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Debió haberlo sabido antes. A donde quiera que fuera, lo encontrarían. El destino sin duda tenía un sentido del humor que él no alcanzaba a comprender; pero si algo había aprendido de su hermana era que el humor podía ser ácido, afilado y sin perdón… Había pasado tanto tiempo del otro lado del juego del gato y el ratón, que ni siquiera había pensado en la posibilidad de que todo este tiempo había sido el ratón de un gato más grande.
Ni siquiera lo sorprendía para ser sincero. Si lo pensaba un poco más, lo que realmente lo sorprendía era que se hubiera tardado tanto en atraparlo. De hecho, los primeros meses de su exilio había imaginado los tantos escenarios en los que su padre habría enviado a algún asesino tras él, y constantemente el asesino tomaba el rostro de Azula.
Azula, como la guerra, parecía lo único constante en su vida. No podía ser de otra forma. Era complicado pensarla fuera porque tampoco podía recordar un momento en el que no existía. Su madre se había desdibujado, y Azula había seguido ahí. Tenía cinco, ocho, doce y ahora, frente a él, catorce, y seguía siendo ella porque reconocería esos ojos ámbar y la sonrisa siniestra en cualquier lugar. Tenía tres, siete, diez y aún ahora, con catorce, su cabello seguía en perfecto orden.
Su memoria fallaba, probablemente lo hacía porque hacía mucho se había descubierto a sí mismo tratando de recordar y había descubierto que su memoria se parecía más a un cántaro con agua turbia que a una constante flama. Pero aún podía pensar en el pie de Azula entrando al estanque de patos tortuga, su mano tomando el cuello de su camisa mientras lo derribaba con furia y en esa mirada distante mientras subía al barco tras ser exiliado. Zuko había imaginado mil escenarios en los que volvían a verse. En ninguno se encontraban en Ba Sing Se.
Pero ahora estaba ahí, bajo tierra, donde probablemente nadie lo encontraría y todo era su culpa porque no había sabido darle la espalda a una pelea. Estaba harto de huir, se había dicho. En realidad aún tenía miedo y si iba a morir a manos de la Nación del Fuego, la única persona que lo haría pronto sería Azula, eso lo sabía. Estaba ahí, y no podía sentirse tan patético como cuando se encontró en el suelo a los pies de esa campesina de la Tribu Agua —tiene un nombre, se recuerda, había escuchado su nombre alguna vez y debe decirse a sí mismo que ha cambiado, que es mejor, que la conoce como sólo conoces a alguien con quien has luchado en la misma arena pero no puedes preguntar su nombre.
— ¿Para qué te trajeron aquí? —dijo, y podía escuchar sus pasos a su espalda. Ni se había atrevido a mirarla, no desde que la reconoció a la luz de esos cristales—. ¡Ya sé! Adivinaré. Es una trampa… ¡para que cuando Aang venga por mí, por fin puedas atraparlo entre tus garras de maestro fuego…!
Zuko apenas volteó para mirarla por el rabillo del ojo. Estaba furiosa, o eso podía imaginar por el tono de su voz. Zuko jamás había sido bueno para leer a las personas, pero estaba tan acostumbrado a escuchar el sonido de la furia en su propia voz que había sido sencillo imaginar lo que pensaba. De estar en su posición también habría estado furioso, a decir verdad; sólo podía imaginar la frustración de la chica al estar atrapada en esas catacumbas junto a la persona que hasta ahora no había hecho más que complicar sus vidas y lastimar a sus amigos. Comenzaba a entender, y por eso ni se había atrevido a mirarla.
— ¡Eres una mala persona!, ¿lo sabías? —dijo, y algo en su voz lo había hecho encoger un poco—. Siempre nos sigues para cazar al Avatar que es la última esperanza para que este mundo tenga paz.
Zuko permaneció quieto. Si había aprendido algo de su última interacción con Ozai había sido que, cuando alguien está furioso, la única forma de no salir quemado era si te mantenías en silencio. Esta chica no parecía ser el tipo de personas que atacaría por ira, no de la misma forma en que lo haría su hermana al menos, pero aunque supiese que hablar de vuelta no causaría un arrebato… ¿Qué podía decirle, cuando hasta ahora todo lo que había dicho era real?
— ¿Pero qué te importa, hijo del Señor del Fuego? Propagar la guerra y la violencia está en tu sangre.
Y entonces había descubierto que, aunque no se sentía tan furioso como antes, aún había algo dentro de él —quizás el fuego— que había hablado antes de pensarlo dos veces:
— No sabes de lo que estás hablando.
— ¡Ah no! ¡Cómo te atreves! No tienes idea de lo que me ha hecho esta guerra… —y algo en su tono de voz había cambiado, Zuko no quería pensar en la razón de ese cambio—. Sólo yo lo sé…
Zuko había volteado con la intención de gritar, probablemente que él también había sufrido en esta guerra, pero se había detenido al verla. La chica estaba a al menos un par de metros alejada, de espaldas y por su postura podía asumir que estaba llorando.
— La Nación del Fuego me quitó a mi madre para siempre.
Y Zuko había suavizado su expresión. Eso podía entenderlo.
— Lo siento —había susurrado, porque nada más parecía adecuado.
En sus dieciséis años jamás había aprendido qué hacer cuando alguien lloraba.
Azula jamás había sido el tipo de niñas chillonas, ese probablemente había sido él. Pronto había aprendido a aguantar el llanto, a no parpadear para que las lágrimas no se escaparan, a aguantar la respiración para que no saliera ni un gemido, y que una de las sensaciones más desagradables era cuando el llanto se quedaba en tu garganta: se sentía en la garganta, en la mandíbula como un calambre, dentro de los oídos, y aunque duraba unos segundos, ardía lo suficiente para no poder olvidarlo. Era más sencillo si no lloraba. Ozai odiaba cuando lo hacía.
Pero esta chica no era Azula, no era ni siquiera de la Nación del Fuego y lloraba a una madre muerta. Zuko podía entenderlo, por Agni, era lo único que podía entender por completo, incluso antes de su exilio.
Volteó un poco para verla—. Es algo que tenemos en común…
La chica había volteado también y por ese instante en que sus ojos se encontraron, Zuko descubrió algo que no había visto hasta entonces en otra persona que no fuera su tío: compasión. Sintió entonces, por lo que duró ese instante, una extraña comezón y al apartar la vista hizo una mueca, ¿por qué la compasión se sentía como algo indebido? Peor fue la sensación cuando la chica se disculpó.
— Lamento haberte gritado antes… Es sólo que… por tanto tiempo, cuando imaginaba el rostro del enemigo… veía tu rostro… —y no había sido necesario mirarla para saber que tan pronto su mano se había movido a su cicatriz, la chica se había arrepentido de sus palabras—. No… No… No me refería a…
— Está bien. Sabía que esta cicatriz me marcaba… La marca del príncipe desterrado, condenado a perseguir al Avatar para siempre… Pero ahora sé que tengo las armas para elegir mi propio destino… aunque nunca me liberaré de esta marca…
La chica —tiene nombre, se recordó de nuevo, aún no se atreve a preguntar— había dudado un momento, un instante, y entonces de nuevo había hablado. Se había ofrecido a curar su cicatriz con agua del Oasis de los espíritus del Polo Norte; y Zuko había estado tan confundido porque la compasión jamás había llegado a su vida tan sólo porque existía. Entonces había dado un paso hacia atrás pero aún miraba el colgante en su mano con un pequeño frasco que debía contener el agua mágica.
— ¿Por qué estás siendo amable conmigo? —había preguntado porque genuinamente no lograba entenderlo, y porque vivir bajo el mismo techo que Azula y Ozai lo había vuelto un poco paranoico—. No he hecho más que atormentarlos y ahora me ofreces curarme como si los últimos meses no hubiesen existido.
La chica lo había mirado por un segundo y entonces había bajado la mano que le ofrecía el frasco.
— No lo sé.
Zuko entonces había apartado la mirada, no sólo porque era más sencillo, sino porque en el fondo, muy en el fondo, había esperado una respuesta distinta. No deseaba su compasión, no la merecía después de todo lo que había hecho, pero muy en el fondo la deseaba porque en estos últimos meses lo único que pasaba por su cabeza era la pregunta: ¿de verdad estoy haciendo lo correcto? La compasión de la chica debía significar que lo hacía, por lo menos ahora, pero la falta de una respuesta clara sólo podía significar que estaba viendo cosas donde no las había.
La chica debía sentir lástima, era lo que muchos sentían cuando veían su rostro quemado, y si era eso, Zuko no lo quería. La lástima era aún peor porque lo arrancaba de lo único que le importaba después de perder el honor: su dignidad como humano.
Permanecieron en silencio, un silencio incómodo que viene después de una confesión. La chica había tardado unos momentos, tiempo que le pareció eterno, en hablar de nuevo, aún en el mismo tono suave que hacía un rato.
— Pareces diferente.
Zuko había levantado la vista para encontrarla mirándolo todavía—. ¿Qué te hace pensar eso?
La chica se había encogido de hombros—. Todavía no has intentado atacarme. No eres el Zuko con el que peleé en el Polo Norte.
Y sin pensarlo, había respondido—. No.
Pero una vez más: el destino tiene un sentido del humor ácido, filoso y sin piedad. El Avatar y su tío habían aparecido, y poco después también Azula, porque Azula siempre estaba en los peores momentos. Y Zuko nunca antes había sentido que deseaba que las cosas fueran diferentes tanto como en ese instante. Sentía un enojo profundo, su tío lo había traicionado, se había unido al Avatar para buscarlo y aunque lo había encontrado, se sentía traicionado.
Y cuando había llegado el momento, Zuko estaba confundido. Azula no era el tipo de personas que pedía las cosas, era el tipo del que las exigía. Su padre era igual. Zuko nunca había aprendido a decir que no, y aunque lo hubiese hecho, la mitad de su rostro quemado era prueba suficiente de que Ozai no tomaba un no por respuesta, Zuko temía que con Azula las cosas eran igual.
— Me matará —había dicho, porque sabía que era verdad. Ozai ni se lo había pensado para dejarle esa cicatriz en el rostro, ni se lo pensaría para matarlo si volvía con las manos vacías.
— No —dijo convencida, como si en verdad creyera que la posibilidad de que Zuko muriera a manos de su padre fuera imposible, como si no hubiese bromeado al respecto cuando eran niños: “papá te va a matar”, le había dicho antes de la muerte de su abuelo, y ahora ni lo recordaba—. No si demuestras que eres leal.
Pero Zuko acababa de dejar a su tío entre los cristales para correr tras dos niños asustados, y entonces había lanzado su fuego en contra de su hermana. Y si no la conociera, habría jurado que la expresión en su rostro por lo que duró ese instante era de sorpresa, tan sólo para transformarse rápidamente en furia. Zuko no sabía por qué lo había hecho, por qué había lanzado fuego contra su hermana y había buscado los ojos sorprendidos de la chica —Katara, había escuchado al Avatar decir su nombre— inmediatamente después.
Azula volvió a casa tan sólo para ser recibida con aplausos y fanfarria. Había conseguido lo que su tío no había logrado tiempo atrás, había llevado a Ba Sing Se a su perdición desde adentro; había demostrado su gran potencial como estratega militar, como maestra fuego, como princesa de la Nación del Fuego. Y aun así sentía que había vuelto con las manos vacías a casa.
Su padre había mandado a organizar un banquete en su honor, el regreso a casa de la heroína de su nación ameritaba una celebración. La noticia de la muerte del Avatar había viajado rápido, y su padre la había mirado con algo que se parecía lo suficiente a orgullo por sólo un segundo, y entonces había vuelto su mirada a otro lado.
Azula no sabía qué era lo que había esperado —nada, se había dicho aunque sabía que era una mentira—, pero definitivamente lo que había recibido no era suficiente. No una felicitación, ni una pregunta, sólo la promesa de una audiencia con el Señor del Fuego para entregar su reporte de la situación en Ba Sing Se y un banquete en el que su padre se había sentado hasta el otro extremo de la mesa, tan alejado de ella como fuera posible.
Un mes de viaje en ese maldito buque de guerra para una audiencia y que su padre ni la mirara. Y quizás no estaría tan enfurecida si durante todo el maldito viaje no hubiese pensado una y otra vez en cómo su hermano le había dado la espalda y había huido con el enemigo luego de lanzarle fuego.
Su consuelo —aunque no estaba segura si debía tomarlo con alivio o como un último cabo suelto— era que el Avatar debía estar muerto. Cien años de guerra para esto. Y no podía obligarse a sentir algo. Cien años de guerra esperando encontrarlo y eliminarlo. Creía que se sentiría más emocionada cuando sucediera, cuando fuera ella quien lo asesinara, pero sin cuerpo no había pruebas, y sin cuerpo la traición de Zuko se sentía personal. No sólo la había atacado a ella, a su propia hermana; no sólo había elegido a un grupo de extraños por sobre de ella, su propia hermana; sino que la había abandonado una vez más y había vuelto a un palacio donde de nuevo eran ella y su padre… y lo más cerca de él que estaría era separados por esa larga mesa de banquete.
Esa tarde, tras su encuentro con el Señor del Fuego en la cámara de guerra, había caminado de vuelta a su habitación y había tenido que respirar para obligarse a no destrozar todos y cada uno de los retratos donde aparecía Zuko. Había llegado a su habitación sólo para estar sola otra vez, y entonces había deseado volver al frente de guerra. No recordaba qué tan silencioso era, no después de tantos meses fuera junto a Mai y Ty Lee.
Zuko ni siquiera podía recordar cómo habían logrado escapar. Si se lo preguntaban, había sido por pura suerte.
No había logrado interceptar el rayo de Azula, no había sido lo suficientemente rápido, y aunque lo hubiera sido probablemente no habría logrado más que recibirlo en lugar del Avatar porque estaba tan confundido que había sido una sorpresa siquiera que hubiese podido hacer fuego control para ayudarlos a escapar.
Lo que lograba recordar, en cambio, era la mirada de Azula tras atacarla.
Por meses soñaría con ese microsegundo como una pintura congelada en el tiempo: grandes ojos y el miedo más profundo que nunca antes había visto. Azula se parecía tanto a su madre en ese momento, era idéntica a ella con esa expresión dolida, de angustia, de miedo. Zuko deseaba haberlo alucinado, Azula no podía sentir nada real, lo sabía porque una vez su padre lo había tomado del brazo y dejado su mano marcada y cuando él había tratado de contener las lágrimas ella sólo había dicho que era tan sencillo como no sentir. Pero Azula no era la misma niña que lo había visto partir de casa tres años atrás, había crecido, era casi tan alta como él y había parecido aterrada cuando esta vez se dio cuenta de que su hermano se iba por voluntad propia.
Pero por ahora Zuko había decidido pensar en las cosas más inmediatas. Habían escapado en el bisonte —Appa, sí, así había escuchado a los chicos llamarlo— y Katara había pasado un buen rato tratando de curar al Avatar con el agua que horas antes quería usar en su cicatriz. Qué bueno que no la desperdició curando mi herida, se había dicho mientras la miraba curar a su amigo, y la sensación de que verdaderamente había ofrecido curarlo por pena se había hecho más presente. Zuko ni se había atrevido a decir nada desde que habían salido de las catacumbas.
El chico —Sokka, también había escuchado su nombre y lo agradecía porque jamás se atrevería a preguntar— no había estado convencido cuando lo vio salir con Katara de las catacumbas, se había quejado porque ¡Estás loca! ¡Trató de matarnos más de una vez! ¡Te robó el collar de mamá! ¡Katara! Zuko no había dicho nada en su defensa y entendía que por ahora había otras prioridades: el Avatar.
Por lo menos su corazón latía. Por lo menos estaba respirando. Por lo menos no podía mirarlo de la misma forma en que lo había hecho Azula. Por lo menos no podía mirarlo como el tío Iroh cuando decidió abandonarlo. ¡Agni! ¿Qué diablos había hecho?
El viaje había sido silencioso. Sokka había tratado de mostrarse en calma, pero no lo había dejado a cargo de ninguna guardia, al menos no solo. Katara tampoco había dicho nada, y aunque ella no lo miraba con la misma desconfianza sin tapujos que su hermano, sabía que lo observaba cada tanto para asegurarse de que estaba ahí y no haría nada. Zuko no tenía ningún arma de todas formas, si los fuera a matar les daría el honor de hacerlo con el filo de un cuchillo, como muestra de su respeto… era lo único que podía ofrecer de todos modos.
Katara y Sokka habían permanecido juntos, a distancia de un brazo, aunque era difícil estar separados en el lomo de Appa. Zuko había visto con algo cercano a celos la forma en que la chica recargaba su cabeza en el hombro de su hermano, cómo él correspondía con un abrazo, cómo sus hombros se tocaban, cómo se miraban. No podía evitar mirar la silenciosa intimidad entre hermanos, el consuelo en una caricia y en silencio, el llanto por un amigo. Zuko se había cansado de esperar el momento en que Katara sacara el agua de su cantimplora para lastimar a Sokka, en que Sokka lanzara su boomerang a la cabeza de Katara, en que ambos cayeran del cielo porque en un forcejeo habían caído de la espalda del bisonte; pero eso nunca había sucedido, en su lugar —y muy a su pesar—, habían apoyado sus cabezas juntos para dormir.
Las cosas eran diferentes con la nueva, Toph. Era ciega, tenía un sentido del humor ácido, y eso era algo que él sí entendía. Durante el viaje ella se había aferrado a su brazo y había pensado que tal vez era una forma de mantenerlo vigilado; Zuko se había sorprendido sintiéndose aliviado porque si era Toph quien estaba encargada de vigilarlo, por lo menos no lo hacía sentir como un bicho raro. Es porque volar me hace sentir mareada, había dicho, tomarte del brazo es para mantenerme centrada, no te sientas tan especial. Y Zuko casi había sonreído, casi, si le fuera posible sonreír, porque eso en verdad lo había hecho sentir un poco más normal.
Toph había pasado todo el viaje insultándolo de formas ingeniosas, y eso también era algo que entendía. Era como una hermana pequeña, y sin desearlo, se había preguntado si Azula y él hubiesen crecido en un mundo menos roto, ella también se aferraría a su brazo mientras volaban y le inventaba mil apodos. Zuko había descubierto pronto que Toph le agradaba.
Y luego apareció Hakoda con el buque de la Nación del Fuego.
Sin duda entendía su sorpresa, y sobre todo su desconfianza incluso si su hija había explicado que los había ayudado a escapar de Ba Sing Se. Eso no significa que no pueda traicionarte, eso iba sin decirse, y si era sincero, Zuko lo había pensado más de una vez.
Entonces sí, Zuko entendía la desconfianza de Hakoda, la de todos a decir verdad, era razonable. Pero con él, con el padre había algo que no sabía explicar. Zuko había esperado algo cuando descubrió que era el padre de Katara y Sokka, no estaba seguro de qué, probablemente una voz más fuerte, imponente; quizás esperaba un grito, una mano; o tal vez esperaba el llanto de Katara. Instintivamente había retrocedido, algo casi imperceptible, pero su cuerpo había reaccionado por pura inercia. Pero Hakoda había asentido porque aparentemente confiaba en su hija más de lo que desconfiaba de él. Por eso perdían las guerras, se había dicho, porque confían demasiado y no saben cuándo elegir… ¿pero no él también había decidido confiar en estos chicos?
A decir verdad, la desconfianza era mutua. Zuko observaba a Hakoda como se observa a un lobo: si apartas la vista, puede atacar. Zuko lo observaba en busca de colmillos, de una señal, de algo que le demostrara que era un lobo. Pero Sokka y Katara lo miraban con adoración y por alguna razón él los miraba de la misma forma de vuelta. Zuko también había esperado algo, un grito, lo que fuera, pero ese algo jamás había aparecido, no al menos mientras permanecieron en el buque; pero Zuko no había parado de mirar con cautela porque el lobo siempre podía dar la vuelta y morder.
El buque había sido una tortura. Si al volar en Appa apenas había podido dormir, en el buque había sido peor. No había camarote del príncipe, ni el de su tío, pero el uniforme, las banderas, las lámparas, todo lo había hecho despertar más de una vez en pánico preguntándose si estos últimos años habían sido un sueño y aún viajaba en El Eclipse con su antigua tripulación. Pronto había decidido dormir al aire libre, en la cubierta, de todos modos estaba acostumbrado al frío y el cielo nocturno.
Sokka lo había encontrado una vez con la espalda recargada en donde se izaba la bandera de la Nación del Fuego. Se había acercado y lo había mirado por un largo rato.
— ¿Qué quieres? —había dicho sin pensarlo.
Su voz había salido más violenta de lo que esperaba, más amenazante y quizás era porque las únicas amigas que había tenido eran las amigas de su hermana. Zuko nunca había tenido que hacer amigos, nunca había tenido que conversar con alguien y ser amable porque debía agradarle; al menos no hasta que estuvo por su cuenta en el mundo y las cosas habían salido mal. Lee, Jin, Jet… Zuko seguía siendo un adolescente con miedo y cero habilidades sociales.
Pero Sokka se había encogido de hombros—. Nada. —Y se había sentado medianamente cerca frente a él, con la espalda recargada en la baranda.
Zuko lo había mirado un momento tratando de entender qué era lo que quería, por qué estaba ahí, pero nunca había sido bueno leyendo a las personas, no de la forma en que Azula lo era.
— A mí tampoco me gusta dormir dentro —había dicho Sokka y antes de que Zuko pudiera procesar que lo había leído por completo, había vuelto a hablar—. Desde que conocimos a Aang hemos pasado tanto tiempo viajando y durmiendo sobre Appa que es raro no dormir bajo las estrellas…
Zuko era malo hablando, nunca sabía qué decir, así que entonces había decidido preguntar—. ¿Cómo fue?
Sokka lo miró confundido—. ¿Cómo fue qué? ¿Que encontramos a Aang?
Lo pensó un segundo—. ¿Sí?
Sokka soltó un suspiro en el que pareció pensar las cosas un largo momento. Y entonces se encogió de hombros—. Fue pura casualidad. Gran Gran diría que fue el destino… pero a decir verdad, fue Katara quien encontró el iceberg cuando fuimos a pescar —se encogió de hombros—. Supongo que todos tuvimos suerte, eh… Todos estuvimos en el lugar correcto en el momento indicado.
