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La brisa cálida de un verano perfecto entra por la ventana, llevando el aroma de la naturaleza en el aire al mismo tiempo que el suave canto de los pájaros suena armoniosamente desde la distancia. Pero Viktor no puede prestar atención a nada de eso mientras sus receptores de dolor saltan con fuerza desde su cuero cabelludo, donde las raíces de su cabello están casi a punto de salirse en grandes cantidades desde su piel mientras la criatura en sus brazos decide que es una buenísima idea jalar su pelo suelto, como si se tratara de la mejor acción de juegos en mitad de su tranquila mañana. El gemido de sufrimiento que se le escapa a Viktor sólo es la guinda del pastel, haciendo reír con fuerza a la niña, que no tiene piedad por su pobre padre al estirarlo más fuerte y con más emoción tras la respuesta no verbal completamente indigna que también son acompañadas por un par de maldiciones en su lengua materna (que espera que ella no repita en un futuro próximo).
Si no se tratara de su adorable de bebé, piensa que esto podría ser sádico.
—No, no, no —reprende, luchando con los deditos diminutos, que, para su sorpresa, son increíblemente fuertes mientras mantiene su puño firmemente cerrado alrededor de sus mechones castaños y rubios. A pesar del dolor y el creciente y preocupante hormigueo en la cabeza, empuja el impulso de ser más rudo en su toque, aterrorizado ante la idea de lastimar a la pequeñita mientras trata de librarse de su cruel agarre—. Altaria, suelta a papá. Suelta.
Altaria, completamente ajena al sufrimiento de Viktor, no lo suelta. Vuelve a tirar, riéndose más fuerte. Viktor se toma un segundo para pensar en el mejor curso de acción, y la idea de apagar sus propios nervios y dejar que la bebé juegue hasta saciarse (probablemente hasta dejarlo calvo, pero nada que no pueda arreglar con magia de modificación) es tentadora, pero también piensa en las repercusiones a futuro. Definitivamente no quiere que esto pase a mayores, no fuera a ser que su falta de firmeza provoque que Altaria también intente arrancarle el cabello a Jayce cuando la tenga en brazos.
Con un suspiro tembloroso, vuelve a sostener la muñeca diminuta y frágil de la niña, estirando los dedos entre el hueco del puño increíblemente apretado hasta que finalmente consigue abrirlo. Y ella se ríe de nuevo, incluso si ha perdido su juguete del momento. Viktor no pierde tiempo en alejarla de su hombro, sosteniéndola desde debajo los brazos y frente a él.
—Este acto tuyo fue innecesariamente doloroso para mí —suspira cansado, y Altaria le responde riendo, llevándose un puño a la boca y pateando sus pies en el aire. Viktor no encuentra en sí mismo ni una pizca de enojo o rencor por la violencia indiscriminada a su pelo, y mueve la cabeza, pensativo, mientras siente los largos mechones hacerle cosquillas en el cuello al tiempo que su hija se muestra decididamente poco culpable por el arrebato—. Eh... Supongo que la culpa me pertenece, por mi descuido. Debí atarme el cabello en lugar de dejarlo a tu alcance. Una tentación demasiado fuerte, me imagino.
Altaria, por supuesto, no contesta verbalmente a sus comentarios. Su única respuesta es extender los brazos hacia Viktor y abrir y cerrar sus manitos varias veces (es demasiado encantador, Viktor casi cae), queriendo alcanzarlo, ya sea para acurrucarse en un abrazo o para volver a jugar con el pelo multicolor demasiado llamativo para sus ojitos curiosos, Viktor no lo sabe, pero no quiere correr el riesgo de que sea lo segundo y terminar luchando por su vida otra vez, así que se mueve por la cocina y deja a la bebé sentarse en la pequeña silla alta junto a la barra. Se toma un segundo para admirar la construcción del mueble; todavía recuerda la diligencia de Jayce al construir esto, emocionado después de la primera vez que Altaria había conseguido sentarse por sí sola, y todavía más entusiasmado luego de que la hubiera usado por primera vez. Ella también había mostrado una gran felicidad por su nueva adquisición, aunque eso es de esperarse. Su niña es alegre casi todo el tiempo.
Asegurando que no se deslice ni pierda el equilibrio, la acomoda allí y retrocede para atarse el cabello en un moño rápido. Varios mechones cuelgan sueltos, pero esas pérdidas no se verán graves si su hija decide volver a torturarlo más tarde.
