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Call Me Again

Summary:

Craig es un adolescente cuya vida es tan monótona y simple como el pueblo invernal que lo vio crecer pero todo da un giro aquel agosto del 86. Poco después del aniversario de un suceso que marcó su vida, su actitud se ve afectada por las decisiones rebeldes que toma y ese repentino cambio de rutina lo acercará no solo al amor de su vida sino a todo eso que ve lejano y en el fondo IMPOSIBLE.

"Todo es parte de un efecto mariposa que empiezó mucho antes de lo que creía"

Notes:

Es mi primer fanfic y todavía es un borrador, sean buenos.
Este primer capitulo muy posiblemente sea editado en el futuro...

Chapter Text

Si alguna vez te atreves a mirar curioso por la residencia Tucker, da por sentado que siempre habrá alguien que ya te vigilaba desde su ventana.

Una melena azabache y profundos ojos miel que forman una silueta en el borde de la ventana central del segundo piso. Usando siempre un gorro azul y una chaqueta de la South Park High School, cargando un walkman a todos lados, como si hubiera nacido con él.

Estrictas mañanas y rutinas agobiantes que lo perseguían desde el verano del 78 y que aún después de ocho años se mantenía religiosamente en la casa. 

Familia nuclear, cristianos de esos que van todos los domingos de traje a la iglesia y no puede faltar esa pisca de misoginia en cada comida. Una madre sumisa y un padre estricto, una hermana menor y un hijo de calificaciones promedio que vivía día y noche encerrado en su mundo.

Craig Tucker no protestaba, se limitaba a vivir lo suyo sin dar muchas molestias más allá de las juntas escolares donde siempre regresaba castigado por sus notas al no ser de excelencia. 

Cualquiera que observaba de lejos admiraba lo pulcra que se veía la escena, un matrimonio criado a la antigua, una linda casa en un suburbio de clase media y donde siempre había galletas recién horneadas para las visitas.

 

SouthPark era un pueblo pequeño atrapado en un eterno invierno, una población que no rebasaba ni los 7.000 habitantes y que a duras penas contaba con un centro comercial y la única institución que había era una pública que solo llegaba a High School. Cualquiera que quisiera una carrera debía mudarse a cualquier otro estado en colorado y buscar oportunidades de fuera.

Todas las familias se conocen, o al menos la mayoría. Destacando que si se hablaba de los Stotch teníamos que mencionar nuevamente a los Tucker.

Thomas y Stephen eran como uña y mugre desde que el segundo se había mudado al pueblo una vez que se casó con Linda. Este matrimonio contaba solo con un hijo, de la misma edad de Craig y criado casi a su paso.

Stephen adoraba al niño Tucker, tanto que alejaba constantemente a Leopold a pasar tiempo excesivo con Craig todas las veces que coincidían en la iglesia. Stotch se encontró brillante al chico azabache desde que una cena donde (y después de mucha paciencia) logró conocer al muchacho intelectual que se escondía tras esos audífonos.

Impresionado por todo lo que el muchacho aprendía por su cuenta sobre las maravillas del espacio exterior y toda la seguridad en sus palabras en cuanto a hechos fascinantes de nuevas tecnologías, Stotch se había vuelto como un segundo padre para Craig. (O al menos lo intentaba).

 

Las vacaciones habían terminado y oficialmente era la tercera semana de agosto. Sábado 23 del 86, un clima favorable para el paseo de ritual que organizaban tres jóvenes abrumados por la primera semana de clases.

Craig se despertó con los pasos descalzos de Tricia sobre las escaleras, ella era una ruidosa rompe huevos.

Acomodó su cabello frente al espejo y ató las agujetas de sus Air Force blancos (que a estas alturas parecían más amarillos que otro color). Tomó una sudadera azul rey y salió de su habitación con su walkman ya instalado.

