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Trae el fuego, trae la tormenta

Summary:

El príncipe Lucerys era muy amable.
El temor de Tommen por conocerlo, por casarse con él cuando crecieran, había desaparecido en cuanto lo conoció y el príncipe le sonrió con la sonrisa más bonita que había visto en su vida.

Notes:

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Work Text:

Miró con cariño a Madre, la gata negra leonada que encontró cuando se mudó a la Fortaleza Roja. Ella había estado preñada entonces y ahora tenía a sus bebés prendidos de ella, alimentándose; seis gatitos, negros, leonados y atigrados, a los que Tommen nombró como los Siete. Pensó que no podía ser algo irrespetuoso ya que la familia real nombraba a sus dragones como los dioses valyrios, además, nadie sabía de sus gatos, al menos no nadie que se interesara lo suficiente para preguntar sus nombres.

El príncipe Lucerys Velaryon no era uno de esos alguien.

El prometido de Tommen se había interesado por sus nuevos amiguitos peludos y lo había ayudado a alimentarlos, así como encontrarles un lugar agradable y fuera de la vista para que Madre diera a luz con tranquilidad.

El príncipe era muy amable.

El temor de Tommen por conocerlo, por casarse con él cuando crecieran, había desaparecido en cuanto lo conoció y el príncipe le sonrió con la sonrisa más bonita que había visto en su vida.

Su padre lo había asustado con historias terribles del príncipe y la princesa Rhaenyra cuando su abuelo les informó de su compromiso. Su padre también había estado y seguía muy enojado por eso, él no quería que Tommen estuviera comprometido con ninguno de los hijos de la princesa heredera. Él no lo había entendido, casarse con un príncipe o princesa era el mayor honor que alguien podía alcanzar, pero su padre le dijo que esta vez no era un honor porque los príncipes Velaryon eran bastardos.

Nada de eso fue dicho en presencia de su abuelo, pero sí en compañía de su madrastra y hermanas. Lo único que su padre se atrevió a hacer fue burlarse cuando el abuelo le explicó a Tommen que los varones de sangre Velaryon eran capaces de concebir y por eso su compromiso era posible aunque él y el príncipe Lucerys eran varones.

La princesa Rhaenyra se está burlando de nuestra Casa, había gruñido su padre una vez, no ha tenido suficiente humillando a la Casa Velaryon, la Casa de mi bisabuela, ahora también quiere arrastrar a Casa Baratheon en sus tonterías. ¿Realmente cree que comprometiendo a uno de sus bastardos con mi hijo callarán las malas lenguas? Ese chico no es un Velaryon, no tendrá hijos, se comprobará en el futuro, pero mientras tanto Tommen será el hazmerreír del reino.

Tommen no lo había entendido entonces, no lo entendió cuando conoció al príncipe y no lo entendía ahora.

Sólo tenía ocho onomásticos, pero él era incapaz de reconocer la bastardía de la que su padre hablaba cuando veía al príncipe Lucerys.

Él tenía la piel bronceada porque le gustaba jugar en la playa detrás de la Fortaleza Roja, sus ojos eran azules –no como los Baratheon, como los Arryn–, tenía una nariz adorable, una bonita sonrisa con hoyuelos y el rostro de la reina Aemma. Tommen siempre escuchaba eso, los sirvientes y los nobles de la Corte llamaban la reina Aemma renacida al príncipe Lucerys. Eso y su cabello plateado eran sus rasgos Targaryen; su cabello incluso era como el del difunto príncipe Aemon, de un tono tan pálido como la nieve brillando bajo la luz de la luna.

Tommen lo había escuchado de la princesa Rhaenys, quien recordaba muy bien a su padre y miraba con mucho cariño al príncipe Lucerys

El príncipe Jacaerys tenía piel blanca sin broncear porque prefería quedarse dentro de la fortaleza; leyendo, entrenando o acompañando a la princesa Rhaenyra. Él no tenía coloración valyria, sus ojos y cabello eran marrones, ¿pero Lady Jocelyn Baratheon no había tenido ojos marrones? Además, el cabello del príncipe tenía los rizos ensortijados de los Velaryon. Tommen incluso reconocía algo de Baratheon en él por su temperamento.

Y el príncipe Joffrey  tenía la nariz de la princesa Rhaenys y los ojos desiguales de la difunta princesa Alyssa. De piel pálida y cabello oscuro, pero con una personalidad salvaje como una tormenta. A Tommen le recordaba a sus hermanitas gruñonas.

Entonces no, Tommen no entendía por qué su padre y muchas personas más pensaban que los príncipes Velaryon eran bastardos. A él también le parecían más Targaryen que los hijos de la reina.

Tommen llevaba viviendo en Desembarco del Rey sólo unas pocas lunas, pero ya se había dado cuenta de la brecha que separaba a la familia de la princesa Rhaenyra de la familia de la reina. Los príncipes Jacaerys y Lucerys visitaban a sus dragones casi todos los días, hablaban alto valyrio como si hubieran nacido sabiéndolo, profesaban la religión valyria, vestían los colores de la Casa Targaryen y practicaban algunas de sus costumbres como trenzar su cabello y adornarlo con broches y cuentas de metales preciosos o joyas, así como perforar sus orejas para usar aretes.

Los rizos –menos salvajes que los de los caballitos de mar– del príncipe Lucerys solían estar intercalados con pequeñas trenzas valyrias, sujetas por broches de plata y cuentas de perlas negras o turmalinas. Como todavía era un niño, no tenía permitido usar aretes pesados o extravagantes y en su lugar usaba zafiros del tamaño de una uña de meñique en los lóbulos de sus orejas.

Los aretes del príncipe Jacaerys eran del mismo tamaño y estilo, pero en lugar de zafiros eran rubís. Él no trenzaba su cabello a menos que estuvieran en verano para protegerlo del calor, pero lo cuidaba muy bien como Ser Laenor le indicaba. Mientras que el príncipe Joffrey prefería portar pequeñas perlas nacaradas y llevar su cabello suelto y salvaje.

Tommen sabía que la reina consideraba una atrocidad esa práctica, había escuchado a la princesa Rhaenyra y a Ser Laenor hablando de eso. Supuso que para la mayoría de las damas de Westeros era desconcertante, pero la práctica no lastimaba a nadie y la familia real no la estaba imponiendo, ni siquiera a sus propios miembros.

