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EL TIEMPO GANÓ
Otro día más en la lúgubre y oscura de Hat island, un lugar donde el propio cielo parecía que hubiera decidido pudrirse lentamente sobre una tierra contaminada y maldita.
En el centro de ella, justo donde se realizaban todas las actividades turbias de la isla y del mundo en general, se alzaba la vieja mansión Black Hat. Aquel lugar que más de uno, incluido los villanos que se ocultaban allí, evitaban acercarse para no alterar al mayor de los villanos y líder la Black Hat Organization, la mejor y más prestigiosa empresa para la villanía, ya que no había más. Si a alguien se le ocurría hacer una empresa y ser la competencia… digamos que o acababas siendo absorbida por la BHO o acababas siendo absorbido en uno de los vértices directos al infierno que creaba el jefe.
Justo como ocurría ahora mismo con un infeliz que no tuvo la mejor idea que negarse a fusionarse con él y ahora estaba siendo llevado al Círculo del Eterno Sufrimiento. El villano gritaba, aferrándose con uñas y dientes al suelo de mármol mientras dejaba tras de sí rastros de sangre y se retorcía intentando huir del vórtice que lo absorbía inevitablemente hacia su destino final.
Por lo general ese espectáculo habría sido entretenido para Black Hat, pero hoy precisamente no se podía centrar en nada. Ni siquiera se regodeó ni se burló de él; solo estaba reclinado en su asiento, con los dedos entrelazados, esperando que aquel necio se fuera de una vez y dejara de abusar de su valioso tiempo. No tardó mucho en que ocurriera cuando un tentáculo salió del vórtice y se llevó al fin al hombre, dejando así el despacho en silencio.
Black Hat suspiró con fastidio. Por septuagésima vez en lo que iba de mañana, sacó su reloj de bolsillo y lo abrió con el ceño fruncido, como si odiara las manecillas.
Tic tac.
Tic tac.
Tic tac.
Detestaba la lentitud con la que avanzaban esos malditos segundos. Antes, el concepto del tiempo no le importaba, para alguien que llevaba existiendo eras enteras, las décadas eran insignificantes, simples parpadeos en comparación con su eternidad. Sin embargo, desde hacía unos años, había empezado a aborrecer el avance del almanaque, la forma en que las cosas cambiaban a su alrededor y cómo la vejez le arrebataba, lentamente, todo lo que tocaba.
De pronto, cerró el reloj de un golpe seco, cediendo por fin a un impulso que llevaba todo el día reprimiendo, se levantó de su asiento y se disolvió en su propia sombra sin avisar a nadie. Total, no esperaba más clientes, y si llegaba alguno, poco le importaba; además, ninguno de sus lacayos sería tan suicida como para ir a buscarlo y molestarlo.
¿Cuántos años llevaba haciendo esto? Ya ni lo recordaba.
Antes de que siguiera pensando en lo patético que era por caer de nuevo en esa rutina anual, materializó su silueta en el lugar donde residía el doctor desde hacía quince años. Era un espacio al aire libre, sin la contaminación habitual de Hat Island, rodeado de campos, flores, cipreses oscuros y estatuas antiguas erosionadas por el paso del tiempo. El aire olía a tierra seca, mármol envejecido y flores marchitas por el sol. Era un sitio demasiado tranquilo, incluso para el humano, pero, al fin y al cabo, todos terminaban en el mismo lugar.
Caminó desenvuelto, con las manos en la espalda, no era la primera vez que iba a un cementerio, aunque esta vez no iba a exhumar cadáveres ni a invocar a los muertos, ojalá fuera algo tan sencillo como eso.
Se detuvo ante una lápida demasiado simple que tenía una inscripción de su nombre y una dedicatoria que no le hacía justicia a quien yacía debajo, pero a esas alturas, qué más daba. Frunció el ceño, manteniendo su porte recto y la mirada fija en el trozo de piedra como si fuera la mayor de las ofensas.
Qué pérdida de tiempo, no entendía cómo terminaba yendo hasta allí solo para ver un pedazo de roca y una tierra más que asentada que cubría lo que ya era simple polvo. Todos los años le pasaba lo mismo, amanecía de mal humor, hacía las cosas sin ganas, se reprendía por volver de nuevo aquí mientras se preguntaba para qué perdía el tiempo, luego regresaría a su mansión, tomaría todo el alcohol y el veneno que pudiera aguantar su cuerpo físico y se iría a dormir. Todos los años se decía que no volvería a hacerlo, y, todos los años acababa regresando y repetía lo mismo.
