucho más jugosas que esa a lo largo de su vida.
—Así que lo que dices es que, desde un punto de vista hipotético, podría ir a mis lecciones a través de la red Floo y no tener que caminar cinco kilómetros para llegar a cada salón de clases.
Su abuelo chasqueó la lengua con una expresión de pena.
—Siento romper tu burbuja, hijo, pero creo que las chimeneas se guardan solo para uso de los profesores —le explicó, y Rubén se sintió derrotado, susurrando «tendrá que ser a pie, entonces».
Tuvieron que caminar un poco más antes de llegar a la fachada del castillo, y tras unos golpes en la puerta de madera, la misma profesora que los recibió durante su primer día, que ahora sabía que se llamaba McGonagall, los saludó con su siempre serio rostro. Su abuelo le dio las gracias por acogerlo con tan poco tiempo de antelación, a lo que ella respondió que en verdad no era ningún problema y que Hogwarts siempre sería para sus estudiantes un segundo hogar. Al cabo de unos minutos, Rubén se aburrió con la plática interminable de los mayores y sintió el rugido de su estómago, por lo que la profesora lo miró y ofreció que, si aún no había desayunado, fuese a pillar algo en la Sala Común mientras ella se encargaba de hacer llegar su baúl a su habitación.
Al abrazar a su abuelo se sintió calentito y a salvo entre sus brazos, casi como el bebé canguro que una vez había visto dentro del marsupio de su madre en el zoo, pero tuvieron que separarse y no tuvo más remedio que conformarse con la sonrisa cálida que le dedicó, haciendo aún más notables las arrugas de su rostro que evidenciaban tanto la veteranía como los años de sonrisas que tenía a sus espaldas, entonces le vio desaparecer por el tramo del que habían venido hasta perderse en la lejanía y se convirtió cada vez más en una figura borrosa del tamaño de una hormiga.
—Espero que haya conseguido pasar una feliz Navidad, señor Doblas —le dijo la subdirectora, también observando la distancia.
Rubén asintió.
—Y usted también, profesora McGonagall.
El Gran Salón seguía muy festivo con doce abetos navideños adornados con pequeños carámbanos brillantes y cientos de velas resplandecientes. También se veían muérdagos y acebos esparcidos por los alrededores y una sonrisa apareció en sus labios cuando notó que del techo caía nieve, pero a diferencia de la auténtica, esta era seca y cálida. Y, por si fuera poco, Rubén llegó a la conclusión de que a lo mejor no era tan malo estar de vuelta después de notar toda la comida que había para desayunar.
Pero la sonrisa se le borró en cuanto detectó a alguien sentado en una de las mesas, bebiendo ponche de huevo sin alcohol y con otro libro en las manos. Con su pelo oscuro inconfundible y esa espalda tan erguida, Rubén se preguntó si entre los pocos estudiantes que se quedaban durante las vacaciones, uno de ellos tenía que ser él. Por una fracción de segundo, contempló la idea de darse la vuelta y no tener que siquiera dirigirle la mirada, pero después de darle muchas vueltas en su cabeza, decidió que no era un pusilánime; asimismo, sintió una ligera curiosidad por averiguar el motivo por el que el famosísimo Samuel de Luque no había pasado las fiestas con su querida familia.
Depositó su plato en la mesa de golpe y se sentó a su lado, instando que el chico se sobresaltara. Al cruzar sus miradas, le sonrió con la mayor cara de comemierda que pudo crear y cogió un tenedor, hincando el diente a sus patatas hervidas como si lo hubiera atacado de forma personal.
—Debo estar teniendo una pesadilla.
Rubén no tardó ni un segundo en bajarle de la nube.
—Soy yo quien debería decirlo. ¿Por qué el gran Samuel de Luque se queda en Hogwarts durante las vacaciones? Suponía que lo pasarías en tu palacete tomando té importado de China o algo.
—¿Por qué has vuelto, entonces? —Samuel no respondió a su pregunta.
—Mi familia tenía algo pendiente. —Rubén bufó, resentido porque sus preciadas vacaciones hubiesen tenido un final tan desafortunado, antes de masticar su desayuno—. ¿Y tú?
—Lo mismo. Tuvieron que hacer un viaje de negocios a Camerún.
—¿Y por qué no llevaron a su amado hijo con ellos?
Samuel no lo encontró tan ocurrente como él.
—Doblas, no tientes tu suerte.
