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Si hay algo que pueden llamar a Marcos, es consciente de sí mismo.
A ver. Tampoco es que sea tan difícil - se trata de coordinación, balance. Es una de las cosas que más le gustan de las artes marciales: sí o sí tiene que conocer sus límites, qué lado favorece más, qué movimiento le puede jugar en contra. Esto se extiende más allá de lo físico — si no sabe cómo es, cómo puede colgarse, como puede perder la concentración, sonó.
Marcos es consciente de sí mismo. Por ende, sabe - no sin un poquito de vergüenza - que es celoso.
No es posesivo . Tampoco es un bruto. Pero es pegote, digamos. De chiquito seguía a su mamá por toda la casa, de más grande se ponía triste si su perrito le daba más bola a su hermano mayor que a él cuando éste estaba de visita. Y una vez que quiere a alguien, realmente quiere, tiene ganas de estar cerquita, lo más cerquita posible, le gusta sentir la presencia indiscutida de esa persona al lado suyo. Es lindo, a la mañana desayunando o una tarde donde estén haciendo cosas diferentes. La tranquilidad de estar uno al lado del otro, como dos planetas en órbita.
Irónico que tuvo eso con Agustín, antes de que se vaya, y ni siquiera se dio cuenta hasta que lo perdió. Marcos cayó en la domesticidad cual siesta bajo el sol. Irónico que una vez que tuvo la oportunidad de recuperar eso que extrañó, es ese mismo rasgo pegote que no lo deja disfrutarlo.
Todo por ese anillo.
Al principio, todo bien. Todo hermoso . Marcos vio a Messi levantar la Copa y pocos días después puede levantar a Agustín, apretarlo bien en sus brazos y alzarlo porque — con toda su personalidad gigante — el Agus es chiquito como es liviano y Marcos no puede resistir alzarlo en sus brazos y dar vueltas mientras se ríen a los gritos.
Al principio todo bien, con Alfa y Romina y el resto de esa casa que no paró de hablar mal del Agus gratuitamente durante su ausencia, de criticarlo y regodearse por la expulsión, reluctantemente acercándose a saludar al recién llegado.
Al principio todo bien, hasta que el gil del Cone señala el pecho del Agus (con los brazos de Marcos alrededor suyo porque no piensa soltarlo por un rato largo) y pregunta:
— ¿Y ese anillo?¿Con quién te casaste, culiado?
Agustín apenas reacciona. Simplemente, mientras Marcos siente un frío correrle por la espalda, guiña el ojo y comenta:
— No puedo dar info del afuera, che.
‘No es una negativa’ piensa Marcos, una y otra vez, mientras el resto se ríe.
‘Por algo conservó la cajita’ recuerda, sin poder dejar de mirar el anillo. Se detiene en el diseño pensado, bonito, delicado, cómo Agustín roza sus dedos sobre él, casi sin pensarlo, casi con ternura.
‘Está contento el primo’ nota. Porque la sonrisa feliz, extasiada, embobada , que Marcos recibe al mirarlo no se debe solamente a su vuelta a la casa. Porque así lo miraba a él, antes, con los ojitos brillando y sin el filo peligroso y astuto que le sale cuando piensa en estrategia. Porque así es Agustín, transparente cuando se trata de alguien a quien quiere y debe quererla mucho porque entró sonriendo así de dulce y porque, al fin y al cabo, el Agus se casó .
Así que sí, si hay algo que Marcos puede admitir de sí mismo es que es celoso . Y que odia, con todo su corazón, ese anillo de mierda.
Si hay algo que no pueden llamar a Marcos, es boludo.
Ya sabe que no le puede preguntar los detalles — quien, como, cuando, por qu é.
Ya sabe que, incluso si lo que cuenta Agustín sobre su anillo está por dentro del reglamento, Marcos es lo suficientemente transparente para ponerse triste o enojado y que s e note .
Ya sabe, también, que Agustín lo quiere. Es obvio por la manera en que vuelve a su lado como si jamás se hubiera ido, como si Marcos no se hubiese quedado solo haciendo un esfuerzo descomunal para seguir interactuando con el resto sin dar bola a la cantidad de mala leche que escupen minuto a minuto.
Marcos sabe que Agustín lo quiere.
Es suficiente.
¿Y qué si se muere de celos cuando ve el anillo rebotar contra su pecho cuando salta de alegría? ¿Y qué si se alegra privadamente de que - a pesar de tener a alguien afuera - Agus decidió entrar de nuevo a la casa y es Marcos quien le hace el desayuno y se sienta a ver las estrellas junto a él? ¿Y qué si cada vez se sienta cerquita él siente ganas de tomarle la mano y quedarse así, en silencio, como a veces encontraba Marcos a sus abuelos en el jardín a la madrugada?
