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Chile necesita libertad (pero los sentimientos también…)

Summary:

Historiadores saben que entre la batalla de las tres acequias y el desastre de Rancagua, O’Higgins y Carrera hicieron tregua. Lo que los mismos historiadores no saben - y nunca sabrán - es como ella fué, más allá de los documentos.

(POV de Bernardo)

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Chapter 1: Medianoche

Chapter Text

Cae la noche en el campamento militar. Las estrellas decoran el cielo nocturno, los soldados están durmiendo pacíficamente en sus carpas, y la luna sutilmente alumbra la naturaleza alrededor, envuelta de serenidad.

Sin embargo, no fué una noche tranquila para uno de los hombres. El famoso Bernardo O’Higgins está acostado, tieso como un difunto en un ataúd, mirando al techo con los ojos enrojecidos.

— Dios… ¿Qué hice para merecer esto?

Él mira hacia su derecha, para ver de nuevo su fuente de inquietud. José Miguel Carrera está durmiendo en el otro lado del catre, relajado hasta el punto de parecer noqueado, roncando como si quisiera que el terremoto de 2010 llegase 2 siglos más temprano.

Era imposible dormir con ese ruido, pero Bernardo no tenía opción. Con tanta falta de recursos que tenían, Carrera dejó su catre para otro soldado. Pero obviamente, él no podría dormir en el piso, entonces la única solución era que ellos compartieran un catre.

Juntos.

Con el weón de Carrera a dos centímetros de distancia.

O’Higgins se arrepiente de hacer tregua con él, prefería mucho más continuar en la guerra civil que estar aquí. Sacrificaría a toda la madre patria para no vivir esta noche. Él suspira y cierra los ojos. Va a ser un día muy largo mañana, por lo menos debe intentar dormir.

Una voz lo hace saltar.

— Puro chiiile… tu cielo azulaaaao…

Él vuelve a ver a su alrededor, y se da cuenta de que José no sólo ronca, sino también habla – peor, canta – en su sueño.

El tipo continúa.

— … Briisah te cruuzan tamien…

En este punto, Bernardo pensó que era imposible que esta situación pudiera empeorar.

Pensó equivocado.

— … Y tu campo ‘e flooreh bordaaao…

Carrera se mueve

Y se acerca peligrosamente a él.

Ay no.

— … Eh la copia felih ‘eleden…

— Carrera, no te atrevas-

Muy tarde, su brazo cayó encima de Bernardo. Pero no sólo eso, lo agarra, tirándolo más cerca.

Bernardo sonroja, lo empuja al otro lado del catre sin pensar dos veces y le da la espalda, moviéndose al otro extremo de la cama.

Finalmente un momento de paz. El weón dejó de roncar. O’Higgins cierra los ojos.

— … Majehtuoha… la blaanca montania…

Habló demasiado temprano.

Y alejarlo, de alguna manera, no resolvió el problema, viendo como José se gira a Bernardo de nuevo.

No solo se acercó, sino que ahora lo está abrazando de cucharadita.

Conchetuputamare.

Él se gira, empujando a José con las manos, pero era imposible salir de su agarre.

— … que ‘e ‘io por clamahar el senioo…

Claro, con José siendo significativamente más alto y fuerte que él, debería usar otra forma de liberarse… Tal vez con los pies.

Tiene que librarse rápido, porque si José continuará cantando, el agarre será más fuerte. Bernardo está usando su rodilla para empujarlo cuando, de la nada, escucha en la forma más suave posible…

— … No te vayai…

Él para de moverse, hasta conteniendo la respiración.

Eso no es parte del himno…

Con los brazos de José aún envueltos alrededor de él, deja de luchar. La forma de cómo José le habló, la forma como él le agarra, aún si fuese inconscientemente, muestra un lado que Bernardo nunca vió. Ahora no era un general bárbaro, sin sentimientos; era sólo un niño vulnerable, queriendo ser abrazado de vuelta.

O’Higgins suspira, con su mirada cansada volviéndose más suave.

— … Sólo por esta noche, Carrera — murmura él.

Lentamente envuelve los brazos alrededor del general.

Osea claramente no fué por sentimientos.

Claro poh.

Es… Calor corporal. Noches en el sur dan frío.

También era para que él dejase de moverse por muy pendejo.

Obviamente.

No importaba el tipo de excusa que Bernardo hiciera, porque de todas formas, el calor y la comodidad, al estar en los dulces brazos del otro, finalmente lo llevaron a ese sueño tan deseado.

***

Mañana en el campamento. El sol aparece desde atrás de la cordillera, y el cielo azul despertaba de nuevo todo tipo de vida. Los zorzales comenzaban a cantar, el aire ya estaba comenzando a sentirse más cálido, y los soldados comenzaban a despertarse. Junto a esos soldados, O’Higgins también se despierta.

Aún está acurrucado con el mismo tipo que desató una maldita guerra civil contra él.

Se queda completamente tieso por el pánico, igual de rígido como fué al inicio de la noche pasada… Pero se acuerda que José no lo dejó así por el resto de esa noche…

No.

Mierda.

No va a pensar en eso.

Prefiere morir que admitir cualquier weá.

¿Pero qué hay de su dignidad? Él era un hombre tan respetado… ¿Y está así? No. Nopos. No es un hombre de decidirse en algo así. Lo sabe, se conoce bien. Claramente fué culpa de José. Obvio, poh. Bernardo no quería abrazarlo. José lo manipuló para su propio bien, ese egoísta. Quería quitarle su reputación, tiene que haber sido eso, porque Bernardo nunca haría eso.

… ¿Entonces por qué lo sigue abrazando?

Se quita de José como si el contacto lo estuviera quemando, mirándolo con los ojos llenos de odio.

Sinvergüenza.

Bernardo se inclina para el extremo del catre y extiende su mano para abajo, moviéndola de izquierda a derecha hasta que se topa con la bota que estaba buscando.

Agarra la bota y mira atrás.

José parece dormir pacíficamente, con un sonriso que parece de ángeles.

El otro ladea la cabeza, y, por alguna razón extraña, sonríe de vuelta.

Esa no demoró mucho. Si O’Higgins no se va a dejar engañar por un tipo como ese.

Hasta durmiendo Carrera lo está webeando.

… Si estuviera durmiendo, eso sí.

Weón culiao.

Le tira la bota a la cara.

— CONCHETUMARE — fué la única cosa que logró gritar José, al estremecerse y levantarse de la cama en una rapidez impresionante.

— ¡Te lo merecíh por aweonao!

— Y yo que hice?

O’Higgins se quedó en silencio por unos segundos, juzgando a Carrera en silencio. Si las miradas mataran, José ya estaría muerto.

— Sabes perfectamente lo que hiciste — Bernardo responde finalmente.

— Eh, no? Estaba dormido, ¿pensaste en eso?

— No te hagai el weón.

O’Higgins finalmente se levanta del catre.

— Ahora prepárate. — Continúa — será un día largo.