Rubén puso los ojos en blanco, ignorando su presencia una vez sacó el tablero de ajedrez que le regaló su abuelo mientras se aseguraba de no ensuciarlo con restos de comida. Notó la mirada de Samuel en sus acciones, pero después de unos segundos volvió a concentrarse en lo que sea que estuviera leyendo y reinó el silencio.
O fue así hasta que dejó de hacerlo. Samuel trató de concentrarse en la página que estaba leyendo, pero el ajedrez mágico era bastante peculiar y las piezas, sin duda, hacían un sonido que distraía cada vez que eran aplastadas por otra pieza. Eso y el hecho de que Rubén tenía que pronunciar en voz alta cada movimiento que ordenaba a las piezas.
El chico de Slytherin trató de no sucumbir y acercó sus ojos al libro como si tal cosa le ayudara a concentrarse mejor. Pero no fue así. Cada vez que una nueva pieza estaba a punto de ser destruida, sus ojos se disparaban y echaban un vistazo al tablero para ver cómo sucedía.
Rubén se dio cuenta y sonrió con jactancia.
—¿Conoces las reglas?
Samuel pareció bastante ofendido de que le preguntara tal cosa, levantando la barbilla como hacía a menudo y contestando que por supuesto que las conocía. Entonces Rubén le propuso jugar juntos a un partido, a lo que el otro chico al principio pareció reacio, pero después de ver sus ojos burlones, cerró su libro y aceptó. Por educación le preguntó si quería jugar a las blancas, sin embargo, el otro chico se limitó a responder que le importaba un bledo, de modo que Rubén decidió jugar primero a las blancas y puso en marcha su apertura.
—Peón E4.
Puesto que era el turno de Samuel, lo miró a la espera de su movimiento, pero no hizo ademán alguno y, por primera vez desde que lo conoció, sus ojos lucían tan vacíos como una pluma.
Rubén podría habérselo restregado por la cara, pero se apiadó de él y prefirió explicarle.
Trató de recordar cada una de las cosas que le había enseñado su abuelo cuando empezó a interesarse por el ajedrez. Samuel escuchó con atención, asintiendo cada vez que le miraba para asegurarse de que le seguía y fijándose en las piezas como si intentara descifrarlas.
Una vez que Samuel garantizó que podía recordar todas las reglas, decidieron jugar su primera partida oficial. Esta vez consiguió hacer un movimiento, pero Rubén no se lo iba a poner fácil solo por ser principiante, así que colocó una pieza que hizo que Samuel se pensara mucho su siguiente jugada. Tras decidirse, la pronunció en voz alta y antes de que pudiera actuar, la pieza, que era el caballo, le aconsejó que no lo hiciera. Samuel apretó los dientes, más aún al ver la sonrisa jovial del chaval, pero no hizo caso a su asesoramiento y Rubén resultó vencedor con facilidad.
—¡La revancha!
Rubén accedió, sin temor a que De Luque le derrotase en una partida y más bien disfrutando de haber encontrado algo en lo que era mejor que él. Jugaron la revancha, y volvieron a hacerlo unas cuantas rondas más hasta que dieron una ojeada a su alrededor y se percataron de que no había nadie más que ellos en el comedor. ¿Cómo había avanzado el tiempo tan rápido?
—Doblas, vamos a dar por terminado el partido, pero trae el tablero de ajedrez mañana por la mañana y me aseguraré de barrer el suelo con tu culo.
—Ya lo creo. —Tuvo que morderse los labios para no desternillar de la risa en su cara.
Samuel se mostró aún más fastidiado por su postura despreocupada, pero el chaval cogió su libro de una manera tosca antes de fruncir el ceño y echar a andar hacia el exterior con largas zancadas. Rubén, por su parte, recogió su tablero de ajedrez con una expresión risueña en su rostro y comenzó a caminar hacia la sala común de Hufflepuff, soltando un suspiro de alivio cuando recordó la contraseña que no era contraseña y logró acceder al lugar.
Le dolía un poquito la espalda, pero era esa clase de dolencias que daban gusto. El que le recordaba todas las tardes que había pasado en casa practicando sus habilidades ajedrecísticas hasta que ya no podía más, aquel que le había recompensado por su duro trabajo en el ajedrez cuando pudo jugar por primera vez con su abuelo, el que implicaba que había pasado casi un día entero haciendo una de las cosas que más le gustaban y que hoy en día seguía disfrutando.
