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Marcas marinas

Summary:

Los Saja, un grupo de cazadores de criaturas mágicas criados y entrenados por coleccionista Gwi-ma, son enviados al mar para capturar una sirena capaz de guiarlos a la isla legendaria de Hoonmoon. Pero lo que comienza como una misión peligrosa se convierte en una pesadilla cuando son emboscados por una colonia entera de sirenas.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Chapter Text

La canoa flotaba como una hoja abandonada sobre el agua negra.

La noche era espesa, apenas iluminada por la luna llena que parecía observarlos desde lo alto, indiferente. El mar estaba quieto, demasiado quieto. Ni el viento se atrevía a moverse.

Las condiciones ideales para cazar una sirena.

Abby, el joven más alto y fornido tenía los pies colgando por fuera de la canoa, las manos entrelazadas detrás de la cabeza, mirando el cielo sin verlo realmente. El movimiento de su pecho era lento. Estaba despierto, pero solo por poco.

cerca de él estaban Mistery y Romance, que se apoyaban uno contra la espalda del otro. Intentando evitar quedarse dormidos. Romance se mordisqueaba la uña del pulgar con claro estrés acumulado, mientras Mistery, sujetaba una daga en sus manos sin llegar a relajarse del todo

Baby, que era el más joven, estaba sentado con las rodillas contra el pecho y la cabeza recostada sobre ellas. Su mentón temblaba cada tanto debido al frío. Pero también por agotamiento.

Y luego estaba Jinu, el líder de los Saja, sentado en el centro de la proa, sin decir nada. Solo observando, sintiendo cada vez más el peso de sus párpados al cerrarse.

Las gotas saladas del mar se mezclaban con el sudor seco en la piel de todos y la humedad les calaba hasta los huesos, provocandoles escalofríos incómodos, aumentando más su fatiga.

Entonces la canoa se agitó inesperadamente con un movimiento brusco, sobresaltado a todos los jóvenes. 

Mistery reaccionó al instante. Lanzando la daga que sujetaba en sus manos que voló por reflejo, cortando el aire con un sonido seco antes de clavarse con un chasquido a escasos centímetros del cuello de Bobby.

—¡Eh! —chilló este, llevándose ambas manos al pecho, petrificado.

—¿¡Estás loco!? —exclamó Abby, levantando la cabeza de golpe—. ¿¡Cómo se te ocurre mover el bote así!?

Bobby, el ayudante de Gwi-ma, permanecía de pie con los ojos muy abiertos y una sonrisa temblorosa, claramente forzada. Su movimiento torpe al intentar cambiar de posición había hecho tambalear la canoa.

—¡Lo siento! ¡Lo siento! Solo me… me estaba acomodando… —balbuceó, con las manos alzadas en señal de paz—. Es que se me durmió la pierna…

Todos suspiraron con fastidio. Visiblemente molestos, resignados.

—Si vas a seguir respirando con nosotros, quédate quietecito, ¿quieres? —le dijo Baby, con el tono de quien no estaba para bromas.

—Sí, sí… por supuesto… —asintió Bobby de inmediato, agachándose con cuidado para volver a sentarse, evitando mirar la daga que aún vibraba ligeramente, clavada justo junto a su oreja.

Se hizo un breve silencio, roto solo por el leve chapoteo del mar.

—Pero... —dijo entonces Bobby, mirando a todos con genuina confusión— ¿qué estamos haciendo exactamente aquí? Creía que íbamos a cazar una sirena.

Jinu alzó apenas el rostro. Su voz salió grave y cansada.

—Lo estamos haciendo.

Bobby lo miró, parpadeando.

—¿Cómo…? No veo trampas, ni redes… solo estamos… aquí.

—Así es —intervino Romance con su tono suave pero claramente agotada, sin molestarse en abrir los ojos—. Estamos aquí. A la vista. En mitad del mar…

Jinu se giró apenas, sus ojos se posaron brevemente en el barco a lo lejos, donde Gwi-ma y su tripulación los observaban desde la seguridad de la distancia. Su mente vagó al momento en que aceptaron ese trabajo.


La puerta de roble macizo se cerró detrás de ellos con un sonido que resonó con un fuerte eco en la enorme habitación.

