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El sol se filtraba a través de las hojas de los frondosos árboles, proyectando un mosaico de luz y sombra sobre el suelo del bosque. La Villa Shimotsuki, oculta entre colinas verdes y rodeada de naturaleza, era un refugio de paz y armonía. Los niños corrían por los campos, los ancianos compartían historias de los tiempos antiguos y el eco de las risas resonaba entre las casas construidas con madera de los propios bosques que protegían el territorio de la manada.
Los Shimotsuki era una manada de hombres lobo grande y fuerte, se protegían entre sí y también a los humanos que habitaban en su territorio, muchos de ellos se unían a sus familias, permitiendo así el nacimiento de más niños, de cachorros que algún día tomarían el lugar de sus padres en proteger su ancestral hogar.
Entre esos niños, Zoro y Kuina eran primos inseparables. Competían con su habitual fervor en un juego que ellos mismos habían creado: escalar los árboles más altos de la villa. Zoro, apenas un cachorro, ya mostraba una determinación inquebrantable en todo lo que hacía. Con sus pequeños pero fuertes brazos, se aferraba a las ramas, desafiando a Kuina que siempre parecía tener una ligera ventaja sobre él.
—¡Te estoy ganando, Zoro! —gritó Kuina desde lo alto de un robusto roble, riendo mientras veía a su primo esforzarse por alcanzarla. En todas sus competencias ella siempre ganaba al ser mayor, más alta y más habilidosa para la mayoría de retos que hacían.
Zoro frunció el ceño y apretó los dientes, decidido a no quedarse atrás. Aunque aún era joven, su instinto competitivo ya ardía con fuerza. Al llegar a una rama especialmente alta, se detuvo un momento para mirar hacia el horizonte, sintiendo una sensación de libertad y maravilla al contemplar todo desde allí.
—Te gané de nuevo —se rió la niña desde una rama superior, él levantó la cabeza para mirarla con sus cejas fruncidas.
—La próxima vez no me ganarás —protestó con algo de malhumor.
—No te preocupes, eventualmente podrás —le sonrió ligeramente antes de contemplar también la vista, respirando el aire puro del bosque.
A veces se preguntaba cómo era la vida en la ciudad, tal vez algún día podría ir a conocerla cuando fuese mayor, aunque el campo y el bosque le gustaban mucho. No obstante, parecía que algo más le podría estar esperando a lo lejos, en el horizonte.
—¿Qué crees que estén hablando los adultos en la reunión de hoy? —preguntó tras un breve silencio el niño.
—No estoy segura, pero escuché a mi padre decir que han recibido algunas malas noticias sobre una manada en el norte —respondió, pasándole una manzana que había traído oculta en sus ropas.
—¿Malas noticias?
—Sí, me pregunto que podrá ser.
Ambos niños permanecieron aun en la cima del árbol comiendo fruta, pensativos, cuando algo pareció cambiar drásticamente en el horizonte. El cielo despejado se cubrió pronto de oscuras nubes y un rugido fuerte resonó en la lejanía, haciendo que las aves salieran huyendo en parvadas.
—¿Qué fue eso? —Kuina se puso de pie sobre la rama, tratando de encontrar con la mirada lo que sea que había provocado ese ruido.
—¿Crees que fuera un adulto? Nunca he escuchado a ninguno así.
El rugido se escuchó más cerca esta vez y su instinto natural les indicó una cosa: peligro.
—Volvamos a la villa —ordenó la niña antes de que empezaran a descender el árbol a toda prisa.
Ambos regresaron corriendo lo más rápido que sus piernas jóvenes les permitieron. En el camino a su aldea, múltiples lobos enormes corrían en dirección opuesta a ellos, hacia el lugar del cual provenía el rugido.
Un gran lobo de pelaje oscuro con mechones que parecían violetas se detuvo ante ellos, contemplándolos por un instante para asegurarse de que ambos estaban bien.
—Zoro, Kuina, tienen que ir al refugio de inmediato.
Shimotsuki Ushimaru era uno de los lobos alfas de la manada y tío de ambos niños. Para que su habitual comportamiento tranquilo hubiese cambiado por uno bastante alterado, les indicaba a los dos cachorros que las cosas no estaban nada bien.
—Tío ¿Qué está pasando? —exigió saber el niño, aunque no recibió respuesta alguna a su pregunta.
—¿Dónde está mi papá? —esta vez cuestionó Kuina.
—Él, Furiko y Yasuie están guiando a la manada hacia un grupo de invasores, vamos a hacer todo por expulsarlos, pero necesito que los dos se escondan.
Ambos niños sintieron en su genética la orden del alfa y no les quedó de otra que obedecer, no podían simplemente rechistar o negarse, así que empezaron su huida a los refugios donde ancianos, cachorros y humanos se ocultaban en lo que la manada protegía el territorio.
La manada era liderada por cuatro alfas, todos descendientes del gran lobo Shimotsuki Ryuma: Yasuie, Ushimaru, Koshiro y Furiko. Ellos guiaban a la Villa, brindaban su protección y conocimientos. Koshiro era el padre de Kuina, mientras que Ushimaru era el encargado de la crianza de Zoro tras el fallecimiento de sus padres.
