Chapter Text
Al haber pasado unos buenos años en el sistema, sin nadie que pareciera querer elegirlo, Sabito constantemente pensaba en la marca en su muñeca derecha. Le daba la sensación de que parecía una ola de mar, pero era difícil saberlo con certeza, pues la marca en realidad estaba incompleta, la otra mitad de la imagen la tenía su alma gemela. Oh, Sabito cómo deseaba conocerle.
«Las almas gemelas se atesoran, es una persona que les querrá sin importar qué y siempre elegirán estar con ustedes» recuerda que dijo una profesora suya.
Ser la primera elección de alguien sonaba como un sueño hecho realidad. Aún recuerda la sensación de rechazo cada que escuchaba a distintas parejas decir los motivos por los cuales no lo adoptarían. Ya está muy grande, sería más complicado. Tiene un carácter demasiado abrumador. Esa cicatriz en la cara lo hace ver intimidante. Al final, terminó con su tutor actual porque era conocido por haber tenido en su cuidado a adolescentes que ya no saldrían del sistema hasta ser mayores de edad. Estaba muy agradecido, por supuesto, el señor Urokodaki era el mejor y no se limitaba a tolerarlo como las personas del orfanato, se notaba que le tenía genuino afecto. Sin embargo, ya habían pasado tantes niñes por su cuidado que realmente no se sentía elegido.
Por eso sus esperanzas yacían en encontrar a su alma gemela.
Y un día creyó que le había encontrado. Aún recordaba perfectamente la sensación que lo recorrió cuando su mirada se cruzó con ese profundo océano. Calma absoluta. No sintió mariposas en el estómago, ni relámpagos electrizantes. Era una calma y paz que jamás había sentido en su vida y todo era por aquel lindo chico que conoció en la escuela. «Es él», fue su primer pensamiento, así que fue corriendo para hablar con él.
—¡Hola! Soy Sabito, ¿tú cómo te llamas? —preguntó con una sonrisa, la más grande del mundo.
—Hola… —respondió el ojiazul con voz suave y un tanto nerviosa —. Eh… me llamo Giyuu.
Sabito sintió que su mirada se iluminaba. «Giyuu, sí, él debía ser». Nunca imaginó que sus ilusiones se verían aplastadas antes de que pudiera decir alguna otra cosa.
—Tomioka, deja de perderte entre la multitud —interrumpió otro chico, este tenía cabello blanco y el rostro más malhumorado que haya visto en su vida.
—Shinazugawa —dijo Giyuu un tanto apenado —. Es que me distraje un poco…
—Siempre te distraes —respondió el peliblanco en tono exasperado —. Y a mí me tienen cuidándote sólo porque eres mi alma gemela.
Oh… Giyuu ya había encontrado a su alma gemela…
Sabito sintió algo en su pecho marchitarse al escuchar aquello. Tal vez fue un poco muy optimista, pero trató de no mostrar su desilusión. Quizá no era su alma gemela, pero seguro esa sensación que tuvo significaba que Giyuu y él podían ser buenos amigos. Y al menos en eso no se equivocó, porque después de ese día no tardaron en entablar una amistad que no dejó de fortalecerse con el paso del tiempo.
Eso fue cuando tenían 14 años, ya habían pasado 6 años desde entonces. Así que Sabito ahora llevaba dos décadas sin haber encontrado a su alma gemela y parte de él comenzaba a pensar que no le encontraría o, peor aún, que no tenía un alma gemela. La marca en su muñeca que en algún punto había significado esperanza ahora se sentía como un recordatorio de su soledad. O sea, sí tenía a sus amigues, a Giyuu y al señor Urokodaki —el cual lo seguía recibiendo en casa cada descanso de la universidad—, pero no tenía a la persona que lo amaría incondicionalmente, a la persona que siempre lo elegiría. Aún no era la primera elección de nadie.
Y, lo que era peor de todo, veía cómo es que Sanemi Shinazugawa trataba a Giyuu, su alma gemela. Trataba a ese lazo como una carga, una debilidad, y ese trato recaía en el propio Giyuu. Todos esos años había observado cómo es que Sanemi mantenía al margen a su mejor amigo, le hablaba de manera tosca, se quejaba de pequeñas cosas y jamás parecía del todo agradecido por lo que hacía Giyuu. Eso mataba a Sabito por dentro.
Si era sincero, incluso tras todos los años de conocerse y sabiendo que Giyuu ya tenía a su alma gemela, el corazón de Sabito seguía teniendo una reacción única cuando se trataba de su mejor amigo. Sabito sabía que amaba a Giyuu y sabía que ese amor no lo llevaría a ninguna parte. Por algunos años pensó que esos sentimientos desaparecerían en cuanto conociera a su alma gemela, que sólo sería algo temporal por lo que no tendría que preocuparse. «Tal vez esto sólo es un capricho, seguro pasara». Qué equivocado estaba.