Pensó en dar la noticia a sus amigos, por lo que cogió un trozo de papel de pergamino y tomó la pluma y el tintero. A primera hora de la mañana dejaría la carta en la lechucería.
Queridos amigos,
Os escribo con pena porque he tenido que volver a Hogwarts antes de lo previsto. Es extraño pasar por los pasillos y verlos tan vacíos, sin vosotros. Lo único que me anima en estos tiempos difíciles son las armaduras cantando villancicos. Mi favorito hasta ahora es «Mi bebé me regaló un hipogrifo por Navidad», pero en verdad todos son bastante pegadizos.
Eso y ser capaz de jugar al ajedrez. Para vuestra sorpresa, Su Majestad Samuel de Luque también está en el castillo y cedió a jugar una partida conmigo. Una que se convirtió en muchas otras, ya que no le gusta perder y se le da fatal. En su defensa, he de decir que es mejor que yo cuando empecé a jugar y de igual forma veo el fuego en sus ojos que uno necesita para aprender de verdad a jugar (mi abuelo dice que la pasión es la mejor arma de un ajedrecista); también hace que jugar al ajedrez con él sea aún más divertido, pero no le digáis que he dicho semejante disparate.
Mañana nos enfrentaremos para ver si puede vencerme de una vez por todas. Estoy convencido de que no lo hará, pero aun así es agradable tener a alguien con quien jugar. Espero que algunos de vosotros se animen al regresar y podamos utilizar mi nuevo tablero. Es un regalo de mi abuelo.
Cuidaos y más vale que traigáis algunos regalos para mí cuando acaben las vacaciones. Mamá me hizo envolver los vuestros y como no me voy a quedar más tiempo en casa, me los he traído.
P.D.: Mangel, espero que te guste el rosa (mi madre pensó que era naranja, lo siento de antemano).
Atentamente,
Rubén.
En la mañana siguiente, Rubén entró en el Gran Comedor con los ojos soñolientos y tiritando de frío, pues había olvidado que dentro de la lechucería hacía un frío de cojones y no se había abrigado lo suficiente. Encontró a Samuel en el mismo sitio que ayer y con otro libro en la mano, que una vez que estuvo lo bastante cerca, pudo averiguar que se trataba de un libro sobre ajedrez mágico. Eso le descolocó, pero le conmovió pensar que el ajedrez sí que le había interesado al otro chico.
—¿Trajiste el tablero?
Rubén jadeó al ver que ya se había enterado de su presencia, aunque siguiera a sus espaldas y no se hubiera girado a mirarle en ningún momento. En esta ocasión fue Samuel quien sonrió como comemierda por encima de su hombro, orgulloso de haberlo pillado desprevenido.
El chico tan solo colocó la tabla sobre la mesa como única respuesta, pero priorizó coger un plato para servirse el desayuno, pues se moría de hambre, y solo entonces tomó asiento en frente suyo. Estuvo a punto de advertir a Samuel que no ensuciara nada de su preciado juego, pero el chico parecía haberse levantado con el amanecer y haber desayunado hace rato.
Samuel continuó leyendo en silencio mientras comía, pero una vez que estuvo más que saciado, arrancaron con la primera partida y como Rubén esta vez jugaba con negras, se decantó por la clásica defensa siciliana. Pudo comprobar que la técnica de Samuel había mejorado muchísimo en poco tiempo, pero él llevaba jugando desde que tenía conciencia, asique después de un par de movidas más, Rubén decidió echarle una mano.
—¿No te gusta pensar y hacer las cosas con antelación, De Luque? —Rubén le miró por debajo de sus pestañas y dejó escapar una risa socarrona—. Una de las razones por las que sigues perdiendo es que solo decides tu jugada en función de la mía, pero nunca tienes en cuenta cómo puedo responder a tu jugada. En el mundo del ajedrez es importante tener en cuenta de alguna manera las intenciones de tu oponente.
Samuel no respondió en absoluto a sus consejos, pero por el ceño fruncido de concentración que se formó en su rostro, pudo comprobar que había estado prestando atención y que su cerebro estaba trabajando a mil por hora.
—Mejor envía el alfil. Si lo perdemos, no sería un error garrafal.
El siguiente consejo no vino de él, sino de la pieza que había ordenado a moverse. La mirada de Samuel pareció inquieta, examinando el tablero y las piezas que le quedaban, sin saber si escuchar al caballo era la decisión correcta. Rubén casi se compadeció de él.
