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Language:
Español
Series:
Part 13 of Giros de trama
Stats:
Published:
2023-09-24
Completed:
2024-07-09
Words:
11,873
Chapters:
4/4
Comments:
101
Kudos:
1,031
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146
Hits:
19,924

Lo que el mar regresó

Summary:

Rhaenyra Targaryen regresó después de catorce años estando desaparecida, con un par de hijos y dos esposos piratas a su espalda.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Chapter Text

Laena Velaryon

Rhaenyra Targaryen regresó después de catorce años estando desaparecida.

Tres dragones y una flota de barcos arribaron a las costas de Westeros.

La princesa dragón perdida acababa de regresar y muchos no pudieron evitar pensar en el Conquistador.

Sólo que Rhaenyra Targaryen no era un hombre y los jinetes de dragón a su lado no eran sus esposas, eran sus hijos.

Laena había sido testigo de las lágrimas del rey cuando recibieron un cuervo desde Lannisport, anunciando que la princesa Rhaenyra había regresado y ella y los suyos permanecerían como invitados de los Lannister mientras se reabastecían para continuar el viaje hasta Desembarco del Rey.

Un segundo cuervo, éste con la letra de su querida prima, explicaba que no podía hacer el viaje a lomos de dragón porque Rhaenyra no quería dejar a su tripulación y a sus esposos. La sorpresa del rey no duró mucho pues volvió a sollozar cuando leyó sobre la existencia de sus nietos.

Daemon había estado sorprendido y expectante, también un poco disgustado porque su amada sobrina se había casado y no podía estar seguro que dichos esposos fueran dignos de ella. Laena no le reprochó su sentir; se había casado con él, consciente de los sentimientos de Daemon por Rhaenyra. Era imposible competir con el primer amor de una persona, Laena lo sabía bastante bien, después de todo, Daemon tampoco había estado a la altura de Rhaenyra en los sentimientos de Laena.

El amor que compartían por la princesa era una de las cosas que reforzaba el compañerismo de su matrimonio. Y, a decir verdad, ambos estaban bastante contentos el uno con el otro; tenían una gran relación, un par de hermosas hijas y un hijo adorable.

Por otra parte, ambos habían colocado a Rhaenyra en una especie de pedestal, para siempre recordada como esa joven de espíritu ardiente y ojos tristes. Tal vez era lo que más molestaba a Daemon, su imagen de Rhaenyra seguía siendo prácticamente la de una niña; hermosa, fuerte e intocable, que era casi imposible imaginarla como una esposa y como una madre.

Al menos Laena no había logrado conciliar el recuerdo de Rhaenyra con la Rhaenyra de piel bronceada, cabello corto, corsés y escotes, que entró en el Salón del Trono.

Dos niños pequeños sostenían cada una de sus manos y dos hombres los flanqueaban. Era obvio quiénes eran. El niño mayor tenía toda la coloración Targaryen, aunque su piel tenía un hermoso tono dorado, claramente heredado de su padre, así como la forma de sus ojos.

Laena recordaba perfectamente las historias de su padre sobre su viaje a Yi Ti, sobre todo la apariencia de la gente del Imperio Dorado. Los rasgos del hombre de cabello verde eran exactamente como esas historias. El extravagante color de cabello debía atribuirse a un tinte, una práctica conocida de los habitantes de Tyrosh.

El niño más pequeño tenía cabello plateado, pero ojos azules, claramente heredados de su padre, el hombre de cabello rubio y rostro sonriente. La piel del niño estaba bronceada también, pero parecía que era más por el sol que por nacimiento. Él se parecía mucho a Rhaenyra y a la difunta reina Aemma, si el suspiro conmovido y emocionado del rey cuando vio al niño era una indicación.

Toda la familia real había estado observando con avidez a los recién llegados, a Rhaenyra; incluso la reina y sus hijos.

La desesperación de Alicent Hightower, tras la desaparición de Rhaenyra, casi había igualado la de Daemon y Laena. El primer año, ella había visitado diario el septo, arrodillándose durante horas y orando por el regreso de Rhaenyra.

Laena sabía de buena fuente que la reina se culpó por todo, que lo sucedido era su castigo, su pago por haber traicionado a la princesa que había servido durante años. Dicha culpa se consolidó cuando se descubrió que Otto Hightower había planeado todo.

Fue el padre de la reina y el amado amigo del rey quien organizó el secuestro de Rhaenyra. Él pagó a unos rufianes para que la tomaran y se la llevaran, no importaba dónde ni qué hicieran con ella, sólo debían asegurarse que nunca regresara.

