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Español
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2024-11-20
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La verdad, y otro puñado de cosas absurdas.

Summary:

El noviazgo con Beatriz es de las cosas más naturales y placenteras que Armando haya vivido. No tiene quejas, no tiene dudas. Todo es felicidad y todo anda bien.
Justo hasta el momento que no.

Notes:

Armando comienza a pensar cosas sobre Betty, y bueno, ya sabemos que bien le va atando cabos.
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(spoiler: fatal)

Work Text:

El noviazgo con Beatriz es de las cosas más naturales y placenteras que Armando haya vivido. No tiene quejas, no tiene dudas. Todo es felicidad, y todo anda bien.

Justo hasta el momento que no.

Y no sabe cuando empieza. Sólo que un día el asunto se vuelve evidente. De ahí en adelante, todo es carreta en bajada.

La cosa con Betty de un tiempo acá, es que ve más colas que Armando.

Y no es que la mirada de Armando no se desvíe de vez en cuando por alguna que otra curva atractiva. Es una cuestión de hábito, supone. Si de repente se encuentra observando algún escote o la sutileza de unas pantorrillas cruzadas, no es con intención de ejecutar algún operativo, no señor. Ni siquiera es realmente deseo. Que de eso ha aprendido con Beatriz un par de cosas nuevas. Es sólo que se ha pasado unas buenas pilas de años haciendo lo mismo, y lo más pegajoso que hay en la vida es la costumbre hombre.

Pero Betty, eso no, eso si es un caso aparte.

Es algo que Armando nota con cierta consternación.

Cuando uno va por la calle y ve que su novia corre el cuello cautivada por algo, lo más común es encontrarse a la competencia. Una amenaza por ahí, con mejores específicaciones y toda la ventaja de no haber abierto la boca aún. Pero no. Nueve de cada diez, es una mujer. De las peligrosamente atractivas. De esas que con solo mirar en su dirección general tienen a cualquier novia montando caleta.

Solo que Betty no monta caleta papá. Sino que sus ojitos, dilataditos como búhos, se clavan y no sueltan figura hasta que desaparecen de la vista.

Al inicio Armando piensa que es una de esas pruebas confeccionadas al estilo Valencia. Para ver si mete la pata, si pica el cebo, si cae en el hoyo, lindo conejito. Pero Betty nunca voltea a verlo, nunca trae a colación el tema. La mujer nunca dice ni pío, pues. Eso lo pone curioso. Intrigado.

«¿Es admiración, envidia o interés?»

Por supuesto que él no piensa discutirlo con Betty.

Si con el paso de las semanas, Armando ha empezado a tirar de su mano, a bloquear su linea de visión con su cuerpo o a decir cualquier bobosada para llamar su atención, pues es solo lo justo. No sabe a ciencia cierta que esconde esa mirada, pues la mujer cuando quiere monta cara tal cual busto monolítico, y ahí si hermano, que Armando se queda en el aire.

Pero de todas formas, esos ojos son para él. Con buenos y malos pensamientos le importa un pepino, igual son suyos.

Más que disfrutar su atención, Armando la necesita, es adicto a ella.

Y lo peor, su posesividad no lo avergüenza.

Armando reflexiona que tal vez las cosas se están yendo a la cuneta cuando se da cuenta que si alguna mujer medianamente atractiva se les atraviesa, su reacción es clavar la mirada en Betty.

Lo que lo lleva a reflexionar sobre otro punto incluso más perturbador. Él y Betty no tienen los mismo gustos.

Eso lo hace trastabillar toda una semana porque, a qué hombre le gustaría llegar a esa conclusión. Qué ego masculino es capaz de aceptar, que tal vez su novia tiene mejor gusto para las mujeres que uno mismo.

La que siempre creyó maravillosa fórmula de los noventa-sesenta-noventa no es realmente un factor determinante para su doctora. Y Armando—aunque ya reformado—veterano conquistador de faldas, acepta que Beatriz constantemente lo tiene recapitulando su popularmente aclamado título de paladar fino.

Un día van al centro y ve pasar una morena acuerpada, piernas largas con ojos claros. Y pavlovianamente, Armando voltea hacia su novia. Pero Betty ni la determina. Vuelve la vista hacia la mujer y a detallada inspección, nota que tiene una mirada arrogante. De esas viejas que creen estarle haciendo el favor a uno con su presencia, pues. Soberbia y altiva. Rebosa antipatía por los ojos y eso le agría el semblante. En sus años mozos le hubiera dado lo mismo ya puesta en lencería, pero ahora tiene que reconocer que ni tan siquiera se animaría a preguntarle la hora.

