Work Text:
Caminando por las calles sintió una ligera brisa y un par de gotas. Maldijo por lo bajo, odiaba la lluvia. Esta le recordaba lo limitado que podía llegar a ser, sin importar que todos a su alrededor lo consideraran el mejor artista marcial de combate libre, Ranma sabía que nunca llegaría a serlo, a menos que se deshiciera de su maldición, situación que ahora era imposible.
Las primeras gotas comenzaron a rebotar en su piel, observó cómo su mano se iba achicando y se volvía menos áspera, miró hacia el cielo mientas cerraba los ojos, como si con aquella acción revertiría su estado y no se transformaría. Al abrir sus párpados y mirar sus pechos agrandados se dio cuenta que su actuar fue inútil, como todo lo que trataba.
Tres años habían transcurrido ya y, el intento de la semana pasada, fue el que confirmó que jamás volvería a ser normal. La pelirroja lo acompañaría para siempre, lo peor era que su personalidad era cada vez más moldeada hacia ese lado femenino que pedía ser libre dentro de él, ¿por qué ahora? Culpaba a su contraparte femenina la tristeza que le producía los días lluviosos como los de hoy y esa debilidad que no le permitía hacer nada. Detestaba sentirse así, mas no podía evitarlo. No lo entendía y tampoco quería hacerlo. Con tal de mantenerla callada le era suficiente.
Se sentó en un banquillo a seguir pensando en lo que sucedió. De todos los lagos que podían secarse en Jusenkyo, justo tenía que ser el del hombre ahogado el que sufriera aquel destino, el guía fue claro: la poza volvería a llenarse luego de cien años; bendita su suerte por aquello, esa situación hizo que todos sus planes se vinieran abajo. Contuvo las lágrimas que quisieron escaparse, cerró los ojos y tragó saliva para no llorar. Los hombres no lloraban, solo las mujeres y aunque él luciera como una, no permitiría convertirse en tal.
—¡RANMA!
Su día no podía empeorar. Aquella voz la reconocía en cualquier lado y, por la molestia con que lo llamaba, suponía que quería vengarse por lo de la sequía del lago de Jusenkyo y por haberlo abandonado allá en China. Pensó que se demoraría más tiempo en volver a Nerima.
—¡TÚ! ¡Maldito seas! ¿Cómo pudiste hacer eso? ¡Voy a acabar contigo!
—¿Cuántas veces has dicho eso, Ryoga? ¿Alguna vez lo lograste?
—¡Cállate! ¡No desvíes el tema y ponte en guardia!
—¿Intentarás derrotarme con una sola mano? —le señaló la extremidad izquierda con la que sostenía sus paraguas.
—Puedo hacerlo hasta con los ojos cerrados.
—No, no puedes, nunca lo has hecho, pero, si tanto lo deseas, da el primer golpe —La pelirroja se levantó con la espalda curvada y los hombros hacia abajo. Ryoga lo miró extrañado— ¿Qué esperas, cerdito? Te estoy dando la oportunidad y no la aprovechas.
—Así no y lo sabes, eso no demostraría que tengo honor.
—¿Y de qué te ha servido el honor, Ryoga? Yo soy el responsable de que jamás vuelvas a ser tú. Nunca podrás ser normal y todo por mi culpa. Golpéame.
—Tú no estás bien, no lucharé contigo de este modo.
—Mierda, entonces, ¿qué es lo que quieres? Tú no tienes honor, solo eres un cobarde.
—Lo que sea que me digas no me afectará.
—Pues, ¡lucha! Golpéame, me lo merezco.
Ranma se acercó a él intentando arrebatarle el paraguas para seguir provocando, Ryoga lo esquivaba con rapidez. Veía en sus ojos un dejo de desesperación. Le hacía pensar en lo que realmente sucedió la semana pasada en Jusenkyo. Era verdad que él se molestó, pero la pelirroja tenía un aspecto de odio hacia sí mismo. Contuvo el puño de la chica contra la palma de su mano, pudo divisar la cara enrojecida de ella.
—¿Estás llorando, Ranma?
—Los hombres no lloran.
—Es lo que estás haciendo ahora.
—Por mi culpa nunca estarás con Akane, ¿sabes? Por dos razones: una, serás su cerdo mascota para toda la vida. Dos, ella todas las noches me dice cuánto me ama.
Con la mano que sostenía el puño, hizo la muñeca de la pelirroja para atrás, haciéndola retroceder. Luego la soltó para darle un golpe en el rostro, con la chica arrodillada le alzó la cabeza y volvió a golpearlo un par de veces más. Eso fue suficiente para dejar a Ranma tendida en el suelo.
