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Heaven Won't Save Us

Chapter 4: Como el manzano entre los árboles silvestres

Notes:

(See the end of the chapter for notes.)

Chapter Text

"...Así es mi amado entre los jóvenes; bajo la sombra del deseado me senté, y su fruto fue dulce a mi paladar."

Cantares 2:3


Austin había sido el hogar de mi familia durante generaciones. Me parecía inaudita la decisión de la mudanza. Vender el rancho luego de la muerte de mi abuelo no me parecía lo más inteligente, pero la reciente pérdida manchaba la mente de mi padre. Había sido difícil; el cáncer no solo consume a la persona, sino también a las familias. Volver del hospital sin él hacía que la casa se sintiera vacía, como un limbo entre la realidad y una pesadilla.

Entonces mamá dió la idea de mudarnos. Comprar una casa en Indiana tampoco parecía una buena idea, pero mamá estaba emocionadísima de dejar Texas, dejar ir la casa donde crecí, donde mi padre creció y también mi abuelo. Tal vez lo veía como una oportunidad de empezar de nuevo; sin las colchas de retazos, las marcas en las puertas y las plantas del huerto. Empezar sin dolor, sin recuerdos.

No sentía alegría por dejar mi hogar. Siendo un hombre de costumbres, dejar todo atrás haría que me comportara como una gallina sin cabeza. Cuando sabes exactamente como será la semana es mucho mas fácil saber como se supone que debes reaccionar. Nada de improvisación, por supuesto.

No había nada más que mi rutina para unirme a ese lugar. En mis largos catorce años de vida no había podido conectar con nadie más allá de mi familia y los animales, pero incluso dejarlos a ellos no me alteraba tanto como dejar mi horario. La incertidumbre no me había dejado dormir la noche anterior, pense en tantas cosas que incluso olvide hacer mi oración antes de dormir.

Se llamaba Hawkins y yo me sentía sofocado con solo escucharlo. El nombre solo parecía traer problemas, o tal vez era mi instinto hablándome, advirtiéndome antes de caer en la trampa de osos que era ese decadente pueblucho.

-Es tranquilo -decía mamá, quien al parecer tenia una conocida en el lugar.

Probablemente no habría nada más que ver que maizales gigantes y capillas pequeñas a punto de caer.

Empacar mis cosas en cajas que se llevaría el desgastado camión de mudanzas no me trajo nostalgia alguna. Ver cómo mi padre cerraba la puerta del rancho por última vez tampoco.

Comencé a sentirme un poco mal luego de la primera hora de viaje, pero lo atribuí a un simple mareo provocado por el olor constante a gasolina y el calor del asfalto que quemaba las llantas del coche.

Teníamos suficiente dinero como para comprar billetes de avión, pero a mi padre se le había ocurrido la maravillosa idea de que viajar por carretera podría ayudarnos a pasar tiempo en familia. Pasar mas de veinte horas en un coche no era precisamente mi idea de diversión, y menos encerrado oyéndolo predicar sobre los salmos.

-Nada de radio Chance. No transmiten la misa a esta hora -me habia dicho antes de seguir parloteando.

Había pasado más de la mitad del día, cuando el cielo comenzó a teñirse rojo por el atardecer. Pase casi todo el viaje metido en mi cabeza, imaginando escenarios de tragedias inminentes, hasta que mi padre decidió detenerse en una gasolinera. Al salir me recibió el calor húmedo de Tennessee, completamente alejado al calor de Texas, tan seco que parecía rasparte la garganta.

Me compré un agua sabor limón que costó un dólar con cincuenta centavos. Era tan dulce que sentí la lengua pegada al paladar, pero aún así me la bebi toda, porque eso era mejor a qué mi padre me regañara por desperdiciar dinero.

Volver al coche se sintió como una tortura. Me dolían las piernas de estar sentado y ya no podía abrir la ventana porque insectos podrían meterse y hacer del viaje algo todavía peor. Tomé la decisión consiente de que lo único que podía hacer para sobrevivir al resto del trayecto era dormir.

Me desperté cuando la oscuridad ya se tragaba el coche. No podía ver nada más allá del frente; las luces apenas iluminaban la carretera vacía. Todo estaba en silencio. Ahora era mamá quien conducía, con mi padre dormido en el asiento delantero.

-Mamá, ¿falta mucho? Creo que moriré de viejo en esta máquina.