Los cinco Saja cruzaron el umbral con paso firme, con una mano cerca de sus armas, un gesto que hacían inconscientemente cuando se sentían a la defensiva. La mansión de Gwi-ma era tan imponente como siempre la recordaban: techos altos como catedrales, alfombras tan suaves que daban miedo, y una colección de artefactos sobrenaturales colgados en vitrinas de cristal que toda su vida habían tenido prohibido tocar

—No me creo que estemos de nuevo aquí —Dijo Mistery Saja con su característico tono bajo y afilado. Su cabello morado y largo casi cubría por completo sus ojos pero no impedía notar la sospecha en ellos.

—Gwi-ma nos mandó llamar —respondió Jinu, con el rostro serio.

—Realmente creí que no tendríamos que volver a verlo —intervino Abby—. Este sitio siempre me pone los pelos de punta…

Abby se rascó la nuca mientras miraba lo que claramente eran orejas de elfo mutiladas, colgadas en un marco.

—Que mal gusto ha tenido siempre —Murmuró Romance cerca de él, mordiéndose el labio inferior.

—¿Que querrá ahora? —Preguntó Baby, sacando su chicle de menta de la boca y pegándolo en la parte trasera de un jarrón carísimo—. no creo que Gwi-ma nos quiera saludar y preguntarnos cómo nos va la vida.

Antes de que nadie respondiera, una voz grave y aterciopelada llenó el aire.

—Ah… mis queridos Saja. Qué bueno verlos otra vez, ha pasado mucho tiempo.

Todos los miembros del grupo alzaron la vista.

En lo alto de la escalinata, iluminado por varios candelabros antiguos de cristal negro, apareció Gwi-ma. Iba vestido con una túnica larga, bordada con símbolos que se movían apenas al contacto con la luz. A su lado, un hombre algo más bajo y nervioso cargaba una tabla con papeles ordenados y sellados: Bobby, su asistente.

—Ya ni me visitan —continuó Gwi-ma, descendiendo con paso elegante, casi parecía flotar—. Supongo que es normal… Los jóvenes siempre se alejan cuando sienten que ya no necesitan de las personas que prácticamente los cuidaron y criaron.

Ninguno dijo nada.

Bajó el último escalón y se detuvo, abriendo los brazos con una sonrisa dolida.

—Pero no se preocupen. No voy a reprochárselos. No soy de esos.

Baby apretó los labios y Mistery bufó en silencio. 

Jinu suspiró con resignación.

—¿Nos has llamado por alguna razón?

—De echo sí, querido, me alegra que me preguntes —Gwi-ma volvió a sonreír, como si nada hubiera pasado. Bobby, incómodo, bajó la mirada sin decir palabra.

Los saja se miraron entre ellos antes de poner los ojos en blanco.

—Tengo una tarea para ustedes. Una misión digna de su talento —Dijo poniendo las manos tras la espalda—. Ya saben de mi afición a coleccionar reliquias, algo que me gusta llamar… Trofeos de caza. 

Romance desvió la vista hacia un estante repleto de frascos con ojos, llevándose la mano indirectamente a la sien.

—Pero hay una cosa en particular que me ha estado esquivando por mucho tiempo.

Hizo una seña a Bobby, quien torpemente le pasó uno de los papeles de la tabla. Gwi-ma lo sostuvo en alto. Era un mapa dibujado a mano, con un punto marcado en medio del océano y rodeado de glifos antiguos.

—Una isla. Antigua. Protegida con magia. Su nombre es Hoonmoon.

Un silencio cargado cayó sobre el grupo.

Jinu fue el primero en romperlo.

—Esa isla no existe —hizo un gesto despectivo mientras le lanzaba una mirada rápida a sus compañeros—. Es una vieja leyenda infantil.

Gwi-ma sonrió. No se sintió desmentido, sino entretenido.

—Eso dicen los libros. También decían que los dragones se extinguieron hace siglos… hasta que ustedes mataron uno en Jeju, ¿no?

Jinu no respondió.

—Hoonmoon existe —continuó Gwi-ma—. Y dentro de ella hay algo que necesito. Pero nadie puede alcanzarla. Está protegida por niebla e ilusiones. Los humanos no pueden llegar a ella por voluntad propia.

—Entonces ¿Qué quieres hacer? —preguntó Abby, cruzando los brazos más fuerte.

—Usar el canto de una sirena.

Romance dejó de mirar el frasco y Mistery levantó la cabeza sin creerse lo que acababa de escuchar.

Gwi-ma disfrutó del momento de tensión.

