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Marcos se despertó. La luz que entraba por las persianas haciéndole doler los ojos, se sentía extremadamente cansado a pesar de haber tenido una noche tranquila. Recordaba haber vuelto del trabajo, buscar su correspondencia, mantener charla con un vecino de al lado, saltarse la cena para ponerse el pijama e ir directo a la cama. Pero ahora mismo su cuerpo se sentía como si le hubiesen pasado 10 autos por encima.
Calculaba que debían ser alrededor de las 7 de la mañana, por lo que ignoró la tensión en sus músculos ( en serio, ¿qué había hecho anoche?) y se apuró a levantarse y vestirse para salir al trabajo.
No sabía porqué pero mientras salía del edificio, sentía una presión en el pecho. De esas que te dan cuando tenés ganas de llorar pero te aguantas, acompañadas por el ya familiar nudo en su garganta. Lo hizo a un lado y se dirigió a su auto, solo para encontrarse con que tenía una abolladura bastante grande en la parte derecha de la puerta de atrás. Puteó por lo bajo y rápidamente sacó una hoja y una birome de su maletín, dejando una nota que decía " gracias eh " enganchada en el parabrisas del auto continuo, suponiendo que éste había sido el responsable al intentar estacionar a su lado.
Igualmente condujo hasta la parada, ya por la tarde llamaría a algún mecánico de confianza y, si tenía suerte, quizás lograría que el responsable costee la reparación.
El resto del día transcurrió con tranquilidad, Marcos diría que casi aburrido. Al igual que todos los días desde que había terminado su relación con Julieta. Abrió su agenda y notó que la última entrada era de hace un año. Así de tediosos eran sus días: ya ni siquiera se molestaba en escribir sobre ellos.
Su separación de Julieta ni siquiera le había afectado demasiado, era un mal necesario y estaba destinado a ocurrir. Habían estado juntos tres años y en ningún momento pensó en algún tipo de futuro a su lado. Si compartían departamento era simplemente porque ella se había instalado ahí con la excusa de que estaba más cerca de su trabajo. Llegados al último mes ni siquiera compartían una comida del día juntos.
Pero una vez libre de esa relación se dió cuenta de lo repetitivos que eran sus días. Sobre todo en los meses como estos, donde estaba estancado en un caso que no avanzaba en ningún aspecto y la mitad del día se la pasaba sentado en su escritorio fingiendo que hacía algo mientras revisaba sus poco solicitadas redes sociales.
Pensó que una vez que se deshiciera de su ex su vida tomaría este giro decisivo y comenzaría una nueva etapa, pero acá estaba, dejando el trabajo una vez más sin haber hecho nada especial. Hasta el incidente de su auto era visto en su mente como algo positivo en esta rutina que se sentía interminable. Ya ni siquiera veía a sus amigos, ni hablar de su familia. Era como si en el último año su vida hubiera estado en pausa cuando debería haber sido todo lo contrario.
Los pensamientos autocríticos lo atormentaron mientras se dirigía hacia la parada. Al menos ahora podía ponerle un nombre a la angustia que sentía desde la mañana.
No recordaba cuándo había sido la última vez que había comido, y aprovechando las ganas de hacer algo diferente, dobló en la esquina y se dirigió al primer restaurante que vió abierto. Se sentó en una mesa para dos cerca de la ventana, lo cual lo deprimió aún más y, después de pedir una hamburguesa con papas y una gaseosa, sacó su agenda y se dispuso a escribir lo poco que había hecho en el día y sus pensamientos al respecto.
La moza no tardó con su pedido y una vez que se lo hizo llegar, le agradeció. A lo lejos, la única persona que ocupaba una mesa a excepción de él lo miraba. Podía sentirlo como si estuvieran a centímetros de distancia. Algo nervioso, soltó la birome y levantó la vista, encontrándose con el chico. Inspeccionó rápidamente su apariencia, rulos, ojos azules, ropa tal vez demasiado grande para su pequeño tamaño. Un plato de pastas y una copa de vino ya terminados a su lado. El pensamiento de que no era el único que salía a cenar solo lo hizo sentir mejor.
El chico ladeó la cabeza y le sonrió. Marcos se sorprendió. Hacía casi un año que no tenía este tipo de interacciones, ni siquiera con alguna persona del trabajo. Y menos con alguien que le pareciera atractivo. Tímidamente le sonrió de vuelta, intentando no parecer un inadaptado. Sus manos ya habían empezado a transpirar.