Es fácil, en cierta manera, ignorar la presencia de la cadena que desaparece bajo el cuello de las remeras de Agustín. Al fin y al cabo, están juntos. Marcos no es ningún boludo. Después de todo, va a aprovechar cada segundo del tiempo que les queda. Tampoco Agus ofrece explicaciones o historias cuando son ellos dos. Sólo le da charla y sonríe, como si nunca se hubiese ido.
Marcos hubiese estado chocho, digamos, haciéndose el boludo si la gente de la casa no fuesen buitres .
El primero en pinchar es Alfa, treinta segundos después de que Agus cruce la distancia de la puerta de entrada y el living.
Obvio.
— Y decime, vos, pibe — comienza el viejo. El tonito de su voz, típico de cuando está por mandarse un chiste que no le causa gracia a nadie, pone a Marcos en alerta al instante — ¿Dejaste a alguna embarazada o algo así?
Apenas emitida la pregunta, comienza a reírse. La reacción del resto no se deja esperar: el grito asqueado de Coti, la puteada de Maxi, la risa nerviosa de Julieta, aún en shock, y la sonrisa apretada de Romina.
Marcos mira a Agustín. Nada. Semblante tranquilo, sonrisa chiquita ( ‘traviesa’ le dice su mente) y los ojos brillando con un filo que Marcos conoce muy bien.
— Bueno, no se pongan así. A veces la gente se precipita a casarse por las peores cosas. Era una bromita, Agustín lo sabe.
— Perfectamente, Alfa, no te preocupes. — La sonrisa de Agus se abre de par en par. Por un segundo, los pensamientos de Marcos se detienen — Pero te puedo asegurar que el anillo es buenas noticias, te lo prometo.
Ah, pero la puta madre.
La segunda es Coti, días después.
Marcos la quiere a la enana. Definitivamente, es una de las personas dentro de la casa con la que se puede ver amigos afuera. Atrás de la astucia y la intensidad, tiene una dulzura y una fortaleza que se expresa de maneras sutiles. Cositas de ella que son tan diferentes a él pero con las que puede empatizar — la fe en ella sale como instinto, emoción a flor de piel mientras que en él la fe centra y canaliza.
Está loca, loquísima, insana. Pero sobre todo, Coti está obsesionada con el juego tanto como Agustín. Por ende, va a hurgar en cada punto débil que encuentre.
— Decime vos — le dice a Agustín, de la nada, un día que están ellos tres en la pileta — ¿Ese anillo no te lo vas a sacar?
Efectivamente, a pesar de que está en malla, el anillo sigue colgando de la cadenita alrededor de su cuello. Marcos venía bien ignorándolo hasta ahora, entretenido por un juego en el cual Agustín, sentado al borde de la pileta, le tira agua con los pies y Marcos la devuelve agitando los brazos.
Hasta que a Coti se le ocurre meter la cuchara donde no debe y cagarle el humor.
Agustín no se altera. Con las cejas alzadas - no es ningún boludo, sabe perfectamente que la enana está pinchando - se agarra la cadenita y la agita.
— No, ni en pedo. — dice. Patadita de agua para Marcos, quien dejó de respirar y está frizado ahora, parece. A la mierda el juego. Se mueve al borde de la pileta, en cambio, y trata de acercarse a Agustín lo más posible. Si lo tira al agua, la conversación por ahí se termina y, de paso, liga un abrazo.
Obvio que Coti no está satisfecha con la respuesta. Desde su posición en la reposera, sonriendo como quien no quiere la cosa, sigue.
— ¿Por qué no? ¿Tan importante es, entonces?
Agus sonríe. Así, mirándola fijo, toma delicadamente la cadenita entre sus dedos y se lleva el anillo a los labios.
— Una de las cosas más importantes que puedo tener acá adentro.
Las cejas de Coti están tan altas como la medianera. Ella y Agustín se miran, así fijo, por unos segundos, en una conversación sin palabras. Marcos trata de no pensar que, semanas antes, ese solía ser él.
— ¿Se entiende?
— Tamos, tamos — Coti rueda los ojos y, de repente, Marcos tiene toda la fuerza endiablada de su mirada sobre él - Ya entendí lo que pasa, no hace falta que te lo chapes enfrente mío
Agustín suelta una carcajada. Para disgusto de Marcos, está todo colorado.
