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La capital de los exiliados

Summary:

Akiyama Mizuki sirvió a tres reinos, pero solo a una reina.

O

El royal au que nadie pidió.

Notes:

18k para un reto de mzen.

En fin, ¿Quién habría esperado que el autor que no puede escribir cosas cortas escribiera un muro de texto de un AU extraño?

Mzen Week, día 3: Cuento de hadas/Realeza

Tw// relaciones sexuales implícitas, Ena insulta mucho, maltrato, intento de asesinato, menciones y descripciones de muerte y violencia, transfobia.

Work Text:

Cuando la última piedra pasó al lado de su cabeza, Mizuki cayó al piso, con su hermosa armadura y vestuario reducidos a un desastre sucio de mugre y sangre. 

Todo se había detenido por fin, a excepción de su respiración pesada y apenas funcional.

Se quitó el yelmo, tallado con el pegaso del blasón de los Reyes, y lo tiró a un lado, como si el solo hecho de llevarlo puesto le quemara la cara.

Por fin estaba sola.

Ya no escuchaba los gritos de su hermana suplicando que pararan, ya no escuchaba los insultos vociferados con la repulsión y el desdén tan dolorosos que la habían hecho llorar.

Ya no escuchaba los pasos atrás suyo o siquiera otro sonido en cualquier cercanía.

Todo había quedado por fin en silencio, por fin sus músculos recibían algo más que el ardor y la falta de aire. 

Las aves no cantaban. El viento no mecía los árboles, y cada animal del bosque estaba en absoluto silencio. El chasquido de su armadura se volvió molesto, y casi deseó tener a su paje para que la ayudara a quitarse todo el metal para azotarlo contra el piso.

Pero no merecía un paje, ni su armadura, ni nada que pudiera haber tenido antes, ¿No? La señora Asahina había sido perfectamente clara con eso.

Los fenómenos no merecen títulos, armaduras o espadas.

¿Para qué servía alguien como ella?

¿Por qué había sido ese su destino? 

Solo estaba haciendo su maldito trabajo. 

¿No se suponía que mantener a la Princesa a salvo en su habitación era prioridad? 

¿Qué no era preferible que le contara cuentos de hadas y le enseñara aquellas destrezas que su hermana alguna vez le había enseñado con tanta paciencia en lugar de dejarla para que volviera a tratar de escapar?

La Princesa había estado encantada de aprender, de escuchar historias sobre dragones, hadas, ogros y caballeros de brillantes armaduras en los momentos en que la sacerdotisa o el príncipe no podían estar a su lado.

La Princesa había mejorado en sus deberes como bordar, coser y había empezado a hablar de hacer un vestido en agradecimiento al caballero, la Princesa había estado más radiante y feliz, tanto que el príncipe le había felicitado y agradecido por haber ayudado tanto a su pobre hermana enferma.

Entonces... ¿Por qué? ¿Por qué la consejera Asahina había sido tan dura? ¿Por qué había preferido amenazar con pasar la carne de su cuello por el filo de la espada? ¿Por qué había movido cada hilo para que el juicio saliera de la forma catastrófica en que había salido?

Mizuki no era amada por el pueblo, solo tenía el favor de unos cuantos nobles y poco más que eso. Los colores morados, amarillos y dorados de su uniforme perteneciente a la guardia personal de la Princesa demostraban cuanto había avanzado para llegar a ser algo más allá de una simple escudera, pero al parecer nadie más pensaba bien de Mizuki.

Ella era ella. ¿Qué había de malo en eso?

La rabia subió a su garganta, quemando todo con su propia bilis mientras se quitaba el guantelete y lo azotaba con toda su fuerza contra el piso, dejando ver sus dedos callosos por el constante manejo de la espada y el estoque.

La dedicación de su vida, las tardes de su maestro de espada maltratándola hasta el hartazgo. Las noches en que un baño se sentía como la mayor maravilla del mundo; cuando su placer más grande era desarmar a sus compañeros, demostrar que nunca sería menos que nadie.

No supo que pensamiento la deprimía más, si el hecho de que nadie había intervenido por su causa más allá de su familia o que había bastado el capricho de una mujer noble para destruir todo lo que había construido con años y años de esfuerzo.

El caballero más joven de la guardia real. 

El estoque más mortal del reino.

La segunda persona más hábil con la espada luego del príncipe. 

El caballero que no estaba ahí por nepotismo, a quien habían ofrecido ser primera espada pero había declinado por amabilidad a sus compañeros.

Todo reducido a nada en cuestión de días.

Su bonita armadura pulida y su majestuosa figura que había trabajado con tanto esfuerzo, el tono agudo y burbujeante de su voz, los movimientos elegantes y letales... Todo tirado a la basura, incendiado frente suyo.

No podía ir peor incluso si lo pidiera. 

No tenía hogar, un caballero de la guardia no puede tener tierras o familia, así que todo el oro que alguna vez había poseído ahora se asentaba en las arcas de sus padres. 

Su hermana se casaría algún día, y el bicho afortunado que se casara con ella podría heredar parte de aquella generosa fortuna.

La armadura se sentía pesada en su cuerpo, y apenas podía respirar, pero no tenía opción.

El único camino era hacia adelante. 

Con el estoque y su espada en el cinturón, los pocos cobres y platas que tenía en caso de querer un poco de vino y la pesadez en el cuerpo, Mizuki se levantó, caminando en busca del sendero más cercano.

Si ellos la despreciaban, estaba bien.

Si Asahina había convertido el juicio en una persecusión sin sentido, bien.

Si trataban de despreciarla, de deshacerse de ella... Estaba bien.

Porque Mizuki seguía siendo ella. Su cabello se mecía suavemente, y su figura se erguía en un gesto orgulloso como el estandarte de la casa a la que una vez había pertenecido, los colores manchados podrían limpiarse después, volvería a tener sus ropas pulcras y hermosas, y su armadura se puliría una vez más.

Así que con las lágrimas en los ojos y la barbilla en alto, emprendió su camino.

Atrás de ella, su yelmo, el reino amurallado y el estandarte con el pegaso amarillo en un cielo estrellado morado vieron su espalda.

Esa fue la última vez que Mizuki vió el lugar al que llamó su primer hogar.

------

Mizuki jamás dejó de ser Mizuki.

Su melena rosa creció, se mantuvo atada en el moño viejo que su hermana le regaló y que siempre había llevado consigo, un moño que tuvo su primera utilidad real para quitarle el largo cabello rosa de la cara.

Sus ropas, una vez de los colores de la guardia de la Princesa, se volvieron de un color rosa oscuro. Su armadura se mantuvo pulida, llena de ornamentos y joyas. 

Su determinación se mantuvo fuerte, incluso cuando los susurros en las tabernas eran tan descarados. Incluso cuando la retaban sin un buen motivo aparente o si los rumores se esparcían como el fuego en un pastizal seco.

Incluso con las manos manchadas de sangre para conseguir su subsistencia, Mizuki nunca dejó de ser ella misma.

Pero estaba sola.

Sola junto al caballo que había arrebatado de su jinete muerto, sola junto al oro que tintineaba en sus bolsillos.

Sola como el viento que le refrescaba el sudor de la frente en verano y le entumía los dedos en invierno.

Sin embargo, estando sola por fin pudo sentir que encontraba la paz.

No tuvo que sentir nunca más las puntas de su cabello picarle el cuello, demasiado corto como para ser de su agrado pero demasiado largo para ser cómodo. 

No tuvo que escuchar los murmullos de los caballeros con los que entrenaba, el veneno con el que murmuraban palabras de odio y desdén, comentarios a los que no podría responder sin miedo a un castigo.

Estando sola, no tuvo que volver a sentir que debía esconderse, ser lo menos notoria posible a pesar de que amaba ser la persona mejor arreglada en la habitación.

Podía galopar libremente en lomos de su caballo, fluyendo de pueblo en pueblo, nunca quedándose lo suficiente como para que alguien recordara su rostro.

Estaba bien con eso. 

Se lo repitió una y otra vez. Sería solo un caballero errante, un recuerdo lejano, como un sueño que no recuerdas del todo, como un recuerdo de la infancia roto en trozos borrosos y apenas coherentes.

Sus manos quedarían manchadas de la sangre de aquellos cuyas vidas intercambió por otro día más de vida, la gente que desapareció y quedó al igual que ella como un recuerdo borroso y distante.

Se dijo que estaba bien, que nunca serviría a otra corona. Que jamás protegería nuevamente a más realeza, que jamás se aferraría a nada que no fuera ella misma.

Se lo dijo hasta que empezó a creerlo. Se lo dijo mientras abrazaba una almohada en la posada en la que pasara la noche, imaginando que era la hermana a la que extrañaba demasiado.

Se lo dijo mientras desayunaba con el vino dulce que su madre bebía en las cenas donde no aguantaba a los invitados que la despreciaban, solo para tener una excusa para que pudieran irse.

Se lo dijo mientras comía el jabalí que había cazado, limpiando la grasa con el pan y luego tostándolo, como su padre le había enseñado cuando la había llevado de cacería alguna vez en su tierna infancia.

Se lo dijo mientras derribaba al enemigo con su estoque y tomaba su vida, recordando al torpe príncipe a quien había ayudado a aprender a pelear con estoque a cambio de que la ayudara con su práctica de espada.

Se lo repitió cuando hablaba de batallas en las que había estado a la hija del dueño de la posada en donde había pasado un tiempo, pensando en una Princesa confinada en su cama, oyendo cada palabra como si fuera lo más valioso del mundo.

Se lo repitió muchas veces más, cuando habló con un alquimista perseguido a quien le tomó cariño, a quien envió al reino al que alguna vez sirvió, en búsqueda de un príncipe que lo tomara bajo su protección.

Si la soledad se asentó tanto en su cuerpo que dejó de sentirla o simplemente aceptó su destino, jamás le dió algún atisbo de reconocimiento. 

Su vida pasaba, vagando por todos lugares, dejando huellas ardientes en el corazón de las personas que se esfumarían algún día.

Bailando alrededor de la idea de quedarse, de volver a tener el hogar que alguna vez pudo llamar suyo.

Esfumándose en cualquier momento en que todo parecía ir bien, en el momento en que sentía que se estaba relajando demasiado.

Desapareciendo.

¿Cuánto tiempo podría pasar así? Se preguntó una y otra vez.

Su vida era suya por primera vez, y estaba tan perdida. Anhelando proteger a quienes necesitaban protección, asustada de que alguien reconociera el rostro del caballero que alguna vez fue enjuiciado en el reino de los Tenma. 

Que alguien la viera de una forma en que no volvería a ser jamás.

¿Protegería a alguien una vez más? ¿Podría encontrar un lugar al cual pertenecer? ¿Alguien la aceptaría siendo ella? 

Sus preguntas fueron respondidas. El tiempo murmuró la respuesta suavemente en su oído.

Sin embargo, nadie dijo que la respuesta debía gustarle.

...

Mizuki sabía las horribles verdades del mundo. 

Los lores y señoras de las casas nunca pueden convivir en paz. Son criaturas soberbias que sacrificarán todo por un poco más de poder.

Incluso si eso significaba pasar a todos por la espada, incluso si eso significaba matar, traicionar o rebelarse.

Las noticias viajaban de un lugar a otro. Del norte al sur, del este al oeste, a través del mar y entre las puntas más alejadas del continente.

Pero viajaban lento.

Su viaje fue pacífico durante algunos años, vió cada paisaje que se le permitió, bebió desde el peor hasta el mejor vino, comió pan recién horneado y pan mohoso, comió los guisados más deliciosos hasta los platillos más extravagantes y desagradables.

Sin embargo, eso no significaba que siempre hubiera paz. La guerra podía avanzar lento, pero avanzaba, y una vez que la alcanzó, odió cada parte ello.

Una declaración de guerra de un reino aleatorio y el agua de los ríos era imbebible, el peligro acechaba por cada esquina. Mercenarios, caballeros y gente ordinaria muriendo como si fueran hormigas.

Las guerras eran asesinas, pero los más afortunados siempre morían primero.

Aquellos que no, tenían que sobrevivir, que luchar con cada gramo de fuerza y poder en su cuerpo para tener un mínimo de esperanzas para sobrevivir, y harían cualquier cosa por ello. Un animal acorralado siempre es más osado que uno libre.

Mizuki cruzó espadas demasiadas veces. Vió a muchos con los ojos vidriosos mientras que caían sin vida al suelo, saqueó cadáveres, vendió caballos por precios de risa y manchó sus manos con más sangre de la que hubiera querido.

Cada persona era alguien que podía matarte, pero también alguien que podría tener provisiones y compartirlas.

Mizuki nunca mató a nadie que no la hubiera atacado primero, pero eso no hizo nada por su mente torturada. 

Al inicio de todo, simplemente intentó evitar la muerte tanto como pudo. Por mucho que las guerras fueran sangrientas, cada persona que moría por su espada era alguien con familia, con nombre, alguien que peleaba por una causa aún si no parecía ser la más noble.

Pero era demasiada gente que estaba dispuesta a poner su cabeza en una pica solo por no ceñirse a un blasón, y su espada perdió filo atravesando músculos, huesos y vísceras. 

Poco a poco, los cadáveres dejaron de tener nombre, poco a poco fue más difícil encontrar incluso pasto para su caballo, y eventualmente, las provisiones eran casi imposibles de tener.

Sin como avanzar, con provisiones escaseando y el agua limitada, Mizuki empezó a retroceder con la esperanza de ver alguna cara conocida, alguien que se apiadara de su situación; solo para toparse aldeas enteras reducidas a carbón y ceniza.