Estaba más que cansado. Cuando viajas, solo te queda resignarte a un sueño intranquilo y a la posibilidad de morir en un choque.

-Un poco más, cariño. Cuando lleguemos podrás descansar. Le avisé a mi amiga de nuestra llegada y nos ayudó con lo básico. Cuando nos instalemos tenemos que invitarla a cenar, se lo debemos.

Para nada satisfecho con mi sueño a medias, decidí intentar volver a dormir. Pero con la oscuridad atravesando la ventana parecía imposible. Era como mirar el vasto infinito, sin galaxias ni estrellas que lo alumbraran.

Mamá se compadeció y encendió la radio con el volumen casi al mínimo. Donna, de Ritchie Valens comenzó a reproducirse. La escuché tararearla suavemente. Si mamá no se hubiera casado, habría sido una gran cantante; tenía una voz hermosa. Por eso era la encargada del coro en la iglesia a la que asistíamos en Austin. Me preguntó si quería volver a intentarlo ahora en Hawkins.

Su voz fue mi guía hacia un sueño mejor; sin accidentes ni malos augurios, solo un prado grande y verde. Pequeñas luciérnagas alumbraban el lugar, impidiéndole a la oscuridad devorarme. Caminé y caminé sin sentir cansancio alguno, disfrutando la paz que me envolvía.

Cuando recobré la consciencia, el cielo era azul y mi padre estaba nuevamente al volante, con la radio apagada.

Pasamos otras dos horas sin cambio alguno, hasta que lo vi. El letrero era pequeño, de un color rojizo y con letras de un blanco apagado.

Welcome to Hawkins.

Justo después apareció un maizal tan grande que parecía un mar dorado. Al verlo, un escalofrío me recorrió la espalda. No me gustaría perderme ahí dentro.

Unas cuantas curvas más y por fin logré divisar la civilización.

El centro del pueblo no era la gran cosa: unas pocas calles llenas de tiendas, un supermercado y un cine. Cruzando la carretera del otro lado podían verse las bifurcaciones que llevaban a los barrios.

Pasamos por uno bastante bonito, con fachadas blancas y césped perfectamente verde. Era tan bonito como falso.

Una niña pequeña montada en un triciclo me saludó desde la acera. No le devolví el gesto.

Poco a poco las casas comenzaron a verse menos grandes y más comunes. Algunas estaban mal pintadas y rodeadas por cercas de alambre; otras apenas tenían un piso y un pequeño porche desgastado.

Al parecer, mi padre había decidido continuar con su costumbre de alejarnos del centro, porque nuestra nueva casa estaba bastante apartada, en medio del bosque.

Para llegar a ella pasamos por la iglesia, mi nuevo instituto y luego tomamos un camino alternativo cerca del cementerio. Estaba lleno de pequeñas piedras y grandes árboles rodeaban todo el sendero. Nos acercamos poco a poco, hasta que finalmente el techo de la casa apareció entre las ramas.

Tenía dos pisos y estaba hecha de ladrillo. El porche era de madera oscura y la cochera un poco más pequeña que la que teníamos en Austin. Pero me gustó. Parecía hogareña, o algo parecido.

-Chance, toma la habitación que quieras menos la principal -me advirtió mi padre.

Él abrió la puerta y todos entramos al recibidor. Por dentro también era bastante bonita. Tenía grandes ventanas por donde entraba la luz del sol y el piso era de madera oscura, igual que el porche. Había unas cuantas cajas regadas por la sala y unas largas escaleras del mismo material, aunque mucho más desgastadas.

Subí los escalones de dos en dos hasta llegar al segundo piso, donde me recibió un pasillo largo y oscuro. Algunas telarañas colgaban del techo y las cuatro puertas cerradas hacían que el lugar se sintiera extrañamente vacío.

Abrí la más cercana a mí. Era el baño.

Continué mi exploración abriendo las demás. Dejé la principal para mis padres y comparé las otras dos habitaciones.

Una de las habitaciones era ligeramente más amplia que la otra, pero eso no fue lo que terminó de convencerme. Estaba más alejada de la principal. Más alejada de mi padre.

Entré en ella, reclamándola como mía.

Tenía un ventilador viejo colgando del techo. Las aspas se movían apenas, incluso sin corrientes de aire. La ventana estaba empañada por el calor, así que la abrí aprovechando que el sol ya no pegaba directamente.

El bosque me devolvió la mirada.