El amor en su corazón no hacía más que crecer, todo en Giyuu lo alimentaba como la luz solar a las plantas. Su sonrisa, su voz, su calidez, sus talentos, sus sueños, sus anhelos, sus lágrimas, sus abrazos, su todo. Cada parte de Giyuu, desde lo más evidente hasta lo que tardó años en conocer, hacía que el corazón de Sabito se llenara de adoración. Más de una ocasión se encontró soñando despierto sobre cómo sería sostener a Giyuu entre sus brazos mientras lo besaba… Cómo sería susurrar palabras cariñosas en su oído… Cómo sería tomar su mano y que dos marcas que coincidieran se encontraran… Cómo sería que Giyuu sintiera lo mismo que él… Cómo sería ser su primera elección…
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—¿Y… estás seguro de que Shinazugawa es tu alma gemela? —se atrevió a preguntar Sabito una vez.
Fue una tarde de verano, su último verano antes de iniciar la universidad. Hacía calor, pero por eso habían decidido acostarse en el pasto a la sombra de un árbol. Probablemente el inminente cambio que se avecinaba fue lo que le dio el valor a Sabito de hacer esa pregunta que llevaba años en su mente.
—Pues… es que, cuando éramos niños, nuestras marcas parecían coincidir bien —dijo Giyuu mientras levantaba su mano izquierda para mirar su marca.
Si para Sabito era difícil descifrar cuál podría ser la figura que formaba su marca, para Giyuu lo era todavía más. Los trazos en su muñeca parecían formar un triángulo, como si fuera el inicio de otra figura, pero había una infinidad de posibilidades de lo que debía estar al otro lado.
—¿Ah sí? ¿Y qué figura se forma? —preguntó Sabito, intentando no pensar en que tal vez, sólo tal vez, en realidad esa marca era lo que le faltaba a la suya.
—Es como uno de esos símbolos de viento, esos que están un poco arremolinados —explicó Giyuu —, pero la verdad es que fue hace mucho tiempo que juntamos nuestras marcas que ya no lo recuerdo bien.
Sabito no pudo evitar sentir algo de tristeza al escuchar eso. La experiencia de Giyuu con las almas gemelas tampoco era lo que le prometieron y comenzaba a cuestionarse si valía la pena esperar a alguien que quizá jamás vaya a valorar el lazo que se supone que los une.
—¿Y cómo es tu marca, Sabito? —preguntó Giyuu, su mirada azul reflejando un sentimiento que el otro no sabía descifrar.
Instintivamente, bajó más la manga de su camiseta. Se había vuelto muy protector de los trazos en su muñeca desde que conoció a Giyuu y se avergonzó por haber pensado por un momento que había encontrado a su alma gemela.
—Es algo así como un espiral —respondió el de cabello durazno —. Realmente no es nada extraordinario
Giyuu lo miró con sorpresa, sus cejas arqueándose y sus labios separándose levemente.
—Pero tú siempre decías que querías encontrar a tu alma gemela —dijo el pelinegro —. ¿Por qué hablas así de tu marca?
Sabito desvió la mirada para ver al cielo a través de las hojas del árbol que los cubría. No podría responder eso mientras miraba los ojos azules que lo habían cautivado desde el primer momento.
—No sé, parte de mí creía que ya le habría encontrado para este punto —musitó —. Sé que todavía soy joven y puedo encontrarle, pero…
«Pero tengo miedo de no poder amarle como te amo a ti».
—Pero la espera ha sido difícil —terminó diciendo.
Giyuu se quedó en silencio unos instantes, pero el de ojos morados podía sentir su mirada sobre él de todas formas.
—Yo pienso que vas a encontrarle —dijo Giyuu luego de lo que pareció una eternidad —. Será una persona muy afortunada de tenerte como alma gemela.
Eso último hizo que volteara a verlo nuevamente. «¿Una persona afortunada por ser mi alma gemela?». Sintió una presión en el pecho al ver que los profundos océanos que los ojos de Giyuu no mostraban más que sinceridad y afecto. Recordó todas las veces que fue rechazado, cada entrevista fallida, cada crítica a su persona, cada comentario negativo. Luego recordó la única sensación de calma absoluta que ha sentido en su vida el día que conoció a Giyuu.
«¿Y por qué no puedes ser tú?» se preguntó internamente, pero sin tener el valor de decirlo en voz alta.
—Bueno, supongo que, si esa persona llega, veremos qué pasa —contestó Sabito con una sonrisa, intentando apaciguar la tormenta en su interior.