—Ninguna pieza carece de importancia, pero hay que saber cuándo se puede intercambiar una pieza sin que suponga una desventaja. Debes ser consciente de cuándo escuchar las piezas y cuándo no, ya que se dan cuenta de que no eres un jugador experimentado.
Para su extrañeza, Samuel no se ofendió por ello.
—No te imaginé como la clase de persona que juega y sabe de ajedrez. ¿Cómo aprendiste a jugar?
En cambio, él sí que se ofendió por su comentario. ¿Qué narices significaba eso?
—Mi abuelo me enseñó a jugar desde que tenía unos cinco años. No lo veía tan a menudo porque vivíamos en ciudades diferentes, pero cada vez que nos encontrábamos, me entusiasmaba mostrarle todo lo que me había esmerado por aprender y él me ofrecía consejos para superarme.
Samuel asintió con la cabeza y comprobó que su rey estaba de nuevo en la ruina después de dos movimientos más. En seguida largó una bocanada de aire y apoyó la barbilla en sus brazos, que estaban descansando sobre la mesa. Rubén, ahora que notaba que el otro chico no estaba tan irritado, decidió aprovechar y consultarle algo que le había rondado por la cabeza durante todo el día.
—Ya no eres tan gilipollas como en septiembre.
Samuel alzó la cabeza un instante para mirarle a los ojos y enarcó una ceja. —¿Gracias?
—Lo que quiero decir es que por qué te comportaste como un capullo entonces, si no eras tan malo.
—¿Juego al ajedrez contigo y de repente no soy un gilipollas? La verdad es que soy un auténtico capullo, Doblas —respondió. Rubén podría haber pensado que esa era la única explicación de aquel día, pero se consideraba bueno leyendo a la gente y podía intuir que había algo más. No obstante, supuso que el chico no revelaría más que eso, así que decidió no husmear más, hasta que el propio Samuel continuara—. Ya estaba cabreado, pero creo que siempre lo estoy. Lo único que puede sacarme de ese estado de ánimo son los libros, y luego, cuando por fin consigo un poco de paz y tranquilidad, llega este chico y empieza a cuestionar por qué estoy leyendo y que debería disfrutar de la vida. Ya lo estaba haciendo, pero no podía disfrutar más porque no podía concentrarme.
—Pero, en serio, ¿qué hay de divertido en los libros?
En realidad, respetaba sus gustos, pero seguía pensando que era un bicho raro. En su mente pensaba en los libros y solo podía imaginar los aburridos y obligatorios que había que leer tanto en la escuela muggle como en Hogwarts. Podía quedarse dormido solo de recordarlos.
—¿Y qué hay de divertido en el ajedrez? —Samuel se cruzó de brazos.
Rubén podría haber contestado que él mismo había experimentado por qué lo era, pero decidió morder el anzuelo y explicar con detalle por qué para él era tan emocionante.
—Lo que me gusta del juego es que es pura habilidad y cero suertes —contestó Rubén—. Tienes en la palma de tu mano convertirte en el mejor jugador de la historia, todo depende de tu mente. Además, desde el momento en que mueves tu primera pieza, el juego puede seguir y seguir sin ser predecible o aburrido. Es muy poco probable que una partida se repita por completo.
Rubén se cruzó de brazos y aguardó la respuesta de Samuel, quien suspiró y se rindió.
—Bueno, a mí no me gusta precisamente la lectura —explicó—, pero sí adquirir conocimientos sobre varias cosas y sobre varios campos; pienso que aprender es divertido.
—A Dios, que eres un empollón.
—¡Lo dice el ajedrecista! —El Slytherin jadeó con incredulidad y se levantó de la silla antes de marcharse con el rostro enrojecido, una vez más mascullando insultos contra su persona.
Rubén detectó que algunos de los estudiantes que permanecían en el comedor lo miraron fijamente, por lo que sintió que sus mejillas se acaloraban y se ocultaba entre sus hombros. No sabía si había dicho algo indebido, pero estaba claro que Samuel de Luque también era un tipo de lo más dramático y armaba una escena por nimiedades.
1 de enero de 2002, 10:45 a.m.