Las razones de su traición eran obvias; su nieto en el Trono de Hierro. Sin embargo, su plan no rindió el resultado esperado. El rey, después de un año de la desaparición de Rhaenyra y harto de los nada sutiles consejos de muchos lores sobre nombrar oficialmente como heredero al príncipe Aegon, anunció que Rhaenyra seguiría siendo su heredera. Él siempre estuvo esperanzadoramente seguro que su hija aparecería tarde o temprano, por ello no la retiró de la sucesión.

Muchos lo llamaron sentimental y tonto, no en su cara, por supuesto, pero el rey se aseguró de dejar clara su resolución cuando también nombró a Daemon como su heredero si moría antes de que Rhaenyra regresara. Eso no había sido recibido bien por muchos, sobre todo por Otto Hightower y Casa Hightower.

Ambas decisiones eran sin precedentes.

Al rey no le importó eso, él estaba decidido.

Tampoco fue tímido al explicar que había más razones detrás de su decisión.

El Trono de Hierro no podía ser heredado por un mestizo, especialmente uno que no tenía dragón.

Ninguno de los niños de su segundo matrimonio poseía dragones; sus huevos de cuna nunca eclosionaron y, hasta la fecha, eran incapaces de vincularse con dragones adultos. Ninguno de los dragones del Pozo o de Dragonstone los aceptaron.

Cuando la vil traición de Otto Hightower fue descubierta, el reino entero comenzó a decir que la falta de dragones de sus nietos eran la maldición de los dioses por su actuar. Tampoco podía ser simple coincidencia que los niños que nacieron después del secuestro de Rhaenyra no tuvieran la coloración Targaryen.

Aemond y Daeron Targaryen eran tan ándalos como su madre y sus apariencias eran tan comunes como cualquier niño del Lecho de Pulgas. Otto Hightower había estado furioso y decepcionado por sus nietos menores y la reina se había sentido humillada, algo que cambió a amargura cuando Laena, Daemon y sus hijas se mudaron a la Fortaleza Roja.

Laena no era ciega a las miradas que la reina a veces lanzaba a Baela y Rhaena, que eran todo lo que la princesa Helaena no era; más bien, lo que la reina esperaba que fuera su hija. La princesa era una niña callada y retraída, pero a Laena siempre le pareció muy dulce; además, todas las niñas no podían ser iguales. Las niñas con sangre de dragón no eran siempre temperamentales o salvajes u obstinadas; definitivamente Laena no creía que se equivocaba al pensar que la reina esperaba que la princesa Helaena fuera como Rhaenyra, más que como una dama ándala adecuada.

Ni siquiera los niños que lucían como dragones completos alcanzaban las expectativas de su madre y abuelo.

La reina podía estar más molesta por la decepción que consideraba a sus hijos que por ser pasados por alto en la sucesión al trono, pero ella todavía era insoportable para Laena. Alicent Hightower era una mujer celosa que odiaba a Laena por su cercanía a Rhaenyra los últimos años antes de su secuestro y su desprecio aumentó cuando Laena tuvo un hijo al que nombró Rhaegel en honor a Rhaenyra. Un precioso niño que, además, era todo lo que sus hijos menores no eran.

Rhaegel, con sus cinco onomásticos, incluso era más disciplinado y encantador que el príncipe Aegon. No era un secreto para nadie la reputación de prostituto y borracho que el príncipe ostentaba ya, a sus catorce onomásticos.

—Estos son mis hijos, Jacaerys y Lucerys —presentó Rhaenyra cuando el rey dejó de abrazarla.

Laena sintió que su corazón latía al doble.

Jacaerys y Lucerys eran los nombres que Laena y Rhaenyra habían decidido serían los nombres de sus hijos, había sido una charla tonta en la que imaginaron las posibilidades si Rhaenyra hubiera nacido varón.

—Y mis esposos, Zoro Roronoa y Sanji Targaryen —Rhaenyra miró con amor y una sonrisa suave a los hombres.

Laena notó la sorpresa de la Corte ante el apellido de uno de los hombres, era casi inaudito que un hombre tomara el apellido de su esposa y cuando lo hacían, la mayoría no lo tomaban con felicidad. Sin embargo, este Sanji sonreía orgulloso y había algo presumido en su porte, como si estuviera muy contento y satisfecho por pertenecer a Rhaenyra.

Ni los niños ni los hombres se inclinaron ante el rey, pero a él no le importó.

