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El reflejo de su rostro en el espejo le saca un suspiro que se rompe al final, pero su mirada se mantiene firme. Se da cuenta de que casi no recuerda la última vez que se vio a sí mismo en alguna superficie reflectante, tan aterrado de los ojos, del rostro con el que podría encontrarse y no podría reconocer, como ya sucedió en lo que ahora parece una vida anterior. Pero ya ha pasado suficiente tiempo, se convence, y sabe que es verdad por la manera en la que ni siquiera siente ganas de acurrucarse y llorar mientras nota cada pequeña diferencia nueva que sólo había oído de la boca de su compañero (tienes una arruga entre las cejas, la línea de tu barba volvió a subir, la cicatriz en el labio ya casi desaparece). Así que cualquier duda se la traga con un sonido seco en su garganta y permanece allí, frente al espejo, haciéndole frente al hombre que tiene enfrente.
Sus manos se aprietan mucho a los lados del lavabo y se obliga a soltarlas. Un sonido de duda le sigue, y la expresión que le muestra el reflejo es casi reconocida, lo que alivia un poco el tumulto de nervios que lo asaltan.
Mira hacia la puerta cerrada del baño y se queda allí, como si estuviera esperando a que aparezca Viktor. Viktor, con su mirada tranquila y falsamente hastiada, con un par de tijeras en una mano y un pañuelo en la otra, listo para ayudarlo a darle forma a su cabello y vello facial, lo que ha hecho por Jayce desde que arribaron a este lugar (desde que ambos se dieron cuenta de lo difícil que sería para Jayce no sólo verse en un espejo, sino acercar algo filoso a su propio rostro). Pero la puerta permanece cerrada.
Aun así, si guarda silencio y presta atención, puede escuchar a Viktor desde el comedor, donde debe estar entreteniendo a la niña, probablemente explicándole algo sobre un rompecabezas o alguno de sus estudios sobre plantas, siempre hablando tanto, como si ella fuera a entender alguno de sus discursos.
Eso saca una sonrisa en Jayce, encantado ante la imagen que puede evocar con la facilidad de poder verla con sus propios ojos todos los días. Algo cálido se instala en su pecho, y eso es suficiente para animarlo a continuar con su nueva misión. Tiene que dejar a Viktor tranquilo por hoy y encargarse por sí mismo de su problema estético.
Con otro suspiro, esta vez firme, vuelve su vista al espejo. Ya no se intimida ante el rostro extraño, pero reconocido, que le devuelve la mirada con fiereza. Su mano suelta el lavabo y sus dedos pasan de las tijeras colocadas cuidadosamente sobre una toalla, y en su lugar van hacia el aparato que ha permanecido guardado por demasiado tiempo; hoy es el día de usarlo, antes de que siga llenándose de más polvo. Cuando lo enciende, emite una vibración reconocida, lo que calma parte de sus nervios.
—Puedes hacerlo —se anima, y justo después hace una mueca de duda hacia su yo en el espejo. Pero ya es muy tarde para echarse para atrás.
Con un último y satisfactorio chasquido entre las piezas de engranajes y cables, la tapa del pequeño juguete se cierra, y la herramienta en su mano es dejada sobre la mesa al mismo tiempo que un chillido emocionado resuena por las paredes, seguida por una risa corta.
—¿Emocionada por terminar tu primera clase de mecánica? —bromea Viktor, afianzando su agarre alrededor del inquieto cuerpo sentado en su regazo. Altaria vuelve a chillar, extendiendo sus manos por encima de la mesa, tratando efusivamente de alcanzar la delicada caja dorada y azul que se ha terminado de armar. Viktor alcanza el objeto con el brazo mecánico en su espalda, alejándolo de los deditos inquietos—. Ojalá la mitad del estudiantado de la Academia hubiera mostrado el mismo nivel de interés que el tuyo por la metalurgia. O al menos por las clases teóricas de ingeniería.
