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Language:
Español
Series:
Part 4 of En una cabaña, con cuatro niños [JayVik]
Stats:
Published:
2025-03-15
Words:
6,942
Chapters:
1/1
Comments:
8
Kudos:
83
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4
Hits:
921

Entonces no me muestres tus lágrimas (no me hagas pasar por este dolor)

Summary:

—Jayce —lo llama, con voz entrecortada. Su cuerpo tenso se relaja y camina hacia él—. Por Janna, Jayce. ¿Tienes idea de lo que...? —se detiene, sin saber cómo terminar esa frase debido a los nervios.

Jayce está imperturbable ante el estado eufórico de Viktor. Sólo le da una mirada y luego gira la cabeza en otra dirección. Sus manos enguantadas se mueven sobre el arma de caza que sostiene, y Viktor se alivia un poco de que al menos esté usando ropa adecuada para este nivel de frío.

El largo abrigo, sin embargo, no es suficiente para ocultar la curva de su vientre de casi nueve meses, lo que le quita un poco de amenaza a toda la imagen severa de cazador furtivo.

O: Viktor sabe que Jayce ahora es quien tiene días malos y buenos, y quiere estar allí para ambos.

Notes:

Si se siente mucho el ooc, lo lamento de todo corazón, sólo quería dejar en claro el punto importante de los cambios de humor por las hormonas. También me pareció interesante señalar las diferencias entre ambos embarazos (además del hecho muy real de que ningún embarazo es igual, incluso en la misma persona), especialmente por el dato de que la primera vez fue por magia y la segunda vez por un proceso biológico más natural xd

Sí, estoy culpando a la magia por la falta de exactitud médica del primer embarazo de Jayce, su bebé fue mágico, así que naturalmente tendría un embarazo mágico (???). Ya el segundo viene con todo el karma, para los dos.

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

—¿Jayce?

El único sonido que sigue a su voz es del clic de la cerradura de la puerta principal. Viktor frunce el ceño, curioso ante la falta de respuesta. No es habitual, no más que las ocasiones en las que suceden cosas graves, o situaciones interesantes, por decir lo menos, que Jayce no responda su saludo de alguna manera. Viktor sabe que no debe ser tan paranoico sólo por no ser saludado de vuelta. Se recuerda a sí mismo que su esposo no está peligro de muerte, sólo está embarazado otra vez, y su salud no podría haber empeorado en las dos horas en las que Viktor había dejado la cabaña.

Además, hace memoria, la última vez que Jayce no le había contestado al llegar fue sólo porque había estado más concentrado en devorar la tierra de una de las macetas de una de sus plantas de interior, su actuar provocado por una ligera deficiencia de hierro que, lamentablemente, lo había llevado a un estado de retroceso psicológico similar al que había tenido en sus días de supervivencia comiendo porquerías para vivir. Nada grave que un par de medicamentos no hubieran podido solucionar. Viktor recuerda eso con cierta diversión. Jayce no tanto.

Un suspiro sale de sus labios mientras se hace a la idea de que tal vez no sea una de esas situaciones embarazosas, sino de las graves. Las que tienen menos que ver con el nuevo bebé y más con Jayce como persona.

Mientras camina hacia el interior de su hogar, dejando en una percha su abrigo y colocando su bolso de viaje en el sillón del salón, se pregunta si todavía quedará alguna preparación dulce o será mejor sólo darle su espacio a su marido por hoy. Sabe que Jayce odia eso, el espacio, la soledad, especialmente en su estado gestante, pero su estado de ánimo constantemente en cambio por las hormonas lo llevan a estar sobreestimulado con demasiada facilidad, y cualquier intrusión en un mal momento provoca un mal humor latente por el resto del día. Y eso es tan extraño. Jayce nunca se pone de mal humor tanto tiempo, y ambos saben que estar así no es algo bueno, pero no lo pueden controlar. Así que sólo les queda seguir la mejor opción y mantener un contacto mínimo, lo que también pone de mal humor a Jayce, pero no lo deja estresado por horas como lo haría tener que soportar lidiar con Viktor por más tiempo.

Sopesando sus opciones, se detiene frente a la puerta del dormitorio, esperando que Jayce esté allí y no tratando de trabajar en el taller. Viktor en realidad no sabe lo que hará si resulta estar allá y no aquí, porque no puede sólo sacarlo o pedirle que deje de trabajar; eso sería como pedirle a un cielo nublado que no deje caer lluvia.

Abre la puerta con reticencia.

—¿Jayce...?

Desafortunadamente, al entrar y observar, no encuentra la gran figura de su compañero por ningún lugar del cuarto, lo que sólo lo deja frustrado y hace que apriete uno de sus puños, antes de volver a relajarse. No tiene derecho a enojarse con Jayce.

Algo llama su atención de pronto, una suave respiración, y sólo entonces se da cuenta del bulto en la cama que resulta no ser una almohada cubierta con mantas. Su postura se relaja de inmediato y una sonrisa diminuta tira de sus labios. A pesar del sonido de sus botas contra la madera al acercarse, la persona acostada en el gran colchón no despierta de su siesta.

Toma asiento en un costado y extiende la mano, quitando cuidadosamente el exceso de tela cálida que cubre el rostro de la pequeña niña dormida. Lo primero que ve es el cabello castaño, corto y despeinado, con las puntas rizadas saltando en todas direcciones de la misma manera en la que lo hacía el cabello de Viktor cuando lo tenía corto y sin ganas de peinarlo en su época de trabajar hasta la muerte en un laboratorio. Por supuesto, el de su hija es mucho más bonito que el suyo, más suave, más fácil de peinar con sus dedos; la niña se mueve un poco debido a la caricia cuando la peina, pero no abre sus ojos, demasiado cómoda y cálida como para interrumpir su descanso.

