Chapter Text
El sentimiento de paranoia continuaba detrás de su cabeza. En su nuca, específicamente. Sin embargo, había algo dentro del estómago de MinHo que sentenciaba que, ese día, el sentimiento desaparecería.
Antes de que amaneciera los sirvientes ya habían dejado la jarra de agua hirviente sobre la fina madera caoba tintada de blanco junto al espejo, con un suave paño de cocina sobre la superficie, con el fin de, cuando el sol llegase a través del ventanal al rostro de MinHo, fuesen las nueve de la mañana y ya estuviese el agua fresca.
Aunque MinHo estuviese despierto desde antes. Incluso más antes de que llevasen el agua.
Con rapidez, su mirada era intercalada entre las últimas páginas del libro y del cuaderno donde anotaba sus pensamientos, con el desespero del desenlace luego de un intenso clímax que le generaba dolencia en su labio por la presión de sus dientes. Su mano se movía sola, sin concentrarse demasiado en que la línea de la escritura fuese recta o su caligrafía fuese prolija. En sus propias manos estaba la emotividad de las escenas finales, de las páginas finales, de las frases finales, y de los, valga la redundancia, finales.
El «fin» se selló al final de la página, junto al margen de la hoja 531, y su muñeca se acalambró.
De sensibilidad, utilizó su mano derecha para poder secar sus lágrimas del dolor y de la conmoción del final del libro. Cerró la tapa dura del texto y, por un instante, contempló la inscripción del título bordado en hilos de oro antes de regresar a la realidad.
La vida era dura para el príncipe Lee.
—¿Y bien? —habló—, ¿qué sigue después del final?
Regresó a su cuaderno, la cual ya estaba utilizado 153 de 200 páginas de color crema, y con la punta de la pluma, escribió sus últimas palabras.
“Fue así como MinHo, sin conocer mucho del mundo, decidió abrir sus alas y volar. Sería el mejor búho que alguna vez alguien vio. El mejor guardián. El mejor amigo. El búho volaría por donde fuese necesario para proteger a su parlamento.
El búho MinHo sería el mejor rey, que morirá al instante en que la flecha de algún humano le perfore el corazón.”
Era un libro terminado, y una vida terminada. MinHo cerró el cuaderno e inscribió con la pluma el nombre del libro que leyó a la par, acreditando al autor, y tomó ambos para encaminarse hacia el otro apartado de la gran habitación, del candelabro de velas gastadas, de mueblería más vieja que los propios retratos de las pinturas, con textos que llegaban de alguna parte por parte de los exploradores del Reinado Lee. Eran cuatro estantes de caoba que llegaban hasta el extenso techo, tres de literatura especializada, y uno donde apenas llevaba un tercio de los estantes completos, cargado de cuadernos, libretas, pergaminos sueltos y con una compilación de más de cinco mil páginas. Todas escritas bajo el puño de MinHo.
Movió una de las escaleras hacia el estante de sus letras, y lo escaló con cuidado. Como todo en su dormitorio, las escaleras estaban viejas.
—Muy bien. Dejaremos esta vida acá… —MinHo colocó el cuaderno en el estante—, y, ahora, pensaremos qué viviremos.
Corrió las escaleras hacia un lado, aunque no se subió. Decidió tomar distancia y analizar qué libro no había leído, cuál no había vivido. El problema es que MinHo era una persona bastante desorganizada, porque las mezclas entre vivencias y fantasías lo confundían, incapaz de recordar cuál de los lomos había sido tocado con anterioridad.
—Oh, fantástico. Ni idea de por dónde empezar —bufó—. Ahora entiendo por qué mamá nos decía que debíamos de ser ordenados. «Coloquen los libros leídos de izquierda a derecha, de arriba hacia abajo. Y los libros no leídos de abajo hacia arriba, de derecha a izquierda. El hueco en el centro será el único que hará las dos hileras reales». Siempre con aires de petulancia.
No. MinHo estaba confundido. ¿Qué libro leer? Bah, antes que todo. ¿Por qué debía de volver a vivir? ¿Qué siendo un búho, anteriormente, no había sido suficiente? Podía ser más cosas, pero necesitaba un descanso. Un recuerdo real que las vidas no eran más que fantasías, y de que su realidad era dentro del castillo.
