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Definitivamente, hablar con él era complicado. Lo seguía siendo.
Después de su pequeño encuentro, Raph no le escribió ningún mensaje. Ni siquiera la llamó para saber cómo estaba después de ese ataque.
No podía negar que le hubiera gustado aunque sea un mensaje, algo que le demostrara que se seguía preocupando por ella. Odiaba esperar por un mensaje de él todos los días desde esa vez.
No podía ni siquiera estar tranquila en el trabajo porque de vez en cuando revisaba si algún nuevo mensaje llegaba.
Claro que no fue así.
¿Por qué siquiera lo esperaba? Ya le había demostrado que ni por lo más mínimo le iba a escribir.
Era viernes y, en vez de estar paseando con alguna otra amistad, ir a cenar o algo por ese estilo, estaba en su departamento, sentada en el sofá intentando ahogar sus preocupaciones en una copa de vino, un cigarro y un musical al que ya ni siquiera le estaba prestando atención porque en su cabeza solo estaba el idiota de Raph.
Ni siquiera estaba ahí y le ocasionaba dolores de cabeza.
El timbre de su celular la sacó de sus pensamientos. Giró la cabeza hacia la derecha y vio el nombre del menor de las tortugas: Mikey.
Lo tomó y presionó el botón, contestando de inmediato.
—Hey, Mikey —contestó alargando la “y”, intentando sonar de buen humor.
—Heyyyy, Melyyyyy —saludó el menor, con su típico tono relajado y despreocupado. Escuchó algo de metal siendo aplastado; suponía que era una lata—. ¿Qué vas a hacer mañana? ¡Hace mucho que no te veo! El trabajo te tiene secuestrada.
—Lo sé —alargó la “e”, acostándose sobre el sofá. Tal vez el vino había hecho un poco su efecto—. ¿Me crees si te digo que odio el trabajo?
—Obviamente —soltó una risa desde el otro lado de la llamada.
—No haré nada mañana, ¿tienes un plan?
—¿Qué te parece una pijamada para maratonear Diario de la princesa mientras comemos pizza y cerveza? —propuso él con una clara emoción.
Sí, Mikey y ella compartían una pasión inmensa por, de vez en cuando, hacer maratón de las películas de Diario de la princesa. Ella porque amaba la saga de libros. Mikey porque decía que era demasiado cliché, lo que la hacía buena.
Mely sabía que mentía, porque alguna vez lo atrapó leyendo el primer libro de la saga.
—Me parece una excelente idea, mi querido amigo —ella asintió, a pesar de que él no la podía ver—. Cuenta conmigo, pero compra buena cerveza, eeeh.
—Sí —él alargó la “i”—. Nos vemos mañana, señoritaaaa.
—Adiós, señoritoooooo.
Y ella presionó el botón de colgar.
Suspiró mientras aventaba el celular hacia el sofá, pensando en qué podría llevar mañana para poder comer junto a Mikey. Leo no iba a estar, así que no iba a comprar los snacks que él comía cuando hacían maratón; Donnie odiaba esas películas y se encerraba en su cuarto, mientras que Raph…
Un segundo.
Mikey, alcantarilla, pijamada era igual a pasar el rato con su familia.
Raph era su familia.
—Oh, mierda.
Ya no tenía escapatoria para hacer lo que Donnie le había pedido.
. . .
Había pasado demasiado tiempo desde que estuvo en el hogar de las tortugas. La última vez había sido para despedir a Leo y ni siquiera se había quedado demasiado tiempo. Le traía recuerdos y se sentía nostálgica cuando se quedaba mirando por mucho tiempo ciertas áreas: la sala, la cocina, la entrada al dojo… eran muy buenos recuerdos.
Llegó acompañada de Mikey, quien la había ido a recoger a una de las alcantarillas cercanas a su departamento. Los dos se pusieron al día, más que nada Mikey, quien había iniciado un nuevo negocio como animador de fiestas infantiles. Lo mejor es que no tenía que gastar en disfraces.
Estaba algo nerviosa. Tenía miedo de encontrarse con Raphael y que las cosas se pusieran incómodas, lo cual odiaría porque quería pasarla bien con Mikey, ya que hacía mucho tiempo que no hacían algo juntos.
—Pedí pizza de pepperoni, ¿no hay problema, verdad? —dijo Mikey una vez empezaron a acomodar todo en la sala.
—Nop, solo si compraste la cerveza que te dije —mencionó ella, mirándolo algo divertida mientras acomodaba la manta que había traído de su hogar.
—Duuuuuh, claro que lo hice.
