Chapter Text
Starcourt Mall, Hawkins, Indiana 10:43 p.m.
El estacionamiento estaba casi vacío. Solo quedaban sus bicicletas tiradas contra la pared, el auto de Steve a lo lejos y el olor a asfalto caliente mezclado con cloro de la fuente del mall. El grupo venía caminando despacio, todavía riéndose por lo bajo, con esa sensación de que la noche era perfecta y nada podía salir mal.
Max acababa de empujar a Dustin tan fuerte que casi se cae. —Una palabra más de «esto es pesado» y te entierro debajo del cine, Henderson.
Dustin se acomodó la gorra, fingiendo dolor. —Es arte, Max. Ciencia ficción pura.
Jane reía con la boca abierta, los ojos brillando bajo las luces naranjas de los faroles. Le revolvió el pelo a Dustin y después miró a Will con cariño de hermana. Will le devolvió la sonrisa, pequeña, tímida, pero real.
Mike iba dos pasos atrás. Miraba a Will. Miraba cómo Lucas le hablaba cerca del oído. Miraba el suelo. Volvía a mirar a Will. Apretaba los puños dentro de los bolsillos sin darse cuenta. Los sentimientos hacia el chico lo tenían cada vez más nervioso y confundido.
Y entonces apareció el primer globo rojo.
Flotó bajo, lento, como si alguien lo hubiera soltado desde el último piso del mall. Después otro. Y otro.
En menos de diez segundos había docenas. Cientos. Todos rojos. Todos girando en un círculo perfecto sobre sus cabezas.
El aire cambió. Se volvió pesado, dulce, podrido.
Will se detuvo de golpe. Se llevó las dos manos a la nuca. El dolor fue como si le clavaran un clavo al rojo vivo desde la base del cráneo hasta la columna.
Jane lo agarró del brazo al instante. —Will, ¿qué pasa? ¿qué sientes? ¡Dime!
Los globos empezaron a girar más rápido. El círculo se volvió un tornado rojo que rugía bajo. Y de adentro salió la risa.
Era una risa de payaso. De esas que suenan inocentes al principio y después te revuelven el estómago porque sabes que no lo son.
La voz llegó clara, alegre, llena de veneno, resonando desde el centro del remolino: —¡Holaaa, perdedores! ¿Listos para un viaje sorpresa? ¡Siempre vuelvo por ustedes! ¡Y esta vez van a flotar muy, muy lejos! ¡Jajajajajajaja!
La risa se hizo más fuerte, más loca, retumbando en el pecho de todos.
Dustin retrocedió dos pasos, boquiabierto. —Chicos... ¿qué es esa mierda...?
Lucas tragó saliva, mirando hacia arriba con los ojos muy abiertos. —¿Un truco del mall? ¿Alguien está gastando una broma...?
Max soltó una risa nerviosa, pero se le cortó a la mitad. —No hay parlantes tan potentes aquí...
Mike frunció el ceño, más confundido que aterrorizado. —¿Qué está diciendo? ¿Perdedores?
El centro del remolino se abrió como una boca. Un agujero negro con bordes rojos que palpitaba, respiraba.
El portal rugió una última vez, un sonido que no era sonido: era algo vivo, hambriento, que te arañaba dentro del cráneo. El aire se volvió espeso, pegajoso, como si respiraras jarabe de sangre. Olía a globos reventados, a maquillaje barato quemado, a alcantarilla abierta en pleno verano.
Y dentro de cada uno de sus cerebros la voz del payaso se clavó como un gancho oxidado y se quedó ahí, repitiéndose sin parar, sin piedad:
«¡Van a flotar... van a flotar... VAN A FLOTAR, PERDEDORES!» No era una voz que escuchaban con los oídos. Era una voz que les hablaba directamente al miedo más antiguo, al que tenían cuando eran niños y creían que algo vivía debajo de la cama. Era la voz que les recordaba que nunca, nunca habían estado a salvo.