Viktor la mira por un rato más, sin poder contener la ternura que le provoca esta versión en miniatura de él mismo. Qué cosa más curiosa.

Da una palmadita y frota el diminuto hombro cubierto de la bebé (porque es una bebé todavía, ¿no? Tres años no son nada), y se inclina para presionar su frente contra la cabecita esponjosa.

De pronto, un sonido interrumpe el suave momento, poniéndolo en alerta. Levanta la cabeza de inmediato y mira hacia los lados, hasta reconocer el eco de ese ruido.

Un disparo, que viene desde el lado del bosque.

Frunce el ceño de nuevo, esta vez no con confusión, sino con un creciente enojo. Su mano da un último toque a su hija, que sigue completamente ajena a todo, afortunadamente, y luego se pone de pie para salir de la habitación, y también de la casa.

Al salir, es recibido por la ventisca de finales de otoño. El invierno está a la vuelta de la esquina, lo sabe, pero aun así no vuelve a la cabaña para recoger su abrigo. No es que lo necesite realmente, y tiene cosas más importantes en las que centrarse que en fingir normalidad, así que rodea la casa y se dirige rápidamente a través del claro hacia el río que cruza la zona, y luego al inicio del frondoso bosque. El viento lo golpea y le pega el cabello a la cara, lo que lo hace maldecir en voz alta cuando casi tropieza por no ver el camino, pero se recompone de inmediato y se adentra entre los árboles casi desnudos o con las últimas hojas naranjas y muertas. El crujido de sus botas pisando ramas y hojas es más sonoro de lo que debería, pero no se preocupa por ser sutil. De hecho, no quiere serlo. Es mejor si su compañero se entera de su presencia lo antes posible, incluso si es algo tan brusco como anunciarse a toda la naturaleza.

Sube una pendiente. Las rocas son resbalosas debido a la humedad del otoño, y casi se cae al caminar sobre ellas. Eso hace que se pregunte qué tan lejos habrá llegado Jayce, si se habrá hecho daño en el trayecto, lo que inevitablemente hace que su rabia se convierta en preocupación y trate de acelerar el paso entre el duro ambiente.

Cuando siente que ha caminado demasiado, se detiene abruptamente. Mira a su alrededor, respirando agitadamente. Con un cuerpo que apenas produce calor, el vaho que escapa de sus labios es apenas una viruta blanca, pero si sigue jadeando probablemente parecerá que está escupiendo humo al igual que una máquina sobrecargada. No podría encontrar mejor descripción de sí mismo en este momento, mientras sus dedos se entumecen no por frío, sino por miedo, mientras continúa mirando a su alrededor y no encuentra rastro alguno de su pareja.

—¡Jayce!

Después de su grito y el eco espeluznante que le sigue, hay un breve silencio sepulcral en todo el bosque. No ayuda con la desesperación que continúa subiendo hasta su garganta, en realidad la aumenta.

Cuando abre la boca, dispuesto a gritar de nuevo, escucha un crujido cerca y gira la mirada de inmediato hacia el sonido.

Y allí está Jayce.

—Jayce —lo llama, con voz entrecortada. Su cuerpo tenso se relaja y camina hacia él—. Por Janna, Jayce. ¿Tienes idea de lo que...? —Se detiene, sin saber cómo terminar esa frase debido a los nervios.

Jayce está imperturbable ante el estado eufórico de Viktor. Sólo le da una mirada y luego gira la cabeza en otra dirección. Sus manos enguantadas se mueven sobre el arma de caza que sostiene, y Viktor se alivia un poco de que al menos esté usando ropa adecuada para este nivel de frío. El largo abrigo, sin embargo, no es suficiente para ocultar la curva de su vientre de casi nueve meses, lo que le quita un poco de amenaza a toda la imagen severa de cazador furtivo.

—Hacías tanto ruido que pensé que eras un oso —comenta Jayce, con cierto desdén, aunque no tarda en mostrar una sonrisa divertida.

Viktor niega con la cabeza, exasperado. Un largo bufido escapa de su boca mientras tira de su cabello, probablemente ya hecho un lío, hacia atrás. Mira a su esposo con lo que espera que sea una expresión de reproche lo suficientemente buena como para hacerlo sentir culpa. No obstante, no funciona, porque Jayce parece especialmente terco este día, bastante dispuesto a ignorar cualquier regaño indirecto. Y Viktor no tiene manera de enojarse por mucho tiempo mientras sigue mirándolo; la imagen de su amado compañero aquí, en mitad del bosque helado, con un arma y en un estado tan delicado, no hace más que regresarlo a la ansiedad, el miedo de que algo peligroso esté esperando a ocurrir. Sabe que Jayce es fuerte y puede cuidarse a sí mismo, pero no quita el temor de las probabilidades de situaciones imprevistas.

Además, no puede ignorar que Jayce acababa de decir que pensó que Viktor era un oso, y aun así ha venido hasta él. Algo de enojo regresa ante el entendimiento, lo que lo hace apretar los puños a sus costados.