Una vez en el refugio, Zoro tomó asiento de mala gana junto a su prima. Ambos eran muy pequeños, ni siquiera podían transformarse en lobos aún, al menos no a voluntad, solo cuando había luna llena o cuando eran comandados por un alfa a hacerlo.
—Todo estará bien —escuchó decir a Kuina, quien permanecía sentada a su lado con sus brazos sobre sus rodillas—, papá y los demás echarán a los intrusos.
—¿Crees que estén peleando con el que causó ese rugido tan fuerte?
—Es posible…
Ambos trataron de aguardar en calma, aunque inevitablemente los nervios incrementaban en el refugio conforme pasaba el tiempo y gruñidos se escuchaban en el exterior ¿Los invasores fueron capaces de llegar a la Villa? La respuesta vino a ellos cuando un inmenso lobo amarillento irrumpió en el refugio.
—¡Corre! —Zoro tomó la mano de su prima y ambos trataron de huir de inmediato, así como todos los que permanecían allí.
Los gritos de miedo y pánico, los gruñidos, las casas siendo destrozadas, todos los sonidos eran caóticos. Había fuego que se empezó a esparcir por la villa, cuerpos de algunos humanos en el suelo llenos de sangre, lobos peleando contra otros. En medio de aquella escena tan terrorífica, ambos niños finalmente lo vieron.
Un escalofrío recorrió sus espaldas cuando escucharon el rugido nuevamente, más feroz y cercano, y la enorme bestia se irguió tras acabar con otro de los lobos de la villa. Era una figura colosal, un lobo gigantesco, avanzado por la villa con una velocidad y fuerza descomunales, seguido por una manada de bestias que daban rienda suelta a más caos y destrucción.
Zoro mantenía su mano aferrada a la de Kuina, la bestia no parecía haberlos notado, pero otro de los lobos que venían con él sí que lo hizo. Era casi tan inmenso, de un pelaje blanco muy peculiar y una mirada que demostró lo dispuesto que estaba a matarlos a ambos, aunque fueran solo cachorros.
La mayor le abrazó con fuerza, tratando de protegerle con su cuerpo del ataque que nunca llegó. Los dos cerraron los ojos con fuerza por el miedo, aunque al no pasar nada los abrieron de nuevo para ver qué pasaba. Y ahí estaba Ushimaru, luchando contra el lobo que parecía sacarle un cuerpo completo pese a lo grande que era.
—¡Niños! —Furiko apareció ante ellos poco después—¡Rápido, deben salir de aquí!
—¡Pero mi tío Ushimaru…!
—Él estará bien, rápido Zoro —la gran loba les hizo subir a su espalda y empezó a correr, buscando alejarse de la villa.
—¡No! ¡Espera! Tía Furiko ¿Dónde está mi papá? —exigió saber Kuina, aunque la mujer no le respondió y eso no le hizo sentir bien—¿Tía…?
—¿Qué está pasando, abuela? —cuestionó Zoro esta vez—¿Quiénes son ellos? ¿Qué quieren?
—Son la manada de Kaido, atacaron la villa porque nos negamos a subordinarnos a él —explicó muy brevemente sin dejar de correr—, no sabemos qué buscan creando una manada tan grande, pero no somos la única villa que ha destrozado por negarse.
—¿Por qué nos sacaron? ¿Qué pasará con los demás? —insistió en saber el niño.
—Yasuie siempre ha dicho que los cachorros son lo más importante, nos ordenó ponerlos a salvo, las fuerzas de Kaido sobrepasan terriblemente a las nuestras, no estábamos listos para un ataque así.
La loba detuvo su andar un momento, moviendo sus orejas buscando detectar algún sonido. Los niños también pudieron percibir algo poco después, pasos constantes que iban hacia ellos se hicieron más claros, aunque gracias a su olfato supieron que no era el enemigo.
—Hermana…
—Ushimaru…
Ambos lobos juntaron sus cabezas en un gesto de alivio y afecto, sin embargo, Ushimaru tenía una gran cantidad de heridas en su cuerpo y su pelaje tenía manchas rojas por la sangre que brotaba de estas.
—Debemos sacar a los niños de aquí, me llevaré a Zoro, cuida de Kuina.
—¿Qué? ¿No iremos juntos? —la niña reaccionó apenas al escuchar aquello.
—Sería peligroso, podrían encontrarnos más rápido.
Zoro y Kuina parecieron dudarlo, reacios a la idea de separarse de esa manera ¿Cuánto tiempo permanecerían alejados? ¿Qué iba a pasar ahora?
—No hay tiempo, no tardaran en encontrarnos si seguimos aquí —insistió y a Zoro no le quedó de otra que pasarse al lomo del otro lobo—. Cuídate mucho Furiko, prometo buscarlas en cuanto estemos seguros.
—Ustedes también tengan cuidado.
Kuina y Zoro se miraron una última vez antes de que ambos lobos tomaran caminos diferentes. Mientras huían, Zoro no pudo evitar echar un último vistazo atrás, pensando cuando volvería, que sucedería con su hogar ahora, con las personas que conocía desde su nacimiento, especialmente con Kuina.
Se aferró al pelaje de su tío preguntándose ¿A dónde le llevaría ese desconcertante momento de su vida?
Continuará…