Los príncipes Aegon y Aemond y la princesa Helaena no usaban aretes ni trenzaban su cabello al estilo valyrio, ellos tampoco pasaban mucho tiempo con sus dragones, vestían de verde y Tommen nunca los había escuchado hablar en un idioma que no fuera la lengua común. Ellos comandaban a sus dragones en valyrio, pero nunca tenían conversaciones en su lengua materna o usaban algunas palabras diariamente, como los príncipes Velaryon que llamaban muña y kepa a sus padres.

Los hijos de la reina tenían coloración Targaryen y montaban dragones, pero no honraban completamente a su Casa.

Tal vez si el padre de Tommen los conociera dejaría de pensar cosas tan atroces y pensaría que los que no actuaban como hijos legítimos eran los niños de la reina.

 

 

— ¿Por qué estás triste, príncipe Lucerys? —tomó asiento junto a él, escondidos entre arbustos de aliento de dragón.

—Mi tío Aemond sigue enfadado conmigo —explicó su principito, pasando sus dedos por el pasto y mirando tristemente a Tommen —. Y llámame Luce.

—Lo siento, Luce —Tommen también se sentía devastado cuando sus hermanas se enfadaban con él.

—No es tu culpa que él esté enojado conmigo.

—Tampoco es tu culpa.

—Pero lo es, peleé con él.

Tommen sabía que los hijos de la reina y los príncipes Velaryon habían tenido un altercado en Marcaderiva, la misma noche del funeral de Lady Laena Velaryon. El príncipe Aemond había robado a Vhagar, según las palabras del príncipe Jacaerys; la princesa Rhaenyra explicó que era imposible robar dragones, que éstos elegían a sus jinetes, pero también admitió que fue una falta de respeto por parte del príncipe Aemond hacerlo durante el funeral del jinete anterior y a escondidas.

Las hijas de Lady Laena lo habían descubierto y pidieron la ayuda de los príncipes Jacaerys y Lucerys para enfrentarlo. Se habían gritado muchas cosas, se golpearon y se lanzaron contra él; antes de que la situación empeorara fueron detenidos por Ser Laenor y algunos guardias.

El príncipe Aemond estaba enojado con sus sobrinos por llamarlo ladrón y por elegir el lado de sus primas sobre él. Al menos eso decía el príncipe Lucerys y Tommen no tenía razones para no creerle.

—Él también peleó contigo, con el príncipe Jacaerys y las damas Baela y Rhaena.

Todos tenían parte de culpa; además, fue el príncipe Aemond quien lo inició.

—Sólo quiero que deje de estar enojado conmigo, extraño sentarme con él para leer y robar juntos pasteles de las cocinas.

El tío favorito del príncipe de Tommen era el príncipe Aemond.

—Tal vez necesita tiempo. Algunas personas tardan enojadas más tiempo que otras, cuando mi padre se enoja le toma días calmar su furia hasta que se le olvida porqué estaba enojado.

—Aemond lleva lunas enojado, es una eternidad, Tommen.

—Tiene mejor memoria que mi padre –hizo una pausa, pensando qué decir para que su príncipe se animara —. Un día dejará de estar enojado, no te preocupes. Mientras tanto, si quieres, podemos leer juntos y robaré pasteles contigo.

— ¿De verdad? —su rostro de iluminó de emoción.

—Sí, soy tu prometido y no hay nada que no haría por ti —su difunta madre le había enseñado a respetar y adorar a su compañero de vida, ella había visto a sus padres tener una relación amorosa y comprensiva y había deseado lo mismo para Tommen.

Recibió la sonrisa más dulce a cambio.

—Eres el mejor prometido de todos los tiempos, Tommen —su príncipe se puso de pie y lo ayudó a hacer lo mismo —. Estoy muy contento de casarme contigo y yo también haré muchas cosas por ti, sólo tienes que preguntar.

—Está bien —se tomaron de la mano y comenzaron a caminar hacia las cocinas —. Cuando nos casemos, ¿podemos tener muchos gatos en nuestro castillo?

—Sí, rescataremos a tantos como podamos y vivirán con nosotros y Arrax en Bastión de Tormentas y Marea Alta —balanceaban sus manos entre ellos, su príncipe seguía sonriendo —. Ya tenemos los siete primeros.

Tommen también sonrió.

Él iba a vivir en dos castillos y a tener muchos gatos, ojalá que el tiempo pasara rápido.

 

 

No se dio cuenta que estaba ocurriendo algo raro con él hasta la quinta vez que soñó que era Madre.

En sus sueños, caminaba por los pasillos de las Fortaleza Roja, deambulaba por los jardines y las bodegas o se escondía en la cocina, esperando atrapar alguna sobra. Esta vez, estaba regresando con las crías de Madre cuando vio a un par de caballeros besarse y esconderse detrás de un nicho.

Al día siguiente, Tommen escuchó a los nobles hablar de que algunos guardias atraparon a un noble del Dominio retozando con un caballero en la oscuridad.

¿No había sido un sueño?

¿Él había sido Madre esa noche?

¿Cómo era posible?

 

 

Siguió soñando.

Tommen pensó que debería sentirse asustado, pero no lo estaba.

Sentía mucha curiosidad, pero sus preguntas no tenían respuesta.

Había preguntado a la princesa Rhaenyra y a Ser Laenor, sus cuidadores durante el tiempo que iba a durar su crianza, pero ellos no sabían nada. El maestre sólo lo ahuyentó, diciéndole que era imposible convertirse en animal; le dio libros de fábulas y eso fue todo.

Estuvo tentado a escribir a casa y preguntarle a su padre y abuelo, pero no quería que pensaran que estaba loco o bromeando, tampoco que lo regañaran por sus arrebatos infantiles. Tommen tenía nueve onomásticos ya y era casi un hombre, no quería ser menos a los ojos de su familia.

Pero los Baratheon no eran su única familia, él tenía a la familia de su madre.

Lord Reed, su abuelo, siempre había sido amable y estaba contento de contarle por cartas a Tommen sobre su difunta madre. No lo había visto desde el funeral, pero se escribían una vez cada luna; Tommen se sentía más cerca de su madre debido a ello.

Lady Mychaela Reed había sido una mujer pequeña, muy bonita, de ojos verdes y cabello rubio. Su abuela había sido una dama de una de las muchas ramas de Casa Lannister, quien heredó su cabello a la madre de Tommen. Él tenía el cabello negro y los ojos azules de los Baratheon, pero su rostro era todo de su madre y su abuela.

