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1.- Sueños.
Cada cierto tiempo tiene la misma ilusión, una y otra vez, volviéndose recurrente y extraño. Había ocasiones en las que podía pasar días o meses sin experimentar aquel sueño tan lucido.
Durante su infancia, soñó con un gran bosque, en donde perseguía a un Conejo Blanco que parecía siempre tener prisa por llegar a un punto en específico; continuamente mirando el reloj de oro que colgaba de su vestido rosa. Al principio, fue extraño verlo en medio del bosque, con su preocupación casi humana, pero con el tiempo, Heracles comenzó a divertirse cada noche, tratando de alcanzar al rápido animal. Una parte de él le decía que, si lograba alcanzarlo, podría preguntarle por qué siempre tenía tanta prisa o en su defecto, su continua presencia.
Para un pequeño niño de diez años, tal meta era inocente y no dañaba a nadie, así, se propuso atrapar al Conejo cada vez que entraba en aquel sueño. No fue una tarea fácil, costó demasiado esfuerzo, caídas y golpes. Para cuando por fin pudo llegar al Conejo, lo tomó por una de sus patas traseras, sin embargo, este chilló horriblemente, mordiéndolo en una de sus manos. Heracles lo soltó rápidamente debido al dolor y al ver la herida sangrante solo pudo llorar, despertando del sueño. Sus llantos lograron despertar a su hermano mayor Ares, quien inmediatamente lo llevó con su padre.
—¡El Conejo me mordió! — fue lo único que pudo decirle entre balbuceos, a su padre Zeus cuando le preguntó lo sucedido.
Por supuesto que el adulto solo le creyó esa madrugada para que dejara de llorar, ante la obvia pesadilla y la falta de evidencia que comprobara su historia. Después del incidente, juró no volver a tocar al Conejo, aunque, prometió encontrar el lugar al que iba y reclamarle a su dueño lo sucedido.
Para su mala o buena suerte, no volvió a tener aquel sueño en varios años, no hasta que cumplió dieciocho. Al despertar en aquel bosque y descubrir que no había un Conejo al cual perseguir, le alivió bastante y preocupó. Vagó por toda la vegetación, en busca del pequeño animal, pero lo único que encontró fue un gran árbol, cuyo inmenso tronco se enrollaba con su altura y las gruesas raíces se aferraban a la tierra.
Fue ahí donde descubrió la guarida del Conejo, siendo una madriguera situada en las raíces. El orificio parecía bastante profundo y oscuro, por lo que no contempló entrar y descubrir a donde iba. El propio destino lo arrojó a ese lugar que parecía no tener fin y nuevamente, terminó despertándose en medio de la madrugada, luchando por recuperar el aliento.
La experiencia de caer por lo que parecieron metros, no fue grata para Heracles, quien tardó al menos un par de semanas en aventurarse por voluntad propia y descubrir el final de aquel agujero, solo para encontrar más problemas. Parecía que volver a tener ese sueño, solo trajo consigo más inconvenientes. Recordó su promesa de la infancia, sobre buscar al dueño del Conejo e informarle sobre su mal comportamiento. La idea fue desechada con rapidez, aunque no el sentimiento de poder preguntarle al Conejo algunas cosas.
2.- Adultos.
Los días pasaban y con ellos los paisajes del extraño mundo que su cabeza creó. Conocía a detalle cada bosque, ruina, llanura y criatura que habitaba en ese lugar, pero aún no podía encontrar al Conejo Blanco. Recurrió a las criaturas que residían en su sueño, preguntándoles si conocían al pequeño animal.
Primero busca a quien dice ser la Oruga en un jardín de enormes flores. Se encuentra con un hombre aparentemente normal; Viste ropas llamativas, que fuma en exceso de una pipa larga y descansa sobre una margarita de grandes pétalos blancos. Su estadía con él se alarga debido a la renuente falta de información y porque la Oruga parece no tomarse nada en serio, o ignora todo lo que no le importa.
La pequeña mujer que está con él, vestida con pétalos de rosas rojas, tampoco le ayuda y solo se ríe de sus preguntas. Al final no son de mucha ayuda, pues la oruga termina molesto por tantas preguntas a su persona. En un último intento, Heracles les pregunta sobre ese mundo, específicamente la razón de su estadía.
La Oruga solo le sonríe, mientras que los pétalos alrededor de él se cierran; una despedida en donde lo último que ve Heracles, es el brillo de sus ojos verdes.