Zuko pensó un momento. El lugar correcto en el momento indicado. Zuko aún se preguntaba qué era lo que lo había llevado al Polo Sur entonces. ¿Por qué ahí? ¿Por qué no al Polo Norte? ¿Por qué? El tío Iroh diría algo parecido: era tu destino estar ahí, el Avatar y tú debían conocerse, pero sólo tú puedes decidir cómo quieres que termine. Era estúpido, porque incluso a miles de kilómetros de distancia, aún seguía pensando en su voz.
Pero eso traía una pregunta que no estaba dispuesto a responder todavía.
— ¿Qué piensas hacer?
Zuko tardó unos segundos antes de suspirar—. No lo sé…
— ¿Vas a volver?
A decir verdad, Zuko había pensado en volver varias veces, no lo diría, pero lo había pensado porque muy dentro de él, cuando miraba a Sokka y Katara con Hakoda, aún anhelaba el amor de su padre y, si era sincero consigo mismo, también de su hermana. Aquí y ahora podría terminar el trabajo de Azula, ahora podría escapar con el Avatar y enmendar mi traición… La fantasía se quedaba en eso, fantasía. Una noche había intentado volverla realidad, había mirado a Aang dormir, este era su momento, pero se había descubierto pensando en lo que dijo aquella vez que lo salvó… “Si las cosas fueran diferentes… ¿Crees que podríamos haber sido amigos?”
Zuko jamás había pensado en volver después de eso.
— No. Mi padre me matará si trato de volver.
Y Azula también. Pero eso no se había atrevido a decirlo en voz alta, al menos no todavía.
Sokka había tratado de no parecer sorprendido ante la nueva revelación, ¿qué padre mataría a su hijo por volver a casa?, pero Zuko agradecía que no hubiese hecho ningún comentario al respecto. En su lugar había dicho:
— Bueno… ahora eres un enemigo de la Nación del Fuego como nosotros, deberías quedarte.
Zuko no había respondido, no sólo porque no sabía qué decir, sino porque Sokka se había puesto de pie y había corrido para alcanzar a su hermana que acababa de salir a cubierta para practicar agua control. Zuko los observó un momento, y se preguntó si era esto a lo que la voz imaginaria del tío Iroh en su mente se refería.
Aang despertó a dos semanas de su escape de Ba Sing Se. Se había visto en un barco de la Nación del Fuego y había visto a Zuko y su primer instinto había sido tratar de atacar aun cuando su estilo de combate era defensivo y claramente aún estaba adolorido y muy mal herido. Zuko no sabía qué hacer, pero sabía qué no hacer: no lo ataques. Y fue hasta que Katara apareció para revelar que estaba a salvo y que Zuko los había ayudado a escapar que pudo calmarse.
— Me alegra que estés aquí —le dijo con una sonrisa.
Sokka entonces había sonreído—. ¡Lo sé! Es genial porque eso significa que no tendremos que buscar a un maestro fuego… ¡Ya tenemos uno!
La expresión de Zuko entonces había cambiado. No había hecho fuego control desde esa noche en Ba Sing Se, no desde que había atacado a su hermana, no desde que había abandonado al tío Iroh. Zuko recordaba la expresión de Lee al descubrir que era un maestro fuego, la expresión de Jet, a las personas de aquel pueblito. Había tenido que respirar profundo para no tener un ataque de pánico por tan sólo pensar en ser un maestro fuego control. Él no lo había pedido, ni siquiera estaba seguro de si podía enseñar, Azula era quien siempre había sido mejor, quien tenía un mejor control; él sólo deseaba volver a la tienda de té en Ba Sing Se.
— No.
Katara lo había mirado confundida—. ¿No?
— No. Lo siento, no puedo —dijo sin pensarlo. No puedo hacer fuego control, no soy tan bueno, no después de lo que pasó allá, no puedo no puedo no puedo. En su lugar, sólo dijo: — Pero te ayudaré a encontrar a un buen maestro fuego. Lo prometo.
Azula ni se había molestado en visitar al tío Iroh. No le debía nada a ese idiota que se había robado a su hermano. Azula lo odiaba, eso lo sabía, lo odiaba porque era débil, porque jamás podría ser tan bueno en lo que hacía como su padre, porque era un cobarde, porque era un inútil por dejar que la muerte de Lu Ten lo cegara. Azula había hecho lo que Iroh jamás podría: tomar Ba Sing Se en venganza por la muerte de Lu Ten. Ahí lo tienes, la ciudad verá arder sus cielos porque tú jamás volverás a casa.
Azula había fantaseado tantas veces con la muerte de su tío en el frente de guerra, que fuera él en lugar de Lu Ten, en un Agni Kai a manos de su padre, cayendo del barco de Zuko, pero él había vuelto y estaba en la Torre Prisión porque no había forma de que terminara en otro lugar. Azula había pensado que tal vez, lo que en verdad deseaba, era matarlo con sus propias manos, con su propio fuego, justo como había hecho con los sapos del canal. Iroh, de todos en su familia, jamás la había entendido y era obvio, adoraba a Zuko porque en él veía a Lu Ten… ¿Qué veía en Azula sino a la niña que jamás había apreciado las muñecas que le enviaba de regalo?
A veces, mientras miraba el techo de su habitación para quedarse dormida, se imaginaba saltando sobre Iroh y cercenando su cabeza. Te llevaste a mi hermano, le diría, me robaste a Zuko, y entonces finalmente podría dormir en paz. Volvería al mar, buscaría a su hermano y ambos volverían al palacio para el funeral de su tío. Azula a veces también fantaseaba con asesinar a su padre. Tú lo exiliaste, le diría, por tu culpa jamás volvió a casa. Pero sabía que su padre jamás dudaría en quemarla como había hecho con Zuko, así que era más sencillo elegir al que no se defendería: Iroh debía morir si quería que su hermano volviera a casa… ¿Para qué? Tal vez para matarlo ella misma, aún no lo decidía.
La verdad era que también había fantaseado con asesinarlo a él. La única vez que casi lo lograba había tratado de ahogarlo en el estanque de patos tortuga, su madre había gritado y la había tomado por la blusa para arrancarla de encima de su hermano. Azula había mirado con asombro cómo Zuko tosía, y por un instante se había preguntado si habría sentido algo si su hermano hubiese muerto en ese momento. No, se había dicho, no sentiría nada. Y entonces había descubierto las cicatrices en sus brazos, en sus piernas. Lo estás haciendo mal, le había dicho, eres un cobarde, pero Azula había robado el cuchillo que le regaló su tío porque si su hermano moría sería por su fuego, y sólo su fuego.
Mai, estaba segura, quería matar a Zuko porque había tenido la oportunidad de volver a casa y había decidido no hacerlo. Mai amaba a Zuko, Azula lo sabía, aunque no de la forma en que probablemente debía hacerlo porque todos sabían que en el momento en que ambos habían llegado a este mundo estaban destinados a casarse. Mai amaba a Zuko, sí, y por eso Azula sabía que en cualquier situación en la que debía elegir entre los hermanos, sin dudarlo lo elegiría a él. Azula sabía que la traicionaría, como todos, elegiría a Zuko porque él significaba un futuro seguro: Mai se casaría, tendría un puesto de poder y su hermano la dejaría hacer y deshacer como le placiera. Azula quería odiarla, pero mientras cepillaba su cabello en silencio sólo podía decirse que debía pensar en la peor tortura para castigarla en el momento en que la traicionara. Debía estar preparada, porque también lo elegirá a él.
Ty Lee era diferente, a veces se preguntaba si estaba ahí porque genuinamente deseaba hacerlo o si era porque era demasiado tarde para zafarse de ella. Como fuera, Ty Lee era un caso aparte: le seguía a ciegas, la abrazaba, la adoraba y siempre tenía esa gran sonrisa en el rostro. Azula se preguntaba si ese también era un elaborado plan para conseguir poder; ser su amiga sin duda alguna le daba estatus, pero Ty Lee nunca parecía aprovecharse de ello. La había visto una y otra vez volver al circo, una y otra vez hablar con chicos demasiado poca cosa para ella como una tonta, una y otra vez volver a ella, una y otra vez soltarlo todo porque Azula le había pedido algo; y aun así, no entendía qué era lo que la motivaba. Azula se decía una y otra vez que no le importaba, pero a decir verdad, le importaba más de lo que estaba dispuesta a admitir.
Los pasillos del palacio la hacían pensar, y odiaba cuando pensar involucraba recuerdos de la infancia y no estrategia militar. Azula piensa en una infancia sepia y no una de un brillante amarillo, sus recuerdos parecen ser filtrados por ese color del papel en que se estampan los bocetos: sepia. Recuerda la fuente, carreras en el jardín, el olor de la cocina, gritos y risas; los pies descalzos en el estanque, correr de la mano con Ty Lee, romper jarrones escondidas con Mai, tomar del brazo a Zuko y reducirlo al suelo, el grito de su madre, el silencio de su padre, a Lu Ten cargándola en sus hombros y al tío Iroh entregándole otra maldita muñeca que terminaría quemada en la basura.
En sus recuerdos Zuko la mira con odio. En sus recuerdos su madre la mira con horror. En sus recuerdos, incluso en los más lejanos, su padre ni siquiera la mira.
No la mira tampoco en la cena, ni cuando le pide que entre a la reunión en la cámara de guerra. No la miró entonces, y no la mira ahora. Azula aprieta sus puños y el fuego se enciende. Suspira y su rostro es otra vez uno que no deja ver absolutamente ninguna emoción.
Zuko agradece cuando están de vuelta en el cielo. La vida en el barco no sólo le traía malos recuerdos, también estaba cansado de cuidarse cada vez que Hakoda estaba cerca. El hombre nunca le había dado razones para no confiar en él, pero Zuko había aprendido a no confiar en aquel a quien llamas padre.
Estaba seguro de que él mismo ya se había percatado del sobresalto cuando levantaba la mano, como un animal que se encoge para evitar el impacto. Estaba seguro de que reconocía esa mirada, sabía que estaba de puntitas cada que él estaba cerca, que no se atrevía a estar sólo con él en una habitación, que sus puños se apretaban cuando Katara y Sokka lo abrazaban casi como si estuviera en guardia para saltar al más mínimo movimiento que le pareciera sospechoso. Zuko agradeció el día que subieron a Appa y se alejaron del barco.
Y entonces lo vio de nuevo.
En su viaje en solitario, en su tiempo huyendo a Ba Sing Se, había visto los estragos de la guerra. Sin duda ahí había entendido por qué las demás naciones y pueblos los odiaban. Niños hambrientos, mujeres desesperadas, hombres moribundos. Ahí había entendido por qué los odiaban.
Zuko había pasado hambre para compartir comida con alguien que claramente lo necesitaba más que él; no lo merezco, se había dicho una vez mientras regalaba su arroz, no cuando he vivido en el palacio. Pero fue aún más doloroso cuando llegaron a la Nación del Fuego, en los pueblos fronterizos. Esa era su gente, la que compartía su cultura, la que creía en los mismos dioses y hablaba su misma lengua materna. Esa era su gente. Y ese podría haber sido él si no hubiese nacido hijo del Señor del Fuego. Ahora lo sabía.
No dice nada cuando conecta los puntos y descubre que Katara es la Dama Pintada, entiende que lo hace para proteger al pueblo, lo hace porque es su forma de devolver algo a las personas y una noche se encuentra con ella. El Espíritu Azul le hace una reverencia y sabe que Katara también ha unido los puntos pero ninguno se atreve a decir nada. Es un secreto, después de todo Zuko tampoco es bueno hablando de todos modos. Por las noches la Dama Pintada y el Espíritu Azul buscan la forma de hacer un mundo mejor, aunque sea a su manera, aunque su ayuda sea insignificante a gran escala pero es algo, y Zuko por primera vez se siente orgulloso de algo que ha hecho.
— ¿Por qué?
Zuko se encogió de hombros cuando escuchó la pregunta—. Merecen algo mejor…
Katara lo miró por un momento, como si estuviera haciendo la nota mental de algo.
— De verdad has cambiado…
Y había algo cálido en su voz. Zuko quería decir que claro que ha cambiado, es obvio, sino por qué seguiría ahí con ellos. En su lugar, dice:
— Creo que lo hice…
Katara no lo dice pero algo en su mirada hace que Zuko entienda: “Quizás algún día pueda perdonarte”; y Zuko no presiona por que ese día llegue. Ninguno de los dos lo sabe todavía, porque es algo que sucede en absoluto silencio y como algo sobre lo que no tienes control, pero será durante esas escapadas buscando el bien de los ciudadanos cuando Zuko encontrará su perdón. No es rápido, ni ruidoso, y sólo lo sabrán hasta mucho tiempo después cuando ambos reflexionen sobre su tiempo huyendo.
Las noches son agotadoras, pero hay algo en ayudar a las personas que parece un bálsamo sobre las heridas de la guerra. Zuko no quiere reconocimiento, sólo quiere ayudar.
Y entonces lo ve por primera vez. La ejecución de un traidor. Es el miedo lo que no los hace revelarse. Es el miedo lo que los hace mantener la cabeza baja, no mirar a los guardias. No sólo son otros pueblos quienes tienen miedo, son ellos también.
Siente la mano de Toph encontrar la suya. Se siente algo cuando las personas están a punto de matar, dice, y Zuko debe apartar la vista cuando escucha el grito. Puede ver la expresión de Sokka, la de Katara, la de Aang y por primera vez en años Zuko no sabe qué decir. Esto lo había visto entre militares, los traidores pagan con su vida, pero aquí sólo había civiles, niños, mujeres, ancianos… Zuko sintió cómo algo se oprime en su pecho, ese pudo haber sido él si no hubiese nacido hijo del Señor del Fuego, ese pudo haber sido él en un mal momento.
Esa noche Zuko llora en soledad. ¿Es esto lo que ser un soldado significa? Zuko no ha llorado en años, ni siquiera puede recordar cuándo fue la última vez que lloró… quizás cuando su padre lo quemó, quizás cuando su madre se fue, quizás cuando Lu Ten murió. Zuko llora y agradece que Toph no le dice a nadie cuando siente las vibraciones de su llanto en el suelo. Se siente algo cuando las personas están a punto de matar. Zuko no sabe si saber eso lo alivia o lo hace sentir más angustiado. También sabe que ha ocultado por tantos años algo que podría matarlo y tiene suerte de ser hijo del Señor del Fuego o ese hombre al que han matado podría haber sido él.
El grupo no habla de nuevo de esa muerte, pero Zuko sabe que algo ha cambiado. Se siente culpable y no sabe por qué. Sokka le ha dicho que no es su culpa, nadie sabía qué harían los guardias, que matarían a un inocente sólo porque pidió más arroz, nadie debe morir de hambre, ¿por qué los dejan morir de hambre?
— Podía haber hecho algo…
— ¿Qué?
La pregunta lo deja sin palabras. “¿Qué?”, porque es verdad, ¿qué es lo que pensaba hacer? Ya no era un príncipe, y aunque lo fuera probablemente estaría encarcelado por traicionar a su padre. No tenía poder, no podía hacer nada. Todo esto de la Dama Pintada y el Espíritu Azul ha sido una ilusión, piensa. ¡No! Porque entonces significa que no hay nada que pueda hacer y Zuko no es de los que se da por vencida.
— Terminar la guerra… —dice seguro.
Más tarde pensaría que fue esa noche en la que se decidió todo. Zuko debía estar con el Avatar y detener a su padre. Zuko pensaría después que esa no era una decisión que debía tomar un niño… ¡Agni! Sólo tiene dieciséis y debía luchar una guerra que él no inició. Pero por ahora piensa en la forma en que Sokka lo mira: grandes ojos azules que lo miran con una adoración con la que nadie lo había mirado.
Pero si Zuko siente calor en las mejillas, prefiere creer que es el calor del fuego en su interior, porque Zuko no se sonroja, menos por culpa de un campesino.
Azula visitó a Iroh una sola vez sólo para decirle que cuando su padre matara a Zuko sería su culpa por convertirlo en un traidor, no se atrevió a decirle que ella lo mataría porque la había abandonado por culpa de Iroh. Padre matará a Zuko y es tu culpa, espero que puedas dormir sabiendo eso. Para su sorpresa el hombre tenía una respuesta y ni se había molestado en mirarla cuando la dijo:
— Moriré sabiendo que mi sobrino es un hombre libre.
Azula había salido más molesta de prisión que antes. Si quería lastimarlo debió haber hablado de Lu Ten, lo sabía, pero no se atrevía a caer tan bajo. Su primo no lo merecía, la había amado y era el único que jamás la había mirado con el odio que el resto de su familia le tenía. No puedo hacerle eso a un muerto, se había dicho, tiene suerte de que ame a Lu Ten más de lo que odio a Iroh.
Al volver al palacio había entrenado en el jardín, cerca del estanque. Eso era lo único que funcionaba cuando estaba furiosa, y estar junto al estanque siempre había parecido agradable; a Zuko le gustaba ahí por los estúpidos patos tortuga, ella no sabía por qué volvía una y otra vez ahí. Esa había sido la primera vez en años que hacía algo en el jardín del palacio. La última vez que había estado ahí entrenando su madre la había separado de su hermano porque Azula seguía golpeando cuando Zuko ya se había rendido. Basta, Azula, lo matarás, basta, basta, basta ya te dije que me rindo por favor me duele por favor para Azula Azula Azula es demasiado si te detienes yo mismo te enseñaré qué sucede cuando tienes piedad papá por favor ayúdame-
Más tarde, antes del eclipse Azula terminará en la Isla Ember junto a Mai y Ty Lee, ganará un juego estúpido de voleibol porque está harta de que Ty Lee siga coqueteando con esos inútiles, irá a una fiesta como una chica normal y terminará incendiando la casa de los anfitriones porque son unos idiotas que lo merecen. Azula estará más furiosa que de costumbre y aun así muestra una cara de absoluta calma; siempre ha sido buena mintiendo de todas formas.
Ty Lee le preguntará si algo ocurre, ¡claro que algo ocurre! Nuestros padres nos han enviado lejos porque no confían en nosotras, ¿qué hacemos aquí? Azula sentirá su fuego arder como nunca y no podrá entender por qué está más furiosa que de costumbre. Mirará el fuego bajo la noche de la playa, y entonces Lo y Li tendrán razón. Azula descubrirá algo y se lo dirá a sí misma mientras ve el fuego arder:
Tengo que matar a Zuko, se había dicho. Esa es la única forma de librarme de él.
Zuko se había descubierto haciendo té para todos cuando tenía oportunidad. A su tío le gustaba el té, y en sus años fuera él había aprendido lo suficiente como para hacer un té medianamente decente. El té se comparte con las personas a las que amas, le había dicho su tío, y la comida; y Zuko había descubierto que las cenas, aunque nada ostentosas, eran agradables en compañía de Toph, Katara, Sokka y Aang.
A veces, mientras cenaban juntos, se preguntaba si en otro mundo su hermana estaba ahí, si Mai, si Ty Lee. A veces deseaba que el mundo fuera diferente. Quizás si el tío Iroh hubiese sido nuestro padre quizás hoy ambos compartirían la mesa, Azula tomaría su brazo como Toph lo hacía, se hablarían de la misma forma en que lo hacían Katara y Sokka y quizás Zuko dejaría de pensar en que le había lanzado fuego a su propia hermana para escapar con un grupo de completos extraños.
Las cosas eran sencillas con Toph. Zuko se encontraba regularmente siendo su acompañante cuando se dividían en grupos, quizás era porque tenía una lengua afilada y había algo refrescante en su forma de ser y decir las cosas sin tapujos. También se encontraba constantemente aferrada a su brazo cuando volaban en Appa, y además era con quien más hablaba. Había algo en ella, probablemente que ella también venía de una familia nombre y complicada, o quizás lo segura que estaba de sí misma, que hacía que Zuko se sintiera tranquilo en su compañía, se sentía entendido. Aunque probablemente también había algo que se parecía a un cariño fraternal: Toph le podía dar algo que nunca había tenido, una hermana que no trataba de asesinarlo. Aunque para ser honestos, Zuko tampoco había sido el mejor hermano, se había ido y había traicionado a su hermana, la había abandonado y Zuko no quería pensar en eso.
Quizás las cosas con Toph también eran sencillas porque ella había llegado después. Ella no había conocido al Zuko que trató de asesinar al equipo, que mandó a una caza recompensas a buscar a Katara con el olor del collar de su madre; Toph sólo conocía al Zuko que liberó a Appa y los ayudó a escapar de su hermana. Pero aunque Toph solía recordarle las cosas horribles que había hecho en el pasado, ella muy seguido mencionaba las cosas malas que había hecho y aún así había decidido que le agradaba y entonces lo insultaba y daba golpes amistosos en el hombro; todos hemos hecho cosas malas, algunos más que otras, hemos robado para sobrevivir, mentido para salirnos con la nuestra, no eres especial, Zuko, todos somos malos en la historia de alguien más. Y para él eso era lo más cercano a una relación fraternal tras la muerte de Lu Ten.
Katara era más complicada, había días en los que parecía agradarle más, y días en los que deseaba que nunca se hubiera unido al grupo. Zuko no la culpaba. Tras todo lo que sucedió con la Dama Pintada y el Espíritu Azul las cosas parecían más calmadas. La chica confía, pero Zuko no puede parar de sentir una opresión en el pecho cada que es amable; sabe que no es porque piense que le tenga lástima, ahora sabe que no, sino que cada que la ve no puede parar de pensar en su hermana. Katara es con Sokka lo que Azula nunca será con ella, y Sokka es para Katara lo que él nunca podrá ser para su hermana y en el fondo, Zuko lo odia todo un poco.
Sokka era, quizás, el primer amigo que había hecho sin que de por medio estuviese su hermana o hubiese un trato político. Él había decidido que le agradaba casi tan pronto como Toph, y Zuko estaba extrañamente feliz porque nunca antes había hecho un amigo de su edad. Sokka era divertido y regularmente se encontraba fascinado por sus estupideces, quizás esto es lo que piensa Azula de Ty Lee, se había dicho; pero también era fascinante pensar que era alguien tan ingenioso. Él había ayudado a construir los globos de guerra, él siempre tenía una idea para salir de los problemas, y la parte que aún pensaba como estratega militar, no podía estar sino fascinado por él. Aunque jamás lo admitiría, suficiente tenían con el ego de Sokka.