Viejas tabernas donde había comido y bebido junto a los cantos borrachos de aquellos que amaban el alcohol o que necesitaban un descanso del trabajo.

Posadas donde se había quedado, donde había contado sus hazañas en combate, sus historias chuscas mientras los dueños de la posada se reían a carcajadas por sus ocurrencias.

Lugares donde algún bicho raro simplemente le lanzaría un comentario obsceno para recibir a cambio un puñetazo en la nariz que haría estallar en carcajadas a todos hasta que la cerveza se derramara por el piso.

Cada lugar lleno de buenos recuerdos se vió reducido a nada. Esqueletos vacíos de lugares que nadie había podido proteger.

Galopar tanto como pudo solo la llevó a ver más cenizas, carbón y muerte. El río contaminado de sangre solo se limpió lo suficiente para beber de él cuando Mizuki enterró a los muertos que pudo.

Pero todo aquello que conoció simplemente había desaparecido. 

Aquello a lo que no se había permitido aferrarse, aquello de lo que había anhelado cuidar, de la gente cálida que alguna vez la recibió.

Cada aldea estaba llena de cadáveres, de ruinas.

De caras conocidas que había tenido que enterrar.

Pronto, las aldeas carbonizadas fueron su segundo mayor problema, porque el otro problema era que iba a morir de inanición.

Había escasez de animales en el bosque, sus provisiones eran más y más escasas conforme los días pasaban, y no pudo evitar preguntarse... 

¿Qué sentido tenía ya?

Seguir, caminar hasta toparse con todo reducido a cenizas.

Todo reducido al gris, al negro, al vacío, a la ausencia de lo que alguna vez estuvo ahí.

Apenas y podía dar un paso sin resquebrajarse, ¿Qué sentido tenía seguir? 

Hacía años que no peleaba por un Rey, no servía ni debía devoción a nadie.

La armadura daba la sensación de comprimirse más y más según se movía, como si pesara tanto que se colapsaba bajo su propio peso. Su cuello rígido apenas y podía sostener su cabeza sobre sus hombros, ojos desenfocados, viendo doble y borroso, haciéndola chocar contra los árboles, sus movimientos torpes, hechos por inercia, apenas y coordinados.

El tiempo se desdibujó una y otra vez, no supo si había recogido leña durante días o si habían sido horas, no sabía si la comida tardaba minutos o segundos en desaparecer de sus manos.

Tardaba días y noches enteras llegando a más ruinas, el terreno desdibujándose en terribles patrones negruzcos, en el gris de la ceniza que se extendía por un mundo moribundo.

Mizuki sintió que iba a morir. 

Por primera vez en años, luego de tantas vidas manchando sus manos, Mizuki sintió a la muerte respirando en su oído de la forma menos agradable.

No era el desordenado zumbido en que la muerte bailaba contigo, riendo a carcajadas mientras la batalla se llevaba a cabo sino el lento arrullo de la locura; la manera en que todo se deshacía en formas abstractas, un adormecimiento que se convertía en entumecimiento.

El crepitar del fuego y su estómago vacío no hicieron diferencia a cuando se congelaba y tenía el estómago lleno.

Hambre, frío, calor, saciedad, sed... Cualquier sensación dejó de ser sentida por su cuerpo entumecido por el cansancio y el duelo.

Nunca había demostrado devoción a cualquier dios, pero ahora mismo, rezaba porque aquellos que habían tocado su corazón lacerado estuvieran a salvo, lejos de las ruinas, de la muerte...

Nada le daría consuelo, ni siquiera su propia imagen.

Su linda ropa estaba llena de suciedad, sudor, hollín y sangre; su armadura carecía de cualquier brillo y su cabello hedía a sudor y grasa.

Su espada y su estoque solo eran peso muerto en su cintura, mientras que sus ojos brillantes y rosas carecían de cualquier vitalidad.

Estaba lista para morir ahí. Con el cinturón cargado de oro que no valía nada en esa situación. El oro no traía de regreso a los muertos, el oro no cambiaba el pasado ni lo hacía menos doloroso.

Una risa sin gracia escapó de su boca, sintiendo el sabor del sueño, la muerte y la ceniza, cerrando los ojos para dormir, esperando su fin.

—¡Maldito bastardo! ¡Pedazo pútrido de mierda!— un grito atravesó el aire, y el estupor moribundo en que se acurrucaba se rompió.

De repente, estaba de pie, alerta, con la espada en la mano.

Un golpe resonó, y Mizuki volteó en su dirección.

Jugar al sigilo no era algo que pudiera hacer. Estaba al borde de un encuentro, y dudaba que cualquiera que estuviera rondando cerca quisiera dejarla ir si la veía. Tomó una de las ramas que alimentaba el fuego, usándola cómo antorcha, empuñando su espada con toda la seguridad que sus brazos temblorosos podían ofrecer. 

Resultó que el sigilo tampoco era necesario, porque ninguno se inmutó de su presencia mientras la discusión acalorada sucedía.

—¡Las putas de taberna tienen más modales que tú!— vociferó, su rostro contorsionado en enojo.

—¡Tu madre fue la puta de taberna que me enseñó a maldecir así! ¡Pequeño cabrón!— siseó, el hombre levantó la mano para golpearla, sin embargo, la joven simplemente esquivó el golpe con una sonrisa torcida. 

Solo entonces Mizuki notó las ataduras en sus muñecas.

—¡No metas a mi madre en esto! ¡Ella era una santa— ladró con enojo, su voz aguda parecía el pitido de una tetera.

La joven no lo dignificó con una respuesta, simplemente le dió el escupitajo más ruidoso y viscoso posible en la cara.

El hombre dejó caer su mandíbula, la indignación escrita en sus facciones estupefactas, su rostro retorcido le recordó a Mizuki el rostro de un pez muerto y frito.

El sonido de la espada siendo desenvainada llenó el aire, y el hombre vociferó una vez más.

—¡Las perras groseras de sangre azul como tú no merecen mi tiempo! ¡Ni todo el oro del mundo vale aguantarte siquiera otro segundo!— 

Antes de que pudiera volver a hacer algo, Mizuki atacó.

Ambos notaron su presencia demasiado tarde, el acero desfilado emitió un chasquido desagradable cuando atravesó la columna vertebral del hombre, con la hoja ensangrentada saliendo por su cuello. 

El hombre se ahogó en su sangre unos minutos de forma desagradable antes de quedarse quieto. Sus ojos vidriosos no fueron suficiente para convencerla de que no se levantaría de nuevo, así que terminó el trabajo y separó la cabeza del cuerpo.

Mizuki no era religiosa, pero tampoco era tan cruel, así que simplemente limpió la hoja de su espada y recitó unas pocas palabras de disculpa.

La joven solo la vió con ojos saltones. Su rostro salpicado ligeramente con la sangre del hombre, su mandíbula abierta.

—Los bosques nunca son seguros, pero son peores cuando la guerra estalla. No vuelvas a hacer algo tan temerario como escupirle en la cara a tu captor— su voz plana no dió espacio a réplica. Envainó su espada y usó su cuchillo de caza para cortar las ataduras.

Ninguna palabra fue dicha, Mizuki regresó por dónde había venido, con la adrenalina desvaneciéndose.

Solo quería quitarse la armadura y dormir, pero no podía. Si alguien la atacaba en la noche, no tener armadura podría hacer que la mataran...

Por otro lado, tampoco es que vivir fuera su principal objetivo ahora.

Era tentador, dejar a la suerte si vivía o moría esa noche.

Una noche de descanso, con su cuerpo sin las piezas de metal incómodo. Solo su ropa tibia y la probabilidad de no despertar al día siguiente.

—Así que, ¿Tienes un nombre?— Mizuki casi brincó, viendo de reojo a la joven sentada a un lado del fuego.

—Nadie que valga la pena recordar— levantó la cabeza para responderle, tal vez de la forma menos adecuada y un tono demasiado hostil, solo para encontrarse con la nada.

¿No estaba ahí...?

Sacudió la cabeza, tratando de aclararse un poco.

Bien, tal vez ahora solo estaba teniendo visiones.

Patético.

Tal vez ya era hora. Hora de dejar todo a la suerte. 

Quitó su armadura, pieza por pieza, dejando que los músculos adoloridos se relajaran. El peso del metal pronto dejó su cuerpo, sintiéndose ligera por primera vez en... ¿Semanas? ¿Meses? ¿Años?

Había dejado de contar en algún punto.

Se recostó junto al fuego, cerrando los ojos, deseando que los dedos helados del sueño eterno se la llevaran por la noche.

El caballero cayó en el sueño más reconfortante y profundo que había tenido en meses.

Del otro lado, en la parte más espesa del bosque, un gracias fue murmurado con una voz delicada, el crepitar de la magia se mezcló con el murmullo de los árboles y una sola moneda de hierro intrusa tintineó entre las pertenencias del caballero dormido.

-----

Mizuki no tuvo suerte de morir esa noche ni el resto de noches en que acampó en el mismo estado, sin su armadura.

Avanzar sin su armadura tampoco demostró ser el peligro que anticipaba. 

Era como si fuera invisible en cuanto necesitaba esconderse y como si su fortuna fuera salvar a personas aleatorias por su camino.

Tres días y había salvado más vidas de las que recordaba haber salvado antes.

Los rostros desconocidos y sonrientes llenaron de una ligera esperanza su corazón. Protegerlos hasta que encontraran lugar seguro fue algo que llenó el vacío en su pecho.

Sin embargo, su viaje extraño estaba a punto de comenzar, y cuando menos lo esperaba, en la tarde de su quinto día, alguien gritó de forma iracunda en una dirección muy específica.

Su cuerpo reaccionó antes de que su mente procesara que tenía que correr en dirección contraria al grito.

Mizuki galopó hasta donde el grito había sido escuchado. Sin embargo, por más que seguía el sonido, no lograba alcanzarlo.

No habría hecho nada si la voz fuera de cualquiera, algún grito aleatorio de alguien que probablemente sería un peligro, pero sonaba demasiado conocido. La urgencia de llegar a verificar la procedencia llenó de pánico su cuerpo.

Y entonces paró.

El grito no se escuchaba por ningún lugar.

Su paisaje había cambiado, y eso fue desconcertante en si mismo. El bosque seguía siendo bosque, claro, pero un elemento extraño chocaba con el lugar.

Un muro, un muro enorme que no había visto antes, de algún material oscuro, irregular y brillante.

Mizuki bajó de su caballo solo para acercarse a revisar la pared enorme e imponente.

Parecía algún tipo de cristal, ¿Azabache tal vez? ¿Tal vez sería obsidiana?

Los muros irregulares parecían haber sido derretidos y enfriados.

Mizuki siguió la muralla, tirando de las riendas del caballo, hasta que llegó a la puerta principal.

¿Desde cuándo había habido una ciudad ahí?

No recordaba haber encontrado una ciudad cerca, pero por otro lado, Mizuki no habría podido decir en dónde estaba luego de que la mayoría de puntos de referencia habían sido quemados hasta los cimientos.

Sin pensarlo dos veces, entró. Una ciudad significaba comida, refugio. 

Y por lo que podía ver, era una ciudad que no había sido tocada por la guerra.

Las calles estaban adoquinadas y el terreno era anormalmente plano. 

Todo parecía relativamente pacífico...

A excepción de la horda de susurros que caían a su paso.

Bien, probablemente debía haberlo esperado. Tal vez estaba cerca de territorio de los Tenma. Era extraño cuando alguien la reconocía fuera de esos territorios.

Buscó el blasón del pegaso en el cielo estrellado, esperando ver sus colores ondeando en algún lugar, solo para encontrarse con nada más que edificaciones.

Todo era paz, gente con las capuchas puestas, todos en sus propios asuntos luego de murmurar a sus espaldas.

Las calles carecían del olor acre que generalmente llenaba las ciudades, y no podía localizar gente sin hogar por las calles.

¿Tal vez estaba en la parte de los ricos de la ciudad?

Dicho de paso, era la ciudad más extraña que había conocido.

Las calles adoquinadas eran de piedra oscura y lisa, mientras que las construcciones que se alzaban eran de hierro, piedra y detalles en maderas desiguales.

Las ventanas parecían limpias, casi cristalinas, todo irradiando una sensación de seguridad. Como si fuera un lugar al que la guerra jamás llegaría.

Sin embargo, no había un blasón a la vista, o escudos, o siquiera algún guardia, lo cual la hizo dudar.

Ese lugar parecía demasiado incorrecto de muchos modos.

¿Solo gente encapuchada y calles limpias? ¿Sin guardias o el caos que era vivir en cada ciudad?

Le parecía increíble.

Caminó por las calles, perdiéndose en lo que parecía un laberinto, con el ruido de los cascos de su caballo como ruido de fondo.

Los murmullos siguieron a su paso, trató de enfocar algunos, pero eran ininteligibles. Solo palabras extrañas.

¿Había cabalgado tanto que había llegado a un reino que no hablaba la lengua común?

Hablando de mala suerte.

Estuvo a punto de dar la vuelta y buscar una posada en lugar de deambular. Su caballo parecía algo irritado en el lugar, y no había sobrevivido tanto tiempo a tantas espadas para morir por una coz por haber irritado a su único compañero de viaje. 

Sin embargo, escuchó el mismo grito furioso de nuevo.

Sus ojos se abrieron, volteado a cada lugar para tratar de seguir la fuente del grito.

Los gritos parecían improperios entre más los escuchaba, una voz iracunda y aguda, sin embargo, pasó lo mismo que con los susurros. Eran ininteligibles.

¿De verdad había llegado a un lugar donde no se hablaba común? 