Otro día, en un almuerzo con proveedores, se topan con una moza morocha y larguirucha. Armando la ve pasearse con las órdenes con un caminar algo tambaleante. Estaría en la lista de las invisibles para él, de las innotables. Cualquier mujer con altura para cargarlo, siempre estuvo fuera de discusión por una cuestión de principios y dignidad. Y de seguridad, ante todo. Pero su Betty, su Betty hombre, no le despega ojos. Y vaya uno a saber, que cuando les sonríe ofreciéndoles postre, a la mujer se le ilumina el rostro. Tiene unos hoyuelos y una sonrisa de comercial. Y la gracia con la que mueve las manos al colocar y retirar cubiertos, no es otra cosa sino elegante. Lo que mata si, es el carisma, porque cuando Beatriz le pide recomendación para ordenar, los ojitos le chispean claros y voluntariosos.

Armando cae en cuenta que seguir los ojos de Beatriz, es como ver a través de un caleidoscopio. Pura belleza de matices. Patrones en refracción de algo sencillo que él creía estudiado hasta el hartazgo.

Una voz empáticamente modulada, un par de ojos de mirada amplia y limpia, una carcajada contagiosa a ojos cerrados, un caminar libre y boyante o una boca que se llena de gentilezas para un par de desconocidos. Accesorios en la percepción de lo que compone una verdadera belleza. De los de verdadero diseño exclusivo. De los que nunca pasan de moda.

Y que le importan a un hombre todos esos detalles, sin con el afán de irse a la cama, Armando ni les preguntaba nombre. Tal vez, ese era su asunto. Él, que se pensaba consumado connaisseur de la belleza femenina, no estaba ni tibio hombre.

Cuando hace memoria en su pasado, esta seguro de haberse llevado a la cama, quizás a las mujeres más hermosas del país, y sin embargo cuando piensa a fondo, todo es espuma, todo es humo.

«¿Qué miradas tenían, que sonrisas, que delicadeza al gesticular, que ritmo al caminar, que cadencia al pronunciar palabras? Cuando se confesaban enamoradas, ¿con qué dulzura lo habrán dicho?»

Es como haber ido a un restaurante cinco estrellas, pedir una cena de cinco tiempos, y a la hora de degustar solo probar el garnish.

Tal vez, si nunca hubiera conocido a Beatriz, y hubiese llegado a la misma conclusión, de pronto lo sentiría cómo un desperdicio. Pero la mezcla de sentimientos que se le vienen encima son más que eso. Lo primero que le llega es vergüenza, y la mortificación, por su insensibilidad. Luego un terrible aplomo, al pensar que pudo haber pasado la vida entera, así. En un eterno bucle de antipatía, de superficialidad. En una trampa que lo había enviado al fondo y ni siquiera sabía que había caído.

Pero sobre todo, lo que siente es gratitud. Por Beatriz, por todo lo que ha aprendido con ella. Por ella. El júbilo de los que salen al otro lado del túnel, y se conocen hombres nuevos. La felicidad de poder amar a otra persona de una forma que el Armando del pasado no sabía ni que era posible.

Es una extraña revelación, y el camino para llegar es más extraño aún. Armando, la epifanía, la digiere lentamente, pero hace la paz con ella. Y aunque se siente orgulloso por su crecimiento personal. Cuando se deja de dar palmaditas en el hombre, se da cuenta que eso no lo quita del problema inicial.

Betty, su Betty, se ha convertido en una novia de ojito alegre. Y llegados al punto, es evidente que solo hay dos caminos en frente de Armando. O lo discute con ella, o vive con la zozobra.

Cuando se encuentra fantaseando con estrangular al taquito de ojo de turno, se convence a sí mismo que va a tener que hablar antes que pase una tragedia.

***


Como todo buen negociador, espera uno de los días de visita.

Ya han visto una película en su apartamento, han tomado un poco de vino, y Betty descansa sobre su regazo en el sillón, mientras él se ocupa del mando del televisor con una mano y con la otra alcanza fresas a los labios de su novia.

—Oye, mi amor, fíjate que hay algo que te he querido preguntar. —empieza Armando, y siente la relajación de Betty drenarse como bañera destaponada.

—¿Es sobre el contrato con las textileras venezolanas? —responde ella inmediatamente intentando enderezarse. Armando la retiene y le alcanza otra fresa.

—No, mi amor. Es más bien algo más personal, algo de nosotros.—dice para tranquilizarla pero Betty igual lo ve con cierta sospecha mientras mastica. Cuando finalmente habla, cree haber dado con lo que Armando le quiere decir.

—¿Lo del cóctel para la inauguración en Miami? No creo que sea conveniente que yo vaya, Armando. Pero no hay problema si usted quiere ir allá, de hecho, así aprovecha y descansa un poco, con todo lo de las franquicias, yo sé que ha estado muy ocupado. Se merece un descanso. —lo consuela Beatriz, sacándole un suspiro al hombre.