Y Aang era un niño tan alegre…
Aang decide ir a esa escuela y él trata de advertirle que es un lugar en el que le mienten a todos los niños de la Nación del Fuego, ahora lo sabe, es propaganda que les enseñan desde pequeños para que puedan seguir con esta guerra. Zuko se pregunta cómo es posible que estas personas sigan confiando en Ozai, en todo lo que les dice el gobierno si están pasando hambre, si pierden a sus hijos por la guerra, si las familias son separadas, si están sufriendo. Zuko entendía el odio de otros pueblos, eran los desplazados, tenía todo el sentido del mundo que odiaran a los colonizadores, explotadores, racistas, xenófobos… ¿pero por qué su propia gente no los odiaba? Zuko no puede creer que es sólo propaganda…
Ahora sabe que también es el miedo.
Aang decide bailar y lo hace con algo que le sabe tan parecido a la libertad. La personalidad de Aang es seductora de una forma peculiar: no puedes escapar de la alegría porque es contagiosa; quizás tiene sentido que sea un maestro aire… ¿Qué es más libre que eso? Escucha los tambores y lo ve bailar, lo ve contagiar a los otros niños de su alegría y él también se contagia un poco.
Zuko quiere pensar también que es porque aún es un niño, porque es el Avatar, es más fácil pensarlo que reflexionar que en un lugar como la Nación del Fuego el miedo te convierte en un cascarón de lo que podías ser. Sabe que alguien como Aang sería castigado en la Nación del Fuego, no hay tiempo para bailar, deben entrenar porque son los futuros soldados de esta nación; no hay tiempo para estupideces; viste la misma ropa, escucha la misma música, lee los mismos libros, usa el mismo peinado, ten las mismas opiniones, el Señor del Fuego desea compartir la prosperidad con otros pueblos, esta tierra nos la prometieron hace trescientos años cuando apareció el primer dagrón, son ellos quienes son los terroristas, quema sus campos y mata a sus niños, usa la misma ropa, escucha la misma música, lee los mismos libros, ten las mismas opiniones, guarda silencio, los adultos están hablando, este es nuestro derecho porque somos el pueblo elegido por el Sol, la comida sólo la tiene quien la merece y es la Nación del Fuego quien la merece, no es un genocidio si es un derecho divino, usa la misma ropa, escucha la misma música, lee los mismos libros, ten las mismas opiniones, el Señor del Fuego te está vigilando. Y Aang es todo lo que Zuko había soñado ser cuando aún estaba su madre.
Katara terminó bailando con él y mientras los niños comenzaban a unirse. Podía entenderla, Aang tenía esa personalidad y era difícil decirle que no…
Zuko sabe que Aang está enamorado, ¿por qué no lo estaría? Katara es una chica increíble y él mismo se enamoraría de ella si tan solo pudiera. Sabe que Aang está enamorado porque Toph le ha dicho que puede sentir las palpitaciones del corazón de Aang, porque Sokka le ha dicho que es vergonzoso ver cómo fingen que no lo saben:
— ¿Te has enamorado antes? —se descubre preguntando luego de que Sokka le dijera que su hermana estaba enamorada.
Sokka se sonroja—. Sí… —dice casi en un susurro—. Mi primera novia se convirtió en la Luna…
Zuko se sorprende, y aunque ha cambiado, sigue siendo ese adolescente con cero habilidades sociales. Lo que dice es:
— Qué duro…
Sokka también habla de Suki. Quemaste su aldea, le dice cuando pregunta por ella y Zuko no sabe cómo sentirse al respecto pero agradece aunque sea un poco que Sokka no elabore en el hecho de que, en efecto, quemó su aldea. Es complicado dice, y él entiende. Con Mai también es complicado.
Lo que no es complicado, aparentemente, son Aang y Katara. Es obvio para todos, pero entiende que están en una guerra y en este lugar no hay espacio para amar, se dice. Hay cosas más importantes, pero sabe que el tío Iroh le diría que no amar en un momento de guerra sería la peor estupidez del mundo. Podrías morir mañana, y qué destino más terrible sino morir sin amar ni ser amado.
— ¿Tú tampoco sabes bailar? —le preguntó Sokka después de unos segundos mirando a Aang y Katara.
Zuko negó con la cabeza—. Al Señor del Fuego le importaba más que sus hijos fueran buenos estrategas y maestros fuego, no los bailes.
Sokka soltó un suspiro—. Es una lástima. En la Tribu Agua los bailes ceremoniales suelen ser parte de la cultura.
— En la Nación del Fuego hay muchas cosas que están prohibidas —dijo sin más.
Sokka lo miró tratando de descifrar si había algo más allá en esa confesión, y Zuko sabe que podría pensarlo una y mil veces pero no encontraría nada ahí. Ha pasado tantos años ocultando todo que ha perfeccionado el arte de no autoincriminarse.
Pero es verdad, en la Nación del Fuego hay muchas cosas que están prohibidas, y los bailes definitivamente son una de ellas. No sirve para nada, le diría el maestro privado de la familia real, bailar es una pérdida de tiempo. No ganas la guerra bailando. Pero desde que conocía a Aang pensaba que tal vez, sólo tal vez, sí podías ganar una guerra bailando.
— ¿Quieres que te enseñe?
Zuko negó, quizás por miedo, se dijo a sí mismo que era porque no le importaba.
— ¿Es porque ambos somos chicos? —preguntó Sokka.
Zuko se tensó.
— No.
Y se había puesto de pie porque de pronto necesitaba aire.
Después de eso creyó que las cosas se pondrían raras, pero Sokka parecía muy tranquilo. Seguía con sus chistes malos incluso cuando habían tenido que huir del pueblo porque habían sido descubiertos. Sokka seguía entrenando con él, las cosas seguían normales, y entonces habían conocido al maestro Piandao.
Zuko se había dicho a sí mismo que no estaba celoso. Lo había visto entrar a esa casona y algo se había apretado en su pecho. Él podía enseñarle, no era el mejor maestro fuego, pero sin duda alguna era un espadachín decente. Había aprendido muy chico el arte de las espadas dobles, había pasado al menos medio año defendiéndose tan sólo con las espadas y sus puños y Sokka aun así había deseado aprender de Piandao. Zuko había querido decir algo, pero había permanecido en silencio y aceptado que, aunque llevara años aprendiendo el arte de las espadas, Piandao era el mejor espadachín del mundo.
Sokka había vuelto con una espada hecha con la roca del meteorito, le había obsequiado un trozo a Toph para que sintiera al menos algo de lo que habían visto la noche en que cayó a la tierra. Y a él le había entregado una pequeña daga. Zuko estaba sorprendido, pero Sokka tan sólo había dicho que era un obsequio, después de todo él había sido su primer maestro en el arte de las espadas. Más tarde Zuko se enteraría que fue ahí cuando Sokka había decidido que quería a Zuko de compañero de vida, un guerrero de la Trubu Agua del Sur no le obsequia un arma a cualquiera a menos que le esté ofreciendo su corazón. Pero por ahora Zuko sólo sabe que ese obsequio es especial.
Zuko había decidido no pensar demasiado en eso, después de todo tenía cosas más importantes en qué pensar —como en dónde encontrarían a un maestro fuego—, pero había guardado la daga. Y le había dicho a Sokka que reconocía esa ficha de Pai Sho que le regaló el maestro Piandao: “El tío Iroh tiene una igual”.
Zuko quería creer que las cosas habían mejorado, al menos entre ellos. Y entonces habían conocido a Hama.
Katara no había hablado por días después de que descubrió la sangre control. Zuko estaba seguro de que la había escuchado llorar una noche, y sin pensarlo, sin saber qué hacer, se había acercado. Katara no había dicho nada, pero no había ocultado sus lágrimas, y Zuko había estado en silencio.
— Sé el maestro de Aang —dice de pronto—. Llevamos meses aquí y todavía no hemos visto un maestro fuego…
Zuko sabe que es porque todos están en el frente de guerra, no encontrarán ningún maestro fuego. Pero no quiere decir la verdad. En su lugar dice que tras estos meses no se siente lo suficientemente enfadado como para que su fuego control sea bueno, no sabe cómo crear el fuego de otra forma que no sea el enojo porque aprendió que el fuego es ira, es poder y odio, algo que desea dejar atrás si es que quiere terminar esta guerra. Dice eso porque es más fácil que admitir que no cree poder crear una sola llama sin pensar en la cara de horror de su hermana. No puede conjurar ninguna llama, porque Azula había parecido tan asustada al descubrir que su hermano estaba dispuesto a usar su fuego en contra de ella.
Es algo que esperaría de su padre, ¿pero él? ¿Él también podría quemarla? Y a Zuko le aterra pensar que, por más que Azula lo odie y él desee odiarla, no puede hacer lo mismo que su padre.
— Conseguiré al mejor maestro fuego.
Azula sabía que habría una invasión el día del eclipse. Su padre lo sabía porque ella había conseguido la información. Había alertado al Señor del Fuego por dos sencillas razones:
a) quizás, sólo quizás, su padre la miraría si era útil;
b) y Zuko estaría ahí con el Avatar.
Azula se había convencido de que la principal razón por la que era esencial tener un plan de contingencia para esa invasión era porque esa sería su oportunidad para asesinar a Zuko. Se lo merecía por traicionarla en Ba Sing Se, se lo merecía por abandonarla, se lo merecía por desaparecer tres años y ni una sola vez enviar una maldita carta, por las cicatrices en sus brazos y el cuchillo que había decidido esconder, porque mamá lo quería más que a ella… porque otra vez la había dejado sola en ese maldito palacio con el maldito hombre que ni siquiera se molestaba en mirarla a los ojos. Azula siempre había sabido que esto terminaría con uno de los dos muertos, y aunque no podía mentirse hasta lo más profundo de su ser, todos estos años se había convencido de que el hermano débil era quien debía morir. Y Azula se había esforzado por no mostrar debilidad.
De esa forma había ideado el plan: ocultarse en el búnker subterráneo, la maestra tierra ciega lo encontraría, contaban con eso. Y si no sucedía así, Zuko no era tan estúpido como para creer que su padre los estaría esperando en el palacio, sabía del búnker, a él se le ocurriría.
Y el plan había salido a la perfección. Azula los había encontrado en los pasillos a punto de dirigirse hasta su padre, eran predecibles, o quizás ella era demasiado lista. Pero en el grupo faltaban dos. Estaba la maestra tierra ciega, el Avatar, el campesino y faltaban dos: la campesina y su hermano. Azula había sentido el fuego arder en su cuerpo incluso cuando el sol estaba oculto, había sentido la opresión porque su hermano no estaba ahí.
— Veo que mi querido hermano no está con ustedes —dijo ocultando su furia. Por lo menos mentir siempre se le daba bien—. ¿Acaso no estaba emocionado por tener una reunión familiar?
Había visto los rostros de los tres cambiar, había algo diferente y se sintió un tanto asqueada cuando se percató de que los tres se habían encariñado con él. Tenía que matar a Zuko, en verdad debía matarlo. Se sorprendió especialmente cuando descubrió que a quien más le molestaba de los tres que hablase de su hermano fue al campesino, y entonces reconoció algo en esa expresión que ella misma se había esforzado en ocultar.
Cuando era niña su hermano la había descubierto mirando de esa forma a Ty Lee. Estaban sobre su cama, su amiga trenzaba su cabello pese a sus protestas porque una princesa nunca lleva el cabello de esa forma; y aun así se había quedado quieta mientras Ty Lee cepillaba su cabello porque así sería más fácil. Había hecho una trenza y Azula se había preguntado por qué ese tipo de caricias sólo podía obtenerlas de Ty Lee y no de su madre, ¿no se suponía que son las madres quienes trenzan el cabello de sus hijas?
Ty Lee había hecho la trenza y le había mostrado el listón con el que había atado la punta. La hice en forma de mariposa, así te ves muy linda, Azula, y entonces ella había sonreído, de las pocas sonrisas genuinas que solían aparecerse en su rostro. Ty Lee entonces se había inclinado, había acariciado su mejilla y Azula aún a día de hoy no sabe qué fue lo que la llevó a terminar de acercarse.
Recuerda sus labios, suaves, tibios, y la sonrisa al separarse. Azula guarda ese recuerdo en el fondo de su memoria, muy al fondo porque las veces que piensa en ello algo muy muy adentro le recuerda que llorar es para débiles, que llorar sólo lo hacen los perdedores y Ty Lee la hace sentir más de lo que ella desea sentir. Aun así guarda ese recuerdo en amarillo, está por cumplir doce y la primera vez que besó a alguien no fue a su prometido —que para ser honestas se podía ir al carajo, ningún matrimonio arreglado le quedaría a la altura, por lo menos eso lo entendía su padre—; recuerda las mejillas sonrojadas de su amiga, la forma tan suave en que la mira y por lo que dura ese instante, todo está bien.
Fue entonces cuando lo vio. Zuko estaba en la puerta de su cuarto, sorprendido y en cuanto se había percatado de que Azula lo miraba, había caminado a prisa. Azula no recuerda qué pasó después con Ty Lee, probablemente le dio una cachetada, espera no haberlo hecho porque no quiere manchar el recuerdo con su ira. Lo que recuerda es que pensó en matar a Zuko, le diría a su padre y él la asesinaría; pero Zuko no había dicho nada, no a su padre, no a Ty Lee, y definitivamente no a ella. Pero recuerda la mirada, sorpresa, y después nada. Sólo silencio.
Azula puede reconocer en ese campesino lo mismo que reconoció en Ty Lee aquella noche, y el fuego se enciende de nuevo porque este idiota decidió entregarle a su hermano algo y eso sólo lo lastimará. Es peor cuando la furia del chico toma lo peor de él y responde:
— Zuko no está aquí porque tiene una misión más importante.
Es eso lo que enciende por completo la flama, la consume y Azula debe recordarse que ella es perfecta y no puede dejar que sus malditas emociones dirijan las decisiones que toma. Aun así aprieta los puños, el estúpido de su hermano no está ahí porque fue por su tío. Zuko fue a buscar a Iroh y los pensamientos homicidas de Azula llegan al límite. Una vez más, su hermano decidió que había alguien más importante que ella; una vez más se había quedado esperándolo, y aun así duele más de lo que está dispuesta a aceptar. Zuko decidió salvar a alguien que no es ella porque no hay nada que salvar después de todo. Esperaba eso de su padre, pero no de su hermano.
Así que Azula se vuelve cruel. Habla de esa chica, esa Guerrera Kyoshi que está en prisión. Habla de la tortura y aunque la maestra tierra ciega y el Avatar intentan convencer al campesino de que sólo lo está provocando, el chico ataca. Azula vuelve a estar en control. Matará a su hermano cuando termine con ellos, y entonces la maestra tierra ciega toma al campesino y salen del búnker.
Azula de nuevo está sola.
Su padre podrá cuidarse solo. Pero más le vale a Zuko cuidarse él.
Llegar a la prisión le toma el tiempo suficiente para que el eclipse pase. Puede ver al bisonte alejarse pero sabe que Zuko no se irá sin Iroh. Su hermano es un maldito traidor, pero sólo con ella, siempre con ella, siempre con ella. No dejará a Iroh, y Azula lo odia todavía más porque sabe que a ella la avandonaría sin pensarlo.
Se encuentran mientras está tratando de escapar en un globo de guerra porque el maldito traidor de su tío por primera vez lo abandonó. ¿Qué se siente, Zuzu? ¿Saber que la persona en quien confiabas te ha abandonado?, desea preguntar, en su lugar está furiosa y grita.
— ¡Eres un maldito traidor!
Azula ya había visto a Zuko, había visto su cicatriz y aun así algo en su pecho duele porque su padre ha hecho eso. Pero Zuko no se pone en guardia para atacar con fuego, saca sus espadas y eso toma por sorpresa a Azula.
— ¿Qué? ¿No vas a usar tu fuego otra vez? Vamos, Zuzu, ya me atacaste en Ba Sing Se, no seas cobarde… porque eso sería peor que ser un traidor…
— No quiero pelear —dice.
Eso sólo enfurece a Azula y sin titubear su fuego se enciende. Otra vez tienen ocho y diez, Azula ha quemado la camisa de su hermano, Azula lo tiene en el suelo, Zuko está llorando porque su padre ha quemado su brazo. Y entonces él desvía el ataque. Su fuego es débil, muy débil incluso para Zuko.
— ¿Acaso perdiste tu fuego, Zuzu?
— No quiero pelear, Azula.
Azula vuelve a lanzar el fuego. Zuko vuelve a desviar.
Azula siente algo en el pecho, algo muy cercano a un sentimiento porque siente su garganta tensarse al igual que su mandíbula. Por primera vez en muchísimos años Azula desea llorar y no sabe por qué. Quizás es porque Zuko no la está atacando, quizás es porque está frustrada después de todo esto, o quizás es porque sigue pensando que su hermano eligió a Iroh en lugar de a su propia hermana.
— ¡Eres un maldito traidor! —grita, por primera vez fuera de control, quizás por eso su fuego está disperso— ¡Eres un maldito traidor! ¡Me abandonaste en Ba Sing Se! —se traga las lágrimas y escupe fuego.
Zuko se ha quemado, lo sabe, y aun así se rehúsa a atacar. Azula quiere matarlo, quiere matarlo porque es un traidor y la abandonó y su madre lo quiere más y Iroh siempre la ha odiado y su padre la odia y Mai la odia y su propio hermano la odia. Quiere matarlo quiere matarlo y el maldito fuego no hace lo que ella quiere porque en el fondo sólo quiere que él también la vea. Zuko tuvo a Iroh, ¿a quién tiene ella?
Sabe que Zuko la descubre, lo sabe porque es un idiota, pero ha crecido con ella, debe haber reconocido algunas cosas.
— Azula… —escucha su nombre y es el tono más suave en el que ha pronunciado su nombre en años—. No quiero pelear contigo…
— ¡¿Entonces por qué estás de su lado?!
Zuko suelta las espadas, y por un segundo Azula no sabe qué hacer. Puede ver los ojos acuosos de Zuko y ella se niega a llorar. Es un cobarde, es un traidor, es el peor hermano del mundo. Azula no piensa llorar.
Y entonces la ve. Ahí está esa maldita campesina porque claro, está ahí con Zuko porque a ella la eligió antes que a su propia hermana. Azula grita, escupe fuego y alguien tiene que morir aquí.
— ¡Tú! ¡Me robaste a mi hermano! —grita y por primera vez lo ha dicho en voz alta.
Azula la odia porque sin esa sucia campesina su hermano habría vuelto con ella, estarían en casa, en el palacio y no estaría sola con su padre. Sabe que Zuko la odia, debe hacerlo, y aun así, algo muy muy dentro de ella desea que no sea así. Pero los sentimientos son para débiles, para estúpidos, no para Azula.
Entonces lanza un rayo.
Lo dirige a la maldita campesina porque si alguien va a morir, será ella.
Sin embargo Zuko lo anticipa, intercepta el rayo y antes de desviarlo pierde el equilibrio. El rayo impacta sobre su pecho y entonces sólo puede escuchar un grito, no sabe si ha sido ella o la campesina. Azula jamás olvidará el rostro de Zuko cuando impacta el rayo en su pecho. No es miedo, sabe eso, es algo parecido a resignación.
Azula no puede hacer nada cuando ve a su hermano caer. No se mueve cuando la campesina toma su rostro, cuando el cuerpo de Zuko se sacude, cuando siente sus propias lágrimas caer. Escucha el nombre de su hermano, escucha pasos de guardias y ni se mueve cuando la campesina arrastra el cuerpo de su hermano al globo de guerra para huir.
No puede detenerla.
Azula siempre había fantaseado con matar a su hermano. Incluso había tratado de ahogarlo en el estanque cuando eran niños. Voy a celebrar que me convertiré en hija única. Ahora está segura de que jamás olvidará el rostro moribundo de su hermano.
Zuko despierta en las ruinas de un templo de los Nómadas Aire.
Toph está a su lado cuando lo hace, y es la primera en abrazarlo porque no puede morir, no ahora, no nunca. Toph no es el tipo de personas que llora muy seguido, en eso se parece a su hermana, pero ahora está llorando porque está vivo y por un momento creyó que no despertaría.
El resto del grupo también se alegra al verlo despertar. Katara no puede aguantar sus lágrimas porque la salvó de ese rayo y Zuko sabe que lo haría una y otra vez porque eso es lo que haces por tus amigos. Y entonces se descubre pensando que es verdad, ellos son sus amigos ahora y Zuko sabe que recibiría mil rayos por cualquiera de ellos si tuviera que hacerlo —aunque claro, preferiría evitarlo—. Aang está alegre y pronto comienza a hablar, a presentar a los nuevos niños que están en el grupo.
Y luego está Sokka, quien aún parece que ve a un fantasma—. No puedes morir todavía.
Es lo único que le dice, pero por la forma en que pone su mano sobre su hombro sabe que hay más que todavía no se atreve a decir.
No recuerda mucho del viaje en globo, sólo recuerda a Katara avivando el fuego, usando su agua control para curarlo. El daño no fue tan grave como con Aang porque Zuko había estado a punto de desviar el rayo. Zuko quiere convencerse de que ha sido porque su hermana jamás podría matarlo, pero a estas alturas, lo duda incluso él.
Lo que recuerda, sin embargo, es a su hermana gritando su nombre.
Cuando eran niños Azula siempre había sido violenta. El recuerdo más frecuente de su infancia era uno donde Azula lo tenía en el suelo y no paraba de golpearlo hasta que Lu Ten los separaba. Ella había dicho que no había sabido cuándo parar aunque él había llorado hasta casi quedar inconsciente. Pero luego había muerto Lu Ten y Azula jamás se había atrevido a hacer algo parecido.
De hecho, si lo pensaba un poco más, otro recuerdo frecuente era el de la daga que le había obsequiado su tío. Por mucho tiempo Zuko se había preguntado qué sucedía al morir, aún se lo preguntaba, pero entonces había deseado tanto no existir porque el mundo parecía mejor sin él: Ozai lo odiaba, su madre había desaparecido, Lu Ten estaba muerto, Iroh no estaba en casa, y su hermana ya había tratado de matarlo. Parecía sencillo, un corte y ninguna cosa por la qué preocuparse, pero Azula lo había descubierto.