Eso era algo que también lo hacía sentir cercano a su príncipe, ambos eran la semejanza de sus madres y abuelas. Tommen se consideraba afortunado, su padre no era guapo, y sólo una persona bonita podía estar junto al príncipe Lucerys; no creía que existiera alguien que pudiera igualar o superar su belleza, pero al menos Tommen no se sentía inadecuado junto a él. Era una suerte que sus hermanas heredaran la belleza de Lady Elenda, pero tal vez no tanto porque su padre ya estaba buscando maridos para ellas.

Tal vez por eso estaba muy enojado; como Tommen ya tenía un compromiso real, su padre no podía casar a una de sus hijas con otro príncipe. No que pudiera de todas formas, el príncipe Aegon estaba comprometido con la princesa Helaena y se casarían dentro de tres lunas; el príncipe Aemond era el hijo favorito de la reina y parecía que ella quería tenerlo cerca todo el tiempo; del príncipe Daeron no sabía mucho, pero como estaba viviendo en Oldtown tal vez lo casarían con alguna prima Hightower o alguna dama del Dominio.

 

 

Cambiapieles.

Fue lo que su abuelo Johan respondió.

Una persona con la capacidad de entrar en la mente de los animales, de controlarlos y mirar a través de sus ojos.

Eso era Tommen.

Su abuelo prometió enviar a uno de sus primos para enseñarle a manejar su habilidad. Le aconsejó que no revelara nada a nadie, que la llegada de su primo se presentara como unión familiar, que Tommen sólo estaba interesado en la familia de su madre.

La princesa Rhaenyra no había tenido ninguna objeción.

El padre y el abuelo de Tommen tampoco, después de todo él siempre fue un niño de mamá y sus parientes sabían que todavía extrañaba la extrañaba.

Sin embargo, había alguien a quien no podía engañar.

Tommen compartió la verdad con su príncipe.

El príncipe Lucerys prometió que guardaría su secreto. Él también se sorprendió, pero no pensó que Tommen fuera raro o un monstruo, en cambio, pensó que era increíble y también prometió darle todo su apoyo a Tommen en su nuevo aprendizaje.

 

 

El primo Gaven era casi un adulto.

Era el segundo hijo –detrás de una hermana y hermano mayores– del tío de Tommen, el hermano mayor de su madre. Tenía cabello castaño y ojos verdes, como la mayoría de los Reed. Él también era callado y muy tranquilo, delgado y pequeño, y muy muy amable.

A Tommen le agradaba.

Especialmente porque no se molestaba por todas las preguntas que Tommen y el príncipe Lucerys le hacían.

¿Puedes entrar en la mente de un dragón?

No, no estaba seguro de que fuera posible y si lo fuera, bueno, sería muy difícil.

El príncipe Lucerys estuvo muy aliviado. Tommen lo entendió, él tampoco se sentía cómodo pensando que alguien pudiera apoderarse de Arrax, robarlo del príncipe y tal vez usarlo en su contra.

Gaven podía entrar en la mente de aves pequeñas y se sorprendió cuando Tommen le dijo que siempre entraba en la mente de Madre. Al parecer, los gatos eran unos de los animales más difíciles de controlar.

Los gatos eran los animales que la bisabuela Meera controlaba y la madre de Tommen también. Mychaela Reed no había sido tan hábil o poderosa, sólo había logrado entrar en la mente de gatitos y su control se desvanecía cuando crecían.

Tommen nunca supo eso de su madre, pero ella había muerto antes de que pudiera hablarlo con él. Todavía, estaba feliz de compartir algo más, algo tan mágico e importante, con ella.

 

 

La boda del príncipe Aegon y la princesa Helaena fue esplendorosa y suntuosa.

El banquete estuvo repleto de vinos y platillos del Dominio.

Aunque se trataba de una boda Targaryen no hubo mucho negro ni rojo.

El traje y el vestido de los novios estaban hechos de la tela de mejor calidad, pero en colores verde y dorado. El verde era de un tono más oscuro de lo que la reina y su familia solían usar, pero seguía siendo obvio que era verde y no negro; el dragón de tres cabezas estaba bordado en hilo de oro y el vestido de la princesa incluso tenía pequeñas torres bordadas en los dobladillos de su falda y mangas. Ellos tampoco usaron joyas o peinaron su cabello según la costumbre valyria.

Tommen nunca había estado en una boda del Dominio, pero estuvo de acuerdo con el comentario de Ser Laenor al respecto.

El príncipe y la princesa no volaron en sus dragones para conmemorar su unión –el primer vuelo como pareja casada de jinetes de dragón– y tampoco habría ceremonia valyria en Dragonstone.

Por todo lo que Alicent proclama verdaderos Targaryen a sus hijos en realidad no se esfuerza por mostrarlos como hijos de la sangre de dragón, fue lo que la princesa Rhaenyra dijo mientras viajaban en el carruaje de regreso a la fortaleza al salir del septo.

No te preocupes, mi dulce, tú y Tommen tendrán una verdadera boda valyria, la princesa había calmado los miedos del príncipe Lucerys cuando éste le preguntó si su boda sería tan aburrida como la de sus tíos, como la tendrán Jace y Joff.

Tommen no sabía cómo era una boda valyria, pero estaba emocionado por volar con su príncipe en Arrax para que los cielos también bendijeran su matrimonio.

Aunque era la princesa heredera, ella y su familia no tuvieron lugares en la mesa alta. Ahí se sentaron sólo los novios, el rey, la reina y sus hijos, también la Mano del Rey y el Septón Supremo, quien había viajado desde Oldtown para realizar la ceremonia.

La mesa alta todavía tenía mucho espacio, pero nadie más fue invitado a unirse.

La princesa Rhaenyra había mantenido una sonrisa suave, pero Tommen vio en sus ojos que no estaba contenta, fue capaz de notarlo desde una mesa de distancia. Ella, Ser Laenor y los príncipes estaban sentados con los miembros de Casa Velaryon que habían sido invitados.

Tommen tuvo que sentarse con su familia, estuvo contento de volver a ver a sus hermanitas y madrastra, pero se dio cuenta que no extrañó el mal carácter de su padre. Él se había burlado por los asientos de la princesa Rhaenyra, el abuelo no había asistido así que Borros Baratheon podía hacer lo que quisiera mientras no llamara la atención de quienes estaba irrespetando. El padre de Tommen se burlaba mucho, pero le tenía miedo a los dragones.

Su padre era un idiota.

No se sentía mal al pensarlo, lo había escuchado primero de su madrastra.

De cualquier manera, ignorando la desaprobación de su padre, Tommen bailó con su príncipe.

Fue muy divertido.