En eso, pudieron escuchar unos pasos viniendo del dojo. Era Splinter, y eso la hizo sonreír. Splinter era una rata mutante no tan alta, pero que con su presencia traía paz. Aunque lo llegó a ver enojado cuando hacía tonterías junto a sus hijos tortugas.
—Melissa, hacía mucho que no te veía por aquí —saludó él.
—Bueno, Mikey me convenció de hacer un maratón de películas —contestó ella mientras se acercaba al sensei, quien soltó una risa.
—Solo no dejes que se ponga tan loco.
—¡Yo nunca me pongo loco, sensei! —exclamó Mikey desde el sofá.
Melissa negó con la cabeza y después miró a Splinter. Algo insegura, decidió preguntarle en voz baja.
—Splinter… ¿sabe si Raphael está… aquí? —preguntó en voz baja, como si tuviera miedo de que alguien más la escuchara.
La rata se quedó unos segundos mirándola, pasando una mano por su barba. A veces, le daba miedo que él supiera tantas cosas sin necesidad de explicarle el contexto. Era demasiado sabio y demasiado observador.
—Está aquí, pero seguramente duerme —contestó, poniendo su mano en el hombro de ella—. A veces solo hay que dejar que las cosas fluyan.
Ella lo miró algo confundida, pero después Splinter se alejó hacia la cocina, tarareando una canción en japonés que alcanzó a no entender. Contuvo un suspiro que quiso salir de su nariz en reproche, pero al escuchar a Mikey llamándola, decidió ignorar aquello y darse la media vuelta.
Se la iba a pasar bien sin importar si Raphael aparecía o no.
. . .
La guarida estaba sumergida en silencio.
No era el silencio incómodo del día, era ese silencio que se esparcía por la madrugada, donde el eco del agua en las tuberías parecía demasiado fuerte. Melissa caminó descalza hasta la cocina, todavía con el sabor amargo de la cerveza en la boca, que consideraba no había sido tan buena idea tomar, porque ahora su cabeza estaba demasiado despierta.
Encendió la luz amarillenta de la cocina, sus ojos cerrándose rápidamente ante el cambio de iluminación. Después, abrió uno de los gabinetes con cuidado, sacando un vaso y continuó hacia el grifo, abriéndolo y dejando correr el agua fría.
Mientras daba un sorbo al vaso, sintió otra presencia aproximarse. Intentó pensar que tal vez era Donnie o Mikey, pero al escuchar a alguien acomodarse contra la pared, pudo sentir su cuerpo tensarse.
—¿Sin poder dormir? —dijo esa voz grave que conocía a la perfección.
Dejó el vaso sobre la encimera, dudando un poco en si era buena idea voltear y contestar a su pregunta. ¿Le hablaba después de prácticamente haberla ignorado todo este tiempo?
—¿Y tú? —contestó, tomando el vaso y dándose la vuelta para encararlo.
Ella recargó su espalda en la encimera. Raph se veía agotado, cruzado de brazos; llevaba su bandana puesta y parecía como si estuviera volviendo de sus rondines como el “hombre de metal”, como ella le puso mentalmente.
—No pude —mintió claramente, pero a ella no le importaba.
Hubo un silencio breve. Incómodo. Eso se había vuelto una costumbre.
Bebió un sorbo de agua, evitando mirarlo directamente. Sentía su presencia demasiado cerca, como si el aire se hubiera vuelto más denso.
—Mikey se quedó dormido —dijo ella, más como para salir de ese silencio que la estaba haciendo sentir como una idiota.
—Sí. Es horrible, puedo escuchar sus ronquidos hasta acá.
Eso arrancó una pequeña sonrisa de ella.
—¿Recuerdas esa vez en mi casa?
—Creo que tus padres pensaron que alguien había entrado y solo era Mikey durmiendo bajo tu cama —contestó él con una leve sonrisa.
Los dos rieron un poco y después hubo otro silencio. Melissa apoyó el vaso sobre la encimera y respiró hondo.
—Hace tiempo que… no hablábamos así —comentó, sin mirarlo aún.
Raphael no respondió de inmediato. Se descruzó de brazos, incómodo, y dio un paso hacia la mesa. No lo suficiente para invadir su espacio, pero lo bastante como para que ella lo notara.
—Sí… —respondió al final—. Supongo.
Ella apretó los labios, intentando contener el enojo y resentimiento que había tenido guardados. “Supongo”, eso resonó en su cabeza. ¿Qué demonios suponía?
—Raph, es raro. Demasiado, ¿sabes? Estar aquí de nuevo. Pretender que nada pasó. Para mí lo es.
Raph bajó la mirada hacia el suelo.