Pero todo esto era culpa del doctor, y solo de él. Desde que le dio aquel primer regalo de cumpleaños, había terminado repitiendo la misma acción año tras año. Al principio solía desaparecer ese día para ignorar las insulsas muestras de felicidad de sus empleados, pero luego empezó a darle objetos que le parecían inútiles, y que aun así se esforzaba en conseguir solo para contentarlo.
Como aquella vez en la que el doctor le habló, en uno de sus sueños, sobre unas piezas rarísimas de aviones antiguos, imposibles de encontrar y descatalogadas hacía décadas; a la mañana siguiente, el científico encontró cada pieza perfectamente ordenada sobre el escritorio de su laboratorio, sin ninguna explicación lógica de cómo habían llegado allí. O aquel café absurdamente caro que Flug probó durante una misión y del que no dejó de hablar en semanas porque, según él, tenía «el equilibrio químico perfecto». También estuvo aquella pluma ridícula que mencionó casualmente en una cena de empresa hacía más de veinte años. Le fastidiaba recordar un detalle tan inútil, pero la pluma terminó apareciendo en el despacho de Flug el día de su cumpleaños.
Sucedió lo mismo con los vinilos de jazz antiguos que el doctor mencionaba cuando Black Hat se colaba en su sueño para ambientar sus veladas con la música que le había gustado a lo largo de los siglos; con las herramientas imposibles de conseguir, y con el hornillo nuevo que reemplazó al que explotó por culpa de uno de los desastrosos intentos de cocina del científico. Incluso una vez le dejó frente a la puerta un ridículo plato de tortitas que había cocinado él mismo.
Por supuesto, jamás se los entregó cara a cara; no era un sentimental patético. Pero cada uno de esos regalos iba siempre acompañado de una rosa negra, como si en el fondo necesitara que Flug supiera exactamente de quién venían.
Ahora que lo pensaba, habían compartido demasiados cumpleaños. Todavía recordaba a la perfección al científico joven y escuálido que corría de un lado a otro del laboratorio con aquella absurda bolsa de papel en la cabeza, tropezándose consigo mismo y tartamudeando cada vez que escuchaba sus pasos acercarse. Luego llegaron las primeras canas, las gafas más gruesas, las ojeras cada vez más profundas, las manos cansadas, los movimientos torpes y, finalmente, el momento en el que comprendió que el doctor ya no servía para seguir el ritmo de la organización.
Había sido irritante. Porque, aunque Flug seguía siendo brillante para los estándares humanos, su cuerpo ya no reaccionaba igual, le costaba mantenerse despierto durante las jornadas largas, sus manos temblaban ligeramente al soldar piezas pequeñas y su vista había empeorado tanto que necesitaba pegarse a las pantallas. Y Black Hat no toleraba empleados inútiles.
Por eso decidió apartarlo definitivamente del trabajo y ordenarle que se jubilara, aunque, siendo sinceros, fue el único subordinado al que no destruyó cuando dejó de ser útil, permitiéndole mantener una paga incluso después de sus servicios (aunque él decía que era un soborno para que jamás hablara de lo que hizo en la empresa, lo cual era absurdo porque bien podría haberlo amenazado de muerte sin haber gastado ni un centavo).
Desde entonces, el doctor pasó el resto de su patética jubilación con aquella dichosa familia humana que había formado.
Eso fue otro tema que tuvo que aguantar durante un tiempo y, lo que más le costó aceptar.
Fue algo chocante cuando descubrió que el doctor se había enamorado de una mujer, encima de todo, una civil, ni siquiera era una villana. No entendía cómo un ser tan mediocre había conseguido ocupar tiempo que antes pertenecía únicamente a él y al trabajo del doctor.
Intentó impedir esa unión de muchas maneras, poniéndole más carga de trabajo para que no tuviera ni un hueco libre, haciendo que la mansión cambiara y se moviera solo para que el doctor jamás pudiera salir de la mansión, amenazándolo, intentando matar a esa mujer (la cual, debía de admitir que tenía mucha suerte ya que siempre se libraba de la muerte de alguna u otra forma).
Al principio fue bastante efectivo, pero en vez de conseguir que se rindiera el doctor, este solo logró sentirse más desgraciado, parecía un alma en pena más en la mansión, no hablaba, no quería relacionarse con nadie, ni siquiera era él mismo en sueños por mucho que el demonio manipulara sus sueños para que fueran amenos, pero fue completamente inútil.