Recibir el nuevo año en Hogwarts no había sido tan emocionante como él lo había imaginado. Un chico de quinto año, Omar Colombet, le dijo que el año pasado había estado aún mejor, con más fuegos artificiales en forma de números y más cerveza de mantequilla, pero tal vez eso tenía que ver con el hecho de que este año no se habían quedado tantos estudiantes durante las vacaciones.
Había recibido una carta de su madre, en la que le deseaba un feliz año nuevo y mucho éxito en el resto de su trayectoria escolar. Le preguntó si estaba comiendo bien y si había algún amigo con el que pudiera pasar el tiempo; Rubén no estaba del todo seguro de poder llamar amigo a Samuel, pero estaba allí y como mínimo era un conocido. También le hizo saber que se había enganchado a Witching Hour, el programa de radio con la popular hechicera cantante, Celestina Warbeck (la de «Mi bebé me dio un hipogrifo por Navidad»), porque pensó que sería mejor que se involucrara un poco más en el mundo mágico ahora que su bebé iba a una escuela de hechicería.
Rubén se estremeció con «su bebé», pues le causó tanta vergüenza como ternura.
Estaba tan absorto en la carta de su madre que de repente chocó con otra persona en medio del pasillo y casi pierde el equilibrio, pero en cuanto se estabilizó, apartó los ojos de la carta y se encontró a Samuel con la nariz metida en un libro de nuevo.
¡De todas las personas en este castillo!
Justo cuando estaba a punto de abrir la boca para desencadenar otra discusión, una voz los interrumpió.
—¡Cuidado con el pájaro, chicos! ¡No lo toquéis que es frágil!
Se volvieron hacia el lugar de donde procedía, y divisaron a un hombre que corría tras un animal que Rubén no había visto en su vida. Era un pájaro pequeño, completamente redondo, gordo, cubierto de plumas doradas y con un pico largo y fino que volaba hacia ellos. Rubén estaba por saltar a un costado para que no se estrellara contra ellos, pero en ese instante Samuel sacó su varita del bolsillo y apuntó hacia el pájaro para su desconcierto y el del profesor. En seguida usó el hechizo Petrificus Totalus y el pájaro se quedó congelado a unos centímetros de sus caras, ahora tan cerca que Rubén notó que sus ojos eran de un rojo intenso.
Apenas cuando estuvo a punto de caer al suelo, el profesor lo sujetó con las manos abiertas con todo el cuidado que pudo. Al comprobar que el ave estaba bien, con la excepción de encontrarse inmovilizado por completo, emitió un suspiro de sosiego y les dedicó una sonrisa agradecida.
—Eso fue muy audaz de vuestra parte. Me impresiona que sepa ese hechizo, señor...
—De Luque. —Rubén puso los ojos en blanco al ver la sonrisa de Samuel.
Al menos el profesor no parecía impresionado por el apellido, sino por sus habilidades.
—¿Cómo lo aprendió? El profesor de Encantamientos lo imparte apenas en tercer año.
—Bueno, yo... leí sobre ello una vez.
—Pues, gracias a ello, puede que hayas salvado la vida de este pequeñín —le respondió el hombre—. Soy el profesor Adam de Cuidado de Criaturas Mágicas y este pequeño es un Snidget dorado que se ha fugado. Hay que tener mucho cuidado de no manejarlos con brusquedad, ya que están en peligro de extinción y el agarre de un humano podría aplastarlo hasta la muerte.
Los dos parecieron sorprendidos por eso y miraron a la pobre criatura que parecía estar durmiendo una larga siesta. Rubén se puso un poco nervioso al respecto, contemplándolo con cierta zozobra antes de formular la pregunta que aplacaría a su pobre mente.
—Pero sigue vivo, ¿no?
—Desde luego, no os preocupéis. Solo está neutralizado debido a un encantamiento, pero tan pronto como use el encantamiento general de contrahechizos con él, volverá a las andadas.
—¿Y por qué está en peligro de extinción? —quiso saber Samuel.
—Verás, hace un par de décadas, la caza de Snidgets era un pasatiempo deportivo muy popular entre muchos magos y brujas y solo empeoró cuando empezaron a utilizarlos también durante los partidos de Quidditch. Se hizo tan común que la especie se agotó considerablemente.
Ambos chicos observaron al animal con ojos de cachorro triste, pero el profesor les dirigió una cálida sonrisa, acariciando con un dedo las plumas del ave, y continuó:
—Hoy en día son una especie protegida y la gente está trabajando duro para que no se extingan.