Armando se cuenta como afortunado sabiendo que Betty es la persona más noble y considerada con la que se vaya a topar jamás en la vida. Aún así, hay momentos que lo pone a escalar paredes con tanta abnegación.

—Betty, yo a usted le dije que ya discutimos eso. Si usted no va, yo tampoco. Y punto. —le recuerda Armando, y antes que termine la última palabra sabe que no va a haber punto final en esa discusión sino hasta que ya el bendito cóctel se haya celebrado.

—Pero Armando, no es justo que… —empieza Betty, tratando de nuevo de enderezarse pero Armando se inclina sobre ella y con un par de dedos le sella los labios para no escuchar la misma bobada dos veces.

—Shh, shhh, shhh. No es justo nada. Ya quedamos. ¿Si?—le pregunta, y cuando la ve asentir dócilmente, en silencio y con los ojitos bien abiertos, lo sobrecoge tanta ternura que no puede contener las ganas de llenarle la cara a besos.

Beatriz carcajea y finge esquivar sus afectos a ojos cerrados. Armando siente cada una de sus risas en el estómago.

Se avergonzaría de la reacción tan juvenil, sino fuera por lo intoxicante que es sentir que el corazón le late a uno por todo el cuerpo. De lo avasallante que es el deseo de simplemente estar. De existir en el mismo espacio y respirar el mismo aire. De ser testigo del milagro que le sonríe en las manos.

«¡Dios mío, para un tipo como yo!»

Cuando le pasa la efusividad del momento, coge a Beatriz en brazos y la sienta sobre su regazo frente a él. Una de sus manos vuelve a alcanzarle fresas mientras la otra acaricia una tersa mejilla.

—Aparte, ¿qué hago yo allá sin usted, Beatriz, ah? Dígame. Nada. Eso es lo que hago. Aburrirme hasta el hartazgo. —se contesta él solo mientras descansa su frente sobre la de ella. Esta tan cerca, que Armando siente los labios de Betty moviéndose al paso que acaba con la frutilla.—Solo imaginarme no verla por una semana, me causa jartera. —termina desesperadamente.

—¿Mucha jartera? —Beatriz pregunta bajito, con una mirada que por disimulada no deja de ser traviesa. Armando la siente como un zape de electricidad. Y todo el cuerpo se le eriza con anticipación.

—Mucha. Si usted supiera cuanto, se apiadaría de mí Betty. —él deja las fresas para tomarla con ambas manos por el rostro. Betty, cubriendo sus manos con las suyas propias, lo mira con ojos claros.

—Lo sé. Es exactamente la misma que padezco yo cuando usted no está.

—¿Y entonces porqué me quiere mandar para allá, mi amor? —pregunta angustiado, con la voz ronca por el placer al sentir los brazos de Betty colgarse de su cuello y atraerlo con urgencia hacía sí misma.

—Es que yo nunca he querido que usted vaya. Pero si usted quiere ir, es lo justo que pueda ir. —ella confiesa finalmente, y cada palabra que susurra directamente en su oído con toda la calidez de su honestidad, lo enloquece peor que cualquier lencería. Armando no puede evitar sonreír. Nunca el amor le supo tan dulce.

—¿Sabe que es lo justo Betty? Lo justo es que aquí se haga lo que usted quiera, mi princesa. Si me quiere lejos mándeme. Pero sino, déjeme aquí con usted —es una sugerencia que esconde un ruego. Armando la verdad suplica, embelesado en deseo—Vea, agárreme así, bien fuerte, bien rico y no me deje ir. Nunca. Nunca.

—Pero se va aburrir de mí. Se va a cansar. Va decir que lo asfixio. —la siente temblar en sus brazos. La abraza por la cintura y ella se empequeñece buscando refugio en él. Armando trata de buscar el rostro que ella ha escondido en su cuello y cuando no lo consigue le susurra al oído.

—Betty, mi amor. Mi vida. Cómo dice eso, si yo sólo respiro cuando estoy con usted. ¿Si me entiende? —Beatriz finalmente se deja ver y Armando vuelve a confesarle por enésima vez—Yo la amo. Usted es mi todo.

—Mi amor…

***


Decir que de ahí en adelante Armando ni recordó que era lo que pensaba discutir, es apenas resaltar lo obvio. Y si bien es cierto, él y Beatriz no están cortos de intimidad, la combinación de fresas, champaña y un tazón de helado de chocolate que luego se añadió a la mezcla, todavía no es tan habitual como para impedir que Armando camine sobre las mismísimas nubes en los próximos días.

Bueno, eso hasta que una mañana, entrando a la oficina, Betty tiene una recaída con una china vende periódicos. Apenas si alcanza a morderse la lengua antes de que ambos lleguen a presidencia. No por ser la segunda vez que lo intenta, la cosa le sale menos chueca.