El rey acarició el cabello y las mejillas de sus nietos, mirándolos como si fueran milagros. Entones miró a sus yernos; pareció evaluarlos, tal vez notando la protección y suavidad que emanaba de ellos hacia su esposa e hijos, y finalmente asintió hacia ellos. Zoro Roronoa y Sanji Targaryen asintieron a cambio.

— ¿Dónde has estado todo este tiempo, niña? —el rey regresó su atención a Rhaenyra, alcanzando su mano, hablando trémulamente —. ¿Qué ha sido de ti?

—Es una larga historia, padre.

Por el brillo sombrío que cruzó los ojos de Rhaenyra, Laena supo que una buena parte de lo que su amada prima enfrentó no fue agradable.

 

 

Criston Cole

Sabía que no debía mirar con enojo a los esposos de la princesa Rhaenyra, pero no podía evitarlo.

Así como no podía creer que su hermosa princesa estuviera casada con un par de hombres que estaban muy por debajo de ella.

Piratas.

Asquerosos piratas.

¿Cómo la princesa Rhaenyra se había enamorado de la peor calaña que plagaba los mares? ¿Cómo pudo convertirlos en sus esposos, tener hijos con ellos y estar orgullosa de tenerlos a su lado como sus consortes?

Criston no sabía los detalles, nadie fuera de la familia real sabía en su totalidad lo que la princesa sufrió todos esos años lejos de Westeros, pero ser rescatada por una tripulación pirata no justificaba que estuviera feliz de atar y compartir su vida con hombres como esos.

La princesa Rhaenyra podía llamarse una pirata también, pero eso, a consideración de Criston, era una consecuencia trágica, pero aceptable si significaba su supervivencia. Además, ella estaba de vuelta a donde pertenecía.

Convertirse en pirata fue una necesidad, pero ella seguía siendo una princesa, la princesa heredera de los Siete Reinos y la futura reina.

A pesar de los dos inconvenientes que tenían nombre y apellido, Criston estaba más allá de la felicidad por el regreso de su protegida. Estaba extasiado y muy agradecido con los dioses.

Todavía se sentía culpable, la princesa había sido secuestrada bajo su guardia. Su incompetencia había costado mucho y él nunca se perdonaría.

La princesa lo había perdonado cuando se arrodilló frente a ella, cuando se disculpó, se arrepintió y suplicó por su perdón al no haberla protegido. No es tu culpa, Ser Criston. El culpable ha pagado y yo estoy de regreso, así que levántate.

Ella tenía razón, Otto Hightower había perdido la cabeza por su traición. Por primera vez, Criston había estado complacido con el príncipe Daemon; el cabrón traidor fue sentenciado a muerte, una salida fácil, pero el Príncipe Pícaro se había asegurado de torturarlo hasta el contenido de su corazón antes de que la espada rebanara su cuello.

La princesa tomó la noticia con seriedad y también aceptó las disculpas de la reina, quien se sentía culpable por las acciones de su padre vil.

Su princesa era misericordiosa.

Tan noble y hermosa.

Su belleza sólo había aumentado y había una nueva dualidad feroz y suave en ella, tal vez producto de su nuevo papel como madre.

Los pequeños príncipes eran tan hermosos y encantadores, claramente eran los hijos de su madre. Ambos tan bien educados, respetuosos y dulces, iluminando la Fortaleza Roja con sus risas. Ambos tan feroces y capaces, decididos y obstinados.

Criston deseaba tanto entrenarlos, pero el maldito Zoro Roronoa no lo permitía.

El pirata de apariencia grosera entrenaba a sus hijos por su cuenta, negando la oportunidad a los caballeros que poseían los títulos adecuados. El hombre incluso detuvo al príncipe Daemon y se atrevió a negar las sugerencias de rey de nombrar instructores capaces para los pequeños príncipes. Lo peor era que la princesa estaba de acuerdo con su esposo.

La explicación era que no querían interrumpir el régimen que el pirata espadachín ya tenía, no querían que el estilo de lucha de los príncipes fuera influenciado tan pronto. Según la princesa, el único otro hombre que podía entrenar a sus hijos era un tal Mihawk, el segundo espadachín más fuerte del mundo desconocido.

Criston no tenía razones para dudar de su princesa, pero tampoco pudo evitar burlarse, por dentro, cuando resultó que Zoro Roronoa era el espadachín número uno.

El hombre de cabello verde era hábil, lo aceptaba a regañadientes, pero no parecía más que eso. Portaba tres espadas, pero eso no era sinónimo de poder y excelencia. Además, una cosa era ser considerado el mejor en el mundo desconocido, otra era serlo en Westeros o en Essos, los únicos lugares de los que se tenía información.