Sin quitarle la mirada de encima, el chico sacó su billetera del bolsillo, dejó unos cuántos billetes en la mesa y salió del lugar. Marcos hizo lo mismo, todo el cansancio que había sentido durante el día desvaneciéndose. Había algo que le insistía que lo siguiera, como si ese pequeño intercambio hubiese sido una invitación.
Se frenó en seco.
No.
No tenía porqué seguir a ese pobre chico. Él no era el culpable de su crisis de hoy. Optó por tomar el ya conocido camino hacia la parada, soplando sus manos y metiéndolas en sus bolsillos en un vano intento por calentarlas. Su transporte de todos los días llegó y se sentó en el mismo sector de siempre.
Unos cuantos asientos más adelante estaba el chico del restaurante. Marcos pudo sentir como el color rojo se apoderaba de su rostro y parte de su cuello.
—Hola.
Marcos levantó rápido la mirada. Miró hacia atrás y solo encontró asientos vacíos. Volvió a mirar al frente, y se encontró con el chico sonriéndole divertido.
—Hola —respondió, sorprendiéndose a sí mismo de no haber tartamudeado.
—¿Te molesta si me siento ahí? —preguntó el más bajo, señalando los asientos vacíos frente a Marcos.
— No, para nada —se acomodó en su asiento y respiró hondo.
El chico se acercó hasta él y Marcos envidió la confianza con la que lo vió moverse. Una vez sentado, su mirada volvió a penetrarlo.
—¿Puede ser que nos conozcamos de algún lado?
Decir que la pregunta lo tomó por sorpresa era quedarse corto. Marcos se tensó y abrió la boca por unos segundos, sin dejar salir ningún sonido.
—Eh… creo que te recordaría, digamos.
—¿Alguna vez te pasaste por el Café Martinez de Avenida Rivadavia? — el desconocido se puso de rodillas sobre el asiento, agarrándose del respaldar para acercarse al rostro de Marcos.
—Eh, sí, cuando iba a la facultad. Y capaz alguna vez con amigos —si mal no recordaba, hacía más de un año que no pasaba por el lugar.
—¡Ahí trabajo yo! —exclamó sonriendo, a Marcos le pareció tierno —. Seguro te habré visto porque te me haces re conocido —concluyó, pareciendo satisfecho consigo mismo, dejándose caer contra la ventana para seguir mirándolo.
—Qué raro… yo no me acuerdo de vos —siendo honesto, Marcos creía que nadie podría olvidarse de este tipo con lo confianzudo que era.
—Puede ser porque me corté el pelo.
—¿Tantas veces?
—Me gusta variar el look —Marcos rio —. Siento que es lo único destacable de mi personalidad a veces.
—Permitime dudar —añadió divertido.
—¿Qué significa eso? —preguntó, esta vez más serio. Marcos entró en pánico por un momento, toda esa falsa confianza yéndose tan rápido como llegó.
—No, digo… Pareces alguien muy…extrovertido. No creo que necesites cambiar tu apariencia para destacar — ¿de dónde había venido todo eso?
El chico volvió a arrodillarse sobre su asiento, entrecerró los ojos y gesticuló una mueca que le hizo saber a Marcos que no había dicho lo correcto.
—No me conoces —dijo finalmente.
—Bueno, ya sé, trataba de ser educado no más… —Marcos no entendía qué parte de lo que había dicho lo había ofendido —. Perdón. No me hagas caso. Vos mismo lo dijiste, no te conozco.
El chico suspiró y puso los ojos en blanco, dejándose caer nuevamente sobre los asientos, pero esta vez sin mirar a Marcos. Eso le dolió un poco, no había sido su intención ofenderlo, pero no tuvo tiempo de volver a pedirle disculpas ya que después de unos minutos ya estaba sobre sus rodillas en el asiento y mirándolo de nuevo.
—Soy Agustín. Ahora ya me conoces —le sonrió. Marcos suspiró algo aliviado.
—Marcos.
—Hola Marcos —le pasó su mano por encima del asiento y la estrechó, era sorpresivamente pequeña para un hombre adulto —¿Sos religioso?
Marcos salió de su trance y posó su mirada en la mano libre de Agustín, que le señalaba la medalla colgando de su cuello.