Su siguiente visita es al Gato de Cheshire, quien parece más un niño jugando a desaparecer entre las ramas de los árboles que un adulto. Habla bastante y a menudo hace juegos de palabras que parecen no tener sentido. Su sonrisa hace que Heracles se estremezca, pero es de gran ayuda después de una larga conversación y sigue las indicaciones que le da. Antes de despedirse, Heracles se anima a preguntar sobre ese mundo y porque parece que él es un intruso.
El gato de Cheshire no dice nada, solo se encoge de hombros y después ríe, pareciendo burlarse de la pregunta tan ingenua. Desaparece en una ligera nube de humo, silbando una melodía que viaja por todo el bosque.
Heracles suspira con cansancio y ligeramente molesto.
Cuando vuelve a necesitar instrucciones, le pregunta a una mujer bonita con un vestido lleno de plumas. La Duquesa es difícil al principio, siendo bastante grosera con Heracles, no obstante, el chico persiste y con el paso del tiempo, descubre que la mujer en realidad es agradable y una buena persona. Mientras comen pastelillos a la orilla de un riachuelo, ella le indica el camino a seguir para encontrar al Conejo Blanco, advirtiéndole que este suele relacionarse con personas extrañas que podrían lastimarlo.
Heracles toma en cuenta su advertencia, pero sigue su camino al terminar su pastelillo, decidido a lograr su meta. Esta vez, evita hacer una última pregunta y se despide de La Duquesa, quien le dedica una media sonrisa.
Cada vez que su mente es invadida por ese extraño mundo, avanza largos trayectos, más cerca de encontrar al Conejo Blanco. Así mismo, conoce a nuevos personajes que le ayudan: como los dos gemelos del bosque que tienen un aura llena de paz y tranquilidad. Ellos le hablan de muchas cosas complicadas de la vida al mismo tiempo que le hacen reír. Considera quedarse con ellos, pero solo comen golosinas que comienzan a empalagar a Heracles. Les agradece a ambos su ayuda y promete regresar.
También hay personajes no tan encantadores, como un hombre que solo creaba cosas e ignoraba las preguntas de Heracles, diciendo que no tenía tiempo para cuestionamientos tan absurdos cuando debía ayudar a la humanidad. Algo ilógico puesto que le había negado auxilio a Heracles.
3.- Emociones.
Cuando está por cumplir diecinueve años, llega al último tramo del camino; el Mar de Lágrimas le espera para guiarlo al Conejo Blanco. Afortunadamente, encuentra al Dodo, un hombre simpático junto a su pequeña barca, quien le ayuda a cruzar el lago. Este le ofrece té bastante malo, pero Heracles le agradece la bebida por cortesía. El Dodo le pregunta algunas cosas de su vida y Heracles le habla con gusto de ello.
—¿Por qué este lugar es tan grande? Aún no puedo ver tierra firme— cuestiona Heracles mirando a su alrededor.
—No lo sé—responde el Dodo apartando su cabello gris de su rostro para mirar el agua salada. —¿No has estado llorando demasiado, chico?
Heracles lo mira extrañado, al no entender cómo se relaciona el Mar de Lágrimas con él. Solo le dice al Dodo que uno de sus tíos le enseñó que, al ser hombre, no tenía permitido llorar, por ello no ha derramado ni una sola lágrima desde sus cinco años. El Dodo ríe por tal confesión y alega que ese es un pésimo consejo para venir de alguien considerado familia. Después de eso, el viaje se mantiene en silencio hasta que llegan a la orilla y Heracles le agradece animadamente al hombre que le ayudó.
Tal como le prometieron, encuentra al Conejo Blanco, pero no exactamente como lo recordaba. Ahora es una pequeña mujer que viste el mismo vestido color rosa y un par de orejas blancas sobresalen de su cabello rubio. Hay reclamos por parte del Conejo Blanco al mirarse; Heracles entiende que es, la pequeña criatura que ha estado buscando desde la infancia.
—¡Creí que me había librado de ti! — le dice la mujer señalándolo acusatoriamente.
Heracles solo la mira quejarse por lo que parecen minutos, hasta que un reloj en su vestido suena estrepitosamente, alarmándola y obligándole a correr por un camino de piedra con Heracles siguiéndola. No tarda en alcanzarla y descubrir por qué siempre estaba tan preocupada por llegar a ese lugar.
Es recibido por un extenso jardín, lleno de flores coloridas y grandes árboles que cubren una plazoleta de mosaicos coloridos; en ella hay una larga mesa, llena de teteras calientes, postres tentadoramente deliciosos y un hombre cortando algunas rosas.