Si la casa era oscura, el bosque lo era el doble. No podía ver más allá de la primera fila de árboles, incluso con la luz del mediodía atravesando las ramas.

Me alejé de la ventana y bajé al salón para empezar a organizar todo.

Mamá estaba en la cocina limpiando las superficies con un trapo húmedo, mientras mi padre se dedicaba a abrir cajas y sacar objetos. Busqué las que tenían mi nombre escrito y empecé a subirlas.

-¿Ya te decidiste? -me detuvo mi padre a mitad de la escalera.

-Sí.

-¿Cuál, Chance?

-La última. Me gusta la vista.

Lo dejé con la palabra en la boca. Ya no tenía paciencia para escucharlo. Me bastó soportarlo durante todo el viaje como para seguir haciéndolo ahora.

Subiendo lentamente mis cajas, me permití pensar en lo que realmente sentía.

La casa me había convencido.

Tal vez mamá tenía razón, como siempre.

Pasé el resto del día organizando mi cuarto. Había movido la cama para dejarla cerca de la ventana que estaba cubierta con una cortina blanco palido, pegué mis pósters de películas setenteras sobre la pared, coloqué el tocadiscos junto a la mesa de noche y junto a el, estaba mi disco favorito de The Mamas & The Papas.

Por primera vez desde que llegamos, me sentí un poco más cómodo. Me tumbé bocabajo en la cama y conté cuantas tablas había, dejando entrar el olor a madreselva por la ventana abierta mientras las cortinas ondeaban por el viento. Me sentí adormecido pero intranquilo, probablemente secuelas del nuevo lugar.

Mamá nos llamó para cenar. Bajé las escaleras y los encontré sentados en los sillones de la sala. El lugar se veía cálido en comparación con sus ocupantes. Si hubiera sido una noche normal, estaríamos alrededor de una mesa fría y demasiado formal, pero parecía que todavía no la instalaban.

-Comeremos aquí hoy, cariño, pero no olvides orar de todas formas -me recordó mamá.

Hice mi oración en silencio, agradeciendo por la comida y por tener a mi familia junta un día más.

Luego los murmullos terminaron y todo quedó en silencio, excepto por el sonido de los cubiertos chocando contra los platos.

Eran pastas. Sencillas, pero deliciosas, como todo lo que cocinaba mamá. Siempre lograba que la comida se sintiera cálida, como una manta en invierno o una chimenea que te calienta hasta los huesos.

-Debemos ir a misa mañana. Es domingo y sería una gran oportunidad para presentarnos ante la comunidad -rompio el silencio mi padre.

-Creo que sería bueno tomarnos un descanso, querido. Chance debe estar muy cansado y, siendo sincera, yo también.

-No creo que sea adecuado. Chance debe tener disciplina, y faltar un día al culto no lo es. Si quiere convertirse en un buen hombre, debe ir de la mano de Dios.

Me quedé callado, como siempre. Cada vez que comenzaban a discutir, lo mejor era permanecer en silencio. Una lección aprendida hace mucho tiempo.

-Tendremos más tiempo de hacernos una buena imagen. Y sabes cómo me enfermo cuando no me cuido.

-Está bien, pero Chance debe ir. Ya lo decidí y así será. Mañana los dos nos despertaremos temprano para ir al templo, ¿entendido?

-Chance, cariño, escuchaste a tu papá. Mañana cuando vayas pregúntale al sacerdote como puedo entrar al coro ¿si?

-Claro, mamá.

La conversación murió ahí y el silencio se volvió pesado. Ella había podido interceder por ella misma pero no por mi, como ya estaba acostumbrado, mi padre podía decidir lo que estuviera relacionado con mi formación.

Mano dura lo llamaba.

Terminé las pastas lo más rápido que pude y decidí salir al patio trasero para alejarme del ambiente incómodo de la casa.

Caminé hacia la puerta trasera y atravesé el marco. Los escalones de madera soltaron un chirrido agudo y desagradable bajo mis pies.

Hacía un calor pegajoso. La hierba crecía alta y descuidada, mientras el sonido de las chicharras vibraba a lo lejos. Los árboles se mecían lentamente junto al viento, creando una mezcla de sonidos, como las hojas murmurando y chocando entre ellas.

Me tumbé sobre la tierra sin preocuparme por ensuciar la ropa.

El cielo seguía iluminado por las estrellas. Una de las pocas ventajas de vivir lejos de cualquier otra señal de civilización.