—Betty, vea, se acuerda la otra vez que estábamos en mi apartamento. —dice cerrando la puerta tras de sí y disimuladamente echando llave a la oficina. Si se le sale la nuera, al menos que sea en show privado. Betty, por su parte, ya está sentada enfocada en los informes. Cuando levanta la cabeza, lo ve algo extrañada.

—¿La semana pasada? —pregunta ajustándose las gafas y Armando toma asiento frente a ella.

—Exactamente. La semana pasada. ¿Si se acuerda que yo había querido preguntarle algo ese día? —Betty se recuesta en su silla y manda la mirada al techo haciendo memoria. Pero el gesto no le ayuda con mucho, porque cuando se vuelve a dirigir a él, le dedica una sonrisa apenada.

—¿Ah, sí? Pues no recuerdo mucho de que estuvimos hablando si le soy honesta. Usted sabe…por lo que pasó después. —explica mientras se les escapa una risa avergonzada que hace sonreír a Armando. Hace una pausa llevándose una mano a los labios, y cuando continua, Armando se remueve en la silla inquieto con la candidez de sus palabras—Las fresas, el chocolate y la champaña.

—…B-betty—la llama en un suspiro tembloroso.

Armando tiene la mente y el cuerpo tirando de él en direcciones opuestas. Se pasa una mano por la boca, se afloja un poco la corbata y ríe nervioso— Creáme que yo también recuerdo más eso que lo otro, Betty.—Ella lo mira por debajo de las gafas, y Armando ve un exquisito rubor lentamente incendiarle el rostro. No hace falta ni que pregunte, puede leer el deseo en su ojitos chispeantes, en la forma que sus labios se abren un poco con un exhalación pesada.

Armando se aclara la garganta reseca, aparta la mirada, intenta balbucear alguna cosa, pero ya siente la concentración irse abajo. Junto con cada gota de sangre que tiene en el cuerpo.

Se convence que está apunto de retomar el tema cuando escucha a Betty cerrar la portátil. Gira la vista al escritorio y para cuando la ve desconectar la línea del directo, sus manos ya empiezan a deshacerse de la chaqueta del traje.

***


Si tres es el número mágico, Armando no sabe por qué. Cuando le toca el turno, la cosa pasa de castaño a oscuro.

—Beatriz. Cuénteme algo, siempre me ha dado curiosidad una cosa extraña de usted. —Armando inicia, regresando de la cocina y sentándose al lado de Beatriz en el escritorio que comparten en su apartamento.

—¿Solo una, Armando?—Betty ríe con algo de ironía sin despegar los ojos de la lista de cotejos que tiene en manos. Armando se pasma afrontado por un instante.

—No sea así, que usted ya sabe que no me gustan sus chistes negros. —le recrimina y Betty se desocupa para tomar el vaso con agua que le trajo.

—No se preocupe, que no es para que se ponga serio doctor. —ella da un sorbo al agua y al ver la cara de Armando aún fastidiada, le alcanza una mejilla y le pellizca.— Usted ya sabe como es mi humor. Tranquilo, que son bromitas.

—Esta bien, en todo caso. Lo que pasa, vea, es que es una inquietud mía desde hace rato—Betty frunce el ceño con preocupación y Armando añade rápidamente—No es nada serio, mi picarona. No sufra. Solo es una bobada.

—¿Qué lo inquieta? —pregunta ella, evidentemente pasando de su tono tranquilizante.

—Es que desde hace un rato he notado que usted, más bien, que cuando una mujer bonita, digo otra mujer bonita. Porque usted siempre es la más bonita para mí, mi amor.—Armando le toma una mano y la besa antes de seguir— A ver pues, a lo que me refiero es, que a veces, cuando una mujer, algo atractiva, en el sentido general ¿no?. Amplio. Bueno, pues, que cuando una mujer así, se nos cruza en frente, usted Betty, siempre la mira, pues ¿como le dijera yo? Siempre le pega los ojos y se queda ahí, viendo. Embobada—Armando siente como se le empiezan a ir los estribos pero no puede atajar palabra— Hipnotizada, más bien. Y no le quita mirada, no señora. La sigue y la sigue con la vista hasta que desparecen. Y yo la llamo Beatriz, qué, la jaloneo diga, le hago piruetas enfrente, y nada. ¡Nada! ¡Usted así, mire, como búho, con los ojitos grandes, virecos! Las gafas todas empañadas. —No sabe en qué momento se ha puesto de pie y ha comenzado a dar vueltas de un lado a otro, pero Armando sigue en su perorata mientras Beatriz lo mira estupefacta.

—Armando, ¿usted que está diciendo? No lo entiendo. —ella se acerca a él, levantándose de su puesto para seguir su retahíla agitada, pero Armando le rehuye sumido cada vez más en su histerismo. Se siente como sin timón ni direccional, solo puede seguir y seguir, hasta que las ruedas caigan. O hasta que se estrelle, mejor dicho.