—Algo así. ¿Vos?
—¿Algo así? —rio —. Nah, una persona como yo no tiene ni la paciencia ni la voluntad para algo como la fe.
Marcos frunció el ceño por un momento.
—¿Por qué hablas tan despectivamente de vos mismo?
—¿Cómo sabes que es despectivo si no me conoces? Podría estar diciendo puras verdades.
—Es que pareces un buen chico, no sé… —Agustín lo interrumpió.
—¡Qué pesado sos! Intentas ser educado pero estás suponiendo cosas de mí sin conocerme, eso no es muy educado de tu parte —Marcos abrió la boca indignado pero no supo qué decir —. No necesito que me digas qué te parece que soy. Yo me conozco, ¿sabés? Llevo conociéndome veintiocho años.
Acto seguido se volvió a desplomar contra los asientos, sin intenciones de seguir la conversación, dejando a Marcos anonadado. Y vos que te quejabas de que tu día estaba siendo aburrido pensó.
Casi llegando a la parada de Marcos, Agustín volvió a hablar.
—Marcos… —fue casi un susurro que, si Marcos no hubiera estado pendiente de él desde su última interacción, tal vez hubiese pasado desapercibido.
—¿Qué? —respondió, con más brusquedad de la que deseaba usar.
—Perdón —se lo escuchaba avergonzado y seguía sin volver a mirar a Marcos.
—No pasa nada, boludo.
—No, sí pasa —volvió a arrodillarse en su asiento, Marcos temía por la resistencia de este —. Estoy medio cruzado de cables hoy pero vos no tenés la culpa. Me molesta que seas tan bueno, no sé… Pensé que me ibas a cortar el rostro como cualquier persona hubiera hecho si un desconocido venía a sacarle charla —se dió vuelta por un momento y lo miró —. Sos muy confite. No podés andar por la vida siguiéndole el juego a cualquier desconocido que te habla, ¿sabés?
Marcos quiso replicar con que si había alguien confite acá, de seguro no era él. Pero se ahorró el comentario, no quería volver a ofender a Agustín.
—¿Hubieses preferido que no te conteste, digamos?
Agustín soltó una risa y Marcos sintió algo cálido en su pecho.
—Puede ser —se paró y se sentó en el asiento de al lado, más cerca de Marcos de lo que era necesario —. ¿Qué es eso? —preguntó, señalando la agenda que sobresalía del maletín.
Marcos sentía el corazón en la garganta. La cercanía de este tipo lo ponía nervioso de una forma que no podía explicar.
—Mi agenda. Ahí voy anotando lo que hago todos los días —respondió sin mirarlo, pero aún sintiendo los ojos azules clavados en el costado de su cara.
—Mmh —lo vió asentir de reojo y acercarse todavía más —. ¿Llevas mucho escrito?
—No tanto —se acomodó el pelo para mantener sus manos ocupadas, la mirada de Agustín siguió todo el movimiento —. Mis días no son tan entretenidos, digamos… —se atrevió a voltear y verlo a los ojos.
Agustín le sonrió cálidamente.
—Bueno, ahora podés escribir sobre mí.
Marcos le devolvió la sonrisa. Parecía que Agustín iba a decir algo más, pero habían llegado a la parada. Ambos se fueron por su lado sin despedirse, Marcos todavía repasando cada detalle de ese inesperado intercambio, incluso cuando arrancó el auto y comenzó a conducir hasta su departamento.
En el camino pudo visualizar a Agustín caminando por la misma dirección por la que él iba. Llevaba la capucha de su campera sobre su cabeza y las manos en los bolsillos de su pantalón. Marcos no lo pensó más y estacionó en medio de la calle. Abrió la puerta del pasajero y habló lo suficientemente alto para que el otro chico lo escuche por sobre el ruido de la ciudad.
—¡Agu', subite!
Agustín lo miró desconfiado, pero una vez que se dió cuenta de quién era, fue corriendo hasta el auto, aterrizando con fuerza sobre el asiento y cerrando la puerta rápidamente.
—Gracias, me estaba cagando de frío, boludo —se quitó la capucha y le sonrió.
—No es nada, parece que vamos para el mismo lado igual… —en realidad Marcos no tenía ni idea de dónde vivía Agustín, pero dejarlo solo, en medio del frío, y sin saber cuánto tenía que caminar hasta llegar a su casa le hacía sentir una molestia en el pecho.