Eso iba a ser un dolor con lo cual lidiar más tarde.

Subió a su caballo y tronó las riendas, haciendo que el animal trotara.

El caballo galopó a su orden por las calles, siendo guiado por el interminable laberinto de calles que parecían ascender.

El golpe de sus cascos contra los adoquines fue incómodo, como lo sería el de cualquier caballo al que no le hubieran cambiado las herraduras en un tiempo.

Guió al caballo hasta que los gritos volvieron a desaparecer de la nada. 

Cuando eso pasó, suspiró de frustración, sintiendo la necesidad de un buen pellejo de vino o cualquier cosa que pudiera bajar su mal humor.

Trató de ubicarse con la mirada, solo para toparse con el paisaje cambiado.

Claro, aún había un sendero adoquinado, pero fuera de eso, cualquier rastro de las construcciones de madera, hierro y piedra se había esfumado. En su lugar, se extendían enormes campos, sembrados con tanto trigo que Mizuki pensó por un segundo que los campos podían extenderse hasta el fin del mundo.

No había nadie atendiendo los campos, ni ningún animal que pudiera estar entre ellos.

Solo el dorado del trigo extendiéndose, acompañándola mientras seguía el camino de adoquines a lomos de su caballo.

Los campos pasaron más rápido de lo que cReyó de ser de trigo a ser cebada, y de ser cebada a ser enormes bosques frutales que dejaban una fragancia dulce en el aire que golpeaba su rostro.

Se sintió como alguien profanando una escena tan limpia. 

Escuchó el sonido del agua, pero no pudo decir de qué dirección venía, y entre más avanzaba por el sendero, más confundida se sentía.

¿Estaba soñando? ¿Se había caído del caballo y ahora estaba tirada en el piso mientras tenía el mejor sueño de su vida?

Justo cuando estaba por aceptar la conclusión, los gritos de ira volvieron a escucharse por todo el lugar, y Mizuki hizo trotar a su caballo de nuevo, siguiendo el camino, escuchando la voz hacerse más y más fuerte.

La urgencia se disparó dentro de ella, irritada y emocionada por saber de dónde venía el sonido tan familiar.

El paisaje se desdibujó a su alrededor, su espalda sintió el dolor de haber galopado tanto tiempo. El aire perdió el olor sacarino mientras que el verde se oscureció más y más.

Sintió que estaba cerca, que la fuente de los gritos estaba a un palmo, tan cerca que podía alcanzarla con las manos.

Sin embargo, el sonido se detuvo de nuevo, su frustración creció al ver que el paisaje había cambiado una vez más, transformándose en una profunda reverencia una vez que pudo ver con atención el lugar.

El enorme castillo que se elevaba, con demasiadas torres y un color negro uniforme parecía algo sacado de los cuentos de hadas que le contaba a la Princesa años atrás.

Un enorme jardín se extendía, lleno de hierba verde salpicada de flores pequeñas, mientras que los árboles estaban esparcidos de maneras rústicas pero estratégica, para que gran parte estuviera cubierto por la sombra en los momentos más cálidos del día.

Si hubiera sabido mejor, pensaría que era un bosque en lugar de un jardín.

Su caballo caminó, y Mizuki solo pudo agradecer la sombra junto al sentimiento de frescor que los árboles proporcionaban.

Pronto llegó al castillo, y por primera vez en años se sintió intimidada.

El único castillo que se comparaba era el de los Tenma, e incluso podía saber solo con verlo que el castillo de piedra negra frente suyo era claramente más grande y majestuoso, más resistente.

Pero el castillo parecía vacío.

Ningún guardia en la entrada, ni en los patios. Ninguna servidumbre, ningún rastro de vida más allá de su propio caballo y ella misma.

Y claro, la columna anormalmente enorme de fuego que emergió de la nada.

Ni siquiera lo pensó antes de dirigirse en la dirección en la que pensaba que el fuego estaba emergiendo, lamiendo las torres cercanas.

¿Había un dragón en el castillo? ¿Por eso todo parecía tan solitario?

Sus pasos resonaron por el lugar, y el martilleo en su pecho resonaba por todo su cuerpo.

Desenvainó la espada, llegando al lugar mientras la columna de fuego se disipaba, dejando solo el calor residual en el lugar.

Y a una joven de melena castaña que estaba parada enmedio de un trozo de tierra quemado y ennegrecido.

Mizuki la vio fijamente, su cerebro tratando de recordar o encontrar un sentido a porque su rostro era tan familiar.

El cabello castaño enmarcando su rostro, los ojos cafés brillando por alguna razón desconocida, su piel clara pero no pálida... 

—¿Y tú de dónde carajo saliste? ¡Vete!— bramó la pequeña figura, frunciendo el ceño en dirección a la pelirrosa, quien abrió la boca para contestar.

Trató de decir una frase coherente, sin embargo, la situación ya extraña solo se estaba volviendo más y más extraña conforme los segundos pasaban.

La figura más baja pareció irritarse, una bocanada ociosa de humo salió de entre sus labios.

Quiso dar una respuesta seria, cargada de toda la confusión que necesitaba resolver.

Su cerebro no estuvo de acuerdo.

—¿Eh?— pronunció estupefacta.

Sin embargo, en lugar de recibir más gritos, la joven pareció darse cuenta de lo que había dicho, abriendo los ojos con sorpresa.

Se vieron durante largos segundos incómodos.

—Tú...— murmuró, con los ojos abiertos de una forma que habría sido cómica si no estuviera en una situación tan confusa, la familiaridad llegó una vez más, pero, ¿De donde?

Mizuki envainó su espada, acercándose con paso cauteloso.

—Disculpe— murmuró bajo, su curiosidad encendida —¿Nos conocemos?—

La castaña negó.

—Debo estarla confundiendo, su voz y su rostro me parecen familiares, ¿Ha estado en el reino de los Tenma alguna vez?— preguntó, recibiendo otra negación suave.

—Lastimosamente, no creo que debas recordarme, ¿O tal vez de verdad me recuerdas?— preguntó, una voz suave pero firme.

La pelirrosa se sintió inquietantemente vulnerable ante el tono.

La mirada de ira había desaparecido, en su lugar había un ceño ligeramente fruncido, con una mirada distante y fría.

—Me temo que recordaría un rostro tan bonito— intentó romper la tensión, su sonrisa ladina tan usual y útil se deslizó en su rostro, y la joven frente suyo solo le ofreció una ceja enarcada.

—Pues entonces su memoria es realmente mala, caballero— ofreció en respuesta.

—La otra opción es que en realidad no haya visto tu rostro— ofreció, antes de que la malicia iluminara sus ojos —o que tal vez tu rostro no sea tan bonito—

—Es la manera más osada en que he visto a alguien tratar a una Princesa— bufó, sin molestia tras su tono, sino una sutil burla ante la manera en que sus ojos se abrieron de forma tan desmesurada y atónita —entrar a mis dominios y luego insinuar que soy fea... Tal vez debería hacer que te colgaran en las murallas— 

—Eh... Espero que una Princesa benevolente como usted no ceda ante una tentación tan baja como la de ver mi cabeza en una pica— murmuró arrodillándose, ganando una risita.

—Suena tentador— fue su respuesta, alejándose de Mizuki, quien camina atrás suyo.

Lo recuerda tiempo después, recuerda que le salvó la vida, que la Princesa temperamental a su lado en realidad tenía una deuda con el caballero.

Pero cuando eso pasa, ya no importa. Porque Mizuki no necesita más excusas para estar a su lado.

....

Resulta que, a pesar de los bordes filosos, la Princesa es agradable. 

Temperamental, claro, pero bastante gentil.

Es la clase de gobernante que le recuerda dolorosamente a cierto príncipe ruidoso, un gran líder que pelearía contra un ejército por su propia cuenta si eso significara proteger a aquellos bajo su manto.

La Princesa, se da cuenta, solo sonríe y ríe de vez en cuando, y Mizuki se pregunta si alguna vez aquello fue diferente.

La Princesa no tiene un estandarte, no lo necesita porque no tiene a nadie a su servicio. Su corte es pequeña pero confiable, con un aquelarre de cuatro brujas que fungen como sus consejeras.

La Princesa, de nombre Ena, es la primera que ha portado ese nombre en su familia, cuyo apellido nunca sale de sus labios, como si quisiera olvidarlo. No hay rastros de un Rey, una Reina o alguien más a su lado, y solo puede preguntarse en silencio el porque sigue siendo Princesa.

Lo más inusual, sin embargo, no es todo lo anterior. 

Lo inusual en realidad es que la Princesa no es humana. 

No es habitual que pase, pero ha visto los destellos de su verdadera naturaleza mientras ha permanecido en el castillo por invitación real.

Las bocanadas de humo y fuego cuando se molesta, o la manera en que sus iris parecen volverse rendijas verticales y delgadas.

En que su cabello cambia, volviéndose de un naranja rojizo en las zonas más cercanas a las puntas.

Pero independientemente de eso, puede decir que es buena regente.

Se ocupa diligentemente de los asuntos del pueblo, escuchando por días y días las peticiones de figuras encapuchadas que van a la sala del trono a decirle de los problemas que llegan a la ciudad.

Pequeños desabastos y riñas, nada demasiado tardado o que tomara más de diez minutos de paciencia y templanza.

La Princesa supervisa y revisa los conteos, la cantidad de comida que hay disponible para el pueblo para cuando las estaciones cambien, la cantidad de recursos y su distribución para que nadie en su reino sufra hambre.

La vida en su reinado es pacifica, como debería serlo siempre. Sin intenciones de guerra o expansión, sin necesidad alguna de problemas estúpidos como aquellos que veía en su trabajo como caballero hacía mucho tiempo.

No hay un descontento, nadie la alaba, pero tampoco hay signo alguno de una rebelión o de cualquier señal de odio; sus súbditos la respetan.

El peso en sus hombros es llevado con diligencia, con elegancia y gracia. El temperamento afilado y explosivo se queda a puerta cerrada, en sus jardines o en su habitación.

Parece que la Princesa es la mezcla perfecta de la ferocidad de una bestia con la templanza de una regente.

Y por ello el caballero se extraña ante los comportamientos que parece que nadie más nota.

Las miradas tristes al horizonte que tiene a veces, cuando ha terminado con sus deberes del día.

Los ojos llorosos cuando parece perdida en sus pensamientos mientras observa las pinturas del salón.

La manera en que en algunos días su ira hierve en silencio, en que no dice una sola palabra mientras viste ropas más oscuras que las habituales.

Como a veces el pergamino se reduce a cenizas en sus manos, antes de que ordene a toda persona que se vaya, antes de que todo se queme a su alrededor y sus gritos resuenen por todo el castillo.

La Princesa sufre por algo, pero Mizuki se repite que no es de su incumbencia.

Es una invitada en el castillo y partirá en cuanto se recupere totalmente. Cuando la fuerza vuelva a sus músculos y su caballo vuelva a estar en forma para llevarla por todo el continente de nuevo.

No hay más.

No importa si la Princesa le recuerda a cierto príncipe enérgico, ni que no tenga lugar al que volver, ni tampoco que su estancia en el castillo sea agradable. No se permitirá volver a servir a un regente y ese es su punto final.

No cederá a acercarse demasiado, a ser otro peón en los juegos de regentes estúpidos y enojados.

Sabe que Ena no es así, pero los Tenma tampoco eran malos regentes y aún así, la señora Asahina había vuelto su reinado en un espejo de la perfección que ella anhelaba mientras ellos solo veían estupefactos.

Los buenos regentes no duran mucho con la corona.

Así que Mizuki no puede quedarse, hará oídos sordos a las peticiones que la Princesa y su corte le hagan, esperando que se detengan algún día y comprendan que no puede ofrecer su espada a la corona.

No importa si el reino no tiene caballero formado alguno, si la Princesa no tiene protección o si la corte está vulnerable.

Tienen un ser mágico y cuatro brujas, no necesitan un caballero.

No necesitan nadie que les cuide las espaldas, nadie que las defienda si alguien decide que no quiere la paz.

La Princesa puede seguir simplemente siendo la regente majestuosa y templada que no soporta la frustración, pero que no mostrará debilidad ante nadie. Puede seguir siendo internamente una niña mimada que cederá ante el aquelarre cuando la bruja Momoi la chantajee con postres, puede seguir teniendo esa aura mística y misteriosa, esos rasgos mágicos que desaparecen y aparecen en parpadeos.

Puede seguir dedicándole pequeñas sonrisas corteses, puede seguir ofreciendo consejo cuando su mente parece atrapada en algún lugar pasado, preguntándose si podría haber hecho algo diferente.

Puede seguir prolongando esos toques fugaces inconscientes, seguirse avergonzando cuando los coqueteos inconscientes de Mizuki la ponen nerviosa, puede seguir llevando el corazón en la manga y a la vez manteniendo esas miradas distantes...

No. Mizuki no debía volver a servir a una corona. Tenía que irse después.

Mientras tanto, pasa el tiempo en el patio. Entrenando con la espada para intentar deshacerse de cualquier rezago en sus movimientos.

Para pulir la elegancia con la que siempre blande su estoque.

Para recordar como pelear propiamente con la espada, cerrar puntos ciegos que podían hacer que la maten.

Rinde frutos, no tantos como si tuviera un compañero de combate, pero hay progreso.

Mizuki golpea con fuerza su espada contra el poste de entrenamiento que la Princesa mandó a poner para ella, y la madera se corta aún con la espada desafilada.

La muesca le genera orgullo, se siente como cuando tenía 12 y había logrado desarmar a su instructor.

