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No recordaba lo que se sentía estar a esa altura, con el viento golpeándole la cara y haciéndole sentir como si en cualquier momento pudiera caerse. Antes, cuando era más joven, juraba que se la pasaba más tiempo en los techos que en su propia habitación; todo con la intención de que sus amigos no fueran vistos.
April y Casey eran los únicos con los que podía hablar de eso, de expresar esa nostalgia. Ninguna otra podría entenderla y las tortugas prácticamente se la pasaban ahí arriba.
Pero ya no eran jóvenes adolescentes; la vida adulta les había arrebatado el tiempo libre que tenían. Con la derrota de Destructor y el Clan del Pie prácticamente desaparecido, podían darse el lujo de volver a tener una vida normal. Si a eso se le podía llamar.
Las tortugas ya casi no salían de las alcantarillas. April y Casey construían su propio negocio y ella estaba atrapada en un trabajo de oficina que terminaba por frustrar sus días.
Pero esa noche necesitaba de eso. Necesitaba sentir el aire en su rostro, sus cabellos volar y olvidarse de todo un rato. Pero no iba a estar sola por mucho tiempo.
Donnie había llamado hace algunas horas; sonaba cansado, estresado y pidiendo hablar con alguien que le pudiera entender.
Así que, cuando escuchó sus pasos, se dio la vuelta. Donnie la saludó con un movimiento de mano y una pequeña sonrisa, aunque notablemente forzada.
Los dos se sentaron, mirando hacia la iluminada Nueva York. Ella le dio un momento para que acomodara sus palabras, sabiendo que a veces podía tener problemas para comunicarse.
—¿No te molesta? —preguntó ella, mientras del bolsillo de su sudadera sacaba una cajetilla de cigarros.
—No, no. Adelante —contestó el de bandana morada.
Se habían visto crecer desde los 15 años. Donatello la vio fumar por primera vez a los 18 y la primera vez que se emborracharon juntos fue a los 20 años, en el hogar de él. Terminaron con un regaño por parte de Splinter.
—¿Has hablado con… Raph? —preguntó con cautela, mirando a la morena de reojo.
Ella se detuvo unos segundos, con el cigarro entre sus dedos y dentro de su boca. La imagen del de bandana roja llegó a su cabeza y sentimientos agridulces se mezclaron en su pecho. Dio una calada y separó el cigarro de sus labios, el humo yendo hacia el lado opuesto de Donnie.
—No. Desde que Splinter mandó a Leo a ese… viaje espiritual, el tonto no se ha dignado a contestar mis llamadas.
Donatello soltó un pequeño “mmmm” y desvió otra vez la mirada. El tema era delicado. Ninguna de las tortugas, Casey o incluso April sabría cómo describir la relación entre Melissa y Raphael durante todos estos años.
Ni siquiera la misma Melissa sabría cómo describirla.
—Sé que tal vez no quieras saber de él…
—Pfft, ya no me importa.
—Ajá… —dijo en un tono sospechoso, no creyendo para nada la mentira de su amiga—. En fin, el punto es que necesito a alguien con quien hablar de esto.
Melissa no sentía que fuera la indicada para ese tipo de cosas. No porque fuera mala escuchando —sabía que era buena escuchando—, pero a veces podía llegar a ser muy directa y sentía que eso no ayudaba del todo a las personas. Aun así, Donnie siempre recurría a ella.
—Desde que Leo se fue, no sé qué más hacer. Pensé que Raph tomaría su lugar como líder, pero solo ha actuado como un niño —suspiró, intentando disipar su enojo—. Mientras tanto, yo he buscado trabajo, ¡incluso Mikey! Pero Raph solo se queja y se queja.
—Típico de él —dijo ella después de otra calada a su cigarro, rodando los ojos.
—¡Exacto! Y no sé qué más hacer con él.
Donnie pareció darse un momento para respirar y ordenar sus palabras. Ella lo dejó, mirando y esperando.
—He intentado hablar con él, pero no me deja acercarme —murmuró, lastimado, dejando ver a un Donatello que esta vez no tenía ni idea de qué hacer.
—Bueno, Raph es… complicado —se encogió de hombros al decir esto, dándole una de las últimas caladas al cigarro.
—Lo es… y por eso tal vez no vayas a querer aceptar mi petición.
Eso dio un giro a las cosas. Melissa alzó la ceja, con el cigarro aún en la boca y sin tener la mínima idea de a qué se refería. Donnie la miró inseguro, como si intentara transmitirle lo que quería decir con su expresión: los labios apretados, ojos que intentaban no mirarla directamente, removiéndose sobre sí mismo. Entonces, lo entendió.