Notó algunas miradas desagradables de parte de los invitados, pero también vio muchas sonrisas y escuchó algunos arrullos.

Supuso que lo que su madre le dijo hace mucho tiempo era verdad; existía mucha gente mala en el mundo, pero también el doble de gente buena, sólo tenía que saber dónde mirar y aprender a distinguirlas.

Bailó con su madrastra y cargó a sus hermanitas en un par de bailes, incluso bailó con las princesas Rhaenyra y Rhaenys.

Los príncipes Velaryon bailaron con su madre y abuela, invitaron también a Lady Elenda y Lady Jeyne Arryn. El príncipe de Tommen invitó al príncipe Aemond, pero él se negó, entonces se acercó al rey; ver al rey bailar con su nieto hizo olvidar rápidamente a todos que el príncipe Aemond rechazó a su sobrino. El príncipe Jacaerys se aventuró a sacar a bailar a la princesa Helaena; ella era la novia, pero ni una sola vez había bailado, no con el príncipe Aegon, no con sus hermanos y no con el rey o su abuelo.

Hubo muchos murmullos cuando ella aceptó; la reina parecía muy molesta, pero al príncipe Aegon pareció no importarle, él siguió bebiendo de su copa.

Tommen pensó que el príncipe Jacaerys había hecho algo muy bueno, fue la primera vez que la princesa Helaena sonrió en todo el día.

 

 

Se hizo cada vez más tarde y todos los niños fueron enviados a sus camas.

Tommen iba a seguir a los príncipes Velaryon, acostumbrado a compartir habitaciones con ellos, pero su padre lo detuvo. Era mayor ya, así que podía quedarse más tiempo en la fiesta, él también tenía que convivir más con los lores que un día serían sus abanderados, alegó su padre.

Obedeció.

Estaba cansado, pero pensó que podía resistir un poco más para no molestar a su padre.

Mantuvo conversaciones cortas con algunos lores, ninguno le prestó demasiada atención, todos estaban bastante metidos en sus copas. Tommen se concentró en comer pasteles y frutas escalfadas; normalmente no comía cosas tan dulces por las noches, pero Lady Elenda y la princesa Rhaenyra no estaban presentes, y a su padre no le importaba.

No supo cuánto tiempo pasó, pero la princesa Rhaenyra regresó y estaba conversando con la princesa Rhaenys, Lady Jeyne y otras damas. El príncipe Daemon y sus hijas no habían asistido, pero, a excepción del rey, no parecía que a las personas sentadas en la mesa alta les importara.

Ahí arriba sólo quedaban la reina y la Mano del Rey, también los príncipes Aemond y Daeron, quienes lucían muy aburridos. Los novios ya se habían retirado para la ceremonia de cama y el rey los siguió poco después, ya cansado.

De pronto, Tommen tuvo un presentimiento.

Algo en su interior le gritó que se conectara con Madre.

— ¿A dónde vas? —su padre lo agarró fuertemente del brazo en cuanto se puso de pie.

—Hacer agua —lo vio a los ojos, medio sorprendido.

No pensó que su padre le estuviera prestando atención.

—Bien —su padre lo soltó después de un momento de mirarlo fijamente —. Sé rápido y vuelve aquí.

— ¿Puedo ir a dormir ya, padre? Estoy cansado.

—No. Haz lo que digo —entonces frunció el ceño —. No te he visto en mucho tiempo, quiero a mi hijo conmigo ahora. ¿Tienes un problema con eso, muchacho?

—No, padre —miró a los lores que los acompañaban, pero seguían ocupados bebiendo y riendo —. Ya vuelvo.

Se alejó rápidamente.

Salió del salón de banquetes y buscó una habitación vacía que no estuviera tan lejos.

Después de abrir varias donde algunas parejas estaban besándose o abrazándose extrañamente, se metió detrás de un nicho. Se acomodó en el pequeño espacio y alcanzó su enlace con Madre.

Ella estaba deambulando con dos de sus hijos en un jardín, cuando salió de los matorrales reconoció el pasillo que llevaba al Torreón de Maegor. Mientras el rey, la reina y sus hijos vivían en el castillo principal, la princesa Rhaenyra prefería vivir en el Torreón de Maegor, cerca de las habitaciones que la reina Aemma había preferido.

Había un par de guardias en la entrada del Torreón y más adentro había caballeros Targaryen y Velaryon, protegiendo las habitaciones de la princesa heredera y sus hijos. Ya que los príncipes Velaryon estaban durmiendo, los guardias se habían duplicado, sobre todo porque algunos invitados se estaban hospedando en la Fortaleza Roja.

Madre comenzó a caminar en la dirección contraria y Tommen estaba a punto de regresar a su cuerpo cuando notó un par de figuras escondiéndose detrás de una estatua. Madre los pasó de largo, precavida para no ser pateada por extraños, pero Tommen alcanzó a escuchar perfectamente la cosa más atroz.

— ¿Dónde está la distracción? —fue una voz ronca, grosera y susurrada.

Justo cuando dijo eso, un sirviente llegó corriendo, ignorando a Madre, Bruja y Desconocido.

— ¡Fuego! ¡Hay fuego en la Habitación Blanca! ¡Ayuda!

Tommen hizo que madre volteara.

El sirviente estaba rogando ayuda a los guardias y éstos dudaron un momento, pero el olor a quemado pronto invadió el pasillo y ellos echaron a correr. Unos guardias más salieron del Torreón y siguieron al sirviente.

El sonido de sus pasos se hizo cada vez más lejano y entonces las dos figuras salieron de su escondite. Eran dos hombres de aspecto sucio y horrible, llenos de cicatrices; llevaban cuchillas en las manos. Miraron por un instante en la dirección donde los guardias desaparecieron; uno de ellos, el de ojos azules, miró a Madre, sus ojos se encontraron por un momento y él sonrió, mostrando dientes podridos.

Los dos hombres entraron al Torreón.

—Mis damas nunca han probado la sangre de dragón —el canturreo de uno de esos hombres fue lo último que Tommen escuchó.

Salió de golpe de Madre.

No le importó el mareo, se alejó a trompicones del nicho y comenzó a gritar.

Corrió hacia el salón de banquetes.

Ser Laenor estaba saliendo, acompañado de Ser Qarl.

— ¡Asesinos! ¡Los príncipes están en peligro! —lloró, alcanzando a Ser Laenor —. ¡Tienes que salvarlos! ¡Los van a matar!

— ¿Tommen? —Ser Laenor lo veía como si no entendiera lo que le estaba diciendo.