—Ah no. No, no, no, señorita. —la reprende levantando un dedo entre los dos y Betty da un paso atrás ofendida por el gesto. —Usted no me va a negar que la señora se la pasa viendo colas cada vez que salimos juntos. —le reprocha, y alguna parte de él registra el absurdo, pero los celos. ¡Los celos!

—¿Perdón? —lo increpa Betty. Ya no intenta encontrarlo. Se sienta en el escritorio y lo deja al otro lado de la mesa.

—Mire Beatriz, no me va a salir ahora que yo me estoy imaginando todo esto, porque esto ya es un problema de meses.

—¿Usted me está queriendo decir que yo lo estoy engañando desde hace meses?

—¡¿Qué usted me esta engañando desde hace meses?! —pregunta sobresaltado y Betty se pone en pie de un tirón.

—¡No! ¡¿Cómo se le ocurre?! Por Dios. Encima, que sería con mujeres. ¿Usted que tomo hoy, Armando? ¿Usted vino bebido acaso? —le pregunta ella, mientras toma el vaso de agua sobre la mesa y bajo sospecha le da una olfateada.

—Ni bebido, ni nada. Usted a mi no me niega que cada vez que pasa una mujer atractiva, ¡A usted se le van los ojos!—suelta desaforado, escupiendo con esfuerzo cada palabra, por qué a pesar de su enfado, lo que de verdad está sintiendo es miedo. Un terror que no hace más que dictarle estupideces a medida que continua—Es que yo no soy ningún loco. Yo la vi a usted, con estos ojos.—Armando se acerca al escritorio balanceándose sobre ambas manos y ella se echa para atrás con la agresividad de su cercanía—¡Beatriz! ¡No me mienta más! ¡Dígame! ¿Le pasa algo? ¿Es que usted se ha estado juntando mucho con Hugo? ¿Le ha metido ideas raras en la cabeza la abeja reina de Lombardi?—las preguntas salen tropezándose unas con otras, y Betty finalmente se aleja de él con un semblante igual partes incrédulo y ofendido.

—¿Usted que está diciendo Armando? Si don Hugo me detesta. Usted muy bien sabe que él y yo cruzamos lo mínimo de palabras. —asevera batiendo una mano en un gesto de finalidad. Armando le da vueltas a la mesa hasta quedar frente a frente y muy cerca, suelta con un tono que no, por bajo, disimula su alteración.

—¿Entonces?

—¡¿Entonces qué?!—grita Betty, e inmediatamente se reajusta las gafas, torciendo la boca con cierta molestia por caer en la provocación. Se toma un momento, con los alocados ojos de Armando aún encima, pero cuando se decide a hablar su voz está más controlada. —Mire, sabe una cosa, yo mejor me voy. Nos vemos mañana. Pase buena noche.

Cuando la ve girarse a la salida, Armando se desespera.

—Usted no me puede dejar así. Yo necesito una explicación. ¡Yo me merezco una explicación, Betty!—Armando la toma del brazo y Betty se detiene a enfrentarlo.

—Mejor suélteme ya y déjeme ir, que lo único que se merece en este momento, es una cachetada. ¡Por bobo!—Armando la suelta y ella sale del apartamento. El elevador ahorrándole escuchar su portazo.

***


Una persona razonable, luego del chasco de la última plática con respecto al asunto, decidiría abandonar el tema. Hacer la paz. Pasar la página y ser feliz. Después de todo, que son unas pequeñas miradas, si Betty lo mira con ojos estrellados el resto del día. Que es un poco de atención dispersa, si la mujer se disuelve como mantequilla aún, cuando Armando la llama "mi Betty."

La vida esta llena de compromisos. Negociaciones, una encima de la otra, por un bien final. Armando debería de entenderlo, siendo empresario y todo.

Una lástima entonces, que compartir siempre se le haya dado tan bien como los negocios.

«¿Armando Mendoza pasando la página?»

No, señor. Él va a coger a Betty infraganti. Con las manos en la masa, hombre.

Bueno, la vista en la cola, mejor dicho.

Pasan dos semanas hasta que Betty acepta salir con él después de la última discusión. Armando en su mejor comportamiento, y jurando con cruz escondida, que no lo de la vez pasada está olvidado.

Van de paseo al teatro y a la salida se detienen a comprar bebidas. Armando está regresando del puesto, cuando ve a Betty con los ojos pegados a algo a mediana distancia. Como muchas otras caras que hace Beatriz, Armando reconoce la expresión. En su mente, en su corazón, y está en particular, hasta con su hígado.

