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Llegar a casa después de perseguir a un villano por horas bajo una tormenta no era exactamente lo mejor. El frío le calaba y le hacía temblar de forma que le costaba mantenerse en pie, el agua caía sin cuidado de su traje y mojaba el piso de madera y la alfombra, que inútilmente intentaba secar sus botas. Los pelos pegados a la cara no le dejaron ver con claridad quién apareció para sostenerlo apenas abrió la puerta, quién lo condujo directamente hacia el baño ni quién le avisó que ya le había preparado la bañera como le gustaba apenas lo vio en las noticias, pero no hacía falta de todas formas. No si la acción venía acompañada de la usual fragancia de limón que reconocía del hombre.
La mandíbula le castañeaba demasiado y sus cuerdas vocales parecían congeladas como para hablar, pero le bastó un suspiro de alivio al poder por fin sacarse las prendas pesadas y goteantes de encima. Entró con cuidado al paraíso cálido de la tina, dejándose hundir casi hasta la nariz de tan relajante sensación. Aún le dolía todo, sí, pero su cuerpo envuelto en líquido casi termal lo compensaba bastante. Cerró los ojos y se quedó ahí un buen rato, ni siquiera quiso abrirlos al escuchar los pasos entrar y salir del baño apresuradamente. Sólo cuando se entibió el agua reunió fuerzas para salir, notando recién el cambio de ropa que había aparecido "mágicamente" encima de la tapa del váter.
Como si ya no se sintiera renovado por salir vistiendo su cómodo pijama, sentir a la gata restregándose entre sus piernas y las fosas nasales llenarse de olor a queso y jamón caliente fue casi glorioso. Se asomó por la entrada de la cocina, pero fue echado rápidamente de un grito y mandado a sentarse al sofá antes de que siquiera lograra decir algo. Bueno, pues eso hizo. Se acomodó en la sala de estar y se dejó reclinar en el mullido respaldo, mientras Mao subía de un salto y se hacía un bollo en su regazo, esperando caricias entre ronroneos.
– Aquí tienes tu comida, Shō. Y como te sirvió tanto la otra vez, preparé té de tilo. – por fin pudo verlo cuando apareció con su comida y su taza favorita, con esa amable sonrisa entre cabellos rubios. ¿Cómo alguien usualmente tan ruidoso podía darle tanta paz?
Casi se le cae la boca cuando apoyó el plato de tostados humeantes en la mesa ratona. Estaba hambriento, y el pan ahumado desbordado de queso derretido le daba ganas de comer cientos, pero dos de buen tamaño como cena no estaban nada mal. Olfateó un poco la infusión y tomó un sorbo, no hervía como le gustaría, pero la bebida le templó la garganta reseca y adolorida. Suspiró y apoyó la cabeza hacia atrás, el otro soltó una suave risa por su reacción.
– Gracias, 'Zashi... –
– No hay de que, sólo no te quedes hasta tan tarde, porfa. Me toca mi turno ahora. –
Volteó hacia él y estiró el cuello por sobre el sofá mientras pasaba de largo la sala. Ya andaba con el traje de héroe puesto, que lo hizo fruncir un poco el ceño. La chaqueta y pantalones de cuero finos no iban a ayudarle a cubrirse de la tormenta por mucho tiempo, y sus altavoces de soporte se podrían estropear.
– ¿Vas a salir ahora? Aún sigue lloviendo... – "y acabo de llegar..."
Lo vio acomodarse el direccionador en su cuello y calzarse bien las gafas, devolviendo la mirada con una sonrisa ladina desde el umbral.
– ¿Tú crees que los delincuentes dejan de causar problemas por unas cuantas gotas? –
Aizawa hizo una mueca. No eran exactamente "unas cuantas gotas" pero tenía razón, la villanía no descansaba sin importar qué. Aunque el rubio era más sensible al frío que él, probablemente acabara resfriado cuando volviera. Pero bueno, horas laborales eran horas laborales, y lamentablemente los héroes no podían posponerlas por más que se les caiga el cielo encima.
– Prométeme que llegarás antes de que amanezca. –
– No creo, pero si lo quieres lo intentaré. –
La gata huyó del cómodo colchón hecho en sus muslos y corrió hasta el otro hombre, maullando a sus pies en súplica de que no se vaya. Hasta ella notaba que las pesadas gotas que repiqueteaban contra las ventanas no le harían bien, pero sus pedidos gatunos sólo le dieron ternura. Sonrió y le acarició una oreja y la barbilla, prometiéndole que volvería temprano como si pudiera entenderle, tomando el manojo de llaves del clavijero.
– ¿No olvidas algo? – ahora el pelinegro se levantó, interrumpiendo su pequeña comida un momento para caminar tras él.
– ¿Hm? Esteee... Tengo mi teléfono y me llevo un paraguas... Me hice el cabello a pesar del clima, así que no... ¿supongo que no...? –
Lo vio tantear sus bolsillos y dar varias vueltas sobre sí mismo, lo había hecho dudar. Rodó los ojos y soltó un suspiro divertido, pasando un brazo detrás de su cabeza para acercarlo y plantarle un casto beso en los labios.
– Cuídate. –
Yamada pestañeo un poco y luego sonrió, devolviéndole el dulce gesto antes de abrir la puerta para marcharse. Un poco de rocío asomó por la entrada mientras él héroe de la voz abría la protección sobre su cabeza y las gotas saltaban sin mojarlo. Sin embargo volvió a darse la vuelta y lo miró un momento, una expresión divertida.
– No me extrañes. –
Soltó una leve risa al verlo cerrar la puerta detrás de sí, el aroma a limón dejando la casa una vez más como todas las veces que él volvía. Era algo triste que así fuera, apenas tenían tiempo para disfrutar juntos entre tantos turnos, el papeleo de la agencia, la escuela, el cansancio diario y el sentimiento constante de alerta que le había quedado de gaje. Pero realmente no podía quejarse de nada.
A él no le importaría tener que soportarlo enfermo y desperdiciando pañuelos como un tonto cuando regrese, ni salir a comprar medicamentos o un caldo de pollo bajo el aguacero para que se sienta mejor, ni enroscarse con él bajo las sábanas aunque temiera contagiarse. Y sabe que a Hizashi tampoco le importaba, le prepararía la comida y el baño las veces que lo necesitara, incluso lo arroparía si se quedaba dormido en el sillón o se lo llevaría a la cama (con esfuerzo), sanaría sus heridas y le animaría el humor siempre.
A ninguno le molestaba cansarse ni desvelarse por el otro, podrían perder horas de sueño y aún hacer esas pequeñas acciones por el otro, pues después de cinco años casados ya se había vuelto casi rutina. Al fin y al cabo era el mayor amor que se podían dar después de llegar tarde de patrullar, y hacía que todo el trabajo y esfuerzo valiera la pena.