Al parecer, el Conejo Blanco tenía una fiesta de té con otro tipo extraño de los que abundan en su mente. Aquel hombre parecía sorprendido por su presencia, pero afectuosamente le invita a tomar el té guiando a Heracles a tomar asiento y sirviéndole una taza, con una sonrisa mientras la mujer saltaba feliz de un lado a otro.
—La Liebre no llegará el día de hoy, señor. Siéntase libre y deguste lo que desee—le dice el hombre y Heracles asiente abrumado por el recibimiento tan ameno.
Esa noche, tiene el sueño más raro de todos. La conversación entre el hombre y el Conejo suele desviarse entre diferentes temas; ambos son ruidosos y tienen un raro concepto de la diversión. Heracles solo puede verlos ir y venir por todo el jardín, jugando y riendo. Supone que el té tiene algo extraño, por ello evita beberlo. Espera no llamar su atención, así que permanece en su asiento sin moverse, esperando despertarse pronto.
Algo le dice que no tiene caso reclamarle al hombre sobre lo que hizo el Conejo Blanco, pero al menos, puede preguntarle por qué siempre sueña con aquel mundo.
4.-Pensamientos.
Por las noches vuelve al mismo lugar, con los anteriores personajes esperándolo para la fiesta de té. Descubre que el hombre es el Sombrerero del lugar y amigo del Conejo Blanco desde hace mucho tiempo. Siempre viste bonitos trajes y sombreros que el mismo confecciona; su apariencia es lo que más sorprende a Heracles, puesto que su cabello es blanco y cada uno de sus ojos es de un color diferente: rojo y azul; por último, un pequeño bigote acompaña sus delgados labios.
—¿Qué es este lugar? —pregunta Heracles al Sombrerero cuando este no deja de mirarlo, demasiado cerca de su rostro, como si estuviera viendo la estrella más hermosa del firmamento.
El hombre se sorprende por la pregunta, pero no aparta su mirada ante la obvia incomodidad de su invitado. —Es todo lo que usted alguna vez quiso que fuera.
Heracles no lo entiende. —Yo nunca quise este absurdo sueño.
—¿Es un sueño? — le dice el Sombrerero con seriedad, pero no logra reprimir su estruendosa risa ante la mirada consternada de Heracles.
—¡Deja de agobiarlo! —interviene el Conejo Blanco llevándose al hombre que no para de reír.
Abandonan a Heracles con más preguntas que respuestas, por lo que, al día siguiente, este se dispone a marcharse y encontrar respuestas en otro lado. Descubre que no puede volver u avanzar, quedando atrapado con el Sombrerero y el Conejo.
—¿Por qué no puedo irme de este lugar? —pregunta Heracles por la tarde a su anfitrión, mientras esperan la llegada del Conejo Blanco, quien parecía poder entrar y salir de ese lugar a voluntad.
El Sombrerero no lo mira, concentrado en llenar las teteras de porcelanas sobre la mesa. — Es el fin del camino para usted. Es lo que ha buscado por tantos años.
Heracles se lamenta audiblemente, colocando su cabeza sobre la mesa mientras murmura un: —Esto es malo. No quiero estar aquí.
La declaración es verdadera. Todavía quiere conocer todo aquello que su mente ha creado, también quiere volver a encontrarse con algunos personajes, en especial los que fueron amables con él. En cambio, tendrá que permanecer junto al Sombrerero, por un tiempo indefinido. Se lamenta por su inmadura meta de la infancia y cómo generó una restricción sobre él.
Ignorando el sentimiento de angustia en su estómago, Heracles toma un pastelillo y comienza a comerlo a modo de distracción, ajeno a la mirada triste que se fija en él con cautela.
—No hay nada bueno o malo, el pensamiento lo hace así— murmura el Sombrerero.
Con el tiempo, Heracles agradece que los sueños se vuelvan menos recurrentes. A veces les pregunta a sus hermanos -cada que puede verlos para charlar-, sobre los sueños que mantienen cada noche, con la esperanza que uno de ellos pueda decirle que siempre tiene el mismo sueño desde la infancia, pero lamentablemente no es así. Evita contar su experiencia, temeroso de encontrar burlas o miradas preocupadas.
5.- Deberes.
Ser parte de una de las familias más influyentes de toda Europa, significa que tus padres han decidido toda tu vida desde la concepción, con el fin de perdurar el linaje que lleva siglos existiendo.
Heracles lo sabe.