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En serio, a veces Sabito sentía que el universo se burlaba de él y su desgracia. ¿Cómo iba a ser posible que otra persona de su grupo de amigues hubiera encontrado a su alma gemela tan fácilmente? No lo malinterpreten, Sabito realmente se alegraba mucho por Kyojuro, era una gran persona y todavía un mejor amigo. Merecía encontrar a su alma gemela, pero… ¿en serio llegaría el turno de Sabito?
—¡Sentí como si el fuego de mi corazón ardiera con más fuerza! —explicó Kyojuro, su sonrisa de alguna manera más grande de lo usual incluso detrás de las máscaras protectoras que ambos usaban —. No sé cómo explicarlo, ¡sólo lo supe al mirarlo!
Sabito contuvo el suspiro que quería soltar y simplemente sonrió.
—¿Quién hubiera dicho que encontrarías a tu alma gemela en el dojo de al lado?
Kyojuro y él llevaban años compartiendo la misma clase de Kendo. Eran dos de los mejores del grado Yondan, es decir, que les faltaban cuatro grados para llegar al más alto, pero seguía siendo un largo camino por delante. Por supuesto, siempre trataban de dar un buen ejemplo a las personas nuevas y hacían lo posible por animarles a mejorar, aunque cada uno con sus métodos. Kyojuro usaba palabras de aliento y un régimen estricto que parecía contradecirse a veces. Sabito también tenía un régimen estricto que combinaba con alguno que otro zape o, como le gustaba llamarles, “palmadas estimulantes”. Aún con sus diferencias, Sabito consideraba a Kyojuro uno de sus amigos más cercanos.
—¡Lo sé! ¡Hasta parece risible en retrospectiva! —rió Kyojuro, evadiendo ágilmente el ataque de Sabito —. ¡Tan cerca y sin darnos cuenta!
El rubio giró para dar un golpe directo hacia Sabito, el cual apenas fue capaz de evadir. Reconocía ese movimiento, pero en ese instante se sentía un tanto distraído como para reaccionar más rápido. Igual intentó retomar el control sosteniendo más firmemente su shinai.
—¿Y aun así no dijiste que todo el rato trató de hacer que te cambiaras a su dojo?
—¡Sí! Fue muy insistente con eso —afirmó Kyojuro.
Sabito volvió a lanzar un ataque. Su amigo lo cubrió rápidamente y de inmediato cambió a la ofensiva. Antes de poder reaccionar, Sabito sintió un golpe en su costado; incluso con la armadura, pudo sentir el impacto. Kyojuro realmente estaba logrando acertar golpes más fuertes. Ambos hicieron una reverencia y volvieron a sus posiciones iniciales.
—¿Te encuentras bien? ¡Parece que tu mente no está en el combate! —dijo Kyojuro.
Incluso aunque fuera una sesión de entrenamiento más tranquila, parecía que era obvio que algo agobiaba a Sabito. Por supuesto, él quería engañarse a sí mismo.
—Ha sido una semana un poco cansada, pero no es nada —contestó Sabito.
Kyojuro dejó su postura de pelea y colocó su shinai a la altura de su cadera en postura de descanso.
—¡Sabes que no podemos combatir si algo perturba tu mente! —replicó el rubio.
Sí, lo sabía perfectamente. El Kendo no sólo se preocupaba del aspecto físico del deporte, sino también de cultivar la mente y fortalecer el espíritu. Ese había sido uno de los motivos por los que Urokodaki lo inscribió en un deporte que él mismo llegó a practicar. El equilibrio era algo importante, pero algo que no siempre tuvo en su vida. Sabito a veces se daba el lujo de no preocuparse por la parte mental del Kendo, mas Kyojuro no era así. Sabito se lo atribuía a que él llevaba muchos más años practicando Kendo, prácticamente desde que fue capaz de sostener una shinai. Sólo estaban en el mismo grado por las restricciones de edad y años de entrenamiento que existían para pedir un examen que permitiera subir de grado.
El de pelo durazno no tuvo de otra más que ponerse en postura de descanso también.
—De acuerdo, Kyojuro —concedió con un suspiro —, pero no creas que durante la competencia te librarás de mí tan fácil.
—¡Cuento con eso! ¡Así que lo mejor será que pongas en orden lo que te perturba tu mente pronto!
Aún quedaban dos semanas para la competencia. Tenía tiempo.
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—¿Y esto qué es?
—Es que… en el camino encontré a alguien que vendía ohagi y te traje algunos porque sé que te gustan.
Sabito respiró profundamente porque sabía lo que venía y no le iba a gustar. Había visto esta escena una y otra vez durante años.