—¿Puedo acariciarlo? —Rubén parecía un poco tímido, pero confiaba en tratarlo con prudencia.
—Mejor que no. Es probable que lo hayamos salvado de la muerte, sería una pena que acabaras cargándotelo de todas formas, Doblas.
—Cállate, De Luque, que no soy tan bestia como tú.
El profesor Adam los miró a ambos con una mueca burlesca y después puso su mano abierta delante de ellos, recordándoles que debían ser lo más amables posible mientras echaban un vistazo más de cerca del ave. Rubén acarició sus plumas tan despacio como le fue posible, al igual que si se tratara del pétalo de una flor, de modo que una tenue sonrisa apareció en sus labios al constatar que el ave aún se sentía cálida y llena de vida y era lo más mono del mundo.
—Estas son las alas rotativas —explicó el profesor, señalando con el dedo índice de su otra mano a lo que se refería e incluso levantándola un poco para que pudiesen ver con más claridad—, que permiten al Snidget moverse en cualquier dirección con notable agilidad y velocidad.
—¡Eso es la hostia!
—Me alegro de que estéis de acuerdo en que son estupendos. Ahora, será mejor que vaya a atender al pequeñín y os deje a vosotros que hagáis lo vuestro, pero eso sí, sois más que bienvenidos a saludarme si alguna vez nos cruzamos en los pasillos.
—Gracias por el curso intensivo de Snidgets dorados, profesor Adam.
El hombre esbozó una sonrisa y asintió a modo de despedida, luego lo vieron tomar el giro a la derecha al final del pasillo y se miraron durante unos segundos antes de tomar cada uno en silencio su propio camino.
2 de enero de 2002, 08:06 p.m.
Sus amigos volverían en pocos días, pero, aunque se vieran pronto, a Rubén se le dibujó una sonrisa en la cara cuando vio que llegaba otra carta para él. Esta vez su remitente era Mangel, quien le contó que no había podido responder antes porque, al parecer, su tía había tenido una reacción alérgica a las galletas de mantequilla de cacahuete que había horneado su madre y habían tenido que ir corriendo al hospital para atenderla.
Allí conoció a otro chico de su edad llamado Lolito, que estaba alojado en la habitación del frente porque se había roto una pierna durante la cena navideña. A Mangel le pareció una putada romperse la pierna en una fecha como esa, y Rubén estaba más que de acuerdo con eso, pero según Mangel, el otro chaval también recibió un montón de regalos y cosas bonitas del hospital y de alguna manera sus familias acabaron pasando las fiestas juntas, así que no había estado tan mal. También le deseó un feliz año nuevo y que a él sí que le gustaba el color rosa.
Rubén no pudo contener la carcajada al leer lo último.
Decidió subir al Gran Salón para pillar algo que comer y se quedó petrificado al ver que Samuel estaba de nuevo allí, pero Rubén alzó la barbilla, sin saber muy bien qué quería demostrar con ello, y decidió caminar por el pasillo, más que dispuesto a seguir a lo suyo.
—¿Quieres ir a la biblioteca a leer algo?
Para su sorpresa, fue Samuel quien se giró y le miró.
—Prefiero chuparle la polla a mi padre que ir a la biblioteca a leer. No, gracias, iré a dormir un poco más cuando termine de comer y ese es mi plan para lo que queda de día.
—No puedo creer que quieras dormir aún más. Ni siquiera sé por qué me molesto en preguntar.
Al ver que el chaval salía del comedor después de bufar, Rubén se limitó a encogerse de hombros y a coger unas tostadas junto con unas exquisiteces de mantequilla. Tal y como dijo, pasó el resto del día tumbado en la cama y practicando algunas partidas de ajedrez por su cuenta para no morir de aburrimiento. Pensó en la posibilidad de llevarse la GameCube que había comprado su abuelo, pero los magos no utilizaban la electricidad; de hecho, una vez se lo había sugerido a Alex, lo de llevar una de sus videoconsolas al castillo, pero le explicó que la electricidad, los ordenadores, los radares y todas esas cosas se volvían locas en Hogwarts porque había demasiada magia en el aire.
Gracias a las estrellas que sus amigos regresaron poco después y así no se murió de verdad por aburrimiento. Y con eso, para que su madre se quedase tranquila, les dio sus regalos en el pasillo y todos los abrieron, encontrando bufandas tejidas por su propia madre. Alex le dijo que no se había olvidado de traerle también un regalo, y como había viajado con sus padres a ver dragones, le entregó un recuerdo de la ciudad: un broche de plata con un dragón tallado.