Altaria suelta un chillido, golpeando la mesita de madera con sus manitos, volviendo a llamar toda su atención. Sus grandes ojitos dorados se fijan completamente en Viktor, estudiándolo con suma concentración ahora que su padre tiene un peinado distinto; su joven mente probablemente esté tratando furiosamente de comprender los cambios que está viendo. Viktor se ríe entre dientes, encantado por la curiosidad desmedida, y extiende una mano para acariciar la cabecita de mechones castaños y puntiagudos. El cabello de Altaria está tomando la misma forma que la de él en su juventud, como si ya el resto de ella no fuera una copia casi exacta de él.
—¿Me estaría excediendo al pedirte que mantengas un buen comportamiento mientras termino con el almuerzo?
Por un momento se pregunta por qué sigue hablando de forma tan franca con un bebé de seis meses, aún sabiendo que no va a obtener respuestas lógicas, mucho menos coherentes, mucho menos con palabras. Es risible, de cierta manera. Se le ha hecho tan natural, especialmente desde que esta niña es su compañía casi todo el día, soltar comentarios al azar y empezar conversaciones más que nada unilaterales en la compañía de Altaria, como si fuera otra persona conocida en la habitación. Y ciertamente lo es, es una persona, una persona pequeña que no habla pero que parece encantada con cada palabra que suelte Viktor, como si se tratara de la cosa más interesante del mundo, incluso si sólo son tonterías aleatorias como quejarse de la mancha de aceite en el mostrador. Es sencillamente encantador y sumamente divertido.
Altaria golpea nuevamente la mesita mientras se ríe, y Viktor se ríe en voz baja con ella.
—Voy a tomar eso como un sí.
Dándole la espalda a la pequeña criatura, pero siempre atento al menor cambio que pueda percibir, regresa a la estufa, donde ha dejado la comida cocinándose a fuego lento. Vuelve a subir el fuego y se mueve con fluidez por los alrededores. Sabe que no tiene mucho margen de tiempo y que su bebé no tardará en mostrar signos de aburrimiento o la ligera sensación de abandono ahora que ya no está entre la seguridad de sus brazos, lo que terminará en un llanto desesperado hasta que pueda regresar con él, así que Viktor trata de no perderse de más en sus labores y mantiene su mirada de reojo hacia ella.
Afortunadamente, los primeros minutos, Altaria no hace problemas, decidiendo que es más divertido hacer ruidos sobre la madera y chillar cada vez que Viktor se mueve de aquí para allá. Es una pequeña misericordia.
Está a mitad de cortar una de las últimas verduras cuando siente un cambio en el ambiente que lo deja paralizado, con el cuchillo en el aire y la mirada perdida por dos segundos. Luego levanta la cabeza con rapidez, y la garra en su espalda hace su aparición con varios chasquidos mecánicos y el distintivo sonido de la magia cortando el aire, con las runas en las puntas de los dedos de metal simulando un halo brillante sobre su cabeza. Su ceño se frunce y mira hacia ningún lado, tratando de concentrarse de nuevo en lo que acaba de sentir. El zumbido de magia en su interior es reconocido, pero el pulso suave de una magia extraña no lo fue.
Hay un mago cerca, es la conclusión a la que llega, con bastante rapidez, porque no puede haber otra respuesta para explicar lo que acaba de sentir, que no se compara a ninguna otra cosa.
Ha pasado tiempo desde que Viktor ha podido conectar con o sentir lo arcano en el cuerpo de otra persona. La última vez había sido un mago de paso en el pueblo, al igual que los pocos anteriores antes. Pero ninguno de esos encuentros sucedió aquí, en su hogar, así que no puede evitar ponerse rígido de inmediato.
Detrás de él, Altaria ha comenzado a soltar quejidos, comenzando con su berrinche en busca de la atención de su distante padre. Viktor aprieta los labios, soportando el impulso de ir directamente a consolarla de inmediato, tratando de concentrarse de nuevo en la ráfaga ya desaparecida. Sabe que no lo imaginó.