—Tss está loco —Espetó Baby, mirando con los ojos muy abiertos al hombre.

—En absoluto, pequeño —respondió Gwi-ma con tono suave, casi paternal—. las sirenas son las únicas que pueden romper la barrera del Hoonmoon. Por eso los necesito a ustedes, para ayudarme a cazar una.

Jinu lo observó de arriba a bajo antes de hablar.

—Los cazadores no cazan sirenas… Todo el mundo sabe que eso es imposible…

—¿Y desde cuándo los cazadores se rigen por lo que “todo el mundo” cree? —replicó Gwi-ma, haciendo que Jinu se enderezara inconscientemente ante el tono firme.

Bobby, incómodo por la tensión, se apresuró a intervenir. Abrió su tabla de madera y desenrolló una serie de ilustraciones meticulosamente detalladas: mapas antiguos, grabados arcanos, figuras deformes de sirenas en distintas formas, horribles monstruos e inquietantemente bellas. Finalmente, desplegó una imagen borrosa de una isla cubierta de niebla, donde torres rotas y vegetación cristalina emergían entre las sombras.

—Esto… esto se supone que es el Hoonmoon —dijo Bobby, extendiendo la hoja con cuidado sobre una mesa baja—. Nadie ha podido trazar un mapa exacto, pero hay relatos consistentes. Y siempre, en el centro, se menciona una cueva submarina… llena de tesoros.

Gwi-ma caminó lentamente alrededor del grupo, como un profesor ante una clase de alumnos desobedientes.

—Hay más riqueza en Hoonmoon de la que pueden imaginar. Se dice que son los tesoros que dejan las sirenas tras hundir a los marineros.

Gwi-ma se detuvo un momento.

—Pero yo no quiero nada de eso.

Los Saja lo miraron con desconfianza.

—A mi solo me interesa una sola reliquia concreta —dijo levantando un dedo— Sí me ayudan, pueden quedarse con todo lo demás —terminó con una sonrisa generosa.

Un silencio espeso cayó sobre la sala. Los ojos de los chicos se pasearon por las ilustraciones, por la imagen de la isla imposible, por los rostros antiguos de sirenas dibujadas en tinta negra.

—Piensenlo… Todo lo que podrían hacer con esas riquezas —Continuó—. Hasta podrían empezar sus vidas de cero.

La última frase quedó flotando en el aire.

Los Saja se miraron entre ellos con claras expresiones preocupadas.


—¿Qué? —La voz de Bobby sacó a Jinu de sus pensamientos—. ¿Cómo va a hacer eso que caceis una sirena?

Jinu lo miró por un momento, como si se replanteara en qué momento Gwi-ma había decidido que Bobby era necesario para esta misión.

—Somos la carnada —dijo al fin, sin molestarse en suavizar la dureza de sus palabras.

Bobby palideció un poco. Se removió en su sitio, como si recién se diera cuenta de la dimensión del peligro.

—¿Carnada? —repitió, como si no lo hubiera escuchado bien. Parpadeó, con los ojos desorbitados y la voz quebrada por el miedo—. ¿¡Estamos aquí, en medio del mar, sentados... como si nada... para que una sirena se acerque y nos devore!?

—Sí, ese es el plan —Espetó Baby con fastidio—. Ahora quédate quieto de una vez o te uso de cebo flotante. Voluntario.

Bobby tragó saliva y se quedó quieto, encogiéndose como un gato empapado.

El silencio volvió, pesado y frío.

Y entonces, el bote se agitó.

Una sacudida más leve que la anterior, pero lo suficientemente real como para que todos volvieran a tensarse.

—¡Bobby! —soltó Baby, girándose hacia él con los ojos entornados.

—¡No he sido yo! —se defendió al instante, alzando las manos—. ¡Lo juro! ¡Ni me moví!

Jinu se giró lentamente hacia él, pero no dijo nada. No hacía falta.

Porque todos lo sintieron.

Algo se había movido debajo del bote.

Una vibración, leve y profunda, como si algo pasara rozando la madera desde abajo.

Abby se incorporó con urgencia, metiendo las piernas dentro del bote. El movimiento fue torpe, casi desesperado, como si acabara de recordar cuán facil estaba sujetarlo en ese momento.

Mistery y Romance se apartaron del borde de inmediato, cada uno en dirección contraria, sobresaltados.

Todos se asomaron por el mismo costado, con las respiraciones contenidas, buscando entre la negrura espesa del océano alguna forma.