—¡Otra vez con eso! ¡No necesito tus regalos que nadie pidió! —replicó Shinazugawa mientras rodaba los ojos y se negaba a aceptar la caja con ohagi de las manos de Giyuu.
«Por favor, no le insistas más», rogó internamente. «No merece tus regalos. No te merece».
—Pero hoy te quedas hasta tarde —dijo Giyuu —, creí que un bocadillo…
—¡Que no quiero nada!
En un movimiento, la caja de ohagi pasó de estar en las manos del pelinegro a estar en el suelo. Parecía que hasta Shinazugawa estaba sorprendido por su repentino arrebato, pues en todos estos años simplemente dejaba que Giyuu insistiera y luego aceptaba a regañadientes. Sin embargo, Sabito no vio eso. Sólo notó la manera en que Giyuu se tensó mientras bajaba la cabeza. Incluso aunque únicamente podía ver su espalda, Sabito sabía que su mejor amigo estaba viendo el regalo que le trajo a su alma gemela en el suelo, probablemente con lágrimas en sus hermosos ojos. Eso fue más que suficiente para Sabito.
—¿Qué te pasa, imbécil? —intervino, poniéndose entre Giyuu y Shinazugawa —. Giyuu sólo trataba de ser amable contigo, aunque claramente no lo merezcas.
El rostro del peliblanco volvió a su usual expresión de enojo, incluso un par de venas parecían saltar en su frente por el enojo.
—¡No te metas en lo que no te incumbe! —exclamó Sanemi.
—¡Me incumbe si lastimas a Giyuu!
—¡Siempre estás metiendo tus narices donde nadie te llama! ¡Así que cierra la boca antes de que yo te la cierre!
—¡Ya quisieras si quiera intentarlo, inútil! ¡Te crees mucho, pero no pienses que no se sabe la cantidad de dojos de los que te han corrido por ser un cretino!
—¡Cállate pedazo de-!
—¡BASTA!
Aquel último grito hizo que ambos chicos se voltearan hacia el pelinegro, que fue quien había interrumpido su discusión. Sabito sintió un presión en el pecho cuando vio las lágrimas en los ojos de Giyuu, haciendo evidente su tristeza y dolor aún con su ceño fruncido.
—¡Dejen de pelear como niños! —continuó Giyuu y luego tomó la muñeca de Sabito —. Vámonos de aquí.
El ojiazul tiró de su muñeca mientras comenzó a caminar y Sabito lo siguió en silencio. Realmente no había sido su intención añadir más a la carga emocional que ya tenía Giyuu con lo ocurrido con su regalo, pero su mirada se tornó roja cuando Sanemi hizo aquella idiotez.
—¿Te vas a ir con él? —dijo Shinazugawa a sus espaldas, quedando cada vez más lejos del par de amigos —. ¡Bien! ¡Vete con ese! ¡Se ve que lo prefieres, aunque no sea tu alma gemela!
Sabito se tensó, por un momento pensó en regresar para darle un puñetazo a Shinazugawa, pero Giyuu tomó con más fuerza su muñeca y apresuró el paso. El peliblanco realmente tenía suerte de no haber terminado con un moretón en su horrenda cara.
Caminaron en silencio y una tensión palpable hasta uno de los jardines de la universidad más retirados del punto en el que dejaron a Sanemi. La sangre de Sabito seguía hirviendo por lo ocurrido, en especial por ese último comentario que el imbécil había tenido la osadía de decir.
—Sabito, tienes que calmarte —dijo Giyuu, soltando su muñeca para mirarlo de frente.
—Perdona, es que en serio me enojó mucho lo que hizo ese cretino —replicó el de pelo durazno, pero igual intentando calmar la rabia en su interior.
—Sabes que Shinazugawa es… complicado —intentó excusar su mejor amigo.
—Yuu, ese sujeto podrá ser muchas cosas, ¡pero “complicado” se queda corto cuando te trata así!
No era la primera vez que tenían una conversación así, ya antes Sabito había intentado decirle a Giyuu que el comportamiento de Shinazugawa podía a llegar a cruzar líneas que no debía. Sin embargo, el pelinegro siempre había insistido en que las cosas podrían mejorar con el tiempo, que Sanemi sólo necesitaba paciencia para comenzar a abrirse. Eso todavía no había pasado.
—Ya sé que no es perfecto —suspiró Giyuu —, pero dale algo de tiempo y…
«Aquí vamos otra vez».
—Llevas años diciendo eso —interrumpió Sabito —, pero no ha cambiado y no parece que quiera cambiar. ¿Por qué sigues haciendo excusas por él? ¿Por qué te sigues exponiendo a un tipo como ese?