Un pensamiento cruza su mente de repente entre sus otras ideas, y se siente como un balde de agua helada. Jayce. Recuerda rápidamente la existencia de esposo. Él no está en la casa, pero está cerca, en su proyecto de construcción del cobertizo que quiere usar como su nuevo taller-laboratorio. Él está afuera, solo y desprotegido. Y Viktor acaba de sentir la presencia de otro mago.
Suelta el cuchillo y no presta atención al sonido que hace cuando cae de la mesa. Se gira de inmediato mientras escucha el primer chillido descontento de Altaria, y extiende los brazos para levantarla y sujetarla contra su pecho, mientras la garra sobre su cabeza gira entre runas.
—Sshh, está bien —arrulla a la bebé, que aprieta su ropa y se remueve, enojada por haber sido ignorada tanto tiempo. Viktor le da caricias en la espalda, pero no está muy concentrado en detener su enojo mientras trata de llevar su magia más allá de las paredes de su casa—. Está bien, no llores, sólo... Tenemos que encontrar a papá...
Altaria suelta otro chillido, amortiguado por la tela de su camisa, y sólo entonces siente la urgencia de prestarle atención también a ella. Pero la preocupación por Jayce también lo golpea. Si no hace algo, algo podría salir mal.
Sin tener muchas ideas para asegurarse y calmar a la bebé al mismo tiempo, decide que puede ir a revisar a Jayce por sí mismo.
Sin embargo, al primer paso, todo cambia, y en un parpadeo la imagen de su acogedora cabaña se desvanece para dar paso al inconfundible cielo nocturno y estrellado del vacío arcano.
Con un jadeo entrecortado, se queda estático, sintiendo de inmediato la ligereza de su forma corpórea en este plano, sus pies sin tocar nada y sus brazos...
Sus brazos.
Viktor mira hacia abajo y, al darse cuenta que la existencia pequeña, brillante pero inconfundible de su hija aún permanece contra su pecho, se aferra con fuerza a ella, con una inconfundible desesperación y miedo asaltándolo (¿qué le haría este lugar a un alma tan joven?). Con rapidez, salta de nuevo al otro plano, sólo para tropezar en el momento en que sus pies no caen sobre las tablas del piso de su hogar, sino sobre el suelo desigual de tierra y pasto de las afueras. Se estabiliza lo mejor que puede, sin dejar de aferrar sus brazos a la cálida y frágil existencia entre ellos, mientras sus ojos luchan con la repentina luz del sol cayendo sobre él. Una vez seguro de que no está en el vacío ni en una ilusión desesperada hecha por sí mismo, mira apresuradamente sus alrededores, respirando con fuerza el aire limpio de la naturaleza mientras procesa, con demasiada lentitud, la ya reconocida pradera que rodea el terreno de su hogar. Tiene que observar un poco más el camino de tierra antes de detenerse en la parte trasera de la cabaña, su cabaña, a un par de metros. Parpadea varias veces para asegurarse de que esta es la realidad.
Escucha un murmullo, lo que lo despierta de su estupor, y mira hacia abajo mientras finalmente relaja los brazos, y con ello su agarre sobre Altaria. Afortunadamente, la niña no parece enojada por el agarre casi rudo, sino que hasta se ve relajada. Es mejor que tenerla llorando, reflexiona Viktor, pero todavía se siente culpable por sujetarla tan fuerte. La acomoda con cuidado mientras su mente trata de entender lo que acaba de ocurrir, cómo es que desapareció de su cocina, con Altaria, fue al plano astral, y luego acabó aquí, el lugar donde...
—¿Viktor?
Viktor se tensa y gira la cabeza hacia el costado, donde Jayce está de pie a un lado del esqueleto de lo que será el cobertizo, a pocos metros de donde está Viktor. El otro hombre lo está mirando con sorpresa y confusión en partes iguales, está sosteniendo un martillo y una tabla en cada mano, y no trae camisa, probablemente por el calor del sol de verano y por el esfuerzo, por lo que Viktor puede ver claramente las gotas de sudor deslizándose sobre la piel bronceada, una cayendo especialmente desde el costado de su rostro, bajando por el cuello, siguiendo su camino por el pecho lleno (Viktor evita pensar por qué sus pectorales se ven tan llenos) y bajando por su vientre ligeramente ablandado por la capa de grasa extra, hasta secarse en la cinturilla del pantalón. Decididamente no piensa en el rastro de vello bajo el ombligo y sube inmediatamente la mirada de nuevo al rostro de Jayce cuando ya ha perdido de vista la innecesariamente llamativa gota de sudor.