La parte de sí mismo que ha ansiado ejecutar su plan por dos semanas, quiere regocijarse. Pero si Armando fuera tan cabeza fría, se llamaría Daniel Valencia.

Lo único que siente es la tempestad de los celos. La furia que le hace aligerar los pasos, chorreando café helado por toda la plaza. Pero antes de que pueda alcanzar a Betty, ya la ve caminar hacia una morena sentada en una de las bancas metálicas.

Armando quiere desfallecer.

Está tan pasmado que no le dan fuerzas ni de montar la escena que tanto se ha imaginado.

Es que si fuera un hombre, fijo ya tuviera los puños henchidos y la sangre escurriera por su nariz. Pero solo pensar en apabullar a golpes la atractiva cara de la morena, le eriza la piel del disgusto.

Ambas mujeres ríen y Armando se quiere morder los puños. Quiere agarrarse a trompicones con algo, quiere estrujar, romper, machacar lo que sea. Quiere destruir la idea que esa mujer representa. Destruir la inseguridad que crece espinada dentro de sí, insidiosa.

Al final, no hace nada. Se sienta bajo los parasoles de un cafetín cercano, mientras lo que queda de las bebidas, se condensa con el calor de la noche.

Eventualmente, Betty regresa a él. Acompañada. Sonriendo de oreja a oreja.

—Armando, no me dijo que venía para acá. Lo perdí de vista en un segundo. —lo aborda, con toda la fresquedad de alguien temerario. O incauto, supone. Por que en su mente, la señora no ha hecho nada mal.

—Cómo tardó tanto la señora —responde finalmente de forma irónica. Se cruza de piernas y cuando gira la mirada hacia la morena, sabe que tiene los ojos envenenados por los celos—y como no me dijo que iba estar tan ocupada con compañía.

—¡Ah, sí! Mira, te presento a Natalia Betancourt. —Betty sonríe volteándose a la mujer—Natalia, te presento a Armando Mendoza. Vicepresidente comercial y accionista mayoritario de Ecomoda. —Armando escucha las introducciones y la omisión de su relación con él, la siente como lija en la garganta.

—Mucho gusto, Armando. Betty me hablo de usted. —la mujer le extiende la mano y Armando tiene que repetirse, que aquellos finos dedos no están hechos para soportar el apretón con el que está deseando saludarla.

—Mucho gusto, Natalia. —saluda, y rápidamente tira de la mano de ella para atraerla hacía sí—Dígame una cosa, ¿Betty también le dijo que soy su prometido y futuro esposo? —Armando siente deleite cuando su evidente antipatía le provoca a la mujer safarse abruptamente del saludo.

En su periferia, siente como los ojos de Betty lo reprenden, pero no le importa. Si ella es tan descarada como para presentarle a esa mujer, el no va a tener reparo en ocultar su disgusto.

—No hablamos de cosas tan personales, amor. No lo ví necesario. —Betty trata de conciliar, con una risa nerviosa. Armando solo puede pensar que, el amor que añadió en la frase, es un premio de consolación.

—Sí, claro, me imagino, amor. ¿Qué va ser necesario que se sepa que usted está comprometida? —resopla irónicamente y la tensión en la mesa aumenta. Betty sigue tratando de mediar la situación mientras Natalia, en una esquina, los ve con ojos de angustia y bochorno.

—Armando, por favor. No me gusta hablar de cosas tan personales. —Armando la escucha, pero se limita a cruzarse de brazos. Su indisposición más que evidente. La mujer finalmente se pone de pie.

—Creo que mejor conversamos otro día, Beatriz. No parece ser un buen momento. —Betty se levanta junto con ella y la coge desesperadamente de un antebrazo para retenerla.

—No, no, no. Usted se queda Natalia. Disculpe, lo que pasa que ha sido una semana larga de trabajo y por eso estamos así, todos estresados. Pero no se preocupe, por favor déjeme y la invitamos a cenar mientras le explico más de lo que hablamos.

La mujer pone gesto incómodo, pero a petición de Beatriz, vuelve a tomar asiento.

—¿Está segura, Beatriz? —confirma, y Betty, todavía de pie, le dedica una sonrisa. A Armando, le es imposible tragarse el sarcasmo.

—Si, está segura Betty, ¿que quiere que yo me quede? Mejor no les interrumpo la velada, con todo mi cansancio y estrés.

Betty sonríe una vez más a la mujer, si acaso un poco más forzado, las palabras saliendo apretadas mientras mueve muy poco la boca.

—Natalia, que pena, ¿nos permite un segundito? —toma a Armando por un brazo y sin mucho reparo lo saca de la silla de un jalón—Amor, ¿vienes conmigo?

—Con permiso. —suelta Armando a la mujer que se queda en la mesa, confundida entre quedarse o irse.