— ¡Que sí, boludo! Mirá ese coso, lo dejaste todo baboseado, asqueroso…
Marcos se va abajo del agua para no escuchar. Sin embargo, la risa de Agustín lo sigue por el resto del día.
Las siguientes son Romina y Julieta, durante la fiesta.
Está más tranquilo desde que volvió, Agustín. Algo del peso sobre sus hombros desapareció. No está callado porque bueno, es así el pibe y Marcos se divierte verlo hablar de las cosas que le gustan, se entretiene verlo armar quilombo y pinchar las cosas en la casa. Sin embargo, ahora, Agustín destila calma . Paz. La ansiedad que lo persigue no desapareció pero fue reemplazada por un manto de seguridad. Marcos lo observa en las mañanas, las comidas o las veces que lo llaman del confesionario y no puede evitar estar completamente fascinado.
Es el único. El resto tiene miedo .
— ¡Primo! - lo llama Romina, desde un rincón del SUM cuando Marcos se aleja de la pista de baile (y un Agustín a quien Juliana no para de girar cual trompo) para tomar algo fresquito.
— Primita.
— ¿Cómo estás?
— Bien, disfrutando — Marcos se sirve su vasito de agua— ¿Usted?
— Con curiosidad.
Marcos asiente. Toma. No dice nada. Espera. Siempre que espera se les escapa lo que realmente quieren.
— Cuche, primo — arranca Romina, porque es de manual — Me preocupa Agus
Romina se había cansado de repetir, durante su ausencia, lo feliz que estaba de su eliminación. Ahora que volvió, con información, está desesperada.
— Yo lo veo bien al Agus, tranqui.
— Sí, seguro ¿Pero no te parece raro como volvió? — Romina se cruza de brazos, frunce el ceño. Julieta a su lado no dice nada, pero bien que para la oreja — Yo no le creo nada que se haya casado ¿Por qué entraría diciendo que se casó?
Honestamente, Marcos está un poco hinchado los huevos. Cuando Romina se siente acorralada, se desespera y se pone muy pesada. Después de todo, se supone que las fiestas son para descontracturar y acá está, a punto de ver si puede sacarle algo a Marcos, No tiene ganas de hablar de Agustín con ella, mucho menos de su casamiento.
— Lo único que digo es que no es joda, casarse. No entiendo por qué lo haría así pero tampoco entiendo por qué mentiría. — Romina se muerde el labio — No creo que esté mintiendo.
Yo tampoco , piensa Marcos. Por eso quiero que me dejes ir a bailar con él y olvidarme del tema.
Claramente, no es su día de suerte, porque a la conversación decide meter cuchara Julieta.
— Está muy misterioso con eso, primo. Misterioso en general. — Julieta se acomoda el pelo, arruga la nariz, se sirve su vasito— No me parece justo que vuelva con información y después como que se agrande ¿viste?
Marcos no lo ve tan agrandado últimamente. Todo lo contrario.
— Cada uno juega como quiere, Ju. Es así.
— Ya lo sé eso. Igual no entiendo por qué jugaría con que se casó, no es juego eso. Que se saque el anillo, al menos — Julieta lo señala, en medio del SUM, piluso en la cabeza y anillo en su cadena rebotando contra el pecho, bailando sin preocupación alguna — ¿No te molesta?
Obvio que le molesta. Pero no por lo que ella cree. No va a hacer su trabajito sucio de interrogarlo al Agus con algo que él en privado no quiere compartir y Marcos no quiere (por sus propias, egoístas razones) preguntar.
— Qué sé yo…
Julieta sonríe, levanta las cejas.
— Dale, boludo, obvio que te molesta.
Romina se ríe. Marcos se encoge de hombros.
— ¿Por qué me molestaría?
— ¿Por qué no te cuenta las cosas? — indaga Romina — Sobre todo algo tan importante.
Bueno.
Si hay algo que pueden llamar a Marcos, es consciente de sí mismo. Consciente de que no es ningún tarado. Bastante vivió para darse cuenta cuando lo quieren manipular.
— ¿No me cuenta las cosas o yo no se las estoy contando a usted, prima?
Sin esperar respuesta, toma un trago final y se va.
Después de todo, piensa disfrutar todo el tiempo que le queda. Marcos es débil, va a tratar de capturar cada momento, cada brillito en sus ojos, cada pasito dramático. Marcos va a aprovechar lo poco que tiene e ignorar el tema del anillo ese todo lo que pueda.
Camila y Ariel tienen, por lejos, la reacción más extraña.