Por supuesto, ya es demasiado tarde. Jayce ya ha descubierto su seguimiento visual, y sólo le da una media sonrisa curiosa.
Viktor traga pesado.
—¿Vienen a hacerme compañía? —pregunta Jayce, bastante cómodo tomando la palabra mientras Viktor se hunde lentamente en la vergüenza de su propio actuar. Siente la cara ardiendo y no por el calor del sol.
—Es... eh... más complicado que eso —intenta, incómodo, sin saber cómo explicarle a Jayce lo que ha ocurrido, porque ciertamente decir algo como "sentí magia extraña alrededor, y cuando quise venir a ver si estabas a salvo, aparecí en el otro plano y cuando traté de volver a la cocina aparecí aquí, y todo mientras tenía a Altaria conmigo" no sería algo fácil de creer, o si lo fuera, está casi seguro de que la última parte de esa explicación podría poner a Jayce en alerta extrema y preocuparlo enormemente. Viktor no quiere que su compañero sufra de ese nivel de estrés por cosas que está seguro de que no podría solucionar—. En realidad, nosotros...
Altaria chilla contra su pecho, interrumpiendo su torpe intento de dar una respuesta mientras lidia con la mirada inquisitiva de Jayce. Agradece un poco la interrupción, y también el hecho de que no es un chillido de llanto lo que sigue, sino de alegría. Ella patea sus pies dentro de su mono amarillo y golpea sus puños contra la camisa de Viktor, abriendo y cerrando las manos mientras extiende sus cortos brazos hacia Jayce, pidiendo su atención inmediata ahora que finalmente lo ha notado.
Al dirigir su atención a la bebé, todo en Jayce se relaja y una sonrisa alegre tira de sus labios, dejando ver el pequeño hueco en sus dientes, mientras sus ojos brillan con dulzura hacia la niña. Suelta la viga y deja el martillo sobre una mesa de trabajo que hay cerca antes de dirigirse hacia ellos. Sin embargo, se detiene en mitad de extender las manos para sostener a la bebé, y luego su sonrisa se torna en una mueca incómoda, recordando tardíamente su estado desaliñado mientras mira con culpa a Viktor.
—Debería darme un baño antes de poder tocarla —se lamenta, y Viktor asiente como confirmación mientras acomoda a la cada vez más inquieta criatura entre sus brazos. Jayce se gira de nuevo hacia ella, con una sonrisa culpable—. Lo siento, cariño. No hay abrazos hasta después.
Es claro que Altaria no le entiende, pero después de no conseguir los abrazos que quería, simplemente se distrae con la tela de la camisa de Viktor. Jayce suspira, y se oye bastante triste. Viktor se enternece y sube una de sus manos para peinar hacia atrás los mechones oscuros y húmedos que se le han quedado pegados a la frente por el sudor, y su compañero se inclina hacia su toque, aunque manteniendo una distancia segura.
—Está bien. Ya deberías tomar un descanso, de todas formas —sugiere Viktor, intentando no hacer una mueca mientras aparta los dedos mojados y se los limpia en el pantalón con rapidez, manteniendo un brazo seguro bajo la bebé recostada en su pecho—. Además, el almuerzo ya casi est– ¡Ah!
Un grito de dolor y sorpresa se le escapa en el momento en el que la niña finalmente consigue poner sus maliciosas manitos de nuevo sobre su cabello, que ni siquiera había notado que estaba suelto otra vez. Lucha de inmediato con el jalón agresivo, mientras escucha las risas audibles de Altaria, extremadamente feliz de volver a tener en su poder el pelo de su padre, deleitándose inocentemente con el sufrimiento ajeno.
Y luego está Jayce, también riéndose de la desgracia de Viktor.
—Me alegra que... ¡ay!, mi sufrimiento sea motivo de risa, Jayce —se queja, peleando nuevamente con el puño de hierro diminuto de su hija. Jayce se ríe entre dientes una última vez antes de acercarse un poco más a ellos.
—Espera, déjame ayudarte.
Con más manos extras, mucho más coordinadas que las de un hombre siendo torturado por su propia descendencia, consiguen librar el cabello de Viktor de los horrores, mientras la verdugo sale airosa con un par de hebras doradas y castañas entre sus regordetes deditos y se ríe abiertamente de todo. Viktor evita que ella se los lleve a la boca para probarlos.