— ¿Qué es lo que dices, pequeño lord? —Ser Qarl lo vio con preocupación.

— ¡Los vi! ¡Hay asesinos en el Torreón de Maegor! ¡Los príncipes están en peligro!

Finalmente, la comprensión alcanzó a Ser Laenor y echó a correr sin decir palabra. Ser Qarl lo siguió. Ambos empezaron a gritar por los guardias, los que habían estado custodiando el banquete corrieron tras ellos.

Los gritos de Tommen habían llamado la atención de muchos.

Gente comenzó a salir del salón de banquetes.

Tommen siguió gritando por ayuda.

Las princesas Rhaenyra y Rhaenys, así como Lord Corlys y un par de Guardias Reales salieron. Cuando Tommen les dijo lo que pasaba, corrieron también. Varios lores y caballeros, unos más borrachos que otros, los siguieron.

Tommen estaba por ir también, necesitaba estar ahí para su príncipe, pero manos ásperas lo detuvieron de los hombres.

— ¿¡A dónde crees que vas!? —bramó su padre, volteándolo y casi sacudiéndolo.

— ¡Príncipe Lucerys! —logró decir a través del miedo y el llanto, tratando de zafarse del agarre.

— ¡Muchacho estúpido! —su padre lo agarró con más fuerza, a Tommen comenzó a dolerle —. ¡No vas a ninguna parte! ¡No dejaré que te maten!

Entonces su padre comenzó a arrástralo lejos.

No importaba que Tommen gritara y llorara hasta quedarse sin voz, su padre no lo soltó.

 

 

Los príncipes Velaryon estaban vivos.

Su príncipe Lucerys estaba vivo.

Ser Laenor no lo estaba.

Falleció protegiendo a sus hijos.

Una muerte honorable, una muerte significativa, pero todavía una muerte.

Sus hijos, su esposa y sus padres estaban desconsolados.

Tommen no podía imaginar lo que la princesa Rhaenys y Lord Corlys estaban sintiendo. Ellos habían perdido a sus dos hijos.

La princesa Rhaenyra permanecía seria, casi fría, pero Tommen podía ver el dolor que sentía en el temblor de sus manos.

El príncipe Jacaerys era como ella, guardando su dolor, pero sus ojos estaban rojos y apretaba la mandíbula muy fuerte, como si estuviera tratando de evitar sollozar.

El príncipe Joffrey se tallaba los ojos a cada instante, negándose a mostrar sus lágrimas. Él estaba muy triste, pero mucho más enojado. Tenía un ceño fruncido que no había desaparecido desde que abordaron el barco que los llevaría a Marcaderiva y había gritado maldiciones contra los asesinos muertos que un niño de su edad, un príncipe además, no debería saber.

En cambio, la tristeza del príncipe Lucerys era silenciosa y devastadora. Lágrimas resbalaban por sus mejillas, como riachuelos interminables, y sus ojos eran opacos y sin vida. Su príncipe no había dicho una palabra desde que lo separaron del cadáver de Ser Laenor.

Cuando el ataúd de piedra, tallado a la imagen de Ser Laenor, cayó al mar, el príncipe Lucerys escondió su rostro contra el estómago de la princesa Rhaenys y tembló en sus brazos. La princesa no lloró, pero se aferró con fuerza a su nieto, casi tan fuerte como Lord Corlys tenía presionado al príncipe Jace contra su costado; un brazo rodeando los hombros del príncipe, ambos viendo sin ver el mar frente a ellos.

El príncipe Joffrey había dejado de evitar llorar y ahora sollozaba contra el cuello de su madre. La princesa Rhaenyra lo estaba cargando, susurrando consuelo en alto valyrio, sin importarle cómo la vieran los presentes.

 

 

Más tarde, Tommen se unió a su príncipe cerca de la playa, donde Seasmoke estaba recostado. Nunca lo había visto tan inmóvil y silencioso, el dragón también debía estar muy triste.

Llegó justo a tiempo para escuchar al príncipe Aemond darle sus condolencias al príncipe de Tommen.

—Gracias, tío Aemond —la voz fue muy queda, casi un susurro.

El príncipe Aemond estaba por decir algo, levantando dubitativamente una mano, pero calló en cuanto Tommen se paró junto a su príncipe.

—Disculpas por interrumpir —miró al hijo de la reina un instante, pero rápidamente se enfocó en su príncipe.

El príncipe Lucerys no dijo nada, pero lo miró con sus ojos tristes y alcanzó su mano. Tommen la sostuvo con gentileza, pero se agarró firmemente y se acercó hasta que sus costados estuvieron pegados.

Su príncipe dirigió su mirada a Seasmoke y Tommen miró al príncipe Aemond.

Él miraba sus manos unidas y fruncía el ceño.

Levantó la mirada y se encontró con los ojos azules de Tommen.

Sabía que no le agradaba al príncipe Aemond, no sabía la razón, pero no era la primera vez que recibía una mirada oscura y molesta de su parte.

—Te veré más tarde, Lucerys —fue todo lo que el príncipe dijo.

El príncipe Lucerys siguió mirando al dragón de su padre, pero asintió quedamente.

No hubo despedida para Tommen.

El príncipe Aemond se fue.

Entonces Tommen permaneció acompañando a su príncipe.

No podía hacer mucho por él. No podía traer a Ser Laenor de vuelta o cambiar los sucesos de esa noche, pero podía permanecer junto a su príncipe, compartiendo su tristeza.

 

 

No regresaron a la Fortaleza Roja, se mudaron a Dragonstone.

Su padre quería llevarlo de vuelta a Bastión de Tormentas, pero el período de crianza de Tommen no había terminado, faltaban dos años.

Gaven fue con Tommen y ambos descubrieron que tenían más libertad para mejorar sus habilidades en la isla.

Tommen no había podido llevar a Madre con él, habían partido hacia Dragonstone desde Marcaderiva. Los sirvientes de la Fortaleza Roja se encargaron de empacar las pertenencias de la Casa de la Princesa y enviarlas por barco a la isla.

Entonces fue un reto para Tommen entrar en la mente de un nuevo gato en Dragonstone. Él y Lucerys, que poco a poco iba superando su tristeza, rastrearon a todos los gatos que vivían en el castillo. Tommen primero tuvo que ganarse la confianza de los animales y esperar que uno de ellos se uniera naturalmente a él; algunos se acercaban por comida, otros aceptaban las caricias, pero pocos toleraban las atenciones de Tommen por mucho tiempo.

