Chapter Text
A veces observa a Kaveh. El cabeceo matutino encima del escritorio, cuando arrastra tras los hombros horas sin dormir; los ojos que se le abren de repente al ver la curva perfecta en el bailoteo de una hoja, la admiración ante una armonía de color inusual en las rojeces del cielo; el labio que le tiembla —un temblor chiquitito, casi invisible— cuando las dudas le infestan la cabeza como moscas que persiguen carroña. A veces observa a Kaveh y se fascina ante la obviedad en los matices de su mirada, en lo sutil que son las dureces de su mano, ocultas meticulosamente bajo los guantes.
—Alguien tan bruto como tú nunca podría reconocer la delicadeza del arte —le dijo Kaveh un día, palabras escupidas con la brusquedad que justo estaba criticando. No es difícil para Alhaitham trazar el recuerdo de su rostro, la boca entreabierta, el asomo de un rojo rabioso empezando a nacerle por debajo de las mejillas, las orificios de la nariz dilátandose para dejar ir una respiración agitada. Una sonrisa casi se le escapa al pensar en ello. En realidad, él sí que reconoce la delicadeza.
No la ve en los árboles ni en los ángulos de las ramas; no la encuentra en la transparencia de las nubes ni en las fachadas de los edificios; para él, lo delicado y lo bello yace en una mano que se aprieta alrededor del lápiz, en unos ojos ausentes, calculando perímetros de palacios nunca construidos, en unos labios que se abren, más rojos que un añoraescarlata, para soltar divagaciones sin sentido.
Kaveh estalla los dedos delante de sus ojos. El ensimismamiento de Alhaitham se rompe al instante y se encuentra al arquitecto mirándolo fijamente.
—¿Qué con esa mirada? ¿A caso estabas planeando mi asesinato?
El escriba no se altera ante el gesto acusador que hay en la expresión de Kaveh. En su lugar, dice en un tono monótono:
—Tendría que hacerlo con veneno porque limpiar sangre sería demasiada molestia. Sin embargo, ¿cuál sería el más indicado...?
—Tú ya eres suficiente veneno para matarme. ¡Hasta me ha salido una cana por la culpa de los muebles horrendos que estás obsesionado con traer a casa! —sisea Kaveh. Los ojos se le entrecierran, como adormilados, y el rojo en ellos se vuelve tan suave que el corazón de Alhaitham se estremece—. ¿El libro que estás leyendo es tan aburrido que hasta abstraerte es más entretenido?
Las comisuras del escriba tiran para arriba, solo un poquito, levemente. Aprieta los labios y deja salir un lento sonido de afirmación.
—Tengo algo mucho más entretenido en lo que fijarme.
Kaveh aparta la mirada. La pasea por las paredes, por las estanterias, por los libros bien colocados, sin polvo. La boca le tiembla, como si dudara en qué responder, y entonces lo vuelve a mirar, una intensidad extraña brillando en su rostro.
—¿Estabas viendome como a un mono de feria, entonces?
Su indignación no tiene ningún tipo de calor detrás, no de enfado, al menos. Acerca la mano a la del escriba, oscilante. Encima de las páginas ásperas los dedos se rozan. Con el filo de la uña, Kaveh traza los puntitos de tinta que hay en las yemas de Alhaitham.
Podría decirle que sí, que lo ve como un mono de feria. Al fin y al cabo, lo observa con la misma curiosidad que siente un niño al descubrir un animal exótico, o como un aventurero que se topa, por casualidad, tierras vírgenes.
O podría decirle, en cambio, que él es su reflejo y por esa razón no puede dejar de mirarle.
"Mi espejo, en mis luces veo tus sombras y en tu brillo veo mi penumbra. Inevitable como el juego cruel del destino y, a la vez, extenso como el más dulce de los horizontes. No eres un camino, eres un óceano de posibilidades. ¿Cómo dejar de mirarte?"
Podría decirle tantas, tantas cosas...
Podría decirle que lo observa como un niño a un mono de feria, o como Kaveh mismo observa la inclinación de un arco bien construido, o como quién contempla el otro pedacito de su alma.
Podría decírselo.
En su lugar, le dice:
—¿No es a eso lo que eres?
Y le sujeta la mano, se la aprieta, el pulgar le dibuja patrones en el dorso. Siente como el cuerpo de Kaveh se tensa y se relaja, dejando ir un suspiro de resignación.
—Un bruto como tú nunca podría reconocer...
Alhaitham posa una de sus manos en la mejilla del arquitecto. Acerca los labios, se hunde en la forma vulnerable en que el otro le contempla. Sus respiraciones se rozan y, antes de juntar bocas, susurra:
—Te reconozco.