Escuché a mamá lavando los platos dentro de la casa. El agua corría a la distancia, amortiguada por las paredes, pero aun así lograba alcanzarme.

Cerré los ojos y respiré el aire caliente.

Por unos minutos no pensé en nada.

Empecé a sentir.

La inquietud del bosque era reconfortante, me recordaba a las noches en Austin, llena de sonidos naturales y olores nostálgicos.

Aunque tenían claras diferencias.

Cómo la sensación de estar siendo observado por algo más allá de los árboles, o los susurros de viento caliente rodeando mis orejas.

Me permiti volver a perderme en mis pensamientos, como de costumbre. Pensar en la iglesia y en la escuela; en el sofoco de la multitud, en la mezcla de los perfumes y sonidos estridentes.

Me volví más consciente cuando los sonidos comenzaron a apagarse. El agua dejo de correr; seguro mamá ya había terminado. Los insectos pararon y los árboles estaban completamente quietos. Lo único que se escuchaba era mi respiración.

El bosque estaba hundido en un profundo silencio.

El bosque entero había quedado inmóvil.

Y con él deje de respirar.

Me sentia entumecido. Empecé a sudar frio, mi cuerpo parecía paralizado.

Como cuando un gran depredador acecha entre la maleza.

Sentí un sabor metálico y dulce sobre la lengua. Me había mordido el interior de la mejilla sin darme cuenta.

Abrí los ojos de golpe.
Mis manos temblaban.

No quise reconocer lo que estaba sintiendo, pero aun así me levanté y regresé a la casa lo más rápido que pude.

Seguro había sido el cansancio del viaje, subí las escaleras apresurado intentando calmar mi respiración.

-¿Chance, todo está bien? -me preguntó mamá desde la cocina.

Seguía intentando organizar todo para no gastar tiempo a la mañana siguiente preparando el desayuno.

-Sí, yo... sí. Todo está bien.

-Te escuchas apurado, ¿pasó algo? ¿Había algún animal?

-No lo creo. Solo necesito acostarme temprano. Mañana tengo que madrugar. Descansa, mamá.

-Igual tu, cariño. Te amo -se despidió.

Subí las escaleras apresurado. Las ventanas seguían abiertas, pero ya no se sentían reconfortantes.

Las cerré rápidamente y traté de normalizar mi respiración. Me estaba llenando la cabeza de cuentos. La mudanza y el cambio me tenían paranoico.

Aun así, no pude evitar murmurar el salmo 91 mientras me cepillaba los dientes y buscaba mi pijama de confort. Era vieja y casi transparente, pero todavía conservaba el olor al detergente que mamá usaba siempre en Austin.

Me pregunté si aquí también lo venderían o si tendría que obligar a mi memoria a conservar ese aroma para siempre.

Olía a mamá. A casa.

Y definitivamente no a bosques oscuros llenos de coyotes o cualquier otra cosa que hubiera estado afuera.

Puse Dedicated to the One I Love para que el ritmo me relajara. Bajé el volumen al mínimo para no molestar a mi padre, aunque en el fondo deseé llenar toda la habitación de ruido para olvidar el hambriento silencio que seguía esperándome del otro lado de la ventana.

Me recosté sobre la cama y programé la alarma.

5:00 AM.

Mientras el sueño comenzaba a arrastrarme lentamente, pensé en el extraño momento que había vivido afuera.

Mejor no darle vueltas. Pensé cerrando los ojos.

La iglesia era precaria, pero los enormes ventanales dejaban ver el profundo y claustrofobico bosque detrás de ella.

No había ruido.

Velas nuevas y viejas descansaban sobre el suelo, derramando cera por todas partes. En lo alto del altar, Cristo redentor me observaba con unos ojos tristes.

La voz de mamá rompió el silencio.

Ella cantaba Be Not Afraid.

Su voz parecía venir de todas direcciones al mismo tiempo, envolviendo la iglesia entera. Poco a poco dejó de sonar angelical, deformándose hasta convertirse en un chirrido insoportable.

Caminé hacia el altar.

No había ninguna biblia donde debería estar.

Escuché cómo la puerta principal se abría lentamente detrás de mí.

Cuando intenté girarme, ya no estaba ahí.

El maizal me rodeaba por completo.

Mirara hacia donde mirara, solo veía maíz.

Comencé a caminar inseguro entre los altos tallos secos. El aire era espeso y húmedo, difícil de respirar.