Todos los sentimientos que había embotellado por años estaban amenazando con explotar y Sabito ni siquiera podía registrarlo entre toda la marea de emociones que lo abrumaban. No obstante, ya no soportaba seguir viendo lo que pasaba con la persona que más amaba y el idiota que se suponía que era su alma gemela. Ya había sido demasiado.
—¡No son excusas! —replicó Giyuu, su voz a la defensiva —. ¡Sólo estoy luchando por él! ¡Si nadie cree en él, yo sí!
—¿Por qué? ¡Él no aprecia lo que haces, Yuu! ¡Te dice cosas horribles y yo ya no aguanto verte darlo todo por alguien que no lo aprecia!
—¡Porque él es mi alma gemela y lo voy a elegir una y otra vez!
Algo en el corazón de Sabito se rompió al escuchar esas palabras. ¿Giyuu en serio iba a elegir a Sanemi hasta el final del mundo…? ¿Lo elegiría sobre Sabito…?
—¿Y entonces por qué viniste conmigo en lugar de quedarte con él? —esa pregunta se le escapó, al igual que el tono desesperado con el que lo dijo.
Giyuu pareció sorprenderse tanto como él.
—¿Por qué estás haciendo esas preguntas tan de repente? —replicó Giyuu —. Sé que nunca te ha agradado Shinazugawa, pero…
—¡Es que ya no soporto ver a la persona que amo siendo tratado como una molestia!
Sabito se dio cuenta demasiado tarde de lo que acababa de decir. Shinazugawa había cruzado un línea ese día, pero Sabito también; fue evidente cuando ambos se quedaron callados mirándose a los ojos mientras intentaban procesar lo que acababa de pasar. El de pelo durazno sentía que el corazón se le saldría del pecho, podía escuchar cada fuerte latido en sus oídos.
—¿Qué…? ¿Qué quieres decir…? —preguntó Giyuu, temor en su voz.
Había un nudo en la garganta de Sabito, uno que le hacía más difícil hablar, uno que claramente debió aparecer antes de que se le ocurriera decir su secreto más sagrado.
—Yo… Giyuu…
—Sabito… por favor, dime la verdad.
Ya no había vuelta atrás. Ya lo había dicho y Giyuu merecía la verdad, incluso aunque ahora ambos tuvieran que pagar el precio de la estúpida decisión de uno. El de pelo durazno se permitió respirar profundamente antes de hablar.
—Está bien… Es cierto, te amo. Estoy enamorado de ti.
El pelinegro llevó sus manos a su boca, como intentando cubrir el sonido que se le iba a escapar. Sus ojos azules parecían temblar ante la revelación. Miedo, supo identificar Sabito. La presión en su pecho no dejaba de crecer segundo a segundo. «Esto no debió pasar. Giyuu no debía enterarse», pensó, aunque otro era el pensamiento que más le dolía. «¿Tan malo es ser amado por mí…?».
—Por favor, di algo —suplicó Sabito, sus ojos empañándose por lágrimas no derramadas.
—Yo… —la voz de Giyuu sonó temblorosa, débil, insegura —. Sabito… sabes que tengo un alma gemela…
Y no eres tú, quedó sin decir pero igualmente claro.
—Lo sé… —Sabito sonrió sin gracia, lágrimas finalmente escapando como un par de cascadas en su rostro —. Lo sé, por eso me causa tanta rabia que te trate como lo hace. Pero realmente creo que ya sabía que no tenía caso.
Giyuu parecía estar debatiéndose sobre qué hacer o decir ahora. Sabito sabía que esto no era algo que él esperaba. Esos hermosos ojos azules siempre estaban viendo a Shinazugawa como para haberse dado cuenta de cómo lo veía su mejor amigo. ¿Todavía eran mejores amigos…?
—Tranquilo, lo entiendo —musitó Sabito, poniendo toda su fuerza de voluntad en evitar que su voz siguiera temblando —. Sanemi es un desgraciado con suerte por tenerte como alma gemela…
Sabito le sonrió con sus ojos morados llenos de dolor, pero era lo mejor que podía ofrecer en ese momento.
—Lamento todos los problemas que esto va a causar —continuó —. Te daré tu espacio.
Apenas esas palabras salieron de su boca, comenzó a caminar para alejarse de Giyuu. Cada paso añorando que su mejor amigo lo detuviera, que le pidiera que no se fuera. Sabito se hubiera quedado sin dudarlo, sin importar que Giyuu le dijera que no podía corresponderle. Se hubiera quedado sólo porque se lo pidió.
Pero Sabito llegó hasta la parada de autobuses sin que nadie lo llamara ni viniera tras de él.