—¿En qué estás pensando, Jayce? —suelta finalmente, con un tono que hace poco para ocultar su frustración—. ¿Tienes idea del peligro en el que te acabas de poner? Si realmente hubiera sido un oso, ¿qué habrías hecho?

Jayce le da una mirada mordaz. Viktor no lo reconocería si no lo hubiera visto antes, si no hubiera sentido sus memorias; una vida en una grieta, un viaje por el apocalipsis. Jayce ha cambiado y siempre se sorprende de verlo, pero ahora mismo no es el mejor momento para entenderlo. No, ni siquiera quiere entenderlo. Sólo quiere que Jayce entienda.

—Si hubiera sido un oso —comienza Jayce, con seriedad, y un dejo de desafío—, un disparo en la cabeza habría sido suficiente.

Viktor aprieta los dientes. Su ira empeora.

—¿Y si fallabas?

—No fallo mis tiros —bufa, rodando los ojos, y decidiendo que la conversación ha terminado cuando vuelve a cargar su arma y se gira hacia otra dirección, alejándose de su compañero.

Viktor abre la boca, indignado al ser ignorado tan repentinamente. Tiene tantas ganas de discutir, de decirle a Jayce que está siendo un temerario sin sentido y un completo idiota, pero no tiene manera de refutar las palabras del otro hombre con respecto a la maldita puntería. Conoce el pasado de Jayce con los Kiramman, especialmente con Caitlyn y su afición por las armas de tiro, y también ha sufrido de primera mano los disparos dolorosamente certeros de Jayce, así que cualquier argumento que intente desprestigiar ese hecho sería una mentira y no quiere discutir por tonterías sabiendo que está en desventaja. Por otro lado, sigue siendo una completa barbarie la cantidad de confianza que tiene Jayce en un arma sin magia. Las probabilidades de que pudiera resultar herido en este ambiente hostil todavía siguen siendo altas.

Con un gruñido bajo, sigue los pasos de Jayce. Lo ve tambalearse y detenerse un par de veces, y hacer muecas. Inmediatamente se preocupa otra vez.

—¿Cómo está tu pierna? —aventura, con la voz cargada de preocupación y suavidad.

Jayce apenas lo mira por sobre el hombro.

—Está bien —dice, y luego se traga un siseo de dolor. Viktor rueda los ojos y acelera el paso hasta llegar a su lado.

—Sabes que tus huesos apenas pueden con este clima —señala, intentando dejar claro un punto importante—. Y con el peso del bebé —ve a Jayce hacer otra mueca, no de dolor, sino de incomodidad ante ese hecho—, no deberías haber caminado tan lejos de la cabaña.

—Sé cuánto puedo caminar, no te preocupes —medio gruñe entre dientes, claramente conteniéndose de soltar algunas otras cosas. De cualquier forma, la mirada furiosa que le dedica a Viktor es suficiente para demostrar su estado de ánimo—. Conozco mis malditos límites, Viktor.

Viktor vuelve a arrugar el ceño, indignado.

Discúlpame por poner esa declaración en duda, Jayce —musita, con desdén, volviendo su vista al frente mientras siente a Jayce girarse por completo hacia él.

—¿Cuál es tu problema?

—No. ¿Cuál es el tuyo? —Los dos se detienen, en mitad de la nada. El aire frío y húmedo cala sus huesos, pero Viktor no lo siente, no más que la ira bullendo cada vez más ardiente mientras sigue mirando a su compañero y a su postura terca y desafiante. Es simplemente irritante, mucho más que lo que sería en un mal día común, lo que termina por sacarle de quicio mucho más rápido. Exhala un bufido exasperado y señala hacia donde está ubicada la cabaña, lejos de su vista—. Llego a casa y no te encuentro, y Altaria está sola. Jayce, ¿tienes idea...?

—Lo calculé —lo interrumpe, apretando los dientes—. ¿Qué insinúas? ¿Que dejaría a mi hija completamente indefensa? Llevo aquí menos de media hora, Viktor. Sabía que llegarías antes. Y ella no despierta antes de dormir una hora entera.

—Eso... —Viktor retrocede un paso y cierra los ojos mientras hace un movimiento golpeando el aire, como si estuviera completamente incrédulo. Porque de hecho lo está, lo deja claro en la manera en la que mira a Jayce—. No puedes analizar y poner tiempos específicos al comportamiento de una niña. Incluso si es por rutina...

—¿Y qué querías que hiciera? ¿Que me quedara encerrado en la cabaña hasta que llegaras, y que luego te negaras a dejarme salir? —bufa, escupiendo una bola de vapor, y sonriendo de puros nervios mientras Viktor aprieta los puños y guarda silencio, dando su respuesta. Jayce resopla, casi divertido, mientras niega con la cabeza—. Por supuesto. ¿Cómo podría esperar otra cosa? Si ya crees que soy un maldito inválido que...

—No creo tal cosa. No pongas palabras en mi boca.

—¿No? ¿Y entonces? ¿Qué es lo que crees, Viktor?

Un silencio pesado se asienta entre ambos, apenas roto por el sonido del viento pasando entre las ramas desnudas y las hojas revoloteando.

Viktor mueve los labios, sin poder soltar las palabras que quiere, que en realidad ni siquiera llegan a su cabeza. No hay pensamientos coherentes entre la neblina de la preocupación, el enojo y la indignación. Sabe que debe tomarse un momento, pensarlo adecuadamente, para no empeorar las cosas. Pero el silencio permanece sin que pueda evitarlo, y eso bien podría empeorarlo todo.