Entonces escuché un murmullo detrás de mí.

Algo rozaba las hojas.

Aceleré el paso.

La presencia hizo lo mismo.

Empecé a correr con la absurda esperanza de que esa cosa se alejara, pero en lugar de eso sentí cómo se acercaba cada vez más.

Las hojas golpeaban mi rostro y mis brazos llenando los de pequeños cortes mientras yo intentaba atravesar el maizal desesperadamente.

Mis pies comenzaron a hundirse en la tierra.

Intenté moverme, pero el suelo se había vuelto espeso, parecido al alquitrán.

Caí de rodillas.

Manché mis manos al intentar salir.

No era alquitrán.

La tierra sangraba en su afán por tragarme.

Corrí.

Corrí.

Y desperté.

Salté sobre mi cama con el cuerpo completamente rígido. Me revisé las manos de inmediato.

Estaban perfectas.

Sin un solo rasguño.

Eran las 3:57 AM.

No estaba asustado, pero aun así decidí quedarme en la cama en lugar de aprovechar el tiempo ayudando a mamá a organizar la casa. Además, no podía hacer ruido si no quería despertar a mi padre y hacerlo enojar.

Con las manos todavía temblando, subí la colcha hasta cubrir mis hombros fríos. La espalda me sudaba y el aroma familiar del detergente ya no lograba tranquilizarme.

No iba a moverme hasta escuchar a mamá despertar.

Así que intenté encontrarle un significado a la pesadilla.

No se me ocurrió nada mejor que pensar que tal vez necesitaba confesarme. No dejaban de venir ideas sobre algún pecado que hubiera cometido.

¿Había ofendido realmente a mi padre?

¿Era porque había olvidado orar dos veces?

No estaba seguro, pero algo debía estar perturbando mi inconsciente.

Poco a poco dejé que mi cuerpo se relajara nuevamente.

Intenté pensar en otras cosas. Como, por ejemplo, en cómo se suponía que debía actuar al día siguiente.

Si me comportaba como un santo, los chicos de la iglesia seguramente se burlarían de mí. Pero si no estaba a la altura de las expectativas de mi padre, la reprimenda tampoco sería agradable.

Mis ojos comenzaron a cerrarse involuntariamente.

El corazón se me desaceleró y mis hombros perdieron tensión.

Esa vez no soñé.

Irónicamente, el despertador no fue quien me despertó.

Fue mi padre golpeando la puerta unos diez minutos antes.

Me hizo levantarme, tender la cama y ducharme con agua fría. Para las seis de la mañana ambos ya estábamos listos, esperando el desayuno.

Mamá estaba demasiado feliz como para parecer normal.

Había preparado huevos revueltos y tostadas. Jugo para mí y café para ellos.

Mientras el ambiente armonioso intentaba envolverme, la pesadilla seguía pudriéndose dentro de mi cabeza.

No podía dejar de pensar en la iglesia, en el Cristo observándome, en el maizal y en aquello que me perseguía entre las hojas.

-Chance, estás pálido. ¿Te sientes bien, cariño? ¿Estás enfermo? -preguntó mamá inmediatamente.

-Ninguno de ustedes dos va a inventar excusas. El niño irá al templo sí o sí, incluso si tengo que obligarlo -interrumpió mi padre antes de que pudiera responder.

-Estoy bien, mamá. Solo pasé una mala noche. Aún no me acostumbro a Hawkins.

-Si realmente te sientes mal, tienes que avisarme, ¿entendido?

-Sí, señora.

La misa no comenzaba hasta dos horas después, así que mi padre decidió arrastrarme a comprar herramientas para hacer algunos arreglos en la casa.

La ferretería no era muy grande y tampoco tenía nada interesante para mirar, así que me limité a seguirlo mientras hablaba sobre el pueblo y los vecinos.

Aunque técnicamente nosotros no teníamos vecinos.

Los más cercanos eran los muertos del cementerio.

No dije nada. Solo escuché a mi padre hablar y chismear sobre la gente del pueblo, algo que probablemente negaría si alguien lo acusara de hacerlo.

-Incluso un tipo murió el año pasado. No sé cómo se le ocurrió a tu madre venir a vivir acá.

-¿Un tipo murió?

-Sí. Algo sobre un animal salvaje suelto.

Eso me alarmó.

¿Acaso había sido ese animal lo que silenció el bosque la noche anterior?