Altaria, sin entender absolutamente nada de las palabras de su padre, sólo atina a balbucear y hacer otro intento de agarrar lo que han prometido que será su nuevo juguete (en el futuro, cosa no aclarada) que flota tentadoramente sobre su cabeza, mientras Viktor divaga un poco más sobre sus tristes días en la Academia.
—No podría esperar mucho de chicos ricos —comenta, rodando los ojos mientras sostiene a la niña, levantándose con ella para dirigirse hacia el pasillo, dejándola luchar en su hombro en su nuevo intento de alcanzar la caja de música—. Es increíble que, siendo la ciudad del progreso, no hubieran suficientes mentes progresistas.
Altaria balbucea. Viktor asiente como si ella le acabara de dar alguna especie de respuesta coherente, acomodándola frente a él para mirarla a los ojos. La bebé se ríe, pataleando y tratando de alcanzarlo a él esta vez, ignorando su anterior distracción.
—Las mentes pequeñas se vuelven peligrosas al ponerse en el poder, ¿no lo crees?
—¿Me estás diciendo tonto, V?
Viktor se detiene y entrecierra los ojos. Vuelve a dejar a su hija recostada contra su hombro y no se gira hacia Jayce, continuando su camino hacia la habitación de Altaria.
—En absoluto. ¿Fue un baño agradable? —pregunta al aire, con falso desdén, sabiendo que Jayce le escuchará a pesar de la distancia que está poniendo. Cuando oye sus pasos acercándose más, sonríe con sorna, al mismo tiempo que se detiene frente a uno de los estantes de juguetes en el cuarto—. Pareces estar recobrando tus costumbres de cuidado personal. Me… siento un poco orgulloso, debo admitir, de que hayas vuelto a desarrollar el gusto por las duchas largas.
—Estoy casi seguro de que me has estado insultando desde hace un rato —dice, no a la defensiva, sino genuinamente divertido. Viktor se ríe entre dientes, todavía sin girarse a mirarlo, más ocupado acomodando los pequeños dispositivos y otras chucherías que habían conseguido aliviar el aburrimiento de Altaria.
—Lamento que mi tono de voz te haya dado esa idea —resopla, rodando los ojos otra vez, antes de encarar de una vez a su esposo—. Mi verdadera intención es…
Su boca se cierra de golpe y sus ojos se abren más al finalmente encontrarse con el rostro del otro hombre. Todo su cuerpo se queda repentinamente rígido, igual que su lengua.
Un ligero tono rosa sube a las mejillas de Jayce, acompañado de una sonrisa torcida y nerviosa. Una de sus manos sube a su cabello, que está severamente cortado de una manera que no es la que Viktor recuerda, pero es muy diferente a lo que ya se ha acostumbrado en los últimos tiempos. Toda la imagen lo deja en un trance en el que no se había sumido desde hace mucho, dejándolo incapaz de hilar algún comentario, o siquiera continuar con sus palabras anteriores. Mucho menos puede controlar su propia expresión de sorpresa, mientras Jayce se acerca un poco más, manteniendo una cautela entrañable.
—¿Se ve mal? —pregunta con la voz baja, insegura.
Viktor parpadea, despertándose. Relaja su expresión y se aclara la garganta, cubriéndose los labios con un puño mientras sostiene a Altaria contra su cadera.
—Es… —comienza, sin saber qué palabras usar para describir lo que siente al volver a mirar el rostro prácticamente desnudo de su compañero. Los recuerdos de sus días de laboratorio regresan, uno por uno, con rapidez, y la calidez que siente por ellos se intensifica mientras lo mira ahora de nuevo; hay un par de diferencias claras, como las arrugas y el corte distinto, pero Viktor se concentra en lo único que importa. Una sonrisa asoma por sus labios, contrariando la postura cada vez más vacilante de Jayce—... interesante.