Es como si, al principio, no supiesen cómo interactuar con Agustín. Lo saludaron lo más bien, al principio, tensos pero tranquilos. Sin embargo, con el pasar de los días, Marcos nota como lo rodean… como sobresaltados. Cautos. Confundidos .
Se vuelve obvio una tarde, en la cocina, cuando Agustín le toca la espalda suavecito a Ariel para pasar y el hombre pega un salto digno de las olimpiadas de atletismo.
— Tranquilo, che. Tranquilo. — le dice. Marcos se pregunta si es el único en la habitación que ve el dejo diabólico de su sonrisa. Definitivamente, es el único a quien le encanta, porque Ariel se está agarrando el pecho y riéndose con nerviosismo.
— Ah, sos vos, Agustín.
— ¿Qué, me ibas a llamar por otro nombre?
Ariel palidece.
La sonrisa del Agus se agranda.
Nadie dice nada.
Camila, que hasta ahora estaba tomando mate sin decir nada desde la punta de la mesa, alza la voz y rompe el silencio.
— Lindo anillo.
Algo en Agus se suaviza y acentúa a la vez. La paz que lo caracterizó desde su vuelta lo cubre como un manto. Sonriendo , ahora un poquito más genuinamente, se acerca a Camila con la cadena en mano para mostrárselo. Marcos le da unas palmaditas en la espalda a Ariel, que sigue hiperventilando.
— Gracias ¿No llegaste a verlo, no?
Camila negó con la cabeza. Los dos pompones rosas en su pelo se agitan con el movimiento. Inspecciona, con los dientes apretados, el anillo y la inscripción en cursiva sobre él que todas las mañanas Marcos trata de ignorar.
— No, yo ya había entrado. — dice. Entonces el Agus se casó luego de que entren los nuevos. Suficiente tiempo para flecharse con alguien o, peor, reconciliarse con un viejo amor. A Marcos le duele la panza. — ¿Salió todo bien, entonces?
— Definitivamente. — Agustín vuelve al lado de Marcos, un golpecito cómplice de su cadera como para reafirmar su presencia — Tanto tiempo acá adentro me hizo replantearme varias cosas de mi vida, de lo que quiero. Estar afuera ayudó.
Marcos agarra las tazas y le roba un poquito de agua del termo a Camila. Es lo mínimo que le debe, por hacerlo pasar por esta conversación.
— Me imagino. — dice ella. Luego, mira entre Agustín y Ariel y se muerde el labio — No creía que ibas a volver, la verdad.
— Me imagino. — repite Agus alegremente. Cuando Marcos, tés en mano, le señala con la cabeza hacia el jardín, asiente.
Y, porque el enano siempre fue un poquito endemoniado, no duda en tener la última palabra antes de cruzar la puerta.
— Suerte , chicos.
Marcos no tiene que darse vuelta para saber que Camila y Ariel quedaron tiesos.
Días después, Nacho lo intercepta a Marcos cuando está preparando un tecito para él y Agus en la cocina.
— Che, — le dice, como si fuesen amigos de toda la vida y no un pibe que lo mira con una mezcla de desprecio e intriga con regularidad. Con el mismo exceso de confianza prosigue - ¿Te acordás que dijo algo de una ex?
Marcos pestañea rápido. Saca las tazas, los saquitos. Hay pocos motivos por los cuales Nacho le hablaría y, con la llegada de Agustín y la paranoia que inspiró en la casa, no hay que ser un genio para adivinar a quién se refiere.
— ¿Quién?
— Agustín. En el cuarto, con la Tora. Dijo que tenía una ex con la que se iba a casar el pibe. Que guardó la cajita.
Marcos asiente.
— ¿Será ella? ¿Sabés?
Virgen santa. Dos votos no alcanzan para lo mucho que Marcos quiere sacar a este pibe de su vista.
— Me parece… — empieza pero se corta, la piensa — Me parece cosa suya. Privada, digamos.
— Si, si. Obvio — Nacho se pasa la mano por el pelo, sonríe y es más falso que patada de serpiente — ¿Pero no es raro?
Marcos necesita que la pava eléctrica hierva. Necesita que el de arriba le de una mano y lo saque de esta situación. Necesita irse .
— ¿Qué cosa?
— Que se fue pocas semanas, el chabón, — Nacho agarra la leche de la heladera y la vuelca sobre el café — un toque apresurado el casamiento ¿no?
La pava hierve con un pitido ensordecedor.
Nacho pega un salto y, cuando el ruido del aparato trae a la cocina a Coti y Conejo, agarra su café y, con poco disimulo, se toma el palo. Marcos, en su mente, agradece con una corta oración.