La misma sensación de orgullo en su mente.

Y con esa sensación, dió por terminada su sesión del día, caminando hasta la armería pobremente abastecida, donde todo vuelve a su lugar. 

El cansancio está recorriendo su cuerpo y su mente se niega a dejar pasar la idea de un baño caliente, así que pedirá si pueden llenar su tina.

El tarareo suave llena el lugar mientras recupera su espada y su estoque, yendo de regreso a la parte principal del castillo.

Tiene la intención de buscar a cualquiera de las personas que usualmente sirven a la Princesa para pedirle que llenes su tina con agua caliente.

Entonces vió a alguien desconocido en el castillo, caminando con pasos ligeros, como si se estuviera escabullendo.

Caminando hacia la sala del trono, donde la Princesa debía estar en esos momentos, discutiendo con la corte.

No era la usual figura encapuchada que veía por todo el reino, sino alguien con ropas extranjeras.

Su curiosidad ganó, persiguiendo a la figura, tratando de que la piedra bajo sus botas no hiciera ningún ruido. Una de sus manos encontró el camino hasta el mango de su estoque, preparándose con anticipación.

Cuando la figura entra a la sala del trono, Mizuki también.

La Princesa y su corte saltan con sorpresa cuando un chillido que solo puede ser descrito como infernal rompe la calma.

Mizuki siente la adrenalina familiar de la pelea.

Su estoque es veloz. El mejor estoque del continente.

Y aún así, su primer ataque falla cuando la figura se contorsiona de forma imposible, mientras que en sus manos una cuchilla negra brilla, apuntando a la Princesa que parece llena de pánico mientras la corte empieza a conjurar protecciones, cuando las cuatro brujas se interponen en el camino.

Mizuki no se da por vencida ante el peligro.

No le teme a la muerte.

Su estoque vuelve a atacar, la velocidad es la clave que le permite acertar el segundo ataque.

La figura chilla y se vuelve en su contra, el estoque cae de sus manos y la espada apenas afilada bloquea por poco el golpe que la manda varios pasos hacia atrás.

La adrenalina llega a su cerebro, el impulso de protección es lo que la hace atacar de nuevo. La espada es más lenta, y otro movimiento contorsionado evade la hoja.

La hoja se blande de nuevo, pero no toca al extraño ser.

En su lugar, Mizuki recibe otro golpe que la manda al suelo. 

La criatura está sobre ella, y ahora que la ve, solo puede sentir auténtico terror.

No tiene rostro. Es un ser sin rostro, rasgos o algo que no sea una piel gris y aceitosa. La forma del cráneo es vagamente humana.

Es aterrador, pero es lo único que alcanza a ver antes de que una patada mande a la criatura fuera de su cuerpo.

—¡Mizuki!— el grito de la Princesa redirige la atención del demonio.

Mierda.

Mizuki se incorpora tan rápido que su visión se oscurece mientras corre con espada en mano a la figura que se dirige a la Princesa y su corte.

Los movimientos parecen tan sincronizados que la aterra cuando la pelea acaba.

Un grito rasga el aire, un chillido le sigue y tres gritos distintos corean con terror mientras la figura demoniaca cae al piso.

La bruja Momoi también lo hace. La cuchilla oscura atravesando su abdomen.

Entonces, por primera vez, la Princesa estalla con lágrimas en sus ojos. Está furiosa, está destrozada.

Y de pronto ya no es la Princesa.

Unos cuernos negros llaman la atención. Sus amables y lejanos ojos oscuros se iluminan con fuego. 

Las escamas cubren zonas de su cuerpo, a la vez que su humanidad se evapora cuando las alas negras se muestran junto con una cola y garras que destrozan los últimos trazos de duda sobre la humanidad de la Princesa.

Abre la boca, y cuando exhala, Mizuki se ve empujada hasta el otro lado de la sala del trono por la magia de una de las brujas.

El fuego azul solo dura un instante efímero, pero la sala del trono queda tan caliente que se obliga a salir de ahí.

Su espada está derretida en un charco rojo y la criatura está totalmente carbonizada.

La piedra del suelo se ha derretido también, y Mizuki no puede apartar la mirada de la Princesa. 

De su cabello oscuro con trazas de naranja, de sus rasgos dracónicos llenos de odio y preocupación por la bruja que se desangra en el piso.

Adentro de la sala del trono todo está caliente, tanto que puede ver su estoque aún rojo por el calor, la empuñadura de madera humeando.

Sin embargo, entra para levantar a la bruja Momoi.

Sigue las órdenes hiperventiladas de la bruja Kiritani mientras que Hinomori y Hanasato corren por todos lados buscando libros y viales.

Su ropa se mancha de sangre en el camino, y puede sentir que la Princesa entra apurada a la habitación en dónde le dijeron que dejara a la bruja.

—Maldita sea, Airi, ¡Yo puedo defenderme! ¿¡Por qué harías algo tan estúpido como atravesarte en el camino de uno de sus soldados!?— Su voz es ronca y ahogada, la desesperación gotea mientras que la bruja apenas se mantiene consciente.

Kiritani aparta a la Princesa y a Mizuki de la cama, tiene viales en sus manos que vierte en la boca semi abierta de la joven.

Momoi cae inconsciente luego de tragar.

Hay algo morboso en la manera en que están ahí para ver si alguien vive o muere pronto luego de tantas semanas alejada de la guerra y la muerte diaria.

La manera en que parece dolorosamente falso, en que eso no debería estar pasando dentro de las murallas del reino.

Dentro del castillo.

Kiritani acerca su mano al arma clavada en el abdomen de la bruja herida, temblando de miedo.

Los ojos de la Princesa también están pegados al proceso, expectantes y preocupados, anhelando que esa cuchilla no sea la responsable de que haya un miembro menos en su corte.

Kiritani por fin parece tomar el valor y toma el mango de la cuchilla, solo para gritar de dolor, sorprendiendo a todos, alejándose como si hubiera tocado metal ardiendo.

Hay una comprensión entre el resto que no llega a Mizuki. 

Hanasato es la siguiente en intentar quitar la cuchilla, gritando aún más fuerte que Kiritani, cayendo inconsciente para el pánico de la corte de la Princesa.

Hinomori no lo intenta. Sabe el resultado.

—La cuchilla está encantada— dice en su lugar.

Todo se sume en silencio.

La Princesa da un paso al frente, pero las dos personas que pueden detenerla lo hacen. 

—Ena, no puedes tocar esa cuchilla— Kiritani advierte. La Princesa parece a punto de replicar, pero los balbuceos torpes de Hanasato llaman su atención.

—Sen- Yo- Yo-sentí como funciona— murmura mientras Kiritani la sostiene entre sus brazos. —R-e-refleja la magia, si l-l-aa tocamos n-os hará daño— 

Todo se queda en silencio.

La respuesta es obvia en su cerebro, y parece que en el de la Princesa también, porque sus ojos se dirigen a Mizuki.

El rojo del fuego se ha esfumado, dejando el marrón oscuro tan acostumbrado, una mirada suplicante y llorosa.

Sus rodillas se sienten débiles luego de la manera en que fue maltratada antes en la pelea, su cuerpo duele a cada paso y el olor de la sangre se está impregnando en sus fosas nasales.

Dos brujas no pudieron hacer nada. ¿Qué podría hacer un caballero sin lealtad alguna?

Sus acciones contradicen sus pensamientos, todas se alejan cuando da un paso al frente.

Una bocanada de aire se sostiene en sus pulmones y luego toma la empuñadura del cuchillo.

Duele.

Al parecer no es solo contra los seres mágicos, porque su cuerpo se siente en llamas.

Arde, quema, sus sentidos están siendo abrumados por tanto dolor que quiere soltar el cuchillo.

Mizuki siempre evitaba el dolor. No lo quería, no estaría en lugares que se volverían en su contra después.

No tendría lealtad, porque la lealtad era pagada con dolor.

Se dijo eso, pero aún así, la mirada suplicante de la Princesa fue suficiente para hacerlo a un lado y elevar sus brazos con los dedos aún agarrando el arma.

Entonces el cuchillo sale y el dolor se acaba.

El tintineo de la hoja contra el suelo es totalmente ignorado cuando las brujas se abalanzan para detener la sangre y tratar de salvar a Momoi.

Mizuki sale de la habitación, trastabillando.

Todo aún duele y arde. Menos que antes, pero es doloroso.

Está de pie solamente porque la adrenalina aún no se drena de su sistema. 

No necesita preguntarse porque hizo lo que hizo. 

La Princesa tiene más poder sobre ella de lo que admitirá en voz alta.

Una súplica había bastado para doblegar a Mizuki. 

No sabía que sentir al respecto. 

—¿Estás bien?— la voz preocupada llegó a sus oídos, regresándola a la realidad.

El silencio se prolonga por segundos antes de que el caballero por fin pueda dignarse a responder.

—No lo sé— respondió. Su mirada se quedó fija en el suelo, evitando a la Princesa.

No podía dejar que tuviera más control, no podía quedarse ahí y ver cómo volvía a aferrarse a una corona.

La Princesa no dijo nada en lo absoluto, sin embargo, su presencia permaneció a su lado.

El ardor en su cuerpo se calmó conforme los minutos pasaban, y su mente turbia tuvo un momento de paz antes de regresar a sus pensamientos.

Tenía que irse. Ya estaba mejor, podría valerse fuera del reino.

No necesitaba la comodidad del castillo o el consuelo de la compañía de la Princesa.

No necesitaba oír su propia voz dar comentarios que la harían reír solo por el bien de oír su risa.

No necesitaba preocuparse sobre si la Princesa había decidido comer ese día, sobre si había tenido un descanso de las audiencias, sobre si estaba bien luego de pasar horas lidiando con el papeleo.

Tal vez si siguiera diciéndolo, podría creerlo.

—Quiero agradecerte— su voz sonaba frágil, lejos de la templanza férrea que usualmente tenía. Su pecho se sintió apretado mientras se erguía, aún evitando mirar a la Princesa.

Su pie se movió con ansiedad, causando un ruido que resonó como un repiqueteo incómodo.

—No he hecho nada— la manera en que su propia voz suena falsa ante sus oídos la deja totalmente expuesta.

Sabe que es mentira, que en realidad si no hubiera sido por su espada, la Princesa habría sido la siguiente víctima de ese ser.

La Princesa simplemente no reconoce sus palabras por esa misma razón.

—Salvaste a una de las brujas de mi corte y mi vida— la fragilidad de sus palabras corta, y arde más que el momento en que  tomó el cuchillo encantado en sus manos —Si no quieres quedarte, no lo hagas— ofrece. Mizuki sabe como va a terminar.

Puede ver a un joven Tsukasa viendo a la guardia más joven recién asignada a su hermana.

Las palabras suaves y la sonrisa dolorosa, confiando su vida y la de la luz de su mundo en sus manos.

Mizuki es débil.

—Tengo que partir, mi Princesa— el desliz de su lengua no es mencionado, pero puede sentir como resuena por su pecho como un eco en una caverna vacía.

La Princesa hace caso omiso de sus palabras otra vez —sin embargo, si deseas quedarte, por favor, déjame nombrarte mi caballero—

No sabe que decir, así que no dice nada, caminando por los pasillos sin nadie que siga sus pasos.

Es solitario.

Vaga por varias zonas, sube y baja escaleras. El castillo es enorme, pero siempre termina volviendo a los pasillos donde estuvo antes, regresando sobre sus pasos.

Mizuki está cansada cuando regresa a la habitación donde Momoi está, luchando entre la vida y la muerte. La habitación ya no se escucha bulliciosa, y su curiosidad junto a su mente revoloteando en las palabras de la Princesa la obligan a entrar en la habitación.

Hinomori está sentada en una silla junto a Momoi, sosteniendo su mano y mirándola con una infinita tristeza que mancha sus ojos.

Cuando su mirada sube y atrapa a Mizuki, simplemente le dedica una sonrisa triste.

—Caballero Akiyama— saluda, el broche en forma de garra de dragón en su pecho brilla con la luz que entra por la ventana, y su belleza se ve opacada por la tristeza de la situación.

—Señorita Hinomori— una breve reverencia es suficiente para mostrar sus respetos —¿Cómo sigue la señorita Momoi?— la pregunta tiene tacto. El subyacente "¿Va a vivir?" queda flotando en el aire. 

Hinomori no parece notarlo.

—Airi está mal, pero se curará— un tenue apretón en su mano es dado y la sonrisa triste parece desvanecerse un poco —Ella es la más ruda del mundo— el cariño que hay en su mirada solo se intensifica, y Mizuki solo puede mirar con una extraña familiaridad la escena.

Más recuerdos llegan, ya no del príncipe ruidoso, sino de una Princesa que es mimada por una sacerdotisa joven. Los mismos atisbos de amor y cuidado, de eterna preocupación y devoción.

La realización golpea al caballero antes de que los labios de la bruja besen los nudillos de la joven inconsciente.

—Me alegro que vaya a despertar— agrega por pura cortesía, esperando que el silencio llene todo.

No lo hace.

—Gracias por lo que hiciste por Airi— no está especialmente interesada en el crédito —y por la Princesa— suspira con una sonrisa cansada.

—No hice nada, si hubiera sido más rápida, la señorita Momoi no tendría que estar en cama—

Una serie de gestos de desaprobación infantiles pasan por los ojos de la bruja antes de que niegue con la cabeza.

—Akiyama, has hecho más de lo que deberías— su tono no admite discusiones.

—Solo apuñalé a una cosa, es lo más fácil del mundo— vuelve a negar mientras que Hinomori frunce el ceño.