Jayce parpadea, procesando esa descripción. Luego enarca una ceja, y la sonrisa que enseña también anima a Viktor, contento de haber dado una respuesta aceptable.
—¿Sólo interesante?
—Los halagos sinceros quedan para el estilo anterior, que es, por decirlo claramente, más preferible a mi gusto.
Jayce rueda los ojos.
—¿Y los halagos no sinceros?
—Te ves más joven.
—Estás siendo un imbécil.
—Oh, ese fue un halago sincero, de hecho —aclara con petulancia—. Además, mis votos me impiden decir mentiras.
—Nunca hiciste ese voto.
—No lo añadí en el discurso de bodas, es todo.
Tras un corto silencio, los dos se ríen por las tonterías. Entre ellos, la bebé chilla con alegría, llamando la atención de ambos. Jayce no tarda en acercarse, mucho más contento y satisfecho, como si hace un momento no hubiera parecido un cachorro culpable después de haber hecho algo malo. Viktor se siente orgulloso por él, especialmente tras tener en cuenta lo difícil que habrá sido la misión personal de su compañero. Se siente orgulloso de que todo haya salido bien.
Sin embargo, su momento de emoción se ve cortado abruptamente en cuanto la niña en sus brazos, la misma que había acomodado para que viera a Jayce y a su nueva imagen, se esconde repentinamente en su cuello.
Los dos la miran fijamente.
—¿Qué…? —murmura Jayce, con la sonrisa borrándose lentamente de sus labios después del obvio rechazo de la bebé. Sus ojos suben a Viktor, como buscando respuestas, brillando de esa manera que anuncia que sus emociones están a una ventisca de desbordarse—. ¿Ella… no quiere mirarme?
Viktor entrecierra los ojos y hace una mueca. Aparta a Altaria de su hombro para que vuelva a girarse, dejándola recostarse entre sus brazos, para que quede mirando a ambos. Ella se deja, inesperadamente dócil, pero demasiado silenciosa, tan silenciosa como pocas veces ha estado, con la mirada deteniéndose sólo en Viktor. La preocupación no tarda en asaltarlo, y puede ver ocurriendo lo mismo en Jayce, ambos despertando con ese instinto protector ante el cambio tan extraño y abrupto en la niña.
—¿Altie?
Ante la voz de su padre, ella responde, girando sus ojos hacia él, sólo para volver a quedarse rígida y, completamente de la nada, mostrar una cara de miedo.
Antes de que Viktor pueda abrir la boca, ella comienza a llorar, dejando a los dos adultos espantados.
—¿Por qué…? ¿Qué sucede, cariño? —pregunta Jayce, con un tono tranquilo a pesar de los alaridos desesperados de la niña. Viktor hace una mueca cuando un grito en particular golpea sus tímpanos, cosa que no parece afectar en nada al otro hombre, quien no tarda en extender las manos en cuanto Viktor le hace una seña para sostenerla—. Ven aquí. Está bien.
Debe ser un mal curso a tomar porque, apenas es colocada entre los brazos de Jayce, y se encuentra de cerca con la cara del mismo, grita todavía más fuerte, removiéndose desesperadamente, desestabilizando al hombre que la sostiene. Jayce se queda paralizado en cuanto se da cuenta del rechazo dirigido a él. Vuelve a mirar a Viktor, con el horror y la confusión pintando todo su rostro limpio.
Afortunadamente, Viktor tiene una epifanía en ese momento. Sin poder evitarlo, lleva una mano a su frente, masajeando el centro mientras lidia con el nuevo problema que se acaba de presentar y que parece querer comenzar a provocarle un feo dolor de cabeza.
—Ella todavía… no se ha desarrollado lo suficiente para reconocerte así —explica rápidamente. Ve a Jayce dejando a Altaria llorando contra su hombro mientras la mece, tratando infructuosamente de calmarla. El otro hombre le da una mirada de desconcierto, brillante con lágrimas desesperación y dolor por el rechazo constante. Viktor tiene que evitar bufar—. En pocas palabras, todavía no se dará cuenta de que eres su padre si no tienes la barba y el cabello. El cambio de imagen repentina te deja irreconocible para su mente joven.