En la cocina se escuchaba el ruido de siempre, Laura cocinando el desayuno y Thomas yendo de lado a lado arreglando su corbata y aspecto para salir de la casa lo más rápido posible una vez que terminará con su plato. La familia se saludó como de costumbre, casi ignorando la presencia de cada uno.

 

Se bendijo el alimento y todos comenzaron con sus platos. 

 

—¿Y la escuela?– Llenó una voz ronca entre todo el picoteo de platos, provocando en Craig y Tricia un escalofrío.

—Es sábado, querido.– Murmuró la rubia mientras pasaba una servilleta por sus labios rojos manchados de miel de maple.

 

Y de ahí, todo siguió en silencio hasta que terminó el hermano mayor. 

 

—Voy a salir.– mencionó el azabache mientras tomaba su plato ya vació y se dirigía con el al lavaplatos.

—¿A dónde vas, amor?– preguntó Laura.

—Tolkien dijo que saldríamos a comer y que el invitaba…– explicó dejando los trastes ahí, secando después sus manos y tomando una manzana verde del frutero que se encontraba en la mesa. –Igual necesito dinero.

—Tu siempre necesitas dinero.– dijo a regañadientes el mayor del comedor mientras ingería sus alimentos.

—Mientras no tenga trabajo vas a tener que abstenerte a que robe tu dinero.

—Pues ya es hora de que busques un empleo, Craig.– el mencionado rodó los ojos y se puso frente a su padre, viendo como este señalaba hacia la sala de estar. –Toma el dinero y ya vete.

Ni siquiera tuvo que repetirlo, el de gorro azul salió disparado hacia la sala y tomó unos cuantos dólares -no gastaría mucho, pero era por si acaso-.

 

Y estando a punto de salir de la casa, el teléfono sonó sacándole un susto, todo era tan silencioso antes que parecía que nada era capaz de interrumpir su paz.

 

“¡Contesta!”, Gritaron tres voces desde el comedor justo cuando el moreno había decidido ignorar la llamada y seguir de paso hasta la salida (La reunión no era tan temprano, el reloj apenas marcaba las 8:37AM pero Craig no planeaba seguir más tiempo encerrado).

El chico rodó sus ojos y dejó la manzana sobre el sofá, susspiró profundamente para poder hablar tranquilo y que al menos se sintiera menos pesada su voz; y finalmente tomó el teléfono, poniendo este a la altura de su oreja para después decir “Hola”.

Un “hola” bastante pacífico a comparación de la agresiva respuesta del sujeto tras la otra línea.

 

—¡Randy, necesito ya la marihuana!– Exclamó una voz nerviosa y desconocida, provocando confusión inmediata en Tucker.

—¿Disculpe?– Murmuró en cuanto pudo reaccionar.

—¡Randy, te pague por adelantado y tengo que entregar hoy!, ¡No te hagas el que no sabes!–

 

¿Por qué un drogadicto -encima uno bastante molesto- estaría llamando a números desconocidos tan temprano?.

 

—Número equivocado.– bufó mientras colgaba el teléfono, lo último que escucho fue “¡No te creo esa mierda!”; Probablemente dijo algo después, pero Craig ya no estaba dispuesto a escuchar y retrasarse más.

—¿Quién era?– murmuró una Laura que veía divertida la expresión molesta de su hijo.

—No sé.– se encogió de hombros y salió disparado de ahí.

 

El cielo se veía completamente azul y esa dulce brisa de Agosto acariciaba delicadamente las mejillas del azabache, quien caminaba por su calle con tranquilidad.

 

South Park no era un pueblo demasiado grande, el chico ni siquiera caminaba más de 10 minutos y ya se encontraba con la zona centro. La mañana apenas había comenzado en aquel lugar mágico escondido entre las montañas; el sol se asomaba tímido entre un par de nubes y todo parecía indicar que sería un día sin mucha nieve.

La zona era tan fría que podía estar nevando todos los días del año, sin embargo todos ya estaban acostumbrados al horrible clima.