Nunca la había oído gritar de esa forma, tampoco la había visto llorar. Azula no era una chillona, ese era él. Aun así había gritado y llorado ante la idea de que su hermano mayor podría morir. Después de eso había perdido su daga.
Ese grito y ese llanto no se comparaban en lo absoluto al sonido que escuchó a su hermana emitir en el momento en que el rayo lo impactó. Recuerda su rostro borroso, horror total, una expresión que no sabía que su hermana era capaz de hacer, y después las manos de Katara.
Zuko pasará años recordando esa tarde no sólo porque ahora tiene una cicatriz en el pecho, sino porque es difícil olvidar el dolor con el que su hermana le había gritado que la había abandonado. Zuko sabía que lo había hecho, pero hasta ahora había tratado de convencerse de que Azula no había sentido nada.
Esos primeros días mientras Zuko mira su pecho vendado piensa que su familia le ha dejado las cicatrices más feas. Una vez Sokka le dice que eso es lo que hace la familia, a veces sólo sabes lastimar porque eso es todo lo que esta guerra les ha dejado, Zuko piensa que son niños, no deberían estar peleando esta guerra que no iniciaron.
Y sobre esta guerra, Zuko está más convencido que nunca. Debe terminar porque sólo así el mundo será libre, él será libre, sus amigos serán libres… y Azula también…
Le ha prometido encontrar al mejor maestro fuego al Avatar, se lo ha prometido a él, pero su tío no estaba en prisión, no estaba por ningún lado y Zuko no sabe qué más hacer porque no tiene otra forma de cumplir su promesa. Desea tanto que termine la guerra, lo desea por su hermana, por sus amigos, por su tío, por él... ¡Agni! Necesita que esta guerra termine porque está cansado de alvergar todo el odio en su corazón. Así que toma una decisión: terminará esta guerra cueste lo que cueste. Son niños, pero son ellos los únicos que pueden terminar esto.
— Seré tu maestro, Aang. Te enseñaré fuego control.
Azula no puede dormir por tres noches seguidas. Cada que cierra los ojos ve a su hermano interceptar el rayo y caer inconsciente al suelo.
No le dice a Mai ni a Ty Lee, pero esta última sabe que algo está mal. Si Azula no estuviera tan distraída pensando en que probablemente asesinó a su hermano, podría darse cuenta de que Ty Lee la mira consternada, de que ha pasado dos días en el palacio y ella sigue ahí. No es hasta que Ozai llama a una audiencia en la cámara de guerra que reacciona.
Su padre aún no sabe que ha matado a su hermano —por favor que no esté muerto, por favor que no esté muerto, por favor que no esté muerto—, y por primera vez no quiere que lo sepa porque sabe que celebrará y Azula cree que vomitará si confirma la sospecha de que su padre estará feliz cuando Zuko muera. Y quizás no sólo lo ha dicho porque la avergüenza, sino porque querrá arrancarle la cabeza a Ozai si celebra la muerte de su primogénito.
Pero su padre quiere hablar de estrategia militar, Ba Sing Se ha caído pero se han levantado grupos guerrilleros. Azula dice que hay que quemarlos a todos, no le importa realmente lo que suceda con la ciudad, pero necesita pensar en otra cosa que no sea en Zuko moribundo.
Todo ha sido su culpa, si esa campesina no hubiera estado ahí, si Zuko no hubiera interceptado el rayo. Azula quiere matar a esa chica, al chico de la Tribu Agua para que entienda qué se siente ver a tu hermano moribundo. ¿Es esto lo que sintió el mundo al recibir la noticia de que el Avatar había muerto?
Azula creyó que sentiría otra cosa si asesinaba a su hermano. Celebraré que estoy a punto de convertirme en hija única. Pero sólo se sentía miserable.
Zuko enseña a Aang aunque está adolorido, necesita terminar esta guerra y si el Avatar no controla el fuego lo antes posible, no sabe lo que hará.
Pero están en problemas. Zuko sigue adolorido y su fuego se ha debilitado porque hace meses que no se siente furioso y no conoce cómo hacer fuego control sino desde el odio. Y luego está Aang, que se rehúsa al fuego porque ha quemado a Katara y eso lo puede entender. Zuko también tiene miedo, él tampoco quiere destruir y lastimar, el fuego lo ha lastimado lo suficiente y él ha lastimado a las personas con el fuego, pero esto va más allá de ellos y Zuko no puede rendirse, no ahora, no porque piensa en su hermana gritando su nombre, no porque su padre los ha lastimado a todos y tiene que parar.
Entonces Toph sugiere que busquen a los primeros maestros y conocen a los Guerreros del Sol. Zuko piensa que cuando eran niños Azula había imaginado que el Sol se apagaba si cerrabas los ojos durante suficiente tiempo; y si era sincero, aún no sabía qué le sucedía al Sol cuando cerraba los ojos. Debía seguir ahí, se había dicho, no era suficientemente importante como para hacer desaparecer el Sol. Y de todas formas se encontraba preguntándose lo mismo que Azula se había preguntado tantos años atrás. ¿Qué será del sol cuando cerramos los ojos?
Zuko baila con Aang, conoce a los dragones y tiene una visión multicolor del fuego. Y Zuko entiende que el fuego ha sido vida, ha sido creación, protección y calidez. Zuko reconoce el fuego de Azula pero también el suyo y el de Iroh y vuelve con los demás sabiendo que el fuego es todo lo cálido que hay en el mundo. Y entonces puede enseñar a Aang.
Zuko le enseña pese al dolor, pese a las protestas de Katara y Sokka, pese a que Aang le pide que no se esfuerce demasiado. Zuko está acostumbrado a llevarse al límite, sabe que se debe a los años de duro entrenamiento en el palacio, pero también porque no sabe más que sentir obsesión cuando se propone algo. Quizás es igual a Azula, porque la recuerda de niña entrenando hasta que sangraban sus puños.
— No tienes qué probar nada —le dice Sokka una noche.
Zuko lo mira porque reconoce esa consternación porque Katara también lo mira así, pero aquí hay algo más suave, algo que lo hace detenerse un segundo y sentarse junto a él para preparar té.
Sus palabras resuenan en su cabeza mientras prepara el té, y sin pensarlo dice:
— Tú tampoco —y hay una pausa.
Sokka suspira con falso desdén—. Ya veo… estás tratando de cambiar el tema. Pero para tu mala suerte soy el experto, y tú un mal mentiroso.
Por primera vez en mucho tiempo sonríe de forma genuina. Le duele el pecho, le duele todo, pero cuando Sokka sonríe de vuelta sabe que está vivo, agradece que está vivo y entiende algo muy especial. Está feliz de estar vivo en ese instante, junto a sus amigos. Quizás a eso también se refería el tío Iroh: mereces vivir, piensa, y por primera vez lo cree.
— No ayudarás a Aang si estás agotado.
Zuko lo mira porque lo sabe, sabe que no podrá salvar a nadie si no termina de recuperarse, que si se sigue esforzando tanto sólo empeorarán las cosas, pero también sabe que si su hermana piensa que lo ha asesinado, Azula hará alguna estupidez. Lo sabe. Han sido un par de extraños desde hace mucho tiempo, pero sabe que la Azula que lloró en el instante en que creyó que terminaría con su vida sigue ahí.
— No podemos perder el tiempo —dice esta vez con la seriedad de un militar, porque en el fondo sabe que no sólo empeorarán las cosas con el Señor del Fuego.
También su hermana se está quedando sin tiempo.
Un par de días después descubre a Sokka tratando de robar a Appa.
— ¿Vas a algún lado, Sokka?
El chico grita porque no esperaba verlo ahí y cae de espaldas. A Zuko le sorprende que el ruido no haya despertado a los demás.
— Bien, me atrapaste. Iré a rescatar a mi padre. ¿Estás feliz?
Zuko se lo piensa—. Nunca estoy feliz —pero últimamente eso no es verdad.
— Escucha… Tengo que hacerlo —dice Sokka mientras levanta las cosas que tiró al caer de Appa—. Lo de la invasión fue mi idea. Fue mi decisión quedarnos cuando las cosas iban mal. Es mí error y ahora tengo que repararlo.
Zuko baja de la silla de Appa y se para frente a él.
— Debo recuperar mi honor.
Tiene una idea suicida y Zuko no puede dejarlo ir solo. Se dice que es porque él conoce la locación de la prisión, pero sabe que es porque no puede fallarle a nadie que sea importante para él una vez más; omite el “a alguien que ame”, porque Zuko no piensa en el amor.
Tomaron el globo en que llegó con Katara tras el fracaso de la invasión, le dejó una nota a Aang para que siga entrenando, tienes que poner todo tu empeño, no podemos perder esta guerra. Y entonces habían partido para salvar a la no novia de Sokka, aunque ¿por qué otra razón estaría arriesgando su vida sino porque en efecto era su novia? Zuko decidió no preguntar no sólo porque no era asunto suyo, sino porque algo le había dicho muy adentro que si preguntaba y recibía una respuesta que no deseaba, el dolor en su pecho se haría más grande.
Pero Sokka había hablado de todas formas—. Es complicado… quizás en otra vida… en otro momento…
Zuko asintió. Es una sensación parecida a lo que sucede con Mai. Zuko la ama, lo sabe, pero quizás en otra vida podría amarla como un esposo ama a su esposa.
— Sé a lo que te refieres…
— ¿En serio? —preguntó sorprendido.
Suspiró y entonces habló—. Desde que era niño sabía que estaba comprometido. Ozai quería que el siguiente Señor del Fuego se casara a una familia con buenas conexiones políticas y militares… y la madre de Mai ya era amiga de mi madre…
— Oh…
Zuko guardó silencio un momento—. Pero no creo amarla como debería…
Sabe que Sokka lo observaba de esa forma en que sólo lo hace cuando desea saber algo pero no se atreve a preguntar. Y Zuko ha guardado tantos años esto, ha empujado los deseos y el miedo tan profundo que ni siquiera él puede alcanzarlo cuando es necesario. Pero Sokka no lo presionó a hablar, y Zuko agradeció que el resto del camino se decidiera por contarle la historia de cómo Yue se convirtió en la Luna durante su encuentro en el Polo Norte.
Ya en prisión las cosas habían sido medianamente fáciles hasta que lo detuvieron y en el interrogatorio había aparecido Mai.
En definitiva el destino tenía un sentido del humor que Zuko no lograba entender.
Zuko había estado seguro de que lo mataría en cuanto lo viera, así que había sido una sorpresa que todavía no tuviera una shuriken en la cabeza o una daga clavada en la pierna. Aun así, en cuanto la había visto cruzar la puerta había sentido que lo invadía una profunda culpa.
— Abandonaste a tu hermana, eso puedo entenderlo… —la vio apretar los puños—... Pero a mí ni siquiera me dejaste una nota… Creí que era algo cercano a tu amiga…
Zuko sintió el fuego en su interior hacerse pequeño, estaba avergonzado por no haberse despedido, y peor aún, Mai también le estaba reclamando por Ba Sing Se.
Supuso entonces, por la reacción de Mai al contarle que se ha unido al Avatar, que Azula no le ha contado nada. No sobre que peleó junto al Avatar el día del eclipse, y no sobre el rayo que casi lo mata. Eso último es una sorpresa, porque aún desea creer que su hermana no ha sentido nada, incluso cuando sigue repitiendo en su cabeza ese rostro horrorizado y su nombre como un grito aterrado. Zuko aún quiere creer que su hermana lo odia, aún quiere creer que si la mira tratará de golpearlo hasta dejarlo inconsciente, pero sabe que la ha escuchado gritar asustada al verlo sangrar antes y no puede seguir mintiéndose.
El momento de la verdad llegó cuando la vio acercarse usando su fuego en el teleférico. Lo matará, quiso creer, terminará lo que ha empezado, y Zuko se dice a sí mismo que si muere a manos de su hermana, no puede dejarla creer que la odia.
Azula se siente tanto aterrada como aliviada cuando descubre que Zuko está en prisión y tiene que volar hasta allá para verlo con sus propios ojos. Necesita que su hermano no esté muerto, por favor, por favor que no esté muerto.
Para su sorpresa esta vez está con el campesino.
Llega junto a Ty Lee al teleférico y se encuentra con su hermano en el techo. Esta vez hay algo diferente —todo es diferente con Zuko últimamente—, parece cansado, adolorido y sobre todo, sabe que aún debe estarse recuperando del rayo —no pienses en eso ahora, Azula, tienes que terminar lo que iniciaste, Zuko debe morir, debe morir, debe morir, merece morir.
Su hermano está en guardia junto al campesino y algo parece conectarse finalmente.
Azula no deja ver su sorpresa cuando descubre que es él. Observa la forma en que se pone al frente, protegiendo con su cuerpo, cómo sus ojos están atentos, cómo su concentración se agudiza. Es él.
Piensa por un momento que desea matar a ese idiota. Si muere la maldita maestra agua sabrá lo que se siente perder a un hermano. Azula lanza el fuego para atacarlo, porque debe morir, debe morir, debe morir.
Y Zuko responde con fuego. Es mucho más fuerte, decidido, es un fuego más cálido y descubre que hay algo diferente en su forma de pelear: está seguro, ha conseguido a un nuevo maestro. Aún parece lastimado, adolorido y se ve muy muy flaco y ojeroso, pero ha encontrado algo que reavivó su fuego y Azula quiere estar furiosa pero muy dentro de ella está agradecida porque su hermano está con vida. Todavía no se ha atrevido a decir nada, no puede, ¿qué debería decirle? Pero Zuko tampoco ha dicho nada y eso sólo la hace sentir peor.
— ¿Vas a matarme ahora? —dice Zuko finalmente.
Sus palabras son veneno y entonces lanza fuego contra ese campesino porque es más fácil si no dice nada. No puedo hacerlo, piensa, es mi hermano. Azula quiere gritar, pero escupe fuego a ese chico que tiene la mala suerte de estar en medio de una pelea familiar.
Mira al chico de la Tribu Agua—. Él lo hará —y de verdad lo cree.
Los sentimientos no sirven para nada, es por eso que ahora no puede pensar con claridad, ella lo sabe. Nada bueno ha salido de tener un corazón y sabe que el amor no es algo que llega a su familia sólo porque sí. Ese estúpido campesino tiene algo especial, muy especial y Azula quiere matarlo antes de que crezca, antes de que destruya a su hermano, antes de que se note y su padre se entere y no pueda hacer nada porque son iguales y no puede dejar que siga vivo porque arruinará todos sus planes… Los van a descubrir, los van a descubrir, los van a ejecutar…
— No quiero pelear, Azula…
Y ella siente el fuego—. Eso no lo decides tú —y esta vez el fuego es más intenso.
Zuko baja los puños—. Entonces tendrás que matarme.
El campesino y la Guerrera Kyoshi han dejado de pelear, Ty Lee no se ha atrevido a decir nada pero ha volteado horrorizada y Zuko la está mirando, en serio la está mirando porque de pronto todo se ha vuelto en su contra. Azula decide que prefiere cuando Zuko ni siquiera la miraba, esto es más horrible que saber que su hermano la odia, porque en este instante sabe que su hermano cree que su odio es lo suficientemente grande como para asesinarlo.
Azula lo mira y decide que lo hará, pero tiene seis y ocho y tiene sus manos en el cuello de su hermano y están en el estanque y lo está golpeando hasta dejarlo inconsciente y está sosteniendo el cuchillo que le obsequió Iroh. Azula lanza el fuego al techo de la cabina y deja salir un sonido de frustración. Quiere matarlo, tiene que matarlo pero tiene doce y lo vio partir en ese barco y tiene catorce y lo está mirando con horror tras impactarlo con su rayo y tiene ocho y no para de gritar porque eso es demasiada sangre y su hermano no puede morir porque sin Lu Ten sólo lo tiene a él y si muere ¿quién estará para ella cuando papá decida odiarla también?
El chico está por caer y Zuko olvida todo. Olvida la pelea con su hermana y lo ayuda a subir de vuelta al teleférico. Azula mira a Ty Lee, quizás por pura inercia, quizás porque el momento de debilidad de su hermano la arrastra a ella también y debe saber si ambas han logrado ponerse de pie cuando la canasta se tambalea.
Azula pierde el equilibrio por un segundo y eso le da el tiempo suficiente a su hermano para ayudar al chico. Ella ve a Ty Lee subir de vuelta al cable y entonces grita.
— ¡La línea se va a cortar! —Ty Lee la mira y no sabe si su rostro está aterrado porque teme que el teleférico caiga o porque sabe que matará a su hermano.
Pero Azula la ignora.
— ¿Crees que quiero hacerlo? ¡Papá me matará si no lo hago!
Ty Lee la mira con horror, y puede ver que observa la otra cabina acercarse, tienen que huir, Azula debemos huir ahora.
Y entonces Zuko la mira con algo cercano a la lástima, o al menos eso cree.
— No si vienes con nosotros.
Escucha al campesino y la Guerrera Kyoshi negarse de inmediato, están en una pelea, están a punto de caer al agua hirviendo y todavía deciden quejarse porque su hermano la está invitando a huir con él. Deben pensar mejor sus prioridades, piensa, pero quizás ella también porque mira en su lugar a Ty Lee. Está confundida, la mira porque es hora de irse y entonces la cabina se vuelve a mover.
Mai está ahí, con sus cuchillos y ha vuelto a encender los motores, no caerán y entonces mira a Ty Lee. Allá está Mai, y aunque confía en sus habilidades, sabe que no será suficiente.
— Ayúdala.
Ty Lee duda, mira a Zuko una última vez y casi puede ver que le está rogando que sea amable con su hermana, y entonces la mira a ella. Dura sólo un segundo, como si estuviera dudando si abandonarla o seguir sus órdenes, y entonces salta a la cabina que va de vuelta. Ty Lee la mira mientras se aleja y por lo que dura ese instante Azula le ruega a todos los dioses del panteón del Fuego que las cuide porque Ty Lee la eligió y Mai, ¡Agni!, Mai sigue ahí. No puede creer que dudó de ellas, de su lealtad, pero después de perder a Zuko no sabía si confiar o no. Siguen ahí, siguen ahí, siguen ahí. Las voces en su cabeza se han equivocado y Azula sabe que debió preguntarles si eran reales o una alucinación.
Azula nunca admitirá que quiso llorar cuando vio a Ty Lee volver para ayudar a Mai, ella no es una chillona, no como Zuko.
Cuando llegan al otro lado no se atreve a moverse, el campesino está gritando, el líder de la Tribu Agua dice algo sobre devolverla con el alcalde, no puede estar aquí, es la enemiga, es muy peligrosa. Pero Zuko la mira.
— Ven con nosotros.
— No soy una traidora.
Zuko la mira. Agni, odia que la mire así.
— Pero eres mi hermana…
Y por alguna razón que no logra entender todavía, les revela dónde atracó su globo.
Sokka, con justa razón, fue el primero en negarse a que Azula los acompañara.
— Quizás necesitas que te lo recuerde, Zuko… ¡Pero tu hermana está loca! Trató de matarte.
Zuko miró a Azula quien aún parecía confundida porque haber tomado la decisión de ir con ellos claramente le causa dolor físico, quizás está pensando en Ty Lee, se dijo, pero volvió a mirar a Sokka. Hakoda y Suki estaban no muy lejos y sabía que ellos tenían sus propias opiniones al respecto —aunque no muy distintas a las de Soka, eso era seguro—. Azula no es como él, y claramente ha hecho cosas horribles, sin contar que aún siente el dolor en su pecho de su último encuentro, pero Zuko sabía mejor.
Tiene diez y tiene doce y Azula lo mira como si la hubiese abandonado. Lo ha hecho, lo sabe, pero sabe que si vuelve a hacerlo, si Azula vuelve con Ozai sin su cabeza o la del Avatar estará muerta. Y Zuko se dice que no puede permitirlo.
Soka suspiró—. Está bien. Confío en ti… Tui y La saben que haría exactamente lo mismo por Katara.
Fue Soka quien convenció a su padre y Suki de que Azula iría de vuelta con ellos, de todas formas necesitaban su globo de guerra y si venía con ellos nadie se atrevería a disparar porque nadie se atrevería a hacerle daño a la princesa. Zuko se estremeció un poco ante el título. Toph sería insoportable porque ahora a ambos los llamaría “princesa” porque era su apodo favorito para él, y no sabía como sentirse ahora que Azula descubriría que así era como se había estado refiriendo a él. Espera que no la mate, no sabrá que hacer entonces.
Hakoda había puesto su mano sobre su hombro y Zuko había tenido que mantener todo el control del mundo para no alejarse o estremecerse en el momento en que vio su mano acercarse. Y por la forma en que Azula miró al hombre en cuanto levantó la mano, sabía que ella también tendría problemas para adaptarse a la presencia de este hombre; no era su culpa, era porque se habían acostumbrado a un padre que levantaba la mano sólo para ordenar y quemar. Pero Hakoda había puesto su mano sobre su hombro para preguntarle si debían confiar en esta chica, en su hermana y, a decir verdad, Zuko no estaba seguro; no obstante, sabía algo: no dejaría que su hermana volviera con Ozai, no porque sabía que hacerlo sería un suicidio.
— Bien —había dicho el hombre.
Zuko había caído en cuenta de que Hakoda confiaba en él, no sabía cuándo había sucedido, pero confiaba en él lo suficiente como para dejar de lado su desconfianza sobre su hermana. Hakoda confiaba en él lo suficiente como para no discutir su decisión de traer a Azula, y eso sólo lo hacía sentir culpable porque Zuko todavía no podía confiar en él lo suficiente como para bajar la guardia. No es como Ozai, se había repetido; pero si era un padre, y existía la mínima posibilidad de que lo fuera —incluso si jamás le había dado razones para creerlo—, no podía bajar la guardia, menos ahora que Azula estaba con ellos.
Katara se había alegrado cuando vio a su padre bajar del globo, e inmediatamente se había arruinado cuando vio a Azula. Le había lanzado agua sin pensarlo dos veces y Azula había encendido sus puños sin pensarlo dos veces. Aang y Toph habían tomado su lado, sin duda y Zuko no los culpaba. Él había tenido que ponerse al medio para mediar las cosas y explicar que su hermana se quedaría con ellos por ahora.