—Tengamos un duelo, sobrino —el príncipe Daemon apareció en el patio de entrenamiento, interrumpiendo las lecciones de los pequeños príncipes —. El mejor espadachín al oeste de la Gran Línea contra el mejor espadachín al este.

La Gran Línea había sido un mito desde el inicio de los tiempos, cuentos de marineros que hablaban de un mar peligroso del que nadie era capaza de atravesar o volver. Los aventureros que navegan en su búsqueda nunca volvían y sólo existían cuentos inverosímiles sobre la Gran Línea y lo que había más allá de ella.

Sin embargo, ahora había pruebas de su existencia.

Pocos se atrevían a llamar mentirosa a la princesa Rhaenyra o a dudar de ella, especialmente cuando había traído con ella especímenes animales y vegetales que nunca se habían visto en Westeros o en Essos. Sin mencionar lo extraños que eran las personas que trajo con ellos.

Ahí estaba esa extraña mujer, la arqueóloga que se había apoderado de la biblioteca de la fortaleza e intimidaba a los maestres; ese gigante monstruoso de cabello azul que parecía estar hecho de metal y que se había apoderado de una habitación donde construía artefactos extraños; y ese anciano pirata con una pierna de palo que ancló en el puerto de la capital un barco al que presumía como un restaurante. Por si fuera poco, la princesa Rhaenyra los llamaba sus queridos amigos y su familia. Los pequeños príncipes los llamaban tía y tío, y abuelo porque, al parecer, el anciano de bigote extraño era el padre de Sanji Targaryen, el otro esposo de la princesa de Criston.

¿Lo peor de todo?

Más piratas llegarían en el futuro.

El capitán y el resto de los miembros de la tripulación pirata a la que la princesa Rhaenyra y sus esposos pertenecían.

El rey de los piratas, para ser precisos.

Por el bien de su cordura, Criston decidió no pensar en eso.

Al igual que no condenaba la fácil aceptación del rey sobre los nuevos aspectos de la vida de la princesa, no podía culparlo. El alivio y la felicidad de tener a Rhaenyra Targaryen de vuelta eclipsaban todo.

Y eso era decir mucho, considerando que al príncipe Daemon no le había importado perder su herencia una vez más.

Contrario a Corlys Velaryon, quien estaba absolutamente furioso por perder una vez más la oportunidad de sentar su sangre en el Trono de Hierro. La Serpiente Marina era tan desdichada como Otto Hightower. Criston esperaba que no fuera tan idiota y se atreviera a dañar a la princesa Rhaenyra y sus hijos.

Aunque, viendo a Roronoa Zoro apuntar con una de sus espadas la garganta del príncipe Daemon, sin rastro de sudor o cansancio, sería difícil para cualquiera ir más allá de los piratas para alcanzar a la princesa y los pequeños príncipes.

A Criston nunca le agradarían los príncipes consortes, pero su ojo entrenado le decía que eran buenos escudos y protectores.

 

 

Aegon Targaryen

Puso los ojos en blanco cuando vio a su madre mirar con ojos apestosos a Laena detrás de la cabeza de Rhaenyra.

Las tres mujeres estaban sentadas sobre una manta, bajo la sombra de uno de los árboles del jardín, hablando y riendo. Cada vez que Rhaenyra apartaba sus ojos de la madre de Aegon para mirar a Laena, ésta enviaba miradas oscuras y asesinas a su némesis.

Su madre estaba desesperada por la atención de Rhaenyra, era triste y vergonzoso de presenciar. Aunque no tan patético como Aemond y su enamoramiento infantil por Lucerys.

El tonto hermanito amargado de Aegon no tenía la mínima oportunidad, no con Zoro interponiéndose entre él y Lucerys. Zoro era un padre celoso y protector cuya actitud incrementó después de que Aemond dijera palabras crueles, nacidas de la envidia, a sus sobrinos.

Aemond seguía sin aceptar que nunca sería un jinete de dragón, así como nunca dejaría de menospreciarse por su falta de apariencia valyria. Su hermanito era un idiota. No había nada especial en lucir como un Targaryen y, bueno, no tener dragón era una decepción, pero nada de eso tenía que dictar su vida.

Además, lucir como un príncipe dragón no salvaba a nadie de ser una decepción. Aegon y Helaena tenían los colores de los dragones, pero nunca fueron suficientes para su abuelo y su madre. Así como tener un dragón no los hacía todopoderosos o intocables; Rhaenyra era la prueba de eso.

Aunque el vínculo con un dragón sí era algo para envidiar, Aegon lo concedía.