—No… fue mi intención que lo fuera…
Eso la hizo mirarlo.
—Pues lo es. Duele, ¿sabes?
No lo dijo con enojo. Lo dijo cansada. Estaba cansada, harta incluso. Ni siquiera la podía mirar.
—Dejaste de hablarme. Un día éramos lo de siempre y… al siguiente, nada —tragó saliva—. Y no tengo la menor idea de por qué, es lo peor. No sé si es por Leo, no sé si es por todo esto del “hombre de metal”. Tienes a Donnie preocupado, ¿lo sabías?
Pero él no respondió. Se quedó ahí, con la mandíbula apretada y los puños cerrados con fuerza, aún sin dirigirle una sola mirada. Melissa ya estaba pensando en irse, decirle a Donnie que no funcionaría nada de esto.
—No sabía cómo quedarme —admitió finalmente, en voz baja.
Melissa frunció el ceño.
—¿Cómo que no sabías?
Raph se pasó una mano por la nuca, nervioso, demostrando su incomodidad. No siempre hablaba de cómo se sentía.
—Leo se fue y… todo se movió. Todo. Y yo… —se calló, respiró hondo—. Era algo que yo no podía solucionar, no sabía cómo.
Eso la dejó con más dudas.
—¿Qué no podías solucionar?
—Miedo —dijo, sincero—. Y no soy bueno con eso.
Melissa se apoyó en la encimera, cruzando los brazos.
—¿Miedo a qué? ¿A hablar?
Raph apretó más los labios.
—Tengo miedo de que si decía algo… tú te fueras.
Hubo otro silencio. Melissa podía sentir su corazón contra su pecho. Sus manos se agarraron más fuerte de sus brazos, como si se estuviera abrazando a sí misma.
—Yo ya estaba aquí.
—No lo entiendes —suspiró frustrado, como si buscara las palabras—. Podía perderte de otra forma.
Eso la desarmó.
—Mírame, soy un mutante. No es como que tenga muchas probabilidades, ¿sabes?
Y eso le dolió más de lo que ella esperaba.
Melissa dio un paso hacia él sin pensarlo. Raphael se tensó, pero no se movió.
—Aun así, nunca dejaste de importarme —añadió él, en voz baja—. Solo pensé que era mejor desaparecer antes de que doliera más.
Ella lo miró unos segundos largos.
Sin decir nada, estiró la mano y apoyó suavemente sus dedos sobre el brazo de Raph. Él se quedó inmóvil ante el contacto mínimo. Ella pudo sentirlo tensarse, no por incomodidad, era más por la sorpresa.
—Eres un idiota.
—No soy… bueno diciendo las cosas —dijo, mirándola unos segundos y después desviando la mirada—. Pero… nunca dejaste de importarme.
Melissa apretó un poco su mano en respuesta.
Eso era suficiente para ellos, para que él supiera que a ella tampoco le había dejado de importar, que haber pensado eso era una tontería.
Se quedaron así, en silencio, con la cocina iluminada y todo lo que no se habían dicho flotando entre ellos.
Por primera vez, Melissa no se sintió sola.
Ese sentimiento de que algo le faltaba sin la presencia de Raph había desaparecido por aquellos momentos.
Y podía sentir que lo mismo pasaba con él.
. . .
El día había sido largo, demasiado para su gusto, y aunque el cansancio le pesaba en todo su cuerpo, su cabeza seguía despierta cuando apagó la luz de la sala. Se quitó los zapatos, dejó el bolso sobre la silla y caminó hasta su habitación, encendiendo la lámpara que tenía sobre su buró.
Habían pasado algunos días desde que estuvo en la guarida de las tortugas y sentía demasiado silencioso su departamento.
Se sentó en la cama, apoyando los codos sobre las rodillas, soltando un suspiro largo. Pensó en la cocina, en la luz amarilla, la sensación de la piel de Raph contra su mano y la manera en cómo no la apartó. Como si tuvieran miedo de que algo se rompiera si se apartaban.
Idiota, pensó otra vez.
Pero esta vez, ya no dolía demasiado.
Afuera podía escuchar la lluvia caer sobre la ciudad, no fuerte, pero lo suficiente para que el sonido contra la ventana se volviera constante, ocasionando que sus ojos quisieran cerrarse para descansar lo que restaba de la noche.
Fue entonces cuando escuchó un sonido seco contra la ventana.
El corazón le dio un salto antes de que pudiera evitarlo.
Frunció el ceño.
El segundo golpe la hizo mirar hacia las cortinas. Un toque seco contra el vidrio.