Es por ello, que no tuvo queja alguna, el día que cumplió veinte años y su padre le informó sobre su compromiso con una mujer importante. Heracles aceptó su destino y las condolencias de sus hermanos disfrazadas de felicitaciones. Zeus le dice quién será la afortunada mujer y le muestra una encantadora pintura de ella, en donde luce hermosa. Su padre le propone un trato: si sus calificaciones en tutorías suben, arreglará una reunión con ella para que puedan conocerse antes de la boda. La propuesta parece más un castigo que una recompensa, pero Heracles, en su nerviosismo, acepta sin dudar.
—Padre dice que me dará ese regalo si mejoro mis calificaciones—le dice Heracles al Sombrerero porque desde que se conocieron, se volvió la única persona con quien podía hablar en ambos mundos.
—¿Por qué aceptó el trato, señor? —pregunta el Sombrerero mientras acaricia al Conejo que duerme en sus brazos.
—Quiero estar preparado, eso es todo.
El Sombrerero entiende que su invitado tiene miedo de comprometerse con alguien desconocido. —Entonces está muy motivado.
—Sí, pero... —responde Heracles ansioso —No soy muy bueno en el estudio.
—Debe gustarle algo. Algo en lo que pueda sobresalir.
Lamentablemente, Heracles siempre se vio superado por sus hermanos en cada actividad curricular, incluso en los deportes que llegaba a practicar. —No, realmente no.
Con desánimo, Heracles termina su último trozo de pastel.
El Sombrerero toma su mano que descansa sobre la mesa, una acción que alarma a Heracles. —Me gustaría ayudarlo a lograr su meta.
—S-Seguro, gracias eh...
—Puede decirme Jack.
—Así que ese es tu nombre—asegura Heracles, viendo al Sombrerero asentir. —Apreciaría mucho la ayuda.
Jack le muestra al Conejo. —La dama es Hlokk.
Heracles asiente, viendo a la pobre chica despertar de su siesta con el reciente movimiento.
6.- Paciencia.
Lo primero en la lista de actividades que Heracles debe perfeccionar es el baile.
El Sombrerero se ofrece a hacer una presentación de danza junto al Conejo Blanco, demostrándole así, que es un bonito arte cuando logra entenderse y que, también, puede divertirse con ello. Heracles mira atentamente los movimientos de sus amigos, pero no siente que aprende algo importante. No es hasta que ambos personajes terminan su segundo vals, que Hlokk se acerca a él.
—¡Tu turno!
—Mi tutor de baile dice que soy un caso perdido; que tengo dos pies izquierdos y nunca seré invitado a ningún baile—dice rápidamente Heracles evitando las miradas de sus amigos.
—Seguramente no es un buen maestro—objeta Jack extendiéndole una mano cortésmente, invitándolo a bailar con él.
Heracles quiere decirle al Sombrerero que su maestro es el mejor bailarín en París y si alguien como él dice que no sirve para el baile, es porque debe ser cierto. Sin embargo, toma la mano ofrecida con nerviosismo y deja que Jack lo guie a la plazoleta de mosaicos coloridos. Puede escuchar a Hlokk reír en cada tropiezo, pero el Sombrerero, lejos de molestarse, lo sostiene firmemente y lo guía con paciencia.
Cuando el sol se pone en el mundo de los sueños, Heracles se balancea con naturalidad a través de la pista de baile, con una sonrisa en el rostro.
El día de su examen, Heracles logra lo imposible y obtiene la calificación más alta sin cometer ningún error, todo frente a la mirada incrédula de sus hermanos. El tutor le felicita y atribuye su reciente desempeño a un acto divino y misericordioso.
7.- Ayuda.
Heracles no deja de recibir apoyo del mundo de los sueños, cuando le cuenta muy feliz al Sombrerero sobre su logro. Jack le propone enseñarle todo lo que sabe y Heracles acepta. El Sombrerero resulta ser un buen maestro; le habla sobre literatura, historia, matemáticas, etiqueta… Cubre cada una de las áreas que Heracles necesita saber, sorprendiéndolo con sus conocimientos. Heracles cree que, si Jack tan solo existiera en la realidad, sería un buen prometido y sus padres estarían orgullosos de él.
El día que Jack le pide ayuda para limpiar la extensa vajilla dentro de su casa, Heracles le pregunta cómo es que sabe tantas cosas maravillosas.
—Hubo un tiempo en el que todos los que habitamos este mundo nos reuníamos y compartíamos nuestros conocimientos—explica el Sombrerero.
—No pensé que los conocieras. Aunque no todos son muy amables, no me imagino una buena charla con ellos—menciona Heracles pasándole a Jack un juego de tazas para que sean acomodadas en la repisa.