Y entonces, justo cuando sus ojos comenzaban a distinguir algo que se movía lentamente en las profundidades…

Clac.

Un sonido suave se oyó del otro lado del bote.

Como si alguien se hubiera sujetado al borde desde el lado opuesto.

Antes de que pudieran siquiera girarse, una voz dulce y melodiosa comenzó a sonar. Suave como una caricia. Líquida. Antinaturalmente perfecta.

Se volvieron hacia el origen del canto, como atraídos por un hilo invisible.

Sentada en el borde de la canoa, balanceando ligeramente su torso desnudo de un lado al otro, había una mujer.

Su piel era pálida como la espuma. Su cabello morado caía en una trenza larguísima que acariciaba con una mano mientras entonaba esa melodía imposible.

La bruma sobre el mar parecía condensarse a su alrededor.

Y entonces, otra voz la acompañó, armonizando desde la niebla.

Una segunda figura emergió suavemente, flotando junto a la canoa. Su cabello era rosado y muy largo, y se desplazaba sobre el agua como si la sostuviera hasta que se apoyó cerca del bote.

Abby se sobresaltó primero, pero su reacción fue breve. Parpadeó como si acabara de despertar de un sueño… y luego simplemente se relajó. Sus hombros cayeron. Sus ojos, tan duros hacía instantes, se ablandaron con una devoción irracional.

Romance tragó saliva con dificultad. Sus pupilas estaban completamente dilatadas. Lentamente, estirando su mano dejándose llevar por la voz de la mujer delante de él.

En el otro lado del bote, Mistery apretó los dientes, luchando contra la bruma mental que ya comenzaba a rodearlo. Apretó el mango de su segunda daga, y con la otra mano, buscó la primera clavada junto a su pierna. Estaba a punto de lanzarla—

Pero una tercera voz lo detuvo.

Más dulce. Más clara. Más... íntima.

Una voz que parecía hablar solo para él.

Mistery giró el rostro lentamente y se asomó por el borde.

Allí, justo debajo, una chica lo miraba desde dentro del mar.

Tenía el cabello suelto recogido en dos moños negros y los ojos grandes, dulces. Su sonrisa era suave. Infantil. Casi tímida. Y mientras su boca se movía en la canción, su mirada no se apartaba de la suya.

La daga tembló en la mano de Mistery.

Su respiración se volvió lenta y sus párpados comenzaron a caer.

Baby se movía en la canoa con urgencia.

Había logrado taparse los oídos al segundo de escuchar la primera nota de aquella canción con sus manos. Su corazón latía con fuerza, desacompasado. Sabía que no podía escuchar bien, pero la vibración de las voces seguía trepando por su piel como electricidad.

Se giró hacia Jinu con urgencia, esperando ver en su rostro alguna orden, algún gesto de liderazgo y claridad.

Pero lo que encontró fue otra cosa.

Jinu estaba completamente embelesado.

Sentado, con los ojos fijos en la chica de la trenza, la boca apenas entreabierta. La sirena lo miraba con dulzura calculada, meciéndose en su canto, atrayéndolo hacia ella con los dedos rozando ligeramente su piel con sus dedos.

Baby sintió un nudo helado formarse en su estómago.

—Jinu... —articuló, aunque sabía que su voz no llegaría del todo.

Fue entonces cuando vio a Bobby.

Estaba encogido en posición fetal en la parte trasera de la canoa, con los ojos cerrados, los dientes apretados y las manos cubriéndole los oídos con una fuerza desesperada. Temblaba. Pero al menos estaba consciente.

—Joder —murmuró Baby, apretando los dientes.

Se levantó lo justo para ver a su alrededor.

Abby y Romance seguían inmóviles, sus cuerpos apenas meciéndose con la embarcación, sus ojos fijos en la sirena del cabello rosado, como si fueran niños viendo llover por primera vez.

Mistery ya había bajado el brazo.

Su daga descansaba en su regazo. Y su mirada estaba clavada en la chica que emergía lentamente del agua frente a él.

Todos estaban atrapados.

Él era el único despierto.

Baby inspiró por la nariz, temblando por dentro. Se llevó dos dedos a la boca y silbó fuerte, aunque apenas pudo oír el sonido a través del algodón improvisado. No hubo reacción.

Así que gritó:

—¡No escuchen! ¡TÁPENSE LOS OÍDOS, MALDITA SEA!