—Cuidaste a la corte, protegiste a la Princesa, y la cuidas— su mirada parece suavizarse —Airi quiere que te quedes, dice que eres buena para ella— 

Momoi no está en condiciones de afirmar o negar nada, así que intenta protestar.

—Y... Tiene razón. La Princesa grita mucho menos desde que estás aquí— la admisión la deja perpleja unos segundos —tambien se ve más feliz, hace mucho tiempo no la escuchábamos reír— su mirada se torna lejana unos segundos antes de que vuelva en si —Si puedes protegerla, si puedes quedarte...—

Al igual que su pregunta inicial, Hinomori observa a Mizuki, dejando la pregunta flotar en el aire.

"¿Te quedarías a su lado?"

«Me quedaría» sus propios pensamientos la traicionan, y se lleva la mano a la boca antes de que cualquier palabra pueda salir.

Sus promesas son volátiles, se da cuenta. Desde proteger a la alegre Saki por toda su vida, la promesa de servir a un reino a pesar de todo, su promesa de volver algún día junto a su familia, desde regresar algún día a beber a aquella posada o de volver a ver al alquimista.

Todas sus promesas han sido rotas de un modo u otro. 

Su promesa más importante, la única que había tratado de mantener, se había roto en miles de pedazos frente a sus ojos.

No volver a servir a una corona.

Mizuki deja de luchar en el momento en que los ojos de la bruja la miran expectantes, con una sonrisa conciliadora que la hace saber que de algún modo sabe la respuesta.

—Me quedaré— 

No es una promesa, sino una afirmación. 

Espera que se mantenga.

...

El filo de la espada en su cuello desprotegido le erizó la piel por la temperatura. 

El castillo tenía sus propias corrientes de aire frío, pero no eran nada ante el acero oscuro y helado que la Princesa había posado unos segundos en su piel, casi como si estuviera probando su valor o su temple.

Mizuki había bailado con la muerte en múltiples ocasiones, estaba segura de que podía resistir una respiración suave en su cuello.

—Desde el día de hoy, empieza tu juramento— murmuró —me seguirás y protegerás a este reino, no poseerás tierras, ni títulos más allá de los que yo te otorgue— el juramento era claramente extraño, resonante en la gran cámara vacía. Supuso que era normal que le pareciera extraño, el único juramento que había hecho había sido hacía tiempo, en tierras lejanas.

—Lo juro— murmuró Mizuki.

—Desde el día de hoy, servirás a la Princesa Ena Shinonome, y protegerás La Capital de los Exiliados— dijo en voz más alta. La espada aún cerca de su cuello se calentó con el propio calor de su cuerpo.
—No poseerás esposa o engendrarás hijos, no tendrás dios ni pensamiento alguno que vaya en contra de la corona— Aseveró, sus manos temblaron un poco y la hoja de la espada se movió ligeramente —y por último, seguirás a tu Princesa hasta el día de su muerte— 

El juramento extraño hizo levantar los ojos a Mizuki.

La Princesa, con su vestido oscuro y sus ojos distantes, con sus labios apretados en una fina línea, como si estuviera impaciente.

—Lo juro— aceptó, y el filo se retiró de su cuello. 

Sin embargo, eso no hizo que la respiración que tenía atascada en la garganta se relajara.

El acero oscuro se perdió dentro de la vaina.

—Toma esta espada, símbolo de tu juramento— sus manos tomaron con delicadeza la funda de la espada, sus dedos rozaron de forma intencional los de la Princesa, quien se estremeció —Levántate ahora y preséntate—

Mizuki se incorporó, las escaleras al trono le dieron la ventaja de altura a la Princesa, quien la miró hacia abajo con inquietud.

—Soy Akiyama Mizuki, guardia real de la Princesa Shinonome, protectora de la Capital de los Exiliados— las palabras fueron suavemente dichas, con una ligereza que sintió que no debían tener.

Era un juramento real, algo que prometió que no volvería a hacer.

¿Entonces por qué no estaba disgustada?

Parpadeó por un momento largo, tratando de encontrar el motivo por el que sentía una anticipación burbujeante en el cuerpo.

Cuando abrió los ojos de nuevo, todo había cambiado.

La espada en sus manos era más ligera, el castillo parecía menos frío, y la Princesa frente suyo ya no era la Princesa de antes. 

Los cuernos en su cabeza eran negros, oscuros, la base escondida por el cabello castaño.

Las alas de ónix en su espalda se encogían, ocultando lo majestuosas que probablemente se debían haber visto. 

Sus dientes eran más afilados, colmillos blancos como la nieve entre sus labios.

Sus ojos marrones, distantes y fríos de antes se habían iluminado en rojo, ojos tristes y frustrados que parecían a punto de derramar lágrimas.

En otro parpadeo todo desapareció, y los fríos ojos cafés volvieron, y con ellos de regreso, se fueron los cuernos, colmillos y alas.

La forma dracónica que no había visto desde el día del ataque había vuelto por un parpadeo.

Sabía que debía asustarse, que probablemente debería haber corrido lejos, donde el peligro no estuviera frente suyo, pero se halló incapaz de moverse un solo centímetro.

La Princesa pareció complacida, con una tenue sonrisa que contrastaba la expresión desolada que había tenido desde que Momoi había recibido el acero en su lugar.

No resistió mucho tiempo antes de devolver la sonrisa, creando un momento íntimo y extraño en la sala vacía.

—El blanco te sienta bien— la Princesa divaga, el rosa que empolva sus mejillas le da un aire tímido, pero Mizuki no sabe de lo que habla hasta que baja la mirada.

Su propia vestimenta había cambiado también.

Las ropas mayormente rosas que tenía, mandadas a hacer por la Princesa, fueron reemplazadas por ropas frescas, blancas con azul, hilo plateado en las uniones de las piezas.

En su cinturón, la espada y el estoque relucen en el color negro obsidiana que parece rodear a la Princesa.

La ceremonia no dura demasiado más. No hay necesidad.

La Princesa vuelve a sus asuntos, mientras que Mizuki, como su caballero, hace exactamente su trabajo. 

Se queda de pie, con la mano cerca de su estoque y su mirada vagando por cada rincón que puede revisar sin moverse.

La Princesa es centrada en lo que hace, así que Mizuki no desea molestar.

Los papeles se acumulan en la mesa de piedra oscura y cincelada, el olor de la cera caliente y el satisfactorio sello que tiene las iniciales de la Princesa cierra los pergaminos. La pluma gris entra y sale de la tinta, y el proceso relajante se vuelve monótono tras algunas horas.

Así que su atención vuelve a la habitación en donde están. La piedra negra y gris oscura es una constante, claro, pero puede obviar eso.

Hay grandes libros encuadernados en cuero a excepción de una hilera que consta de libros más delgados y tapizados con terciopelo.

También hay objetos en los libreros. Hay frascos llenos de líquidos que sabe que seguramente serán peligrosos si los bebe.

-Aún así, quiere decirle a la Princesa que quiere beberlos, solo para ver su expresión vacía mientras le dice que no lo haga-

No puede discernir todo bien, la habitación es grande y tapizada de librerías, tantas que por un segundo pensó que era la biblioteca del castillo. Sin embargo, las cosas que puede percibir además de viales y frascos, son pequeñas cosas que solo tienen sentido al considerar su naturaleza dracónica.

Hay piedras veteadas en colores interesantes, como el rojo o el verde brillante. Hay geodas rotas, exponiendo los cristales internos que brillan en colores llamativos.

También hay gemas y cristales, en un estado tan puro que no hay manera de que no llamen su atención, todo está lleno de cosas brillantes y fascinantes.

Su nueva rutina se basa en seguir a la Princesa y cuidarla en todo momento.

Eso significa un nivel nuevo de conocimiento de la Princesa, de sus deberes en la corte y del castillo.

Pasar demasiado tiempo junto a una persona genera simpatía, y desafortunadamente, Mizuki no puede mantener su trabajo como caballero con la seriedad que debería.

Así que, aún si está protegiendo y siguiendo a la Princesa de la forma más profesional que puede, termina ahondando demasiado en algunas cosas.

Por ejemplo, la razón por la cual los dragones coleccionan cosas brillantes.

—Es porque nos gusta mantener cosas raras con nosotros, nos hace sentir poderosos— es la respuesta que recibe mientras la Princesa descansa su vista de los montones de papeles que debe llenar para agilizar la distribución y conteo de comida del reino.

Mizuki ríe suavemente —¿A la Princesa no le basta con un reino tan hermoso?— dice con humor, y la Princesa le responde con una bocanada de humo que en realidad es más un gesto divertido que la habitual señal de frustración.

Días después tienen otra breve conversación. Mizuki pregunta por su corona, extrañándose de que una Princesa no tenga una corona.

—Los dragones comemos metales preciosos de vez en cuando, ¿Tú irías con una espada de pan por todos lados?— dice mientras sus ojos no se despegan del mapa del reino, analizando el relieve mostrado en el mapa, marcando de forma imaginaria los terrenos que aún están vacíos, esperando que puedan servir para la siembra de un grano que ha llegado desde fuera de las murallas. 

—Creo que le sentaría bien, su Majestad— sonríe mientras ve como su ceja se crispa unos segundos antes de dejar las bromas por la paz. Ignorando su respuesta en apariencia, pero dando una pequeña sonrisa que oculta metiendo su nariz en el mapa.

Su siguiente pregunta llega un día después, cuando la Princesa necesita un libro fuera de su alcance, y que el caballero dispone de él para dárselo. Es uno de los libros tapizados en terciopelo, y dentro de este puede ver dibujos de lugares que sabe de alguna manera que están dentro de las murallas del reino.

—¿Usted hizo los dibujos, Majestad?— pregunta, recibiendo un asentimiento pensativo.

—Solía dibujar antes de hacerme cargo del reino— explica mientras encuentra la página que busca, leyendo las notas que ella misma escribió. 

—¿Por qué ya no lo hace?— inquiere mientras se asoma con curiosidad al dibujo, el cual está hermosamente hecho. La montaña parece no ser de piedra pura, y una mirada más detallada deja ver qué hay diversos nacimientos de agua cercanos que desembocan en ríos luego de pasar por varias partes de la montaña.

—No hay tiempo, tengo cosas más importantes que hacer—

El tono amargo hace que retenga su lengua antes de insistir en las preguntas, sin embargo, no puede contener las palabras que se escapan en un susurro tenue.

—Sus dibujos son hermosos— 

Pretende que no dijo nada mientras se aleja y se pone en guardia de nuevo, la Princesa pretende que no escuchó las palabras, analizando el contenido del libro.

Sin embargo, el tono rojizo en sus orejas deja un cosquilleo divertido en su rostro que termina en una leve sonrisa que oculta de la Princesa.

Otra semana después de silencio y deberes constante termina con la Princesa cansada, ha terminado sus papeleos y tiene un tiempo libre que aprovecha leyendo en los jardines.

Momoi parece recuperarse poco a poco, pero todo su aquelarre se queda a su alrededor, dejando a la Princesa y si caballero demasiado solos.

—¿Por qué no se ve como un dragón enorme y tenebroso como los de las leyendas, Majestad?— pregunta, y en lugar de sus respuestas usuales, Mizuki se topa con la mirada oscura de la Princesa fija en su ser.

La manera en que sus ojos parecen negros por unos segundos la abruma, como si un abismo oscuro estuviera viéndola fijamente.

—No soy un dragón— responde —sólo soy mitad dragón— Mizuki espera que la respuesta se prolongue, pero no lo hace.

El silencio se extiende y la Princesa vuelve a su lectura.

El pasar de las páginas es lo único audible, los jardines del palacio son hermosos, así que intenta simplemente concentrarse en ello mientras se mantiene alerta por cualquier señal de riesgo.

Nada pasa, como el resto de días, pero ahora hay una incomodidad flotando en el aire que no estaba ahí antes, y que se prolonga en el resto de días.

Mizuki lo nota a través de la manera en que la Princesa se tensa ante cada pequeño ruido que hace, en la manera en que parecen bailar de puntillas alrededor de la otra.

No sabe porque, pero prefiere que la Princesa se relaje a su alrededor a lo que sea que esté pasando.

Los días en silencio le dan más libertad a Mizuki en analizar las cosas a su alrededor, pero también de analizar mejor a la Princesa que protege.

Memoriza su apariencia, la manera en que su cabello es oscuro, pero aún así no es el cabello castaño natural. El toque violáceo es leve, pero está ahí.

La otra cosa son sus ojos. Su esencia dracónica los hace cambiar demasiado. Su molestia se ve en el rojo y en sus pupilas delgadas, su felicidad se ve de color marrón brillante, casi llegando a la miel. Por otro lado, los malos recuerdos y los secretos hacen que su mirada se vea oscura y hueca. Sus ojos se vuelven abismos aterradores.

También puede notar que los muebles de madera nunca están a su alcance. La mayoría de cosas que tiene son de metal o piedra tallada, cubiertos de rasguños distraídos que probablemente hizo sin querer.

Y claro, Mizuki nota que la Princesa, a pesar de su templanza, tiene que resistir demasiado sus impulsos dracónicos. 

Desde la manera en que aprieta los labios para evitar el humo de su boca cuando alguien dice algo inherentemente estúpido hasta la forma en que mira las cosas que le gustan mientras aprieta una de sus muñecas para resistirse a tomarlo.

Últimamente puede verla sosteniendo su muñeca más de lo habitual.

Esos no son sus únicos impulsos, claro, sabe que debe haber más, pero no se atreve a preguntar nada aún. El silencio se sigue asentando a su alrededor mientras que la tensión se acumula día tras día.