—Ese es un ridgeback noruego —comentó Alex mientras lo estudiaba con detenimiento—, y pensé que su aspecto era idéntico al tuyo, así que por eso te traje ese. También tiene colmillos venenosos, por lo que supongo que el parecido no se limita a su procedencia.
Rubén soltó una risotada.
—Eres un mierdecilla. Gracias.
Mangel le llevó algunas de las infames galletas de mantequilla de cacahuete, que estaban muy buenas y además tenían un lejano sabor a jalea de mango. Y Luzu, siempre aficionado al Quidditch, les trajo todo el merchandising de la selección española de Quidditch, ya que el Mundial estaba a la vuelta de la esquina.
Sin embargo, ese año no tuvieron mucha suerte porque el equipo español terminó muy abajo en la clasificación. Rawya Zaghloul atrapó la Snitch justo antes que Viktor Krum, haciendo que Egipto ganara por 450 puntos frente a los 300 de Bulgaria. Fue una derrota tan grande que Viktor Krum presentó entonces su dimisión, lo que provocó que el periódico El Profeta lo publicara en su portada y mostrara al buscador búlgaro tratando de detener las incesantes lágrimas.
—No puedo creer que haya renunciado. —Luzu cerró el periódico que había comprado a la señora del carrito y sacudió la cabeza con incredulidad. Tras dejar el periódico a un lado, procedió a comer un pastel de caldera mientras prestaba atención a la conversación entre Mangel y Alex.
Estaban hablando de las probabilidades de salir con vida de las arenas movedizas sólo porque sí. Mangel creía que eran tan mortales como una ballena asesina, aunque sus ejemplos para demostrarlo eran de viejas películas muggles, pero Alex no se tragaba nada de eso.
—Las arenas movedizas son más densas que el cuerpo humano —explicó como si eso lo dijera todo, pero después de mirar a sus amigos que le devolvían la mirada sin ningún pensamiento detrás de esos ojos, suspiró y procedió a hablar—. Las personas y los animales pueden quedar atrapados en ellas, pero no son absorbidos hasta el fondo, sino que flotan en la superficie. Nuestras piernas son bastante densas, por lo que pueden hundirse, pero el torso contiene los pulmones, y, por lo tanto, es lo suficientemente flotante como para no tener problemas. Además, en cuanto al comportamiento de las orcas en libertad, no se conocen ataques con consecuencias letales porque no formamos parte de su dieta.
—Dios, suenas igual que Samuel el empollón —se quejó Rubén.
A estas alturas Rubén no estaba seguro de cómo el tío no había entrado también en la casa de Ravenclaw, ya que tenía toda esa filosofía de conocimiento suya, que no había hecho más que empeorar con el paso de los meses y que a la vez se había convertido en el doble de molesto.
Alex solo puso los ojos en blanco porque a él le caía de puta madre Samuel. Por supuesto que congeniaron, como no podía ser de otra manera. Rubén gimió y se cubrió la cara con la mano.
—Pero ¿qué pasa si nos caemos en arenas movedizas desde una altura muy grande y no nos queda aire en los pulmones? —preguntó Luzu.
—Entonces estaría más preocupado por no morir por la caída y no tanto por las arenas movedizas. —Alex estuvo a punto de perder la cordura, casi le recordó la vez que le engañaron para ir al baño a pasar un rato de calidad con Myrtle la Llorona y terminó al borde de arrancarse el pelo a trozos. Su amigo descubrió que los fantasmas no eran algo que le gustara, y saber que compartía casa con dos de los del castillo le dejaba inquieto—. Gente, tenéis que sacar vuestras cabezas de la alcantarilla y dejar de ver películas de mierda.
—¡Oye, ese tipo de películas son cine de primera!
—Cine de primera es la Guerra de las Galaxias, no esa basura.
En el trayecto en tren, discutieron sobre temas tan diferentes que les hicieron reír y cabrearse el uno con el otro. Sin duda echaba de menos a su familia y se alegraba de poder pasar tiempo con ellos también, pero a medida que se alejaban del castillo y se acercaban a no verse cada mañana como lo habían hecho durante el último año, cuanto más cerca estaba de su antigua vida, se daba cuenta de que realmente echaría de menos a esos chicos durante el verano.