Fue un gato blanco y gruñón con quien terminó por vincularse.

Era un poco viejo y perezoso, pero no rehuía de Tommen.

 

 

La princesa Rhaenyra y el príncipe Daemon se casaron.

Tommen estaba fascinado por la ceremonia valyria.

Realmente esperaba que su boda con su príncipe fuera tan hermosa.

Incluso si sólo fuera una boda en un septo, Tommen deseaba ver a su príncipe vestido de azul, portando joyas negras y rojas, con su cabello de invierno trenzado a la manera de sus antepasados, sus ojos azules resplandeciendo como el cielo y su sonrisa cálida y brillante como el fuego de dragón.

 

 

El príncipe Daemon se hizo cargo del entrenamiento de los príncipes y de Tommen.

Él era despiadado.

Tommen estaba aprendiendo mucho.

Esperaba aprender más, convertirse en un gran guerrero para proteger a su príncipe.

No quería que él volviera a estar en peligro y si lo estaba, tendría a Tommen para encargarse de la amenaza.

Sería muy fuerte, el más fuerte para mantener a salvo a su príncipe y su futura familia. Tommen no permitiría que su príncipe perdiera a nadie más, no quería verlo entristecer de nuevo.

Cualquiera que se atreviera a atacar o amenazar a su príncipe conocería la furia por la que Casa Baratheon era tan famosa.

 

 

Antes de darse cuenta, su crianza llegó a su fin.

Y de la peor manera.

Su abuelo Boremund falleció.

Su padre se convirtió en el nuevo Lord Baratheon y Lord Supremo de las Tierras de la Tormenta.

Ahora Tommen era el heredero de Casa Baratheon.

 

 

—Te voy a extrañar —su príncipe acomodó un mechón de cabello negro detrás de una oreja de Tommen.

—Y yo a ti —respondió el gesto con uno propio, pasando suavemente su pulgar por una ceja plateada —. Te veré a través de los ojos de Lord y tú podrás hablarme a través de él, escucharé todo.

—No será lo mismo, no me responderás, ¿y cómo sabré que es momento para hablarte? Tal vez esté hablando, pero tú no estés ahí.

—Te buscaré, cada vez que Lord se suba a tu regazo será porque estaré dentro de él —el gato gruñón nunca se acercaba a las personas que no fueran Tommen, así que no habría equivocación.

—Bueno —su príncipe hizo un puchero —, pero también escribiremos, quiero compartir cartas contigo.

—Responderé sin falta, lo prometo —entonces pensó algo desagradable —. ¿Prometes que no te olvidarás de mí?

— ¿Cómo podría olvidarte? Eres mi prometido —frunció el ceño —. ¿Y si el que me olvida eres tú?

—Eso es imposible, Luce, eres mi estrella del norte.

Olvidar a su príncipe sería como olvidar su hogar.

Su príncipe se sonrojó, pero su expresión estaba llena de deleite.

—Y tú eres mi viento.

Fue el turno de Tommen de sonrojarse, ¿el viento no era vital para que los dragones volaran y los barcos navegaran?

—No te olvidaré, lo prometo —su príncipe sonrió.

Tommen también.

Entonces se besaron por primera vez.

Un beso casto y dulce.

No pensó que se podía sentir tanta calidez a partir de un gesto tan sencillo.

 

 

Fue extraño volver a la vida en Bastión de Tormentas.

Mantuvo la misma rutina que en Dragonstone; entrenar con espadas, asistir a sus lecciones con el maestre y practicar su habilidad de cambiapieles.

Tuvo que vincularse con un nuevo gato y fue más fácil esta vez. Ya sabía lo que tenía que hacer y además eligió a uno de los gatos que había dejado atrás cuando partió. Tormenta era un gato gris atigrado de ojos azules, había sido un regalo de su madrastra un año después de que se casara con su padre.

Tommen había tenido cinco onomásticos entonces y ahora Tormenta tenía seis, un gato adulto y bastante dócil en contraste con su nombre. Su madrastra lo había cuidado en su ausencia y parecía que había sido muy mimado por sus hermanas.

Ahora tenía cuatro hermanas y las amaba mucho.

Todavía no las conocía muy bien, pero eran agradables, divertidas y temperamentales a sus maneras únicas. Tommen se había acostumbrado a la compañía dada la numerosa cantidad de hijos que la princesa Rhaenyra y el príncipe Daemon compartían, una que iba en aumento, además. El príncipe Aegon había nacido casi al año de la boda de la princesa heredera y cuando Tommen regresó a las Tierras de la Tormenta, ella estaba embarazada de nuevo.

— ¿Cómo supiste que había asesinos, muchacho? —su padre volvió a preguntar.

Él había preguntado la noche del ataque, también al día siguiente y todos los días hasta que se separaron. Ahora, en Bastión de Tormentas, su padre volvió a hacerlo.

—Te desobedecí, padre. Después de hacer agua me fui a mis habitaciones en lugar de regresar contigo —relató, mirándolo a la cara —. En la esquina del pasillo antes de llegar al Torreón de Maegor vi a dos hombres escabullirse con armas.

— ¿Cómo sabías que eran asesinos?

—No llevaban armadura ni sigilos y ningún caballero luce tan desarreglado —al menos no los caballeros que trabajaban en la Fortaleza Roja —. Nunca los había visto.

— ¿Cómo supiste que iban tras los bastardos?

Tommen suprimió cualquier mueca por el insulto y se mantuvo tranquilo.

—Eran las personas más importantes que estaban en el Torreón en ese momento.

Su padre no dijo nada más.

Su rostro permaneció molesto, como si no le creyera a Tommen.

¿Por qué le importaba tanto a su padre ese asunto?

Claro, seguía sin saberse quién envió a los asesinos y la razón concreta detrás de ello –Tommen tampoco había encontrado al sirviente que hizo la distracción, no había revelado eso ni pedido ayuda, de lo contrario habría tenido que revelar su habilidad–, pero su padre nunca se había preocupado por los hijos de la princesa Rhaenyra.

¿Cuál era su interés?

 

 

— ¡Borros! —su madrastra gritó, enojada, preocupada y amonestadora a partes iguales.

Ella se paró frente a Tommen.

Cassandra lo agarró por un brazo y lo jaló hacia atrás, hacia el círculo protector de sus hermanas pequeñas que lloraban, pero que veían con furia a su padre.

Tommen tenía una mano contra su mejilla, había sangre en su boca, pero el dolor era secundario al torrente de emociones y sentimientos que giraban en su pecho y en su mente.