—Todos son buenas personas, solo deles la oportunidad de probarlo.
—La próxima vez, me quedaré más tiempo con la Oruga y el Carpintero. Así sabré si lo que dices es verdad— señala Heracles mirando al Sombrerero tratar de ocultar una sonrisa. —A todo esto, ¿por qué no pueden reunirse?
El Sombrerero duda en responder por un momento. —El rey de corazones se enojaría e intentaría destruirnos. Es gracias a la Duquesa que aún seguimos aquí; ella hizo un trato con él hace tiempo, uno que nos limitó bastante.
—¿El rey de corazones? Creí que conocía todo de este lugar y nunca lo vi o escuché su nombre.
—Es porque él vive en la parte más alejada de este mundo y mencionarlo es una tragedia para nosotros— le dice Jack con calma.
Heracles analiza sus palabras. —¿Él sabe que estoy aquí?
—Probablemente. Tal vez sea la razón por la que no puede volver a deambular libremente.
El chico se siente molesto por tal tiranía. —¿Qué hará si no obedezco sus órdenes? Es mi sueño de todas formas…
El Sombrerero lo mira desde arriba, preocupado por el semblante decidido de Heracles. —El Grifo vendrá por usted y lo llevará con la Falsa Tortuga. Una vez con él, no volverá jamás. Por favor, no intente nada.
Heracles suspira, tratando de entender cómo y cuándo su mente se tomó la molestia de crear algo tan malo para ese mundo. —No es justo —dice con resentimiento y ve a Jack asentir completamente de acuerdo. —Pareciera que tiene miedo de ustedes; a que estén juntos y planeen algo en su contra.
Jack ríe por la valiente declaración. — Quizás así sea.
—Encontraré una forma para que desaparezca. Así podremos salir de aquí y podrás reunirte con tus amigos—dice Heracles señalando su cabeza y regalándole una sonrisa tranquilizadora. —No dejaré que arruine el único sueño que tengo.
—¿Es un sueño? —pregunta Jack deteniendo su limpieza.
Esta vez, Heracles no se deja engañar y con seguridad le responde: —Por supuesto que lo es.
Hay una leve risa por parte del Sombrerero. —Procurando lo mejor, estropeamos a menudo lo que está bien— dice Jack bajando del pequeño banquillo.
Heracles quiere objetar, pero se detiene y avanza rápidamente hacia el Sombrerero cuando el mueble se tambalea. Logra tomar a su amigo de la cintura, ayudándole a bajar. Se da cuenta de lo que ha hecho cuando Jack le devuelve la mirada sorprendido, aun con las manos de Heracles sobre su cintura. El chico se sonroja, pero no puede apartarse debido al nerviosismo que lo mantiene pasmado.
—¿Qué hacen? — ambos saltan ante la voz del Conejo Blanco y se apartan rápidamente.
—Limpieza—explica el Sombrerero tranquilamente.
—Si claro.
—¡Estaré a fuera! —exclama Heracles mientras corre a la salida.
El Sombrerero y el Conejo Blanco lo ven chocar con algunos muebles en su huida. Hlokk le da una mirada sugerente a Jack, pero este no dice nada más. El Conejo lo entiende y solo niega con la cabeza.
7.- Mentiras.
Su tutor de literatura está encantado con sus nuevas habilidades de redacción y análisis de cada obra dejada de tarea, así como de su poesía que impresiona -de mala gana- a su hermano Apolo. El hombre le pide a Heracles que haga un nuevo poema para su prometida, el cual será revisado al final de la clase y enviado a ella. Heracles mira al tutor con nerviosismo; trata de decirle que, aun, no conoce a la mujer o sus pasiones, pero el hombre no escucha.
Es entonces que Heracles empieza a escribir, algo que no caiga en lo genérico y sea la pieza con suma originalidad que busca su tutor. En su mente, trata de imaginar si su prometida es como en aquel lienzo que su padre le mostró. Falla al no poder encontrar una rima adecuada con tan poca información y solo puede pensar en la única persona con la que ha pasado el último año.
Al terminar, le entrega la hoja al tutor, esperando la crítica que viene en gritos y golpes en sus manos. El hombre sale furioso en busca de su padre y solo en ese momento, Heracles se da cuenta de su error.
Su padre lo llama poco después, en espera de una explicación, y Heracles se la da, porque nunca ha sido una persona que le guarde secretos a su padre y realmente espera que pueda darle algún consejo.