Decidí guardarme mi experiencia. Con mi padre, cualquier historia de ese tipo sería reducida a miedos infantiles.

Después de comprar las herramientas volvimos a la casa para dejarlas.

Durante el trayecto pude observar mejor Hawkins bajo la luz del día. Había mucha más gente afuera que el día anterior y el calor hacía que todos los sonidos del exterior parecieran más fuertes e irritantes.

No sabía qué era peor:
el calor
o la gente.

Cuando llegamos, mamá estaba leyendo en el sofá Cumbres Borrascosas. Por lo poco que sabía sobre el libro, era lo suficientemente atrevido como para que tuviera que esconderlo de mi padre.

-Querido, llegaste -mamá bajó el libro de inmediato para ocultar la portada.

-Dejaremos esto y nos iremos. Es un mal hábito llegar tarde.

-Que Dios los bendiga y que les vaya bien. Hablen bien de mí -dijo mamá antes de cerrar la breve conversación.

Salimos apresurados, a pesar de que la iglesia estaba cerca y todavía faltaban más de veinte minutos para que comenzara la misa.

Cuando llegamos estaba todo menos emocionado, pero no iba a permitir que se me notara en el rostro, así que sonreí apenas.

El lugar ya estaba lleno. Parecía que nadie tenía algo más interesante que hacer un domingo por la mañana. O tal vez todos en Hawkins eran como mi familia y se levantaban antes de las cinco.

Buscamos una banca desocupada y mientras caminábamos por el pasillo central no pude evitar sentir las miradas curiosas posándose sobre nosotros.

No creo que mucha gente se mudara a Hawkins.

Debe llegar una familia nueva al año, y eso siendo optimista.

Sentí cómo la camisa comenzaba a pegarse a mi espalda. Hacía incluso más calor que el día anterior y toda la gente reunida dentro de la iglesia solo empeoraba el ambiente.

Olía a incienso, bloqueador solar y sudor.

No había anticipado lo abrumador que sería estar ahí.

Había practicado para preguntas incómodas o silencios extraños, pero estaba paranoico desde la noche anterior y todas esas miradas definitivamente no ayudaban. Me hacían olvidar todo.

Logré soportarlo hasta que el sermón comenzó.

Intenté concentrarme de verdad, pero hasta el más mínimo murmullo me erizaba la piel. Sentía un nudo en el pecho y la boca completamente seca. Mis manos comenzaron a temblar otra vez.

No había aire fresco.

Y salir a mitad de la misa solo atraería más problemas.

Me sentía desorientado y desesperado.

Necesitaba que todo terminara rápido.

Las palabras del sacerdote comenzaron a mezclarse hasta convertirse en simple ruido de fondo.

Buscando cualquier cosa con la cual distraerme, empecé a observar las estatuas de los santos.

San Marcos. San Lucas. San Antonio de Padua.

Había demasiados para una iglesia tan pequeña. Algunos eran fáciles de reconocer; otros tuve que analizarlos durante más tiempo.

Inevitablemente, mi atención terminó atrapada en la estatua de San Sebastián cerca de los vitrales.

La luz de la mañana atravesaba el vidrio de colores y bañaba su cuerpo lleno de flechas con tonos rojizos y dorados.

Parecía más un mártir olvidado que un santo.

Por un instante tuve la incómoda sensación de que me observaba directamente a mí.

Como si pudiera ver cada pensamiento impuro escondido debajo de mi piel.

Seguí mirando las estatuas mientras escuchaba al coro y respiraba el incienso que llenaba el aire y me raspaba la garganta.

Otro olor nostálgico.

Pero no reconfortante.

Recordé ir a la iglesia junto a mi abuelo. Él permanecía arrodillado durante toda la misa, murmurando oraciones entre lágrimas.

Por salud.

Por salvación.

Dios no respondió a ninguna.

Cuando me di cuenta, las personas salían poco a poco, el sermón había terminado y yo no había prestado nada de atención. Padre me tocó la espalda para apresurarse a salir, para aprovechar y hablar con la personas.

Los seguí resistente, no quería hablar con nadie de verdad, esperaba volver a la casa y relajarme. Pensar sin tanto ruido.

Ya a la mitad del atrio, mi padre se lanzo a la primer familia para presentarse, se veían elegantes y falsos.

La madre tenía una permanente rubia y maquillaje sutil, el padre parecía querer largarse de ahí tanto como yo y sus hijos estaban rezagados detrás de ellos, dos adolescentes y una niña pequeña.

