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En noviembre Abby (con su abogado) encontró un error en sus papeles y se dio cuenta que nunca estuvo casada con él. Nadie vino a decirle que era algo que los dos de alguna forma estaban buscando: dejarse. Nadie le avisó que la primera semana sentiría un alivio injertado; se instaló en todo su sistema y dio como efecto algo soporífero. Nadie le avisó que no era el fin del mundo. Nadie le avisó que no la quería como pensaba y que echarla de menos se trataba más del hecho de querer algo al lado por las noches que la presencia de ella misma.
La editorial por otro lado, no tenía un sentido de humanidad. Era una persona jurídica, no existían cosas como vacaciones por divorcio, o el fantasma de un divorcio. Frank tenía en realidad como quince correos contados de su agente para poder discutir de una vez la venta de derechos de su saga más prestigiosa. Él, un don nadie, había creado una de las últimas maravillas de internet: Tales de Miletoville con un juego de palabras por un filósofo griego como título. Era una saga de libros de ficción que tuvo tanta repercusión que ahora lo había metido en un problema. A él y a su co-escritora, Trinity Santos.
—No creo que Robby se enoje contigo —dijo Trinity por teléfono. Podía jurar que la veía rodando los ojos por explicarle por décima vez que las cosas no eran como su cabeza acostumbraba a construir—. Ahora, Dana si estará enojada contigo, me llamó hace media hora, tienes que atender el puto teléfono Frank.
—Ya te atendí.
—A Dana, cabeza charco. Mira, tampoco quiero hacer esto, ¿Entiendes? Pero sucedería tarde o temprano, ¿Quieres recoger tu mierda, organizarte y hablar de esto de una vez?
Su voz era punzante, sonaba a enjambres. Tal vez era lo que su cerebro hacía para no tolerar del todo a Trinity Santos. Desde que se recibieron en la USC de la escuela de artes cinematográfica y tuvieron esa gran idea borrachos en aquella tienda en Memphis mientras Trinity lloraba por su ex novia, no habían dejado de verse las caras nunca más.
La idea fue suya primero, pensó en voz alta "tenemos que crear un villano con el nombre de tu amada", al principio se rieron. A medida que conducía a Collierville y el llanto de su mejor amiga pasaba a ser un respiro tenue, la idea se gestó como una tabla de ajedrez. Fue muy raro... Como si algo colisionara con la capa de ozono e iluminara todo el cielo, no era algo extraño para ellos, las ideas solían presentarse en su porche mental todo el tiempo pero lo que lo hizo diferente fue la sensación. Algo grande se venía y los dos hicieron lluvia de ideas en las notas del destartalado teléfono de Langdon.
Años después y todavía el proyecto los perseguía. Con cinco libros siendo traducidos a 32 idiomas y contando, Trinity Santos y Frank Langdon eran reconocidos escritores trabajando para Arma Blanca, la editorial de Michael 'Robby' Robinavitch y Jack Abbot.
—Mira, no sucederá, punto. Tengo que colgar, está por llamar el agente inmobiliario.
—¿Agente qué? ¿Por qué hablas con un agente inmobiliario a las tres de la mañana? A mí no me jodas —rechistó tras la línea. Frank soltó una pequeña risita, su excusa no era mentira del todo, su agente estaba en otro país y le quedaba bien llamarle de madrugada.
Claro, era imposible que su mejor amiga le creyera, ¿Qué podía hacer al respecto?
» Frank, es una gran oportunidad, ¿Entiendes? Además, ¿Nunca... —se quedó callada por unos segundos y se oyó como caminó sobre la hierba, seguro estaba afuera de su casa—, nunca te tentó la idea de ver a nuestros chicos en pantalla? Vivos.
—No.
—Ay por favor, ¿Ni siquiera una vez?
—No. No me gusta. No quiero esto. Es prostituir nuestra idea y regalarle a directores de Hollywood que no entienden la esencia de Tales y Figuero, apuesto a que los van a mal interpretar. —Tantas veces se quejó de lo mismo, no temía repetir sus palabras—: mientras yo sostenga mi no, ellos serán siempre bien entendidos.
Trinity ya estaba un poco cansada.
—¿Y si busco un trato más formal? Hacer equipo con el productor ejecutivo, no tiene mucha ciencia. Una cláusula tal vez, una donde nos permitan formar parte de toda la construcción de mundos. Hablaré con Samira del asunto.
La abogada de la editorial tenía que encargarse de todo el juego sucio. Tal vez podría funcionar, Samira era de las pocas personas allí que le caían relativamente bien.
—Trinity, tengo que colgar, de verdad.
—¡Frank!
Bloqueó el teléfono y dio pasos casi arrastrados hasta la cocina para cargar un vaso de agua. Cassie McKay tocó el vidrio de su ventana y él se sobresaltó, no existía probabilidad de que estuvieran despiertos a la misma hora porque ella dormía como un yunque todo el tiempo. Algo jodido había pasado, no necesitaba ser tan inteligente.
—Necesito que te quedes con Harrison por unos días —soltó cuando abrió la puerta, tenía una bolsa de ropas y el pequeño estaba sosteniendo su cepillo de dientes, llorando medio escondido detrás de su madre—. Es de vida o muerte.
—¿Qué carajos...?
Al apartar el flequillo de su frente notó que tenía el ojo morado, su corazón empezó a latir y cerró la puerta para que pasaran. La conversación no duró demasiado, Cassie sabía que Frank estaba a punto de mudarse a Sausalito, California y le hizo jurar que llevaría a Harrison con él. No hubo tiempo para más explicaciones, las luces estroboscópicas de la policía iluminaron todo el pavimento del vecindario. Algo había pasado.
—Te amo, ¿De acuerdo? —susurró Cassie al darle un beso en la frente a su hijo y salió por la puerta de atrás.
Conocía a Frank Langdon por la editorial. Ella escribía libros de psicología enfocada en traumas y otros porqués, solían cruzarse por los pasillos y en una ocasión hablaron por más de media hora sobre asuntos triviales pero nunca más supo de él hasta enero.
Mel King le había contado a su jefe Michael (a quienes todos llamaban Robby por su apellido), que quería vender su casa en Sausalito, California para recorrer Europa por unos meses. Una cosa había llevado a la otra y este le puso en contacto con Langdon, su posible comprador. Ahora todo se estaba tramitando ya a través de un agente inmobiliario y de alguna forma quería sacarse eso de encima.
Un correo le llegó a las cinco de la mañana. Ella estaba despierta cuando su teléfono se iluminó.
De: Frank Langdon.
Para: Melissa King.
Sé que quedamos en que la compra sería para dentro de tres semanas pero estoy yendo de camino a Sausalito, tengo una emergencia gigante. Necesito que me recibas en tu casa. A mí y a un niño de 11.
Es de vida o muerte.
No olvidaré este favor.
Por favor.