Su padre había anulado su compromiso con el príncipe Lucerys.

— ¡No puedes reclamarme nada! ¡No tienes ningún derecho a pedirme explicaciones! ¡Lo hice por tu bien, muchacho estúpido!

—La princesa Rhaenyra no —intentó decir, pero su padre lo interrumpió.

— ¡La princesa Rhaenyra no tiene ningún poder! ¡Y ella tiene que obedecer lo que el rey y la reina manden!

Ahora tenía sentido.

Su padre había acudido a la reina.

— ¡Deberías estarme agradeciendo! ¡Acabo de impedir que te unas a un bastardo! ¡Acabo de salvar a nuestra Casa!

Su padre no había salvado nada.

No a Tommen.

 

 

No pudo enviar cartas a Dragonstone.

Su padre prohibió al maestre que soltara cuervos bajo pedido de Tommen.

Nunca había estado tan agradecido y frustrado con su habilidad como ahora.

Podía ver y escuchar a su príncipe, pero no podía hablarle, no podía calmar sus miedos ni asegurarle que lo ocurrido fue sin el acuerdo de Tommen.

 Mi madre dice que fue obra de Lord Borros y la reina, que debo confiar en ti, había dicho su príncipe la primera vez, desde la anulación, que Tommen entró en Lord, ¿es verdad? Tommen entonces hizo que Lord golpeara su cabeza contra la barbilla de su príncipe. Tomaré eso como un sí.

Hubo un ligero sollozo, su príncipe era muy sensible, pero no menos fuerte.

¿Qué podemos hacer? ¿Debería volar con Arrax y robarte de Bastión de Tormentas? Hubo un suspiro, no puedo causarle problemas a mi madre.

Eso era verdad.

Con doce onomásticos, Tommen entendía más.

Sabía que había más cosas en riesgo que su compromiso.

Y Tommen no era tan egoísta como para empeorar todo, su príncipe tampoco lo era, él amaba demasiado a su madre y a toda su familia.

Tommen también amaba a sus hermanas y madrastra, pero tenía menos que perder en el gran esquema de las cosas.

Se aseguraría de dar el paso necesario para tener el futuro que deseaba con su príncipe, sólo necesitaba esperar el momento correcto.

 

 

Tommen era un chico afortunado.

Había tenido una madre que lo amó más que a nada y ahora tenía una madrastra que no tenía miedo de enfrentar la furia de su esposo para ayudar a su hijastro.

Lady Elenda había logrado enviar una carta de Tommen a Dragonstone.

Después, ella le entregó la respuesta del príncipe Lucerys.

—Seamos discretos, Tommen —ella siempre lo llamaba por su nombre, pero a veces él tenía la impresión que la manera en que lo decía sonaba mucho a hijo —. No te pediré que las quemes, entiendo lo importantes que son para ti, pero esconde las cartas donde nadie pueda encontrarlas.

—Tendré cuidado —prometió y sonrió muy agradecido —. Te lo agradezco, Lady Elenda. Un día te pagaré esta deuda.

—Sin deudas —ella también le sonrió.

— ¿Cómo hiciste que el maestre no informara nada a mi padre?

—El viejo rancio no es tan listo como cree —se refirió al maestre de la misma manera que las hermanas de Tommen lo hacían —. Desde que mi lord esposo asumió el manto de Lord Baratheon, el viejo ha estado robando oro, aprovechando el analfabetismo de tu padre. Solicita más presupuesto del necesario y nunca lo gasta en las hierbas o herramientas que alega. Tenemos un trato, yo no informo a Borros y él no pierde la cabeza a cambio de hacerme algunos favores de vez en cuando.

Tommen no se atrevió a preguntar por dichos favores, pero no creía que fuera algo nefasto. Lady Elenda no era mala persona, su principal preocupación eran sus hijas y una ocasión, después de que Maris naciera, ella le confesó que se sentía aliviada por la existencia de Tommen. Ya que su padre tenía un hijo varón, un heredero, ella no se sentía tan presionada para tener un hijo.

Ella estaba muy feliz con sus hijas y, aunque no de sangre, tenía a Tommen, el hijo de su corazón.

 

 

El príncipe Joffrey estaba comprometido con el príncipe Daeron.

Debido a la anulación del compromiso entre Tommen y su príncipe, el rey arregló un nuevo compromiso para apaciguar a la princesa Rhaenyra y finalmente cerrar la brecha entre las dos ramas de su familia.

No se sabía quién era el más descontento, si la reina o el príncipe Daemon.

Casi parecía que fuera una de sus hijas quien fue comprometida, pero Tommen había sido testigo del cuidado y cariño que el príncipe Daemon desarrolló por sus hijastros, especialmente el príncipe Joffrey, quien era una pequeña criatura salvaje y violenta, muy acorde al espíritu del Príncipe Pícaro.

El príncipe Joffrey tenía doce onomásticos y el príncipe Daeron dieciséis, de modo que su boda ocurriría dentro de cuatro años. Mientras tanto, el príncipe Daeron se mudaría a Dragonstone para conocer a su prometido y para convivir con su media hermana y sobrinos.

Al menos, escribía su príncipe, el hijo menor de la reina tenía una personalidad tranquila y seria, también poseía una paciencia infinita ya que no se dejaba intimidar por la actitud del príncipe Joffrey. Él también estaba muy interesado en la cultura valyria y en su religión; fue una sorpresa para todos en Dragonstone, pero se animaron a presentarle todo lo que había perdido hasta el momento. Incluso la princesa Rhaenyra le regaló sus primeros aretes y él se dejaba trenzar el cabello por Lady Rhaena.

Tommen estaba aprensivo.

Cuando se enteró del compromiso no dudó en espiar a la reina a través de Madre.

Ella no estaba contenta ni había aprobado nada, pero Lord Mano le aconsejó que debían aprovechar el inconveniente. Con el príncipe Daeron viviendo en Dragonstone tendrían a uno de los suyos aprendiendo todo de primera mano. Ellos querían que el príncipe Daeron fuera su espía, se lo ordenaron y él estuvo de acuerdo.

¿Sus acciones en Dragonstone eran sinceras o eran una tapadera?

¿Tal vez una combinación?

Siempre que podía, Tommen lo espiaba. Era una suerte que al príncipe le gustaran los animales, nunca corría a Lord cuando lo seguía o se colaba en sus habitaciones.

Hasta el momento él no había informado nada crucial a la reina, no es que se enterara de muchas cosas.