Tiene la intención de decir algo, de contradecir las declaraciones claramente erradas de Jayce; sabe, en esencia y en su interior, que el otro hombre no quiere decir tales cosas, no en realidad. Jayce no lo pondría en esta encrucijada si estuviera en sus cabales, y no puede echarle toda la culpa, porque mientras más se toma tiempo para pensar, más se siente culpable por su propio actuar, por cómo ha dejado que sus declaraciones y acciones hayan provocado que su esposo actúe de esta manera y dé este tipo de respuestas. No ha hecho más que alimentar la inseguridad de la autonomía de Jayce, cosa que antes, cuando las cosas eran al revés en sus vidas, habría provocado que Viktor tuviera una reacción similar; defensiva, herida y sumamente furiosa.

Dándose cuenta de ese hecho, sólo le queda volver a suspirar, rendido. Sus dedos golpean los lados de su cuerpo con un tic, y niega con lentitud antes de volver a mirar a Jayce, quien sigue con esa expresión de furia apenas contenida. Al menos, se da cuenta Viktor, le está dando tiempo para volver a hablar, para explicarse de forma adecuada. Es más de lo que Viktor se merece, en realidad.

Traga saliva, sintiendo la boca seca y la lengua pesada.

—Creo...

Sólo quiero que estés a salvo , Jayce .

Sus palabras se ven interrumpidas por el graznido ruidoso y repentino de las aves alzando vuelo a unos metros de su posición, por encima de los árboles, en dirección a lo que debe ser su línea de migración. Los dos miran hacia allí, y antes de que Viktor pueda hacer un movimiento, Jayce levanta el arma y, apenas dos segundos después, dispara.

Una de las aves cae. Es perturbador ver la certeza con la que lo ha dado en tan poco tiempo, pero se ahorra comentarios.

Viktor mantiene cuidadosamente una expresión neutral. Mira de reojo a Jayce, quien baja el arma y la descarga, guardando el casquillo en un bolsillo antes de darse vuelta y volver a caminar.

—¿Puedes ir a buscarlo? —pregunta, aunque hay un tono subyacente lleno de veneno escondido en su voz. Viktor no puede ver su rostro, pero puede imaginar la mueca todavía furiosa en sus labios—. Después de todo, no puedo caminar tanto.

Inhalando profundamente, pide paciencia a Janna, y da una afirmación desdeñosa al aire. Aun así, se queda un rato más en su lugar, viendo la espalda de su compañero alejándose, sintiendo la ansiedad latente con cada paso que dan las botas sobre el follaje. Sin embargo, también se distrae de nuevo, viendo que el andar pasa de firme a torpe varias veces, cosa normal debido al peso del embarazo. Sin darse cuenta, casi suelta una risa cuando escucha Jayce murmurar sobre que parece un un maldito pato al caminar. No puede negar tal cosa.

Una vez que lo pierde de vista, se dirige hacia el botín de la cacería, esperando que ningún animal lo haya robado mientras él estaba distraído admirando a su marido embarazado y gruñón.


Con un pato en la mano izquierda y teniendo que arrastrar un venado con la mano derecha, que Jayce no había tenido la decencia de avisar que también había cazado, volver a la cabaña se siente mucho más difícil de lo que ya era. El peso no es el problema, de hecho, ha de admitir hacer trampa y usar magia para quitar algo de gravedad en torno a los cuerpos; lo que lo molesta es la grosería de no haber sido advertido. Además, esta vez no ha podido librarse de resbalar en las rocas y caer al suelo húmedo, lo que le deja con una incómoda mancha de lodo en el pantalón y una dignidad hecha trizas, teniendo que prepararse de antemano ante la idea de las posibles miradas divertidas de su compañero al volver. No es que le moleste eso, si lo piensa bien, estaría más contento de que Jayce encontrara el humor de burlarse de él, si eso aminora su rabia ante el mundo. Sólo sería cruel para su orgullo.

No suspira, pero está casi a punto. Cuando finalmente cruza el río y logra visualizar la cabaña, se desvía hacia el cobertizo que han construido a poco metros, donde quedan guardadas la mayoría de cosas con las que su hija no debería tener contacto todavía. Deja los cuerpos en la zona refrigerada, maldiciendo nuevamente la innecesaria cantidad de carne de venado que tienen ahora, y vuelve a salir, deseando con muchas ganas llegar a su cálido hogar e ir inmediatamente a darse un baño.

Sin embargo, su plan se ve olvidado en cuanto pone un pie en las escaleras del porche, y encuentra a Jayce de pie frente a la puerta. Y sabe, porque ve el arma apenas sostenida en su mano, que el otro hombre todavía no ha entrado.

Sube a trompicones las últimas escaleras hasta llegar a Jayce, extendiendo las manos para alcanzarlo, su toque mucho más delicado que el resto de sí mismo, contrariando a sus emociones desesperadas. Un agarre ligero en el codo y otro subiendo al rostro, y con la manera en la que Jayce sólo se deja tocar y girar para mirar, Viktor se llena de más preocupación, que empeora en cuanto nota la expresión triste de su compañero.

—¿Jayce? —lo llama, con suavidad, esperando que su voz lo saque de cualquier estado mental delicado en el que haya terminado. No quiere imaginar lo peor.