Bill sintió que se le partía algo por dentro. El recuerdo de Georgie flotando en la alcantarilla le explotó en la cabeza como una granada. El olor a lluvia y a sangre le llenó la nariz aunque no estuviera lloviendo. Cayó de cabeza. El asfalto le abrió la frente y el dolor fue casi un alivio, porque era real, era de este mundo. Se quedó de rodillas, temblando tan fuerte que los dientes le castañeteaban. —No... no otra vez... no puedo perder a nadie más... no puedo...
Bev sintió que volvía a tener siete años. A los siete años su padre la miraba como si fuera carne. El miedo era el mismo. El olor a cerveza y a sudor rancio le subió por la garganta. Aterrizó de pie, pero el suelo parecía moverse bajo sus pies como si todavía estuviera cayendo. —No otra vez... no otra vez... —y cada "no otra vez" era un recuerdo de dedos que apretaban demasiado fuerte, de una voz que decía "te va a gustar flotar, pajarita".
Stan sintió que se le rompía la cabeza en mil pedazos. El ritual de los pájaros. Los huevos rotos. Los ojos muertos de los niños en el depósito. Todo volvió de golpe. El estómago se le subió a la garganta. Cayó de rodillas y vomitó aire, porque no había comido nada, pero el cuerpo igual quería expulsar el terror. Las manos le temblaban tanto que ya no eran suyas. —Nos encontró... nos encontró... —y cada vez que lo decía se sentía más pequeño, más niño, más muerto.
Richie sintió que se le apagaba la luz por dentro. Todo el ruido que usaba para no volverse loco se le apagó de golpe. El silencio que quedó fue peor que cualquier grito. Vio a Eddie cayendo y por un segundo eterno creyó que no lo iba a atrapar, que lo iba a ver flotar muerto como a Georgie, como a todos. El capó le quemó la cara. El dolor fue bienvenido. Cuando atrapó a Eddie, lo abrazó tan fuerte que sintió que se le rompían las costillas, pero no aflojó. —Nunca te suelto... nunca... nunca... —y repetía la frase como un mantra, porque si dejaba de decirla se iba a volver loco de verdad.
Eddie sintió que se le moría el corazón en el pecho. El inhalador se le había perdido en algún lado y el aire no llegaba. El pánico era una garra que le apretaba la garganta. Vio a Richie abajo y pensó "si él muere yo también". Cuando cayó en sus brazos, lloró sin sonido, solo lágrimas y temblores. —No puedo... no puedo volver a verlo... me va a comer vivo... me va a comer vivo otra vez...
Ben sintió que volvía a ser el niño gordo que nadie quería. El niño al que el payaso le susurraba "flota, gordito, flota" mientras lo ahogaba en sus propios pensamientos. El miedo le pesaba tanto que casi no podía respirar. Cayó y se quedó boca arriba mirando el cielo que se cerraba como una tumba. Las lágrimas le quemaban los ojos. —Pensé que ya no me quería... pensé que me había olvidado...
Mike Hanlon sintió la rabia y el terror mezclados en una sola cosa negra que le llenaba el pecho. Recordó a sus padres quemados, recordó el fuego, recordó la risa del payaso detrás de las llamas. El sabor a humo y a carne quemada le volvió a la boca aunque habían pasado años. Se quedó de rodillas, los puños clavados en el asfalto hasta sangrar. —Nos mintió... nos usó... y ahora nos tira como si fuéramos nada...
Siete cuerpos en el suelo. Siete adolescentes destrozados. Siete mentes rotas que acababan de recordar que nunca, nunca habían dejado de ser niños asustados.
El portal se cerró con un sonido húmedo y obsceno, como si se lamiera los labios.
Silencio. Un silencio que aplastaba, que olía a sangre y a miedo viejo.
Bill se levantó primero, tambaleándose, ignorando la sangre que le caía en los ojos. Corrió hacia Stan y lo abrazó como si pudiera meterlo dentro de su propio cuerpo. —Stan... amor... mirame... respirá conmigo...
Bev se abrazó a sí misma, balanceándose adelante y atrás. —No puedo... no puedo... no puedo...