La charla es rápida y sin rodeos. A Heracles le duele ver a su padre reír por su situación y los recientes sucesos en su cabeza. Zeus se mantiene con una sonrisa mientras arroja el poema al fuego de la chimenea, ajeno a los problemas de su hijo.
—Si dejamos que los sueños acaparen nuestra vida, entonces no podremos concentrarnos en la realidad— es lo único que le dice su padre antes de invitarlo al comedor a cenar.
Heracles mira a Zeus salir de su despacho y toca sus manos golpeadas, las cuales se tornan de un color morado y murmura, con una voz espesa: —Es como hablar con la Oruga.
El Sombrerero no está feliz con lo ocurrido cuando lo ve. Inspecciona sus manos y las cura cuidadosamente, mientras le pide que le explique lo ocurrido. Heracles no lo mira cuando decide mentirle. Le comenta que aquel poema tenía una asonancia horrible y que no tiene caso mejorarlo ahora porque ya no lo recuerda.
Jack solo asiente a sus palabras mientras venda sus manos con una tela blanca. Heracles también le cuenta sobre la charla que tuvo con su padre, en un intento de desviar la atención del tema anterior.
—Un hombre que no se alimente de sueños envejece pronto—menciona el Sombrerero molesto por lo que su padre le dijo.
Heracles ríe por el comentario. —Es cierto, mi padre está envejeciendo muy rápido. La próxima vez le haré saber tus palabras.
El Sombrerero sonríe con cariño ante su adorable invitado. Toma las manos vendadas junto a las suyas y besa cada una tranquilamente, en un intento de sanarlas porque alguien como Heracles no merecía ser tratado de esa forma. Por nadie.
Heracles mira a Jack con un ligero rubor. El Sombrerero solo se levanta y lo guía a la mesa de té. —Le ayudaré a tomar los pastelillos.
El Conejo despierta de su siesta cuando los escucha acercarse y vuelve a su forma humana, preparada para tomar té y discutir con Jack. Heracles los mira a ambos lanzarse las pequeñas tazas mientras disfruta de su pastelillo cortado en pequeños pedazos.
8.- Enamoramiento.
Hay días en los que Heracles no puede aprender nada nuevo, debido a que el Sombrerero va de un lugar a otro frenético, haciendo cualquier cosa que no sea mirar a sus invitados. El Conejo Blanco se sienta junto a él, en la banquita del jardín, informándole con cierto temor que Jack está enojado, pero no sabe por qué y es mejor dejar que se calme antes de intervenir. Heracles cree que esa no es la mejor forma, aunque él tampoco sabe qué hacer por suamigo. Nunca ha tenido que lidiar con ese tipo de emociones a lo largo de su vida.
—Siempre me pregunté que hacia una dama como tú con él. Realmente no parece que este sea tu ambiente.
Hlokk quiere reír por sus bonitas palabras. Le dirá a Jack que sus clases de etiqueta están funcionando. —Hace buenos vestidos para mí y porque es mi amigo.
—¿Y siempre te escondes de tu amigo cuando se pone así?
—Sí, da miedo cuando se enoja—Heracles asiente en compresión, él también tiene miedo.
—Sabes que puedes dejarlo si te da miedo, me haré cargo.
Hlokk observa a Jack caminar en círculos. —No lo dejo solo, a pesar de todo—dice el Conejo Blanco recargando su cabeza en el brazo de Heracles. —Quizás he perdido la cabeza.
Heracles no responde a sus palabras, por lo que el Conejo continúa. —¿Qué hay de ti?, ¿por qué sigues en este absurdo sueño?
—También me gustaría saberlo—explica Heracles, recordando lo que en su casa se habla de él a puertas cerradas. —Quizá he perdido la cabeza al igual que tú.
Hlokk se ríe de la declaración. —No estás loco, solo estás enamorado—menciona con casualidad el Conejo; —pensándolo bien, es prácticamente lo mismo.
Heracles puede sentir sus mejillas arder y sus palabras morir. No sale nada de su boca hasta que Hlokk lo empuja para que se levante.
—Ve, ayúdalo a calmarse.
—¿C-Como hago eso?
—No lo sé, pero le debes mucho, como para que no lo ayudes ahora.
Heracles vuelve a mirar a Jack quitar las rosas del jardín con enojo y se dirige alarmado hacia él. Al llegar junto al Sombrerero, este lo mira, con una peligrosa sombra alrededor de sus ojos que estremecen a Heracles, pese a ello no vacila y lo toma de los hombros para levantarlo. Heracles quiere correr ante el aura siniestra que rodea a su amigo.