—Estás loco si crees que voy a hablar con él —exclamó rápidamente, negando con la cabeza.
—¡Mely, por favor! Sé que las cosas entre Raph y tú están… complicadas-
—No me habla desde hace un año y cuatro meses —comentó con obviedad.
—¿Llevas la cuenta? —preguntó lentamente, confundido.
Melissa solo lo miró, sintiéndose avergonzada. Haber contestado eso dejaba en claro que su situación con aquella tortuga enojona le importaba más de lo que le hubiera gustado aceptar.
—¡Ese no es el punto! No hablaré con Raph. ¿Por qué no se lo pides a Casey?
—Porque confío más en ti que en Casey. Además, va a acompañar a April a un pedido que le hicieron hace poco.
Melissa apagó el cigarro contra el suelo del edificio, refunfuñando algo que Donnie alcanzó a entender como “malditos recién casados…”, y eso le hizo rodar los ojos.
—Mely, te lo pido no solo como tu amigo… sino como un hermano. En verdad, estoy preocupado por Raph.
El tono en cómo lo dijo la hizo alzar la mirada del suelo. Muy pocas veces Donnie se abría emocionalmente o expresaba qué era lo que le preocupaba. Siempre tenía una solución o siempre ideaba una, pero cuando se trataba de algo que le costaba emocionalmente, las cosas se volvían complicadas.
Se veía cansado, triste, como si se sintiera culpable de no poder resolver algo de lo que ni siquiera era culpable.
—No te voy a obligar —dijo Donnie—. Solo… pensé que tú podrías llegar a él. Siempre supiste cómo.
Y eso le caló en el alma a Melissa, porque era cierto. Antes de todo, eran inseparables, uña y mugre; a veces peleando, pero terminando en una disculpa expresada en comida o pequeños chistes. Su primera escapada de noche, su primera vez encima de una moto, su primera vez manejando… muchas cosas las había iniciado con Raph. Pero el tiempo hizo lo suyo, las cosas se mezclaron y no era el simple hecho de que se hubieran o no dicho cosas; no habían terminado mal. Eso era lo peor. Simplemente dejaron de hablar.
Melissa suspiró despacio, pensando y dándose cuenta de que tal vez todo esto iba a salir mal. Pero todo por ayudar a Donnie… y tal vez por la anécdota.
—Lo haré —dijo al fin—, no por él. Es por ti… y un poquito por la anécdota.
Melissa chocó su hombro con Donnie en un intento de animarlo y lo escuchó soltar una pequeña risa, sus hombros moviéndose levemente junto al sonido.
—Gracias, Mely.
. . .
Sí, le había dicho a Donnie que lo ayudaría, pero no le había dicho que sería pronto.
¿Hablar con Raph? Era una tarea difícil y ni de loca iría a buscarlo solo porque sí. Tenía que tener una excusa, algo que hiciera que aquel cabeza dura se dignara a responder sus llamadas o siquiera preguntar si todo estaba bien.
También, en el fondo, su orgullo no le permitía bajar la guardia e ir a buscarlo. ¿Ella? ¿Buscarlo? Ni de loca. Ni en sus sueños. Ni siquiera cuando eran adolescentes ella iba a buscarlo para disculparse por sus tontas situaciones. Raph sabía que, si quería que ella le hablara de nuevo, él tenía que acercarse. Así siempre habían funcionado y Mely siempre había estado contenta con esa dinámica.
¿Cómo alguien tan orgulloso como Raph podía hacer eso?
Mikey los molestaba con que Raph estaba enamorado de ella. Su hermano siempre lo golpeaba por decir esas cosas.
En ese tiempo, la idea de que Raph hiciera esas cosas por estar enamorado de ella no le parecía tan mala idea.
Sin embargo, ahora era diferente. Raph no la buscaba, ni siquiera le mandaba mensajes de texto. Melissa trabajaba todo el día, así que no siempre estaba al pendiente de eso.
Solo a veces.
En las noches, cuando estaba sola en su cama, mirando el techo.
A veces, cuando miraba su celular y veía los últimos mensajes que le había enviado. Estos sin contestar.
A veces, cuando se emocionaba por una notificación en medio de la noche.
No, ni de loca lo iba a ir a buscar ella primero. No en esos momentos.