Richie y Eddie seguían abrazados en el capó, temblando tan fuerte que parecía que nunca iban a parar.
Ben lloraba sin sonido, con la cara hundida en el asfalto.
Mike Hanlon miraba al cielo vacío con los ojos llenos de odio y de lágrimas que no caían.
Stan solo lloraba. No había palabras, no había fuerza para gritar. Solo lágrimas calientes que le corrían por la cara y le temblaban los labios. Los ojos abiertos de par en par, como si estuviera viendo al payaso justo enfrente. El cuerpo entero le temblaba con pequeños espasmos, como si estuviera teniendo un ataque que no terminaba nunca.
Bill lo abrazó tan fuerte que parecía que quería meterlo dentro de su propio cuerpo, como si con eso pudiera protegerlo de todo lo que ya habían vivido y de todo lo que venía. —Ese payaso hijo de puta... nos engañó... nos tuvo guardados como ratas en una caja... —la voz le salía rota, entrecortada por la sangre que le goteaba de la frente y por la rabia que le quemaba la garganta.
Bev se acercó dando traspiés, abrazándose el estómago con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos, como si fuera a vomitar el miedo que le retorcía las tripas. —¿Qué fue eso? ¿Qué carajo quiere ahora? —preguntó, y la voz le tembló tanto que sonó como si estuviera a punto de romperse del todo.
Richie bajó del capó con cuidado, las piernas flojas, como si fueran de trapo. Ayudó a Eddie a bajar, sosteniéndolo por la cintura con manos que no paraban de temblar. Eddie se aferró a él como si Richie fuera lo único real en el mundo, los brazos alrededor del cuello, la cara hundida en su hombro, respirando su olor a sudor y a sangre como si fuera oxígeno. —No puedo... no puedo volver a verlo... no quiero flotar... no quiero... —y se derrumbó contra su pecho, llorando sin control, con sollozos que le sacudían todo el cuerpo.
Richie lo abrazó con fuerza, una mano en su nuca, la otra en su espalda, sintiendo cada sollozo como si le rompieran algo por dentro, como si cada lágrima de Eddie le abriera una herida nueva en el pecho. —Respirá... respirá conmigo, Eds... no te va a tocar... te juro que no te va a tocar... —susurró contra su pelo, con la voz quebrada, repitiéndolo una y otra vez porque era lo único que podía hacer para no volverse loco él también.
Ben se arrastró por el asfalto hasta ellos, las rodillas raspándose más, y se abrazó a las piernas de Bev como si fueran un ancla, llorando contra sus rodillas con la cara hundida en los jeans. —No puedo más... no puedo... —repetía, la voz ahogada, como si cada palabra le pesara cien kilos.
Mike Hanlon se quedó de pie, mirando al cielo que ya estaba vacío, como si todavía esperara que se abriera otra vez y se lo tragara todo. La sangre le goteaba del labio partido y le caía por la barbilla. —Nos usó... nos usó como carnada... y ahora nos tira aquí... como si fuéramos nada —dijo, y la rabia y el miedo le temblaban en la voz, tan mezclados que ya no se sabía cuál era cuál.
Los siete estaban tan hundidos en su propio infierno, tan atrapados en el olor a sangre, en el eco de esa risa que todavía les retumbaba dentro del cráneo, que todavía no habían visto a los otros chicos. No habían visto a los seis adolescentes que los miraban desde unos metros, mudos, con los ojos muy abiertos y el corazón latiéndoles en la garganta, porque acababan de entender que lo que sea que acababa de caer del cielo... estaba mucho más roto que ellos.
El silencio cayó sobre el estacionamiento como si alguien hubiese arrancado el sonido del mundo.
Los chicos de Hawkins observaban con los ojos muy abiertos... simplemente incapaces de procesar lo que acababan de ver: siete adolescentes cayendo del cielo como si hubieran sido escupidos por el mismísimo infierno.
Nadie se movía. Nadie respiraba.