 

Craig era de pocos amigos, sólo contaba con dos.

Habían sido vecinos desde que tenían memoria y ninguno podía olvidar aun el día en el que comenzó su inseparable amistad; invierno del 78, un muñeco de nieve que medía el doble que ellos y unas palas de juguete fueron suficientes para unirlos como si de pegamento se tratase.

Los tres eran completamente diferentes uno del otro, pero eso no iba a acabar con ellos, no, su vínculo era más fuerte que eso.

Clyde, castaño y con 1.75cm de altura, un muy apuesto y coqueto joven que pasaba demasiado tiempo frente al espejo. Tolkien, sus rizos y su 1.82cm de altura eran definitivamente su más fuerte encanto, además de ser alguien bastante atlético e inteligente, parecía que ese cuerpo fornido y agradable sonrisa era lo que encantaba a todas las chicas de su curso… o bueno, la mayoría.

Por último, Craig, moreno y de 1.77cm, podía pasar desapercibido en una multitud a pesar de ser convencionalmente atractivo. Mucho se hablaba de ello, la mayoría coincidía en algo "Craig es guapo pero si no fuera tan raro le gustaría más a las chicas"; el parecía vivir sobre las estrellas siempre. A el solo le interesaba una cosa y no era exactamente lo convencional para un adolescente de 15 años.

 

Sus intereses iban más allá de lo que podía ver desde su ventana. Los Tucker por el contrario mantenían su mente algo cerrado ante lo que era tan evidente.

 

Craig había sido criado religiosamente para ser un muchacho de buenos modales y cuyo deber era entregar su vida a la iglesia; pero su espíritu realmente nunca estuvo en aquella dirección. Sabía que su futuro se encontraba más allá de lo que podía ver con su “pequeño” telescopio, no en repartir biblias los domingos.

 

—¿Cereza o mora azul?

—Cereza.

 

Tal vez había sido mala idea haber llegado antes de lo acordado al centro comercial, el reloj marcaba las 10:45 en punto y en todo este tiempo lo único que hizo el moreno fue dar vueltas por ahí. Ahora estaba sentado en una de las bancas, tomando un ICE y mirando a su alrededor como varias personas ya estaban trabajando y otras simplemente paseando.

Pensaría que estarían locos por ir a un centro comercial antes del medio día, pero no era quién para juzgarlos.

Necesitaba energía, no quería que la falta de sueño le arruinara la diversión; por eso mismo estaba luchando por mantenerse despierto mientras tomaba la bebida más cargada de azúcar que encontró.

Realmente comenzó a extrañar su cama a pesar de haber negado a estar en ella durante la noche; aunque ahora mismo su walkman hacía lo que fuera por animarlo.

Y ese cassette grabado con sus canciones favoritas lo mantendría vivo al menos hasta que Clyde y Tolkien llegaran.

Así, la música llenaba sus oídos mientras volteaba a sus alrededores, como si eso pudiera hacer aparecer a sus amigos mágicamente.

 


 

—¿Cómo se te ocurre llegar tan temprano aquí?– Habló una voz burlona que abrazaba a Craig de un hombro mientras ese trío caminaba como si fuesen los dueños del lugar; Tolkien río y Tucker bajo la cabeza mientras chasqueaba su lengua en el paladar.

—Tenia cosas que hacer, además ustedes llegaron demasiado tarde.– se excusó, una muy obvia mentira que hizo reír a los tres. Se veía bastante animado y el azabache mantenía una pequeña sonrisa, se sentía bien con ellos a su alrededor, lo hacían sentir menos presionado entre toda la gente que asistía al centro comercial.

—La sorpresa llega en media hora– anunció con entusiasmo el más alto mientras revisaba su reloj –Tal vez deberíamos ir entrando a la pista, dijo que estaría cerca de ahí.–

 

Honestamente, Craig no tenia ni idea de lo que “la sorpresa” significaba, sabía que no podía ser algo totalmente moral si estaba planeado por ese par, mas no le importaba demasiado, estaba ahí para desconectarse un rato y pasarla bien.