Sorpresivamente el camino fue silencioso, Marcos podía notar que Agustín estaba incluso un poco tímido, nada que ver con el chico que había conocido hace una hora. Cuando llegaron a la dirección que el más bajo le había dado, Marcos se sintió un poco decepcionado. Quería seguir pasando el rato con Agustín, pero no estaba seguro de cómo hacérselo saber sin quedar mal. Por suerte, Agustín habló antes de que él pudiera soltar alguna boludez.
—Gracias por traerme.
—De nada.
Se miraron por un momento. Marcos vió a Agustín voltearse hacia su casa y de nuevo hacia él, antes de desabrocharse el cinturón y salir. Marcos exhaló con fuerza. Se dispuso a volver a arrancar el auto.
—¿Querés pasar a tomar algo?
Marcos pisó el acelerador con fuerza al mismo tiempo que se agarraba del freno de mano, logrando que su auto pegue una sacudida que si le hubiera ocurrido a otra persona, seguramente se habría reído como ahora lo estaba haciendo Agustín.
—Si tenés ganas no más. Tengo cerveza, gin, whisky…
Marcos lo pensó por un momento. Había arrancado el día de la peor forma. La única razón por la que entró a ese restaurante era para poder desvirtuar la rutina asfixiante de la que parecía no poder escapar. Todo a partir de esa acción lo había llevado a este momento, a la invitación de Agustín. Sería un boludo si después de replantearse todo el día cómo nada interesante le pasaba, dejaba pasar esta oportunidad. Agustín parecía un buen chico. Simpático, le gustaba charlar… y a decir verdad, a Marcos le atraía muchísimo.
Pero parecía que la cara que estaba poniendo no transmitía el mismo pensamiento, ya que Agustín asintió apretando los labios y desvió la mirada.
—Te entiendo, no pasa nada. Yo tampoco diría que sí. Hace un rato no más te estaba diciendo como no tenés que seguirle el juego a desconocidos y ahor—
—Entremos.
Eso sorprendió a Agustín, quien comenzó a caminar y guiarlo hasta su casa sin mirarlo. Marcos se alegró de no ser el único que se encontraba nervioso.
Una vez dentro, Marcos inspeccionó el lugar mientras Agustín preparaba los tragos en la cocina. Más que un living parecía la habitación de una criatura, con varios objetos de colección y hasta muñequitos. Marcos sonrió para sí mismo.
—Acá estoy —anunció Agustín, acercándose con dos vasos cuyo contenido desconocía.
Se acomodaron en el enorme sillón en medio de la sala y, de nuevo, el más bajo se fue acercando más de lo que era necesario. Pero a Marcos ya no le incomodaba.
—Hablame de vos.
Marcos lo miró por un momento antes de bajar sus ojos hacia el vaso que sostenía con ambas manos. Suspiró.
—No hay mucho que decir, la verdad…
—¡Vos nunca tenés nada para decir! —soltó exasperado —. ¿No sos de hablar mucho? —se acercó un poco más —. ¿O es que te pongo nervioso?
Marcos tragó saliva.
—Mi vida no es tan interesante, supongo.
Agustín lo miró fijamente por un momento, como si estuviera queriendo descifrar si era verdad lo que estaba escuchando.
—¿Y eso no te da ansiedad? Digo, yo siempre pienso en que capaz no estoy disfrutando las cosas al máximo, capaz por eso soy tan impulsivo. Como cuando te sonreí en el restaurante, eso me llevó a que ahora estés acá en mi sillón.
Marcos sonrió. Todo lo que decía Agustín le parecía interesante, podía escucharlo hablar por horas.
—Espero que sea algo bueno.
—¡Sí es! Me das mucha intriga —se apoyó sobre el respaldar del sillón, recargando su cara en su mano —. Capaz tendríamos que casarnos.
Marcos casi se ahoga a la mitad de un sorbo de su vaso.
—¿Eh?
—Sí… así yo hago tu vida más interesante y vos me ayudas a no ser tan impulsivo y estar más tranquilo.
Marcos no sabía si ya estaba tomado, pero por alguna razón todo lo que Agustín le decía tenía lógica en su cabeza.
—Está bien —sonrió.