Hasta que Dustin dio un paso adelante, señalando a uno de ellos con la boca abierta.
—Mike... —susurró— ¿soy yo o ese chico se parece muchísimo a ti?
Max soltó una carcajada nerviosa.
—No, espera. ¡Sí! ¡Literalmente es tu clon mal peinado!
—¿Qué? —Mike Wheeler frunció el ceño y miró por encima del hombro a Richie.
Pero Will, con la respiración entrecortada por el dolor que seguía punzando en su cuello, levantó las manos.
—¿En serio lo primero que piensan es eso... después de ver a siete personas caer del cielo?
El grupo de perdedores recién ahí pareció darse cuenta de que no estaban solos.
Ben, con el labio partido, murmuró:
—Chicos... creo que tenemos público.
Eddie, que hasta ese momento seguía colgado del brazo de Richie como si su vida dependiera de ello, abrió los ojos como platos.
Miraba a Mike Wheeler.
Luego a Richie.
Luego de vuelta a Mike.
Luego a Richie otra vez.
Hasta que soltó un jadeo tembloroso.
—R-Rich... ¿ves... lo que estoy viendo? Porque claramente ese maldito payaso hijo de la—
—Eddie.
—EL PAYASO ESTÁ JUGANDO CON MI MENTE, ¿OK? ¡UNO DE ELLOS ES TU MALDITA COPIA!
Bill, todavía con el corazón golpeándole en el pecho, empujó instintivamente a Stan detrás de él, protegiéndolo con un brazo.
Sus ojos, fríos y alertas, se clavaron en Mike Wheeler.
—¿Quiénes son ustedes? ¿Y d-dónde estamos?
Mike levantó ambas manos, despacio, como si se acercara a animales asustados.
—Esto es Hawkins... Hawkins, Indiana.
El grito de Eddie fue inmediato, agudo y lleno de horror.
—¡¿QUÉEEE?!
Bill parpadeó.
—E-espera... ¿no es este el pueblo donde la gente desaparece... y todos dicen que está maldito?
—Sí —admitió Mike.
Beverly soltó una risa cansada y amarga.
—Por favor. Eso suena como vacaciones comparado con nuestro pueblo.
Will avanzó con cautela, a pesar de que el dolor en el cuello se intensificaba. Su voz salió suave, preocupada:
—¿Están bien? ¿Se hicieron daño al caer?
Los perdedores se miraron entre sí, indecisos, descolocados.
Mike volvió a preguntar:
—¿De dónde vienen?
Beverly respondió antes que cualquiera.
—De Derry, Maine. Un lugar que enserio no desean conocer.
Will observó a Richie con curiosidad. Lo miró de arriba abajo sin disimulo, notando su parecido con Mike... pero también algo distinto, una chispa caótica y magnética que era solo de Richie.
Pero ese momento duró exactamente tres segundos.
Porque Eddie lo vio.
Y su expresión se volvió... puro veneno territorial.
—¿Qué diablos estás mirando? —soltó, cruzándose de brazos como si quisiera bloquear la vista de Richie.
Will abrió la boca para responder algo amable, pero no tuvo tiempo.
Porque entonces...
El aire se volvió espeso, pesado, como si hubiera una tormenta a punto de caer... excepto que no había viento, ni nubes, ni nada lógico.
Solo ese olor.
Ese asqueroso olor dulzón a algodón de azúcar podrido, mezclado con óxido y algo que los chicos de Hawkins jamás habían olido en sus vidas:
olor a muerte vieja.
A Lucas le ardieron los ojos.
A Max le dio arcadas.
Dustin se cubrió la nariz, pero no sirvió de nada; el hedor parecía meterse dentro del cuerpo, pegándose a la garganta.
—¿Qué... qué es ese olor? —preguntó Dustin, con la voz quebrada.
Nadie respondió.
La risa empezó. No una risa normal. Una risa gutural, espesa, húmeda, que parecía salir de debajo del asfalto.
Primero fue un susurro.
Una vibración mínima en el aire.