—Es la primera vez que noto lo alto que es, señor —le dijo Jack de repente, volviendo a su habitual actitud y alisando su camisa blanca.
—Ah, sí, mi familia es muy alta y ya tengo veinte, casi veintiuno.
—Lo sé—dice el Sombrerero con tristeza.
—¿Me dirás por qué estás enojado?
Jack ignora su pregunta y toma un mechón que sobresale de su coleta baja. —Siempre me ha gustado su cabello, es como el fuego.
Heracles asiente, comprendiendo que no obtendrá una respuesta a su anterior pregunta. —¿Eso es bueno?
—Por supuesto. Es un elemento temible, pero también muy cálido; puede fundir el acero y calentar un hogar al mismo tiempo.
Heracles asiente ante el cumplido. —También me gusta tu cabello— comenta recogiendo los mechones blancos de Jack detrás de su oreja. —Nunca he visto uno igual.
Jack sonríe ante sus palabras. —¿Me ha creado con todo lo que le gusta? —pregunta con curiosidad.
—Parece que sí, porque no pude decidir entre mis colores favoritos para el color de tus ojos —le dice Heracles tomando su mejilla. —Espero puedas perdonarme.
El Sombrerero coloca su mano sobre el corazón ajeno. —El amor es un loco tan leal, que en todo cuanto hagáis, sea lo que fuese, no halla mal alguno.
Ambos hombres se acercan y Heracles tiene que inclinarse un poco para poder besar a Jack. Cuando sus rostros están a pocos centímetros, Heracles puede ver de reojo a un emocionado Conejo Blanco cuya presencia había olvidado.
—¡Tomemos el té! —dice Heracles apartándose rápidamente del Sombrerero.
—¡Idiota!
Hlokk camina enojada hacia Heracles, quien huye rápidamente hacia la gran mesa de té para usarla como escudo. Jack solo puede quedarse atónito y reír cuando el Conejo comienza a lanzarle tazas a su invitado.
9.- Amor.
Zeus cumple la promesa con su hijo y organiza una reunión con ambos jóvenes en una de sus casas jardín. Heracles se mantiene en la entrada principal de la casa, junto a unos cuantos sirvientes para dar la bienvenida a su prometida. Teme lo peor al ver el carruaje estacionarse no muy lejos de él y respira profundamente cuando una hermosa mujer baja con ayuda de su chofer. La voz de su padre le regresa a la realidad y con ello comprende que ha trabajado mucho para ese momento y no puede decepcionar al Sombrerero.
Ignora el sentimiento de traición que se forma en su corazón, al besar la mano de su prometida.
Jack le pide todos los detalles de su día y Heracles lo complace mientras caminan por el extenso jardín, esperando la hora del té. Ambos recogen hermosas flores para decorar la mesa.
—Ella es muy culta, me ha costado seguirle el ritmo, pero creo que la conversación salió bien.
—Ahora que la ha conocido de una forma más íntima, ¿ya no tiene miedo al matrimonio, señor?
Heracles realmente quiere decir que ya no tiene miedo, pero ahora su corazón se inunda de un nuevo sentimiento que no conoce. Relacionarse con su prometida solo le permitió darse cuenta lo poco compatibles que eran. Contrario a ella, a él no le gustaba la cacería, ni la poesía, más allá de lo que Jack le había enseñado. Ha leído libros, más obligado por sus tutores privados que por voluntad propia, pero le gustaba cuando el Sombrerero leía libros para él; y la última vez que fue a una función de teatro, se quedó dormido en el primer acto.
Por supuesto que Heracles no podía contarle a su futura esposa sobre el País de las Maravillas con el que sueña a menudo; sobre sus personajes, sus paisajes y sobre su estadía con el Sombrerero. Heracles mintió acerca de tener los mismos pasatiempos, solo para que su corazón no siguiera alejándose de sus responsabilidades.
Jack puede ver como su invitado cae en la melancolía de sus pensamientos, por lo que decide lanzar otra pregunta: —¿La dama es bonita?
—Lo es.
—No parece cautivado, señor.
—Porque no lo estoy.
La respuesta sorprende al Sombrerero. —¿Qué era lo que esperaba de ella?...
—¡Que fueras tú!
El Sombrerero solo ve a Heracles caminar lejos de él, con las manos sobre el rostro, avergonzado de su declaración. Detiene su huida rápidamente y aparta sus manos lentamente. Le duele ver como su invitado evita romper a llorar; desesperado por comprender todo lo que pasa en su vida.