 


 

Justo al dar la 1:45p.m (media hora tarde de lo acordado), Clyde señaló a un costado de la pista de patinaje, el primero en reaccionar fue Tolkien, quien se abrió camino para llegar hasta lo que estaba esperando. El castaño lo siguió, pero Craig estaba tan distraído que solo hasta tener a sus amigos al otro lado de la pista se dirigió hacia ellos.

Tomó aire y avanzó sin saber exactamente que era lo que se suponía que debía ver, además que fuera de donde Craig patinaba era bastante oscuro, solo se veían las luces de los videojuegos y puestos de comida cercanos; y, por supuesto, las luces que reflejaba de la bola de espejos que colgaba sobre el.

Cerca de llegar con los demás, quienes lo veían alentando a que se diera prisa, observaron una figura de alguien con quién fácilmente podría coincidir estatura. Se detuvo antes de chocar y permaneció en contacto visual con el desconocido de forma inconsciente.

Un joven rubio de ojos avellana, mirada perdida y grandes ojeras; Parecería un escenario espeluznante pero en ese momento Craig solo pensó que eran el par de ojos más grandes que había visto.

 

— ¿Quién…?– Murmuró antes de ser empujado por Clyde, ni siquiera supo cuando este había llegado detrás de él.

—El no es lo que importa, eso, si.– “Eso” era una charola de brownies que estaba en manos del muchacho sin nombre.

Los tres finalmente estaban a la orilla de la pista, pero Tucker estaba desconcertado, ¿Qué mierda había de especial en unos simples brownies?

 

El pálido desconocido aclaro su garganta mientras ponía sobre barquillos tres brownies. —Serían 30 dólares.— Craig frunció el ceño confundido.

—Díez dólares por cada uno?– Era un precio elevado para ser un simple pastelito.

—Calla y come.– Tolkien entrego esos treinta dólares y agradeció a su vendedor, el cual se notaba nervioso y bastante estresado. Sin tomar más importancia eso, los tres siguieron su camino.

—Come lento– Sugirió Donovan al moreno.

— ¿Qué se supone que tiene esto?– Tucker sospechaba que la facha del vendedor y extrañamente caros que eran esos brownies no eran nada bueno, además la actitud de sus amigos no le ayudaban. –Si esto va a hacer que mis papás me castiguen, no se porqué me invitaron.

—Relájate, hombre, solo tienen hierba y ya, ¿Bien?, se pasará el efecto.– Black se notaba aún más calmado en cuanto a la situación de lo normal, a estas alturas Craig pudo suponer de quién había sido la idea de drogarse en un lugar público.

—Ustedes saben que no…

—Si, que no fumas y eso, esto es comida, Craig, solo es un pastelito mágico.

Tal vez fue la presión o lo apetecible que se veía el postre, pero finalmente accedió a comer; ya era bastante tarde desde que desayunó y si ya lo habían comprado para el, no podía seguir quejándose. Además, ¿qué tanto daño podría hacer un poco de marihuana?, ni siquiera estaba dañando sus pulmones.

 


 

El subconsciente de Craig deseo regresar 20 minutos atrás, justo antes de devorar por completo el famoso pastelito mágico, sin embargo, ahí estaban, tres jóvenes que no contenían la risa y que resbalaban al piso de la pista cada cinco segundos. Aunque para los presentes fuera de una escena de lo más normal, esos tres estaban tan drogados que incluso podían sentir como su vista y la realidad se distorsionaba.

 

Ninguno pudo haber imaginado lo fuerte que pegaría un solo brownies a cada uno, además habían bajado abruptamente sus expectativas respecto a los efectos del postre en cuanto dieron el primer bocado; era dulce y chocolatoso, creían que al menos sabría un poco a césped o algo por el estilo, tanto que se lo terminaron sin pensar en consecuencias.