Ryoga respiraba con fuerza, expulsando por su nariz toda su furia. Por mucho que les dijera a todos que había aceptado los sentimientos de rechazo de Akane, aun la seguía amando y le afectaba cuando le recordaban que ella estaba enamorada de este tipo. En el viaje a Jusenkyo su cariño fue muy notorio, ella asegurándole que lo querría así nunca volviera a ser hombre completo mientras que a él solo lo miraba con ojos de pena y miseria.
Decidió marcharse para no pensar en lo que había sucedido, dio dos pasos y vio a la pelirroja inconsciente tendida en el suelo. Quería dejarla ahí, pero no podía, su honor no se lo permitía. O, como Ranma lo llamaba, su cobardía. Se inclinó para llevarla en sus hombros a la casa de los Tendo. Esperaba encontrar la vivienda rápido o pronto se le dormirían los músculos.
Después de haber dado cinco vueltas en la misma cuadra la colocó en la banca donde la había encontrado, la lluvia seguía cayendo como si no lo hubiera hecho en días. La recostó y él se quedó a su lado cubriéndola con la sombrilla. Poco a poco Ranma fue recuperando el conocimiento. Se incorporó en el asiento mientras se sobaba la cara.
—Nada mal para alguien que solo usó una mano, ¿eh?
—Cállate.
—¿Qué pasa? ¿Demasiado orgullo para admitir la derrota?
—Te recuerdo que te di ventaja —Ranma miró al suelo—. Me echaron de la casa, ¿sabes? —. Ryoga mantuvo silencio—. Hubo una discusión horrible y, bueno, digamos que últimamente he estado descargando mi frustración con las personas con las que no debía.
—¿La lastimaste?
—Te lo juro que no, pero, estuve a punto de hacerlo y el tío Soun se transformó. Si mi papá no me hubiera detenido, yo… no sé qué hubiera hecho.
El otro artista marcial se lo quedó mirando, sin decir más se disponía a marcharse cuando se topó con los ojos del otro. Con la mirada la pelirroja le estaba rogando por ayuda.
—Deberías pedir disculpas y volver, Ranma.
—Lo he intentado, pero nadie en la casa me escucha. Ahora solo estoy cansado.
El chico de la bandana suspiró con fuerza, sabía que se arrepentiría de aquello, pero le ofreció quedarse en su tienda por aquel día.
Ambos caminaron hacia allá.
—¿No tienes la mano dormida agarrando ese paraguas?
—Ya estoy acostumbrado, y no quiero transformarme.
—Oye, yo, también quería… pedirte disculpas, ¿sabes? Por haberte abandonado allá y por lo de Jusenkyo.
—Cállate, con palabras no vas a cambiar el pasado. Además, quizá no todo esté perdido.
—¿Qué quieres decir?
—Estuve hablando con Cologne y ella dice que tal vez podría haber una solución.
—¿Y tú le crees, Ryoga? Esa vieja momia es capaz de decir que te convertirá en hombre con tal de conseguir lo que quiere.
—No perdemos nada con intentar.
—Tu optimismo me desespera.
—Yo también desconfiaba de ella, pero hablé con el guía y las Amazonas y puede que sí sea cierto.
—No me hagas ilusionar.
—Te hablo en serio, idiota, si hacemos todo bien esto podría acab…
Ryoga se mantuvo inmóvil al sentir el cuerpo femenino abalanzarse encima suyo. La lluvia seguía corriendo mientras ellos seguían quietos con la pelirroja aferrándose a la cintura del muchacho, un pequeño “gracias” salió de sus labios. Por segunda vez sus miradas se cruzan, aunque en esta ocasión Ranma no supo qué fuerza lo estaba obligando a no aparar sus ojos. Su personalidad femenina volvía a confundirlo, las lágrimas volvían a aparecer y, ahora, veía a su amigo como un héroe, su salvador y ella una damisela vulnerable que necesitaba de él. Intentaba reprimir aquellos sentimientos, mas estos no querían desaparecer. Acomodó sus brazos en el cuello del hombre, quien estaba quieto como una estatua sin entender nada de lo que ocurría, y se acercó más y más. Cerró sus ojos y le dio un pequeño beso.
Cuando reaccionó ya era demasiado tarde, ¿en qué estaba pensando? Estuvo obligado a abrir los ojos cuando escuchó un golpeteo contra el suelo. Era la sombrilla. De la impresión, Ryoga había soltado el objeto que lo protegía del agua y ahora estaba convertido en P-chan. Ranma miró hacia abajo al pequeño cerdito que estaba mirándole con confusión.
—Perdóname, Ryoga.
Fue lo único que alcanzó a decir antes de salir corriendo.
El animal seguía recostado, incapaz de moverse, sin entender por qué Ranma había actuado de esa forma. Lo que más le preocupaba era que a él le hubiera gustado concluir aquel fatídico beso.