Afortunadamente, Jayce no parece perdido. Aprieta los labios y se apoya en el toque de Viktor, subiendo su mano libre para presionarlo más contra su mejilla. La barba le pica en la palma, y no está seguro de que le guste la sensación del cuero frío en el dorso, pero mantiene la boca cerrada y espera a que su pareja respire y se contente con su tacto, que no debería ser del todo agradable debido a la frialdad de sus extremidades. Pero su toque parece suficiente para Jayce en este momento, al menos, si algo le dice la manera en la que toda la tensión de su cuerpo se desmorona con lentitud. Y es algo asombroso de ver cada vez; cómo Jayce, con su imponente figura, todavía puede hacerse tan pequeño cuando está así, cerca de él y anhelando su compañía. Viktor no debería sentirse halagado por la muestra de confianza, pero todo su interior vibra de emoción cuando lo ve, y la necesidad creciente de extender sus brazos y acunar todo el gran cuerpo de su amante es demasiado para soportarlo.

—Oh, Jayce... —lo llena otra vez, con más calma y cariño. Y Jayce parpadea y sus ojos se vuelven brillantes.

El gran y deprimido hombre baja la cabeza, lo suficiente para presionar su frente contra el hombro de Viktor. Ante eso, siente que todo su enojo anterior se esfuma, y sus manos se mueven antes de que pueda pensar; suelta el rostro de Jayce y envuelve ambos brazos en la cintura estrecha, pero antes de poder acercarlo más para un abrazo apropiado de cuerpo completo, es interrumpido por la gran barriga de ocho meses que presiona su abdomen y detiene cualquier acercamiento. Eso le saca una risa baja.

—Lo siento —murmura Jayce contra su hombro, llamando su atención. Escucha el sonido del arma cayendo sobre el piso de madera, y luego las manos de Jayce están aferrándose a su ropa, queriendo acercarlo más, la cercanía nuevamente frustrada por su panza. No parece molestarlo, sin embargo, el recordatorio no disipa el ambiente triste ni las exhalaciones cada vez más rotas de Jayce—. Lo siento tanto, Viktor. No debí actuar como lo hice en el bosque. Demonios, ni siquiera debía estar en el bosque. Yo...

—Está bien, Jayce —lo detiene, colocando una mano cuidadosa en la nuca de su compañero, cardando el cabello cada vez más largo en una caricia que busca ser reconfortante—. No estoy enojado por eso.

Dioses. Incluso dejé a nuestra hija sin supervisión —gruñe, ignorando el consuelo de Viktor, aferrándose más fuerte a su ropa. Viktor siente los temblores cada vez más notorios en el cuerpo ajeno, así que guarda silencio, decidiendo escuchar las frustraciones de Jayce, sabiendo que no hay manera de detener la presa que le sigue—. Hice algo terrible. Soy un padre terrible.

—No es así. No pienses eso. —Traga pesado, sin saber cómo consolar sin sonar demasiado mecánico con sus palabras. Puede sentir la manera en la que Jayce se encoge todavía más, y aunque apenas escucha respiraciones rotas, sabe que debe estar llorando y empapando su hombro. No le molesta la humedad, pero la idea de dejarlo hundirse en su tristeza y autodesprecio es deplorable. Acaricia su cabello de nuevo y frota su espalda, esperando que ayude como arrullo—. Jayce, está bien. Sé que no lo hiciste a propósito.

Eso sólo parece empeorarlo todo porque escucha un sollozo más ruidoso contra su oído. Viktor quiere darse una palmada en la cara, pero como sus manos están ocupadas, se decanta por cerrar la boca de una vez. Cualquier cosa que diga podría volverlo todo más mal de lo que ya está. Maldice su falta de talento para consolar a los demás, y pide disculpas silenciosas a su pobre compañero, que tiene que lidiar con esa parte suya.

Se traga cualquier suspiro y descansa su cabeza contra la de Jayce, dejándolo llorar mientras mantiene su toque firme. Por un momento se preocupa por el frío que les rodea, que debería estar pasando factura ya en sus cuerpos, pero después de una revisión rápida, se da cuenta de que el cuerpo de Jayce sigue cálido, como un horno encendido. Eso es bueno, y es agradable seguir abrazándolo así, prodigando caricias a su espalda y peinándole el cabello, escuchando cómo poco a poco los sollozos bajan de intensidad y los temblores disminuyen. La calidez aumenta en lugar de irse, porque la cercanía parece ser un interruptor para Jayce, para mantener a gusto a Viktor a pesar del frío que pudiera azotarlos. Si piensa un poco más en ello, Viktor se alegra por su hijo en el vientre de Jayce, que no pasará frío sino hasta que le toque salir de allí.

Como si hubiera leído sus pensamientos, en ese momento siente un golpecito en el abdomen. Y al instante los dos se quedan estáticos.

Jayce es el primero en apartarse, limpiándose la cara con las mangas con rapidez y mirando hacia abajo, donde Viktor también mira, al gran bulto todavía escondido por el abrigo.

—Acaba de patear —señala tardíamente.

—Hm. Acaba de hacerlo —confirma Viktor, apretando los labios. Guardan silencio otro momento, antes de compartir una risa repentina, cargada de alivio y diversión, que disipa cualquier incomodidad o tristeza en el ambiente—. ¿Crees que se sintió abrumado por el abrazo?

—Más vale que no —resopla, llevando una mano al comienzo de su vientre y acariciando suavemente. Su otra mano sube al cuello de Viktor, haciendo que lo mire a la cara otra vez. Jayce sonríe, más ligero, a pesar de las lágrimas y los bordes rojos en su rostro y sus ojos—. No podría vivir sin tus abrazos.