No hay relojes en la casa.
Este es un dato fáctico al cual Marcos se acostumbró hace rato. Para él, el paso del tiempo se mide por tres cosas: las Galas, la compra semanal y las charlas nocturnas con Agustín.
Gracias a dios (y al repechaje) Marcos puede volver a contar con estas últimas. Y, dicho hecho, lo disfruta: lado a lado en el sillón, solos, sin griteríos o especulaciones. La brisa fresquita soplando los rulitos de Agustín y Marcos robando miradas, de reojo, un poquito para asegurarse que él realmente está acá.
La voz de Agus dispersa su miedo al instante. El enano nunca supo callarse por mucho tiempo, por suerte.
— La noche está linda.
— Sí.
Silencio, otra vez
Agustín se pone serio de repente. Su mirada vuela con sus pensamientos lejos, lejos, viaja por las nubes y las estrellas y Marcos no puede evitar quererlo de vuelta, acá, en el momento, junto a él.
‘No me dejés más.’ piensa ‘ Al menos por un ratito, no me dejes más.’
Casi como si le leyese la mente, Agustín lo mira de vuelta y sonríe. Marcos le guiña el ojo, se deleita con la respuesta instantánea y ahí van, como siempre, los dos, guiño tras guiño tras guiño. Cerquita en el sillón, la noche despejada y tranquilita sobre sus cabezas.
Y de la nada, bajito, un suspiro, Agustín :
— Te extrañé.
Duele. Pincha una herida, aún abierta, en el pecho de Marcos. Su tono seguro pero ronco, quebrado. Si Marcos cerrase los ojos, quizá podría pretender que en la voz de Agustín contiene un dolor igualito al suyo.
— Yo también. — dice, ojos abiertos de par en par — No es lo mismo sin…
Se corta. Traga. Agus lo mira, en silencio, una sonrisa chiquita en su cara, los ojos brillando.
— No es lo mismo sin tu presencia, digamos.
Los siguientes son los varones.
Marcos realmente podría pasar de estas conversaciones. No quiere saber nada de las aventuras sexuales de Conejo, los comentarios de Thiago o la (demasiada) información de Maxi sobre las cosas que el sauna presenció. No es un puritano pero aburren . Se olvidan que están frente a cámaras y parecen vivir en competencia sobre quién tiene la pija más grande. Mirá si va a confiarles algo privado a ellos. La gran mayoría de las veces, Marcos prefiere disociar.
La cagada es que Agustín se engancha con cualquier santo que le de charla. Por eso están acá, en el cuarto, sin mujeres (o Alfa), escuchando la detalladísima historia de cuando el Cone tuvo una reacción alérgica al látex y casi se queda sin pistola.
O algo así. Marcos no presta atención hasta que Agustín es nombrado.
— Dale, culiado, — le está insistiendo Maxi, sentado en la cama opuesta a la de ellos. Marcos, acostado a sus anchas, apenas puede vislumbrar su expresión — ¿Tanta vergüenza te va a dar?
Agustín, sentado al borde de la cama, niega con la cabeza. No para de mover la pierna izquierda. Está nervioso.
— Es que no puedo contar, en serio. — dice. Las manos le vuelan: pasan de tamborilear el piso a jugar con la cadenita. Marcos trata de ofrecer un poco de calma y extiende el pie para tocar suavecito su espalda.
— Yo ya sé que pasó.— cancherea Thiaguito. Está parado, zapatillas y todo, sobre la cama de Alfa. Marcos está ochenta por ciento seguro de que es adrede — Saliste, te empezaron a llover las minas…
Agustín le tira un almohadón.
— ¡Pará!
Thiago esquiva y, riéndose, sigue.
— ¡Y como sos un loco, agarraste y te casaste con una!
El Cone y Maxi festejan. Agustín se tapa la cara con las manos. Marcos tiene ganas de abrazarlo pero también tiene un poquito de ganas de ahogarse en la pileta así que decide no hacer nada.
No es necesario. Finalmente, el Agus resurge, mordiéndose los labios.
— Es más interesante la historia. — afirma. Algo en el pecho de Marcos pega una patada.
El Cone se acerca a palmear la espalda, descreído.
— Seguro. Pero como no querés contar… — Pausa un segundo y dice, burlón — Decime una cosita nomás ¿Estás enamorado?