Se adentran al cafetín, pero Beatriz en vez de dirigirse a los baños, toma la puerta que da al otro lado de la calle. Afuera, lo encara hecha una furia con las manos en la cintura.

—¿Qué pasa con usted Armando? ¿Porqué esta así? Esa actitud con Natalia, esas ironías. Dígame, ¿le pasa algo?

Armando se lleva sus propias manos a la cintura, pero no mantiene la pose. Se intenta morder la lengua, resopla, mira al cielo, se ve los zapatos. Cuando sube la vista y Betty levanta una ceja malhumorada, finalmente estalla.

—¿A mí Beatriz? ¿Si me pasa algo a mí?—una risa neurótica se le atraviesa, mientras se señala a sí mismo incrédulo. Betty ahora lo mira con brazos cruzados y se acomoda las gafas en preparación.

Armando deja salir la perorata que lo tiene casi vibrando de enojo.

—A quién le pasa algo es a usted. Dígame, cómo me va a hacer esto. Va y se levanta una vieja en la calle, y luego muy campantemente, la señora, viene y me la planta en la mesa. ¿Que voy a hacer yo, ah? ¿Me pongo a jugar casita con ustedes? ¡¿Qué?! ¡¿Qué, Beatriz?! Yo no puedo, me matan los celos. ¿Qué no lo entiende? ¡Yo no puedo verla con nadie más! Hombre o mujer, no me importa. No puedo, Beatriz, no puedo. No me venga a pedir eso a mí.

Betty suelta una carcajada pero recompone el rostro cuando Armando la fulmia conla vista. A pesar de su histeria, se acerca y lo toma por el antebrazo.

—¿Celos? ¿Es que usted esta pensando que yo…que yo y Natalia—

—¿Ah no? ¿No se acuerda porqué peleamos la semana pasada? Por Dios, Beatriz. Yo a usted se lo dije, se lo dije varias veces. Usted lleva mucho tiempo extraña. Mirando y mirando ¿Y yo que voy a pensar, dígame? Y cuando hablo con usted, me trata como loco. Ah, no, pero viene y me mete a esa mujer en la nariz. Ahí si que no, Betty. No, señora.

—Armando, tranquilícese, que no es lo que usted piensa.

La frase le cae como sal en la herida. Quiere arrancarse la cabeza. Y es que Armando ya ni siquiera está pensando. Y mejor así, si cuando piensa, es solo para enloquecerse más.

—¿Entonces? ¡Entonces!

—Esa mujer yo ni la conozco, hoy es la primera vez que la veo.

—¿Y?

—Y que yo no tengo, ni quiero tener nada con ella. No sea bobo.

—¿Y?

—Y que lo único que me interesa, es que trabaje para Ecomoda. Quiero contratarla como modelo para la nueva campaña.

Armando se suelta del agarre de Betty y se hecha unos pasos hacia atrás.

—¿Como modelo? Pero si esa mujer claramente no es modelo. ¿Le vio la cara? Bonita si, pero nada despampanante. ¿Y la postura? Atractiva, está bien, pero muy ordinaria. Vogue no le está explotando el teléfono a esa china, amor. No, Betty, esa mujer no va a ponerle un pie frente a otro si la sube con Hugo, usted lo sabe. Así que invéntese otro cuentico, la doctora.

De un momento a otro, Betty acorta la distancia y sorpresivamente le suelta un beso en los labios. A pesar de la neura, cuando se echa para atrás, ella lo hace poniendo una mano en su pecho para frenarlo. Armando sigue echo una furia, pero si algún día reniega de los besos de Betty, no, eso sí, mejor que lo parta un rayo o que lo machuque un tren.

Betty, la brujer que se ha convertido, sonríe y le acuna las mejillas con ambas manos.

—Armando, por favor, escuche. Es exactamente como usted lo ha dicho. No tiene pinta de modelo y por eso la vamos a contratar. El hecho que no sea de catálogo es una ventaja para mí. Natalia es justo lo que necesita la nueva campaña.

Armando toma una bocanada para hablar, pero Betty lo detiene golpeteando los pulgares sobre sus mejillas.

—No solo las estrategias de venta tienen que cambiar, quiero que Ecomoda sea una de las empresas en esta industria, de las primeras en transformar su ideología acorde a los nuevos tiempos. Necesitamos algo real, algo que la gente pueda ver y sentir cercano, y Natalia es perfecta para eso, no es algo fingido ni arreglado. ¿Si me entiende?

Los ojos de Beatriz se asoman por debajo de las gafas y Armando sacude la cabeza embobado. No sabe en qué momento se le ha quedado tan cerca, tanto como para tener su olor en la nariz. Pero que va a ser, y como de todas formas no hay nadie en la calle, le envuelve un brazo en la cintura. Betty suelta una de esas risas que le colorean las mejillas. Puro deleite vergonzoso que siempre le saca el descaro de Armando.