Se acercó, con el corazón latiendo contra su pecho como si quisiera salir. Apartó las cortinas y…
Ahí estaba.
Raphael, empapado por la lluvia, en las escaleras de incendios y con los nudillos contra el cristal. La bandana roja contrastaba con la oscuridad de la noche y, aun así, podía notar que parecía nervioso. Incómodo. Como si no supiera muy bien qué hacer con su propio cuerpo.
Ella se quedó inmóvil unos segundos.
Sus ojos se encontraron, y por un momento ninguno de los dos se movió. Él levantó una mano, torpe, en un gesto que no era exactamente un saludo ni una disculpa.
Melissa suspiró, pero no abrió de inmediato la ventana. Solo se quedó ahí, mirándolo a través del vidrio.
—¿Sabes lo tarde que es? —preguntó, alzando un poco la voz para que la escuchara.
Raphael se encogió de hombros.
—Sí.
Ella lo observó, evaluándolo. Empapado. Esperando. Ahí. Al final, giró el seguro y deslizó la ventana.
El aire frío y húmedo entró al departamento.
—Entra antes de que me arrepienta —dijo, haciéndose a un lado.
Raphael no sonrió, pero sus hombros se relajaron visiblemente al entrar. El agua goteó de su bandana y de los bordes de su caparazón, formando pequeños charcos sobre el piso.
—Lo siento —dijo casi de inmediato—. Por la hora. Y por… todo.
Melissa cerró la ventana detrás de él.
—No creo que solo hayas venido a disculparte —respondió, cruzándose de brazos—. Si fuera así, habrías mandado un mensaje.
Raphael la miró. Esta vez no bajó la mirada.
—Vine porque si quería hablar… —se detuvo, buscando las palabras— …tenía que venir.
Eso la desarmó.
—Donnie tenía razón —continuó él—. No soy bueno con las palabras. Pero… no quería volver a desaparecer. A dejar de hablarte.
El silencio que se formó no fue incómodo, fue cargado.
Ella lo seguía mirando y podía sentir su cuerpo tensarse por los nervios. Estaba ahí, mirándola, casi suplicando que lo entendiera. Y lo hacía. Pero la había hecho sufrir por un año y cuatro meses; estaba en su derecho de hacerlo sufrir un poco, por más que quisiera correr hacia él y abrazarlo.
Melissa se acercó despacio y tomó una toalla del respaldo de una silla, lanzándosela al pecho.
—Estás mojando todo mi departamento —dijo—. Eso no ayuda a causar una buena impresión.
Raphael soltó una exhalación que casi parecía una risa.
—Nunca me ha costado impresionarte.
Ella negó con la cabeza, con una pequeña sonrisa escapando sin querer, sintiendo su rostro sonrojarse.
No se equivocaba.
Cuando él terminó de secarse un poco, quedaron frente a frente, a una distancia mínima. Lo suficiente para sentir el calor del otro, para notar esa tensión compartida que se había estado evitando durante mucho tiempo.
—Pensé mucho en lo que dijiste —comentó, algo apenado—. En la cocina. Y… no quería volver a desaparecer.
Ella lo miró fijamente, buscando algo en su expresión. No encontró excusas. No encontró miedo. Solo esa… honestidad torpe tan característica de él. Cuando desviaba la mirada, cuando se removía sobre sí mismo sin saber qué hacer o sin saber qué decir.
—No te pedí que vinieras.
—Lo sé.
—Ni que arreglaras nada.
—También lo sé.
Sintió la pesada mano de Raph tocar levemente su mano y ella lo dejó. No le incomodó. No lo sentía como algo que no debía suceder.
Sentía que era lo correcto.
—Solo… no quería que pensaras que no me importas —dijo en voz baja—. Porque sí me importas.
Melissa tragó saliva.
—Llegas tarde —murmuró.
—Pero llegué.
Eso fue suficiente.
Ella apoyó la frente contra su pecho, dándole espacio para apartarse si quería. Raphael no lo hizo. Al contrario, la mano que estaba contra la de ella viajó hasta su espalda, sosteniéndola con cuidado, como si temiera romper algo frágil.
Ella podía sentir su respiración tensarse, su corazón latir rápido. Estaba nervioso, igual que ella, y eso le bastó para sentirse segura.
Su mano, que sorpresivamente era cálida, la abrazaba con cuidado, como si quisiera hacerla sentir cómoda.
No se dijeron te extrañé.
No dijeron que esto era algo más.
Porque no hizo falta.
El silencio entre ellos ya no estaba vacío.
Y por primera vez en mucho tiempo, Melissa supo que no tenía que huir ni esperar.
Solo quedarse.