Tommen había advertido a su príncipe y él, a su vez, a sus padres. Por lo que cualquier información que el príncipe Daeron aprendiera era a propósito y nunca nada de verdadera importancia.

Ellos todavía estaban enseñándole a ser un verdadero príncipe Targaryen. El corazón de la princesa Rhaenyra era demasiado amable.

Por otra parte, que el príncipe cambiara de lealtad sería una buena victoria.

 

 

Se sintió impotente por tercera ocasión cuando la guerra volvió a estallar en los Peldaños de Piedra.

Su príncipe había volado a la guerra para luchar junto a Lord Corlys y los hombres de Casa Velaryon.

Lucerys Velaryon tenía catorce onomásticos y ya estaba sangrando y matando.

Tommen quería traerlo de vuelta, envolverlo en mantas suaves y esconderlo en una torre para que no recibiera daño y no hiciera cosas estúpidas.

Todo lo que podía hacer era orar por su bienestar, su supervivencia y su regreso a salvo, a todos los dioses que conocía.

 

 

El tiempo pasó rápidamente.

La guerra en los Peldaños de piedra fue ganada una vez más.

Su príncipe estaba vivo y completo, sin embargo, su regreso se vio ensombrecido por el desafío a su herencia.

Vaemond Velaryon hizo una petición a la Corona para impugnar el reclamo del príncipe Lucerys a la señoría de Marcaderiva.

A través de Madre, Tommen vio a Lord Vaemond gritar una sarta de tonterías al rey. Vio a su príncipe defender con orgullo y seguridad su herencia; más alto, más bronceado y más fuerte. Su rostro estaba perdiendo su suavidad infantil, mostrando los ángulos y las líneas afiladas por los que los rostro de los valyrios eran tan famosos; sus rizos eran más cortos, pero todavía muy brillantes e inmaculados, sus ojos eran más maduros y la curva de su boca un poco más dura.

Tommen sólo podía imaginar todas las atrocidades que su príncipe vio y experimentó. Él sólo quería tomar su mano, cardar su cabello, besarlo y esconderlo en sus brazos, alejarlo de todo el mal del mundo.

Ese sentimiento permaneció incluso cuando lo vio cortar la mano de Vaemond Velaryon cuando el hombre apuntó a la princesa Rhaenyra y a él mismo, acusándolos de puta y bastardo.

Vaemond Velaryon ni siquiera pudo completar un grito porque lo siguiente que sucedió fue que el príncipe Daemon le cortó la cabeza.

Nada de eso molestó a Tommen, no se sintió asqueado ni asustado, su príncipe estaba comportándose como un dragón.

Seguro de que el asunto concluyó favorablemente para su príncipe, Tommen regresó a su cuerpo, pero no sin antes notar la mirada atenta que el príncipe Aemond tenía sobre el príncipe Lucerys.

 

 

El rey estaba muerto.

Una guerra de sucesión estaba en marcha.

Nada de eso importó a Tommen, no realmente, no en ese momento.

Él acababa de enterarse de algo mucho peor.

Había sido su padre quien envió los asesinos tras los príncipes Velaryon, específicamente tras el príncipe Lucerys.

No preguntó por qué.

Él sabía muy bien las razones y no eran aceptables, lejos de eso.

Su padre había cometido un grave pecado.

Tommen era amable, era bueno, pero no era un santo.

Existían cosas, situaciones que nunca podría tolerar, que nunca podría perdonar, no importaba que el pecador fuera de su propia sangre.

 

 

Gaven no hizo preguntas cuando Tommen le pidió que consiguiera veneno de mantícora tan rápido como fuera posible.

Tommen no hizo preguntas cuando el maestre cayó por las escaleras y se rompió el cuello mientras corría hacia la habitación del Lord de Bastión de Tormentas, cuando lo llamaron urgentemente para revisar a su lord que había amanecido muerto en su cama.

Él y Lady Elenda se miraron a silenciosamente a los ojos.

Cuando apartaron sus miradas, su madrastra se dedicó a consolar a sus hijas y Tommen comenzó los preparativos del funeral.

 

 

—Estoy en camino, Tommen, mi madre me encargó la misión de asegurar a sus aliados —dijo su príncipe, acariciando a Lord —. Bastión de Tormentas es mi primera parada, después me dirigiré a Sunspear. Por años he deseado verte y finalmente lo haré. Hasta pronto, mi señor.

Su príncipe besó la cabeza de Lord y Tommen casi pudo sentir la calidez de sus labios en su frente.

Tommen era el nuevo Lord Baratheon y su lealtad estaba con su príncipe y con la reina Rhaenyra. Eso no significaba que no le daría la bienvenida a su amado.

Ya había llamado a sus abanderados, proclamando su apoyo a la legítima reina de Westeros y urgiéndolos a reunir a sus soldados para estar listos en cuanto fuera necesario marchar.

Era un chico verde, apenas un hombre de dieciséis onomásticos, pero no era tonto. Sabía que era sólo cuestión de tiempo que la diplomacia terminara y la sangre comenzara a derramarse.

 

 

El rugido se escuchó a través de la tormenta, audible a pesar de los truenos.

Ese no era Arrax.

—Es Vhagar.

—Es el príncipe Aemond.

Floris y Ellyn dijeron, medio asombradas y medio asustadas, viendo por la ventana el cielo oscuro.

— ¿Qué haremos, hermano? —Cassandra también miró por la ventana, pero no se movió de su asiento junto a Tommen.

Él, sus hermanas, Gaven y su madrastra estaban reunidos en su solar.

Esa mañana habían enterrado a su padre.

—Lo recibiremos —respondió.

— ¿Y luego? —su madrastra lo miró con seriedad.

—Luego dejamos clara nuestra lealtad.

—Bueno, ya estamos vestidos de negro —Maris sacudió el polvo inexistente de su vestido de luto.

Un sirviente no tardó en buscarlos para anunciar la llegada del príncipe Aemond.

Tommen se puso de pie, pero antes de salir dio instrucciones para que sus guardias estuvieran atentos a la llegada del príncipe Lucerys.

No había olvidado la mirada fascinada y casi hambrienta con que el segundo hijo de la reina viuda miró a su príncipe, definitivamente no lo quería cerca de su prometido.

 

Notes:

1. Son libres de imaginar qué ocurre después.

2. Esta historia fue escrita con base en varias ideas de @ProscriX, así que le debemos esta incursión en un nuevo emparejamiento para nuestro dulce niño.

¡Gracias por leer!

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