Viktor siente su cara caliente, y lucha con la necesidad de apartar la mirada, avergonzado. Se recuerda que es una tontería sentir vergüenza por una cosa así, por un simple abrazo, cuando el proceso de crear dos hijos con Jayce había conllevado cosas mucho menos inocentes que un toque de consuelo. Y luego se siente patético.

Traga pesado y se inclina para quedar más cerca, una de sus manos dudando antes de ponerla sobre la panza redonda. El tacto, cálido bajo su palma, hace que la tensión en su cuerpo vuelva a disiparse, como si sólo una cosa así, sentir la realidad de su bebé bajo la ropa y la piel de su esposo fuera algo tan relajante. Le encantaría investigar esta respuesta natural tan curiosa en sí misma y entender el por qué detrás de todo, pero tiene que ocuparse primero de cosas más importantes.

—Te daré más abrazos —promete, enseñando una sonrisa más confiada al volver a mirar a Jayce—, si entras a la casa y descansas.

—Lo haré —acepta, y luego sus ojos bajan por un segundo al resto de Viktor, y se muerde los labios para amortiguar una risa divertida—, si tú tomas un baño antes de ensuciar toda la casa.

Viktor rueda los ojos, pero no discute y sólo asiente rápidamente, porque realmente quiere lo mismo. El pulgar de Jayce da una última caricia a su mandíbula antes de inclinarse y besar los labios fríos de Viktor. Hay un empujón entre ambos debido a su vientre, pero eso sólo los hace reír de nuevo antes de que entren a la cabaña de una vez.

Viktor se queda atrás, recogiendo el arma y exhalando un bufido. Cuando entra y el calor de su hogar lo recibe, vuelve a cerrar la puerta detrás de sí, con el clic de la cerradura apenas más ruidoso que la voz de Jayce saludando a su hija, recién despierta, en la habitación.


La nieve cae a raudales más allá de la ventana, cubriendo y llenando el suelo de tierra y césped con una capa blanca impoluta, y aunque es una imagen realmente casi majestuosa, no puede evitar la preocupación burbujeante que sube por su columna.

Afortunadamente, nada del frío llega a colarse entre las paredes de su hogar, muy probablemente gracias a la barrera mágica que había podido poner con ayuda de Jayce (no puede evitar adorar la manera en la que su marido todavía lo sorprende con su conocimiento sobre magia y runas, apenas por encima de Viktor, quien es el verdadero mago entre ambos, y entonces piensa en la ironía de los hechos), y la calefacción funciona de maravilla, por lo que no tiene que preocuparse por que alguien de su familia sufra una noche de frío. Aun así, no consigue calmar todos sus nervios, que en realidad no tienen que ver mucho con la temperatura ni el clima, sino con quién podría estar sufriendo por ello.

Negando con la cabeza para quitarse esos pensamientos, se concentra de nuevo en la existencia que tiene enfrente. Una sonrisa se dibuja en sus labios de inmediato mientras observa los ojitos dorados cada vez más adormilados.

—¿Ya tienes sueño? —pregunta suavemente, empujando con delicadeza una de las últimas cucharadas de comida hacia la boca de la niña. Misma niña que, apenas registra su voz, y más tarde sus palabras, se pone firme de golpe y abre los ojos grandemente. Si los rizos puntiagudos parecen erizarse con ella, debe ser cosa de su imaginación, pero vuelve toda la imagen más divertida.

—¡No! —exclama ella, golpeando sus manitos sobre la mesa. Frunce las cejas, igual de gruesas que las de su padre, en una expresión de desafío y niega fervientemente con la cabeza—. No sueño. No.

Viktor se ríe entre dientes, cayendo completamente en la ternura del enojo infantil, y deja que Altaria devore esa cucharada. Luego de dos más, ella vuelve a inclinarse, casi a punto de desplomarse contra la mesa por el cansancio. Rodando los ojos, da por terminada la comida y limpia el rostro de la bebé con un trapo antes de levantarla en brazos y dejarla roncar contra su hombro. Se dirige a su cuarto, donde ella pronto tendrá que compartirlo con su nuevo hermanito para cuando sea el momento, y la deja en su cama. La arropa y, antes de irse, vuelve a presionar su frente contra la de ella.

Deja la puerta entreabierta, una costumbre a la que ha tenido que atenerse desde el nacimiento de su primogénita, y se dirige de nuevo a la cocina para servir otro plato de comida caliente y llevarlo en una bandeja con agua y algo de leche dulce. Regresa por el mismo camino, esta vez deteniéndose en la otra puerta, la de su habitación.

Al entrar, es recibido por una imagen que calienta todo su ser de la misma manera en la que lo hizo antes y de la misma manera en la que lo hará todavía en el futuro; en la cama está Jayce, descansando entre más almohadas de las que deberían ser legales, profundamente dormido, seguramente cansado, bien arropado, y roncando. Para fortuna de todos, sus ronquidos no son suficiente ruido para despertar a la diminuta criatura que descansa sobre su pecho, arropado no sólo por las mantas, sino también por las grandes manos de Jayce que sostienen su cuerpecito y que debería mantenerlo casi tan cálido como cuando estaba compartiendo su cuerpo.

Debe ser agradable, piensa Viktor, mientras camina hasta ellos y toma asiento en el colchón, dejando la bandeja en la mesita al lado. Ni el movimiento ni el traqueteo de los cubiertos es suficiente para despertarlos, lo que es tanto un alivio como una frustración, pero prefiere admirar un poco más esta imagen por un rato.