En esos sueños creó todo tipo de escenarios, como laboratorios infinitos donde Flug disponía de recursos ilimitados para crear cosas físicamente imposibles en cuestión de segundos, salones de baile suspendidos sobre galaxias moribundas, cielos inexistentes, música perfecta, noches eternas y conversaciones tranquilas en las que el científico sonreía sin miedo mientras hablaba durante horas sobre motores, planos y estupideces científicas que solo él parecía encontrar interesantes.
Black Hat lo trataba con amabilidad, le tomaba de la mano, la besaba con caballerosidad, lo escuchaba cortésmente, le daba su verdadera opinión sin ser del todo cruel, a veces, cuando ya no podía más, lo besaba y le decía lo que realmente sentía por él.
El doctor sonreía por esos actos, sí, pero no de la misma manera, incluso notaba que procuraba hacer de alguna manera en sus sueños evitar esa clase de contacto con su jefe, como si realmente no deseara aquello, y hacía aparecer de la nada la imagen de esa mujer, invadiendo sus salas de baile, jardines, cielos y cualquier escenario que creara. Siempre que pasaba, el demonio se deshacía de ella para que pudieran seguir con su velada.
Pero hubo una noche especialmente irritante que todavía recordaba, incluso décadas después. Habían estado compartiendo uno de aquellos sueños tranquilos que tanto odiaba admitir que disfrutaba; Flug hablaba sobre algún invento ridículamente complejo mientras ambos bailaban lentamente en medio de un enorme salón iluminado únicamente por estrellas flotantes y velas verdes suspendidas en el aire.
Todo iba bien hasta que el escenario empezó a cambiar solo.
Las sombras desaparecieron, la música se deformó y el salón entero comenzó a deshacerse como papel mojado. De pronto apareció aquella humana, saludando al doctor y atrayéndolo, como una sirena a un marinero, hacia una casa en medio de una colina; él intentó atrapar a Flug, pero lo traspasaba como si fuera humo, así que terminó yendo directo a por ella.
Black Hat corrió detrás de él para atraparlo e impedir que fuera con esa mujer, pero en cuento entró a esa casa los vio a los dos riéndose mientras cocinaban galletas en una cocina absurdamente acogedora, llena de luces cálidas, olor a café y música animada sonando de fondo.
Flug sonreía, pero no como lo hacía con él, no era esa sonrisa nerviosa y emocionada que aparecía cuando Black Hat lo felicitaba por algo o cuando compartían aquellos momentos tranquilos dentro del sueño.
No.
Era una sonrisa real.
Tan condenadamente real que provocó que algo dentro del demonio se revolviera con violencia, por lo que intentó borrar aquella escena con sus garras y fuego. Destruyó la casa, mató a la mujer del sueño de la forma más horrible posible y le provocó a Flug la peor pesadilla que había tenido en su vida como castigo.
Pero por mucho que lo hiciera, siempre acababa volviendo, porque al fin y al cabo era lo que deseaba Flug.
Aquello fue probablemente una de las experiencias más desagradables de toda su existencia, porque por primera vez entendió algo que jamás llegó a pensar.
No importaba cuánto poder tuviera.
No importaba cuántos mundos hubiera destruido.
No importaba que fuera una criatura capaz de arrastrar civilizaciones enteras al abismo con un simple gesto.
Seguía siendo incapaz de hacer algo tan absurdamente humano como conseguir que alguien se quedara a su lado por voluntad propia. Aquello fue horrible, porque Black Hat siempre conseguía lo que quería.
Siempre.
Si deseaba un reino, lo conquistaba.
Si deseaba poder, lo arrebataba.
Si algo le molestaba, lo destruía hasta que dejaba de existir.
Pero Flug… Flug nunca había sido algo que pudiera poseer realmente.
Quizá ese fue el error desde el principio, cuanto más intentaba retenerlo, más miserable se volvía el científico, y cuanto más intentaba forzar la cercanía, más terminaba alejándolo. Además, Black Hat albergaba demasiado vacío en su interior como para no terminar destruyendo, tarde o temprano, cualquier cosa que intentara conservar. Así que, cuando comprendió la magnitud de su propia naturaleza, finalmente lo dejó marchar. Aunque aquello le hubiera dolido muchísimo más que arrancarse el corazón (ese órgano que todavía negaba a decir que tenía) con sus propias garras.
Lo peor era saber que, en el fondo, Flug sí había llegado a tener sentimientos por él durante todos aquellos años. Había visto la forma en que el doctor lo miraba en la intimidad de sus sueños, la manera en que prolongaba los minutos en el plano onírico y cuánto anhelaba que ese "Black Hat compasivo" fuera real. Pero un fantasma nunca sería suficiente.