Agustín se endereza. De repente, su postura grita tensión , adrenalina, el respiro profundo antes de una gran apuesta. Desde su posición privilegiada, Marcos puede ver como le tiemblan las manos pero no hay un ápice de miedo en su expresión. Con sus rulitos, sus ojos azules y su metro sesenta, destila coraje y - cuando por fin contesta - su tono es desafiante.
— Sí.
Marcos no escucha más. Sabe, racionalmente, que su corazón no se paró. Que sigue latiendo, ahí, en el espacio de su pecho donde atesora las cosas más importantes — memorias de relaciones pasadas, anhelos de la infancia, el ruido de un beso sobre su frente. Pero no se siente así, se siente que está lejos, muy lejos y lo único que tiene ganas ahora es meterse bajo las colchas y dormir hasta marzo.
— ¿Estás bien?
Es Agus. Obvio que es Agus. Mirándolo con preocupación, su mano sobre el hombro de Marcos con comodidad.
— Sí, solo cansado.— Marcos le sonríe, trata de tragar el veneno de la mentira y le pasa la mano por los rulitos con todo el cariño que se puede permitir expresar — ¿Vamos a dormir?
El tema… a ver. El tema es que duele.
Duele.
Es más que las semanas extrañandolo. Más que el puñal en su costado que fueron los días a la deriva sin alguien con quien hablar que Marcos puede confiar y las noches mirando el cielo sin poder preguntar ‘Nos vamos a dormir?’ . Es más que buscar la alegría entre tanta negatividad y manipulación y no encontrarla, porque salió por la puerta con un saco negro.
Marcos no quiere a Agustín porque es su compañía o porque fue algo a lo que aferrarse entre tanta tensión. Lo quiere ipso facto . Porque sí, por nada y por todo. Porque es bueno y es vivo, porque se manda cagadas y después se muerde el labio y Marcos no lo puede culpar. Porque, a pesar de que juegue, a pesar de que hace muchas cosas por estrategia, Marcos mira esos ojitos y sabe si está siendo honesto. Hay algo dolorosamente genuino en Agustín, en su emoción y su tranquilidad, en su entusiasmo aún cuando se ensimisma y se encierra en sus pensamientos. Marcos mira esa sonrisa y le cree sin arrepentirse un segundo.
Duele pensar que todo se va a terminar eventualmente, que el tiempo que Marcos tiene para disfrutar del cariño indivisible de Agustín es limitado.
Duele pensar que hay alguien más, alguien afuera, alguien más especial que lo espera y que - a pesar de que la amistad siga - va a tomar prioridad ¿Por qué otra cosa, sino, se casaría el Agus? Es un romántico y es leal. Algo tan serio como el casamiento - tan sagrado - es algo a lo que se mandaría solo con la máxima convicción.
Duele pensar que quizá, antes, tuvo su oportunidad y se le escapó entre las manos
¿No había dicho semanas atrás que no tenía a nadie esperándolo afuera? ¿No había pensado Marcos que quizá — quizá, después, fuera de esta casa infernal sin cámaras filmandolos…? ¿Qué cambió?
Y Marcos es confiado, no es que crea que no es especial. Él sabe que Agustín lo quiere — sabe que lo va a querer, siempre, de esa forma feroz y tierna que tiene de querer. Pero no puede evitar pensar que quizá, podía ser más , algo más parecido a la paz que siente él cada vez que están juntos — la serenidad que solo siente cuando manda un rezo arriba, cuando se sienta en el pasto en una tarde soleada y no hay nada que hacer más que sentir la brisa sobre su cara.
Simplemente, duele.
Por más que lo contenga, con el tiempo, es imposible de disimular.
El siguiente es Agustín.
Quizá Marcos lo tendría que haber previsto. Al fin y al cabo, están afinados a la presencia del otro, sus emociones y cambios de humor. El tira y afloja de una danza rutinaria en la que no hay ganadores o perdedores — solo ellos.
(En retrospectiva, era obvio que iba a notar como las sonrisas salen más forzadas y la melancolía le pesa más que la tranquilidad. Literalmente su estrategia es observar.)
El siguiente es Agustín y decide encarar el tema la noche siguiente a una Gala de Eliminación en la que se salvó segundo de placa. Como el enano es muy oportuno, Marcos apenas está procesando su alivio cuando, lado a lado en la cama, decide encarar el tema.
— En la casa últimamente están todos locos.
(Lo último sale más como ‘ tantodoloco’, porque se le pegó de nuevo )
Marcos asiente.
— Siempre son así.
— Si, ya se. Pero más que nunca ¿viste? — Agustín se saca el saco negro y, con cuidado, lo dobla sobre la colcha — No paran de pinchar.