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Giyuu recordaba perfectamente el día que conoció a su mejor amigo. El primer día de escuela de un ciclo escolar que él pensó sería uno más. Sin embargo, Sabito llegó a él para envolverlo con una calidez y calma que jamás había sentido en su vida hasta ese día. Todas su preocupaciones sobre encontrar su salón en el nuevo edificio desaparecieron apenas se cruzó con esos grandes y brillantes ojos morados. «Son como las glicinias», recuerda haber pensado.
¡Hola! Soy Sabito, ¿tú cómo te llamas?
La voz de Sabito siempre se había sentido como un abrazo desde el primer momento. Una pomada que podía aliviar cualquier mal día que pudiera tener. Pero…
Es cierto, te amo. Estoy enamorado de ti.
Oh, eso se había sentido como un balde de agua fría. ¿Cómo es que no se había dado cuenta? ¿Cómo es que algo tan importante se le escapó? ¿Por qué Sabito se enamoraría de él si sabe que no son almas gemelas…? No lo entendía y no sabía qué hacer con la información que Sabito le había soltado hace casi dos semanas.
Nunca habían pasado tanto tiempo sin hablarse y el resto de su círculo ya lo había notado, pero parecía que nadie se atrevía a presionar sobre el tema y claramente Giyuu tampoco se había atrevido a hablarlo con nadie, ni siquiera con Tsutako. La manera en que Sabito le dijo que lo amaba se sentía tan íntima, algo que venía de lo más profundo de su ser, que el pelinegro no se atrevía a decírselo a nadie más, como si eso fuera contra la confianza que, al menos una vez, le tuvo su mejor amigo.
«Mejor amigo…», el pensamiento cruzó por su mente y le causó escalofríos. «¿Aún seguimos siendo eso si ya no nos hablamos…? ¿A Sabito le habrá dolido cada que lo llamaba así…?». Giyuu negó levemente con la cabeza, esos pensamientos no dejaban de hacerle daño y realmente tenía que dejar de pensar en eso cuando ahora su prioridad era otra.
Desde hace meses, Sabito había puesto una marca en su calendario compartido y Giyuu llevaba días mirando su esa fecha en su celular. Decía “COMPETENCIA DE KENDO”. El de cabello durazno siempre había escrito sus eventos con mayúsculas y Giyuu podía escuchar su voz emocionada con tan solo leer el texto. Hoy era el evento, la competencia de Kendo de Sabito.
Desde que se conocen, Giyuu ha estado en todas sus competencias, incluso lo ha esperado afuera de cada examen de grado al que aplicó, pues quería abrazarlo ya sea para felicitarlo o decirle que puede intentarlo de nuevo después. Siempre lo felicitó. Sin embargo, aquella ocasión era diferente. No habían intercambiado más que breves e incómodas miradas a la distancia desde que Sabito le confesó que lo amaba. «Seguro ni siquiera me quiere ahí, lo voy a distraer», pensaba parte de él. «Sabito siempre ha estado para ti y siempre ha confiado en que estarías ahí a pesar de todo», decía la otra.
Giyuu pensó en cada vez que fue a una de las competencias de Sabito. Su mirada siempre se iluminaba y le dedicaba una gran sonrisa cada vez que lo veía entrar al dojo. “Voy a ganar y te voy a dedicar mi victoria” le decía siempre, antes de volver con su grupo para los últimos preparativos. El pelinegro siempre se sorprendía con las habilidades de Sabito, sus golpes y movimientos siempre eran precisos, como si supiera qué hacer para encontrar hasta la más mínima apertura de sus oponentes. Y, siempre, sin falta, al final de todo se acercaba a Giyuu, se quitaba su casco, dejando ver su cabello rebelde amarrado en una coleta, y le decía “¿Cómo lo hice? Quiero saber tu opinión incluso si crees que lo hice mal”.
«A Sabito realmente le importa que yo esté ahí…». Eso lo decidió todo.
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Nunca, en todos los años que llevaba practicando Kendo, se había sentido tan nervioso y ansioso. Sabito miraba la puerta del dojo constantemente, buscando la melena pelinegra de Giyuu, deseando que, pese a todo, este decidiera venir a verlo como lo había hecho hasta la fecha. Sin embargo, había un profundo miedo en su corazón, porque, si Giyuu no se presentaba a esa competencia, entonces eso significaba que todo realmente había acabado, incluso su amistad.
«Por favor, elígeme», rogó Sabito. «Sólo hoy. Por favor, elígeme, Yuu».
—¡Sabito! —escuchó de repente la voz de Kyojuro, haciendo que volteara.
—Oh… ¿Qué pasa? —contestó el de pelo durazno, aún mirando de reojo la puerta del dojo.