Porque sabía que no podría darle a Flug lo que necesitaba, jamás podría darle la tranquilidad que se merecía, ni cariño sincero sin preocuparse de mantener su fachada de ser cruel y malvado, ni una vida estable y familiar como había proyectado en tantos sueños con esa mujer.
Porque sabía que era incapaz de amar correctamente. Él era un ser de pura oscuridad; no tenía alma ni sentimientos, y todo lo que tocaba terminaba pudriéndose debido a su naturaleza.
Así que, por primera vez en toda su existencia, se rindió.
Dejó de inventarse excusas para mantenerlo encerrado trabajando, ordenó a la mansión que dejara de alterar puertas y pasillos cada vez que Flug quisiera salir, desistió finalmente en sus intentos de hacer desaparecer a aquella humana y lo que más le costó de todo.
Dejó de entrar en sus sueños.
No porque hubiera dejado de desear hacerlo, sino porque sabía perfectamente que, si seguía apareciendo allí y veía aquella felicidad en la que él ya no tenía lugar, terminaría convirtiéndose en algo todavía más miserable y patético de lo que ya se estaba convirtiendo por culpa de aquellos sentimientos. Así que permitió que el doctor viviera aquella pequeña y efímera vida humana que tanto parecía desear, con ella aunque eso no significó que dejara de observarlo solo para asegurarse de que seguía sonriendo y que esa mujer le hacía realmente feliz.
Y lo hizo; ella supo hacerlo muchísimo más feliz de lo que él jamás habría podido, y eso le dolía más de lo que le gustaba admitir. Al principio fue desagradable dejar que se fuera con ella, pero terminó aceptándolo. Al fin y al cabo, los humanos eran criaturas ridículamente efímeras. ¿Qué hacía él perdiendo su valioso tiempo con un mortal? No debía encariñarse con algo que moriría pronto.
Pero, incluso diciéndose eso, era incapaz de arrancarse ese molesto sentimiento. A pesar de sus esfuerzos por sacar a esa criatura patética de su cabeza, el recuerdo persistía, aferrado tanto a su mente como a su inexistente corazón.
Con un sutil movimiento de muñeca, hizo aparecer una rosa negra, tal como había hecho durante los últimos quince años, y la colocó con cuidado sobre la piedra. Sintió una punzada de rabia, aunque ya no sabía si era contra sí mismo o por la frustración de no poder ver la reacción del humano, como solía hacer cuando se transformaba en sombra mientras este aún vivía.
Porque Flug ni siquiera podía verla ya o quizá sí. No estaba completamente seguro de qué ocurría con las almas humanas después de morir y, sinceramente, jamás le había interesado demasiado el asunto,
Aunque debía admitir que, en más de una ocasión, se había sentido tentado de descender al infierno para buscarlo (sí, digo infierno, porque era obvio que el científico habría acabado allí, tanto por las cosas que hizo en vida como por haber trabajado para alguien como él), para un ser como él, ir allí no le era complicado. Podría haber ido, rastrear al doctor entre millones de almas en pena y hablar con él otra vez en persona; volver a escuchar su tartamudeo, oír su irritante voz llamándolo “jefecito”, contemplar de nuevo esos ojos ocultos tras las gafas de trabajo y ver esa sonrisa detrás de la ridícula bolsa de papel o cara a cara, ya que, estando muerto, seguro que le habría dado igual mostrar su rostro.
Pero nunca lo hizo, porque sabía perfectamente que sería un error que no tardaría en repetir, igual que cuando entró por primera vez en sus sueños. Ya le había costado demasiado acostumbrarse a su ausencia sin terminar destruyendo medio universo por pura frustración como para volver a caer en el mismo círculo vicioso. Sin embargo, en momentos como ese, le habría gustado abrir un portal y entregarle aquella rosa en persona por primera vez, tal como jamás hizo en vida; decirle todas las cosas que guardó en silencio, dejar de lado la máscara por un instante y ser sincero para soltar el peso que cargaba constantemente por su culpa. Maldecirlo, gritarle, agarrarlo del pescuezo como en los viejos tiempos, besarlo, abrazarlo y no soltarlo nunca más...
Pero no podía hacerlo. No. Debía dejar que el doctor descansara. De todas formas, se había asegurado personalmente de que Flug fuera destinado al círculo menos cruel del averno, otorgándole todas las comodidades posibles para su eternidad.
- ¿Qué haces aquí? – dijo una voz que hizo que el malvado girara apenas la cabeza y pusiera las manos detrás de la espalda, volviendo a su porte arrogante de siempre.
A unos metros de distancia se encontraba un hombre alto de cabello oscuro, ligeramente encanecido en las sienes, que llevaba unas gafas de trabajo demasiado familiares y una expresión rígida mientras sostenía discretamente un arma tecnológica a un costado.