— Es que… ellos ven que volviste de afuera. Dos semanas..— Agustín le tira una sonrisita orgullosa y Marcos agrega, divertido— Sí, ya sé que como dijiste. Eso los pone nerviosos, digamos.
Agustín se muerde los labios. Se debate para decir algo, se nota, pero finalmente toma coraje y lo suelta.
— Hasta me analizan los accesorios.
Marcos se queda callado
— ¿Vos tampoco me querés preguntar?
No hace falta que aclare. Ambos saben perfectamente de qué están hablando.
— Si es privado…
— Marcos — Agustín se encorva. No lo quiere mirar, está serio y nervioso pero quiere tocar el tema y no lo va a soltar — No es privado, no si se trata de vos. Ya lo sabés. Pero.. te tensás cada vez que lo mencionan.
Silencio. Agus inhala, exhala y levanta la cabeza.
— ¿Podemos hablarlo? — dice, mirándolo a los ojos, como si toda su atención fuese sólo para Marcos.
Duele.
— ¿De qué hay que hablar?
— ¿Estás bien? Yo… — Se pasa la mano por los rulos, nervioso. Duele. Duele. Duele. — ¿Hice algo?
Marcos es consciente de sí mismo. Por ende, sabe - no sin un poquito de vergüenza - que es celoso.
Pero no es un hijo de puta. No quiere serlo. Sus problemas, sus mambos, sus angustias… son suyas. Suyas propias y de nadie más. Ese peso no recae sobre Agustin.
— No, Agus — Aprieta los labios, trata de sonreír a pesar del nudo de angustia que tiene en la garganta. — No hiciste nada malo.
— Estás triste — dice Agustín y dios. Dios . Está preocupado. Angustiado. Triste por la mera posibilidad de que Marcos esté pasándola mal.
— No hiciste nada. Solo que yo… — Dios, puede sentir como la cara se le está poniendo roja. — Te extrañé mucho. Por un tiempo creí que no te iba a ver hasta salir de acá.
— Yo también te extrañé.
Dios. Definitivamente, Marcos está llorando. No puede no decirlo. No puede no presentar su corazón acá, en este cuarto lleno de cámaras, al lado del saco negro de Agustín y las medias usadas de Alfa. No puede escapar de todo, ahora, porque no quiere. Porque es solo el Agus, metro sesenta y ojos azules brillando con preocupación, a quien Marcos siempre confío con la verdad. Agustín es la única persona de esta casa de quien Marcos esperaría algo. Son solo ellos dos, juntos, escuchándose como siempre lo hicieron.
— Me pasa que no esperaba que te fueses. Y te fuiste y… — Respira fuerte, traga. Trata de despejar las lágrimas y pestañea más rápido — Sos una persona que quiero… que quiero mucho. Más de lo que debería, digamos.
Clarito.
Silencio.
Marcos cierra los ojos. Inhala. Exhala. Clava la mirada en el suelo.
Escucha pasos alejarse. Buenisimo , ahora lo asustó y se va porque Marcos es muy pegote y no sabe contemplar un límite y pobre Agus no sabe qué hacer o cómo reaccionar de forma razonable porque está casado y el propio pensamiento de eso lo hace soltar un par de lágrimas más.
Pero Agustín no se va, sino que se lanza abajo de su cama y — con una polenta que si no le conociese tanto le sorprendería — comienza a revolver su valija.
— ¿Agus?
En el suelo, el otro murmura y gruñe pero no se le entiende nada más que ‘No, no, no’.
Marcos, frente a este súbito ataque de locura, para de llorar de la sorpresa.
— ¡Lo encontré! — Agustín emerge triunfante, sonriendo y los ojos bien abiertos como poseído. Rapidito, corre a sentarse al lado de Marcos en la cama y - de la nada - le tira una cajita de terciopelo sobre el regazo.
Marcos la mira. Mira a Agustín, quien asiente como animándolo. Mira de nuevo.
Con cuidado, la abre.
Dentro, reluce un anillo dorado.
Pero la puta madre.
— ¿Por qué me mostrás esto? — Marcos cierra la caja y se la empuja, sin mucha fuerza porque no le quedan y es Agustín , con cero tacto para rechazar a alguien pero Agustín al fin, contra el pecho — ¿Te casaste y no le diste el anillo?
— El ani - Yo - No, entendiste cualquier cosa ¿Qué? — La cara de Agustín es un poema. Sus cachetes rojos rojos, la nariz fruncida y los ojitos pestañeando rápido. De repente, frena en seco y dice lentamente — Marcos, no me casé con nadie. La cajita y el anillo los guardé para vos.
