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Ser el sumo pontífice era algo que Vincent Benítez jamás pensó que se haría realidad. Así mismo, jamás pensó que sería el orgulloso padre de una pequeña niña de piel morena y ojos astutos, ni siquiera cuando supo sobre la bendición que le fue dada al interior de él.
Ahora era ambos.
Él se había convertido en la máxima autoridad católica rompiendo muchas reglas y estigmas en el proceso. Enamorarse de Thomas Lawrence y sostener una relación romántica con él fue uno de sus actos más juzgados dentro del Vaticano, pues fuera de él nadie sabía la verdadera naturaleza de su cercanía con el decano. Sin embargo, el aparecer con una panza de 6 meses de embarazo que era ya imposible de esconder fue lo que le valió su casi expulsión, habiéndose quedado por la intervención a su favor de la mayoría de sus compañeros y los fieles devotos que clamaban su nombre por todo el mundo.
Su embarazo fue un camino tumultuoso; lidiar con las críticas de la comunidad eclesiástica y los riesgos propios de la gestación geriátrica lo mantuvieron agotado la mayor parte del tiempo. Muchas veces se encontró a sí mismo de rodillas orando por iluminación y aceptación, deseando que todo llegara a su final. Al cabo de tres meses, había dado a luz a una preciosa niña por cesárea. El fruto de su amor con Thomas estaba por fin entre sus brazos, tan diminuta y frágil como divina y preciosa. Tristemente, tuvo que ser internada para recibir cuidados especiales dada la edad de Vincent y algunas complicaciones que vivió durante su embarazo.
Aunque la niña no vivía a perpetuidad en el hospital, sus visitas a este eran bastante frecuentes y se prolongaban durante días para aflicción de sus padres. En esos momentos, Benítez sentía que las nubes grises nublaban su panorama y las ganas de preguntarle a Dios por qué crecían, pero lograba contenerse entendiendo que así era la vida. Como siempre decían, Dios obraba de maneras misteriosas y él no era más que un simple mortal. Por fortuna, no estaba sólo en esta odisea
“La hermana Agnes está en los cuneros” informó Thomas abrazándolo por detrás “Podemos ir a verla en la noche después de la cena, ¿Te parece bien?”
“Sí” respondió recostando su cabeza en el hombro contrario “Rezaré para que todo salga bien y pueda venir a dormir con nosotros” murmuró
Él, que siempre había estado especialmente apegado a las infancias, decidido a protegerlas del malvado mundo que buscaba dañarlos. Había visto guerras interminables donde aquellas inocentes criaturas eran quienes más sufrían, quienes eran envueltos en el fuego cruzado y arrastrados al infierno en vida incluso antes de que supieran qué era el infierno. Así como había visto bondad en los momentos más insólitos, también había sido testigo de la crueldad en las épocas que se suponían eran de paz, y en todas las ocasiones se encomendó a Dios, orando y propagando el mensaje de amor al prójimo que Jesús enseñó. Por eso ahora confiaba ciegamente en la voluntad del Señor y la habilidad de los médicos para sacar a su hija de todo peligro
“Todo estará bien” tranquilizó Lawrence besando su cabello mientras lo mecía.
Se quedaron un momento así, disfrutando de la compañía del otro cuando un toque en la puerta los distrajo. Ahí, con su eterna expresión de ligero hastío, Aldo Bellini lo miraba con una ternura apenas disimulada
“Tortolitos, la cena está lista. Bajen antes de que se enfríe…o yo vomite por verlos” arrugó la nariz con desagrado, aunque la sonrisa que tiró de sus labios aligeró la escena
“Gracias por avisarnos” dijo Vincent con timidez sonrojándose mientras que Thomas rodaba los ojos divertido por la actitud de su amigo
Se separaron encaminándose a la puerta, pasando Lawrence primero para atender unos asuntos antes de sentarse a cenar
“Inocencio” llamó Bellini cuando pasó a su lado “Sé que Sofía está en el hospital nuevamente. Hablé con el pediatra en jefe y me comentó que muy probablemente salga hoy. Además, las posibilidades de que sea ingresada son muy bajas, así que todo saldrá bien” animó dándole golpecitos en la espalda algo incómodos. Poco acostumbrados a las muestras de afecto entre ellos, dudaron unos segundos antes de darse un fraternal abrazo “Si necesitas ayuda en algo ya sea relacionado con la niña o con tus deberes como papa, puedes pedirlo sin problemas” ofreció con una pequeña sonrisa sincera
“Muchas gracias, Aldo. Eres un buen hombre” agradeció sintiéndose profundamente conmovido.
Un último apretón de manos dio por finalizado su dulce intercambio.