Azula había sonreído de esa forma siniestra en que lo hacía, había dicho algo sobre lo patéticos que eran y había apagado su fuego para sentarse en la fuente como oferta de tregua.
— ¿Qué demonios hace aquí? ¡Nos encerró a mí y a Toph! ¡Intentó matarnos a Aang y a mí! ¡Casi te mata a ti también! —gritó Katara, sabía que Azula la escuchaba, después de todo no estaba tan lejos.
Zuko suspiró, estaba cansado de explicar que lo sabía, que sabía que su hermana le había lanzado un rayo pero él había decidido tomarlo porque no permitiría que la matara. Sabía que debían estar furiosos, quizá aún creían que todo esto era un elaborado plan para capturar a Aang y después llevarlo ante el Señor del Fuego, reclamar el trono y cualquier cosa horrible que se les ocurriera. Pero Zuko no sabía cómo explicar que, aunque su hermana decidiera traicionarlos, no podía permitir que volviera a la Nación del Fuego, no después de que la noticia de que no los había detenido y había huido de la prisión de La Roca Hirviente hubiese llegado a Ozai.
Sokka entonces se había puesto de su lado.
— Chicos… Si Zuko decidió traerla es porque de verdad confía en ella, y yo confío en Zuko.
Katara entonces había hablado—. ¡Claro que estás de su lado!
Y algo en su tono no le había gustado. Azula entonces se había puesto de pie, como si estuviera cansada, pero estaba seguro de que había sido porque a ella tampoco le había gustado el tono en la voz de Katara.
— ¿Por qué los mataría? —dijo de vuelta con ese tono de voz en calma, calculado—. Ya traicioné a mi padre al venir con ustedes, no gano nada matándolos.
— Eso no me da ninguna razón para confiar en ti —dijo Toph volteando en su dirección.
Azula miró entonces a Aang—. ¿Y tú no vas a decir nada?
Aang hace una mueca, ¡Agni! Zuko sabe lo mucho que detesta el conflicto, y aun así habla.
— Zuko te quiere aquí. Confío en Zuko, no en ti.
Katara habló de nuevo entonces. Había enumerado las cosas horribles que Azula le había hecho hasta entonces; y Zuko no sabía qué más decir. “Algún día podré perdonarte”, piensa en las palabras no dichas de Katara y aunque teme que haber traído a Azula la haga arrepentirse de su decisión, decide no cambiar de opinión.
Es más tarde, cuando ambos se encuentran solos cocinando, cuando Katara está preparando algo de comer y él está haciendo té, que decide decir:
— No estoy pidiendo que la perdones. Sólo te pido que confíes en mí.
Katara lo mira por unos segundos, como si tratase de decidir si confiar en él la hacía estúpida o si valía la pena. Al final ella asiente, lento, no muy convencida.
— Si intenta algo extraño, si hace algo mal, si toca una sola vez a Aang… la mataré, Zuko.
Y no lo duda. Katara nunca ha hecho una amenaza que no fuese a cumplir, Zuko lo sabe. Y antes de que pueda detenerse, decide estar de acuerdo aunque sabe que jamás podrá hacerlo:
— Si lo hace, la mataré yo mismo.
Azula no puede pegar un ojo durante la primer semana. Piensa que en cuanto cierre los ojos alguno de los nuevos amigos de su hermano la apuñalará. Quizás será el campesino con su espada, o su estúpida hermana con un cuchillo hecho de agua, aunque tal vez también lo haga la maestra tierra ciega con alguna estalactita. A veces todavía cree que será Zuko, despertará para encontrarlo sobre ella con sus espadas y eso será lo último que verá. Pero su hermano duerme tranquilo junto al Avatar. Zuko es un idiota por estar aquí. Y ella también por haberlo seguido.
Azula pasa los primeros días evitando al jefe de la Tribu Agua del Sur, no le tiene miedo, pero una nunca puede ser lo suficientemente precavida.
Ve a sus hijos acercarse a él sin miedo, los ve abrazarlo y lo descubre tratando a su hermano con una cercanía que resulta poco familiar. Ve a su hermano alejarse del hombre, hacerse pequeño cuando está cerca, quitarse del medio cuando lo ve pasar; Azula se pregunta si eso es lo mismo que ella hace, probablemente sí porque la única relación que conoce con los padres es una donde si hablas demasiado terminas quemado. Azula no confía en el hombre, no confía en la forma en que abraza a sus hijos, no confía en que trate a los demás niños con amabilidad, que quiera tratarla a ella y su hermano con calidez; no confía porque eso debe ser una artimaña para hacerlos bajar la guardia y morder en cuanto tenga la oportunidad. Azula no confía en él, conoce a los padres, a los adultos, a los hombres, y todos le han dado la espalda. Sólo es tiempo para que este lo haga también.
La campesina de la Tribu Agua la odia, eso lo sabe, igual que la Guerrera Kyoshi, y Azula está satisfecha con eso. Qué bueno, se dice, porque las odio también. La guerrera un día le dice que ha lastimado a sus amigas, que ha quemado su pueblo, que ha ensuciado el nombre de las Guerreras Kyoshi y Azula decide que la odia porque una guerrera no se queja de sus desgracias.
A la campesina la odia sin que haya dicho nada. Por su culpa casi mata a su hermano, por su culpa su hermano la abandonó en Ba Sing Se, por su culpa los últimos seis meses ha tenido los peores días de su vida. Azula la odia porque no puede entender por qué su hermano no dudaría ni un momento en salvarle la vida cuando interceptó ese rayo, y Azula la odia porque sabe que su hermano jamás haría eso por ella.
También la odia porque tiene un hermano, el idiota al que Zuko mira como si hubiera colgado las estrellas en el cielo, y este no la odia. Mira con desdén cuando sus hombros chocan, cuando empuja juguetonamente a su hermano, cuando sonríe de sus chistes estúpidos, cuando hace el almuerzo y ambos se sientan juntos para charlar. Azula odia cada pequeña interacción, cada momento que le recuerda que ella en su lugar habría golpeado, pateado y mordido; odia cada segundo en que ambos ríen y odia más saber que esa maldita chica es quien le robó a su hermano porque si no fuera por ella, probablemente estarían en el palacio comiendo juntos a la mesa en lugar de este horrible arroz mal cocido.
La chica le dice una vez que tiene suerte de ser la hermana de su amigo —claro que habla de Zuko, y ella quiere arrancarle todos y cada uno de sus cabellos— porque de otra forma ella misma la habría matado mientras duerme. Azula sonríe de esa forma despiadada porque eso le parece algo sensato, algo real, no como la estupidez de jugar a la familia perfecta con su padre y hermano; así que también está loca, se dice, y da la vuelta porque ha perdido demasiado tiempo escuchando a una campesina.
Con el chico es similar. Puede ver cómo se tensa cuando está cerca, sabe que la odia porque casi mata a su hermano; y a decir verdad no lo culpa, respeta cuando un guerrero odia a quien casi mata a alguien importante. Si ese campesino la matara, la verdad es que lo entendería. Venga a la persona que amas. Aquí tienes el corazón de tu hermana, jamás podrá lastimarte otra vez. Sabe que el chico intenta por el bien de Zuko, que trata de hablar pero Azula no quiere nada, desea estar sola, desea volver al palacio, desea que su hermano vuelva con ella, desea que su vida sea como antes de toda esta mierda.
Azula se descubre observándolo con atención porque desea entender qué es lo que su hermano ve en él. Quizás porque no puede entender que un príncipe valore alguna cosa que este inútil tiene; o quizás porque la ha tomado por sorpresa lo mucho que ambos se parecen como hermanos. Es por eso que no dijo nada sobre ella y Ty Lee, es por eso que no ama lo suficiente a Mai. Tiene sentido que sea un marica —o esa cree que es la palabra que ha escuchado a su padre usar para hablar de los hombres como su hermano—, que sea un llorón, que sea demasiado sensible, que la maestra tierra ciega lo llame “princesa”, pero eso también la convierte a ella en algo parecido… ¿cuál es la palabra para nombrar lo que es ella?
Si su hermano se convierte en el nuevo Señor del Fuego es probable que elimine la pena de muerte para la sodomía, Azula no sabe si eso es lo mismo para ella, pero algo adentro, muy adentro, se siente aliviada al pensar en que su hermano legalizaría eso —se llame como se llame.
Escuchará al Avatar decir el nombre correcto una noche. Será extraño porque todo surgirá por una conversación sobre el año nuevo y el campesino y su hermana terminarán explicando algo sobre una tradición de la Tribu Agua del Sur. Es una danza, una invocación, y entonces:
— Sucede antes de las fiestas de año nuevo —dirá la campesina—. Es también cuando se celebran todas la uniones del mismo sexo. Se celebran así porque se cree que cercano al año nuevo los Espíritus Guías bajan a la tierra y es cuando pueden bendecir todas las uniones.
El Avatar parecerá poco sorprendido—. Me alegra saber que no sólo los Nómadas Aire aceptaban la homosexualidad.
Azula notará que Zuko se pone incómodo igual que ella, y notará también la forma en que parecerá repetir mentalmente la palabra que ha dicho el Avatar. “Homosexualidad”, es eso, es esa la palabra.
Por ahora, Azula pensará todavía en tracionarlos.
Lo que juega un papel importante en su decisión que por alguna razón Azula le agrada al Avatar, como si no lo hubiese matado por unos segundos hacía unos meses. El niño es muy alegre y siempre que va a entrenar con Zuko le pregunta si quiere acompañarlos, me vendría bien la enseñanza de otra maestra fuego, así aprenderé más rápido, pero Azula se niega porque no puede creer que Zuko quiera practicar con él y con ella se venga negando desde que él tenía nueve. Es porque eres muy brusca, se dice y sabe que es verdad; por otro lado cree que es porque Zuko la odia.
Azula no puede creer que ese niño haya causado tantos problemas, es un tonto, infantil, despreocupado y parlanchín, no puede creer que su hermano no lo haya atrapado desde la primera vez. Azula no sabe si a él también lo quiere matar, probablemente sí tan sólo para que termine el drama con su padre y puedan volver al palacio de una sola vez. Sin embargo entiende por qué su hermano decidió no hacerlo, es lo suficientemente divertido. Por eso vale la pena dejarlo vivo.
Todavía hay momentos en que piensa traicionarlos, lo sabe, muy muy en el fondo aún lo piensa. Puede matar a su hermano y sus amigos mientras están dormidos, puede secuestrar al Avatar y tomar el globo de guerra. Su padre no la matará si lleva la cabeza del Avatar y la de su hermano. Pero se dice también que es demasiado trabajo. Tendría que matar primero a la mestra tierra ciega, despúes a la campesina y al final a su hermano. Tendría que matar a los adultos, al campesino, a los demás niños, a la Guerrera Kyoshi y después al Avatar. Es demasiado trabajo, se dice, pero no se atreve a pensar que son más que ella y la matarán antes de que le ponga un dedo encima al Avatar. Tampoco se atreve a pensar que su hermano se ve tranquilo durmiendo sobre el pelaje de ese bisonte. Azula dedice que no los traicionará por ahora, aunque tenga todos los medios para hacerlo.
Y luego está la maestra tierra ciega. Toph. Ella le agrada de inmediato. Azula se estaría mientiendo si cree que una de las razones por las que no los traiciona todavía no es que Toph le agrada bastante. Nunca desperdicia una oportunidad para burlarse de los demás, nunca desperdicia una oportunidad de recordarle a todos lo grandiosa que es, nunca desperdicia una oportunidad para hablar mal de sus padres. Toph es la única que se acopla a ella pronto, y se descubre pronto sentándose junto a ella en la cena mientras espera a que Zuko tome su lugar junto a ella. Además, Toph parece adorar a su hermano también; pronto entiende que a quienes más apodos les tiene, es a quienes más aprecia o por lo menos con quienes más congenia. A Zuko lo llama “princesa” de vez en cuando, a ella “su majestad” en un tono sarcástico y a Azula, contrario a la creencia popular, le parece divertido.
Cuando Toph está cerca, cuando la ve tomando del brazo a Zuko o riendo de forma escandalosa junto a él, se pregunta si esos podrían ser ella y su hermano si el mundo hubiera sido más amable con ellos. No sabe la respuesta, pero sabe que siente alivio cuando Toph no sólo elige a Zuko, sino también a ella. En el fondo Azula sabe que le agrada porque nunca ha tenido una hermana y Toph es lo más cercano a eso. Una hermana que no la odia, a una a la que no trata de asesinar, una hermana con la que no debe competir por el amor de nadie.
Toph confía en ella, de una forma extraña al menos. La niña sabe que es una mentirosa muy buena, y aun así ha decidido confiar. Enséñame a mentir así, le dice una vez, eres muy buena. Azula decide pronto que no la quiere matar. Toph le agrada, lo suficiente como para llamarla por su nombre.
Azula también puede ver que su hermano ha cambiado. Su fuego es más intenso, más ardiente y no sólo es que ha practicado durante todo este tiempo, sino que parece estar menos enfadado que antes. Azula no recordaba que su hermano era capaz de sonreír, y había algo en el sonido de su risa que era extraño; no recuerda la última vez que la había escuchado, pero pronto se da cuenta de que es un sonido que le agrada. Azula se pregunta qué habría sucedido si hubieran tenido otros padres, quizás ella estaría menos furiosa, quizás sus deseos homicidas serían menores, quizás Zuko reiría más seguido, quizás Azula también lo haría y quizás no tendría alucinaciones sonoras cada tanto. Pero el mundo es el que es, y Azula se descubre deseando que sea distinto.
Zuko se siente culpable porque Katara ha tomado distancia desde que llegó Azula. Y a decir verdad tiene miedo de que las cosas vuelvan a ser como antes. Zuko teme que sus amigos le den la espalda, que Katara vuelva a odiarlo.
— No te odia —le había dicho Toph—. Sólo tiene que acostumbrarse.
Sokka por otro lado había comenzado a relajarse cuando estaba Azula. Había pasado un mes y entonces Hakoda había partido para reunir a sus tropas junto con Haru, Teo y El Duque, ellos habían vuelto a montar a Appa. Eran siete ahora, Aang no se había atrevido a decir que Appa se cansaba significativamente más que cuando sólo eran cuatro, pero había sido lo suficientemente amable como para sugerir que acamparan cerca de la costa, ahí estarían a salvo y podrían descansar.
Zuko sabía que sin la presencia de Hakoda las cosas serían menos tensas. Había visto a Azula sobresaltarse cuando el hombre estaba cerca, o quizás había sido su imaginación, pero sabía que Azula no quería nada que ver con él; lo entendía, él también había estado muy tenso los primeros días que pasó en el barco porque no estaba acostumbrado a la presencia de un padre que no lo odiara.
Pero las cosas habían seguido tensas, especialmente con Katara que encontraba cualquier oportunidad para recordarle a Azula lo mucho que la odiaba, lo mucho que no confiaba en ella. Zuko no deseaba que la perdonara, si no era lo que deseaba, no quería presionar a nadie para formar una amistad porque así no era como funcionaban las cosas; pero estaba cansado de verlas ponerse en guardia a punto de atacarse casi a diario. Katara era quien siempre cedía, Azula se calmaba más por presión que por otra cosa.
— Estás siendo injusta.
Katara entonces se voltea furiosa—. ¿De qué lado estás, Zuko? Aparece tu hermana y te salva una vez en la prisión… ¡Bien! Sólo te recuerdo que por su culpa casi mueres.
Zuko observa como Azula mira hacia otro lado cuando ha dicho eso. Te apuntó a ti, quiere decir, pero no se atreve a hacerlo porque eso sólo empeorará las cosas. Quiere decir que entiende que esté molesta con su hermana, pero él no ha hecho más que buscar ayudar desde que se les unió. Estás siendo injusta, sí, porque decidiste desquitarte también conmigo. En su lugar dice:
— ¿Qué puedo hacer, Katara?
Si Katara fuera maestra fuego, Zuko sabe que habría podido sentir las llamas, pero no es así. En su lugar ve su expresión, ve cómo mira a su hermana y entonces grita furiosa.
— ¡¿Por qué no pregunta ella?! ¡Es ella quien ha tratado de matarnos!
— No eres mi amiga, ¿por qué tendría que hacer algo por ti?
Zuko hace un sonido de frustración.
Katara lo mira de nuevo—. ¿Quieres saberlo? ¡Bien!
Se acerca de forma peligrosa y si no fuera porque sabe que no lo atacará, se pondría en guardia. Puede ver cómo Azula se prepara.
— ¡Tal vez podrías decirle a tu hermana que regrese Ba Sing Se al Reino Tierra! —su rostro se acerca al suyo y Zuko da un paso atrás—. ¡Oh, ya sé! ¡¿Por qué no le pides que me regrese a mi madre?!
Y entonces los deja solos. Azula sigue en esa posición de ataque pero se mueve cuando Zuko la mira. Ambos permanecen en silencio y entonces ella habla:
— Podríamos buscar a quien mató a su madre —dice con tranquilidad, como si no estuviera sugiriendo una cacería—. Si recuerdan la bandera, será fácil encontrar la división.
Zuko quiere decir que eso no funcionará, que Katara la matará antes de hablar de su madre y entonces piensa en Sokka. Él le dirá, lo sabe.
Son los invasores del Sur. Azula sabe cómo encontrarlos y toman su decisión incluso cuando el Avatar y el hermano de la campesina no están de acuerdo.
Zuko dice que no puede dejar a Azula, y ella decide tomarlo como un cumplido. No puedo dejarte sola con ellos. No confío lo suficiente en ti como para asegurar que no intentarás nada extraño, iba sin decirse. Azula decide que es más fácil pensar que la llevan en esa misión estúpida porque ha sido ella quien tuvo la idea, es más fácil pensar eso que admitir que está agradecida de no tener que separarse de Zuko otra vez, menos sentimientos y esas cosas estúpidas que se dice una y otra vez que no caben en su pecho.
El viaje es incómodo, nunca antes había volado en un bisonte —claro, si no contaba cuando salieron del templo— y nunca antes había pensado que era algo así de incómodo. Zuko, por otro lado, parece relajado, pero ha sido lo suficientemente listo como para no dejar a Azula sin supervisión.
Aún puedo tirar a esta campesina desde el cielo, piensa, seguro no tardará en morir si lo hago al sobrevolar por tierra. Zuko es un estúpido si cree que no lo hará, pero para su sorpresa descubre algo familiar en el rostro de la campesina: está decidida, desea matar a ese hombre para vengar a su madre y eso es algo que Azula entiende. Se dice que desea ver cómo termina todo esto, que desea saber qué hará en cuanto encuentre al hombre, las tantas formas en que lo asesinará; se dice que no la tira del cielo sólo porque será más entretenido saber qué sucederá después, claro, eso es más fácil que admitir que todo este numerito le hace sentir cierto grado de respeto por la chica.
Y entonces, en el barco, por primera vez la ve hacer sangre control. Katara se mueve de forma tan elegante, movimientos precisos, sin miedo, en completo control… El hombre no tenía una sola oportunidad, no con los príncipes y ella, pero entonces su cuerpo se retuerce fuera de control y la sangre en su cuerpo hace lo que Katara le pide. Azula puede ver el horror en los ojos del hombre, y la decisión en los de la chica; se pregunta, por un instante, cómo es posible que nunca antes haya usado algo tan poderoso contra ella. Debería estar muerta, se dice, debió haber muerto el día del eclipse tras impactar a Zuko. El hombre está aterrado y reconoce algo en sus ojos: es la misma mirada de su madre, es la misma mirada de Zuko tantos años atrás mientras trataba de ahogarlo en el estanque.
Azula ni siquiera presta atención a lo que dicen, no es el hombre que buscaban y ella todavía no puede entender por qué demonios esta chica nunca ha usado esa técnica contra ella. Tengo suerte de estar viva, no se atreve a pensar; en su lugar se dice que no puede creer cómo es que una campesina haya aprendido semejante poder.
El camino a la aldea del asesino de la madre de Katara es silencioso. Zuko parece consternado, y Katara no se ha apartado de las riendas del bisonte. Azula sólo puede pensar una y otra vez en que su hermano jamás la ha mirado de esa forma: jamás la ha mirado como si temiera que algo en ella se perdiera. Azula se pregunta si es porque piensa que no hay nada que salvar en ella pero sí en Katara… y Azula decide que ha vuelto odiarla porque ella también le robó a su hermano, por su culpa casi muere… eso fue tu propia culpa, Azula, pero es más fácil creer que esta campesina es la culpable. Ella debió recibir el impacto, no Zuko.
Decide pensar de nuevo en el hombre, fantasear en cómo cobrará venganza, es más fácil que descubrir que su hermano una vez más está eligiendo a otra persona antes que ella, incluso cuando la ha llevado con él en esta misión.
Cuando conocieron al hombre, era todo lo que Azula había imaginado. Un hombre patético. Katara había detenido la lluvia y apuntado con tanto odio, Zuko no había dicho nada en todo ese tiempo y entonces Azula había sentido el fuego creciendo en su pecho.
— ¡Mírala y dime que no la reconoces! —había gritado para su sorpresa.
¿Por qué le importaba? No lo sabía. Quizás porque deseaba que Katara tomara la venganza que tanto necesitaba, quizás porque si lo hacía entonces Zuko dejaría de mirarla con esa preocupación, quizás porque deseaba que su hermano la mirara a ella una vez más de esa forma.
El hombre era patético, eso lo supo desde el inicio. Se había derrumbado en el suelo y Azula deseaba que Katara otra vez demostrara su poder controlando cada gota de sangre en su cuerpo; que se sometiera, que rogara por su vida. El hombre era patético, había comenzado a llorar mientras recordaba a esa niñita en el Polo Sur. Azula no había escuchado la historia porque Zuko se había negado a compartir lo que Sokka le había revelado; sin embargo Azula no era estúpida, había unido los puntos y sabía que una madre estaba dispuesta a todo para salvar a sus hijos. Su propia madre había tratado de salvar a Zuko, “Papá te va a matar”, le había dicho a su hermano, y su madre también lo había elegido a él.
Azula había sentido el fuego encenderse en sus manos y entonces Zuko había puesto una mano frente a ella para detenerla. No es tu pelea, decía en silencio y Azula deseaba quemarlo todo porque si Katara no lo mataba, lo haría ella. Aquí tienes Ba Sing Se porque jamás volverás a casa, aquí tienes a tu padre para que reclames el trono y no toques a mi hijo, aquí tienes a este hombre porque jamás volverás a sentir los amorosos brazos de tu madre. Azula quería quemarlo todo porque estaba tardando tanto. Deja caer las gotas, perfora su corazón, ahógalo con tus propias manos, se la titiritera y llévalo al barranco, que asesine a su propia madre, que tenga una lección.