Marcos lo mira atónito.
Agustín parece darse cuenta de sus palabras y se pone colorado.
— ¡No para pedirte casamiento! — aclara, y luego se apresura a agregar, a mil por hora — aunque la verdad, quizá, después… ¡Pero sería con otra cajita y otro anillo, en otro momento! Falta mucho, podría pasar cualquier percance antes.
— Agus, no entendí nada — Marcos suspira. Inhala. Exhala. Se tira a la pileta — ¿Te vas a casar?
Agustín sacude la cabeza tan fuerte que casi se auto decapita.
— No, para nada.
— ¿Y el anillo ese que tenes en el cuello qué es?
— Es por Frodo — responde. Marcos alza las cejas, como preguntando ‘¿Y quién carajo es ese?’ y Agustín, con los cachetes aún rojos, se ríe — Es el personaje de un libro que me gusta a mí, un héroe de fantasía. Yo vendría a ser Frodo, para la gente de afuera. Se puso de moda decirme así y me regalaron el anillo. Tiene que ver con el personaje…
Marcos lo ataja antes de que se vaya por la tangente.
— Entonces no te vas a casar.
— No por ahora, no.
Asiente. Mira la cajita de terciopelo, medio abierta sobre la cama. La toma con toda la delicadeza que puede reunir, mirándola con nuevos ojos.
— ¿Y esto? — pregunta.
‘Es para vos’ , Marcos lo escuchó perfectamente. Pero quiere saber. Quiere cerciorarse. O quizá quiere el placer de ver como Agustín se sonroja aún más y los ojos le brillan de una forma que - Marcos empieza a sospechar - es solo para él.
— Quería… no quería hacerlo así. Quería que fuese especial. Sin cámaras. O al final, bien al final — Agustín se acerca. Toca la caja y sus dedos rozan, por un momento, los de Marcos — La verdad es que no planeaba usar el anillo pero una chica de afuera me lo alcanzó y ahora tenía dos y tenía la cajita entonces pensé…
Agustín se muerde los labios. Toma coraje y lo suelta.
— Es tuyo, si lo querés — dice finalmente.
No habla solo del anillo.
Se miran.
— Quiero. — dice Marcos, suavecito.
La cara de Agustín se ilumina.
Si hay algo que pueden llamar a Marcos, es consciente de sí mismo.
A ver, nadie puede decirle que no sabe lo que quiere. Puede pecar de sacrificado, de ‘ demasiado tranquilo ’, de observar tres veces antes de actuar o emitir opinión. Sin embargo, Marcos tiene muy claro lo que quiere. Sus prioridades, sus principios. Es pegote en los afectos y firme en sus creencias.
Marcos quiere a Agustín. Intensamente, de esa forma que ya significa algo más. Lo sabe, hace rato. Lo quiere por quien es, por como tiene claro sus principios, sus ideas, sin importar el resto. Lo quiere porque con toda su ambición, es cuidadoso con las personas que trata. Lo quiere ipso facto, sin esperar nada a cambio.
Esta vez Marcos tiene el privilegio - el regalo - de que Agustín también lo quiere a él.
Noción loca por demás, noción hermosa .
No hacen mucho al respecto — Marcos decidió no calzarse su anillo, preservar el perfil bajo que altera a tantos de la casa, quienes lo consideran impenetrable. Sin embargo, aunque no hagan nada nuevo, el tiempo que pasan juntos está cargado de una alegría risueña. Cada mínimo contacto es dicha, cada momento de domesticidad es entendido por lo que es: mutuo, querido, importante.
(Cada beso, también, es emocionante. Marcos descubre que Agustín besa como habla, como abraza. Con fuerza, con decisión pero con un dejo de ternura. No es sorpresa. Es familiar, como si repitiesen el gesto por años, con la certeza de muchos más.)
Ya habrá tiempo para grandes declaraciones. Ya habrá tiempo para etiquetas, para hablar de logísticas y cotidianidades que las cámaras no puedan invadir. Ya habrá tiempo para lo que - al fin y al cabo - son detalles. Lo importante ya está saldado y son ellos dos, juntos.
La cajita de terciopelo se queda en la mesita de dormir de Marcos, junto a las fotos de su mamá, su papá y sus hermanos. El halo del futuro, de un afuera donde el tiempo transcurre linealmente en vez de a contrarreloj.
Cada vez que Marcos detiene su mirada en el pecho de Agustín, el anillo brilla con una promesa.