Un suspiro salió de sus labios, odiándose internamente por sentirse así por alguien tan tonto como Raph. Se hartaba de que estuviera en su cabeza más de lo que a ella le gustaría, pero su presencia sin duda le hacía falta en ocasiones.
El ruido de un motor de una moto la sacó de sus pensamientos, desviando su mirada de la banqueta hacia la calle, pero no vio la moto. Tal vez era de otra calle cercana. No se preocupó demasiado; después de todo, no era la primera vez que pasaba por aquí saliendo del trabajo. Sí, caminar de noche por Nueva York podía dar miedo, pero había pasado por peores cosas cuando el Clan del Pie y Destructor seguían por la ciudad.
Aun así, su sentido de hipervigilancia la alertó de algo cuando escuchó pisadas detrás de ella. No eran de solo una persona; podía calcular que eran entre dos a tres personas. Eran pisadas fuertes, profundas, que no le daban la mejor de las vibras.
Se acomodó mejor su chaleco mientras seguía caminando, aumentando el paso. No faltaba nada para llegar al metro; ahí podía estar más tranquila. Intentó pensar que las personas que caminaban detrás de ella no harían nada malo, que eran personas comunes y corrientes que también estaban saliendo de una larga jornada de trabajo.
Tuvo que haber corrido.
De un momento a otro, sintió cómo la tomaron fuertemente del brazo. Intentó gritar, pero alguien más tapó su boca. Ella se removió contra la persona que ahora la agarraba de los dos brazos, apretándolos contra ella. Eso iba a dejar un moretón.
La arrastraron hacia un callejón, pero ella intentaba luchar, sintiendo la adrenalina recorrer todo su cuerpo. En lo único en lo que podía pensar era en que debía escapar. Tal vez intentar llevarse su bolso, porque no quería perder su maquillaje. Eso sí que no; había ahorrado meses por ese maquillaje.
—¡Quítale el bolso! ¡Ya! —ordenó el que la tenía agarrada por los brazos al otro hombre que le tapaba la boca.
Aquel hombre escuálido apartó su mano y, con ciertos nervios, se lo quitó. Ella, aprovechando que podía hablar, decidió usarlo a su favor.
—¡Suéltame! —gritaba con todas sus fuerzas, esperanzada de que alguien la pudiera escuchar, mientras se removía con todas sus fuerzas e intentaba patearlos.
—¡Sigue gritando y acabarás peor! —gritaba el de atrás, que apartaba sus piernas de las patadas de la morena—. ¿¡Cómo vas con eso!?
—¡E-En eso estoy! —gritó el escuálido, que sacaba todo del bolso hacia el suelo.
Pero Melissa no se rindió. Se siguió removiendo, pero en eso pudo sentir otra presencia. Alzó la cabeza, buscando con la mirada. Podía sentir a alguien más observándolos desde las sombras.
De repente, sintió cómo la soltaban abruptamente, haciendo que cayera de rodillas al suelo por la falta de equilibrio. El grito del hombre que la había estado sosteniendo fue notable, ya que fue golpeado contra el contenedor de basura, asustando a su cómplice, que miró hacia la otra persona, con el bolso vacío entre las manos.
Ella también alzó la mirada y lo que vio la sorprendió. Era un hombre, pero estaba completamente cubierto por lo que era una combinación entre cuero negro y metal. Llevaba un casco que no dejaba ver su rostro. Él había golpeado a su atacante.
—¿¡Q-Qué demonios!? —gritó el escuálido.
—Mira, podemos hacer esto por las buenas —empezó el de máscara, su voz algo distorsionada por el metal. Se tronó el cuello— o por las malas.
Eso la hizo confundirse. Conocía la pose, esa con demasiada confianza que podía hacer reír a cualquiera si lo conocías de manera personal. La forma de amenazar a los criminales.
Antes de que Melissa pudiera seguir analizando, el hombre que había sido empujado contra el contenedor de basura se había abalanzado contra él de máscara, logrando sorprenderlo. Pero eso no significaba que lo había derrotado.
Fue una pelea divertida, si se le podía llamar así. El ladrón lanzaba golpes que el otro podía esquivar con facilidad. También se los regresaba con facilidad, dando justo en los puntos exactos, como en la cara, estómago o piernas, para hacerlo perder el equilibrio.
El escuálido se había unido con la intención de ayudar a su compañero, pero el hombre de “metal” pudo terminar con él fácilmente. Esos dos ladrones eran torpes para luchar, pero el otro parecía experimentado.
Y todo le hizo click en la cabeza.