—¿Esto es porque me afeité? —pregunta, histérico, sólo para estremecerse al escuchar otro alarido contra su oído. Da palmaditas suaves contra la espalda de la bebé, lo que apenas mengua sus sollozos y luchas, y vuelve a mirar a Viktor en espera de ayuda—. ¿Y qué se supone que haga ahora?
Viktor se encoge de hombros, sin tener la respuesta, y luego se encoge de nuevo de dolor ante otro chillido.
—Sólo… que no vea tu cara.
—¿Y cuando tenga que comer?
Viktor suspira pesadamente.
—Esto se siente injusto.
—Tú fuiste el que decidió el cambio de imagen sin antes pensar en las consecuencias —señala Viktor, con la voz tranquila y serena pese al ceño fruncido que pone por un momento antes de suavizarse mientras mantiene el biberón en ángulo para que la niña acunada en su brazo termine de comer. Cuando ella cierra los ojos, cada vez más llena y somnolienta, él dirige su atención a su marido al otro lado de la mesa. Lucha con la ternura que le provoca la mirada de tristeza y anhelo de Jayce, y chasquea la lengua—. Una consulta rápida nos hubiera ahorrado estos contratiempos.
Jayce es quien frunce el ceño esta vez, poniendo una expresión molesta.
—¿Tengo que avisarte de todas las decisiones que tomo? —inquiere, claramente a la defensiva.
Viktor se endereza, cuidando que la bebé no se mueva tanto en sus brazos, deseando escuchar pronto sus ronquidos. Mantiene su mirada en Jayce, suavizándose un poco al ver al otro manteniendo su postura tensa. Bajo la capa de lucha, puede notar la ligera inseguridad, lo que anula parte de su mal humor.
—No —responde finalmente, volviendo su vista hacia Altaria, observando con deleite los brillantes irises dorados ocultándose detrás de los pequeños párpados llenos de pestañas largas. Una sonrisa se asoma por su rostro sin que lo note, pobremente oculta por su propio cabello—. No, Jayce, sólo… Pensaremos mejor en estas cosas la próxima vez. ¿No es así?
Como si fuera un regaño directamente para él, Jayce se desploma sobre la mesa, asintiendo en silencio. Viktor lo mira de reojo, riéndose en voz baja.
—Es bueno haber tenido reservas —vuelve a hablar, quitando el biberón vacío de la boca de la bebé ya dormida. La acomoda contra su pecho, dejándola escuchar su corazón mientras deja el recipiente vacío a un lado. La mece cuidadosamente, dejándola descansar un rato más en su agarre—. Hubiera sido problemático salir al pueblo a estas horas.
—Eso no es lo importante ahora —declara Jayce con tono severo, poniéndose de pie, con las manos apoyadas firmemente contra la madera de la mesa mientras se inclina hacia el otro hombre—. ¿Cómo haremos para que ella no llore cada vez que me vea de aquí en adelante?
—Bueno, todavía nos queda pegamento. Vuelve a ponerte la barba —bromea, enseñando una sonrisa ladeada. Jayce rueda los ojos.
—Sin bromas.
—Es cuestión de aprendizaje. —Se encoge de hombros, restándole importancia. Jayce frunce los labios y arruga las cejas, mirándolo con recelo, cosa que no toma mucho en cuenta mientras se pone de pie, con intención de mover a la niña a un lugar más cómodo para dormir—. Los bebés son esponjas de conocimiento. En un día podría volver a reconocerte, no necesitas preocuparte mucho, Jayce.