—El entrenador ya quiere que nos quiere a todes en posición —dijo Kyojuro —. ¡La competencia está por empezar!
Sabito volteó a mirar la puerta fijamente una vez más. No podía atrasar el evento ni aunque quisiera y mucho menos contradecir a su entrenador, incluso aunque Giyuu todavía no hubiera llegado. Sabito quiso engañarse pensando que su mejor amigo llegaría antes de que fuera su turno.
—Está bien… —respondió, volviendo a ver a Kyojuro —. Vamos con el resto.
El rubio hizo una pequeña mueca. Era obvio que Sabito estaba esperando a alguien y Kyojuro imaginaba a quién, pero decidió no decir nada y caminar junto a su amigo para reunirse con les otres competidores.
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Giyuu corría tan rápido como sus piernas se lo permitían. Era culpa suya por haber dudado tanto si venir o no. Se le había hecho tarde como para haber llegado quince minutos antes, como era su costumbre. Ahora estaba sobretiempo, pero al menos ya estaba cerca. Podía ver el dojo a unos metros.
«Por favor, que no sea demasiado tarde», suplicó internamente, mientras colocaba su mano sobre la manija de la puerta para abrir.
Sin embargo, antes de que pudiera hacerlo, sintió una intensa punzada en su muñeca izquierda. De inmediato, Giyuu miró esa parte de su cuerpo y lo que vio lo horrorizó. Su marca de alma gemela ya no se veía tan intensa y definida como antes, era como si se estuviera desvaneciendo. Eso jamás había pasado. El pánico comenzó a invadirlo, sus dos manos temblaban, su mano derecha aún sobre la puerta. Sabito estaba al otro lado, probablemente esperándolo como siempre lo ha hecho. Pero su marca… Pero Sanemi… ¿qué tal si algo le pasó? Debió ser algo terrible si la marca estaba teniendo ese efecto, ¿no?
Maldijo internamente mientras soltaba la puerta para sacar su celular y llamarle a Sanemi. Si todo estaba bien, entonces debía contestar y él podría ir a la competencia sin problemas. Al menos eso se repetía Giyuu mientras timbraba el celular en su oído, pero sin que nadie atendiera al otro lado. La respiración del pelinegro se agitó todavía más cuando lo único que obtuvo fue el mensaje genérico de buzón de voz. Volvió a intentar llamar de inmediato. Su mirada fija en la puerta cerrada frente a él. ¿Qué iba a hacer si Sanemi seguía sin contestar? ¿Iría a buscarlo a su casa o entraría a ver la competencia de Sabito? ¿A quién iba a elegir…?
El teléfono de nuevo lo mandó a buzón de voz…
¡Bien! ¡Vete con ese! ¡Se ve que lo prefieres, aunque no sea tu alma gemela! La voz de Sanemi sonó en su cabeza, haciendo que retrocediera dos pasos, alejándose de la puerta del dojo. Sabito… sabes que tengo un alma gemela… Esta vez fue su propia voz en sus oídos. Miró su marca de nuevo, temiendo que si no hacía algo, esta se desvanecería por completo.
—En serio lo lamento, Sabito… —murmuró con voz quebrada, aunque este no pudiera escucharlo.
Giyuu se dio la vuelta y comenzó a correr a la casa de los Shinazugawa.
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Uno, dos, tres, ocho golpes. Sabito no fue capaz de detener ni acertar un golpe. Jamás había peleado tan mal en su vida, su combate fue tan patético que fue eliminado en la primera ronda y ni siquiera alcanzó a pelear contra Kyojuro. Sabito salió el área de combate rumbo a los vestidores, no quería ver la preocupación ni en Urokodaki ni en Kyojuro, así que lo mejor era salir de ahí para mantener la poca dignidad que le quedaba.
Una vez que Sabito estuviera seguro de que no había nadie y tampoco lo habían seguido, se quitó su casco protector y lo lanzó juntó a su shinai mientras soltaba un grito y lloraba. Giyuu no había venido. Realmente había terminado todo y ya no había vuelta atrás. Sabito escuchó sollozos y sonidos lastimeros, dándose cuenta de que era él mismo. No sabía que podía sonar tan patético. Cubrió sus propios oídos, pero no sirvió de nada, aún podía escuchar los adoloridos sonidos que escapaban de sus labios.
Sus piernas temblorosas por fin cedieron, dejándolo hecho bolita de rodillas, llorando como jamás había llorado en su vida. Siguió así durante unos minutos, hasta que de reojo pudo ver su marca asomándose por su uniforme de Kendo. Un nuevo sentimiento surgió de lo más profundo de su pecho.