Caminó a pasos lentos por el lugar, tomándose su tiempo para reflexionar y llegar al comedor. Instintivamente, pasó por el estanque artificial que había solicitado para su pequeña familia de tortugas. Sintiéndose más tranquilo sólo con verlas, se sentó en una gran piedra plana para contemplarlas más de cerca. Tan metido estaba en sus pensamientos, que no escuchó los pasos imponentes acercarse a él ni olió ese fuerte perfume mezclado con tabaco, por lo que el sonido de aquella voz lo sobresaltó visiblemente
“Benítez” su tono autoritario alertó instintivamente al sumo pontífice, que se relajó cuando identificó al emisor “La cena está lista”
“Gracias por avisarme. Ya iba de camino, sólo me detuve a verlas” señaló mientras se ponía de pie sacudiendo sus ropas
“Esas criaturas” murmuró con ligero desagrado causando una risita baja en Vincent, quien encontraba particularmente entretenido la eterna rivalidad de Goffredo y las tortugas “No entiendo cuál es el encanto de ellas, si son tan lentas y feas. Antes de que me repliques, mejor toma esto” ordenó tendiéndole una pequeña transportadora que contenía a una aún más pequeña tortuga “Al parecer, te gustan mucho las cosas feas y raras, como las tortugas y Lawrence, así que pensé que serías buen dueño para esto. Además, quiero que la cuides bien y crezca para que dentro de unos años más Sofía vea lo terriblemente lentas que son y comparta mi opinión sobre ellas” finalizó torciendo el gesto con desagrado
El papa sintió ganas de llorar por tan dulce gesto. Tedesco, quien rara vez mostraba algo más que molestia y burlas, estaba regalándole una pequeña tortuga para animarlo. Y no sólo eso, sino que también le ofrecía indirectamente ánimos respecto a la situación de su hija en el hospital.
“Muchas gracias, Goffredo. La voy a cuidar muy bien y crecerá sólo para que Sofi la adore y entienda mi postura respecto a estos nobles animalitos” respondió ligeramente juguetón, riendo por la expresión malhumorada del italiano.
Tomó la transportadora y sacó con delicadeza a la tortuga. La miró con adoración llevándola hasta una roca plana y chiquita cerca del suelo
“¿Alguna sugerencia para su nombre?” preguntó por mera cortesía mordiéndose el interior de la mejilla para evitar reírse ante el chasquido fastidiado del italiano
“Ponle Rafael o Donatello o algo así. ¡No! Mejor ponle Bellini; son igual de lentos y torpes” sin poder evitarlo más, el papa estalló en carcajadas.
Ese típico roce entre ambos hombres era sinceramente gracioso, dado que no podían dejar de insultarse, pero tampoco dejaban de buscarse.
Cesó sus risas para calmar el gesto irritado en Tedesco, que parecía dispuesto a quitarle la recién regalada tortuga
“Está bien; el pequeño Bellini se une a la familia de quelonios oficial del Vaticano” anunció bastante feliz “De nuevo, muchísimas gracias. Aprecio infinitamente el gesto” reiteró sus palabras siendo respondido por un gesto con la mano que restaba importancia al asunto, aunque aún pudo distinguir una tenue sonrisa en el rostro ajeno.
Temiendo que la comida se enfriara por completo y el trabajo de las hermanas que amablemente cocinaban se hubiera desperdiciado, se apresuró a lavarse y sentarse a cenar encontrando los alimentos perfectamente tibios. Realizó sus oraciones habituales y comenzó a comer en compañía de su amado Thomas.
El resto de la noche continuó con su curso cotidiano sin mayor relevancia. Al caer la noche, aprovechó la ausencia de Lawrence para hincarse y charlar con Dios
“Padre, estos días me he sentido apesadumbrado y algo melancólico. Mi adorada hija está nuevamente en el hospital, y aunque no es nada grave sí que aflige mi corazón el no tenerla aquí entre mis brazos en tu casa. Sé que tus designios son sagrados y yo no me atrevo a cuestionarlos nunca, pero me es imposible no sentir que mi alma pesa una tonelada cuando veo a mi pequeña niña verse tan frágil y diminuta entre un montón de cables y máquinas. De todos modos, encuentro y agradezco tu presencia en este largo camino; veo tu bondad, Padre mío, en el personal de salud tan humano y capaz que has mandado para custodiar la salud de mi Sofía. Veo tu apoyo reflejado en mis queridos amigos, quienes demuestran su cariño con palabras y gestos nobles. Sobre todo, veo tu amor en los feligreses que siguen orando junto a mí y en la dulce compañía de mi amado Thomas, que no ha soltado mi mano desde que nos conocimos. No pretendo venir aquí a juzgar ni reclamar tus decisiones; vengo aquí hoy para agradecerte la vida y enseñanzas que me estás dando. Sé que el camino es difícil, pero contigo a mí lado no hay nada imposibles”
Finalizó agregando unas plegarias. Se persignó y se levantó, sentándose en la cama al mismo tiempo que Lawrence entraba
“Querido, ¿Vamos a los cuneros? Podemos ir a ver a nuestra niña” ofreció el recién llegado sonriendo con sincero amor
El trayecto fue silencioso, con cada uno sumido en sus pensamientos aunque sin dejar de sostener sus manos entrelazadas. Cuando llegaron al lugar donde estaba Sofía, Vincent sintió su corazón acelerarse al notar al médico de cabecera esperarlos junto a su niña
“Sus Eminencias, es un gusto verlos aquí hoy” saludó con gusto el médico, aliviando los alterados ánimos de los mencionados provocados por la presunción de una mala noticia “Me complace profundamente anunciarles que efectivamente hoy es la última noche de Sofi aquí. Aunque la despedimos con mucho cariño y nos entristece no verla más, deseamos que no regrese más que de visita social y a control regular”
Las lágrimas en Inocencio fueron inevitables. Se apresuraron a terminar con el papeleo necesario para tramitar el alta de su hija, festejando que esa noche dormiría en su casa.
Mientras cargaba a Sofía y salía del hospital, agradeció mentalmente a Dios por haberle permitido presenciar y ser partícipe de un milagro.