—Dilo por ti mismo. Tu hija no te miró hoy como si fueras un monstruo —señala, sonando herido en la última parte, volviendo a desplomarse contra la mesa como un trapo mojado. Viktor niega con la cabeza, acercándose a él, dándole una patadita en la espinilla sana para llamar su atención. Cuando responde, dirigiéndole esos brillosos ojos miel con lágrimas contenidas, Viktor no tiene más remedio que sonreírle con cariño.
—Sé que lo superarás.
Jayce se anima un poco, volviendo a sonreír.
—Además —prosigue Viktor, dándole la espalda para dirigirse al cuarto—, afortunadamente para nosotros, no tardará mucho en volver a crecerte el pelo.
—Que sepas, Viktor, que me dejaré crecer la barba por nuestra hija. No por ti.
—Hm. Ya veremos.
—Yo… ¿De verdad no me veo mal?
La pregunta rompe el silencio en la habitación. Viktor se gira a mirar a su compañero, quien parece estar teniendo alguna especie de momento personal intenso, recostado desordenadamente en la cama con las extremidades extendidas a los lados y la mirada perdida en el techo, su corto fleco no oculta sus ojos desolados, lo que hace que Viktor se encoja por dentro ante la culpa, no sabiendo cómo arreglar eso con alguna de sus herramientas o su magia, antes de recordarse que no necesita hacer tal cosa, y, con un resoplido bajo, va a tomar asiento al borde del colchón, manteniendo su atención sobre su marido.
—Te ves como tú, Jayce —asegura, con voz trémula, extendiendo cuidadosamente la mano sobre las sábanas, deteniéndose antes de tomar la de Jayce.
El otro hombre gira sus ojos hacia él, y agarra la mano de Viktor, lo que le da una sensación de calidez y alivio en la que no tarda en hundirse.
—Eso no responde mi pregunta —declara entonces Jayce, con un tono demasiado serio. Viktor lucha con una mueca de hastío y se sube a la cama un poco más, hasta que puede inclinar su rostro sobre el de su compañero. Su largo cabello castaño rubio crea una cortina para ambos.
—¿Desde cuándo necesitas validación externa, Jayce?
—Desde siempre, de hecho —afirma, encogiéndose de hombros con desdén. Viktor niega con la cabeza, mientras él sonríe un poco, un poco demasiado inseguro—. Viktor…
—Como ya he dicho antes, te ves bien —asegura una vez más, acercándose hasta dejar un beso en la frente descubierta, consiguiendo escuchar una risa baja. No se molesta en ocultar el cariño que debe estar mostrando en su propio rostro, y sus dedos se entrelazan con los ajenos para un agarre más firme—. Encantador por fuera y por dentro, siendo además la única mente decente en la Academia.
—Halagador.
—Y sin mentiras.
Jayce se ríe entre dientes y su mano libre sube a la nuca de Viktor, acercándolo para que sus labios se encuentren. Es un beso casto, una presión cargada de serenidad, hasta que se separan y vuelven a intentarlo con más vehemencia, esta vez apretando más fuerte, sus narices casi chocando antes de acomodarse en un mejor ángulo, exhalando aire caliente. Una de las manos de Viktor cae en el colchón para apoyar su peso mientras deja que su amante mordisquee sus labios, y Jayce empuja su lengua dentro de su boca a la menor oportunidad para seguir intensificando el beso.
Cuando se separan una vez más, están jadeando. Viktor saca la lengua para quitarse el rastro de saliva que se desliza por su barbilla, mientras Jayce se levanta para besar los lunares en su rostro, bajando por su mandíbula hasta su cuello. Viktor sisea en voz baja, recostándose con cuidado a un lado del otro hombre, prodigando besos donde alcancen sus labios mientras sus manos suben al cuello y bajan por el pecho ajeno, palpando cada lugar que encuentre. El aire se espesa a su alrededor mientras intercambian más besos y toques, manos errantes y casi desesperadas colándose bajo la ropa.