Y Jack solo puede levantarse de puntillas para colocar un cruel beso sobre los labios de Heracles; uno que es bien recibido y lleva tanto tiempo anhelándose. Cuando se aleja, permite que el chico se aferre a sus ropas y le regala dulces mentiras sobre como todo estará bien, porque es la primera vez que le ve llorar.
—No quiero pasar cada día, imaginando como sería vivir mi vida contigo; yo quiero vivirla contigo.
El Sombrerero le sonríe y vuelve a besarlo. Le da un último obsequio y lo complace en lo que le pide; le muestra cómo sería tocar su piel fría cada noche o su piel cálida bajo los primeros rayos de la mañana al despertar junto a él. Le enseña sus desayunos y los besos que le acompañan; sus tardes detrás de la cocina y su búsqueda de las mejores flores para la fiesta de té. Le muestra los atardeceres brillantes con el Conejo Blanco en sus brazos y sus noches llenas de palabras amorosas uno al lado del otro.
Y Heracles no puede ser más feliz con aquella pequeña demostración de afecto.
Tres días después, por la tarde, no hay ninguna fiesta de té. Jack le ayuda a redactar sus votos matrimoniales y Heracles escucha cada consejo mientras que, con la pluma sobre la hoja, le jura amor eterno a otra persona.
El Conejo Blanco, con su pequeño cuerpo, solo se sujeta a su amigo, escondiendo su rostro en la vestimenta colorida para llorar por él.
10.- Despedidas.
Para Heracles, el mundo de los sueños lo era todo para él. Ha compartido su vida con los personajes dentro de su cabeza, los cuales no solo le ayudaron a encontrar al Conejo Blanco, también alejaron la soledad que arrastraba de la realidad. Tropezar con el Sombrerero al final del camino le permitió tener un maestro, compañero, amigo y descubrir lo que era un amor construido por el tiempo y la convivencia.
—¿Es un sueño? —pregunta Heracles con su cabeza en el regazo del Sombrerero, quien acaricia su cabello.
—Lo es.
Heracles se aferra a la esperanza. —¿Por qué se siente tan real?
—Porque es todo lo que usted alguna vez quiso que fuera — responde con casualidad Jack, —pero nuestra presencia ya no es requerida.
—¡Quiero quedarme! —responde Heracles incorporándose para mirar al Sombrerero. —No quiero volver a estar solo.
—Le aseguro, que nunca más estará solo.
—Si no es verdad... — pregunta Heracles tomando las manos de Jack —¿Estarás aquí sí quiero volver a verte? ¿Todos lo harán?
El chico siente que falló al consejo de su padre, pero se pregunta si puede elegir su mundo de ensueño a su realidad; una que no desea y a la cual no puede negarse.
El Sombrerero sonríe. —Sí, estaré aquí. Todos lo haremos— acomoda el pequeño moño alrededor del cuello de su invitado. —Cuando su corazón dude del amor que le rodea, entonces nos volveremos a ver.
Jack cierra su promesa con un pequeño beso y felicita a su invitado por su compromiso, deseándole lo mejor en la vida.
Heracles le devuelve el beso: —Hiciste tanto por mí... y yo no pude encontrar una forma para que fueras feliz — susurra, azorado por no cumplir su promesa de acabar con el Rey de Corazones y reunir a Jack con sus amigos.
—Siempre he sido muy feliz, Heracles— le dice Jack, esperando que sus palabras aligeren la dolorosa despedida.
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El día de la boda, Heracles aún cree que aquel sueño era real y espera que el Conejo Blanco aparezca entre la hierba, con su bonito vestido rosa y su preocupación casi humana por llegar a una fiesta de té. Espera poder perseguirlo hasta su madriguera y preguntarle a cada uno de sus personajes su paradero, solo para poder comprobar si la Oruga y el Carpintero son tan amables como le prometieron; o decirle al Dodo que, últimamente, ha estado llorando demasiado. Desea llegar a la fiesta de té a tiempo y poder ayudar al Sombrerero a servir las pequeñas tazas de porcelana, para después ponerse al día viendo el atardecer.
Hace todo lo que su padre espera de él durante y después de la boda; agradece a sus invitados, saluda a su nueva familia, responde preguntas incómodas y sonríe ante las críticas miradas de sus tíos. Sonríe a pesar de buscar con la mirada al Conejo Blanco entre la maleza del jardín.
El pequeño animal no aparece ese día o los siguientes. Tampoco hay sueños.
El frío invierno solo trae consigo una advertencia olvidada; Heracles recuerda las palabras de la Duquesa. Si tan solo hubiera tomado en cuenta su consejo, aún tendría el corazón intacto.