Me disocie de la conversación mientras los analizaba y para cuando volví mi padre parecia tener un nuevo amigo y mi mamá una invitación a la piscina publica, dónde se reunían algunas mujeres para pasar la tarde.

Justo después de esa invitación recordé la petición de mamá. El coro.

No quería volver a entrar a la iglesia pero era un favor que debía realizar. No quería decepcionarla a ella.

-Padre, necesito la información del coro, voy a volver para hablar con el sacerdote.

-Ve rápido Chance, te esperaré en el coche.

Pase pidiendo disculpas entre la multitud, cuando llegue la iglesia se encontraba totalmente vacía.

Las bancas antes llenas ahora se veían abandonadas y torcidas. Mis pasos resonaban en el suelo y las miradas de los santos estaban fijas en mi por completo, ya no había nadie con quien compartir tal peso.

Me senté en la primera banca a esperar a que el sacerdote saliera para poder hablarle.

Fue ahí cuando volví a sentir esa sensación de inquietud, algo volvía a mirarme.

El silencio se volvió aún más pesado y cargado con una sensación espectral.

Me corregí inmediatamente, está era la casa de Dios, nada malo podría entrar.

Nada maldito.

Nada manchado.

Mi cuerpo comenzó a reaccionar otra vez, empecé a sudar de nuevo y a temblar. Empecé a respirar de forma errática.

Voltee levemente la mirada, preparado para encontrar al demonio que me estaba acechando desde ayer.

Pero era un solo un chico.

Estaba arrodillado en una banca justo en frente de El Señor Caído, rodeado de velas.

Parecía tener un rosario entre los dedos y me miraba fijamente mientras murmuraba.

Palido como fantasma y delgado como la rama de un árbol, lo noté enseguida.

Cabello castaño revuelto, nadaba en una ropa demasiado grande como para ser de él. De un padre o un hermano tal vez.

La imagen de la pureza hecha hombre.

Lo que me hizo sobresaltar fueron sus benditos ojos.

Al principio pensé que eran verdes o incluso avellana. Pero entre más los miraba más se oscurecían.

Sus ojos parecían ver mi alma. Hasta el último pedazo de ella.

Aparté la mirada instantáneamente. Mi cuerpo y mi mente se quedaron sumidos en un silencio profundo. El ruido y el calor habían dejado de importar, ni siquiera mi padre que me esperaba me devolvió a la tierra.

Solo éramos él, yo y Dios.

Volví a mirarlo, él ya había bajado la mirada otra vez.

No podía ser real, ¿Verdad?

Mi solitaria y cansada mente estaba imaginando esta alma en pena.

Era imposible que un ser como él pudiera vivir en un plano terrenal lleno de pecado como este.

Escuché el pequeño crujido de la madera, lo vi irse sin darme una segunda mirada.

Permanecí inmóvil en la banca durante varios segundos, observando el espacio vacío donde había estado arrodillado.

-¿Joven? -la voz del sacerdote me hizo sobresaltarme.

Parpadeé rápidamente y me levanté de inmediato.

Por un momento había olvidado completamente por qué había entrado a la iglesia.

Pregunté por el coro de mamá casi de forma automática. Él respondió amablemente, me dio el horario de ensayo pero no presté demasiada atención más allá de eso. Mi cabeza seguía atrapada en otra parte.

Cuando finalmente salí de la iglesia, el calor de Hawkins volvió a golpearme el rostro.

Pero ya no me ahogaba en él.

Volví al coche y entre sin decir palabra. Fue así durante todo el recorrido.

Cuando llegué a mi casa ni siquiera saludé a mamá. Me fui directo a mi habitación y traté de relajarme.

Me cambié de ropa por una más cómoda y me recosté, aunque sabía perfectamente que no iba a descansar.

Ese chico... Vaya que era raro.

Incluso lejos de la iglesia seguía sintiendo su mirada sobre mí.

Notes:

El verano de 1985 siempre estuvo condenado.

Esta historia toma el universo de Stranger Things durante la temporada 3 y las siguientes y lo transforma en un relato de horror religioso, obsesión romántica y melancolía.

Chance es un personaje apenas mencionado dentro de la serie cuya historia fue reinterpretada para esta narrativa.

Los personajes originales de Stranger Things pertenecen a los hermanos Duffer y Netflix.