Black Hat soltó un bufido por la nariz, pero se giró lentamente y sonrió lo más retorcido que podía ante ese hombre.
- Vaya vaya… – dijo lentamente, sacando un momento su lengua bífida - ¿Qué hace un héroe como tú en un lugar como este? ¿No tienes que hacer el bien en alguna parte, Techno-heart? - su ojo izquierdo ondeó en círculos rojos y su voz sonó más tenebrosa que de costumbre ante el héroe.
- ¿Por qué estás aquí? – volvió a preguntar, serio - ¿Es que quieres arrebatarle el alma o resucitarlo para volver a utilizarlo? – preguntó sin retroceder a pesar del miedo.
Ante esas palabras, el villano soltó una risa malévola, casi irónica, por esa idea tan descabellada que soltó, aunque, siendo sinceros, podría hacer eso perfectamente si quisiera.
- Aléjate de la tumba de mi padre – ordenó sin bajar el arma.
Black Hat soltó una risa seca.
- ¿Y qué piensas hacer exactamente, niño? - aquel apelativo salió solo, ya no es que lo hubiera visto crecer, sino porque ya no pudo llamar a nadie más doctor. Hacía años que no llamaba a nadie más así, ni siquiera a su nuevo científico ya que, para él, aquel apelativo solo era para el que ahora mismo estaba enterrado.
El héroe frunció el ceño y lo apuntó directamente, pero el demonio ni se inmutó, ni siquiera se molestó en volver a mirarlo ya que le recordaba ligeramente a Flug cuando ponía aquella postura nerviosa y la misma rigidez que ponía cuando usaba un arma.
Todavía no se podía creer que la semilla del doctor se desperdiciara y fuera al bando equivocado, con el intelecto que había heredado de su padre podría hacer grandes cosas, pero el muy incauto decidió darle la espalda a su legado para luchar por lo que creía correcto.
- No quiero pelear aquí - advirtió.
- Entonces baja eso - respondió Black Hat con absoluta calma mientras volvía a mirar la lápida - ¿Qué clase de héroe irrespetuoso viene armado a perturbar el descanso de los muertos? Eso es bastante malvado – rio lentamente, solo para disfrutar de la rabia que le provocó.
El otro apretó la mandíbula, pero terminó bajando ligeramente el cañón, aunque sin dejar de vigilarlo ni un solo segundo. Al menos era lo bastante inteligente como para saber a quién tenía enfrente y que iniciar un combate contra él era una sentencia de muerte segura. Black Hat se dio la vuelta una vez más y rozó la piedra con la punta de los dedos antes de comenzar a disolverse en las sombras.
- Feliz cumpleaños, doctor - murmuró, tan bajo que el saludo pareció perderse en el susurro del viento. Luego, clavó su mirada un instante en el hijo del científico - Espero no volver a verte.
Después desapareció entre las sombras como si jamás hubiera estado allí, dejando solo al hijo de Flug, quien se quedó observando la rosa negra sobre la lápida mientras intentaba comprender por qué, durante apenas un segundo, la criatura más aterradora del universo había parecido completamente sola. Ahora que se fijaba, esa rosa era la que siempre veía cuando iba a visitar la tumba del doctor, ¿tendría alguna clase de relación? No imposible.
Mientras tanto, lejos de allí, la silueta de Black Hat ya se materializaba de vuelta en la fría soledad de su despacho, se dejó caer en su asiento, aguardando en un silencio sepulcral a que su siervo apareciera con la botella que acababa de exigir para aplacar la tormenta que había en su mente. Clavó la vista en el ventanal, contemplando la lúgubre penumbra de la isla sin fijarse en nada en concreto, atrapado en el eco de una ironía que le resultaba insufrible.
Aquel villano podía destruir mundos enteros con un simple chasquido. Podía arrastrar civilizaciones completas al abismo y alterar la realidad misma si se le antojaba. Tenía el destino del universo en la palma de su mano y, aun así, se descubría ahí, estancado en un desierto de recuerdos. Ni siquiera alguien con su infinito poder había sido capaz de detener algo tan insignificante, invisible y puramente humano como el tiempo.
Porque el tiempo ganó.
Se lo había llevado, reduciendo al brillante doctor a simple polvo, sin que el soberano de la villanía hubiera podido hacer absolutamente nada para evitarlo.
Y quizá eso era lo que más odiaba, que, por primera vez en toda su eterna existencia, había encontrado algo que realmente quiso conservar y que le era incapaz de soltar.