— Sé que hice cosas malas, lo sé… Y mereces tu venganza —había dicho el hombre, por lo menos era lo suficientemente sensato como para entender la situación—. ¿Por qué no tomas a mi madre? Eso sería lo justo…
Y Azula había sentido algo en su pecho, algo parecido a lo que sientes cuando estás a punto de pelear con alguien: sientes un vacío en el estómago y como cada fibra de tu cuerpo parece electrificarse. Sintió su corazón latir fuerte, probablemente por la adrenalina. Tomar a su madre sería justo… Y entonces Katara había dejado caer el agua.
— Siempre me pregunté qué tipo de persona haría una cosa tan horrible —había dicho sin mirar al hombre que aún lloraba de rodillas—. Pero ahora que te he visto creo que puedo entenderlo.
Azula miró a la chica. La expresión dura seguía ahí, pero algo había cambiado: no podía ver el mismo odio que había visto mientras sometía a aquel hombre en el barco, no era la expresión de odio con que la había mirado cuando llegó con Zuko. Había algo profundo, dolor y odio, pero no era el odio que la haría encender el fuego y quemar el bosque entero; Katara era diferente, pudo notarlo en ese instante, y la odiaba porque una vez más demostraba que era débil.
Katara miró al hombre—. Ahora sé que no hay nada dentro de ti… —una pausa y por alguna razón las palabras sonaban a veneno—... Eres patético… un hombre patético, triste y vacío… —y entonces había dado vuelta.
Había deseado gritarle en ese momento que era una estúpida por dejarlo vivo, y antes de que ella pudiese encender su fuego para terminar el trabajo, Zuko había caminado detrás de Katara. Azula la odiaba porque no podía terminar el trabajo, y aun así había dejado al hombre con vida porque no le importaba si ese hombre vivía o no, no era su madre a la que había asesinado, y aunque hubiera sido la suya, estaba mejor muerta porque de todos modos la odiaba.
Azula había caminado detrás de su hermano y se había sorprendido cuando él había parado para que caminaran a la par.
De vuelta en Appa Zuko y Katara permanecieron muy callados. Por primera vez en todo el viaje Zuko había tomado las riendas de Appa y las había dejado solas atrás. Tal vez aún era un estúpido porque todavía podía tirarla del cielo y dejar que su cráneo se estampara contra el suelo. Eso sería bueno, pensó, lo merecería por hacer que mi hermano me traicionara en primer lugar. Sin embargo, no lo hace, permanece a una considerable distancia de ella y la mira con esa expresión de odio con la que mira a todo mundo.
— Lo tenías ahí… y no lo hiciste… Eres patética —dice—. Y yo que comenzaba a creer que tenías agallas…
Katara ni se molesta en mirarla—. No lo entenderías —es lo único que dice.
— No. Yo hubiera terminado el trabajo.
Katara aprieta los puños—. Quizás deseo dormir sin pensar en la vida que le quité a un hombre —dice y se da la vuelta—. No quiero que el recuerdo de mi madre se manche de más sangre.
Y nadie dijo nada más.
Azula piensa esa noche mientras viajan a la espalda de Appa en su propia madre. No puede recordar su voz, ni sus caricias, su madre no solía abrazarlos, ni siquiera a Zuko que era su favorito. Piensa que a ella no le importaría manchar el recuerdo de su madre, por lo menos dejaría de sentir esa mirada de horror sobre ella, por lo menos así le daría una razón para tenerle miedo, por lo menos así podría dirigir su odio hacia otro lado. Azula podría dormir con eso, ¿pero Zuko…? Piensa entonces que es quizás esa la razón por la que se fue en Ba Sing Se, ¿estará despierto todas las noches pensando en las personas a las que asesinó en esta guerra?... Y entonces vuelve a sentirse furiosa porque algo se hace claro: su hermano se siente culpable por las cosas que ha hecho en el pasado, y aun así puede dormir sabiendo que le dio la espalda en Ba Sing Se. Azula no puede dormir pensando que casi mató a su hermano el día del eclipse.
Más tarde, cuando vuelven a reunirse con el grupo, son ella y Zuko quienes le cuentan al Avatar qué es lo que sucedió con los Invasores del Sur. Azula no pierde la oportunidad para recordar que el perdón es para débiles, que esto es una guerra y no puedes tentarte el corazón. Ese hombre mató a su madre y lo dejó vivir como si nada, dice. Mi madre mató a mi abuelo cuando amenazó con asesinar a Zuko, pero eso sólo lo piensa, eso es valor. Quizás no la amaba tanto, piensa, porque aunque no le importa lo que sea que los nuevos y estúpidos amigos de su hermano piensen de ella, siente que no es correcto hablar de esa manera; ella no amaba tanto a su propia madre, con qué derecho juzgaba el amor que otras personas les tenían a las suyas.
Ninguno de los dos se atreve a preguntar si el Avatar matará a su padre. Es más fácil ignorar que el Señor del Fuego es su padre, es más fácil pensar que eso no pasará pronto. Es más fácil pensar que Katara le ha dicho a Zuko que lamenta haber puesto las cosas horribles que ha hecho su hermana en sus hombros, es más fácil pensar que Katara la miró y esta vez no quiso asesinarla.
Pero entonces Zuko dice algo—. ¿Has pensado que sobrevivir con culpa es mucho peor que morir a manos de la venganza?
Y Azula lo mira. ¿Desde cuándo se volvió el estúpido de Iroh?
— ¿Por eso no me has matado todavía? —pregunta.
Y entonces Zuko la mira con espanto, algo que no es el horror con el que la miraba su madre, sino algo diferente, algo que nunca antes había visto. Zuko no tiene que decirlo, Azula siempre ha sido muy buena leyendo personas, entiende, aun así necesita escucharlo. Por favor, necesita escucharlo.
— Zula…
Pero Azula ya ha dado media vuelta porque no quiere escuchar más. ¿Qué pasa con ella? Desde cuándo siente tanto?
Esta vez, Zuko la sigue a ella.
Zuko quiere vomitar cuando escucha a su hermana sugerir que quiere matarla. No se atreve a decir nada frente a Aang y Katara —sabe que los dos la han escuchado, y no necesita involucrarlos en su drama familiar—. Camina detrás de Azula y aunque quiere vomitar, su mano encuentra la de su hermana y apenas se atreve a tocarla porque jamás antes se han tocado con algo distinto a la ira de una riña.
— Zula…
La llama como solía hacerlo cuando eran niños.
Y cuando sus ojos se encuentran, acuosos pero sin que ninguna lágrima se atreva a ser derramada, Zuko piensa que Sokka tenía razón. La familia siempre te deja cicatrices, ahora sabe que algunas —como las suyas— son visibles, pero hay otras que se han formado muy dentro en el corazón y alma que es difícil mostrarlas. Hay cicatrices que nunca supiste que existían porque, aunque duelan, no hay una prueba física de que existan.
Pero ahora Zuko sólo ve a su hermana y ve a esa niña gritando porque Zuko se había hecho daño.
— ¿Por qué no me has matado todavía? —pregunta y hay algo en su voz que no sabía que podía estar ahí.
Zuko se niega a soltar su mano, es lo más cercano a una caricia que se han permitido y aun así es un toque temeroso, titubeante.
También ese es el momento en que toma consciencia de que todo ha sido culpa de sus padres. La madre que tanto adora y los ha abandonado, el padre que no los mira y la guerra que inició su familia. Zuko había observado a Katara recargar su cabeza en el hombro de Sokka y a él envolverla en sus brazos. Zuko había creído que eso no era posible para él y su hermana porque Azula lo odiaba y no sabía otra cosa más que odiar; ahora entiende que ha estado equivocado. Nunca han aprendido otra cosa más que odiar porque nunca nadie les había enseñado a tocar sin lastimar, a amar sin quemar y Zuko está desesperado por algo diferente, ahora lo sabe… A esto se refería el tío Iroh…
— Porque eres mi hermana…
Azula parpadea una, dos, tres veces y por primera vez en años ve una lágrima en su rostro. Agradece que es de noche y nadie los está observando, agradece que Toph no dirá nada si siente sus vibraciones a través de la tierra. Él también ha aprendido que llorar es para los débiles, la realeza no llora, pero en ese instante no son príncipes exiliados, sólo son dos niños asustados.
— Papá nos matará… —dice, y aunque Zuko siempre lo ha sabido, sabe que Azula nunca antes había pensado en la posibilidad como algo real.
Zuko lo piensa un momento, nunca ha sido bueno con las personas llorando, nunca ha sabido qué hacer con sus manos y sus pies y sus palabras. Zuko quiere abrazar a Azula pero teme salir quemado, en su lugar pone ambas manos en sus hombros.
— No —y la mira sabiendo que su padre jamás se tentará el corazón, pero Zuko ya no tiene miedo—. No permitiré que lo haga.
Tras la partida del padre de Katara, Azula se siente aliviada. No tiene que estar de puntitas todo el tiempo, no tiene que cuidar cómo se mueve o terminará quemada. Y se tiene que recordar que no es Ozai. Ni siquiera es un maestro fuego. También se siente más aliviada después de esa aventura con la campesina porque parecen hacer una tregua por el bien de sus hermanos, le parece justo, no le está pidiendo que se perdonen o se dejen de odiar; si se encuentran por ahí, se ignorarán, después de todo eso hará más sencillo su viaje.
Cuando comienzan a viajar de nuevo Azula se da cuenta de algo en lo que antes ni siquiera había pensado: la Nación del Fuego es enorme y los recursos no llegan a todos. Azula ve el hambre, la pobreza y a las personas que forman parte de su nación sufrir porque esta guerra ha lastimado a todos. Azula tiene que mirar hacia otro lado la primera vez que ve un cuerpo colgado en la plaza por una ejecución pública.
Se pregunta si es eso lo que Zuko vio en sus años buscando al Avatar, se pregunta si es eso lo que han visto en los últimos meses, si esto ha estado sucediendo durante los últimos cien años. Pero Azula se niega a creer todavía.
A veces, mientras mira el cielo también se pregunta cómo estarán Mai y Ty Lee. Las abandonó y seguro están en prisión siendo torturadas. Espera que no. Espera que las influencias del padre de Mai sean suficientes como para que las represalias no sean tan duras. También piensa en Ty Lee cuando ve al chico de la Tribu Agua interactuar con Zuko, se pregunta si ella también se veía así cuando Ty Lee estaba cerca, si ella también mira a la chica como si hubiese colgado las estrellas en el cielo; se dice que no, ella jamás siente, pero es difícil sostenerlo porque en los últimos dos meses junto a su hermano ha sentido más de lo que le gustaría admitir.
Azula se dice que no le importa lo que suceda con esta gente, sólo está ahí porque su hermano también está ahí. Y entonces ve una ejecución cuando ha salido con Toph por provisiones.
Dos mujeres son arrastradas por el cabello a través de las calles hasta el poste donde se iza la bandera al centro del pueblo, es un pueblo conquista, un lugar del que han desplazado a su gente, aún ve las ruinas de algunos edificios y las banderas de la Nación del fuego se izan para demostrar que han ganado. Toph le dice que es mejor que se vayan pero Azula no puede moverse. La gente en las calles grita cosas horribles, Azula sabe que ella misma ha dicho cosas parecidas, y los soldados no tienen piedad mientras las arrastran. Invertidas, hechiceras, desviadas, ha embrujado a todas las mujeres de este pueblo y las ha hecho desviarse del camino, ha embrujado a mi mujer, las he encontrado besándose en mi propia cama. Toph vuelve a decir que deberían irse. Los pies de Azula no responden. Las atan, las escucha llorar, las ve mirarse y casi puede ver el rostro de Ty Lee mientras volvía para ayudar a Mai en el rostro de una de esas mujeres. Y entonces encienden fuego. Escucha el grito, Azula mira con horror y reconoce ese olor, es el mismo que llegó a sus fosas nasales cuando su padre quemó a Zuko. Toph finalmente tira de su brazo. Por favor, vámonos. Y Azula la sigue, aún temblando, aún horrorizada, aún con miedo.
Azula no come carne por los siguientes tres días y el Avatar bromea diciendo que ahora se ha vuelto vegetariana como él, pero Azula cree que no puede comer nada.
Zuko le lleva unas frutas una mañana, se sorprende porque ha recordado que ama las ciruelas, y hace muchos años que nadie le había ofrecido comida. Zuko la mira consternado, no has comido nada en días, tienes que comer, Azula…
— Vi una ejecución —dice sin mirarlo.
Zuko hace una cara extraña y algo en su expresión le dice que él también ha presenciado una y ha quedado igual de aterrado. Azula no sabía que seguían haciendo eso en la Nación del Fuego, pero al parecer hay mucho que no sabe todavía de su nación.
— Eran dos mujeres como yo…
Zuko la mira por un instante, tratando de descifrar a qué se refiere, no pueden ser maestras fuego, no hay, todas están al frente de la guerra o se han convertido en soldados porque ha sido un Decreto Real desde hace más de setenta años. Y entonces Zuko parece entender, la mira, aún más consternado y deja las ciruelas sobre la ventana de la posada en la que se han estado quedando.
Ambos se miraron en silencio por un buen rato, algo que no habían hecho en muchos años, compartiendo un secreto. Azula quiere preguntarle si recuerda cuando la descubrió besando a Ty Lee, pero no se atreve a hacerlo porque ha notado que Zuko no recuerda muchas cosas de su infancia.
El resto del día Azula no puede separarse de su hermano, es como si le resultara físicamente imposible. Cuando se aleja junto a Sokka para entrenar, Azula se descubre poniéndose de pie y caminando detrás de ellos. Se pregunta si los otros ya lo saben, si saben que ha guardado algo terrible muy muy dentro de su pecho, se pregunta si los soldados también la quemarán, si la arrastrarán por toda la calle mientras le gritan insultos y la quemarán por ser una desviada, por ser una traidora, por ser homosexual —lesbiana, aprenderá muchos años después—. Así que permanece junto a su hermano porque él le prometió que no permitiría que su padre la asesinara, supone que eso se extiende a que no permitirá que la quemen por homosexual.
— Te siento tensa —dice Toph mientras ambas están sentadas observando a Sokka y Zuko.
Azula intenta mentir—. Creo que estás comenzando a imaginar cosas.
Toph no dice nada y ella lo agradece porque no sabe si podrá soportar que le diga que ha perdido el toque para sus mentiras. Lo necesitamos, diría, porque de qué otra forma conseguiremos provisiones entonces. Pero Toph se queda en silencio.
— ¿Estás pensando en las chicas?
Azula quiere decir que no, ella no piensa en chicas, no piensa en nadie, no tiene pruebas, no la ha visto, Zuko está muerto si le dijo a alguien.
— Yo también —dice Toph—. Pude sentir cómo latían sus corazones antes de que se encendiera el fuego y… —niega con la cabeza—. Me alegra que no puedas sentir lo que yo.
— Pero lo vi.
— Lo sé.
Azula siente la mano de Toph sobre la suya y por una vez, no la quita.
Zuko recordaba la primera vez que supo que ser como él era una desgracia.
Estaban en la Isla Ember viendo una obra de teatro de dos amantes y finalmente se revelaba que todo ese tiempo se había tratado de dos hombres. Zuko recordaba haber mirado con sorpresa la obra, se había inclinado al borde de su asiento para mirar aunque fuera tan sólo un poco más de cerca. Y había escuchado a su padre decir: “Saca a los niños, Ursa, hablaré con ese director porque no es posible que muestre estas mariconerías en público”. Zuko había preguntado a su madre a qué se refería papá y entonces ella le había dicho que estaba prohibido mostrar material que incluyera sodomía u otras perversiones.
Había escuchado gritar a su padre, había quemado los atuendos y de no ser porque todavía no era el Señor del Fuego, los habría ejecutado ahí mismo. Zuko había escuchado atento a los comentarios de otras personas, palabras horribles que nunca había escuchado para hablar de lo asqueroso que era ver a dos hombres besarse, y entonces Zuko había entendido que estaba mal. A los pocos días los actores habían aparecido muertos y Zuko había aprendido la lección. Así que la primera vez que había deseado besar a otro niño, en su lugar lo había golpeado hasta que dejó de sentir sus nudillos.
Y luego había encontrado a Azula y Ty Lee en su habitación besándose. Zuko se había asustado porque en su cabeza se habían reproducido las palabras de su padre, las palabras de las personas al salir de esa obra tantos años atrás. Zuko se había aterrado no porque ver a su hermana besar a otra niña fuera en sí algo horrible, sino porque su primer instinto había sido pensar: morirá si papá se entera. Así que Zuko se había asegurado de que nadie, especialmente su padre, se enterara de que Azula había besado a otra niña. Sabía que su hermana lo odiaba, pero él no la odiaba de vuelta.
Había sabido desde entonces que eran iguales y Zuko estaba dispuesto a muchas cosas, pero no a que su hermana muriera por besar a alguien. Había guardado el secreto como si fuera suyo, porque muy en el fondo sabía que tenían el mismo secreto aunque nunca se había atrevido a decirlo en voz alta. Trató de amar a Mai, trató de enterrar todos los sentimientos, el recuerdo de Ty Lee y su hermana. Y por muchos años pareció funcionar.
Más tarde Zuko había aprendido a ignorar y tratar mal a su tripulación porque así no tenía que pensar en sus torsos desnudos y la forma en que sus clavículas se marcaban. Pero con Sokka era diferente, quizás porque él sí tenía su edad y aún no tenía el cuerpo de los adultos con quienes había viajado durante dos años, no era un militar y sobre todo, lo entendía. Sokka era amable y cariñoso y listo y fuerte y Zuko había tenido que recordarse una infinidad de veces que esa había sido la razón por la que habían matado a esos actores. Hay algo en todo esto que no puedes controlar, y Zuko estaba cansado de fingir que no soñaba con despertar en una cama de verdad y ver el rostro de Sokka sonriéndole para darle los buenos días con un beso.
Y luego Azula había visto esa ejecución y Zuko había querido arrancarle los ojos a quien había hecho algo como eso. Quizás se parecía a Azula en más de un aspecto.
Tras ese incidente su hermana parecía no separarse de él, y cuando él no estaba, estaba pegada a Toph. Le gusta que la acompañe de compras, le había dicho una vez, pero ambos sabían que era porque Azula no quería ver algo como eso de nuevo; peor aún, no quería ser la protagonista de algo como eso. Y Zuko no la culpaba. Si Azula se volvía Señor del Fuego, sabía que esa sería una de las primeras leyes que revocaría y Zuko no podía estar más de acuerdo.
Los días se habían vuelto semanas. Azula estaba en sus entrenamientos con Sokka y Aang, a veces se quejaba porque no podía creer que aún perdía el tiempo con las espadas, o a veces era porque otra vez su postura para esa kata era horrible. Eventualmente Azula también había comenzado a enseñarle a Aang y los tres practicaban juntos más seguido que solos, y Zuko se había comenzado a preguntar por qué nunca antes habían hecho eso. Claro que la respuesta siempre se reducía a que Ozai jamás habría permitido algo como eso, debían ser perfectos y Azula debía ser perfecta y tú arruinas su entrenamiento porque la distraes.
Y un día le había pedido que le enseñara a usar las espadas dobles y él había accedido. Azula era buena por naturaleza, pero la verdad era que no le importaba demasiado. Zuko le había enseñado porque ahora no podían usar su fuego, no mientras se estuvieran escondiendo, y era bueno que aprendiera otra técnica.
— Ya sé usar mis puños, las espadas sólo son por diversión.
Y Zuko la había mirado, había corregido su postura y había dicho—. Si un día tienes una espada, ahora sabrás usarla.
Azula alza una ceja—. ¿Para qué tendría una?
Zuko se encoge de hombros—. Para que entrenes con Mai y Ty Lee.
Y luego la primera vez que se habían enfrentado en un entrenamiento Zuko había estado nervioso, podía ver que Azula se sentía igual y entonces sólo habían usado sus puños. Había lanzado un golpe y otro y otro y había descubierto que no era tan débil como cuando eran niños, Azula seguía siendo mejor, seguía siendo más ágil y rápida, pero Zuko había aprendido bien. Y de pronto, y sin darse cuenta, habían comenzado a usar su fuego.
Esa era la primera vez que se enfrentaban sin estar en bandos distintos, sin que Lu Ten los separara, sin que Ozai interrumpiera para regañarlos por su mal control y postura, sin que su madre los detuviera porque se quemarían. Zuko había visto a su hermana sonreír por primera vez en años, una sonrisa genuina mientras lanzaba fuego y él bloqueaba los ataques; y supo entonces que sí había otra vida para ellos, que sí existía otro mundo, que sí había salvación. Tenían que terminar esta guerra porque no estaba dispuesto a volver a cuando se odiaban.
Zuko se había rendido porque por accidente había caído en la fuente y, para su sorpresa, Azula le había extendido la mano. Y entonces Zuko había pensado que quizás las cosas podían estar bien, y la jaló dentro de la fuente. Él había reído y Azula había salido empapada, molesta y antes de salir lo había empujado de vuelta riendo.
Más tarde, mientras observaban a Aang practicar con Katara, Zuko había pensado en que eso de la fuente le resultaba familiar.
— ¿Recuerdas aquella vez que me tiraste al estanque? Mamá estaba furiosa porque había arruinado el traje nuevo.
Y entonces Azula lo había mirado con sorpresa—. No te tiré al estanque. Estaba tratando de ahogarte…
— Oh…
Zuko sabía que había olvidado mucho de su infancia, y ahora no sabía cuántas veces su hermana había tratado de matarlo.
— ¿Por qué?
Y Azula ni lo había pensado—. Porque mamá te quería más que a mí.
Zuko no volvió a preguntar.
A veces Azula entrenaba con Suki, parecía bastante más animada cuando lo hacía. Zuko sabía que ambos habían crecido en un mundo en que pelear era la única cosa constante, pero cuando veía a Azula verlo más allá que sólo estrategia militar, se preguntaba si algún día podrían volver al mundo donde aprender fuego control no estaba marcado por la guerra, por el ejército, por el colonialismo. Zuko esperaba que sí.