—Ah, ¿ya tienes hambre, Altie? —pregunta Jayce, con un tono bastante suave y endulzado. Viktor se pregunta si él también se oye así de tonto cuando tiene sus propias conversaciones con la niña, pero no encuentra la vergüenza que debería tener por el descubrimiento. Sabe lo divertido que es hablar con alguien que no puede contestar pero que todavía lo escucha como si le importara. Jayce le pone una mano en su espalda, llamando su atención mientras sonríe radiante—. ¿Escuchaste eso, V? Ya es hora del almuerzo.
La respuesta de balbuceos y gorgoteos de la bebé no cuenta como verdadera respuesta, según Viktor, y se da cuenta de que es lo único que diferencia a ambos en sus conversaciones personales con Altaria. Viktor nunca toma los sonidos involuntarios de su hija como palabras reales, pero Jayce parece como si entendiera su idioma, aunque es más que claro que sólo saca las conclusiones que quiere. Se pregunta si la diferencia a sus maneras de tomar estas cosas tiene algo que ver con verdadero entendimiento o una conexión más profunda de Jayce con su hija, porque incluso si es de broma, parece comprender más sus necesidades de lo que Viktor podría hacerlo de forma natural. No lo menciona todavía, por supuesto, queriendo investigarlo en silencio hasta conseguir una respuesta más clara y lógica por sus propios medios. Pero este tipo de escena es, sin duda, mucho más divertida de ver que sus propios momentos con la pequeña.
Jayce alcanza la camisa que había dejado olvidada junto a otras herramientas, poniéndosela y despertando a Viktor de su ensimismamiento.
—Voy a ducharme. ¿Dijiste que ya estaría el almuerzo? —pregunta distraídamente, terminando de ajustarse las mangas mientras Viktor se pone al día, acomodando a una bebé hiperactiva en su hombro.
—Sí, sí. ¿Vamos?
Jayce se adelanta, más que seguro no por la promesa de comida sino por su necesidad de volver a sostener a su bebé, sin poder hacerlo debido a la suciedad. Viktor lo ve alejarse hasta rodear la cabaña, y sonríe por el entusiasmo de su compañero.
Luego su rostro cambia y vuelve a sostener a Altaria frente a su rostro.
En el momento exacto en el que la ráfaga de magia extraña que ha sentido se desvanece, los ojos de Altaria dejan de brillar como ópalo para regresar al mismo dorado de antes.
Viktor frunce el ceño y tuerce los labios en una mueca insegura, antes de soltar un largo suspiro.
—Debí suponerlo —chasquea la lengua. Altaria, curiosa por el nuevo cambio de humor de su padre, se queda quieta por un momento, estudiándolo. La ternura de su rostro curioso derrite la preocupación creciente en Viktor, dejándolo en segundo plano mientras los ojitos brillantes vuelven a estar fijos sobre él. Siente que podría retorcerse y su mueca empeora, cada vez más culpable mientras sus pensamientos dejan de intentar buscar más lógica a la situación y se concentran en la ternura de su bebé—. Por Janna, eso no... No es justo.
Altaria abre la boca, balbuceando, y pronto vuelve a sonreír, enseñando los dos únicos dientecitos que le han aparecido en las encías, y apretando sus manitos en las mangas de Viktor. Y Viktor es débil y sólo atina a suspirar otra vez, acercándola otra vez a su pecho (si Viktor fuera humano, piensa, haber estado sosteniendo tanto tiempo a esta criatura ya le habría pasado factura en sus brazos de fideo), acariciando su diminuta espalda y dejando un beso en su suave cabecita.
—No sería muy adecuado contarle a papá sobre este... incidente, ¿no? —comienza, volviendo a hablar solo, o con la única presencia que no le entenderá—. Al menos, no para su salud mental. Eh... Podríamos guardar el secreto, ¿no es así? Altaria, ¿guardarías el secreto por mí?
Como respuesta, Altaria balbucea contra su hombro mientras extiende sus manos para tratar de alcanzar nuevamente su pelo. Si Viktor no fuera una mente científica certificada, pensaría que su hija acaba de burlarse de su intento de trato.
Bueno, piensa, era de esperarse lo de la magia en la familia.