Conocía esa forma de pelea; tan rudo, con la ira contenida, con esos comentarios sarcásticos saliendo de vez en cuando. ¿Cómo no pudo haberlo visto venir?
Fue en cuestión de segundos para que aquellos dos ladrones terminaran noqueados, uno contra el otro. Melissa, que había observado todo desde el suelo, se apresuró a ver si su maquillaje esparcido en el suelo se encontraba en buen estado.
—Pudiste haber llegado más temprano —reclamó ella hacia su salvador—. Arruinó por completo mi polvo.
Pudo escuchar un resoplido por parte de su salvador, que se acercó a ella después de haber amarrado a los ladrones con cadenas.
—¿Qué…? ¿Cómo supiste…? —preguntó, confundido.
—Conozco hasta cómo duermes, Raph —dijo ella, levantando la mirada de sus cosas en el suelo—. ¿Crees que no sé cómo peleas?
Hubo un silencio profundo. Mierda, hasta incluso podría decir que incómodo. Solo se miraban, como si esperaran que alguno de los dos hablara primero. Raph tal vez esperaba un “gracias”, pero ella no se lo iba a dar. Su orgullo podía más.
Él no se quitó el casco, pero fue el primero en desviar la mirada. Se dirigió hacia otro lado, en donde había caído su bolso. Pudo notar cómo se agachaba y limpiaba el polvo con su mano. Aún sabía lo mucho que apreciaba sus cosas y eso hizo que su corazón se ablandara un poco por él.
Desvió la mirada cuando él se dio la vuelta para volver con ella. Lo sintió agacharse frente a ella y guardar sus cosas con cuidado, intentando no estropear más las cosas que ya estuvieran estropeadas. Después, los dos se levantaron y él le extendió el bolso.
Melissa miró el bolso y después a él. Raph solo removió el brazo, indicando que lo tomara.
Y así lo hizo.
—Eh… te llevaré a casa —dijo, no como pregunta ni como ofrecimiento. Era un hecho.
Y aun así pudo notar el leve nerviosismo en su voz.
Pero no se negó. Era lo mínimo que podía hacer después de ignorarla por un año y cuatro meses.
El viaje en la moto fue… raro. Hacía mucho que no subía a la moto de Raph. Fue incómodo cuando se tuvo que agarrar de él, porque lo pudo sentir tensarse. Además, con su caparazón la cosa podía ser algo difícil. Aun así, ninguno de los dos habló, por más que Melissa tuviera dudas como: ¿dónde había conseguido ese traje? ¿Por qué parecía un Nokia? O bueno, tal vez eso era más un comentario que le hubiera gustado hacerle para molestarlo, porque jamás aceptaría que se veía… algo atractivo en cuero y con esa apariencia de vigilante antihéroe.
Nop, jamás le diría eso.
Pero le traía recuerdos. De esos paseos a medianoche, los dos riendo y gritando, pensando que nadie en Nueva York los podía ver o escuchar. Las risas compartidas cuando paraban en un estacionamiento abandonado para comer hamburguesas y quejarse de la vida. A veces, para compartir cigarros y que Raph se quejara del sabor menta que ella siempre elegía.
Donnie la había visto fumar. Pero la primera vez que Mely fumó un cigarro fue con Raph, después de un paseo en moto.
Finalmente, llegaron al edificio de apartamentos donde ella vivía. Raph había bajado la velocidad y había detenido la moto, bajando uno de sus pies para mantenerse en equilibrio. Soltarse fue aún más incómodo. Se sintió hasta lento.
Los dos estaban tensos y era como si no quisieran que el momento acabara, pero a la vez querían huir. No se miraron cuando Melissa se bajó por completo y alisó su ropa, intentando pensar qué decirle.
—Gracias… por traerme y eso —habló en voz casi baja, acomodando su fleco para intentar disipar los nervios.
—No lo menciones —respondió él, restando importancia al tema.
Y ninguno dijo nada más; se quedaron callados. Raph mirando el asfalto de la calle y ella la rocosa banqueta.
—Supongo que nos veremos después.
—Sí… supongo.
Escuchó a Raph encender el motor de nuevo. Después, lo vio girar la cabeza hacia ella, mirándola fijamente. Después de lo que sintió como una eternidad, lo vio avanzar, alejándose con velocidad.
Y la dejó ahí, algo confundida, con muchas dudas y con el corazón en las manos. Porque, a pesar de que no quería hablar con él y estuviera enojada con él, su corazón había rogado por poder pasar más tiempo con él.
Hablar con Raph iba a ser complicado. Demasiado.