Una noche Azula le había preguntado si recordaba cuando inventaba historias sobre las estrellas para ella. Zuko le había dicho que no porque era verdad. La mayoría de sus recuerdos con Azula eran violentos, en la mitad estaba en el suelo comiendo tierra y en la otra estaba siendo brutalmente golpeado. Zuko se sentía culpable por eso, porque había olvidado los recuerdos donde habían sido dos niños felices, dos hermanos tratando de sobrevivir a su horrible padre.
Y entonces Azula le cuenta una estúpida historia sobre una mujer que sube al cielo y coloca todas las estrellas cada noche, sobre una zorra que huye de un cazador y se esconde en la falda de la mujer y cómo ella lo ata al cielo para proteger a la zorra. Zuko no recuerda haber inventado esa historia, pero por primera vez en años Azula parece en calma, una calma que no recuerda, y Zuko sólo sonríe porque agradece que su hermana esté aquí.
— Recuerdo que creías que el Sol se apagaba cuando cerrabas los ojos…
Azula sonríe—. Quien creía eso eras tú.
— ¿De verdad?
Toph los escucha y dice—. El Sol siempre está apagado para mí… ¿A veces me pregunto qué hace? Seguro se inventó un montón de cosas porque no lo puedo ver.
Y Azula sonríe de nuevo.
Y entonces había habido un ataque.
Suki había vuelto corriendo junto a Toph, los soldados de la Nación del Fuego se habían enterado de que estaban ahí y tenían órdenes de capturar a los príncipes traidores. Azula había buscado a Zuko de inmediato porque sabía que sería al primero que matarían.
Esa fue la primera vez que lucharon juntos. Zuko cuidaba su espalda y ella lo cuidaba a él. Había algo diferente en esa dinámica porque nunca antes habían hecho equipo, hay algo que no se dicen en ese momento, pero Azula siente cómo sus fuegos fluyen como una misma corriente de agua. Sabía que no era casualidad, eran los días de entrenamiento dando frutos, y aun así Azula no puede ignorar el hecho de que esa fue la primera vez que usó fuego control para proteger y no atacar.
Una construcción se derrumba y entonces entiende a Zuko y por qué recibió el rayo. Azula odia a Katara todavía —aún la odiará por mucho tiempo, eso lo sabe—, pero de todas formas salta y la quita del medio para que el edificio no la lastime. Escucha la voz de su hermano llamando por ella y entonces suelta a Katara para ponerse de pie y llamar de vuelta a su hermano.
Katara la mira. No le da las gracias. Azula no las necesita. Ve cómo se sacude y aparece Zuko entre los escombros.
La voz de Aang los llama. Ya está arriba de Appa con los demás, tienen que huir o el pueblo será destruido y Azula se descubre pensando que no desea que eso suceda.
Toph toma su brazo cuando están sobre Appa y ella no se mueve porque sabe que a Toph le gusta viajar aferrada a su brazo o al de Zuko, y Azula piensa que tal vez Toph se ha vuelto verdaderamente algo así como una hermana menor. Azula piensa que eso le gustaría demasiado porque Toph le agrada, de verdad le agrada.
En el siguiente pueblo llegaron justo a tiempo para las celebraciones de los dioses del panteón del Fuego. Aang dijo conocer la celebración, una fiesta del invierno en el hemisferio sur para celebrar al dios del Sol.
— Se agradece por otro año alumbrando la tierra. Otro año llenando al mundo de vida, y se pide que alumbre el siguiente año también —dijo y los miró como si ellos debieran saberlo ya.
Fue ella quien reveló que no conocen la fiesta—. Están prohibidas. Las celebraciones no te llevan a ganar la guerra.
Todos guardaron silencio por unos momentos hasta que Aang sugirió que debían ir. Cuando ganemos esta guerra, querrán recordar todas las tradiciones de su tierra. Y antes de que ella se pudiese negar, antes de que pudiese decir que no quería ir a una estúpida fiesta, Toph los había tomado del brazo a ella y a su hermano diciendo que esperaba que le ayudaran a encontrar un traje apropiado para la ocasión, después de todo, son ustedes quienes pueden ver. Y ninguno de los hermanos se había atrevido a negarse.
Azula nunca había visto un festival. Nunca había visto a nadie de la Nación del Fuego vestir tantos colores, siempre eran rojo y negro porque eran los colores del fuego, los de su gente, eran los colores del uniforme militar y los de las escuelas y todos los civiles. Pero esa noche la gente vestía de azul y verde y rosa y violeta y amarillo y anaranjado y blanco y rojo y había máscaras tejidas con grandes ojos saltones y lenguas retorcidas y cuernos coloridos. Había gente bailando y Azula se había sorprendido porque desde los tejados y balcones la gente arrojaba pedacitos de papel de colores y había música y tambores y caras pintadas y flores y risas y gritos.
Toph le había dicho que le gustaba cuando había música porque sentía sus vibraciones, igual cuando la gente bailaba porque sentía sus pasos al ritmo de los tambores.
Aang se había unido a la fiesta de inmediato, era esperable, de todos modos era un niño alegre, y había arrastrado con él a Katara. Azula los había visto y por un momento había sentido celos. Tenían la suerte de amar sin sentir que era incorrecto, y Azula quizás habría deseado matarlos en otro momento, pero ahora sólo había apartado la vista porque era imposible no pensar en Ty Lee y Mai en prisión. ¡Agni! ¿Cómo había dejado que eso pasara? Debió haber pedido que huyeran con ella, cabían en el globo de guerra, todo estaría mejor si estuvieran juntas… El mundo era un chiste de mal gusto, ahora lo sabía.
Esa noche habían visto a varios niños correr por las calles, y entre ellos había visto a un par que jugaban con fuego. Azula había querido decirles que se escondieran, que no había sentido en aprender fuego control si terminarían muriendo al frente de la guerra. Sabía que Zuko pensaba lo mismo porque lo había visto mirar también a los niños. Y entonces la niña los había saludado con una sonrisa y Zuko la había saludado de vuelta. La niña entonces se había acercado y había dejado una flor en las manos de Azula.
— Eres muy bonita —le había dicho y se había ido corriendo.
Azula observó a la niña volver con el niño, él estaba sonriendo y la tomó de la mano para guiarla entre las personas. Parecían un par de hermanos, se había dicho mientras trataba inútilmente de encontrarlos entre la multitud. Y entonces se dio cuenta de que Zuko aún miraba la flor entre sus manos, quizás sorprendido porque Azula no la había aplastado o quemado todavía, quizás porque era una flor que moriría esa noche porque se secaría al haber sido arrancada.
Pero entonces había dicho—. Las otras chicas traen una flor en su cabello.
Azula no se había peinado como de costumbre en los dos meses que llevaba con ellos, sólo se ataba el cabello en una perfecta coleta y fingía que no le dolía no usar el prendedor de la realeza para su rodete.
— Las otras chicas son unas tontas.
Azula había visto las manos de Zuko esconderse, como si de pronto temiese el contacto con ella. Y fue entonces cuando lo supo, Zuko trataba de ofrecer peinar su cabello y colocar la flor en él. Azula decidió ignorar lo que creció en su pecho al darse cuenta, algo extraño, y sin pensarlo cubrió la flor entre sus manos para guardarla en su bolsillo.
Más tarde Sokka había arrastrado a su hermano entre la multitud, Azula había sentido su corazón latir con fuerza ante la idea de que alguien los vería, de que alguien los acusaría y entonces su hermano sería acusado no sólo por traidor, sino por sodomita. Azula se había puesto de pie para alcanzarlo, para tomar la mano de Zuko y decirle que estaba loco, pero Toph la había detenido.
— Está bien. Hay mucha gente.
Ella había negado. Matarían a su hermano y en su mente sólo se reproducía la imagen de Zuko moribundo tras recibir el impacto de su rayo. Pero Toph de nuevo había hablado.
— No hemos visto ningún soldado toda la noche, Azula… no creo que ninguno se atreva a entrar a sabiendas de que toda la gente del pueblo se irá sobre ellos si interrumpen su celebración —Azula no estaba muy segura de eso, sabía que la Nación del Fuego destacaba por ser implacable—. Además… me daré cuenta si hay peligro…
Y eso la había convencido. Toph siempre sabía cuándo había peligro.
Al final esa noche había visto a su hermano reír en compañía de Sokka. Azula se había dicho que estaba celosa porque nunca era ella quien provocaba una sonrisa en su hermano, pero en el fondo sabía que era porque habría deseado que Ty Lee estuviera ahí.
Pero Toph y Suki eran buena compañía, las tres se habían burlado de lo ridículo que bailaban otras personas y Toph había hecho muchas bromas sobre que era ciega y aun así sabía que todos apestaban bailando. A Azula aún la sorprendía lo mucho que Toph se reía de sí misma, y había decidido que era una cualidad que le gustaba de ella. A ella también le gustaría aprender cuando reírse de sí misma, parecía menos aburrido que estar molesta todo el tiempo.
Y entonces algo había cuadrado. Azula ya no estaba molesta la mayor parte del tiempo, era socialmente inepta, eso era cierto, pero su hermano también y por alguna razón estas nuevas personas no parecían aterrorizadas por ello, no de la forma que los chicos en la Isla Ember lo habían parecido. Muchas veces Toph era igual de extraña, y a Suki parecía no importarle mucho. Y siempre que estaban a su lado, pensaba en Mai y Ty Lee porque hasta entonces habían sido las únicas amigas que tenía, pero Toph y Suki se acercaban demasiado a convertirse en nuevas amigas. Y a Azula la aterraba la idea.
Partieron del pueblo la mañana después del festival. No podían arriesgarse a que los descubrieran y les arruinaran las fiestas patronales a esas personas, y entonces Zuko había sugerido la casa de playa en la Isla Ember. Azula había dicho que hacía no mucho había estado ahí y estaba completamente abandonada, nadie los buscaría ahí, no después de haber peleado con Lo y Li.
— ¿Peleaste con ellas? —había preguntado Zuko con sorpresa.
Azula se había encogido de hombros—. Se entrometieron demasiado cuando quise ir a una fiesta.
Y eso lo había sorprendido más—. ¿Te invitaron a una fiesta?
Azula lo miró con algo que Zuko pudo identificar como lo mismo que hacía el rostro de Toph cuando había estafado a alguien. Y era una sorpresa porque ni siquiera había pensado en la posibilidad de que su hermana tuviera esa picardía juguetona en lugar de una llena de malicia.
— Oh, no sabes… estuvo qué arde… —dijo imitando a Sokka, y Zuko decidió ignorar el hecho de que probablemente esa fiesta había terminado mal.
La casa de playa estaba tal y como la recordaba. Pinturas de la familia, un retrato de Lu Ten, un grabado de su mano junto al de Azula. Zuko deseaba recordar esos días porque parecía que habían estado en paz. Su memoria había borrado mucho, pero recordaba a su madre con los pies en la arena y las olas rompiendo contra sus piernas; recordaba que daba la vuelta, le sonreía y lo llamaba para que sintiera el agua, está tibia, ven, mi amor.
Azula parecía tensa, ella ni se había molestado en observar nada y había dicho que quería la habitación que compartían de niños. Había tomado de la mano a Toph anunciando que compartirían, y entonces habían desaparecido por el pasillo.
Zuko entonces había estado encargado de mostrarle a los demás el resto. Había una pequeña cocina, nunca la habían usado pero ahí estaba, la casa del servicio era la casa que se veía al otro lado del patio. Había tres habitaciones, la que compartían Azula y Zuko de niños, la que compartía el tío Iroh y Lu Ten, y la de sus padres. Zuko había dicho que las chicas podían tener la habitación de sus padres, después de todo había dos camas grandes, él y los chicos podían dormir en la habitación de Lu Ten.
Katara había tratado de decir que entonces podían cambiar, probablemente sería más cómodo para ellos que tuvieran la habitación grande, pero Zuko la había mirado y negado con la cabeza. No quiero dormir donde dormía mamá, iba sin decirse.
Esa primera noche habían visto la horrible obra de teatro sobre ellos y había notado cómo Azula miraba hacia otro lado cuando había lanzado el rayo a su hermano. Quizás Zuko debía decirle que no estaba enojado, que entendía que había sido un accidente, pero a decir verdad no creía que hubiese sido uno en otra situación. Los dos se habían lastimado, y Zuko no sabía cómo hacer para dejar de lastimarse mutuamente. Estaba enojado, no como antes, pero el tema del rayo aún estaba sensible.
Los siguientes días fueron mejores. Era verdad que la playa los había relajado. Zuko nunca entendería qué era tan especial de sentir las olas romper a tus pies o la arena entre los dedos, pero sin duda los días en la playa siempre habían sido sus favoritos. Quizás ahora eran mejores porque tenía nuevos amigos, porque ahí estaba Azula y el mundo, por lo que duró su pas en la Isla Ember, pareció menos horrible, menos frío, menos roto.
Y entonces había ocurrido. Mientras Zuko repartía el té, Aang había preguntado por qué habían dejado de ir a ese lugar, la vista era bonita y la casa parecía un buen lugar para vacacionar. Zuko se había tensado porque no quería responder.
— Porque nuestro primo murió y nuestro abuelo murió, y nuestro padre se convirtió en el Señor del Fuego —había dicho Azula.
Toph entonces había preguntado—. ¿Su tío tiene hijos?
Zuko no quería hablar de Lu Ten, pero Azula se había adelantado—. Tenía uno, si no cuentas que Zuzu es su remplazo.
— Azula…
— ¡¿Qué?! Es la verdad, desde que Lu Ten murió Iroh te ha cuidado y protegido. ¿Por qué más crees que subió a ese barco contigo cuando papá te quemó y exilió?
Y entonces todos habían guardado silencio. Zuko había mirado a Azula, furioso, porque no era momento para discutir, no era momento para hablar de sus problemas familiares y sobre todo, no quería que fuera así como los demás se enterasen del origen de su cicatriz.
Zuko había visto el horror en los rostros de Aang y Suki, y cómo Katara, la única con quien había hablado de su cicatriz mucho tiempo atrás en Ba Sing Se, había derramado su té. Ni siquiera se atrevió a ver a Sokka o Toph, no quería que supieran, especialmente ellos no debían saberlo. Sabía que todos sospechaban que la vida en el palacio con Ozai había sido dura, quizás incluso sospechaban cómo se había hecho esa cicatriz, pero escuchar la confirmación por voz de su hermana había sido aterrador incluso para él. Zuko no se había atrevido a decir en voz alta que había sido su padre, no incluso después de tres años.
— ¿No les habías dicho? —preguntó Azula con algo muy cercano al enojo.
Zuko sintió sus puños apretarse pero no supo cómo responder. Claro que no les había dicho, no había nada qué decir. Sabían que Ozai era una persona despiadada como sólo un líder autoritario y fascista puede serlo, definitivamente sus hijos no lo transformarían mágicamente en un padre cariñoso y que adoraba a sus hijos.
— ¡¿Qué sucede contigo?! —había gritado.
Azula apretó los puño—. ¿Conmigo? Eres tú quien ha decidido callarse… ¿Acaso no son tus amigos?
— No es un secreto que Ozai es el peor padre —Zuko estaba furioso, no había sentido su fuego así de intenso desde que había decidido huir con Aang—. Mi propio padre me quemó el rostro para darme una lección, ¿pero qué sabes tú de eso? ¡Siempre has sido la favorita de papá!
Pudo sentir cómo el fuego de Azula se encendía—. ¡Claro, por que a mí no se atrevió a tocarme! ¡No podía hacerle eso a su perfecta hija, perfecta Azula!
Zuko no la había visto tan molesta en meses, y ahora sabía que estaba furiosa. Estaba sorprendido de que todavía no hubiese lanzado fuego, un rayo, nada. Entonces lo miró, y reconoció ese rostro, era el mismo que recordaba de cuando subió al barco para partir al exilio. Otra vez la estaba traicionando.
— Papá no me dejó una cicatriz en la cara, pero no ha sido mejor conmigo… Y tú tenías a mamá, tenías a Iroh… ¡Yo sólo te tenía a ti! —gritó y Zuko quería que dejara de hablar—… Y me quedé sola con él en el palacio por tres malditos años. ¡¿Sabes cuántas veces me miró en esos tres años?! ¡¿Cuántas veces no dudé que me haría lo mismo?! ¡Y aun así me traicionaste en Ba Sing Se! ¡Me abandonaste! —Azula apretó sus puños y sin darse cuenta había encendido más la llama de la fogata.
Azula entonces dio la vuelta.
Zuko no se atrevió a seguirla de inmediato.
Tampoco se atrevió a mirar a sus amigos, no sólo porque habían escuchado todo, sino porque no sabía cómo mirarlos a la cara después de eso.
Llamó su nombre mientras caminaba detrás de ella. Sus amigos debían estar hablando de lo que fuera que hubiese sido eso, y antes de que pudiese entrar a la casa y subir las escaleras, Katara lo había detenido. Déjame hablar con ella, y era una sorpresa porque hasta ahora las dos habían parecido acordar una tregua por el bien de todos los demás. Pero Zuko no tenía mejores opciones, así que había asentido y al darse la vuelta había encontrado a Sokka mirándolo desde el marco de la puerta.
Sokka le había ofrecido su mano y Zuko no se había atrevido a aceptarla porque no merecía su consuelo. Había abandonado a su hermana, lo sabía, pero no sabía qué tanto la había lastimado al hacerlo. Zuko, después de todo, seguía siendo un egoísta y en el fondo seguía molesto con su hermana por cosas sobre las que ella no tenía la culpa. Quiero ser mejor, se había dicho, y de todas formas encontraba formas de seguir lastimando a su hermana.
Zuko seguía molesto con ella, había tenido una vida horrible y ella no había hecho más que empeorarla, había tratado de matarlo múltiples veces. Y sí, él la había abandonado, pero Azula lo había lastimado una y otra y otra vez de niños. Zuko se sentía culpable porque quería decirse a sí mismo que no era razón para ser tan duro: también está sufriendo, esto no era una competencia por ver quién había sufrido más.
— No podías saberlo… —le dijo Sokka.
Zuko lo pensó un momento. Lógicamente sabe que Sokka tiene razón. Azula y él han sido desconocidos incluso antes de su exilio, él no conocía ni lo más mínimo de ella y ella no conocía ni lo más mínimo de él. Lo sabe, pero quiere convencerse de que la conoce porque ha guardado su secreto todo este tiempo, que son iguales… Por otro lado, sabe que no es un secreto que Ozai ha sido un pésimo padre para ambos.
— Claro que sí… Ozai nos mataría a ambos si eso le asegura finalmente ganar esta guerra. Siempre lo he sabido.
— Pero no eres Ozai.
Mira a Sokka por un instante—. Pero soy su hijo…
— Entonces sé un hermano —y señala las escaleras con la cabeza.
Azula quiere lanzar una bola de fuego a Katara cuando la ve en la puerta de la habitación, pero su cuerpo no responde.
— ¿Qué quieres? —dice molesta.
Katara entra en la habitación—. Quería ver cómo estabas.
— Fantástica. Ahora vete.
Pero Katara se queda y la mira. Quizás es algo como lástima, no puede decidirlo todavía, y Azula aún la odia, la odia todavía más a decir verdad, porque ahora sabe lo mucho que le dolió que Zuko la eligiera en lugar de a ella en Ba Sing Se. Azula quiere que se vaya, necesita que se vaya o la matará porque en ese momento esta segura de que lo hará.
La chica se sienta en la cama en la que ha estado durmiendo Toph, justo al otro lado de la habitación y aún la sigue mirando.
— Zuko es un idiota si cree que voy a hablar contigo.
Katara sonríe—. No me envió él… Pero sí es un idiota, la mayoría de los hermanos lo son.
Azula entonces la mira. Y la odia un poquito más porque está funcionando y Azula sabe que son trucos para hacerla hablar, para hacerla decir algo, no tiene ningún problema, es Zuko el del problema, es él quien siente, es él quien la abandonó, es él quien la dejó con su padre, es él quien ni siquiera se ha dado cuenta que ella también ha sido lastimada, es él quien sólo ve las cicatrices superficiales, es él quien la abandonó, es él, es él, es él… y Azula no puede obligarse a matarlo, no aunque quisiera porque la única vez que casi lo hizo, se dio cuenta de que prefería morir antes de vivir en un mundo sin él. ¡Agni! Tal vez sí necesita ayuda profesional…
— ¿Cómo no puedes desear arrancarle la cabeza a tu hermano? —pregunta finalmente, porque quizás ella tenga una respuesta.
Katara se encoge de hombros y ríe—. Oh, claro que quiero… más seguido de lo que me gustaría aceptar —y hace una pausa para calcular sus siguientes palabras—. Pero también quiero que sea feliz.
Azula puede entender eso. Nunca había visto a Zuko tan relajado como lo ha visto con estos chicos, nunca lo había visto sonreír tanto, ni hablar tanto, ni verse tan poco enojado. Azula quiere decir que es lo más feliz que lo ha visto en toda su vida, pero también se pregunta si eso es lo más feliz que lo verá. Se pregunta si Zuko piensa lo mismo de ella. Azula nunca está feliz, pero desea serlo algún día.
No sé si sea feliz conmigo aquí, no se atreve a decir. En su lugar mira sus palmas sobre sus rodillas, piensa que trató de asesinarlo cuando eran niños, que casi lo mata hace no mucho y no sabe si está en posición para seguir enfadada. Pero Katara dice que ser hermanos se trata de no repetir los errores de nuestros padres, y Azula se pregunta de forma un tanto sardónica, ¿qué errores quiero cometer?
Pero si es sincera consigo misma, Azula nunca ha deseado lo que su padre ha querido para ella. Azula nunca ha querido ser una asesina. Sí, había deseado matar a su hermano, sí había deseado matar a su tío, a su madre y a los amigos de su hermano, sí, pero Azula no puede distinguir si son realmente sus deseos o si alguien más los ha tenido por ella. Azula nunca ha querido odiar a su hermano, sólo sabe que es más fácil odiarlo cuando su padre también lo hace, y es más fácil que aceptar que su madre no la amó porque siempre hubo algo mal con ella y es más fácil verla como un monstruo y elegir al hijo sin problemas que a ella. Y sabe también que nada justifica todo lo que han hecho los adultos en su vida, han sido horribles, la han abandonado y Zuko, por más que quiera recriminarle por las cosas que ha hecho mal, ha tratado de hacer las cosas bien más veces de las que le da créditos. Quizás Azula también necesita comenzar a esforzarse por hacer las cosas bien.