Nada.

Y entonces lo sintió.

Un movimiento.

No, muchos movimientos.

Giró sobre sí mismo, poniéndose en cuclillas, y sus ojos recorrieron el horizonte.

La oscuridad del mar parecía moverse.

Decenas de figuras deslizándose bajo el agua, alrededor de ellos. Cabelleras largas flotando como medusas, ojos brillando en la profundidad, colas ondulantes con escamas oscuras, apenas visibles bajo la negrura. Algunas ya salían a la superficie. Otras solo observaban.

Una... dos... cinco... nueve...

Eran docenas.

Un nudo de pánico le apretó el pecho.

—Es... toda una colonia —susurró Baby con los labios pálidos, mientras sentía el mundo cerrarse sobre él.

Estaban rodeados.

Y las sirenas... apenas estaban comenzando a cantar.

Baby se movió sin pensar.

Se lanzó hacia Mistery, que seguía inclinado sobre el borde, hipnotizado, y le arrancó la daga de las manos con fuerza. El acero relució apenas bajo la luz de luna, frío y cortante. Se giró de inmediato y apuntó.

La sirena de la trenza aún estaba cantando. Su voz era como una seda invisible que ataba a Jinu con hilos de oro.

Baby lanzó la daga.

Un giro. Un silbido.

Un impacto sordo.

La hoja se clavó en su brazo, desgarrando la piel pálida y haciendo que cayera hacia atrás con un chillido antinatural. Era un grito seco, animal, lleno de furia y dolor.

En un instante, el canto se detuvo.

La música se volvió un eco roto en el aire salado.

Los ojos de Jinu parpadearon con fuerza, como si despertara de una pesadilla.

Abby jadeó y se llevó las manos a las sienes.

Romance se tambaleó, soltando una exclamación ahogada.

Mistery inhaló con brusquedad, como si saliera de debajo del agua.

Y entonces las tres sirenas principales cambiaron.

Su piel, antes tersa y luminosa, se volvió grisácea, cubierta por vetas y marcas moradas que recorrían sus brazos y cuello como venas abiertas. Sus ojos se tornaron amarillos, brillantes, felinos. Los colmillos, antes ocultos por labios suaves, emergieron como dagas.

Las tres comenzaron a gruñir, los músculos tensos bajo la piel transformada. Un siseo agudo surgió de sus gargantas, no ya musical, sino hostil.

—¡Preparaos! —gritó Jinu, recobrando el control, desenvainando su mandoble.

En un segundo, todos se pusieron en pie dentro de la canoa tambaleante, como si sus cuerpos recordaran instintivamente lo que tenían que hacer.

Abby ya sostenía una lanza negra de asta corta, de punta curva.

Romance sacó un látigo trenzado, que chispeó al contacto con la humedad.

Mistery empuñó una segunda daga, esta vez con ambas manos, retrocediendo hacia la parte trasera del bote.

Y Baby no tardó en sacar su arco y apuntar a las sirenas a su alrededor.

Y entonces las sirenas atacaron.

Una docena de cuerpos surgió del agua al mismo tiempo. Algunas treparon directamente al bote, aferrándose con garras largas y huesudas a los bordes. Sus ojos amarillos brillaban de rabia.

La canoa crujió.

Una se lanzó hacia Abby, que le incrustó la lanza directo en el pecho. El impacto la hizo chirriar, pero no cayó. Otra trató de jalar a Mistery por la pierna, pero él giró con una velocidad letal, clavándole ambas dagas al mismo tiempo y hundiéndola de nuevo en el agua con una patada.

Romance giraba con el látigo, cortando manos, rostros y escamas con cada giro. Cada chasquido del arma era acompañado por un chillido.

Baby disparaba sin parar. Una, dos, tres flechas, todas directas al rostro de las que se acercaban demasiado. Gritaba órdenes, más para él mismo que para el resto, sin oír nada a través del algodón de sus oídos.

Pero no eran suficientes.

Por cada sirena que abatían, tres más emergían del agua. El bote se ladeaba peligrosamente. Las criaturas golpeaban los costados, se aferraban con garras y dientes, intentaban volcar la canoa desde abajo.

Una garra desgarró el hombro de Jinu, haciéndole tambalear.

Abby cayó de rodillas al perder el equilibrio. Romance apenas pudo sujetarse al borde con una mano cuando una sirena le mordió la pierna. El látigo se le escapó de los dedos.