La princesa sigue atendiendo su reino con diligencia. No tiene más gente que la ayude, lo cual es extraño. Uno pensaría que una corte sería más que un solo aquelarre de cuatro brujas, pero no. 

No hay nadie más.

Y pese al aire pesado que sigue habiendo, pese a la tensión acumulada, su curiosidad le gana y termina dejando escapar la pregunta.

—¿Por qué su corte es tan pequeña?— pregunta de la nada. Su voz tranquila y apacible es ruidosa en el espacio silencioso de la enorme biblioteca del castillo, donde la Princesa revisa algunos documentos guardados.

—Nadie más que personas de verdadera confianza están en mi corte— responde sin despegar los ojos de los pergaminos, marcando el lugar de su lectura con su dedo, el cual se mueve sobre la tinta seca —no confío en nadie más para ayudarme con los asuntos reales y aconsejarme cuando lo necesite— 

Los labios de la Princesa se aprietan. Momoi sigue recuperándose, y aunque está fuera de peligro, puede ver como la Princesa se muerde el labio ante la preocupación. La manera en que al menos visita dos veces al día a su amiga inconsciente, o como no retiene a los miembros del aquelarre más tiempo del necesario para que puedan estar a entera disposición de Momoi.

La Princesa a veces puede parecer egoísta y molesta, sobre todo cuando habla con la bruja de melena rosa de su corte, pero debajo de aquella capa, siempre subyace la preocupación y la amabilidad.

Ya no hay manera de negar cuánto quiere proteger aquella amabilidad.

—¿Y cómo decide quienes son dignos de su confianza?— la pregunta es un poco más invasiva de lo que cree, la ceja de la Princesa se contrae un poco como lo hace siempre que hay algo que la molesta de alguna forma, por lo cual se arrepiente de haberla hecho.

La pregunta no obtiene respuesta.

Los días pasan, y poco a poco, Momoi termina recuperándose. 

Claro, tiene que tener cuidado, sigue confinada en la habitación hasta que todo termine de cicatrizar por completo, pero al menos puede hacer más que quedarse acostada sin moverse.

La Princesa visita a su corte más a menudo. Les pide consejos y hablan sobre lo que deben hacer. El otoño está a la vuelta de la esquina y la Princesa quiere promover más la tala para conseguir madera y asegurarse de que los suministros estén holgados.

Momoi se burla de su aparente nulo conocimiento de la orografía, mientras que Hanasato es más amable y le dice a la Princesa las razones por la cuales no pueden meterse más con el bosque.

La discusión se prolonga siempre, de alguna manera fructífero mientras la sugerencia de tomar una parcela de los terrenos del castillo para hacer crecer árboles con magia es discutida y Mizuki simplemente puede tomar nota de la manera en que la Princesa habla con más soltura que cuando interactúa con sus súbditos. Incluso se permite maldecir y alzar la voz sin intenciones de intimidar cuando algo se le ocurre.

La manera en que gesticula de forma suave y luego se vuelve más frenético conforme la situación se complica, o como la inflexión de su voz cambia radicalmente.

La manera en que frunce las cejas, la manera en que sus ojos marrones se fijan en todos lados mientras piensa, la manera en que su pie se mantiene moviéndose con cierta ansiedad.

Se pregunta si su forma dracónica movería la cola en su lugar, y el pensamiento genera una sonrisa que mantiene a raya. 

Kiritani la ve de reojo al igual que Momoi, con una pregunta escrita en el rostro.

El caballero endereza la mirada, fingiendo que eso no pasó.

Lo hace en la mayoría de reuniones.

Cuando la reunión acaba, la Princesa usualmente vuelve al trabajo o atiende a los súbditos que vienen a verla. Así que caminan a la sala del trono, donde una figura encapuchada espera de pie.

Los súbditos no pueden pasar a la sala del trono a menos de que se les indique. 

Mizuki tiene el estoque en la mano tan rápido que la Princesa se sobresalta por el silbido del metal en el aire.

La figura encapuchada también está armada. Una espada de hierro negro se desenfunda, y la atmósfera en la habitación es como la de un vaso de agua con tensión superficial sosteniendo el líquido.

Un movimento sería suficiente para que el duelo comience, pero eso no importa.

Va a proteger a la Princesa a todo costo.

Afortunadamente, la Princesa no tiene paciencia para la tensión, y su voz fría rompe esa apariencia de tensión.

—¿Qué diablos haces aquí?— pregunta a la figura encapuchada.

La capucha se baja, dejando ver una melena naranja rojiza. Los iris verdes miran a la Princesa y luego a ella, esperando algo, cualquier cosa.

—Está bien, Akiyama, no hará nada— la certeza en su voz hace que Mizuki envaine, aún desconfiando de la figura.

—Que amable de tu parte, ¿Por fin conseguiste un perro guardián?— la voz suena ligeramente sarcástica, el tono es vagamente familiar, parecido al de la propia Princesa.

—Debería conseguir un perro de verdad para que no vuelvas a entrar en mi reino sin mi permiso— la hosquedad que maneja es nueva, no es el tono juguetón que usa con Momoi, sino algo adolorido. Es como si estuvieran estrujando su corazón.

¿Quién es este extraño? 

—No es que venga por gusto, tengo una carta para ti— su tono imita la hosquedad de la Princesa —papá dice que tu rebeldía duró suficiente—

—Él no tiene injerencia aquí— el tono se vuelve más y más hostil, incluso si solo han pasado un par de minutos. 

—Ena— la voz dura llega a los oídos de Mizuki, y una molestia llena su mente por un momento —Por favor, déjalo ya— la Princesa quiere interrumpir, pero el extraño no lo permite —Por favor, dale la capital y termina con esto, no tienes nada para enfrentarlo— aún si no lo parece, hay una súplica enterrada en su voz —Probaste tu punto, tu rebelión y exilio probaron que tienes lo necesario para llevar una corona, no eches todo a perder solo porque no puedes rendirte cuando aún hay tiempo— 

—No va a simplemente dejarme entrar de nuevo al palacio, y lo sabes— escupe, las palabras son venenosas, Mizuki se había concentrado tanto en el intruso que se había perdido el cambio de apariencia de la regente.

Los rasgos dracónicos solo sirvieron para acentuar el tono venenoso en su voz, para hacerla más amenazante.

—Me revelé, Akito, me alcé en su contra y todos los que me apoyaron fueron exiliados— el joven parece poco intimidado —¿Has visto a alguien de mi corte por aquí?— la negación silenciosa toma espacio —es porque Airi fue apuñalada por uno de sus soldados con una daga encantada, y ella no era el objetivo, simplemente se atravesó cuando iba a apuñalarme—

Los ojos verdes se abren desmesuradamente, sus ojos alcanzan a Mizuki, quien asiente.

—¿Estás segura?— pregunta, causando que la Princesa demuestre que no hay límite en la cantidad de enojo que puede demostrar en un solo día.

—¿Qué otra persona me ve como una amenaza? ¿Quién sigue enviando cartas solicitando que rinda el reino que hemos construido con sangre y sudor porque él no podía aceptar que estaba equivocado?— gruñe de forma baja —Yo ni siquiera quería el trono, pero estorbaba en la línea de sangre para que tú lo tuvieras— el siseo no pierde fuerza, pero gana una vulnerabilidad que estruja el pecho de Mizuki.

Su Princesa está tan herida que siente que podría llorar.

—¿Y crees que yo lo quiero? ¡Tengo que tomarlo por cosas que ni siquiera decidí! ¿Por qué papá y tú tienen que ser tan egoístas? ¡Tu tonta rebelión costó vidas! ¡Tu tonta rebelión me costó mi libertad! ¿¡Crees que me complace escuchar a mamá llorar en las noches porque su hija está exiliada!?— el tono se levanta, su voz se vuelve más y más desesperada, incluso un poco espesa, pero no es su mayor preocupación.

Su mirada se fija en las garras negras que empiezan a dejarse ver en sus manos perfectamente humanas antes.

Es diferente a la esencia de dragón de su Princesa. La piel se torna negra, y los cuernos en su cabeza se curvan ligeramente hacia atrás.

Sus ojos verdes resplandecen como llamas.

—¿¡Y tú crees que yo me levanté contra papá por capricho!? ¿¡Alguna vez pensaste en lo que implica que yo estorbe en la línea de sangre!?— su grito resuena con rabia, y el humo sale de su boca con los gritos furiosos —¡Iba a matarme! ¿¡No termina de entrar en tu lenta cabeza!? ¡La gente que se levantó conmigo fue porque sabe que un Rey que desprecia incluso a su propia familia no los va a tratar mejor!— un paso hacia adelante envía al intruso uno hacia atrás.

El sonido familiar del fuego gestándose alerta a Mizuki, quien espera que su Princesa la perdone por lo que hará.

Esto está escalando demasiado, y si bien sabe que probablemente puede empeorarlo, hablar parece mejor opción que dejar que se maten.

—Bien bien, ¿No eres atrevido por hacer enojar a la Princesa?— su voz suena más osada de lo que en realidad es —¿No puede el hermanito simplemente relajarse un momento? Nuestra linda Princesa es muy paciente, pero ahora mismo podría reducirte a cenizas y no queremos que eso pase— el tono parece el mismo que usaría con su caballo, tan juguetón y condescendiente, pero parece funcionar para romper la tensión. La mirada molesta que ambos le dedican en lugar de quererse matar entre ellos es suficiente para que ambos hermanos parezcan más relajados.

—Tu perro es demasiado valiente para hablarme así— bufa con molestia, pero no hay bocanada de humo a diferencia de la Princesa.

—¿Al hermanito le molesta que haga mi trabajo?— sonríe, cayendo en las bromas fáciles que usaba en las tabernas —No puedo dejar que dañes a nuestra Princesa, pero puedo permitirte irte sin ningún agujero si simplemente nos dejas en paz— la fanfarronería tiene el efecto deseado, y el joven empuña su espada de nuevo, mientras que su estoque Sale de su cinturón nuevamente.

La Princesa observa el intercambio, moviéndose al trono.

—Puede dar la orden, su Majestad, el noble caballero hará lo que su Princesa ordene— las bromas ocultan su fanfarronería, poniendo una máscara confiada ante alguien que tiene la victoria casi asegurada.

Todo vuelve a quedar en silencio. Sus payasadas redirigieron la atención a Mizuki, y ahora está a nada de bailar con la muerte una vez más.

Se pregunta si su estoque resistirá el golpe.

—Es tu decisión— el tono no está discutiendo, el ataque es inminente, Mizuki está lista para atacar si el otro no retrocede.

Afortunadamente lo hace, envainando su espada.

—No vine aquí a pelear— admite molesto. Mizuki exhala el aire que estaba en sus pulmones.

—Entonces regresa allá, y dile a Shinei que nunca más vuelva a amenazar a mi reino ni hiera a mi corte— su mirada está endurecida mientras sus rasgos dracónicos humean hasta desaparecer —La Capital de los Exiliados vive en paz, si no puede ni siquiera mantener la paz por su propia gente, entonces no merece la corona que tanto ostenta— el joven no responde a eso verbalmente, y en su lugar aprieta la mandíbula antes de desaparecer en la nada, como si nunca hubiera estado ahí en primer lugar.

Solo entonces su Princesa solloza.

El primer sollozo es silencioso, pero pronto brotan más y más, con el volumen de su voz creciendo hasta que está llorando de forma ruidosa y colérica.

El caballero no puede pensar suficiente antes de acercarse para abrazar a su Princesa, quien solloza en su pecho con odio e impotencia.

La sala del trono no es lugar para eso, sabe que en cualquier momento alguien podría entrar, así que la levanta en brazos y sale de ahí.

Ambos van a los jardines, no los internos llenos de flores, sino aquellos fuera del castillo.

El pasto y la sombra de los árboles es agradable, rápidamente deja ahí a la Princesa, manchando con pasto su hermoso vestido. Su uniforme no tiene un mejor destino, y también se mancha de pasto cuando se deja caer junto a la Princesa, dejándola llorar todo el tiempo que necesite.

Es la primera vez que la ve tan rota, en que ve un lado tan vulnerable y feo. Sin embargo, no desalienta a Mizuki. Sabe que su Princesa la azotaría si dijera lo cómoda que está viendo sus nuevas facetas, pero no puede importarle menos cuando la consuela y la deja llorar todas las preocupaciones amargas que ha tragado.

Todo el veneno que ha tragado a la fuerza.

La Princesa llora hasta que el sol está a punto de ponerse, calmándose en los brazos de su caballero, quien simplemente está ahí, asegurándose de que nada le pase.

—Debería hacer que el aquelarre te azotara por tus temeridades— murmura duramente, pero no hay ninguna emoción negativa en ello.

—Que lo hagan si así lo desea— devuelve, el poco calor que queda no se compara con el que emana la Princesa, es tan cálida que quiere seguirse aferrando a su lado.

—Eres demasiado osada, ¿Qué habrías hecho si Akito te hubiera atacado?— su rostro vuelve a hundirse en las ropas ya no tan blancas del caballero.

—Defenderte— 

—No hagas cosas tan temerarias de nuevo— regaña, la frase es familiar, pero descubre que no quiere fijarse en ese detalle.

Prefiere simplemente acariciar el corto cabello castaño.

—Las haré para salvarla siempre, lo juré, ¿No es así?— murmura, la Princesa está tan hambrienta de tacto como su caballero, así que no detienen el contacto tan personal —Sirvo a mi Princesa, a la capital y su corte, mi vida está a su disposición— el calor de la Princesa es más reconfortante mientras el sol más baja en el horizonte.