Jayce gruñe por lo bajo en cuanto siente el ardor de una mordida en el cuello y una mano yendo bajo el dobladillo de su camisa. Viktor tararea contra su piel, lamiendo la zona y ahogando un gemido en cuanto una de las grandes manos de Jayce se cuela bajo la cinturilla de sus pantalones y palpa el bulto creciente bajo la ropa interior. Un jadeo es ahogado entre más besos.
—¿Estás seguro de que…?
—Está bien —exhala Jayce, interrumpiendo la pregunta, subiendo sus manos a la cintura de Viktor para atraerle más cerca—. Podemos hacerlo, es seguro. Vamos, V.
Viktor tararea en afirmación, mucho más emocionado que antes. Sus manos se mueven rápidamente, desabotonando la camisa de Jayce para exponer su pecho, empujándolo por el hombro con cuidado para acomodarlo boca arriba en la cama y subirse encima, volviendo a moverse para desabrocharle el pantalón mientras sus lenguas se enredan y respiran dificultosamente en el escaso espacio que les separa.
—Voy a comerte, Jayce —masculla contra su mejilla, besando los trozos de piel suave mientras empuja las prendas. Jayce exhala una risa vaga, aferrándose a la espalda vestida de su amante mientras suspira contra su oreja.
—Eso espero —sisea, enganchando una pierna en la cintura de Viktor y sintiéndolo estremecerse en cuanto sus partes inferiores se rozan a través de la ropa—. Porque fue para eso que también hice ajustes.
Viktor se ríe por lo bajo, pero antes de volver a besarlo, se detiene abruptamente. Jayce se da cuenta poco después.
El mago se aparta, levantándose en sus manos y mirando fijamente al otro hombre. Jayce tiene que parpadear un par de veces para que su cerebro sobrecalentado por la excitación consiga comprender la expresión de desconcierto de su esposo, y cuando lo hace, imita la misma expresión.
—¿Viktor?
—¿Que hiciste qué? —inquiere el aludido, parpadeando de nuevo de forma cómica, pero no lo suficientemente cómica como para quitarle a Jayce la sensación de que hay algo muy malo gestándose en el ambiente. Poco después, Viktor frunce el ceño, los labios torciéndose en una mueca mientras mira a Jayce con sospecha—. Jayce…
—¿Qué sucede? —pregunta, genuinamente confundido por el rumbo que ha tomado la situación. Cosa que no le está gustando para nada.
—Jayce, ¿tú…? —trata de indagar, pero se detiene cuidadosamente y lanza una mirada rápida hacia abajo. Cuando Jayce no logra comprenderlo, sigue insistiendo, rodando los ojos, acabando por negar con la cabeza cuando no llega a ocurrir nada. Sus ojos parecen casi suplicantes mientras vuelve a mirar a Jayce—. ¿Acaso tu cara no fue lo único que rasuraste hoy?
Jayce entrecierra los ojos con confusión.
—Obviamente. No podía desaprovechar la oportunidad. Eso también te haría el trabajo más…
Las palabras de Jayce bajan de tono mientras se da cuenta de la expresión que acaba de poner Viktor. Es casi la misma cara de horror que había puesto Altaria al no reconocerlo, y una risa divertida lucha con el dolor del entendimiento tras esa reacción.
—¿Viktor?
Viktor, mecánicamente, aleja sus manos, se levanta de la cama y camina hacia la puerta. Jayce se sienta apresuradamente, mirando la espalda del otro hombre con pesar; el mago parece a punto de desplomarse, y Jayce ni siquiera necesita ver su rostro en este momento para sentir su tristeza, cosa que no tiene sentido para él.
—Viktor, ¿estás…?
—Necesito un momento.
Y sale de allí.
Jayce se queda solo.
Después de escuchar algo muy parecido a un sollozo detrás de la puerta, decide que lo mejor es ignorarlo y volver a arreglarse la ropa entre suspiros de decepción, preparándose para dormir y esperando que a la mañana siguiente la barba incipiente que sabe que estará allí sea consuelo para su esposo, y para su hija.