—¿POR QUÉ? ¿POR QUÉ? ¿POR QUÉ? —sollozó Sabito, descubriendo su muñeca derecha, viendo ese espiral que ahora se sentía como una mancha de suciedad en su cuerpo —. ¿POR QUÉ NO PODÍA SER YO? ¿O POR QUÉ TODAVÍA NO TE HE CONOCIDO? ¿POR QUÉ NADIE PUEDE ELEGIRME?
Sus lamentos no fueron respondidos por nadie. La marca de espiral seguía igual que siempre, haciendo que Sabito llorara con más fuerza. No importaba lo que hiciera, cuanto se esforzara, cuanto luchara, cuanto esperara, siempre era lo mismo. Sabito se quedaba solo, sin alguien que lo amara tanto como él, mientras otres vivían con la bendición de tener a alguien que les eligiera incondicionalmente. «¿Qué hice para merecer esto?».
Sabito se quedó llorando en el suelo, rasguñando su muñeca hasta que Kyojuro lo encontró.
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—¿Sanemi? —preguntó Genya, el hermano menor del susodicho, en tono confundido por la desesperación y agitación de Giyuu —. Sí, está aquí, debe estar en el sótano entrenando, pero… ¿tú estás bien…?
Giyuu ignoró la última pregunta.
—¿Puedo verlo? En serio es urgente, necesito hablar con él —replicó, su voz más desesperada.
Genya asintió, lo dejó pasar y le indicó el camino hacia el sótano. Giyuu le agradeció rápidamente antes de seguir su camino a paso veloz. Pronto se encontraba frente a otra puerta, al otro lado se escuchaban golpes, así que ni siquiera se molestó en tocar y sólo abrió.
El sótano de los Shinazugawa parecía una clase de gimnasio improvisado, unas pesas por aquí y por allá, cuerdas de saltar en un rincón y un par de sacos boxeo colgados. Sanemi estaba golpeando uno de los últimos cuando se dio cuenta de la presencia del pelinegro.
—¿Qué diablos estás haciendo aquí, Tomioka? —preguntó entre confundido y molesto, aunque definitivamente más confundido.
—¿Estás bien? ¿No te pasa nada? —las palabras salieron frenéticamente de la boca de Giyuu mientras se acercaba al otro.
—¿Qué si yo estoy bien? ¡Tú eres el loco que se metió a mi casa, idiota! —exclamó el peliblanco.
—Pero… pero… —Giyuu intentaba comprender lo que pasaba, Sanemi se veía perfectamente bien, quizá sólo un tanto confundido y molesto, pero no era nada que Giyuu no hubiera visto ya, no era nada que tuviera un efecto en su marca —. ¿Y por qué no contestaste el teléfono?
—¡Está en mi habitación! ¡¿Y por qué me reclamas eso?! ¡No tengo que contestar cada que me llamas! —replicó Sanemi.
Giyuu retrocedió unos pasos, de repente sentía que no podía respirar bien, porque nada tenía sentido. Su marca, él lo sintió y lo vio en su marca. La mirada de Giyuu se movía frenética, buscando una respuesta, una pista, lo que fuera. Y entonces sus ojos se posaron en la muñeca descubierta de Shinazugawa.
Sin pensarlo dos veces, tomó la mano derecha de Sanemi —incluso aunque este comenzó a gritarle que lo soltara— y la juntó con su propia muñeca izquierda, sus marcas lado a lado. La marca de Sanemi eran los remolinos que recordaba, pero la tinta parecía intensa y sus contornos estaban bien definidos. La marca de Giyuu se veía mucho más clara, no había desaparecido totalmente, pero sí era un contraste importante con la de Shinazugawa. Sin embargo, un sonido de sorpresa se le escapó al notar un detalle. La marca de Sanemi constaba de tres líneas que terminaban en remolinos. La marca de Giyuu tenía cuatro líneas, así que no coincidían del todo, no encajaban…
Parecía que Sanemi se había dado cuenta de lo mismo porque este dejó de gritonearle y forcejear. Un silencio sepulcral se instaló entre ellos, la realidad asentándose en sus corazones, la verdad derrumbando la creencia que tenían desde los 7 años. ¿Cómo no se habían dado cuenta? Bueno, ellos eran apenas unos niños, así que no podía ser su culpa del todo… ¿Pero y la maestra que vio sus marcas? ¿Realmente había estado poniendo atención o lo dijo a la ligera? ¿O sólo fue una excusa para que Shinazugawa y él dejaran de tener tantos problemas en clases? Como fuera, ahora era obvio, ellos no eran almas gemelas…
Giyuu volvió a perder el aliento ante las siguiente realización. «Abandoné a Sabito por nada…».