Como si alguien respirara justo detrás de ellos, a centímetros de sus nucas.
Los perdedores se tensaron al instante. Ellos sabían a quien pertenecía.
Sabían.
Y cuando los globos rojos comenzaron a elevarse por detrás de los autos estacionados, uno por uno, flotando como sangre fresca.. el horror les arrancó el aliento.
La voz se deslizó entre las sombras, burlona, cantando como si estuviera disfrutando cada sílaba:
—Los perdedooores van a flotaaaar...
Esta vez no escaparaaaan...
Flotaaaar... floooootaaaar
Richie abrazó a Eddie tan fuerte que casi lo levantó del piso. Eddie se aferró a su camisa, escondiendo el rostro en su pecho, temblando. Bill cubrió a Stan con ambos brazos. Beverly se pegó a ellos. Mike Hanlon tiró de Ben hacia él como si pudiera protegerlo con su propio cuerpo.
Los perdedores sabían.
Ellos SABÍAN.
Y los chicos de Hawkins... no tenían idea.
La risa aumentó.
Subió y subió como si el sonido no tuviera techo.
Se escuchaba como metal raspando huesos, como la carcajada de alguien que disfruta del miedo, que saborea el terror ajeno.
Era una risa que no debería existir, una risa que hacía vibrar las paredes del estacionamiento aunque no había nada golpeándolas.
Los globos se agitaron en el aire, chocándose unos con otros como si algo invisible pasara entre ellos.
Will sintió el dolor en su cuello intensificarse, retorciéndose por dentro como si algo lo estuviera jalando desde otro lugar.
—M-Mike... —jadeó, su voz rompiéndose— me duele
Mike lo atrajo de inmediato, envolviéndolo a él y a Jane en un abrazo desesperado.
—Está bien, está bien, estoy aquí. No voy a dejar que nada te toque, ¿me oyes?
Lucas abrazó a Max y a Dustin, instintivamente formando un pequeño escudo humano.
Los dos grupos —dos mundos distintos, dos historias marcadas por el horror— se juntaron sin darse cuenta.
Una sola masa temblorosa, rodeada por globos rojos que ya los estaban encerrando.
Y entonces...
Todos lo vieron.
Allí arriba, en lo alto del centro comercial, una silueta se materializó entre las sombras.
No bajó caminando.
No bajó flotando con gracia como un fantasma.
No.
Fue como si la gravedad dejara de importarle.
Un cuerpo deformado por la sonrisa más antinatural que podía existir se deslizó hacia adelante, y los globos lo acompañaron como si fueran parte de él.
Cuando entró por completo en la luz, se escucharon varios jadeos de horror.
El payaso. El maldito payaso. Con sus globos en la mano. Con su sonrisa podrida. Riendo. Riendo como si su garganta destilara muerte.
Tenía el traje sucio.
La pintura cuarteada.
Los ojos amarillos y brillantes como si acabara de despertarse hambriento.
Y emanaba algo que no tenía nombre.
Un aura fría, pegajosa, enfermiza.
No era solo miedo, era miedo impuesto, miedo metido a la fuerza en sus huesos.
La sensación de estar frente a algo tan viejo que no debía existir.
Algo que veía a todos como comida.
Max dio un paso atrás sin darse cuenta.
Sus rodillas temblaban.
—¿Quw qué MIERDA es eso? —chilló ella.
—¡No es un Demogorgon! ¡NO ES UN DEMOGORGON! —gritó Dustin, histérico— ¡¿Qué demonios está pasando?!
Will sintió un tirón violento en el cuello, como si algo invisible lo jalara hacia el payaso.
Gritó, y Mike lo sujetó con ambas manos.
—¡Will! ¡Will, mírame! ¡No lo veas a él! ¡Mírame a mí!
Pero Will no podía dejar de mirar.
Nadie podía.
El payaso inclinó la cabeza hacia un lado, como un animal curioso.
Y sonrió más.
Los perdedores retrocedieron todos a la vez.
Como si su instinto los empujara hacia atrás.