—Tal vez podamos perder el tiempo en otras cosas. —Desistido, MinHo se alejo del apartado del dormitorio—. ¿Cómo era la canción que cantaba HaYoung todo el tiempo? Pasa del tiempo, que nosotros somos polvos de estrellas, polvos de estrellas…
Su gran dormitorio, de suelo de baldosa blanca y costosa, dividida en sus tres apartados entre librería, guardarropa y dormitorio principal, podía ser un espacio demasiado grande, acorde a las descripciones de libros que leía cuando hablaban de personas pobres, con dormitorios a menos de cinco metros cuadrados; cuatro metros; tres metros; dos metros. Mucho menos de lo que era la cama de MinHo.
Aburrido, fue hacia la puerta del dormitorio y la abrió con cuidado. Si corría con suerte, podría que algún guardia de la custodia fuese nuevo y lo confundiese por algún plebeyo trabajador, gracias a su apariencia desaliñada de estar sin sus blusas y solo sus pantalones de seda bombachos color azul.
No obstante, la gran correa de cuero alrededor de su cuello, como un collar grotesco, era lo que lo diferenciaba de los demás. De los humanos incluso, se separaría MinHo, porque no se consideraba como uno.
—Príncipe —El guardia, nuevo debía de ser porque el uniforme le quedaba grande y sus ojos se perdían en su cabello castaño bajo su caso, habló al otro lado del pasillo con paciencia cargada en su voz—. Regrese adentro.
—Discúlpenos… —murmuró MinHo, un poco sonriente y sonrojado al notar que el guardia era ligeramente atractivo, y regresó al cuarto.
¿Qué era esa basura del regreso? ¿Y la basura de las disculpas? MinHo podía suicidarse a los pies del guardia y tendría a todo el mundo en aprietos. Pareciera que mantenerse con vida era un acto que todo el mundo debía de agradecer, más que ordenar.
Es decir, a pesar de la clausura, MinHo podría asesinar al guardia. Él tenía la habilidad, porque era un príncipe y una gema. Era un bien preciado.
—Porque somos alguien fuerte —dijo, y caminó hacia su guardarropa, donde, escondido entre sus camisas, su espada estaba guardada. Le sacó la funda y la empuñó en alto con rabia—. Porque soy alguien que mantiene a todos ellos con vida —batió su espada.
El crujido de sus ropas rasgándose bajo el filo fue música, y corrió como niño hacia su dormitorio para batir más la espada.
—El búho MinHo puede proteger a su parlamento —continuó. Su cuerpo se movía de la misma forma que el Rey le enseño a moverse, a atacar, a protegerse el pecho—. Podrá volar a todas partes, y ser el mejor guardián. El mejor amigo.
Y, frente a él, su balcón estaba abierto. El verano y el sol le regalaba sus pocos tintes morenos sobre su piel, cuya cada lunar naciente del sol era los únicos rastros de estar vivo.
Ansioso, corrió hacia el balcón. Se aferró de las extensas cortinas y las amarró alrededor de su torso, y saltó sobre el barandal para empuñar su espalda con más fuerza. El quinto piso, último del castillo era el digno para visualizar el espectáculo del príncipe, con su vista hacia el bosque que daba hacia la ciudad, donde la posibilidad de fugarse era cercana si no fuera porque la misma ciudad que anhelaba debía de protegerla.
¿Sería un gran pecado dejar su altruismo de lado, para solo gozar un poco de aquel dulce gustoso llamado egoísmo?
¡No! ¡¿Por qué?! ¡¿Qué ha sido todo lo que le han enseñado?! Sus vidas le han demostrado que puede estar en todas partes, y que la protección debe de ser activa. ¡No un burdo encierro en el dormitorio de un castillo!
—¡Porque MinHo es el guardián! ¡Guardián, guardián! —gritó—. ¡MinHo protege la realidad!
Y, como era el protector, no se soltaría de la cortina para caer los cincuenta metros. Sin él, no solo el Reino de los Lee o la Península del Reino estaban en peligro.
Alguien golpeó la puerta, y MinHo empuñó la espalda a esa dirección.
—¡¿Quién desea entrar?! —preguntó. Su voz desafinó al querer desafiar el sonido del viento.
Nada. Volvieron a golpear.
—¡¿Quién?!
—¿Príncipe? —La voz del guardia nuevo sonó al otro lado—. ¿Se encuentra bien?
—¡Claro!
—¿Y se encuentra solo?
—¡¿Cómo no?! —MinHo bajó del barandal de un salto—. ¿O quiere hacerme compañía?
Nada más silencio. Los guardias eran aburridos.