Cuando parecen ser suficientes minutos, aunque no suficiente para sentirse satisfecho (lo cual sería difícil de complacer, no cree que alguna vez se llene el pozo de cariño que le provoca todo en la realidad de Jayce y sus hijos), se aclara la garganta y se inclina, tocando cuidadosamente el hombro del otro hombre para despertarlo.

—Jayce. —El llamado apenas consigue que los ronquidos bajen y se forme una arruga entre las cejas de su pareja, pero él parece aferrarse al sueño con fiereza, para nada contento de ser interrumpido en su inconsciencia. Viktor se contiene de rodar los ojos, recordándose lo exhausto que debe estar su marido después de apenas dos días de dar a luz al bebé; mismo bebé que lo imita al fruncir el ceño entre ronquidos. Viktor los mira a ambos, curioso por las reacciones similares, cada vez más divertido por la misma razón, pero se recompone al recordar su tarea—. Jayce, despierta. Tienes que comer.

La mención de la comida debe ser como un hechizo por la manera en la que Jayce abre los ojos repentinamente, casi completamente despierto. La reacción espanta un poco a Viktor, antes de volver a relajarse al ver a Jayce parpadear y dejar cualquier tensión con un suspiro largo. Una de las manos sobre el recién nacido en su pecho sube a sus ojos, quitándose los rastros de sueño de los párpados y dejando salir algunos ruidos descontentos.

—¿Qué hora es? —pregunta, con un tono sumamente cansado. Viktor frota su hombro, intentando calmar cualquier indicio de ansiedad o nerviosismo en su compañero.

—Ya anocheció, pero no es muy tarde —contesta, manteniéndose vago. Jayce tararea, todavía demasiado adormilado como para hablar más. Sus manos regresan a la pequeña criatura en su pecho, acariciando la diminuta espalda vestida. Viktor lo observa unos segundos antes de moverse para extender las manos—. Lo sostendré un momento para que puedas comer, ¿está bien?

Jayce guarda silencio, probablemente procesando las palabras de Viktor, y luego asiente. Aunque reticente, deja que Viktor pase sus manos alrededor del cuerpo regordete de su bebé, sujetándolo con extremo cuidado mientras lo aparta del pecho y las manos de Jayce, y lo acuna entre sus brazos. Una vez libre del peso, aunque con una mueca casi incómoda y descontenta, Jayce se sienta en la cama con un largo suspiro y acepta el plato que Viktor le extiende después de acomodarse mejor con su hijo en un brazo.

Jayce come en silencio, primero con bocados lentos, y luego cada vez más animado. Viktor se anima con él, contento de que la comida nunca sea rechazada, y satisfecho de saber que al menos la enorme reserva de carne podrá acabarse antes de que se eche a perder, gracias al apetito de Jayce en su recuperación. Quiere disculparse por sus antiguos pensamientos de rechazo por el exceso, pero se lo guarda para más tarde, cuando el humor de Jayce no esté tan ligado a las hormonas del parto ni sea tan errático por el dolor. Molestarlo con tonterías así, en esta situación, es una cosa impensable.

Además, quiere disfrutar un poco más de la suave paz que tienen ahora, especialmente después de los días estresantes que tardó la llegada de su hijo en climas fríos como estos, algo que sólo había empeorado el humor de su compañero debido a su depresión estacional. Las cosas han mejorado un poco más en el tiempo desde que llegó su bebé, porque Jayce al menos se había podido centrar en arrullarlo en lugar de preocuparse por la tormenta de nieve afuera.

Cuando termina de comer, Viktor le pasa el vaso con agua. En su brazo, su bebé se remueve repentinamente, casi a punto de despertar, lo que los pone en alerta a ambos. Se relajan visiblemente en cuanto la pequeña criatura vuelve a quedarse quieta, todavía profundamente dormido.

Jayce exhala un suspiro y Viktor se ríe por lo bajo, acariciando con el pulgar la mejilla gordita, observando cada detalle en la carita de su hijo; desde su cabello espeso y negro (¿por qué sus hijos nacen con tanto cabello? Viktor no recuerda haber visto bebés con tanto pelo antes), sus cejas diminutas que es más que seguro que se volverán gruesas con el tiempo, su naricita, el pequeño lunar bajo su ojo derecho y su barbilla. Tampoco se pierde el nuevo descubrimiento de su piel, que es apenas un tono más claro que el de Jayce.

—Esta vez salió a ti —se ríe por lo bajo, mirando de reojo a Jayce, quien hace un sonido confuso mientras bebe—. Lo único que tiene de mí son los lunares.

—Bueno, espero que sea prueba suficiente para dejar en claro tu paternidad —resopla, divertido, dejando el vaso vacío sobre la mesita antes de que sus ojos caigan inmediatamente en la taza humeante que sigue en la bandeja, y su expresión se ilumine—. Dioses. ¿Es leche dulce?

Antes de que Viktor pueda responder, Jayce ya está bebiendo de ella, sin importarle la peligrosa temperatura de la bebida. Viktor rueda los ojos y lo deja ser, comprendiendo el emotivo reencuentro de su pareja con el gusto adquirido de su anterior embarazo, que se había detenido en este, debido al cruel rechazo de la inocente criatura dormida en sus brazos. Evita reírse de la emoción ajena y se concentra de nuevo en el bebé, acomodándolo para que esté junto a su pecho, donde se ha hecho a sí mismo con el sonido de los latidos de un corazón humano. Una modificación imperativa y de resultados más que buenos para arrullar a sus hijos.