¿Qué errores no quiero cometer? Bueno, hay uno principal, uno que Azula ha sabido que no quiere repetir desde que lo vio en la prisión de la Roca Hirviente. No quiero seguirnos lastimando.
Azula mira a Katara—. Esto no hace que haya dejado de odiarte —no se atreve a decir “todavía”, porque sabe que si es optimista en algún punto sucederá.
No odia a Zuko, al menos no como lo odiaba después de Ba Sing Se, dejará de odiar a Katara algún día también, o al menos sabe que no la odiará más de lo que la odia ahora.
Katara asiente—. Esto no hace que te haya perdonado todavía —dice, y ella tampoco aclara que algún día lo hará, pero ambas lo saben. Y eso es lo más cerca de una verdadera paz que han estado hasta ahora.
Cuando abre la puerta de la habitación se encuentra a Zuko subiendo las escaleras, ambos se miran y Katara dice que volverá para asegurarse de que Aang no se haya perdido en el estado Avatar y tenga intenciones homicidas para con el Señor del Fuego. Todos ahí saben que Aang no puede volver al estado Avatar, no después de que Azula le lanzara el rayo, pero deciden ignorarlo; y todos ahí también deciden ignorar la idea de que es probable que Aang tenga que matar a Ozai para terminar la guerra.
Entonces se quedan solos en el pasillo, se miran y Azula puede ver por un momento el rostro de su madre en Zuko. Es idéntico a ella, piensa, y se pregunta si Zuko también ve a su madre en su propio rostro. Azula espera que no, no desea parecerse a la mujer que la ha abandonado. Pero quizás es mejor, es menos horrible parecerse a ella que parecerse al homicida de su padre.
Los dos se sientan en las escaleras y Azula tiene un deja vu.
Tienen cinco y siete, Azula había roto una ventana y Zuko decidió tomar la culpa, si le decimos a mamá ella sabrá qué hacer. Su padre terminó enterándose primero y lo ha mandado a dormir sin nada para comer. Azula oculta una bola de arroz y una manzana. Azula y su hermano se sientan en las escaleras y Zuko le sonríe al darle las gracias. Azula sonríe de vuelta.
Ninguno dijo nada durante un largo rato, sólo habían estado sentados en las escaleras y Azula quiere decir que deberían quemar toda la casa hasta que ninguna pared permanezca en pie. Zuko no la mira y por primera vez en años, Azula no puede leer a su hermano.
— Lamento no haber estado cuando me necesitabas…
Azula lo mira porque de todo lo que esperaba que dijera, no había imaginado que sería eso lo que diría. Zuko la está mirando, en serio la está mirando y Azula trata de recordar el rostro de su hermano sin esa cicatriz, pero le es imposible. Ese no era su hermano de todas formas, piensa, este es un Zuko completamente diferente, porque el Zuko anterior jamás se habría sentado a su lado a decir algo como eso.
Años más tarde, después de la guerra, cuando encontrasen a su madre de nuevo y Zuko le dijera que entendía si no podía perdonarla porque no estaba obligada a perdonar a nadie, Azula pensaría en este momento. Recordaría este momento cuando Zuko y ella se sentaran en la sala del trono. Recordaría esa noche cuando de adulta pensara que sólo habían sido niños y los adultos no habían estado para protegerlos, que Zuko había tenido que hacer cosas impensables, que había crecido a prisa por ella; recordaría esa noche cuando de adulta pensara que había perdido su infancia en la guerra. Recordaría cada palabra, recordaría la forma en que la miró y cómo algo en su pecho se tensó. Años más tarde pensaría en ese momento cuando viera su rostro llorando cuando fuera ella quien había pensado en usar esa daga que llevaba años escondiendo; recordaría ese momento cuando despertara a mitad de la noche para encontrar a Zuko durmiendo en la silla junto a su cama del hospital; recordaría ese momento cuando le gritara por primera vez a Zuko que sólo sabía empeorar las cosas, que odiaba cómo funcionaba su cerebro, que estaba cansada de las alucinaciones, que lo odiaba a él, a su padre, a su madre y a todo el maldito mundo, que se esforzaba por ser mejor pero seguía empeorando; recordaría ese momento cuando finalmente encontrara la paz y Zuko siguiera ahí para mirarla con la ternura que sólo su hermano podía regalarle. Azula recordaría ese momento una y otra y otra vez años más tarde porque esa noche su hermano la había elegido a ella, y nunca más había parado de elegirla.
Pero por ahora Azula siente su mandíbula tensarse porque no quiere llorar, algo está mal con ella, algo debe estar demasiado mal en su cabeza porque aún después de todo lo que han pasado, aún tiene deseos de asesinarlo y por primera vez tiene miedo de siquiera pensarlo. Azula no quiere llorar y siente su garganta arder, esa sensación en sus oídos y su mandíbula y sabe que está aguantando las ganas de llorar porque ella no llora.
Zuko no se atreve a tocarla, nunca se han abrazado, pero puede ver cómo titubea antes de poner la mano sobre su hombro. Me tienes a mí, estaba diciendo en silencio, me tienes aquí y no me iré de nuevo, y Azula quiere aferrarse a él sólo para asegurarse de que es verdad y no una alucinación. Hay algo realmente mal con Azula, lo sabe.
Parpadea una, dos, tres veces y por fin se escapa una lágrima. Zuko no la abraza, probablemente lo matará si lo hace, y aunque desea que en algún momento lo haga, por ahora se conforma con que pone su mano sobre su espalda y se queda ahí. Eso es lo más cercano a un "te amo" que ha escuchado en su vida, y Azula no puede hacer otra cosa más que llorar hasta que se queda seca.
Es hasta después de un largo rato que dice:
— Deberíamos quemar la casa.
Zuko suelta una risita—. Allá abajo ya tenemos la pira.
Y en esas simples palabras Azula descubre otra cosa. Zuko no le está pidiendo que cambie, que sea otra. Zuko no le está pidiendo que deje de quemar, que deje de estar enfadada, que se siente, que tome sus pastillas y sea perfecta. Zuko le da la oportunidad de sentir. Y Azula nunca había escuchado algo tan liberador en toda su vida.
Y Azula toma el cuadro familiar al final de las escaleras y la lleva hasta la pira. Los demás están durmiendo, pero Zuko y Azula se quedan fuera observando cómo se consume el cuadro donde están ambos junto a sus padres. Azula piensa que no es una pérdida, de todos modos nunca fueron una familia.
— No quise matarte —dice finalmente mientras el fuego alumbra sus caras—. No sólo me refiero a que no quise apuntarte a ti…
Zuko la mira y mientras están a la luz del fuego, Azula se siente más pequeña que nunca. Jamás ha tenido que pedir disculpas por algo, eso sólo es para débiles y… en el fondo siente que debería hacerlo. Sabe que su hermano no le ha recriminado nada, pero sabe que haberle lanzado un rayo, intencionalmente o no, es algo por lo que debe resentirla, y Azula no se siente orgullosa de haberlo hecho.
— De verdad lamento casi haberte matado…
Observa a Zuko apretar los puños pero su rostro está en calma. Y entonces vuelve a relajar sus manos tras respirar hondo.
Quizás en otro momento Zuko bromeará sobre que todas las cicatrices en su cuerpo, se las ha hecho su familia. La quemadura en su rostro, el impacto de rayo en su pecho, las cortadas en sus brazos y piernas. Quizás en otro momento Azula dirá que por lo menos las heridas que él tiene no lo han llevado a un centro psiquiátrico. Quizás en otro momento reirán porque han crecido y ahora pueden bromear sobre esas cosas. Sus traumas, sus chistes.
Pero en ese momento Zuko sólo dice con calma y, si no fuera su hermana, diría que con ternura:
— Lo sé.
Zuko sabe mejor que culpar a su hermana por lo que sus padres y la guerra han hecho con ellos. Alguien debe de poner fin al trauma generacional, a la herida colectiva, y Zuko sabe que debe ser él. Es el hermano mayor después de todo. Y piensa que se lo debe a la Azula que lo miró partir al exilio. Se lo debe a los niños que no pudieron ser.
Por otro lado, sabe que jamás podrá perdonar a su padre. Hace muchos años le robó a su madre, y mucho antes le robó a su hermana. Zuko puede perdonar la quemadura en su rostro, pero no la cicatriz que le ha dejado a su hermana. Muchos años más tarde, cuando Azula esté internada, irá a verlo a prisión sólo para decirle que gracias a él casi vuelve a perder a su hermana; no esperará una respuesta, sólo necesitará sacarlo de su sistema.
Pero por mientras, esos días que estuvieron en la Isla Ember con sus amigos, Zuko pudo pensar en algo más y fue que no estaba dispuesto a abandonar ni perder a Azula de ninguna forma. No por una ley que prohibía que amara a la persona que deseaba amar, no a manos del Señor del Fuego, y no por sus propias manos.
Sus días en la Isla Ember fueron tranquilos por lo demás, al menos hasta que Aang reveló que pensaba pelear con el Señor del Fuego hasta después del cometa y Azula les dijo que Ozai pensaba usar la llegada del cometa para terminar la guerra. Las cosas entonces sólo se pondrían peor y tenían que hacer algo para detenerlo. Entonces Aang había tenido un ataque de pánico al pensar en que debía matar al Señor del Fuego. Azula y él se habían mirado, y ambos habían sabido lo que debían hacer: serían ellos quienes matarían a Ozai, serían ellos quien reclamarían el trono. No sería la primera vez que llegaba al trono un parricida.
Y entonces Aang había desaparecido
No quedaba otra opción, se había dicho, y entonces había pensado que debían buscar a su tío porque necesitarían a un nuevo Señor del Fuego. Zuko había visto cómo su hermana se tensaba mientras cruzaban el mundo para buscar al tío Iroh. No tienes que perdonarlo, le había dicho, y entonces Zuko había sido quien entró a la tienda y ella se quedó con los demás una vez que encontraron al Loto Blanco.
Zuko no se atrevió a mirar a su tío a los ojos cuando pidió perdón, no sólo era como muestra de respeto, sino porque en verdad sentía que mirarlo a los ojos haría todo más complicado. Lamento lo que dije, lamento haberte dado la espalda, lamento haberte abandonado en Ba Sing Se, lamento no haberte apreciado lo suficiente, lamento no haber correspondido con el mismo cariño. Y su tío lo abrazó con fuerza y le dice que está orgulloso y Zuko lloró junto a él porque Azula tenía razón, su tío se ha vuelto algo parecido a su padre y él se ha vuelto algo parecido a su hijo. Y Azula también había tenido razón en otra cosa: él había tenido a su tío, ella no había tenido a nadie.
Azula ni lo miró mientras tomaban el desayuno y trazaban un plan. Zuko notó la forma en que su tío la miraba y él decidió que por ahora tenía cosas más importantes que resolver, otro drama familiar que resolver, quizás porque era difícil separar al tío Iroh que él tuvo del que ella tuvo. Las mismas personas eran su familia, pero sin duda alguna no habían tenido a la misma familia, no habían tenido la misma infancia aunque habían crecido bajo el mismo techo.
Debían detener a Ozai, y el tío Iroh se había negado a tomar el puesto de Señor del Fuego. No puedo matar a mi hermano, la historia sólo lo verá como más violencia, es el Avatar quien debe terminar esta guerra. Pero Azula y él se habían mirado porque sabían que no obligarían a Aang a matar a alguien, era un niño, ustedes también lo son, pero Azula y él saben que hace mucho tiempo han dejado de ser niños: son soldados, lo sabe porque aún visten el negro y el rojo, son soldados porque no se atreven a pensar en las vidas que han tomado, son soldados porque es eso en lo que su padre los ha convertido.
— Liberaremos Ba Sin Se mientras esperamos a Aang —dice Azula y mira a Katara. Le devolveré la ciudad al reino de la tierra, va sin decirse.
Y Zuko se dice a sí mismo que, cuando termine todo esto, a diferencia de la guerra, desea que Azula siga siendo constante en su vida.
No se atreve a despedirse de Sokka, pero el chico le da un fuerte abrazo y le pide que se cuide. Zuko quiere besarlo, decirle que lo ama porque no decirlo con la urgencia de quien está a punto de morir sería un error. Es Sokka quien lo dice, juntas sus frentes y entonces corre junto a Suki y Toph para continuar con el plan.
Zuko mira a Azula, también quiere decirle que la ama, que está orgullosa pero sigue siendo malo con las palabras cuando las necesita. Entonces le tienede una de sus espadas gemelas. Pelearán juntos, y si mueren, lo harán juntos porque su destino en es reclamar su tierra juntos, crecer juntos, y vivir juntos. Es lo que Lu Ten habría deseado.
Para cuando Aang aparece están ayudando a Toph y Sokka derribar globos de guerra.
Se suponía que Aang pelearía con Ozai, ese era el plan, pero el hombre está frente a ellos y los mira con un odio que Zuko recuerda a la perfección. Los quemará, lo sabe, los quemará y no hay nada que puedan hacer. Zuko mira a Azula una última vez, quizás debería decirle que la ama, que la ama, que está orgulloso de su hermana, pero se dice que si lo hace quizás suene como una despedida. Quizás lo sea. Te amo, pero se le atora en la garganta. Quizás no es necesario decirlo todavía.
Entonces Azula lanza su fuego y Zuko nunca la ha visto tan furiosa como en ese momento. Katara tiene en sus brazos a Aang y está tratando de hacerlo recobrar la consciencia, y por lo que dura ese instante, Azula decide que no hay tiempo para esperar al Avatar. Es sólo un niño. Y Azula lanza fuego sin piedad. Sabe lo que piensa, porque él está pensando lo mismo. Nunca más lastimarás a mis amigos.
Azula desvía un ataque que va dirigido hacia él y cuando Zuko encuentra sus ojos, sabe lo que está diciendo, no cometerá los mismos errores porque no son las mismas personas que eran cuando se encontraron en Ba Sin Se. No dejaré que mates a mi hermano, dice esa mirada, y Zuko lanza el siguiente ataque porque se ha prometido no abandonarla de nuevo.
— ¡¿Es todo lo que tienes?! —grita Azula con furia—. ¿Hoy no habrá rayos?
Zuko no sabe si su hermana ha aprendido a desviar rayos, le ha enseñado a Aang, pero no recuerda haberle enseñado a su hermana. Es verdad que él tenía a Iroh para enseñarle, pero Azula no ha tenido a nadie para aprender. Y Zuko ruega por que ser una prodigio en el fuego control sea suficiente para aprender por sí misma.
Pero Ozai jamás ha sido del tipo que se tienta el corazón, grita con furia y Zuko apenas tiene tiempo para reaccionar cuando el rayo sale de sus dedos dirigido hacia su hermana.
Azula está reviviendo ese momento, el día del Eclipse. Zuko recibe el impacto y cae moribundo al suelo, no sabe cuántos rayos puede aguantar un cuerpo humano, y sinceramente no estaba preparada para averiguarlo. Azula grita con horror cuando Zuko se para frente a ella en el momento que su padre lanza el rayo, Azula grita con horror porque desea morir, desea morir, es lo mejor que puede hacer en ese momento, es lo mejor que puede hacer para el mundo, y Zuko otra vez está recibiendo el rayo.
Se había dicho que odiaba a Katara porque su hermano estaba dispuesto a recibir un rayo por ella, por esa sucia campesina. Ahora quiere odiarse porque Zuko es un idiota y está recibiendo un rayo por ella. Déjame morir, Zuzu, tú mereces seguir con vida.
Por un par de segundos, los segundos antes de que el rayo cubra el cuerpo de Zuko, Azula jura que no puede respirar, y entonces el rayo sale por la mano izquierda de su hermano y ha redirigido el rayo hacia una roca cerca de la cabeza de Ozai; es una amenaza. Alcanza a ver el rostro de su hermano, furioso y en el momento en que sus ojos se encuentran, Azula lo entiende. “No permitiré que lo haga”, le había dicho, y ahora su hermano estaba dispuesto a matar a su padre si las cosas llegaban a eso con tal de salvarla a ella. Y por primera vez sabe que su hermano la elegió a ella.
Ozai parece sorprendido porque jamás los entrenó para trabajar en equipo, ahora lo sabe. Es más fácil si se pelean entre ellos, no los necesito como una dupla, si se unen se pondrán en mi contra, son más débiles si los mantengo enojados, son más débiles si se odian.
Azula grita y entonces escupe fuego. Ozai está muerto.
El resto del combate dura tan sólo unos minutos más en los que Zuko y Azula se mueven como en una danza frenética. Azula nunca ha sentido su fuego como otra cosa que odio, y en ese preciso instante mientras su hermano le cuida la espalda y ella lo cuida a él, el fuego se siente como esperanza. Quizás esto es lo que significa el Sol para esa niña que me obsequió la flor, piensa, y entonces entiende por qué ha guardado esa flor en su bolsillo todo este tiempo a pesar de que se haya secado. No puede ver el Sol en ese momento con ese cielo rojo, es su momento para hacer algo de lo que probablemente se arrepentirá cuando el Sol esté afuera.
Aang aparece de nuevo en estado Avatar y ve los globos que aún quedaban en el cielo caer, pero Azula está perdida, el fuego se mueve con furia y ahora es una llamarada salvaje. Aang la mira con esos ojos blancos y asiente. Sabe que no aprueba la violencia de esa forma, sabe que no aprueba la muerte, pero sabe que Aang entiende que no puede permitirle ganar esta pelea a Ozai.
Zuko y Azula respiran al mismo tiempo y siente el fuego salir en sus alientos. Estás muerto, lo sabe, Ozai lo sabe. Sólo ellos saben que es peor sobrevivir como un perdedor que morir a manos de la venganza.
Azula piensa en Toph, ojalá Sokka y Suki la estén cuidando porque de otra forma ella misma los matará. Piensa en Mai y Ty Lee, más les vale que estén bien para cuando vaya a sacarlas de prisión, y entonces colapsa en el suelo junto a su hermano.
Al final del combate Zuko está en el suelo, su pecho sube y baja al ritmo de su respiración y su corazón aún no se ha calmado. Todo tiene ese olor metálico de la sangre, Aang todavía no entiende cómo fue que sucedió, pero sabe que ha ganado porque logró desbloquear su sexto chacra.
Entonces siente la mano de Azula encontrar la suya. Y se miran.
Una risa se escapa de sus labios. Lo han hecho, lo han hecho y aún siente la adrenalina corriendo por todo su cuerpo. Lo han hecho y Azula no recuerda en qué momento la risa se vuelve llanto y en qué momento sus brazos se encuentran con los de Zuko y se oculta en su pecho y llora más. Te amo, te amo, te amo, te amo, quiere decir, pero Azula y Zuko están llorando y riendo y por primera vez en su vida está abrazando a su hermano.
Más tarde Zuko le dirá a los sabios que debe haber dos Señores del Fuego. Más tarde Azula buscará a Ty Lee y Mai en prisión y las cosas estarán bien porque ella no matará a Zuko y Mai no traicionará a nadie. Más tarde dejará de pensar en Ozai porque ya no es importante en sus vidas. Más tarde Iroh pedirá perdón a su sobrina y ella le dirá que jamás cometerá los mismos errores que él y su padre cometieron, aún no puede perdonarlo y no sabe si lo hará. Más tarde Zuko recorrerá todo el mundo para visitar a Sokka en la Tribu Agua del Sur y lo besará en las fiestas de fin de año, cuando los Espíritus Guardianes pueden bendecir las uniones. Más tarde Azula tirará a Toph al estanque de los patos tortuga y ella la derribará moviendo el suelo para hacerla caer también. Más tarde Katara mirará a Zuko y le dirá que está muerto si decide lastimar a su hermano. Más tarde Azula pasará varios meses entre las guerreras Kyoshi sólo para estar cerca de Ty Lee. Más tarde Zuko volverá a Mai la primer mujer parte del concejo para que nadie pueda obligarla a casarse. Más tarde Azula besará a Ty Lee sin miedo a que las arrastren por las calles y las ejecuten en una pira. Más tarde Toph los ayudará a instaurar un congreso y un sistema de gobierno basado en la verdad porque nunca se le escapan los mentirosos. Más tarde Azula mirará a Katara y todo el odio que sentía se habrá esfumado porque se habrán vuelto amigas. Más tarde Sokka le enseñará a Zuko a bailar. Más tarde Azula abrazará a Hakoda sin miedo a ser quemada. Más tarde Zuko encontrará a su madre. Más tarde Azula terminará en un centro psiquiátrico porque aún tiene pesadillas y alucinaciones. Más tarde Zuko estará ahí junto a Ty Lee para esperar a su hermana tras ser dada de alta del hospital. Más tarde Azula se convertirá en hermana mayor. Más tarde Zuko morirá de vergüenza cuando Gran Gran le pregunte si sabe construir un iglú y Sokka diga que no importaba porque él podría hacerlo porque Zuko es bueno con los cuchillos y será un gran cazador. Más tarde Azula aprenderá el lenguaje de los abanicos con las guerrera Kyoshi para decirle “Te amo” a Ty Lee. Más tarde Toph descubrirá que todo este tiempo los Señores del Fuego la han amado como a una hermana y nunca ha estado más feliz de haber escapado de casa junto a Aang. Más tarde Azula hará pasar una ley para legalizar la homosexualidad en la Nación del Fuego. Más tarde Zuko prohibirá la pena de muerte y las terapias de conversión. Más tarde Azula entregará las flores en la ceremonia de unión de su hermano y Sokka en el Polo Sur. Más tarde Zuko acompañará a Azula al altar donde la espera Ty Lee en una ceremonia de matrimonio entre las guerreras Kyoshi. Más tarde Azula no temerá al decirle a Zuko que lo ama. Más tarde Zuko abrazará a su hermana de vuelta para decirle que la ama. Más tarde… más tarde… más tarde…
Por ahora, la guerra había terminado. Y por ahora ambos se abrazaron en el suelo porque el horror había terminado también. Te amo, se dicen al fin. Y cierran los ojos un momento porque el Sol estará ahí al abrirlos de nuevo.