—Eres demasiado buena— su respiración por fin nivelada es un vaivén suave, y el caballero puede sentir que su corazón duele por lo mucho que descubrió que le importa.

Quiere cumplir el juramento que hizo, no por lealtad a la corona.

Quiere ver a la Princesa alcanzar la prosperidad que se extenderá por todo su reinado. Quiere estar a su lado mientras cumple con su deber y más.

Pero también quiere verla sonreír, quiere quitar toda carga de sus hombros.

Quiere deshacerse de todas sus preocupaciones, y hará todo por lograrlo.

—No soy ni la mitad de buena que su Majestad— murmura con suavidad.

—Eso no es verdad, deja de decir cosas que no son verdad a tu Princesa—

—A diferencia de mí, usted protege a su reino. Es una buena regente—

Hay cosas que quedan en el aire.

Su Princesa no sabe nada de su pasado, pero ella acaba de zambullirse en trozos del de su Princesa.

Llegará el momento de hablar de ello, pero no es ahora.

La Princesa vuelve a hablar.

—Nunca fui buena regente— habló con poca confianza. En ese punto, estaban a un movimiento de que la Princesa estuviera encima suyo —Soy la mayor entre Akito y yo, la corona me pertenecía por derecho, pero no la quería. En su tiempo, era demasiado directa y brusca con los súbditos, nunca pude mentirles sobre las cosas importantes, y prefería salir a dibujar en lugar de atender los asuntos reales— sus dedos pasaron por el cabello de su Princesa una y otra vez.

Disfrutando de la sensación sedosa.

—Papá me dijo cuando cumplí los trece que la corona sería de Akito, Mamá y yo le dijimos que no podía hacer eso, porque yo era quien estaba en la línea de sucesión— sus ojos vagaron por el pasto, sus dedos apretando la ropa del caballero —Él dijo que jamás dejaría que la corona estuviera en mis manos, porque quitaría a todo aquel que se atravesara en su camino, yo incluída— 

El caballero solo puede apretar los labios, intentando mantener sus comentarios sobre el padre de su Princesa en su garganta.

—En ese tiempo, hubo un invierno que duró demasiado tiempo, y el granizo junto a la nieve hicieron imposible que las reservas se repusieran. Así que mucha gente se quedó sin comida y aquellos sin techo murieron de frío, papá dijo que era algo que debía pasar, que no todos eran lo suficientemente fuertes para seguir. Airi me pidió ayuda por ello, ella era una bruja en formación y su maestra trataba de ayudar a quienes se lo pedían. Comencé a sacar las sobras del castillo para dárselas, y cuando papá lo notó...— su historia se cortó un momento mientras las lágrimas volvían a su rostro, esta vez silenciosas.

—Puedes parar cuando quieras– su murmullo es apenas audible, pero sabe que su Princesa escuchó sus palabras.

La suave caricia de su nariz contra su pecho cuando asiente es evidencia suficiente.

—Está bien— confirma —Es solo... Jamás había visto a Airi tan rota— el suspiro en su garganta es doloroso de alguna manera, lúgubre y cargado de esa pesadez que parece siempre estar en sus hombros —Papá ahorcó a su maestra, dijo que era para darme una lección y que si volvía a hacerlo, no estaría aquí para ver la primavera, la rebelión empezó poco después, y yo fui la cabecilla, porque era la única que podía matar del todo a sus soldados, el aliento de dragón que heredé de mamá salvó y quitó vidas— Mizuki podía identificarse con eso. Su tiempo en el castillo no había borrado su memoria al respecto, y la sangre de aquellos que habían muerto por su acero fue demasiado incriminatoria.

Su Princesa volvió a suspirar, dejando al silencio tomar el lugar de sus palabras por algunos segundos.

—Nadie ganó esa guerra, mi padre perdió ejércitos completos por mi fuego, y nosotros fuimos exiliados cuando todo terminó. El arreglo era que gobernaría fuera de los reinos de la magia, en tu mundo— explicó —y aquellos que me siguieran, no podrían volver. Mucha gente me siguió, y ahora estoy pagando su lealtad. Sacrificaron mucho por mi, así que solo puedo ser una buena regente para ellos— su rostro vuelve a enterrarse en el pecho del caballero, quien puede verla bajo una nueva luz —Mi corte era más grande, eran diez personas, pero luego de que me traicionaron tratando de conspirar con mi padre, pasé a todos por la espada y pedí el consejo de Airi y su aquelarre. Son de mi entera confianza, y son toda mi corte. Papá sigue mandando cartas para que firme mi rendición y pueda expandirse a mi reino, su reino está descontento y bueno, no creo que estén felices de saber que mientras papá permite gente en la miseria, nadie permanece sin casa o comida aquí. No puede gobernar con miedo por siempre, y necesita hacer algo para mantener su poder—

El final de la historia llega ahí, porque su Princesa deja de hablar mientras sigue abrazando al caballero, como si tuviera miedo de que se fuera.

—Eres la joven más fuerte que conozco, mi Princesa— sale de sus labios, y solo nota su error cuando la mirada marrón se fija en ella con sorpresa y ternura. El desliz no parece haber molestado a su Princesa, y no sabe si le da más miedo la expresión tan vulnerable que tiene en el rostro.

No hay respuesta, solo una atmosfera de anticipación, los ojos de su Princesa vagan a sus labios, y se da cuenta de que todo va a pasar incluso si trata de evitarlo.

No puede hacer más que dejarse quemar, dejar que ella haga lo que quiera, porque no tiene la voluntad de detenerla.

El caballero se encorva y su mano baja del cabello a su mejilla, mientras que la Princesa se sienta a horcajadas en su regazo.

La noche ya las alcanzó, pero no puede encontrar que le importe.

No cuando la expresión tan vulnerable se acerca a su rostro y los labios de su Princesa bailan sobre los suyos.

El anhelo de alguien que la ame, de alguien que la proteja como ella ha protegido a quienes ama y cuida. 

Alguien que la vea como más que la Princesa estoica y perfecta, que la vea más que como una niña malcriada y malhumorada.

Mizuki ha visto sus distintas facetas, y puede decir que ama la manera en que cada una es tanto su Princesa como la otra.

La regente poderosa, la doncella avergonzada, el dragón fiero o la joven que echa humo por la boca junto a Miles de maldiciones cuando se enoja.

Quiere ver más, quiere todo de Ena incluso si eso significa darle todo de si a cambio.

Su pasado, sus tragedias, todo aquello que manchó su camino antes de volver a defender algo que de verdad importaba.

Un beso se transforma en dos, dos en tres, en cinco, en diez.

Sus manos acarician la cintura de la Princesa, y las manos de la Princesa rodean su cuello, obligándola a no poder separarse más allá de la distancia de sus narices.

Un caballero no debería estar haciendo esto con su Princesa.

Pero se encuentra incapaz de alejarse cuando los dientes afilados llegan a su cuello, los labios de la Princesa besan antes de que una mordida particularmente dolorosa sea seguida de más besos que beben la sangre del caballero como si fueran lágrimas hasta que el rojo deja de salir de su herida.

Mizuki vuelve a capturar sus labios, el sabor empalagoso de su sangre la molesta menos de lo deseado.

Cuando vuelven al castillo, el silencio cómplice se hace presente a la hora de la cena, donde solo se cuenta a la corte sobre la aparición de Akito y sus palabras. 

Momoi, quien por fin puede hacerles compañía, mira con una sonrisa descarada a su Princesa, la cual solo responde con un gesto molesto y avergonzado.

Mizuki contribuye a ello, murmurando palabras dulces tan bajo que son golpes de aire contra la oreja de su Princesa, quien se avergüenza antes de volver a comer.

Si las cosas pudieran quedarse así, podría ser feliz.

...

La confrontación es inevitable.

Mizuki se para con la armadura que la regente mandó a hacer, el yelmo tiene un par de cuernos parecidos a los de su Princesa y el color negro del acero contrasta con su uniforme blanco.

Mientras espera en la sala del trono, solo puede pensar en su Princesa. 

En los gestos que hace cuando está exasperada, en la manera en que cuando despierta le gusta estirarse como un gato o el hábito que tiene de revolcarse en el pasto cuando tiene algún momento de descanso.

La forma en que sonríe mucho más, en que su sonrisa es más bonita si la acompaña un sonrojo, sobre todo aquel polvo rosa que tiene en las mejillas cuando sonríe después de un beso.

La forma en que le gusta ser mimada, en que ama acariciar la cicatriz que dejó en el cuello de su caballero, el olor a leña que usualmente tiene y como puede oler a carbón encendido de una forma tan sutil que solo puede olerlo cuando entierra la nariz en su cuello.

La forma en que inhala su olor cuando la abraza para dormir, o en como sus ojos vulnerables brillan con lágrimas cuando se permite estar triste o derrumbarse.

Incluso como su expresión vidriosa se llena de amor cuando la llama por su nombre en voz baja mientras su Princesa deja marcas rojas en su espalda.

Todo está tapizado de su Princesa, porque si todo sale mal, probablemente será lo último que pueda pensar.

El Rey Shinonome llega al castillo de la misma forma en que vió desaparecer a Akito, simplemente apareciendo en la sala del trono mientras el humo se desprende de su cuerpo.

Akito viene con él, y está envuelto en una armadura también.

Su espada parece recién afilada, se felicita por haber afilado y cuidado de sus armas la noche anterior.

No quiere parecer débil ante los invasores.

Airi, Shizuku, Haruka y Minori están en la sala, ocupando el lugar de la corte.

Mizuki está más cerca de los intrusos, con la mirada fija en cada movimiento.

—Ena— el hombre es el primero en hablar. Puede ver el parecido entre ambos, el cabello castaño y los ojos oscuros. Incluso la tez clara pero no pálida.

Sin embargo, luego de haber visto tantas veces la forma dracónica de Ena, puede ver que el parecido acaba en su forma humana.

Los cuernos de su padre se curvan hacia atrás, no hacia arriba. En lugar de las garras y escamas, su piel parece carbonizada.

Las ropas que viste son lujosas y apabullantes, en lugar de los colores sobrios y vestidos sencillos de su Princesa.

Solo con verlos puede decir quién es mejor regente, sin embargo, sospecha que su opinión está sesgada.

—Shinei— dice con sencillez, y puede ver como el hombre endurece su mirada.

—Rey Shinonome para ti— fuerza con molestia.

—No eres mi Rey, y no tienes un reino en la tierra de los humanos— responde con dureza —Yo soy quien debería decirte que me llames por mis títulos en este momento—

—Tú no eres mi Reina, no reconozco tu reino con cuatro chozas y tres habitantes— trata de recuperarse. La ceja de su Princesa se contrae, pero su expresión estoica regresa.

—Soy la Princesa Ena Shinonome, gobernante de la Capital de los Exiliados y protectora de los mismos. Si no vas a respetar eso, no veo el motivo de tu visita— su voz es firme, no permitirá una discusión al respecto.

Así que el hombre no la da.

—Deja de ser una niña, no eres Reina o Princesa de nada. Este berrinche ha durado suficiente— sus pasos avanzan con la intención de subir las escaleras del trono. El silbido familiar del metal junto al chasquido de la armadura rebotan en la habitación, la punta del estoque se posa en el cuello del hombre, deteniendo su subida.

—No dudaré en decirle a mi caballero que ataque si vuelves a hacer algo así. Tú no tienes poder o títulos aquí, así que firma tu rendición y vete— la voz fría de su Princesa contrasta con la mirada furiosa que el hombre le dedica.

El pelirrojo ha desenvainado su espada, sin embargo, su corte no se queda ahí. La magia de las brujas zumba en la habitación, y el hermano de la Princesa se ve obligado a envainar de nuevo su arma.

El hombre retrocede, y Mizuki refleja la acción del joven, regresando su estoque al cinturón.

—No has dejado de ser una niña— bufa —puedes hacer las cosas más sencillas, puedes simplemente dejar que me quede con este trozo de tierra y volver con tu madre, puedo casarte con algún noble y olvidar tu pequeña rabieta, no derrames más sangre de inocentes—

—¿Mis rabietas? Ahorcaste a la bruja mayor porque estaba evitando que la gente muriera en heladas, dijiste que querías darme una lección. Yo jamás quise el trono, y si me hubieras preguntado, habría cedido mi derecho a Akito— su voz no tiene más que desprecio, puede oír como Airi está chirriando los dientes en la silla de la corte en donde está.

—Todo eso fue consecuencia de tus actos infantiles— su voz dura trata de generar apatía y duda —una persona tan despreciable como tú no tiene lugar en la realeza—

Le recuerda a alguien que marcó su destino en el pasado, los recuerdos de piedras y gritos sobre lo despreciable que es vuelven a llenar su mente. Es igual a la consejera Asahina, puede sentir su sangre hervir ante la relación de las palabras que usan.

Controladores.

Manipuladores.

Engañosos.

Sin embargo, no puede hacer nada si la Princesa no lo ordena, por lo que simplemente espera.

—Si yo, una soberana que no permite que el pueblo muera de hambre, es despreciable, entonces dime, Shinei, ¿Qué eres tú?—

El hombre intenta volver a subir las escaleras, y una patada en el pecho lo tira al piso sobre su trasero. 

Sus ojos abiertos con indignación no duran mucho en su campo de visión, porque pronto el joven Shinonome ataca con su espada, y apenas tiene tiempo de bloquearlo con el estoque.

La armadura está ralentizando sus movimientos y la visera está obstruyendo su visión, pero aún así es capaz de detener los ataques de Akito.