¿Quién no querría un dragón que te amara tanto como para soltarse de sus cadenas y volar durante incontables lunas para encontrarte? Syrax lo había hecho; se había escapado de Pozo Dragón, unas lunas después de la desaparición de Rhaenyra, y no había sido vuelta a ver hasta hace poco, con su jinete sobre su lomo.

Incluso sus sobrinos habían tenido huevos de dragón que eclosionaron. Contra todo pronóstico, en el mundo desconocido habían encontrado huevos cuyo origen era incierto; tal vez provenían de la Vieja Valyria o eran huevos robados del Pozo o de Dragonstone después de la Perdición.

Sin embargo, nada de eso justificaba la actitud de Aemond hacia sus sobrinos. Y era decir mucho proviniendo de Aegon, pero la vida había mejora mucho con el regreso de Rhaenyra. Helaena había comenzado a ser menos retraída, todavía era rara, pero su rareza ahora tenía un objetivo bajo la guía de Lady Robin, quien la estaba ayudando a escribir un libro sobre insectos; Daeron pasaba sus días en el Baratie, acosando al viejo Zeff para que le enseñara a cocinar –Sanji se había sentido insultado por ser pasado por alto, pero él estaba bastante ocupado mandando en las cocinas de la fortaleza, abriendo comedores en la ciudad y siguiendo a sus amantes e hijos.

Aemond debería concentrarse en hacer algo útil, como la espada que tanto le gustaba, en lugar de hacer llorar a los bebés.

—He aquí jugo de mandarina fresco y galletas recién horneadas para mi amada princesa —Sanji llegó al jardín, cargando una bandeja con vasos y platos —. Por supuesto, también para la bella dama y la encantadora reina.

Aegon casi vomitó cuando vio a su madre sonrojarse.

Sanji era de lo peor, tan coqueto, cursi y amoroso. Por alguna razón a Rhaenyra le gustaba. Su cuñado era bastante guapo y tenía un cuerpo admirable, pero era tan ridículo. Al menos era un cocinero increíble, por lo que se equilibraba.

Lo vio besar la mejilla de Rhaenyra, entonces arrodillarse para acunar el vientre abultado y depositar un beso suave sobre la ropa. Risitas y suspiros se oyeron por todo el lugar, provenientes de las tres mujeres y las sirvientas que habían llegado con Sanji, cargadas con más bandejas.

Aegon simuló arcadas, haciendo reír a Rhaegel, cuando Sanji besó dramáticamente los dorsos de las manos de Laena y la reina. Algo que su ridículo cuñado repitió con Helaena, Baela y Rhaena cuando se acercó a entregarles jugo y galletas.

—Te enseñaré a tratar a las mujeres como debe ser —dijo Sanji, mirando a Aegon con una ceja alzada después de escucharlo soltar resoplidos burlones

—No enseñarás nada a nadie, cocinero de mierda —Zoro intervino antes de que Aegon pudiera decir algo.

Su otro cuñado estaba sentado con ellos, los niños, sobre otra manta, soportando admirablemente que sus hijos, Helaena, Baela, Rhaena y Rhaegel le apilaran coronas de flores en la cabeza.

—A quién le importa lo que digas, bola de algas —Sanji retó, pero le entregó un vaso de jugo y colocó un plato de galletas en una rodilla —. Son de chocolate amargo, no te quejes.

—El único que siempre se queja eres tú, monstruo amoroso.

Aegon se llenó la boca de galletas y los vio discutir con curiosidad mórbida.

Era extraño y divertido que esos dos pelearan cuando era obvio que se amaban.

No había sido obvio al principio, lo admitía, pero después de verlos besarse y manosearse detrás de un nicho, Aegon empezó a notar cosas. Ellos siempre estaban discutiendo, pateándose y dándose codazos, pero las miradas que compartían eran brillantes e intensas, suaves y cursis, así como siempre se estaban tocando… y esos toques eran persistentes.

Eran devotos el uno al otro, tan devotos como eran con Rhaenyra y ella con ellos.

¿No había dicho Jace que sus tres padres estaban casados?

Aegon no había prestado atención entonces, pero ahora estaba convencido que no sólo su hermana estaba casada con cada uno de ellos, sino que los dos hombres estaban casados entre sí.

Ahora entendía por qué Zoro y Sanji adoraban a Jace y Luce por igual. Sólo uno era hijo de su carne y sangre, pero el otro era hijo de las dos personas que amaban.

Y el nuevo bebé sería igual de amado.

Aegon se negó a sentir envidia o amargura, estaba decidido a no ser como Aemond.