Pasa una mano por la espalda cálida y se maravilla con otro hecho.

—Él es... mucho más grande que Altaria —comenta, un poquito orgulloso mientras pellizca delicadamente la mejilla llena de grasa y la ternura lo vuelve a abrumar. Detrás de él, Jayce suelta un bufido.

—Créeme, Viktor, se sintió incluso más grande al salir.

Viktor evita reírse por la broma de mal gusto.

—¿Cómo lo llamarás? —pregunta en cambio, manteniendo la voz tenue y llena de adoración.

Jayce no contesta de inmediato, dejando que el silencio se asiente mientras termina su leche dulce. Viktor espera, más que a gusto de concentrarse en memorizar cada parte del recién nacido con el que compartirá lazos hasta el fin de sus días. Pero mientras pasa el tiempo, se da cuenta de que sigue sin respuesta.

Se gira a mirar a Jayce y lo encuentra desviando la vista. Frunce el ceño, confuso y curioso por esa reacción.

—¿Jayce? —indaga, inclinándose un poco hacia él. Jayce lo mira de reojo antes de cerrar los ojos, con una expresión de culpa, lo que le da toda la respuesta a Viktor—. Jayce, no me digas que no has pensado en un nombre.

—Lo hice —declara, un poco a la defensiva y claramente más desesperado de lo que debería. Dejando la taza en la mesa, vuelve a evitar la mirada de Viktor, que ahora parece cargada de reproche. Mira únicamente al bebé—. Yo sólo... Tal vez no sería apropiado...

—Pero pensaste en un nombre, ¿no? —lo insta Viktor, acercándose un poco más, subiendo una pierna a la calma para estar casi frente a frente. Jayce murmura, descontento, y Viktor tiene que tomarse un momento para recordar la fragilidad de la situación. Asiente para sí mismo, acomodando al pequeño de nuevo en un sólo brazo mientras extiende su otra mano hacia Jayce, dándole una caricia en la muñeca izquierda—. Jayce, si ya pensaste en un nombre, lo usaremos.

—... ¿Incluso si es extraño?

—No podría ser más extraño que los míos.

—¿Ah, sí? Entonces, ¿no puedes nombrarlo tú?

Viktor niega con la cabeza, solemne. Ni siquiera se le hace tentadora tal idea, y su expresión se vuelve muy seria.

—Teníamos un trato, Jayce.

Jayce parece personalmente ofendido al recordar tal hecho, pero Viktor no se molesta. Podría sonreír por su victoria, pero no está muy seguro de conseguir una buena reacción.

Jayce suspira, desvía la vista otra vez, y dice algo, en voz baja.

En voz demasiado baja. Ni siquiera el oído perfecto de Viktor o la cercanía ayudan a que entienda.

—¿Qué? —inquiere, arrugando las cejas con desconcierto.

Jayce entrecierra los ojos hacia él, hace una mueca de disgusto, y luego se desploma hacia atrás con un suspiro largo.

—... Blitz...

Viktor parpadea, procesando lo que acaba de escuchar.

—... ¿Blitz?

Jayce, recostado contra las almohadas, con las manos sobre las mantas en su vientre y mirando a cualquier lado excepto a su esposo, asiente mientras tuerce los labios en una expresión culposa.

Viktor se toma un segundo. Luego dos. Tal vez tres minutos enteros.

Finalmente, abre la boca.

—¿Estás seguro?

Jayce cierra los ojos y se cubre la cara.

—Blitzcrank.

—¿Blitzc–?

Viktor se detiene antes de terminar el nombre y también cierra los ojos, respirando profundo para no repetir el tono de incredulidad que acaba de usar. Aunque es así como se siente, incrédulo. Y no cree que pueda hacer nada más que mirar fijamente a su compañero, buscando una respuesta a una pregunta que todavía no ha dicho.

Termina de respirar y aprieta los labios, preparándose para volver a hablar, esta vez con normalidad. O con un intento de ella.

—¿Por qué...?

—No lo sé.

Viktor exhala y casi se desploma sobre sí mismo. Piensa en lo mal que debió haber quedado la cabeza de Jayce con todo lo que ha pasado, a tal punto de que ha atrofiado su capacidad para dar nombres. Por supuesto, no va a decirle eso, pero ahora que lo sabe ya no hay manera de que lo ignore.

—... Bien —asiente finalmente, volviendo a sujetar al bebé con ambas manos, mientras ve a su marido quitando las manos de su rostro y haciendo contacto visual nuevamente. El rojo que pinta su cara y sus ojos brillantes son suficientes para que Viktor ignore cualquier molestia o desconcierto por las decisiones tomadas, y de pronto, el nombre no le sabe tan mal—. Bien, Jayce. Se llamará Blitz. Es un buen nombre.

—... ¿Sólo Blitz?

—Sólo Blitz.

—Es justo.

Los dos asienten, conformes con la decisión.

Afuera, la nieve sigue cayendo, pero su hogar se ha vuelto más cálido ahora.

Notes:

quería agregar más a Altie, pero recordé que los protagonistas son Jayce y Viktor, así que bueh, será para la próxima

 

 

pd: sí, agregué a Blitzcrank como una copia de Jayce, demándame si quieres, la criatura ya fue bautizada y documentada en el registro, ya no hay vuelta atrás

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