Mistery rugió con rabia al ver a una criatura lanzarse sobre Baby, y la empujó fuera con su cuerpo.

La canoa se hundía.

El agua ya lamía sus tobillos.

No había forma de resistir.

Y entonces…

¡CRACK!

Un trueno de cadenas sacudió el aire.

Desde la oscuridad del mar, justo encima de ellos, una red gigantesca descendió con violencia, atrapando a tres sirenas en un solo movimiento. La red resplandecía con símbolos de contención, y al contacto, las líderes chillaron con un sonido desgarrador.

Toda la colonia se congeló.

Una de las más cercanas soltó el borde del bote y se sumergió de golpe, como si algo invisible la hubiera arrastrado hacia abajo. Otras comenzaron a dar vueltas frenéticas en la superficie, lanzando chillidos bajos y crispados, hasta que una tras otra se hundieron, deslizándose hacia la profundidad en un ballet oscuro, veloz y silencioso.

En menos de un minuto, toda la colonia desapareció.

Las únicas que quedaban eran las tres líderes, retorciéndose y aullando dentro de la red, que subía poco a poco hacia el barco, crujiente y húmeda, izada por un sistema de poleas oculto entre la niebla.

El silencio que quedó tras su canto fue espeso.

Bobby, aún agazapado, se asomó y alzó la voz con una mezcla de pánico y esperanza.

—¡La escalera! ¡Bajad la escalera, por favor!

Unos segundos después, una escalera de cuerda cayó junto al bote con un golpe seco.

Los Saja comenzaron a subir sin decir palabra. Uno tras otro, maltrechos, sangrando, exhaustos.

Baby fue el último en subir, mirando una última vez hacia el agua ennegrecida antes de impulsarse con el arco aún colgado a la espalda.

Bobby subió detrás, con torpeza, jadeando. Cuando pisó la cubierta del barco, soltó una carcajada nerviosa.

—Estamos... ¡Estamos vivos! —dijo, más para convencerse a sí mismo que a los demás.

Pero entonces se detuvo de golpe.

La alegría se apagó en su rostro como una vela. Ya no dijo nada más.

Los Saja cayeron al suelo del barco, sin fuerzas y sobre todo con el orgullo herido.

Cada uno se desplomó como pudo: Abby y Jinu se apoyaban contra un barril, respirando con dificultad; Romance de espaldas sobre la madera, cubriéndose los ojos del brillo de las linternas; Mistery sentado con la cabeza baja y Baby arrodillado, con las manos apoyadas en el suelo mojado.

Y entonces uno pasos se detuvieron delante de ellos.

Gwi-ma guardó silencio por unos segundos.

Luego habló, con la voz de alguien que se contiene para no hablar más fuerte.

—Qué espectáculo tan... lamentable.

El golpe fue suave, pero punzante.

—Cinco cazadores entrenados durante años, derrotados por un grupo de criaturas con una sola canción.

Ninguno respondió.

Caminó entre ellos con paso lento, sin mirarles directamente. No lo necesitaba. Cada palabra era un aguijón en la piel. Cada paso, un recordatorio de quién seguía teniendo el control.

—Todo lo que hice por ustedes… y así me lo pagan.

Se detuvo junto a Abby, que respiraba con dificultad, el rostro aún manchado por la sangre seca del combate. Gwi-ma lo observó unos segundos. Luego, sin previo aviso, le propinó un golpe seco en la mejilla con el mango de su bastón.

El sonido del impacto fue tan claro como un disparo.

Abby cayó de lado, aturdido. No se quejó. Solo respiró hondo, con la mandíbula apretada, mientras el resto de los Saja se quedaban paralizados.

Baby tragó saliva. Mistery desvió la mirada. Romance cerró los puños. Jinu no se movió.

—Tal vez eso les ayude a recordar que no permito errores —dijo Gwi-ma con una calma escalofriante.

Se paseó por delante de ellos, sin prisa hasta detenerse en el centro de la cubierta y se giró hacia ellos con una sonrisa helada.

—Afortunadamente, ahora que hemos retomado el contacto… volveréis a estar bajo mi dirección.

Sus ojos recorrieron uno por uno los rostros tensos de los chicos.

—Y esta vez, no permitiré que me decepcionen.

Se giró, caminando hacia la proa.

—Encierren a las sirenas. Tenemos una isla que conquistar.