Se observaron unos minutos. Ahora con un poco de alcohol en sangre y sin miedo a devolverle la mirada, Marcos notó cosas en el rostro del otro chico que antes no había hecho. Como que tenía un piercing en el lado derecho de la nariz, al igual que en su oreja izquierda. No era posible que algo tan insignificante volviera aún más atractivo a Agustín, pero Marcos se encontraba incapaz de dejar de apreciar lo lindo que era. Y lo mucho que deseaba llevarlo a la cama.
¿Eh?
Marcos se enderezó en el sillón y se alejó un poco de la calidez del cuerpo a su lado.
Por alguna razón su mente le recordó a Julieta, y no necesariamente algo bueno. Recordó cómo se sintió luego de la charla que tuvieron después de su separación, cómo ella indirectamente le había hecho saber lo aburrido que era y porqué ninguna otra persona se interesaría en él. Sin embargo acá estaba, con un hermoso chico que, después de compartir menos de dos horas con él, ya le estaba proponiendo matrimonio. Aún así, su mente le jugaba de nuevo una mala pasada, y la ola de deseo que había sentido hace un momento después de tanto tiempo desapareció, mientras que que la realización de ésta le cayó encima como un balde de agua fría. Se recordó a sí mismo que debía tratar sus relaciones con cuidado a partir de ahora, sobre todo con alguien tan descarado y despreocupado como Agustín. Si le interesaba de verdad, iría a su ritmo. No podía permitirse otra desilusión amorosa que lo haga replantearse su existencia entera, simplemente porque estaba caliente.
Aunque a la mañana siguiente definitivamente se arrepentiría por llegar tan lejos y haberse echado para atrás al último minuto.
Agustín no había dejado de mirarlo en ningún momento, y si su cara reflejaba el lío que pasaba por su cabeza, él no se había dado cuenta.
—Creo que…me voy a ir yendo, digamos —soltó mientras se paraba.
Agustín frunció el ceño.
—No, no, quedate. Dale —dijo arrastrando las palabras y tomándolo del brazo —. Perdón por ponerme tan intenso, te prometo que me voy a calmar.
Marcos se enterneció, pero tenía que mantenerse firme.
—No es eso —dejó el vaso vacío en la mesa frente al sillón —. Pasa que me tengo que levantar temprano. Por trabajo.
Agustín frunció los labios y asintió mirando hacia abajo. Se levantó y buscó algo en un cajón del mueble de la esquina. Se paró junto a él, tomó su mano y comenzó a escribir algo en el dorso. Cuando terminó, Marcos tuvo que girar su cabeza para ver que eran una serie de números, probablemente su celular.
—Llamame ni bien llegues a tu casa.
Marcos sonrió.
—Está bien —dijo, caminando hasta la salida. Agustín no se molestó en acompañarlo, pero una vez que se encontró afuera, escuchó un grito proveniente de la ventana.
—¡Te dejaste tu maletín! Ahora no tenés excusa para no volver a verme —Agustín sonreía apoyado sobre el ventanal.
Marcos rio y lo saludó con la mano, subiéndose al auto.
El regreso a su departamento fue eterno, metió la llave en la puerta con brusquedad y tropezó al entrar. Se sacó el abrigo, tirándolo sobre una de las sillas del comedor y tomó un vaso de agua en la cocina, esperando calmarse antes de sacar el celular del bolsillo y girar su mano para marcar los dígitos escritos ahí. Tan solo dos tonos después obtuvo respuesta.
—¿Por qué tardaste tanto? —podía escuchar la sonrisa de Agustín en la pregunta.
—Recién entré a mi departamento —respondió riendo.
—¿Ya me extrañas?
—Sí —la rapidez con la que contestó lo tomó por sorpresa, pero decidió seguir su instinto —. Por más raro que parezca, lo acepto, digamos…
—¡Dijiste acepto! Ya estamos prácticamente casados.
Marcos rio de nuevo. Hacía tanto que nadie le sacaba risas tan de seguido, mucho menos una genuina.
—¿Te gustaría hacer algo juntos mañana? Boludear por ahí…
—Sí, sí, obvio… Yo tengo que trabajar a la mañana, pero puedo salirme a eso de las cuatro si te parece.
—Te mando los detalles de nuestra luna de miel por whatsapp entonces. Descansa, Marcos.
—Vos también.
Y cortó. Marcos se fue a dormir más relajado que nunca, y poco tenía que ver con el trago que había tomado.