El joven parece de alguna forma poseso. Sus ataques son duros y difíciles de esquivar, el metal se abolla cada vez que la espada hace contacto con su cuerpo. Sin embargo, su juego de pies es un desastre, por lo cual no es difícil hacerle perder el equilibrio y mandarlo de una patada sobre su espalda.

El calor se encierra dentro de la armadura, y puede sentir como los lugares golpeados duelen pese a la protección.

El joven no se levanta luego de eso. 

Sin embargo, Shinei sí lo hace.

La espada caída de Akito es tomada por el hombre, y entre el frenesí que es su mente, entiende que hay una carrera entre quien llegará más rápido a la Princesa.

Son los dos segundos más rápidos de la vida de Mizuki a la vez que son los más lentos y tortuosos.

El estoque que Tsukasa le regaló por fin se parte en dos luego de recibir el primer golpe con la espada.

Mizuki solo puede desenvainar antes de que sienta el ardor frío en su abdomen.

La espada atraviesa su armadura, apuñalando su cuerpo hasta que sale por la espalda.

Hay varios gritos en la habitación y uno es dolorosamente desgarrado. Todo se tambalea un momento, pero sus brazos se mueven pese a todo.

Y su espada atraviesa al hombre, quien no emite sonido alguno más allá de el golpe sordo de su caída contra la piedra.

El chasquido de la otra armadura y los gritos confundidos y aterrados del hermano de su Princesa se pierden en el ruido de fondo.

En lo único que puede concentrarse es en la diatriba desesperada de su Princesa que llora mientras le quita el yelmo y lo deja caer por algún lado.

Su mano con el guantelete alcanza la mejilla de su Princesa; el metal gélido limpia las lágrimas que caen y silencian los balbuceos torpes y llorosos.

—Shhh, ¿Te hiciste daño?— es su primera pregunta.

Su Princesa la mira con exasperación, como si estuviera cuestionando su cordura.

—¿Por qué hiciste algo tan estúpido?— pregunta, su esencia dracónica está a flote, pero sus ojos no brillan en ese tono rojizo de siempre.

El marrón se ve mucho mejor, sus iris de reptil son más agradables de ese color.

—Prometí protegerte— cada palabra duele. Puede sentir que cada movimiento vital hace que su interior se corte más y más.

—¡No! ¡Lo juraste, juraste protegerme y seguirme hasta el día de mi muerte!— sus gritos son lo único que puede escuchar, pero el adormecimiento llena su cabeza.

Tiene sueño, está cansada y quiere descansar por fin. 

—Te amo, mi Princesa— puede sentir como incluso respirar es difícil. 

Sus ojos se cierran y se entrega al sueño gélido.

Es la segunda vez que baila con la muerte así, y sabe que perdió esta vez. Pero no tiene miedo.

No le teme a la muerte, no cuando sabe que abandonará este mundo luego de haber protegido a la única persona que ha amado lo suficiente como para quedarse.

El aliento se atasca en su garganta, sabe que es el final.

Y entonces la obligan a despertar. 

Su cuerpo arde de una manera dolorosa a la vez que drena todo atisbo de dolor y cansancio.

Su visión regresa, demasiado brillante y demasiado saturada. Como salir al medio  día luego de pasar mucho tiempo en una habitación oscura.

Por un momento breve, en un parpadeo, puede ver grilletes y esposas que se unen a una cadena roja que acaba en un hilo, envuelto en el meñique de su Princesa. 

Pero pronto la visión desaparece y se incorpora. 

Su Princesa se lleva un cabezazo que la hace gritar de sorpresa y dolor, mientras que Mizuki solo puede sentir el ardor en la frente.

Del otro lado de la sala del trono, el joven Akito vuelve a caer al piso, mareado por el esfuerzo, la corte corre hasta él, quien parece apaleado y mareado.

Lo ayudan a quitarse la armadura, revelando marcas en su piel que parecen de tortura dolorosa.

En sus manos, las quemaduras oscuras de la magia retroceden cuando su apariencia demoniaca lo hace.

—Espero que cumplas la promesa que le hiciste a mi hermana— dice aún adolorido, desvaneciéndose poco después. 

Su Princesa corre a socorrerlo, y Mizuki no puede decir lo que ha pasado hasta que se lo explican varias veces.

Es demasiado enredado, así que lo deja en "pelirrojo salva a caballero de morir luego de que el caballero lo saque de su trance al herir de muerte a su padre manipulador de mierda".

Suena más fácil así que todo lo que en verdad pasó, y es más sencillo explicar el final feliz.

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"Había una vez, hace mucho tiempo, tanto que muchos han olvidado cuánto, un caballero que sirvió a tres reinos."

—Mizuki, vamos a llegar tarde— Ena sisea, pero no tiene la fuerza para empujar a su leal caballero lejos. La sonrisa gatuna de su caballero simplemente se amplía mientras deposita un último beso en sus labios, alisando con sus manos el vestido verde oliva que arrugó ligeramente mientras besaba a su amante.

—¿Y de quién es culpa, mi Reina?— ronronea, sus manos dejan el vestido para concentrarse en su propio uniforme.

—Me haces perder el tiempo, eres el peor caballero del mundo, debería conseguirte un reemplazo— bufa, el humo sale de su boca, pero su sonrisa contenida delata la falta de seriedad en sus palabras.

Mizuki solo corresponde sus palabras con una risita juguetona.

—Tsukasa no se molestará porque no estés a tiempo, Saki tampoco, probablemente sean ellos quienes lleguen tarde... Y no es como que te importe mucho la opinión de tu hermano de todos modos— se encoge de hombros antes de arreglar su estoque y su espada.

—Tienes suerte de que te ame tanto para soportar tus payasadas— suspira antes de salir de su habitación, bajando hacia la sala de banquetes.

"El primer reino perteneció a un joven pegaso, al cual le arrebataron la corona. El segundo reino perteneció a un dragón,  al cual ayudó a proteger su reino próspero de las garras de los demonios."

Mizuki toma su distancia, pero las sonrisas cómplices que se dedican son tan íntimas que bien parecería que la distancia es inexistente.

La esencia de dragón de Ena está a la vista, los cuernos negros de obsidiana sobresalen de su cabeza, sus ojos oscuros se ven bien con su cabello marrón veteado de naranja, y la cola de la Reina se mueve de vez en cuando, acariciando la pierna de su único guardia de la corona. Las alas plegadas en su espalda se ven majestuosas, y Mizuki desea otro día libre para verlas moverse y tal vez volar con su Reina por los alrededores de los muros del reino.

Cuando llegan a la sala de banquetes, aún no hay nadie, y aprovechan para tomar su lugar.

Es cosa de minutos para que el resto baje y se una, por lo que mantiene la distancia que solo tienen por educación al resto.

Las primeras en llegar son las brujas. Shizuku básicamente está pegada a Airi y Minori parece estar mostrándole su nuevo truco de magia a Haruka.

Los siguientes en llegar son los Tenma con su corte, quienes se sientan en la mesa de la realeza con Ena.

No sin antes saludar de forma ruidosa.

—¡Mizuki!— Saki chilla, corriendo pese a que el Rey y la sacerdotisa intentan evitar que lo haga. El caballero se ve abordado por la pequeña Princesa, quien abraza como si no se hubieran visto en años.

—Buena tarde tenga usted también, Princesa— sonríe antes de palmear su cabeza. Los años no la han afectado, sigue pareciendo ridículamente joven al igual que la sacerdotisa.

Sentiría envidia si no fuera por el destino similar que ha tenido.

—¡Mizuki!— la voz grave grita, y en lugar del abrazo apretado pero débil de Saki, se topa con un par de brazos demasiado fuertes que la levantan y aprietan tanto que jadea por aire. 

A veces olvida lo ridículamente fuerte que es el Rey.

—S-su Alteza, no puedo respirar— sofoca mientras ve a Ena reírse entre dientes mientras la enérgica Princesa la saluda con la misma energía.

Cuando por fin la baja, no puede evitar sentir que todo le duele.

El Rey Tenma está seguido por la Reina Kusanagi, que solo le dedica un leve asentimiento que corresponde con una reverencia.

Atrás de ellos, la corte de con la sacerdotisa, el alquimista y la maestra de moneda da un saludo breve antes de que el Rey comience a hablar con su Reina.

Mizuki se permite distraerse y acercarse al alquimista, quien le sonríe con diversión mientras observa la discusión cortés en la que caen. 

—¿Por qué es este banquete esta vez?— pregunta el alquimista, su sonrisa felina observa con diversión alrededor, en la sala semi vacía.

—Mi Reina tiene algo que anunciar, aunque debe ser importante, ni su corte ni yo sabemos que tiene entre garras está vez— se encoge de hombros antes de voltear a ver a Ena, quien habla divertida mientras Airi parece avergonzada y exasperada.

Un aullido de risa del Rey resuena de forma estridente antes de dirigirse a Shizuku.

—Creo que tendremos que esperar entonces a que lleguen el resto de nobles— la expectativa curiosa pica en su voz, y Mizuki puede sentirse igual.

Akito llega, y casi de inmediato se enfrasca en una discusión amistosa con Ena. 

Los tres regentes han llegado, y las casas que los acompañan llegan poco después.

Los Ootori, los Akiyama y los Kusanagi llegan, acompañando a Tenma. La hermana de Shizuku acompaña a los Tenma, y el grito emocionado de la peliazul solo es recompensado con un suspiro exasperado del caballero líder de la guardia real de los Tenma.

Los Aoyagi y los Azusawa acompañan a Akito, el rostro familiar de cierta tabernera de cabello negro salta de inmediato con un guiño, y Mizuki quiere escuchar como se las arregló esta vez para colarse en un viaje real.

Por su parte, la única casa noble que existe en La capital de los Exiliados es liderada por una joven de cuernos rizados y melena plateada, quien promueve las artes entre la población. A su lado, un joven humano de melena morada familiar sostiene su mano. 

Los Yoisaki. La única casa de artistas en el lugar, la única casa nueva.

Todo toman sus asientos y cuando están seguros de que nadie falta, el banquete empieza.

La alianza de los tres reinos, los tres guardianes que protegen y cuidan a sus poblaciones.

Todos comen, las jarras de cerveza se vacían y llenan al igual que las de agua y vino.

La comida está a medio comer y hay risas estruendosas antes de que su Reina se levante para hablar.

Entonces todo queda en silencio

—Organicé este banquete porque, desde nuestra alianza, los tres reinos han compartido sus alegrías y sus penas— el discurso empieza, y todos están igual de desconcertados que Mizuki.

¿Pasó algo bueno? 

Tal vez debería poner más atención a las reuniones del consejo.

—Y hoy, es un día de felicidad para La Capital, un día que quiero compartir con ustedes— la emoción en la voz de su Reina es extrañamente contagiosa, y quiere ver a dónde va esto.

Jamás la había visto tan feliz.

Los murmullos se alzan, es raro que su Reina sea tan críptica, e incluso los otros regentes se ven llenos de emoción.

—Quiero anunciar que...— una sonrisa extrañamente suave se forma en su rostro, y su mano desciende hacia su abdomen.

Un segundo.

¿Qué?

—La Capital de los Exiliados pronto tendrá un heredero— 

Los ojos de Ena y Mizuki se encuentran, Mizuki no puede creer la noticia.

Tacha eso, puede creerla, lo que no puede creer es que su Reina no le dijera nada al respecto.

Es devuelta a la realidad por los aullidos risueños que puede escuchar en las distintas cortes. Saki está aullando y riendo a todo pulmón al igual que el rey, quien le da una palmada en la espalda que parece que va a sacarle los pulmones.

Airi también está riendo a todo pulmón, mientras que su hermana da risotadas y gritos sobre como va a ser una gran tía mientras que su prometido simplemente se tapa los oídos.

An ríe igualmente, y Akito le está dando una mirada de muerte.

Nada de eso importa cuando se acerca a su Reina, aún tratando de procesar la noticia.

Ena presiona sus labios rápidamente, solo para apoyar su frente en la de Mizuki.

Puede sentir la cola de su Reina envolviendo su cuerpo.

Saben que no pueden casarse, que el heredero llevará el apellido de la Reina para garantizar el derecho al trono, pero no le importa, son meras formalidades ante lo que está pasando.

Mizuki jamás se ha sentido tan feliz en su vida.

"El tercer reino al que sirvió, estaba conformado por un demonio, un pegaso y un dragón, que mantuvieron la paz y enseñaron a quienes los precedieron a hacer lo mismo.

Sus historias fueron de grandes proezas, del fin de las guerras y el inicio de los progresos.

El pegaso construyó el reino más feliz del mundo.

El demonio construyó el más justo del mundo.

Y el dragón construyó el más pacífico en el mundo.

Los tres trajeron prosperidad y luego desaparecieron, dejando a las siguientes generaciones prosperar tal y como sus generaciones lo hicieron."

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Mizuki cumplió su promesa. Cuando la llama de Ena se apagó, su corazón cedió.

Fueron los mil años mejor vividos, y pudo ver el mundo que construyeron prosperar.

Al final tuvo razón, y la Princesa que conoció se volvió la regente que arregló el mundo tanto como pudo.

Vió estatuas erigirse en su nombre, y como este pasó a ser una leyenda.

Vió los avances que sus descendientes hicieron hasta que el mundo se fracturó y aquellos con sangre mágica dejaron a aquellos no mágicos. 

Vió nuevos reinos nacer y morir, pero nada de eso le dió la satisfacción de haber pasado su vida junto a la mujer que amó. Y cuando el final por fin llegó, abrazó a la gélida muerte como una vieja compañera.

Esperando que en el más allá, pudiera volver a verla.

 

 

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