En el balcón, MinHo decidió visualizar su reino. Acorde al Rey, desde lo que veía en el cuarto de MinHo (que ya era una gran altura) no alcanzaba a cubrir ni la mitad del reino. Los Lee eran el poder más estable dentro de la Península, y eso MinHo podía confiarlo cuando le presentaron a HaYoung a sus seis años. Era tanta la virtud dentro del reinado que eran queridos, deseados y avalados. En especial un hombre como MinHo.
Y, si lograba enfocar mejor su vista, sin que los rayos de sol interrumpieran su mirar, podía apreciar el Puerto y el océano.
—Hay un incendio. ¿Será muy lejos o no tanto de acá? —se preguntó MinHo.
La puerta volvió a ser golpeada.
—¿Príncipe? —El guardia habló de nuevo—. ¿Está solo?
—¿Corrobora la pregunta? —MinHo decidió entrar al dormitorio—. Claro que lo estoy, a no ser que mi paranoia cuente como mejor amigo.
La puerta se abrió, y el guardia ingresó. MinHo sonrió, porque al menos algo lindo deberá de pasar si es que rompen las reglas por él. Halago está, aunque esté comprometido. Vivió algunas vidas en los libros donde bordeaba lo erótico, lo que le hizo sentir un cosquilleo emocional cuando el guardia utilizó su espada para poder trancar la puerta y, acto seguido, sacarse el uniforme.
—No tiene por qué trancar —dijo MinHo, con un batir de espada sugerente—, nadie viene hacia acá hasta el mediodía…
Sus palabras quedaron en el aire cuando, al sacarse el uniforme, el guardia quedó con otras prendas bajo su ropa. Unos pantalones ajustados de cuerina y una camisa de algodón que le quedaba considerablemente larga, y unas grandes y pesadas botas.
—Es halagador, mi príncipe, pero voy a necesitar que colabore.
De la zurda del guardia apareció un mosquete cargado hacia la cabeza de MinHo.
—Se corre los rumores de que el hijo del Rey es quien carga con la gema, así que, usted la entrega, y nadie saldrá herido. ¿Le parece?
Solo en sus vidas MinHo había leído sobre las pistolas y las armas de fuego, y solo en las cenas de cumpleaños en su dormitorio había escuchado el nombre de piratas. No conocía muy bien porque las enciclopedias no hacían registro. Los piratas no figuraban.
—No llame «hijo del Rey» —MinHo logró formular, con sus ojos puestos en el mosquete—. Llame a Lee MinHo.
MinHo balanceó su espada en frente para golpear el mosquete, y el disparo lo ensordeció un instante. La bala se estrelló en su espejo. MinHo nunca había escuchado un ruido tan fuerte que, desconcertándolo, no logró notar que estaba perdiendo hasta que el pirata le había quitado la espada.
—Esto… —el pirata mostró su mano ensangrentada. MinHo casi vomitó al notar que le había volado el meñique derecho—… esto te costará, príncipe.
El ardor cayó en su hombro, con la punta de la espada enterrada hasta botarlo al suelo. Sin piedad, el pirata colocó el filo en la garganta, y de actitud altiva que MinHo recordaba cómo eran, le hizo alzar el mentón.
—¿Qué se siente mirarme desde abajo? —preguntó el pirata—. ¿Es tu falta de costumbre? ¿O es tu primera vez?
—¿Te sientes suficiente solo porque un príncipe te ve desde abajo? —cuestionó MinHo, con su voz temblorosa—. Tampoco tiene la altura como para que alguien más lo haga.
Su vida pudo haber acabado ahí mismo, por su mal humor, sarcasmo y pulsión de muerte latente a su piel.
Y no lo hizo.
El filo de la espada delineó el collar de cuero de MinHo, con el pirata mucho más concentrado en eso que en las palabras soez.
—Usted no es natural —observó el pirata—, porque el cuero se pierde en su pecho. Usted es una anomalía.
—Una calamidad, si lo desea llamar.
—¿Dónde guardará el ars longa vita brevirs?
—En la calamidad.
La espada, sin presión, alcanzó el centro del pecho de MinHo. El príncipe, temerario, empujó con su dedo ligeramente hacia la izquierda.
—Ahí está su gema —presentó MinHo—. El hijo del Rey la guarda muy bien.
Otra explosión de bala se escuchó cerca, pero no dentro del dormitorio. El pirata no apartó la vista de MinHo hasta que el tercer ruido de la explosión, más lejano, le hizo chasquear la lengua.
—¿Quieres irte así o te pondrás ropa?
—¿Qué?
—Solo por tu comodidad, si no quieres terminar más rato lo que querías comenzar acá.