Eddie empezó a llorar sin sonido, empujando su cara contra el pecho de Richie .Bill no podía respirar bien.
El sabor metálico del pánico llenaba la boca, como cuando Tartaglia se lo llevó.
Su voz salió entrecortada.
—E-está más f-fuerte.. es-esto no es.. no es igual..
Stan no podía hablar; su mandíbula temblaba descontroladamente.
Sus manos estaban frías como hielo.
Mike Hanlon se puso frente a Ben sin pensarlo, como si pudiera protegerlo con su cuerpo del monstruo que los había torturado toda su vida.
Beverly sintió un vacío negro abrirse dentro del pecho.
Un vacío que conocía demasiado bien.
Fue entonces cuando el payaso abrió la boca. No como un humano, no como algo vivo.
Como si la mandíbula fuera de goma.
Como si pudiera partirse en dos.
La voz salió profunda, vibrante, burlona.
—Hooooola, perdedoooreeees...
¿Me extrañaaaaaroooon?
Los perdedores soltaron gritos, no de miedo normal. De terror puro.
Ese terror que no se controla, que obliga al cuerpo a encogerse, que arranca las lágrimas sin permiso.
Algunos de los globos comenzaron a explotar uno por uno detrás del payaso, pero no explotaban con aire.
Explotaban con sangre negra y espesa que chorreaba hacia abajo como lluvia maldita.
Los chicos de Hawkins empezaron a entrar en pánico real.
Lucas gritó:
—¡Mike, qué es ESO, QUÉ ES ESO, QUÉ MIERDA ES ESO!
Mike no podía contestar porque hasta él estaba temblando.
Will hundió las uñas en el antebrazo de Mike llorando y el dolor en su cuello no se detenía, se intensificaba.
Eleven trató de levantar la mano para usar sus poderes pero temblaba tanto que tuvo que bajarla.
Y justo cuando parecía que no podía haber nada peor...
La risa del payaso se detuvo en seco.
De pronto, las luces parpadearon.
Una, dos, tres veces.
Hasta que se apagaron de golpe.
Y entonces Will lo sintió, lo sintió antes que nadie:
Otro dolor.
Otra presencia.
Una que ya conocía, una que lo atormentaba.
Un segundo después otra risa subió desde el suelo, desde las paredes, desde el aire mismo.
El cielo sobre el techo del mall se abrió como una grieta negra, raíces retorciéndose como dedos artríticos buscando carne.
Vecna cayó al estacionamiento sin hacer ruido.
Solo un susurro.
Como si hubiera llegado desde adentro de sus cráneos.
Jane jadeó, retrocediendo. Dustin se cubrió la cabeza, como si eso pudiera protegerlo.
Max no pudo moverse.
Los Perdedores contuvieron el aire al ver al monstruo nuevo, ese que no conocían... pero cuya aura se sentía igual de equivocada que la del payaso.
Vecna caminó hacia ellos, doblando el espacio a su alrededor.
Los postes de luz se torcieron, chirriando.
La realidad se doblaba como si fuera una tela mojada.
Cuando sus ojos muertos se clavaron en Will, este gritó y cayó al suelo de rodillas. El dolor en la nuca, nunca lo había sentido así.
Vecna habló dentro de sus cabezas.
—Y no serán los únicos que floten.. Aquí, en el Otro Lado.. todos flotamos.
Pennywise rió.
Las dos risas resonaron juntas, deformadas, mezclándose en un eco que desgarraba los nervios.
Hasta que silencio. Las luces volvieron. Pero solo quedaron los globos. Ni rastro del payaso. Ni rastro de Vecna.
Entonces explosiones. Todas a la vez.
Los globos estallaron en un coro de gritos horribles, y en menos de un parpadeo, todos los adolescentes —de Hawkins y de Derry— quedaron cubiertos de sangre de pies a cabeza.
La respiración de todos chocó contra el silencio.
Nadie supo qué decir.
Nadie supo qué pensar.
Pero todos, absolutamente todos... supieron que sus pesadillas acababan de unirse.