La explicación a él lo convence lo suficiente, pero lo único que puede aliviarlo es ella.

Toda ella.

Armando mete la nariz en su cuello, y Betty se deshace en carcajadas.

—Amor, ¿si me entendió lo que le dije?

Menea la cabeza afirmando, pero Beatriz le insiste con golpecitos la espalda. En algún momento le ha pasado los brazos por los hombros. Armando murmura su respuesta, las palabras chocando húmedas contra la piel de su cuello.

—Si lo pones de esa forma amor…de pronto resulta que sí.

Ella carcajea y lo aprieta contra sí, Armando la acerca aún más. No recuerda si alguna vez se sintió tan a gusto solo sosteniendo una mujer entre los brazos.

Betty suspira y se separa dándole un beso en la mejilla. Cuando la siente salir de sus brazos, Armando tiene la pelea ya bien lejos de su mente.

Se rebana el ceso en otras cosas.

En qué tan lejos dejó el carro, en cuánta champaña tiene en el apartamento, en que si la tienda donde compró los chocolates ya está cerrada.

Betty, por supuesto, está al otro lado del río.

—Amor, creo que ya podemos regresar con Natalia, que feo hacerla esperar tanto.

Armando recibe aquello como a quién le cae un balde de agua fría en plena madrugada.

«Qué cruz, Dios mío. Qué cruz.»

—Mi amor, ¿si tenemos que volver? Esa vieja ya se debe haber ido, vea, mejor nos vamos a mi apartamento un ratico y—

Betty lo toma del antebrazo y comienza a arrastrarlo nuevamente al interior del cafetín.

Se resigna. Perdió la batalla, pero la guerra de más tardecito, esa si que es de él.

Armando camina satisfecho tras su novia, hasta que antes de volver a la mesa, una duda le regresa chispeando.

—Espera, espera mi amor. Si todo este tiempo, lo que estabas era buscando modelos, cómo es que no vi nada de avisos por la empresa, ni rumores en los corredores, ni nada. Incluso hablé con Hugo esta semana y no mencionó nada de nuevos contratos para este lanzamiento. Y por qué no me lo dijiste a mí para empezar, te hubiera podido ayudar, no sé colaborar con algo.

Beatriz los mueve hacia una esquina, salvándolos de un camarero que entra y sale con la bandeja tambaleando.

—Lo hablé mucho con doña Catalina, y ambas estuvimos de acuerdo que si abríamos los castings era poco probable que lográramos dar con la persona ideal. Así que decidimos hacer el scouting algo más orgánico, entre ella y yo. Fue un proceso más tardado, pero creo que fue lo mejor.

—Betty, pero aún así, si me hubiera dicho.

Ella suelta un bufido entretenida.

—Hmm. Armando, yo conozco sus gustos, ¿se acuerda? Yo sé cuáles hubiesen sido sus recomendaciones, y no hubiésemos concordado en una sola. Nos hubiéramos vuelto locos, ¿no cree?—

Una carcajada nerviosa sale disparada de él, arrepentido de haber pisado esa mina. La candidez con la que Beatriz habla de su pasado, siempre lo pone a sudar helado.

Pero en algo tiene razón, porqué Armando no le hubiese pegado ni una.

Y lo de la locura, uy, pero que predicción más al tiro la de su Betty. Montón de locuras las que casi comete.

«Soy un estúpido. Un loco. Un demente. Mi Betty, ¿con otra mujer? ¡Qué idiota!»

Betty lo vuelve a tomar del antebrazo, con algo de preocupación.

—¿Todo bien, amor?

—No, eh… perfecto. Nada, muy, muy buena idea, tú si sabes mi amor —Armando la besa rápido en los labios, ligero con la primera bocanada de aire, luego de estarse ahogando en celos por meses—¡Dios! ¿por qué me mandas una novia tan buena, tan inteligente, tan trabajadora? —suelta con voz melosa, llenándole de besos las mejillas a Betty, que no puede más que reír y dejarse hacer.

—Ay, para mi amor. Tenemos que volver, nos hemos tardado una eternidad.

Tiene la negación en la punta de la lengua otra vez. Lo último que quiere hacer es regresar a la bendita mesa. Pero al final, cuando se le cruza la idea de la mujer yéndose, y repetir otros meses más de Beatriz ojeando viejas en la calle, Armando se detiene y regresa. Se disculpa con urgencia y toda la galantería que le sale, hasta que la mujer acepta el contrato.

Ya en el apartamento, con Beatriz sobre sus sabanas, se promete a sí mismo que no más scouting orgánico.

No, señor. Ni por el bien de Ecomoda.

Los ojos de Beatriz son para él.

Su atención, su mirada, sus pensamientos.

Lo quiere todo. Por siempre

Y su posesividad no lo avergüenza.